Gris oscuro casi negro
Noveno capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.
Ya hay menos cazaautógrafos en las barreras y las colas son menos densas, señales, sonorizadas por el ruido que provocan las ruedas de las maletas que desfilan hacia la estación de autobuses –a unos 200 metros perpendicular al Palais—, que anuncian que esta edición está muy cerca de concluir. El gris oscuro el cielo de Cannes se mantiene fijo, extrapola una tristeza para la que no ha habido tregua en estos doce días. La 72ª entrega del certamen francés, si lo comparamos con la anterior, quizá se ha quedado muy cerca de la orilla de la expectativas. Solo Sciamma, Laxe y Devos han roto el dominio de los grandes nombres. Y estos, los cabezas de cartel, pese a presentar productos de calidad se han revelado menos inspirados que de costumbre. Aunque, cómo no, esta apreciación es cuestión de miradas. No las ajenas, que seguramente si se han interesado por este evento ustedes las habrán recogido de toda naturaleza con cada capítulo; sino las suyas. Esto solo es una muestra, una toma de contacto. El tiempo y, ante todo, el espectador, el que irá a la sala o la verá en su hogar, son los que valorarán si hay huella, daño o silencio. Estos dos últimos sustantivos caracterizan la filmografía reciente del protagonista de esta entradilla: Abdellatif Kechiche, un autor one-hit-wonder que vive y vivirá de los réditos de su
magnum opus,
La vida de Adèle. Un filme que aparte de un sinfín de preciosos detalles, enseñaba una personalidad que roza la obsesión y destapaba el inmenso deseo de su creador de polemizar, de agitar la campanilla que atraiga a la social media. Otra cosa es la altura de miras de su obra. La primera parte de su
Mektoub, my love pasó por Venecia sin pena ni gloria; la segunda, presentada anoche en el Lumière, ha venido precedida de rumores cada cual más amarillista. No se dejen engañar, es puro humo, como su cine; vial de parafilias y narcisimos. E.L.