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    Alfred Hitchcock
    Alfred Hitchcock

    El psicópata gótico

    Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960).

    La joven Marion Crane se encuentra atrapada en una existencia gris. Tiene un trabajo de secretaria con pocas perspectivas de mejorar y una relación con un hombre con el que debe verse a escondidas en una mugrienta habitación de hotel en horas robadas al trabajo. Todo podría solucionarse con un poco de dinero extra. Bien es cierto que en eso no consistiría su felicidad, pero sí que ayudaría a acercarse un poco a ella. Marion podría formalizar su relación y casarse con su amante, dar inicio a una nueva vida donde todo lo bueno al fin estaría al alcance de su mano. Justo entonces surge la oportunidad de robar una suculenta cantidad de pasta en su trabajo. Y cederá a la tentación. Hasta aquí, el director Alfred Hitchcock y el guionista Joseph Stefano, basándose en la novela de Robert Bloch, se han encargado de mostrarnos en Psicosis (Psycho, 1960) a un personaje con el cual es fácil identificarse. Personifica el deseo oculto de todo ciudadano medio o de a pie que debe luchar y sacrificarse sin límite para llegar a final de mes sin verse abocado al desastre. Una vida de privación y entrega en la que la única distracción es soñar con una salida. En el momento en que a Marion se le ofrece la ocasión de hacerse con un montón de dinero, aunque sea a costa de cometer un delito, el espectador la comprenderá sin juzgarla demasiado pues todos estaríamos tentados de hacer lo mismo. Cuando más adelante reflexione y decida echarse atrás, la identificación será aún mayor: todos soñamos con algo semejante, pero también sabemos que está mal y no lo haríamos. Marion somos nosotros, es el espectador enfrentado a su diatriba diaria. Por eso cuando sea asesinada brutalmente a los 45 minutos de película su muerte será mucho más impactante y horrible: porque el asesino, el desquiciado Norman Bates, la hará víctima de su locura. Pero no todo es tan simple o sencillo, porque en un genial toque de habilidad ambos autores han conseguido que este criminal despiadado también nos resulte simpático: primero, por su indefensión y evidente debilidad, y segundo por la tara que lo ha llevado sin remedio al otro lado del sendero de la cordura. Esa obsesión por una madre dominante ya muerta confiere a nuestros ojos un deje de ternura por Norman, por la que no es sino otra víctima más de la vida en este mundo cruel.

    Mucho se ha hablado y escrito de cómo Hitchcock tuvo el valor de matar a su protagonista hacia la mitad del metraje [1] de Psicosis, aunque quizá esto no sea del todo exacto. El protagonista absoluto es Norman Bates, el asesino, sólo que no aparece en escena hasta la media hora de película. Marion, la secretaria que siente la tentación de robar, es casi un boceto de la posterior Marnie de Marnie, la ladrona (Marnie, Alfred Hitchcock, 1964) sólo que en esta, y llevando todo un paso más lejos, se fundirían características tanto de Marion como de Norman. Y en Psicosis es la secundaria de lujo que contribuirá a que la entrada de Norman sea más fuerte. De hecho, en cuanto Marion toma la decisión de devolver el dinero su objetivo en la narración se ha cumplido, pero ya ha hecho acto de presencia Norman desviando toda nuestra atención hacia él cuando habla con Marion en la oficina de su hotel, una conversación presidida por planos dominados por unas espeluznantes aves disecadas, toda una premonición del secreto y pecado de Norman, cuya mezcla de fragilidad nos enternece al tiempo que sus apuntes obsesivos nos asustan. Como le sucede a Marion cuando habla con él. Porque el espectador es Marion, recordémoslo. Todo lo que ella siente (y que gracias a la emocionante interpretación de Janet Leigh nos es transmitido sin fisuras) en la secuencia de la conversación con Norman en su siniestra oficina es lo que sentimos nosotros como espectadores: ternura, pero también aprensión ante ese personaje arrollador que es Norman Bates. Y el ejemplo supremo de esto es que el actor que lo interpretó de manera magistral, Anthony Perkins, quedó marcado por este papel el resto de su vida.

    por EAM
    junio 15, 2015

    Cine Club | Psicosis (1960)

    por EAM | junio 15, 2015

    No hay té para el muerto.

    crítica a Pero… ¿quién mató a Harry?, de Jack Trevor Story | Alba Editorial, 2014.

    «Un hombre y una mujer que iban de la mano. Andaban con cierto nerviosismo, como un poco temerosos de que los viera alguien. Era evidente que estaban casados, pero cada uno con otra persona distinta». (p. 35)

    Un brezal iluminado por el cálido sol del verano inglés, personajes que se encuentran y desencuentran paseando entre los helechos, tardes de té, pastas y tarta, un mundo aparte lejos del cotidiano ajetreo, un remanso de paz perezoso y juguetón donde sus habitantes retozan en una partida amorosa más subida de tono de lo que cupiera esperar: así, todo parece indicar que estamos en el paraíso terrenal (para un británico, se entiende). Y éste es el microcosmos que nos presenta Jack Trevor Story en su relato Pero… ¿quién mató a Harry? (The Trouble with Harry, 1949). Una historia en la que el amor surge de manera casi ensoñadora pero al tiempo no exenta de un alto contenido erótico que se desenvuelve entre lo pícaro, lo descarado y cierto romanticismo otoñal que nunca renuncia a la diversión sin dejar de ser entrañable. Bueno, también hay un cadáver. Y lo entierran tres veces, y otras tres veces lo desentierran. Es el pobre Harry, un muerto al que a nadie le importa lo más mínimo si no fuera porque casi todos creen haberlo matado.

    Con las maneras de una agradable comedia costumbrista de trasfondo criminal, si es que esto existe como género, lo cual en las letras inglesas no sería de extrañar, se desarrolla la simpática trama de esta pequeña novela tocada por cierto hálito surrealista o de comedia del absurdo donde el humor negro campa a sus anchas. Las líneas con las que abríamos este comentario podrían resumir a la perfección el tono divertido, entreverado de amable sátira y suave cachondeo, que transmite su lectura. Un P. G. Wodehouse pasado por el tamiz de una Agatha Christie o una Dorothy L. Sayers, podríamos decir, aunque siempre por debajo de estos modelos. En un entorno tan agradable y casi inocente Trevor Story introduce a cada momento bromas de calado más salvaje y un continuo aleteo erótico que juega a romper los esquemas tanto de este tipo de comedias agradables como los de las novelas de misterio. Porque como bien se indica en las notas del libro aquí tenemos un asesinato del que, al contrario de lo que es habitual en estas obras, varias personas se declaran culpables. Por esto mismo a mí me ha recordado a las novelas de la escritora Georgette Heyer protagonizadas por el comisario Hannasyde, aquellas en las que todos los sospechosos confiesan encantados que hubieran matado con sus propias manos a la víctima, lo cual ponía en un brete a nuestro detective pues su ramillete de posibles culpables no dejaban de admitir que ojalá hubieran sido ellos los asesinos… También se señala que podría recordar a El sueño de una noche de verano (A Midsummer Night’s Dream, 1595) de William Shakespeare, esto en especial gracias a su atmósfera feérica invadida de réplicas humanas de sátiros, hadas y criaturas de cuento que viven en un día todo un carrusel de amores que los llevará a encontrar a su pertinente pareja o a dejar de buscar la que no les corresponde. El cadáver de Harry pareciera ser el detonante que hace despertar la libido de estos despistados personajes, si bien algunos de ellos ya la tenían por las nubes. Pero… ¿quién mató a Harry? es una novela breve que de una manera divertida nos traslada por unos instantes a un universo tan encantador como vagamente siniestro, dominada por unos diálogos en los que el absurdo reina en su inconsistente gracia y que deriva hacia una agradable intrascendencia. No dejará poso, pero sí nos hará pasar un buen rato.

    por José Luis Forte
    febrero 02, 2015

    Crítica | Pero… ¿quién mató a Harry?, de Jack Trevor Story

    por José Luis Forte | febrero 02, 2015
    Frenesí
    crítica de Frenesí | Frenzy, Alfred Hitchcock, 1972

    Tras el fracaso a todos los niveles de Topaz (1969) Hitchcock se pensó con cuidado cuál sería su siguiente película. Volvería a los orígenes, un rodaje en el Londres donde había crecido, con escenas en el Covent Garden Market en el que había trabajado su padre, con presupuesto modesto y sin las grandes estrellas hollywoodenses con las que ya estaba habituado a colaborar. Hitchcock estaba muy disgustado con Topaz. Por primera vez no había terminado una película a su gusto, había tenido que recurrir a trucos de montaje para salvar el final y temía haber llegado al término de su carrera como director. Adoro Topaz, permitidme decirlo, pero es cierto que entre los amantes más acérrimos de la obra de Hitchcock somos pocos los que pensamos y sentimos así. Con Frenesí (Frenzy, 1972) volvería a las temáticas que más lo habían definido, las que habían sacado lo mejor de él y que tanto éxito y reconocimiento de público, y ahora parecía que gracias a los cinéfilos europeos también de crítica, le habían proporcionado: el falso culpable y el asesino en serie. Pero con un deseo de ser explícito y brutal. Quería mostrar sin cortapisas toda la violencia de los crímenes. Y sin dejar de lado ese tercer factor común a muchas de sus películas: su exacerbado y formidable sentido del humor. Humor negro, se entiende, que en Frenesí se tornaría negrísimo sin perder su genialidad. La película fue un éxito rotundo desde su presentación en el festival de Cannes de 1972.

    por José Luis Forte
    mayo 29, 2013

    Cine Club | Frenesí (1972)

    por José Luis Forte | mayo 29, 2013
    39 escalones
    crítica de 39 escalones | The 39 Steps, Alfred Hitchcock, Reino Unido, 1935.

    Tras el éxito de la excelente El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1934), a mi gusto muy superior a la versión de 1956, Alfred Hitchcock decide adaptar una novela de un autor al que admiraba: Los 39 escalones (1915) de John Buchan. Charles Bennett, que acababa de colaborar con Hitchcock en la película citada y que ya lo había hecho con anterioridad en La muchacha de Londres (Blackmail, 1929), se encargó de escribir el guion con la colaboración habitual de Alma Reville y la ayuda de Ian Hay en los diálogos. En su trabajo introdujeron multitud de cambios con respecto a la obra original, incluyendo una compañera para el protagonista y la consabida historia de amor, haciendo de esta convención una virtud manteniendo todo el espíritu de aventura intrigante y sumamente divertida de la novela de Buchan. 39 escalones (The 39 Steps, 1935) sería otro éxito en la carrera de Hitchcock, y a día de hoy una de sus mejores películas no solo teniendo en consideración su etapa inglesa, sino toda su carrera.

    por José Luis Forte
    abril 25, 2013

    Cine Club | 39 escalones (1935)

    por José Luis Forte | abril 25, 2013
    Alarma en el expreso    Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938) es la penúltima película que rodó Alfred Hitchcock en Inglaterra antes de partir hacia los Estados Unidos para trabajar a las órdenes del productor David O. Selznick en Rebeca (Rebecca, 1940). En un principio había sido contratado para rodar una película sobre el Titanic, pero al final fue la adaptación cinematográfica de la famosa novela de Daphne du Maurier la elegida. Una película sobria y elegante que contrasta con esta locura desaforada y genial que es Alarma en el expreso, todo un ejemplo magistral de cómo resultar delirante manteniendo en todo momento el interés y la atención haciéndonos creíble este trepidante viaje en tren que supone la parte principal de la película, un tren abarrotado de espías, mentirosos, asesinos, doctores maléficos, damas bonachonas, baronesas siniestras, magos venales, héroes enamorados y heroínas intrépidas unidos en un cóctel maravilloso y emocionante que nos mantiene durante hora y media sin aliento. Sin duda, una de las mejores películas del director inglés.

    por José Luis Forte
    marzo 17, 2013

    CINE CLUB | ALARMA EN EL EXPRESO (1938)

    por José Luis Forte | marzo 17, 2013
    Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955)

    "He estado esperando todo el día a que mencione usted el beso que le di anoche."

        Utilizando como fondo el escaparate de una agencia de viajes, se van desgranando los títulos de crédito de Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, Alfred Hitchcock, 1955). Nada más terminar, la cámara hace un pequeño travelling hacia uno de los carteles colocados tras el cristal. Es un anuncio en el cual se invita con una frase a visitar Francia: “Si ama la vida se enamorará de Francia.” Acompañado de un dibujo en el que se pueden apreciar las mesas de un café junto a un paseo con palmeras iluminado por un mar azul intenso, y una música de orquesta almibarada que invita a citas sin cuento y placeres elegantes, la oferta se presenta irresistible. Y justo cuando empezamos a pensar que ya va siendo hora de largarnos pitando a ese paraíso francés, hay un corte brusco a un primer plano de una señora gritando aterrorizada. Otro corte y vemos un joyero vacío. Uno más y la señora gritando que le han robado las joyas deja más claro aún al espectador qué es lo que está pasando. La señora corre gritando por la habitación y sale al balcón de su apartamento. Grita desde el mismo a una avenida con palmeras, y allí descubrimos que estamos en ese paseo paradisíaco que se nos mostraba en el escaparate de la agencia de viajes. Corte a un gato negro caminando sigiloso, no de otra manera puede caminar un gato, sobre un tejado y más gritos denunciando robos en ese lugar del que te enamorarás si amas la vida. Así Hitchcock marca a la perfección el tono socarrón y divertido de toda la película que se desarrollará a continuación. Con todo el humor negro del mundo, pero al tiempo dejando claro que aquí el drama nos hará reír, que el misterio estará marcado por la sonrisa de una comedia de enredo.

    por José Luis Forte
    marzo 11, 2013

    CINE CLUB | ATRAPA A UN LADRÓN (1955)

    por José Luis Forte | marzo 11, 2013
    Crítica de Hitchcock
    LA SOMBRA DEL CUERVO
    Hitchcock | Sacha Gervasi, 2012

         Una abultada figura se perfila a contraluz. Su barriga dibuja un balón de playa; su nariz, un gancho que descubre físicamente los complejos de ese artista de origen cockney. Avanza con tranquilidad proyectando su reconocible sombra. Se llama Alfred Hitchcock y dirige películas de suspense, artefactos perversos que escarban sin pudor en las vergüenzas mismas del ser humano. En su lado oscuro, también. Y sin embargo, Hitchcock mantiene el quid pro quo con los espectadores: diversión a cambio de reconocimiento. Porque Hitchcock —sesenta años de vida y cincuenta y nueve largometrajes tras de sí en el momento de rodar Psicosis— es ante todo un ególatra superior, consentido a duras penas por esa maestría que se le presupone antes de concederle financiación. Estamos ante alguien que ha trascendido ya los parámetros vulgarmente matemáticos que muchos utilizan para analizar este lenguaje en expansión. Hitchcock, el icono, es refractario al desprestigio, pues sólo ciertos necios se atreven a cuestionar una trayectoria casi modélica detrás de la cámara, desde sus trabajos como diseñador de créditos o director artístico hasta las cimas alcanzadas con títulos como Extraños en un tren, Vértigo —malinterpretada en determinados círculos intelectuales— y Con la muerte en los talones. Hitchcock, el hombre bajo el traje y la corbata, vive pendiente de las críticas, convencido de que los ignorantes que critican destructiva o vagamente sus obras están equivocados, de que no saben apreciar sus virtudes. Así, cuando los demonios acechan y la vanidad amenaza con cegarle, tan sólo puede recurrir a una persona: su querida Alma. O sea, la mujer que soportó su neurosis durante largas décadas de convivencia bajo el mismo techo, y quien ofició también de pareja intelectual, o sea creativa durante más de treinta años. Alma revisaba y corregía y aconsejaba y metía lupa en todos y cada uno de los libretos que caían en manos de Hitchcock. Digamos que Alma cumplía sobradamente la función metafórica de su nombre (no obstante, mostraba grandes aptitudes a la hora de pulir argumentos y desarrollos necesitados de vitaminas).

    por Anónimo
    enero 31, 2013

    HITCHCOCK | CRÍTICA

    por Anónimo | enero 31, 2013
    Crítica de 'Los pájaros', de Alfred Hitchcock The Birds Review
    CUANDO LAS AVES DOMINEN LA TIERRA
    Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963)

    Hoy tengo el gusto de recomendar una de mis diez películas favoritas. Que mi director clásico preferido sea Alfred Hitchcock tiene mucho que ver. También influyó que Los pájaros fuera su incursión más pura en el género fantástico tras sus coqueteos con lo fantasmagórico en Rebeca (1940) y Vértigo (1958) o el terror psicológico de Psicosis (1960).

    En realidad, Hitchcock tenía proyectado dirigir Marnie la ladrona (1964) tras el éxito comercial de Psicosis, pero este rodaje fue postergado a causa de la boda de la que iba a ser su protagonista inicialmente, Grace Kelly. Fue una feliz circunstancia que hizo que el maestro del suspense desempolvara otro proyecto que tenía guardado en el cajón: la traslación al cine de un relato de Daphne du Maurier (a la que ya había adaptado en Posada Jamaica y Rebeca) titulado Los pájaros (The Birds, 1963). La historia narraba la odisea de un granjero y su familia, atrincherados en una casa después de que las aves empezaran a atacar a la gente. Para la película, Hitchcock cambió los personajes, dándole el protagonismo Melanie Daniels, una altiva joven de la alta sociedad que llega al pequeño pueblo costero de Bahía Bodega. Va detrás de un seductor abogado, Mitch Brenner, del que se ha encaprichado y lo que encuentra es el inexplicable fenómeno de los pájaros rebelándose contra el ser humano.

    por José Martín León
    agosto 26, 2012

    LOS PÁJAROS (THE BIRDS, ALFRED HITCHCOCK, 1963)

    por José Martín León | agosto 26, 2012
    THE LOOKOUT

    Nunca un despertar fue tan hermoso. Eso debió imaginar, a ojos del espectador, James Stewart a notar el brazo y la mirada de Grace Kelly en una de las escenas del film que nos ocupa, La Ventana Indiscreta (Rear Window, 1954). Entre las múltiples virtudes de una de las películas más representativas de Alfred Hitchcock, se encuentra esta bella dama que llena la pantalla con un personaje que salva de los tópicos con su magnética presencia. Kelly, pertenece a esa realeza de intérpretes, que representan los mejores momentos del séptimo arte, y que a su lado comparte trono con el héroe americano de los años cincuenta, James Stewart. Ambos, siendo Jeff y Lisa, son un estupendo reclamo para un nuevo visionado de esta magnífica cinta de intriga. Voyeurismo e investigación según Hitchcock.

    Un reputado fotógrafo convaleciente por una fractura en su pierna, pasa el tiempo en su domicilio espiando al vecindario. Una rutina, donde analiza el comportamiento de los habitantes a vista desde su ventana. Dentro de la monotonía diaria, hay algo que le llama la atención de uno de los matrimonios. La desaparición de la esposa de Lars Thorwald, hace sospechar a L.B Jeffries (Jeff) de que pudiera haberla asesinado. Jeff dará comienzo a una investigación donde involucrará a su novia Lisa Freemon, a su asistente y un amigo del cuerpo de policía para hallar la verdad. Todo expuesto por, un excelente Hitchcock, que nos cede los ojos y el objetivo de Jeff para
    participar en las pesquisas del fotógrafo. Algo que comienza como un algo placentero y se convierte en un juego peligroso.

    Cómo hizo en dos de sus anteriores obras, Naúfragos (Lifeboat, 1943) y La Soga (Rope, 1948), Alfred Hitchcock nos presenta La Ventana Indiscreta, en una casi completo plano-secuencia. Algo totalmente justificado porque hace partícipe al público en primera persona de la historia. El plano con el patio y el edificio adyacente es el escenario de toda la trama, similar a una pantalla de televisión con las grabaciones de lo acaecido ahí fuera. Hitchcock logra este efecto con un montaje continuo, con escenas en off (fuera del alcance de visión según el ángulo) que cobran vida ante nuestra vista, tomando una posición activa ante el relato pero limitada en cuanto a la información. Aquí toma vital importancia los encuadres y descuadres, ejemplo de la maestría de Hitchcock con la cámara. La Ventana Indiscreta se va desarrollando alternando la aparición de los vecinos y las conversaciones de Jeffries con las visitas a su domicilio.

    Una de las preguntas, que se emitieron en la época y que el espectador se hace en su primer visionado es ¿Por qué Hitchcock no desarrolló más los momentos de tensión de Jeff con Thorwald? Hitchcock se desmarca de los estereotipos del género de suspense, dándole más importancia al juego de Jeff y Lisa imitando ser detectives que al asesino en sí. Todo un acierto por parte del maestro de la intriga, ya que nos deja unos personajes de gran empatía de fácil conexión. También ayudan las excelentes interpretaciones del elenco actoral, ante todo, con un James Stewart siempre sobresaliente y una deslumbrante Grace Kelly, que enamora por su entrega y su personaje lleno de ilusión e ingenuidad. Pese al interés de la trama en ciernes, la interacción de ambos en los momentos más íntimos de la película (en una relación indefinida que refleja los miedos de Jeff), son sobresalientes, y un momento de descanso a los misterios que depara la ventana de Thorwald.

    Utilizando el guión de John Michael Hayes (que adaptó la historia de Cornell Woollrich), Hitchcock juega con nuestra vista y nuestra imaginación (en las escenas en off, donde intuimos o presuponemos lo que está aconteciendo), en un soberano ejercicio de suspense que tuvo una mínima recompensa en forma de premios (Cuatro nominaciones al Óscar: director, sonido, fotografía y guión) pero una acogida sobresaliente de un público admirado por la puesta en escena del realizador británico. La gran fotografía de Robert Burks y la excelente ambientación y producción, hacen de La Ventana Indiscreta una cinta soberbia que nos permite ser agentes secretos, enamorarnos de Grace Kelly y aplaudir una de las más brillantes obras de un genio.

    “Nada ha causado más problemas a la raza humana que la inteligencia”.

    Lo Mejor: James Stewart y la deslumbrante presencia de Grace Kelly. La dirección de Hitchcock

    Lo Peor: Mayor profundidad en algunos detalles del guión.

    Puntuación: 9/10 CINE CLÁSICO
    por Emilio M. Luna
    julio 26, 2010

    CINE CLUB: LA VENTANA INDISCRETA (1954)

    por Emilio M. Luna | julio 26, 2010
    AMBROSE CHAPEL

    Sin ningún precedente en la época, Alfred Hitchcock versionó su propia obra con El Hombre Que Sabía Demasiado (The Man Who Know To Much, 1956). Film que creó por primera vez en 1934 bajo suelo británico. La versión del treinta y cuatro era ya una excelente muestra del estilo del realizador londinense y una más que decente cinta de intriga. Con un mayor presupuesto y encabezando dos estrellas del celuloide el proyecto, creo un remake que no sólo mejora el film en el que se basa, también crea una de las mejores cintas, jamás creadas, en el género de intriga.

    En un viaje a Marruecos la familia McKenna conoce a un enigmático francés, cuya muerte desembocará en el secuestro de su hijo y una corriente de pesquisas y conspiraciones, donde los McKenna intentarán unificar de nuevo la familia. Un thriller internacional en el que Hitchcock contó con el gran James Stewart y Doris Day cómo protagonistas. En la familia comienzan ya las primeras diferencias con el film original. Si en la versión de 1934, nos ofrecía un retrato del matrimonio donde la monotonía y la desidia era la característica principal. Bob Lawrence (el marido) es un hombre aburrido y estancado y Jill Lawrence (la mujer) es una mujer fría y frívola. En la versión de 1956, los McKenna son una pareja idealista, un matrimonio tradicional americano, muy sólido y unido. Las diferencias no acaban aquí, ya que el toque que le da Hitchcock a cada una es diferente. A la primera versión, es mucho más evasiva con el humor típico británico y más condescendencia con el espectador que contrasta con la versión del cincuenta y cuatro mucho más trascendente, realista y tensa. El escenario es diferente en cada versión, siendo Suiza en la inicial y Marruecos en el remake. Y, los villanos tienen más preponderancia en la primera versión, espoleados por el siempre excelente Peter Lorre. Mismo autor, diferente estilo de una misma historia.

    Los medios, una historia pulida, un director maduro y excelentes intérpretes, hacen de El Hombre que Sabía Demasiado (1956) una versión muy superior. Doris Day y James Stewart son una pareja insuperable, con un Stewart en estado de gracia. Él representa el héroe inesperado, real y humano. En una de sus entrevistas al maestro británico, Truffaut, le preguntaba que si Cary Grant y James Stewart eran intercambiables, según el tipo de film; Grant para papeles con más sarcasmo y humor elegante y Stewart para papeles más reales y emocionantes. Hitchcock respondió a esta cuestión, argumentando que para El Hombre Que Sabía Demasiado necesitaba la “sinceridad tranquila” que emanaba Stewart al espectador. No existe mejor definición del genio del suspense para la caracterización de un James Stewart muy acertado en todos los momentos del metraje.

    La música es otra de las grandes protagonistas de El Hombre que Sabía Demasiado. Doris Day interpreta a Josephine McKenna, una reputada y exitosa cantante, de cuyos labios sale una canción que formará parte importante de la película. “Qué Será, Será (Whatever Will Be, Will Be)” es una de las pistas resolutorias del film, interpretada brillantemente por Day y que obtuvo el Óscar cómo mejor canción (creada por Jay Livingston y Ray Evans). Pero en esa mítica canción no queda el protagonismo musical. El compositor habitual de Hitchcock, Bernard Hermann, no sólo forma parte del reparto, también crea una estupenda partitura. La composición que él interpreta (Storm Clouds Cantata de Arthur Benjamin) en el Royal Albert Hall, al igual que la canción forma parte concluyente de la trama. Esta obra también aparece en la película original de 1934 (con Benjamin cómo compositor); la música y las escenas en ambas versiones son idénticas. Hitchcock le reveló a Truffaut que hizo un travelling sobre el pentagrama del percusionista, según el maestro si el público supiera leer el libreto, sabría que momento culmen estaba por llegar, aumentado la sensación de tensión. Un homenaje del director a su creador de banda sonoras habitual, dándole un merecedor protagonismo en todos los ámbitos.

    El Hombre Que Sabía Demasiado, aparte de unas brillantes actuaciones posee un gran número de momentos inolvidables. La escena en la lúgubre capilla, llena de tensión y también de alivio de los protagonistas viendo que el camino es correcto. Toda la narración inicial en el Marrakech; la acción y suspense en el Royal Albert Hall; o la parte final en la mansión del embajador son rodadas en una calidad cinematográfica superlativa. Todo unido a una excelente fotografía de Robert Burks, algún que otro momento de relajación con el típico humor de Hitchcock, hace de El Hombre que Sabía Demasiado una de las obras más importantes de los años cincuenta y del género de intriga. Nunca un percusionista tuvo tanta relevancia en una historia de espías, conspiración y valor.

    Lo Mejor: Un colosal James Stewart. La dirección de Hitchcock y la música de Bernard Herrmann.

    Lo Peor: Un mayor reconocimiento en su momento de estreno, cómo muchas otras cintas del maestro del suspense.

    Puntuación: 8,5/10 CINE CLÁSICO
    por Emilio M. Luna
    junio 30, 2010

    CINE CLUB: EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO (1956)

    por Emilio M. Luna | junio 30, 2010

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