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    La dentellada del 'buffalo soldier'

    crítica de Breve historia de siete asesinatos de Marlon James.

    «Escuchen», nos previene una voz nada más descorrer el telón, o mejor dicho abrir una puerta con goznes dorados en la que previamente hemos leído dos versos de Bonnie Raitt («Gonna tell the truth about it. / Honey, that's the hardest part.»), «los muertos no paran de hablar». Una o dos frases que concentran y sintetizan, como la voz del bardo al calor de una hoguera Dios sabe dónde, el argumento que viene a desangrarse desde ese mismo aserto con que Sir George Arthur Jennings urge a transformar los ojos en orejas, es decir, a escuchar en tanto leemos las ochocientas páginas de Breve historia de siete asesinatos; título irónico que, bien leído, quizá no lo sea tanto: cierto es que toda historia bien narrada supone apenas una interferencia en la señal colectiva. De ahí la "fugacidad", y la violencia, con que Marlon James (Kingston, 1970) sacude los músculos del lector que se decida a escuchar atentamente. A escuchar, ojiplático, a los muchos oradores que se turnan para contarnos sus vidas, cuál fue su posición en aquel berenjenal en torno al Cantante, nombre en código (para no eclipsar a los verdaderos protagonistas) de Bob Marley, y qué hacían en la llaga de efervescencia sociopolítica, y a quién o quiénes, casi nunca por qué, les colocaron la fuca en la cabeza, cuando no directamente les pegaron un tiro porque, en fin, así funcionaba el negocio entonces: los rastas jaleaban su reggae incendiario, Get Up, Stand Up y ese rollo mesiánico con aroma verde y demás tópicos tumefactos, mientras el poder seguía decidiendo a capricho.

    Nada bueno podía brotar de aquella Copenaghen City enferma hasta las cachas. Una vez más: «Escuchen». Y lean. Sobre todo si el narrador es el joven Bam-Bam, cuya presentación ya en el primero de los cinco episodios que componen esta novela («Los chicos de la vieja escuela. 2 de diciembre de 1976», «Emboscada en la noche. 3 de diciembre de 1976», «Baile de sombras. 15 de febrero de 1979», «Rayas blancas / Los chicos de América. 14 de agosto de 1985», «La muerte del hijo. 22 de marzo de 1991») equivale por así decirlo al mejor de los palos en las costillas. «La locura —dice Bam-Bam— es ir andando por una calle elegante y ver a una madama vestida a la última moda y que entren ganas de embestirla y jalarle el bolso, aunque está claro que lo que quieres en veldá, veldá, no es el bolsito ni el dinero; es que la madame grite cuando vea que te le tiras directo a chuparle la bembita pintá, y quitarle la cara esa de contenta de un bofetón y sonarle un puñetazo en to el ojo que la deje bizca, jodida, y matarla allí mismo y violarla antes o después de descojonarla porque es lo que los pandilleros les hacemos a las mujercitas decentes como ésas». Un mazazo extrañamente sedante, sin giros poéticos ni esos adornos de novela hardboiled más preocupada por convencer que por remover tripas. El episodio donde la prosa de James, burbujeante y sincopada, produce a través del relato en primera persona de Bam-Bam una suerte de fascinación por el baile de cuchillos y ese horror doméstico cuyo final es tan solo el pistoletazo de salida a otra historia que bifurca, sí, hacia lo insondable del suburbio. Jamaica y su jungla de personajes malhablados que hablan sin freno, a veces de manera inteligente y otras no, es decir, como hablamos nosotros: modulando mal que bien el registro según el contexto, y regalando exabruptos a un diccionario todavía por inventar; un poco a la manera kitsch, histriónica, de Quentin Tarantino y sus entrañables bastardos, nazis o no. Más o menos así. No obstante con el dominio del tempo oral propio de una geografía, la caribeña en idioma inglés, que traducida en primera instancia al español por Javier Calvo, y convertida finalmente al dialecto cubano por Wendy Guerra, confiere a esta impecable edición de Malpaso el estatus de resistencia silenciosa frente al avance de las traducciones asépticas, cada vez más fosilizadas, sin capacidad para dar cobijo al matiz diatópico, en detrimento de otras (en realidad no sé hasta qué punto ha podido favorecer o adulterar dicha inclinación cubana terruñera) que hurgan y exploran diferentes posibilidades, lanzándose finalmente a una piscina con el fondo a muchas leguas.



    Síncopa y apócope, rugido y leyenda


    Leí hace no mucho una entrevista —disponible en El País— en la que Marlon James asegura que su trabajo es «describir de igual manera un tiroteo que un beso». Bonita manera de ganarse un titular no poco romántico. Aunque la analogía, sobra decirlo, tiene muchas lecturas posibles. Todas ellas concernientes al trabajo del escritor, supongo. Ninguna aplicable a la realidad, o no a esa realidad cotidiana que experimentan el 99,9% de los trabajadores. Salvo que gustemos de comparar la violencia de ciertos labios con un tiroteo de alto calibre en la casa del Cantante en Hope Road apenas dos días antes de que este ofreciera un multitudinario concierto por la paz en el Parque de los Héroes Nacionales de Kingston, en medio de una conjura política diseñada por la CIA y sus machacas jamaicanos, algunos de ellos narcotraficantes con vitola de golpistas anfetamínicos, para intentar con la connivencia del JLP (Partido Laborista de Jamaica) derrocar al gobierno electo del PNP (Partido Nacional del Pueblo). Y aquí, unos cuantos erraron el tiro. O no supieron rematar al bulto. El 3 de diciembre de 1976, varios hombres irrumpieron en la casa-estudio del Cantante y dispararon a todos los presentes, incluidos su mujer, Rita Anderson, y su mánager, Don Taylor, quienes pudieron recuperarse del ataque a quemarropa pero difícilmente del susto. Lideraba la operación una de las grandes voces de esta novela a caballo entre la crónica gonzo y el realismo sucio de un beatnik en camisa de tirantes y chancletas, o más bien deportivas roídas, cuya diana —un pecho evacuando aire— quiso milagrosamente sobreponerse al impacto del plomo. No faltan actores, a cual más pintoresco, ni la subjetiva introspección del lenguaje marginal: Papa-Lo, Barry Diflorio, Nina Burgess, Demus, Alex Pierce, John-John K, Llorón, los ya mencionados Bam-Bam y Josey Wales, Kim Clarke, Dorcas Palmer... todos ellos, junto a segundas guitarras tan profesionales como Dr. Amor, componen de una manera u otra el breviario de una época torrencial que extendió su huella no sólo en el tiempo (la historia amalgama casi tres decenios) sino también en el espacio, pues los tentáculos del narcotráfico en Jamaica llegarían poco después al Bronx, en el norte de Nueva York, donde aterriza retóricamente Marlon James desatando una tormenta de consecuencias insospechadas y, sin embargo, muy familiar para entonces.

    Escribir como una incursión antropológica hacia el corazón de las tinieblas. Tal es el objetivo —o tal es mi intuición— de Marlon James, irradiar a fogonazos una supervoz de gente condenada a la violencia, a la vejez prematura, a la muerte arbitraria, a la enajenación de una guerra interminable que jamás es declarada, y por tanto nunca terminará en paz; porque tampoco nadie tiene muy claro a quién abatir, o, peor aún, quién será el propietario del flamante nuevo agujero junto a la carretera. Escritor radicado en Minneapolis que firmó esta, su tercera obra, para a continuación recoger el premio Booker 2015 y consagrarse como uno de los mayores talentos inconformistas a punto de rebelarse contra ¿sí mismo?, James saluda aquí con artillería pesada y diálogos envolventes que, en ocasiones, bien sucumben a su propia brillantez, bien a sus piruetas de trapecista entre dos ejes que producen una extraña fusión: la del registro vulgar, ampliamente dominado por el autor, y el estándar con jerigonza más o menos funcionarial al que recurren ciertos personajes y que podría, si no abrumar, sí confundir al lector más gandul. Ni tan siquiera un asterisco, aun así. Pocas veces un escritor contemporáneo (a la sazón discípulo oficioso de su querido y estilísticamente afín James Ellroy, pero también de los post-irónicos Thomas Pynchon y Don Delillo) ha logrado ensartar con semejante eficacia la mentira en la verdad del hecho histórico, si bien desempolvado con las técnicas de un nuevo periodismo que flirtea a dos bandas como un timador en busca de su golpe maestro. Así, Breve historia de siete asesinatos muestra sin duda a un narrador proteico y llamado a empresas todavía más redondas, quizá el punto de ebullición creativa, casi inefable, que separa el virtuosismo polifónico de la excelencia absoluta.

    A Brief History of Seven Killings, Estados Unidos, 2014. ISBN 978-84-16420-16-2. 800 páginas. Tapa dura. 14x21cm. Traducido por Javier Calvo.
    por Anónimo
    agosto 06, 2016

    Breve historia de siete asesinatos, Malpaso Ediciones

    por Anónimo | agosto 06, 2016

    La huella del 'placer culpable'

    crítica de Secretos (Rupert Thomson, Alianza Editorial).

    Reino Unido, 2015. Título original: Secrecy. Fecha de la edición original: 2014. Traductora: Catalina Martínez Muñoz. Colección: Alianza Literaria (AL). Páginas: 360. Publicación: 07 de mayo de 2015. Precio: 17,50€. I.S.B.N.: 978-84-206-9939-4. Código: 3472482. Formato: Estándar, Papel. Tamaño: 15,50 x 23,00. Páginas: 360. Edición: 01ª edición. Clasificación IBIC: Ficción histórica (FV).

    En su penúltima novela, Rupert Thomson (Eastbourne, 1955) abre en canal y disecciona el cuerpo biográfico de Gaetano Zummo, un singular escultor italiano de fines del siglo XVII que prácticamente fue expulsado de su ciudad originaria —Siracusa— y requerido luego por un mecenas de postín en la Florencia más vaporosa de la narrativa si no limítrofe, al menos contemporánea a todos esos astracanes de estabulación superventas que —conforme a la bisoñez del ejército Dan Brown, Follett & Ruiz Zafón— desataron por algún tiempo la fiebre de un «nuevo thriller histórico» sin bizarría formal ni andamiaje estilístico, y que se engulle como una hamburguesa cuya mágico aderezo deja siempre un regusto narcótico: acaso el matiz de una pseudoliteratura que ya se ha ingerido a sí misma y sin embargo sigue creyéndose su (in)trascendencia. Realidad ésta que contrasta con el ninguneo editorial, si bien con valiosas excepciones, a una pléyade de autores que habitan aquel limbo del escritor reputado sin apenas reverberación extramuros. Refiero así, por código transferido, a las aún ineludibles traducciones al español, una lengua con más de quinientos millones de hablantes que a menudo, y a falta de ese bilingüismo o poliglotismo tan soñado como indeseado por gran número de traductores, tienen a bien esperar años, cuando no decenios, a veces casi el tránsito a la otra vida, para «conocer» a esa luminaria de la que alguna vez «oyeron hablar» mientras hojeaban el extracto de una crítica made in The New Yorker.

    Respecto a Rupert Thomson, o más bien a su exigua difusión en España, conviene decir que Random House ya publicó en 2007 Muerte de una asesina, otra, esta sí, demoledora fábula con autopsia y viaje por los intersticios de una mente criminal, Myra Hindley, tumbada sobre la fría camilla metálica de una morgue en Suffolk. La muerte del verdugo sociópata, ávida lectora de los panegíricos nazis y del Marqués de Sade y en general de todo aquello que leyese su amado Ian Brady, como percha periodística hacia otra narración personal caída en desgracia; la intrahistoria del agente Billy Tyler, quien mirando el cadáver a través del cristal parece advertir una madeja que de pronto se deshilacha ante él, boquiabierto, y que no es otra cosa que su vida familiar expuesta en un plato inmune al afeite meramente utilitario. Allí, Thomson se anticipaba a la pretendida moda del «basado en hechos reales» conjurando un juego que podría resumirse con una tesis a vuelapluma, a saber: no será la ficción la que se sirva de la realidad (o como queramos llamarla) para construir su mentira sino más bien los hechos imposibles los que vehiculen un paradigma narrativo cuyo fact checking (préstamo lingüístico pretendidamente esnob) es resultado de una interpretación subjetiva, o sea inventada. La interpretación del escritor, la del lector y hasta la del crítico sin airbag: crónicas todas ellas deformadoras de una realidad siempre cambiante.

    La trayectoria literaria de Rupert Thomson discurría de alguna forma predestinada a encontrarse con un hombre que a su manera también forjó a partir del «memento mori», o tópico latino sobre la fugacidad de la vida, un arte escultórico trascendental. El mismo arte indeleble, seductor, con que Thomson practica su alquimia de cirujano y su voz en primera persona del singular, si bien esta vez con timbre siciliano. Y no, no aguarden ninguna traca final. Si acaso, el peligro del ir a tientas entre zancadillas, pues aquí todo es estática de violín mortuorio. Por supuesto, sin orquesta alguna. Y suena así, irresistible, en «el amarillo de un noviembre que yo no conocí» —escribió García Montero. Así suena. A Bach, tal vez, una chacona de La Toscana. No hay suspense, ni giros épicos, ni magia con chistera. La maestría de Thomson reside precisamente en su contención arrebatada. La intriga novelesca, en el entresuelo de una sexualidad ramplona, funciona a menudo como un corazón delator. Y fíjense: hasta los avatares más superfluos invitan a pensar en una concienzuda, que no obsesiva, documentación y elaboración de los principales actores. Todo ello centrifugado a una exquisita prosa que bien podría evocarnos el filo genuinamente british de St. Aubyn y, también, la elegancia mutante de estilistas como Banville y Elmore Leonard, o incluso referentes —¡ay, cuánto daño ha hecho la envidia literaria!— «populares» como Dickens, Paul Auster o Angela Carter, con los que Thomson ha sido comparado no pocas veces. Y ahora sí, volvamos a Florencia.


    «Quizá no sea éste un libro para quedarse a vivir en él, pero sí uno que al final, cuando pasas la última página diciendo adiós con una pena asumible, invita a suspirar y a decir, rectificando: ''Hasta siempre''».



    Secretos
    Año 1691. Zummo ha sido llamado a las estancias del Gran Duque tras huir de su hogar en Siracusa con el estigma de blasfemo y ponzoñoso debido, entre otras acusaciones, a su heterodoxa mirada artística: ingenios que hurgan con mayor o menor suerte en la caries de una época y un país donde el hambre acecha con navaja carraca y la doblez religiosa sonríe con perfil de perro sarnoso. A Zummo le encarga el Gran Duque una escultura femenina para la cual no tiene el escultor ni fecha límite ni presupuesto estimado. A Zummo lo envuelve su propio historial —los demonios de un hermano maltratador, un padre ausente y una madre timorata— y la aparición furtiva de una gioconda, también morena, asomada al escaparate de una botica aparentemente sin letrero. Miren bien. A partir de ahí, sólo admitimos que no sabemos nada. Los «secretos» nos son revelados uno a uno hasta el clímax último. Thomson prescinde de la suntuosidad inherente a este tipo de novelas que, no sin afectación, suelen guisar situaciones inocuas con personajes que van y vienen regalando futuribles como el que pincha un berberecho. Aquí no importa tanto el morbo per se como la certidumbre de que hay gente, frágil y mezquina a un tiempo, que busca refugio a la presión inquisitorial (memorable la presencia de Cuif, un bufón insomne y proscrito que se ejercita a horas extemporáneas) mientras cuenta los minutos para despertar del sueño feliz, de la felicidad misma, quizá sólo eso: «una interrupción de la incredulidad o una ignorancia voluntaria que, como la respiración contenida, no puede prolongarse más allá de un punto determinado». Quizá no sea éste un libro para quedarse a vivir en él, pero sí uno que al final, cuando pasas la última página diciendo adiós con una pena asumible, invita a suspirar y a decir, rectificando: «Hasta siempre». Porque en cierto modo Secretos no es más que una (no otra) novela ¿histórica? sobre personas que se esperan y se esconden; sobre un país carbonizado (o su envés) que apela a la memoria y el arte para reconstruirse entre belleza y mutilación.
    por Anónimo
    mayo 09, 2016

    Secretos (Rupert Thomson, Alianza Editorial)

    por Anónimo | mayo 09, 2016
    Robert Crumb

    Un subversivo retratista de las esencias

    crítica de Héroes del blues, el jazz y el country de Robert Crumb / Nórdica Libros.

    Título original: Heroes of Blues, Jazz & Country. Publicación original: noviembre de 1996. Traducción: Ana Momplet. Tamaño: 145 x 190. Encuadernación: Cartoné. Páginas: 240. ISBN: 978-84-16440-81-8. PVP: 25 €.

    Hace no mucho apareció Robert Crumb en una sala de exposiciones y yo me enteré gracias a un tuit de Barbara Celis. Dicen los testigos que a su irrupción allí Crumb se peinó un poco la azotea y se dirigió rápidamente a una silla plegable, donde aparcó su trasero y empezó a desenfundar la mandolina como Antonio Banderas su guitarra en aquella película de Robert Rodríguez. Crumb vestía un traje oscuro con corbata y chaqueta negra de enterrador: más que un viejo historietista contracultural parecía un solemne jazzman recién traído de los primeros años treinta en Nueva York. Tal vez incluso el modelo de una ilustración todavía por dibujar, y firmada por él mismo. De pronto giró la cabeza; sonó a fluorescente encendiéndose. A su lado estaban una rubia con bombín y un bombín con perilla de chivo tormentoso, más conocidos ellos por el sobrenombre country-blues de East River String Band (Eden Brower & John Heneghan). Nadie sabe cuánto duro aquel repertorio imperecedero. Media hora, quince minutos, tres días, vaya usted a saber. Dicen que entre tema y tema se escuchó un ¡ahí va la hostia, si es Robert Crumb!, que en inglés americano no tiene la misma resonancia ni la misma contundencia, ni siquiera traducción literal del español de bar castizo. Ustedes disculpen. También dicen algunos espectadores que fue deliciosamente raro, vibrante, o sea cien por cien Robert Crumb. Sus dedos parecían raíces de un árbol cuya semilla musical se remonta al Misisipi de los años 20 y 30 del siglo XX, pero también al Kentucky de aquellos días nubosos, y a Nueva Orleans y a Chicago y a Georgia y a Virginia. Así de inmensas son las manos de Crumb, un drawteur (no busquen esta palabra en el diccionario) al que los amantes del cómic nos dirigimos tan solo con la seguridad de conocerle cada vez menos, y por tanto quererle cada vez más.

    En el prólogo a Héroes del blues, el jazz y el country, el cineasta Terry Zwigoff cuenta que conoció a Crumb a principios de los años setenta. Al parecer no tardaron mucho en hacerse amigos. La amistad surgió, fundamentalmente, a través de la música. Ambos compartían además una pasión a prueba de manirrotos: el coleccionismo. Más aún, el coleccionismo musical. No en vano bebían los vientos por los discos de 78 r. p. m., cuyos surcos parecían esconder un ancestral paisaje sonoro que hoy ciertos mandarines de la prensa más chic reducen al sustantivo «americana», y que engloba géneros tales como el blues, el country, el folk y el rock; si se prefiere un híbrido danzarín y electrificado de figuras como Blind Willie Johnson, Charlie Patton y Skip James, entre otros bluesmen inolvidables que abrirían camino desde varias latitudes de un país en construcción. Si bien un país económicamente volátil que a comienzos de los años veinte se creía que todo era Jauja y a renglón seguido, crash mediante, siguió perfeccionando su ley socioeconómica para hacer con la música popular lo mismo que con otras artes más o menos accesibles: una industrialización masiva encaminada a la atomización contemporánea. Y así, medio siglo después, nos encontramos a vueltas con esta historia convertida ya en canción quejosa: blues entre iguales. Y es que Crumb y Zwigoff eran a su vez amigos de Nick Perls, propietario y director de Yazzo Records, una disquera radicada en Nueva York que poseía entonces el mejor archivo de blues tradicional al este del Misisipi. Zwigoff describe no sin cariño cómo lograron convencer a Perls de que sus producciones de 78 r. p. m. podrían si no aumentar sus ventas, al menos mejorar estéticamente incluyendo ilustraciones firmadas por Crumb, quien ya se había destapado como un apasionante retratista de los pioneros de la guitarra, el violín, el piano, el saxo, la trompeta, la mandolina, e incluso el siempre avasallador y esquizofrénico banjo. Obviamente el estilo singular de Crumb restalló en la retina de Perls quien, en un golpe de genio no sólo mercadotécnico sino también artístico, fue aún más lejos brindando al dibujante de Filadelfia, a la postre guía espiritual del cómic underground con obras del calibre de El gato Fritz o American Splendor, la oportunidad de reunir esas postales en tres colecciones de cromos a color —una dedicada al blues, otra al jazz y una tercera al country, todas ellas despachadas con éxito— que ahora tenemos reunidas en un tomo impecablemente editado por Nórdica Libros.

    por Anónimo
    abril 28, 2016

    Héroes del blues, el jazz y el country (Robert Crumb, Nórdica Libros)

    por Anónimo | abril 28, 2016
    Volt

    Naturaleza herida

    crítica de VOLT de Alan Heathcock / Editorial Dirty Works.

    Estados Unidos, 2016. Editorial original: Graywolf Press. Fecha de publicación original: 1 de mayo de 2011. Traducción: Javier Lucini. Formato: Tapa Blanda, 210 mm x 140 mm. Páginas: 280. ISBN: 978-1555975777. Precio: 21.50 euros.

    Por encima del rascacielos que corona la narrativa actual norteamericana se eleva un globo sonda teledirigido por un rostro pálido radicado en Idaho. Transporta aridez, sangre, piedad, una dimensión animal insospechada; fe (o ausencia de), violencia, claroscuros, un realismo voraz cuya naturaleza remite no sólo a los grandes cronistas de la llanura sino también a todos esos culos inquietos que, a la manera naíf de un redneck meciéndose junto a su rifle en el porche de la cabaña, ampliaron sin temor ni límites el imaginario de una geografía aún hoy inabarcable. La frontera, decimos, como posibilidad y sueño febril; tal cosa insinúan —si bien en diferentes grados— los nueve cuentos reunidos en VOLT, de Alan Heathcock. Un escritor injustamente desconocido aquí (y en gran parte del mundo, la verdad, no abusemos del golpe cainita) y una ópera prima suficientemente bien ponderada por el Chicago Tribune, Publishers Weekly y The New York Times. Ahí es nada. Con este promisorio bagaje aterrizan en idioma español unos cuentos que a su vez (des)entierran el repulsivo cliché de que el mejor de los cuentistas fue, es y será siempre peor que el más virtuoso de los novelistas, y que por ello el relato ha de resignarse a las migajas del género por excelencia: eterno primo de Zumosol, ya saben. También con este llamémoslo hándicap, connatural a la tradición angloamericana, debutó Heathcock allá por 2011. Pues de alguna manera el lector medio, vienen a decirnos ciertos gurús, es cada vez más reacio a consumir ficción de corta y media distancia, si bien dicha realidad mercadotécnica no ha devenido por el momento en ninguna teoría consistente; ni siquiera en forma de responso más o menos divulgativo y apetecible.

    Así, de un tiempo a esta parte, incluso la crítica más conservadora ha tenido a bien reivindicar la audacia de muchos autores que hicieron de esa «calderilla de la ficción», como dijo J. G. Ballard, un monumento al instante eternamente fugaz. Que nunca sucedió pero ya pasó. Quizá una manera como cualquier otra de administrar el, por así decirlo, éter de la historia durante el lapso de tiempo que comprende la inspiración, el disparo y la recarga al ralentí. Tal leitmotiv sacude a Chéjov, Poe, Sherwood Anderson, Ambrose Bierce, Flannery O’Connor, Shirley Jackson, Onetti, Carver, Cheever, Rick Moody, Lydia Davis y, por afinidad dramático-atmosférica con Heathcock, Denis Johnson y su Hijo de Jesús. Casi todos ellos americanos, sublimes zapadores en aquel motín de apenas unas pocas páginas. Y, sí, eternamente minusvalorados no ya por su condición de novelistas poco o nada pródigos (Moody y Johnson tienen algunas novelas espléndidas, ¡corran a leer La tormenta de hielo o Ángeles derrotados!) sino más bien a pesar de su estatus de fértiles cuentistas, aun interpretando ese bello esprint literario como caja o chistera donde se oculta una bomba de pulso. Que cuando finalmente detona, todos sufrimos y disfrutamos a voz en grito: adiós a la wifi, vuelta al fuego. Y al libro también. Poco a poco nos adentramos en un submundo, el de Heathcock, preñado de almas solitarias que padecen del nervio visceral porque alguien huyó y ya todos desaparecieron y difícilmente volverán a su frecuencia en aquel Krafton gris, asolado, con tintes del Cormac McCarthy de Suttree por la profundidad psicológica expuesta en «Humo» así como del Larry McMurtry de La última película por la voluble melancolía adolescente apresada en «Fort Apache», perdido de la mano de Dios. Quién si no el Maestro Suicida, acechando desde las alturas, jugaría a sabiendas de que tiene una mano perdedora. También Él despliega aquí su póquer cicatero, diabólico casi, pues igual «las cosas horribles son lo único que le queda a Dios para recordarnos que sigue vivo. Quizá la guerra sea la forma que tiene Dios de cobrar vida en el hombre». Nadie es realmente libre en esta ruleta rusa de hombres y mujeres que perdieron su convicción en el fondo de una tetera o un vaso de whisky tras volver de Irak.


    «Poco a poco nos adentramos en un submundo, el de Heathcock, preñado de almas solitarias que padecen del nervio visceral porque alguien huyó y ya todos desaparecieron y difícilmente volverán a su frecuencia en aquel Krafton gris, asolado, con tintes del Cormac McCarthy de Suttree por la profundidad psicológica expuesta en «Humo» así como del Larry McMurtry de La última película por la voluble melancolía adolescente apresada en «Fort Apache», perdido de la mano de Dios».



    por Anónimo
    abril 12, 2016

    VOLT (Alan Heathcock, Dirty Works)

    por Anónimo | abril 12, 2016

    Instrucciones para una óptima caída a cámara lenta

    crítica de Satin Island de Tom McCarthy / Pálido Fuego.

    Reino Unido, 2016. Título original: Satin Island. Fecha de publicación original: 2015. Editorial original: Jonathan Cape. Fecha de publicación en España: 21 de marzo de 2016. ISBN: 978-84-943655-7-7. Número de páginas. 205. Formato: Tapa dura con sobrecubierta. 22,9 x 13,5 cm. Precio: 20,90€.

    Demasiadas veces la teoría se queda corta para explicar determinados fenómenos literarios. No pueden los sacerdotes del gremio, ni la industria en su conjunto, absorber como quisieran la «onda bombástica» que viene a rociarnos con nihilismo 3.0. O no pueden, o no pueden ver, o no quieren enterarse de qué trata el asunto; tanto da. La fiesta casi siempre está en otra parte, y muchos llegan al final, acunándose en un medio tiempo de los Police o Dire Straits, que es un ir tirando con garrafón hacia la nada melancólica. El riesgo de colgarle a un novelista —sea cual sea su pelaje narrativo y su nacionalidad— la etiqueta de vanguardista, experimental, posmoderno, autor difícil (?), raro (díganme un escritor que no lo sea) y demás apelativos recurrentes no es poca. Mejor dicho: es una estupidez pues la diversión, necesaria y prescriptiva, consiste básicamente en leerlo todo con un mínimo de higiene mental; desprovisto uno de los clichés pop de ese marketing infalible que, no obstante, yerra en su certidumbre de que el lector medio demanda un tipo predeterminado de literatura, bien sea novela o ensayo o no-ficción. Por ello conviene seguir exigiendo las mismas historias contadas como nunca antes. Más o menos así nos lo propone el británico Tom McCarthy en su cuarta novela, Satin Island (Pálido Fuego), evocando a su «héroe» y antropólogo estructuralista, Henry Lévi-Strauss: cómo o para qué seguir escribiendo si ya todo está escrito. Pues bien, revisen el paracaídas y vayan santiguándose por si las moscas. He aquí otro escritor, a rebufo de los grandes cronistas de la paranoia contemporánea —Kafka, William Burroughs y Thomas Pynchon—, sentándose a verter negro sobre blanco para, a continuación, descubrirse en una red infinita a modo de gigantesco cerebro interconectado. Tal que así. Una masa informe, casi tenue, cuyo sistema respira algoritmos de código binario y exuda píxeles a velocidades frenéticas.

    Si en su gozosa Residuos (Lengua de Trapo, 2007) el objeto de estudio era un hombre al que el gobierno indemnizaba con ocho millones y medio de libras tras caerle encima, por así decir, un objeto volador no identificado cuya forma jamás descubrimos siquiera entre renglones, aquí el objeto en sí no es más que un etnógrafo divagando —a través de capítulos breves, en primera persona, que se disfrutan como una extraña medicina sin efectos secundarios— a veces sobre un vertido de petróleo en mitad del océano y otras sobre la nueva de un paracaidista cuyo paracaídas había sido previamente manipulado y que, ay, acabó estampándose contra el suelo. U. se llama el antropólogo. Y su jefe, un tal Peyman, le ha encargado el Gran Informe: síntesis definitiva acerca de todo lo habido y por haber en este mundo de libre comercio y whatsapp's y skypes y existencia sólo en la nube. Acaso un análisis minucioso, pero «sin toda esa mierda y ofuscación de los escritores», encaminado a sacudirnos las neuronas. Tarea capital que U. suspende hasta nuevo aviso, mientras colabora —junto a Peyman, Tapio y su partenaire en la oficina-sótano, Daniel— en el Proyecto Koob-Sassen. Sin olvidar sus citas con Madison, quien ya estuvo una vez en el centro de conexiones aéreas Torino-Caselle al que U. vuelve retóricamente casi al final de la historia no sé sabe muy bien si para cerrar un círculo o dejarlo todo, nuevamente, en standby. Con la sensación de haber embarrado aún más el terreno.


    «La incógnita sobrevuela entre argot (nada cargante) y apuntes (nada bizantinos) que constituyen el mapa sináptico de Tom McCarthy, deconstructor del aturdimiento tecnológico y aun así solaz incandescente; láser generacional provisto de un fraseo abrumador, sincopado, donde las referencias ni se esconden ni se preguntan, más bien al contrario».



    por Anónimo
    abril 08, 2016

    Satin Island (Tom McCarthy, Pálido Fuego)

    por Anónimo | abril 08, 2016

    Qué película ver (y qué ver en ella)

    crítica de Cine a la carta de Carlos Fernández Castro / Editorial Club Universitario.

    España, 2015. ISBN: 9788416113811. Páginas: 180. Formato: 15x21. Encuadernación: rústica. Precio: 19,03 euros. Precio e-book: 3 euros.

    «En esta lista de listas aparece la película que deberías estar viendo ahora mismo». Así invita el realizador Nacho Vigalondo a hacerse con un ejemplar del primer libro de Carlos Fernández Castro, quien ha seleccionado cien títulos muy especiales para él entre los que se encuentra, precisamente, la ópera prima del cineasta cántabro: Los cronocrímenes (2007), reivindicable thriller de ciencia-ficción que probablemente no tendría cabida en un listado al uso. Y es que Cine a la carta no pretende en absoluto seleccionar las mejores películas de la historia (una labor tan inútil como harto tanteada), sino instar a pararse ante cien filmes dispares que, sean más o menos conocidos, bien merecen una porción de nuestro tiempo. O sea, que no están todos los que son pero sí son todos los que están. No sorprende, por tanto, encontrarse obras maestras incontestables como Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936) o Blade Runner (Ridley Scott, 1982) junto a otras tan infravaloradas como Movida del 76 (Richard Linklater, 1993) y Todo por un sueño (Gus Van Sant, 1995) que no tienen por qué envidiar a las mencionadas en primer lugar. Eso sí, dentro de una selección preponderantemente anglosajona, con escasas —pero excelentes— excepciones como la japonesa Buenos días (Yasujiro Ozu, 1959), la francesa La noche americana (François Truffaut, 1973), la hongkonesa Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000), la coreana Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003) o la española Gordos (Daniel Sánchez Arévalo, 2009). Sin embargo, tratándose de una selección tan personal, hay poco que cuestionar.

    «Un libro imprescindible para sumergirse sin ahogarse en el inabarcable océano del cine», apostilla el mentado Sánchez Arevalo en una de las frases promocionales de la compilación. A ello ayuda la organización de la obra, que incluye dos bloques de cincuenta películas divididos a su vez en diez capítulos de cinco filmes cada uno en función, bien del tema (“perdedores en el cine”, “el peso del pasado”, “películas que rompen esquemas”…), bien del género (western, falso documental, cine romántico…). Por consiguiente, el libro acepta tanto la lectura lineal como un acercamiento más esporádico en forma de consulta de cara a decidir qué película ver. ¿Que se desea, por ejemplo, una cinta de atmósfera sofocante? Pues sólo hay que acudir al capítulo correspondiente para encontrarse con alternativas tan variadas como La jauría humana (Arthur Penn, 1966) o Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010). Ante todo este libro está confeccionado para obligar al lector a ver más y más cine, pudiendo optarse por leer las medidas palabras que Carlos Fernández dedica a cada título, bien a priori (interesante introducción, pues los detalles argumentales escasean), bien a posteriori (a modo de reflexión, siendo probable que el texto, aunque breve, desvele algo que durante el visionado haya pasado desapercibido). Por supuesto algunos comentarios son más completos que otros, pero todos huyen de los caminos habituales, algo de agradecer a la hora de encarar filmes míticos como El tercer hombre (Carol Reed, 1949) o Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly y Stanley Donen, 1952).


    «Cine a la carta no pretende en absoluto seleccionar las mejores películas de la historia (una labor tan inútil como harto tanteada), sino instar a pararse ante cien filmes dispares que, sean más o menos conocidos, bien merecen una porción de nuestro tiempo».



    por Juan Roures
    abril 08, 2016

    Cine a la carta: una película para cada momento (Carlos Fernández Castro, Editorial Club Universitario)

    por Juan Roures | abril 08, 2016

    El amor como peaje en suspenso

    crítica de El libro y la hermandad de Iris Murdoch (Impedimenta).

    Reino Unido, 2016. Título original: The Book and the Brotherhood. Fecha de publicación original: 1987. Editorial original: Chatto & Windus. Traducción: Jon Bilbao. Postfacio: Rodrigo Fresán. ISBN: 978-84-16542-33-8. Encuadernación: rústica. Formato: 14 x 21 cm. Páginas: 656. Precio: 24,95 €. Valoracion: ★★★★★.

    La zona V equivale a un gris estándar cuya poética indefinición, a medio camino entre el blanco y el negro, es hoy (en realidad desde los primeros años treinta del siglo XX) el patrón oro de la fotografía. Una metáfora indestructible de la existencia en sociedad y del sinvivir que muchas veces nos lleva a soportarla con ansiolíticos. William T. Vollmann lo reveló hace ya varios años en su tan operística como merecidamente premiada con el National Book Award Europa Central: «(...) un ingenioso mozalbete ingeniero llamado Ansel Adams empleó una formación en erizo de cañones de fotones para fracturar la escala tonal del firmamento en diez zonas exactas, desde el negro primigenio de la zona 0 al blanco perfecto de la zona X. Contraste, relaciones nube-precipicio, pinos gris perla engalanados con huecos de negro absoluto, luminosidad y detalle, ríos gris plomo de gama intermedia ribeteados de estelas de un tono más pálido». De tal forma que todos los gradientes fueran advertidos, si bien en dos únicos colores, por el ojo humano, tan acostumbrado él a ver la realidad (o su copia en haluros de plata) sin matices. Y sin humo; aunque ese ojo ya obnubilado mirase desde las trincheras de la Segunda Guerra Mundial, donde el gas adquiría por momentos condición onírica, exponiendo radicalmente —a tiros, a morterazos, a voladuras sobre y bajo tierra— que el granulado no solo es «una característica fundamental de la propia realidad» sino una manera de admirar y aprehender las mejores historias escritas desde entonces. Que no son pocas, y en lo que respecta al casi siempre minusvalorado género femenino contadas las que le pueden disputar el sillón a tres obras maestras indiscutibles de Iris Murdoch; por orden cronológico: Bajo la red (escrita en 1954 y seleccionada en 2001 por la American Modern Library como una de las cien mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX, distinción que repite en un top secular de la revista TIME), El mar, el mar (Premio Booker en 1978); y la presente joya en bruto recién editada por Impedimenta que es El libro y la hermandad (finalista, también del Booker, en 1984).

    La obra que tengo en mis manos es a la vez puerta a un mundo fascinante con acento upper class y portal a unas vidas más bien insatisfactorias que, de entrada, apuntan muy al sur. A un sur perdido en el interior, de acuerdo, pues el baile se ambienta en la universidad de Oxford, concretamente en una fiesta de exalumnos que hipotecaron su juventud intentando triunfar y que alcanzaron la madurez intentando sobrevivir a esa cosa fétida y corruptible llamada "mundo real". Ha pasado tanto tiempo que ya no cabe nada; ni siquiera lo accesorio. O sí. Díganme, ¿quién no disfruta con esas pequeñas cosas, con un baile junto al río Cherwell? Allí, aprovechando una fiesta de fin de curso o un festejo conmemorativo, se reúnen Gerard Hernsahw, Rose Curtland, Gulliver Ashe, la joven y efervescente Tamar Hernshaw (hija de Violet, invitada que no comparece y sin embargo es una de las presencias más notables), Jenkin Riderhood, el matrimonio cuesta abajo y sin frenos Duncan y Jean Cambus; y también —al estilo Dirty Dancing pero sin almíbar ni volandas kamikazes, huyendo él de la compañía de ella— Lily y Crimond. Allí están. Se han vestido para la ocasión. Se hablan mucho y, seguramente, muy bajito. Sobre todo ellas. No sabría decir por qué. Es una sensación que transmiten los impecables diálogos de Murdoch. Hay en las conversaciones que ellas hilvanan un dejo de pretendida contención, quizá un mohín de hastío trenzado simplemente para camuflar sus auténticos sentimientos, si la autenticidad fuese un valor real.


    «Hay en las conversaciones que ellas hilvanan un dejo de pretendida contención, quizá un mohín de hastío trenzado simplemente para camuflar sus auténticos sentimientos, si la autenticidad fuese un valor real».



    Tapándose la boca, en fin, transcurre la noche —primero de los tres actos en que se divide la historia— como si brindaran mientras esperan cada uno su tren noctámbulo. Veinte o veinticinco años después. Cada vez menos marxistas y más intrigados por el libro que nunca terminan de financiarle al elocuente y políticamente radical David Crimond, cuya inteligencia parece demasiado genuina y su discurso, algo más que perturbador. Los amigos estudiaron, y eligieron letras: Filosofía, Lengua y Literatura, Historia... Alimentos, dicen, que nutren el alma y casi nunca llenan la nevera ni pagan las facturas. Algunos, con suerte, encontraron buenos trabajos. Otros odian los que tienen y todos coinciden en que ninguno —leemos entre líneas, o nos dejamos transportar a través del río Iris y sus múltiples afluentes, con sortilegios familiares, caracoles telepáticos, un vagabundo pre-apocalíptico, una exhibición de patinaje sobre hielo, debacles amorosas, debacle en general, humor fino e indeleble, y apuntes que tocan hueso y lo dejan a uno preguntándose cómo hubiera sido colonizar por un instante la mente de esta escritora genial— descifra los pensamientos de su interlocutor: «Tamar estaba lista para enamorarse. Se puede planificar el enamoramiento. O, a lo mejor, lo que parece un plan determinado no es más que la anticipación excitada del inequívoco gesto compartido, postergado para hacerlo perfecto, en que las miradas y las manos se encuentran y las palabras dejan de ser útiles».

    Recurríamos antes a la fotografía no sin un porqué. El gris, como concepto en minúsculas y como loro-mascota con mayúscula de un Gerard adolescente que todavía hoy no ha podido olvidarlo (sus padres lo dieron en adopción mientras él se encontraba en la universidad) ni perdonárselo a su hermana Pat (quien colaboró activamente), es aquí parte intrínseca de una novela romántica o, más bien, sobre el amor que hunde sus raíces en el desaliento colectivo, como teoría en pijama que busca primero alicatar el tópico de unos jóvenes marxistas y estudiantes de Oxford —vistos, eso sí, a través de un presente mutable que nos señala la imposibilidad de reescribir los tropiezos no poco didácticos que forjaron su futuro— convertidos en maduritos ¿interesantes? con las repuestas justas y el rencor à la decimonónica. Y después, la sensación de estar ante uno de esos efectos ópticos en forma de escalera que no sabes si sube o si baja o qué; la gracia precisamente es no saber hacia dónde apunta la hermandad y el dichoso libro interminable: una suerte de Macguffin que, según cátedra del cockney Alfred Hitchcock, en un primer momento desvía la atención del lector/espectador al lugar equivocado para que éste crea que sabe por dónde irán los tiros, aunque en realidad no sabe nada. Todo ocurrirá si no al margen, sí en la inquietud misma. Y, en cualquier caso, tampoco la filósofa y escritora irlandesa tiene las respuestas exactas. Precisamente en ese gris medio casi mágico vadea Murdoch el temporal que arrecia sobre sus personajes, y, por extensión, sobre todos ustedes: lectores a la espera de que algo (ir)racional ocurra en cualquier momento. «¿Cómo se hace, morir?», se pregunta un hermano. «No puede ser difícil, lo hace todo el mundo. A lo mejor se parece más a un pequeño desplazamiento, una suerte de giro repentino. Un día yo mismo realizaré ese desplazamiento. ¿Sabré cómo hacerlo? Lo sabré cuando llegue el momento, mi cuerpo me lo dirá, me instruirá, me apremiará, me empujará más allá del borde. Es un logro. ¿O en realidad lo que sucede es algo parecido a cuando te quedas dormido sin darte cuenta? Quizá en el ultimísimo instante todo se vuelve fácil, se llega al lugar donde todas las muertes se asemejan. Pero eso también debe de ser cierto por definición». Quién sabe. Con todo, la vida sigue. Y el raspón escuece. Y seguimos sonriendo, nerviosos y expectantes, porque Miss Murdoch al fin ha dicho: «Bailemos, darling».

    por Anónimo
    abril 01, 2016

    El libro y la hermandad (Iris Murdoch, Impedimenta)

    por Anónimo | abril 01, 2016
    La guitarra azul

    Un 'riff' de trovador irlandés

    crítica de La guitarra azul de John Banville.

    Estados Unidos, 2016. Edición original: 2015. Título original: The blue guitar. Editorial original: Alfred A. Knopf. Editada en España: Alfaguara. Traducción: Nuria Barros. ISBN: 9788420413648. Encuadernación: Tapa blanda. Número de páginas: 296. Precio: 19.90€. ★★★★

    Alrededor de John Banville circulan más que rumores fundados sentencias literarias acerca de su inminente, impostergable Premio Nobel. Que dicen está ahí, pero nunca proclaman en su favor, desde hace algún tiempo. Porque ya ha ocurrido; Banville es un Nobel. Tal vez haya que esperar un rato más: nadie o casi nadie intuye todavía un desaire académico a lo Borges, Nabokov o Proust, por citar a los tres titanes de la Literatura —y sin voluntad de comparar a unos con otros. No hay por qué preocuparse. Banville trascendió hace mucho el marketing de los premios —bien sean en forma de recatada distinción oficial o como lisonja de acólito cada vez más inquieto ante la (in)certidumbre de que el bardo quizá nunca reedite proeza literaria a nivel de El mar— que llenan su currículum, y acaso hasta su vanidad de escritor, un suponer. Su prestigio es tal que, llegados a este punto, realmente importa poco si recibe o no el Nobel de Literatura algún año; sus novelas, a la sombra de John Banville o bajo la gabardina de ese trasunto chandleriano con pedigrí y un olfato de sabueso aristócrata (lean La rubia de ojos negros, en versión original o en la impecable traducción de Nuria Barrios, que inaugura cuenta particular en el haber de Banville con La guitarra azul), también conocido como Benjamin Black, son a la vez invocaciones y evocaciones de una prosa artesanal, metódica, cuyo desbordante estilo confiere a sus narraciones un swing ya reconocible, de tenorio irlandés viendo la vida pasar sentado en un sillón negro reluciente. Uno se imagina a Banville destilando frases como el erudito vinícola los matices del licor espiritoso, tallando adverbios y cuestionándose los pormenores sintácticos (y musicales, ya que la melodía es básica) de tal o cual párrafo; pues en el mundo Banville cada palabra equivale a un submundo que podría expandirse hasta completar no ya una frase más sino una oración caída del mismo cielo. Así, La guitarra azul resulta un infiel testimonio, en clave descreída y sin concesiones redentoras, del amor (o lo que sea) como objeto al principio codiciado y después indistinguible de todo lo anterior. Llamémoslo curiosidad, fiebre, o incluso cleptomanía al tacto.

    por Anónimo
    febrero 22, 2016

    La guitarra azul (John Banville, Alfaguara)

    por Anónimo | febrero 22, 2016
    Allan Quatermain and the Lost City of Gold

    Cannon Force 2

    reseña de Más Cannon (Cannon Films 2) (2015) | Applehead Team Creaciones.

    Más Cannon (Cannon Films 2). Autores: Pedro José Tena, Kiko Vega, Álex Oliveres, José Antonio Martín, Serena Iniesta, David Webb, Luis Martínez Vallés, Domingo Dark Vinyl, Ángel Codón Ramos y Álvaro Gil Fernández. Editorial: Applehead Team Creaciones. Colección: La generación del videoclub, 3. Número de páginas: 389. Encuadernación: rústica. ISBN: 978-84-944829-1-5. Precio: 19,95 €.

    De la hipnótica y fría gelidez de Sylvia Kristel a la belleza inocente de Brooke Shields, de la magnífica adaptación al cine de un guion del mismo Charles Bukowski de manos de un inspirado Barbet Schroeder a desangelados softcores de nula sensualidad, de un Lou Ferrigno siguiendo la estela del increíble Hulk en películas de aventuras que soñaban con Harryhausen y devenían pesadillas psicodélicas a unos John Cassavetes y Gena Rowlands haciendo temblar los cimientos del amor, de las simpáticas exploitations de las aventuras de Indiana Jones a costa del genial H. Ridder Haggard a un Christopher Reeve derivando de superhéroe mítico a reportero callejero a años luz del entrañable Clark Kent, la productora Cannon Films dejó una estela de películas que jamás brillaron como debieran debido a sus pequeños, cuando no raquíticos, presupuestos, pero que jamás hubieran visto la luz sin el empuje y la visión que de este arte tenían esos dos magos, no siempre buenos pero sí entregados, que eran sus capos, los algo rácanos y soñadores Menahem Golam y Yoram Globus. En Cannon Films, el primer volumen de los dos dedicados hasta el momento a esta compañía, ya pudimos descubrir su historia gracias al apasionante recorrido que por la misma nos ofreció Pedro José Tena, uno de los autores que repiten en esta segunda entrega, Más Cannon (Cannon Films 2). Un viaje que se centró en las grandes estrellas de la casa que marcaron a una generación que si bien para los firmantes es la del videoclub, para otros es la de las salas de cine de la época, pues aunque hoy nos parezca en cierta manera imposible eran Charles Bronson y Chuck Norris los amos de las pantallas, compitiendo con los astros más reputados del Hollywood coetáneo a ellos. No eran películas frikis, ni raras, ni pasto de cinéfagos ni otras definiciones que queráis añadir: eran los puñeteros rompe pistas de las carteleras. Uno se podía pasar meses esperando a que el pétreo rostro de Bronson enmarcado por un pistolón de espanto desapareciera de los anuncios luminosos de nuestro cine favorito para poder iluminar nuestras retinas con otra cara que al menos nos ofreciera un poquito de amabilidad. El libro Cannon Films estaba trufado, no podía ser de otra manera, de películas de acción que reverberaban de fuego vietnamita, de sudorosas artes marciales y de policías broncos y mal encarados capaces de volarte la tapa de los sesos si no les dabas los buenos días como era debido. También se apuntaban algunas escapadas al cine de autor y a otros géneros que Golam y Globus nunca dejaron de afrontar. Pero es en este Más Cannon donde podremos ver con mayor profundidad hasta qué punto los Go-Go Boys llegaron y alimentaron los sueños de varias generaciones tocando todos los estilos y tipologías cinéfilas imaginables. Un monstruo bicéfalo incansable y arrollador que en el fondo reinterpretaba a su manera el Hollywood clásico de los grandes productores que imponían sus sueños en una mezcla desconcertante de ilusión y martillazos. Ellos querían ser los Selznick, los Cohn, los Laemmle y los Mayer de los ochenta.

    por José Luis Forte
    febrero 22, 2016

    Más Cannon (Cannon Films 2) (VV.AA, Applehead Team)

    por José Luis Forte | febrero 22, 2016
    La estrella de Salomón

    Con el diablo a las espaldas

    reseña de La estrella de Salomón (2015) | Alba editorial.

    La estrella de Salomón. Título original: Svezdá Solomona. Autor: Aleksandr Ivánovich Kuprín. Traducción y notas de Alberto Pérez Vivas. Editorial: Alba. Colección: Rara avis, 23. Número de páginas: 158. Encuadernación: rústica. ISBN: 978-84-9065-105-6. Precio: 14,90 €.

    Seguro que alguna vez os habéis imaginado capaces de con solo vuestro pensamiento conseguir aquello que deseáis, que vuestros sueños más anhelados se hagan realidad nada más mentarlos en voz alta, que toda la realidad que os rodea se pliegue a vuestro antojo. ¡Ah, cuántas cosas maravillosas podríamos hacer! Aunque también podría florecer cual rosa maligna nuestro lado más oscuro. Ya hemos visto cómo el malvado Kilgrave (en magnífica interpretación de David Tennant) convertía este poder en una auténtica pesadilla para quien se cruzara en su camino en la excelente serie televisiva Jessica Jones. Pero claro, todo depende de a quien le toque en suerte esa capacidad increíble. En La estrella de Salomón (Svezdá Solomona, 1917), novela de temática fantástica del escritor ruso Aleksandr Ivánovich Kuprín (1870-1938), nos encontraremos con que su protagonista, Iván Stepánovich Tsviet, recibe este don del mismo diablo aunque lo utilizará de manera absolutamente contraria a la del oscuro y retorcido Kilgrave. Pese a esto, el mito fáustico impone sus normas y nos deja claro que el origen de un poder sobrehumano no admite dobles lecturas: lo que nace del mal solo puede llevar al mal. Iván es un joven sencillo que se gana la vida como empleado administrativo en el Juzgado de Menores Huérfanos. Un joven de buen corazón, algo corto de entendederas pero educado y formal que vive en una buhardilla donde cuida con mimo de sus plantas y su canario y lleva una existencia modesta y tranquila con la que es feliz. Es afable, decente, abstemio, trabajador… Un dechado de virtudes, un alma cándida cuyos sueños se limitan a mantener los diversos trabajos en los que se desenvuelve y que le da lo justo para vivir en la ciudad, con el extra suficiente como para poder enviar el dinero necesario para mantener a sus dos hermanas solteronas y a su anciana madre que viven en el campo.

    Kuprín nos describe todo esto en un retrato rápido y certero, con un marcado tono de humor amable, que consigue que en pocas líneas simpaticemos con el buenazo de Iván, pero también creando un entorno cálido y común al lector que provocará que cuando lo extraño irrumpa en el relato lo haga con mayor fuerza al hacerlo en un ambiente cotidiano. Y lo extraño es la fulminante aparición de la mefistofélica figura del agente de negocios Mefodi Isáievich Tóffel, su nombre ya es toda una pista sobre su verdadera personalidad, el cual visitará a Iván para comunicarle que es dueño de una herencia de un tío paterno que murió hace diez años. De la extrema tranquilidad pasaremos a la mayor de las locuras, reflejo de la irrupción de Tóffel en la vida del inocente Iván. Tóffel es un personaje excesivo y estrambótico, tan simpático como taimado, que contrasta a la perfección con el bobalicón de Iván. Este parte hacia la mansión y las tierras que ha heredado dejando su vida presente atrás. Su llegada es recibida en el pueblo vecino como tantas veces hemos leído en libros y visto en películas: los aldeanos le advierten que su antepasado tenía un pacto con el diablo y que lo mejor que podría hacer es largarse de allí cuanto antes. Aunque él no lo cree pronto comprobará que su tío guardaba en su biblioteca una buena colección de libros rarísimos, uno de los cuales contiene anotaciones de su puño y letra donde trataba de desentrañar los secretos de un misterioso volumen en el que entre otras rarezas y cosas siniestras podemos encontrar el nombre del lovecraftiano Dagón. En fin, no nos detendremos más en la trama, tampoco es difícil adivinar qué va sucediendo ya que lo importante para Kuprín no es tanto el componente esotérico y fantástico (se citan casi sin dar respiro a Paracelso, a Cagliostro, a Hermes Trimegisto y a un tal Sa-tán…) del relato sino cómo el joven Iván vivirá su nueva vida, una existencia en la que, gracias a los deseos del diablo por conocer el secreto que Iván ha conseguido desvelar en las anotaciones de su tío, gozará del poder que mencionábamos al principio. La entrada de Iván en la mansión abandonada de su lejano familiar logra resultar estremecedora gracias a la fuerza de Krupín al trasladarnos a la atmósfera de la terrible casona mezclando a esto el sentimiento de sentirse ajeno y extraño a todo ese mundo que no puede dejar a un lado Iván. Su primera noche en la mansión y su primer paseo por sus solitarios y ominosos pasillos nos dejan algunas de las mejores páginas de la novela.

    por José Luis Forte
    enero 28, 2016

    La estrella de Salomón (Aleksandr Ivánovich Kuprín, Alba Editorial)

    por José Luis Forte | enero 28, 2016
    Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II

    Hijos del futuro

    reseña de Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II (2015) | Alba Editorial.

    España, 2015. Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II. Autores: Aleksandr P. Ivanov, Ignati N. Potápenko, Aleksandr A. Bogdánov, Vivian A. Itin y Alekséi M. Vólkov. Selección, traducción y perfiles biográficos de Alberto Pérez Vivas. Editorial: Alba. Colección: Rara avis, 21. Número de páginas: 295. Encuadernación: rústica. ISBN: 978-84-9065-069-1. Precio: 19,50 €.

    Hace un par de años pudimos disfrutar de una magnífica antología de relatos que bajo el título de Pioneros de la ciencia ficción rusa nos deleitó con una selección excelente de clásicos entre los que brillaban de manera especial En otro planeta: tratado sobre la vida de los habitantes de Marte (1869) de Porfiri P. Infántiev y, sobre todos ellos, el impresionante La República de la Cruz del Sur (1905) de Valeri Y. Briúsov. Atendiendo a la calidad de su antecesor estaba difícil que un segundo volumen llegara no ya a sobrepasar, sino tan siquiera a igualar semejante colección de maravillas. Este Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II no alcanza tales cotas de sorpresa y fascinación, pero igualmente ofrece un viaje apasionante por la literatura de anticipación primitiva rusa que resulta imposible no disfrutar. De nuevo debemos felicitar a Alberto Pérez Vivas por su trabajo de selección, traducción y la redacción de unos breves perfiles biográficos de los autores que se hacen más que necesarios. Aleksandr Pávlovich Ivanov (1876-1933) es quien da inicio a este nuevo periplo con El estereoscopio. Historia crepuscular (Stereoscop. Súmerechmi rasskaz, 1905), un cuento en el cual su protagonista, al contemplar por las lentes de un estereoscopio (ese aparato para ver fotografías en tres dimensiones) una imagen del pasado de una sala del museo Ermitage se traslada a su interior y se pasea por ella. Descubre que puede ir de una estancia a otra y descubriendo, bajo la iluminación fantasmal de la luz de la fotografía, las congeladas imágenes de los visitantes y los vigilantes del edificio, espectros inmóviles atrapados en el fluir de la nada. Asustado por la experiencia, pero también absorbido por su magia, decide realizar una segunda visita. Pero ahora irá más lejos, saliendo del museo e internándose en la ciudad muerta rodeado de figuras congeladas en el tiempo e impregnadas del color de la nostalgia, de lo que ya no existe salvo en ese mundo extraño, en esa experiencia de realidad virtual estática. Un relato crepuscular dominado por una oscura melancolía y un sentimiento de vacío y soledad insoportables que se acrecientan a cada página. Un deambular fantasmal bajo una atmósfera de vago horror que deviene pesadilla a la luz mortecina de una antigua fotografía. Este mundo al otro lado de las lentes del estereoscopio acaba aterrorizándonos con fuerza gracias a que se fundamenta en los recuerdos casi olvidados enterrados en nuestra infancia, que todos de alguna manera atesoramos y creemos valiosos, pero en los que no anidan sino la esencia cadavérica de todas las cosas que hemos perdido.

    Tras un comienzo tan triste y estremecedor, no está mal un poco de sentido del humor aunque sea haciéndonos dar un vistazo a un futuro que tampoco es que sea la panacea universal soñada por los utópicos más optimistas. En la sombra de los tiempos. Una historia ocurrida en el año 2912 (Vo tmié. Historia, sluchívshaiasia v 2912 godú, 1912) de Ignati Nikoláievich Potápenko (1856-1929) es un fantástico cuento cuyo contenido moralizante no disminuye o cauteriza su componente maravilloso. En él visitamos encantados un planeta Tierra mil años después justo de la redacción de Potápenko, un mañana en el que la clonación, la reparación y la sustitución de órganos del cuerpo humano son habituales. Un error burocrático dará lugar a una fatal confusión que servirá al autor para, haciendo uso de una ironía muy elegante en su caso, ridiculizar a la raza humana y en particular a la clase política. Lo más bonito de este relato sencillo pero redondo en su ejecución es esa extraña y fascinante particularidad de hacernos sentir como si miráramos a través de un pequeño cristal y atisbar de verdad nuestro futuro devenir tal que un estereoscopio formado por palabras. Lástima que La Fiesta de la Inmortalidad (Prazdnik bessmiertia, 1914) de Aleksandr Aleksándrovich Bogdánov (1873-1928), el autor de la novela utópica La estrella roja (Krasnaya zvezda, 1908) y su continuación El ingeniero Menni (Inzhener Menni, 1912), fracase en su intento de llevarnos, como Potápenko pero sin la pericia y la gracia de este, de nuevo mil años adelante en el futuro. El hombre para esos días ya ha dominado la inmortalidad, pero padece un mal con el que no contaba al alcanzar esta cúspide, este sueño dorado de la humanidad: sufre un aburrimiento mortal. Bogdánov no sabe ir más allá de este punto: comienza y termina con este planteamiento, con esta idea que apenas desarrolla a lo largo de una historia sin el más mínimo interés cuyo único mérito es su brevedad. En El país de Gónguri (Straná Gónguri, 1922), su autor Vivian Azárievich Itin (1894-1938) cita la celebérrima máquina del tiempo ideada por H. G. Wells para explicarnos la imposibilidad de que exista alguna vez: si así fuera, nuestros descendientes futuros nos habrían visitado ya. La verdadera y efectiva forma de viajar en el tiempo, según él, es a través de la hipnosis. Y de eso trata este relato: de dos prisioneros, cautivos en una guerra total, que desde los claustrofóbicos muros de su celda visitan, uno como hipnotizador y el otro como sujeto hipnotizado, un pasado ideal en el planeta más cercano al Sol, Paón. Más que la novela de Wells, el modelo de Itin más pareciera ser El vagabundo de las estrellas (The Wanderer of the Stars, 1915) de Jack London, escritor al que conocía bien pues incluso lo cita en su cuento. Eso sí, quedándose a años luz del maravilloso libro de London. La narración de Itin se desarrolla de manera atropellada quizá en un intento de reflejar cómo se forman los recuerdos o perviven encerrados en la memoria despertando de manera espasmódica, pero no se siente así. Vence la confusión y la sensación de ver crecer ante nuestros ojos una space opera forjada a martillazos. Itin pasa de una imagen poderosa a otra sin transición y por acumulación van perdiendo fuerza según avanzamos en la lectura. Llegamos al final totalmente ajenos a la historia. Los personajes apenas sobrepasan la condición de meros nombres sin vida que los sustente, lo cual hace indiferente su devenir. El caos resulta victorioso en un relato que pretende mostrarnos el profundo orden de todas las cosas. Su paradoja interna derrota al autor.

    El libro se cierra con dos cuentos de Alekséi M. Volkov, un escritor del que no se sabe nada, ni tan siquiera hay certeza de que ambos sean obra suya, pero que consiguen elevar el tono descendente que estaban imprimiendo los dos anteriores. Extraños (Chuzíe, 1928) es un fantástico relato de contacto alienígena, sorprendente en su forma de presentarnos a unos habitantes de otro planeta que han sufrido un accidente y esperan a ser rescatados. En las antípodas de la visión pesimista sobre este tema del gran Stanislaw Lem, por algo estos autores beben de Wells y de Jules Verne, pero sin poco que envidiar en su resultado a las obras del maestro polaco. Extraños resulta magnífico en su retrato de cómo los humanos pueden pasar del terror y la incomprensión de lo desconocido a entender quiénes son y qué hacen en realidad estas criaturas ajenas a nuestro mundo. Extraterrestres de paso en su viaje por los mares siderales que ni nos desean mal alguno ni quieran conquistar ni domeñar nuestro terruño. Solo quieren ser rescatados y poder volver a su planeta. En este sentido, es un relato que brilla en cómo nos presenta un contacto alienígena, con todo su misterio y confusión, pero también de cómo podemos comprender al otro, al extraño escalofriante, y esto llevarnos al conocimiento y quizá al progreso como especie y a la esperanza de una amistad entre mundos muy distantes y diferentes entre sí. Aparecen aquí las luego más que típicas naves espaciales en forma de platillo, naves que en el siguiente relato, Bairo-Tun (1929), tomarán la forma de un caldero. En ambos también encontraremos criaturas reptiloides, más tirando a pulpo pero con la forma habitual de marciano pequeñito y cabezón en el segundo, esas tan queridas por los amantes de las conspiraciones, solo que de nuevo no desearán hacernos ningún mal. Bairo-Tun tiene un tono abiertamente humorístico y simpático que lo aleja de los sempiternos encuentros alienígenas aterradores: Vólkov nos narra otra vez un contacto entre humanos y extraterrestres, ahora con el amable marciano Bairo-Tun. Intercambio de conocimientos y aprendizaje de una cultura, la marciana, la cual, cómo no, se trata de una civilización superior pues vive bajo el dictado de una sociedad regida por un sistema comunista evolucionado. La sed de conocimientos se sobrepone a la beligerancia y en todo el relato se respira una reconfortante visión de que hay vida en otros planetas, que sus habitantes nos visitan y de que nosotros algún día también podremos viajar a las estrellas. Un sueño que a día de hoy parece más distante que hace cien años.

    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres

    por José Luis Forte
    enero 09, 2016

    Pioneros de la ciencia ficción rusa. Volumen II

    por José Luis Forte | enero 09, 2016

    Alquimistas del remo

    crítica de Remando como un solo hombre (Daniel James Brown, Nórdica Libros).

    Título original: The boys in the boat. Fecha de primera publicación: 4 de junio de 2013 por Penguin Books. ISBN: 978-84-16440-20-7. Editorial en España: Nórdica Libros. Traductor: Guillem Usandizaga. Páginas: 464. Tamaño: 16 x 24 cm. Encuadernación: Rústica. Precio: 19,95 euros. Valoración: ★★★★★.

    Poco antes de que el juez diera la señal de salida, el Führer se atusó el bigote y dirigió la mirada hacia el carril de los remeros nazis. Dos asientos a su derecha, Joseph Goebbels parecía el protagonista de El halcón maltés, con su gabardina beis y su sombrero de fieltro y sus binoculares rastreando posibles imperfecciones alrededor del fastuoso escenario que recién empezaba a filmar Leni Riefenstahl. Seis minutos más tarde, Hitler se sentiría más bajito y más cabreado que nunca. Y tres años más tarde invadiría Polonia. Disculpen las elipsis. Nunca fue sencillo describir la renovada fascinación por historias que ya nos eran conocidas desde hace tiempo, bien porque exploran rincones vistos con anterioridad en múltiples formatos o porque remarcan en rojo una fecha inolvidable, y cuyo misterio a veces parece saltar de bruces como un spoiler, recordándole a uno que ahí está todo una vez más. La gran historia. Más o menos bien contada, con suerte, y llena de novedades que emocionarán al lector de cualquier latitud. La historia que creíamos conocer muy bien pero en realidad conocemos bastante mal. Porque a lo mejor nos la contaron una vez, sí, o nos obligaron a estudiarla en la universidad, o supimos de ella gracias a un reportaje de La2. Así, Remando como un solo hombre quizá sea el ejemplo más evidente y plausible de cómo la no-ficción (sobre todo norteamericana) disputa sin complejos el prestigio literario y las ventas a esa narrativa que toma prestada una efeméride —política, deportiva, artística, incluso sentimental— para convertirla en un artefacto netamente ficcional. La percha dramática, si lo prefieren, con que fabricar un libro que hable de muchas cosas y de nada en concreto; que dibuje personajes con matices, disparatados y conmovedores, peligrosos y a la vez inofensivos. Como Hitler en Ser o no ser, por ejemplo. Igual que J. Edgar Hoover en Submundo de Don DeLillo, cuyo prólogo se desarrolla durante un partido de béisbol que enfrenta a los New York Giants y Los Ángeles Dodgers, y donde el juego no es más que un trasunto de portal que vincula —mediante un bateo rompedor— diferentes épocas y diferentes vidas a lo largo de un siglo de historia americana. También ahí, cazabombardero DeLillo, latía la incertidumbre de un conflicto con armas desplazándose de un lado a otro del Telón.

    El cronista Daniel James Brown (California, 1951) fija su pluma, así reza el subtítulo de este Remando como un solo hombre (Nórdica Libros), en "La historia del equipo de remo que humilló a Hitler". Los nueve deportistas que, bajo la mirada escrutadora de Hitler y su tenebroso partenaire Goebbels más los 75.000 espectadores que atestaron aquella tarde de 1936 el circuito de remo de Grünau, en el lago Langer See, vencieron al equipo alemán y se llevaron el oro de vuelta a Seattle, donde los ocho remeros junto con su timonel, Bob Moch (de ascendencia judía, para desgracia del Führer), estudiaban sendas licenciaturas al abrigo de la Universidad de Washington. Todos ellos tenían, además, su origen en familias humildes bien de pescadores, leñadores o agricultores; lo cual hoy revaloriza todavía más su hazaña por tratarse de chicos pertenecientes a una generación lastrada por el caos financiero devenido tras el crac de 1929 y el inmediato éxodo de miles de familias, arruinadas y hambrientas, que partieron rumbo al Oeste en busca de la tierra prometida o, siendo más prosaicos, un porvenir y algo comible que llevarse a la boca, durante la Gran Depresión. Joe Rantz sirve al autor una inolvidable carrera de fondo marcada por la soledad, los vaivenes familiares y los trabajos a cual más físico que le tocó desempeñar para salir adelante. Todo esto se alterna con la narración de los tres cursos que pasó, entre 1933 y 1936, hasta convertirse en remero oficial del primer equipo de Washington en la modalidad de ocho con timonel, que entrenaba Al Ulbrickson con la impagable contribución de George Yeoman Pocock, un constructor de kayaks que sabía mezclar la modestia del buen artesano con el apunte técnico de raíz casi socrática. De natural inglés y obligado a emigrar a Estados Unidos junto a su padre y su hermano, George aprendió muy pronto los secretos de ese deporte aparentemente basado en la fuerza y la eficacia de una buena palada, elegante y metódica, en armonía con la del resto de compañeros. A él recurren todos para intentar descifrar los sortilegios del hombre contra la naturaleza, la perseverancia más allá del dolor, cuando los músculos bombean cemento y la mente empieza a gritar sin paliativos. «El remo de competición es una actividad de extraordinaria belleza precedida por un castigo brutal», escribe Daniel James Brown. «A diferencia de la mayoría de deportes, que recurren a grupos de músculos concretos, el remo utiliza significativa y repetidamente casi todos los músculos del cuerpo, a pesar del hecho de que un remero, como le gustaba decir a Al Ulbrickson, 'hace la línea de golpeo en su apéndice posterior'».

    por Anónimo
    noviembre 10, 2015

    Remando como un solo hombre (Nórdica Libros)

    por Anónimo | noviembre 10, 2015

    Adolescencia de un nadie

    Reseña de El rey de La Habana (Editorial Anagrama, Pedro Juan Gutiérrez).

    Cuba. Fecha de publicación en España: de septiembre de 2015. Fecha de publicación de la primera edición: 1999. ISBN: 978-84-339-6767-1. Número de páginas: 218. Formato: Compacto, 13.00 x 20.50 cm. Edición en España: Cuarta. Impresión: Primera. Precio: 22,90 euros. Valoración: ★★★★.

    Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
    Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
    Que no son, aunque sean.
    Que no hablan idiomas, sino dialectos.
    Que no profesan religiones, sino supersticiones.
    Que no hacen arte, sino artesanía.
    Que no practican cultura, sino folklore.
    Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
    Que no tienen cara, sino brazos.
    Que no tienen nombre, sino número.
    Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
    Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

    No he podido evitar comenzar esta reseña con un fragmento de este bellísimo a la par que crudo poema de Eduardo Galeano. Unos versos que podrían servir de prólogo, o tal vez mejor de epílogo a esta novela sin parangón firmada por el cubano Pedro Juan Gutiérrez titulada El rey de La Habana, una muestra de realismo sucio y voraz manchado de sangre, semen y ron, salpicado de personajes tan realistas como variopintos y protagonizado por un adolescente de tan solo 16 años llamado Rey. Desde el comienzo de sus páginas, volamos hacia La Habana de los años sesenta, una década manchada de pobreza, donde los nadies de esta capital latinoamericana se buscan las castañas entre calles polvorientas, trabajos temporales, trapicheos peligrosos y tragos de alcohol para anestesiar la mala vida, para olvidar la funesta posibilidad de que cada día sea el último. Rey podría haber sido cualquiera, un muchacho arrojado a la fauna urbana tras su particular desgracia familiar, un chaval con agallas, egoísta, violento, sediento de sexo, hambriento de supervivencia, dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no caerse muerto bajo cualquier escombro. Basada en hechos reales, su desgarradora historia, que en muchas ocasiones nos pondrá los pelos de punta, retrata a brochazos —fluidos y heridas incluidos en el asunto— las idas, venidas y triquiñuelas de este “Rey de La Habana”, apodo con el que lo bautiza Magda, su amante insaciable y compañera de lecho hediondo, prostituta y avispada.

    Escrita con pocas concesiones a la imaginación o a la sospecha, en un estilo directo, visceral y tremendamente gráfico que nada tiene que envidiarle a sus homólogos norteamericanos como Fante o Bukowski, El rey de La Habana pone voz a los que carecen de ella, empapando al lector de las hazañas de su protagonista en la lucha por sobrevivir, un día más, por los callejones y esquinas de la implacable ciudad caribeña. Rey es valiente, impulsivo y a veces lacónico, carente de referentes afectivos y de pautas morales para vivir, acostumbrado a resistir siempre al borde del abismo, sin ducha, sin cama, sin maleta, al filo de una noche más sumergida en tragos, rayas y caladas. En su mente, la capital cubana es una selva de hormigón de cuyos peligros debe salir ileso. El denominador común de sus peripecias y experiencias vitales no es otro que el sexo, desenfrenado y anestesiante, la única droga gratuita que tiene en el mundo para aliviar sus penas, la forma exclusiva de diferenciarse del resto, de no caer en el olvido, orgulloso como está de sus habilidades amatorias y su voluptuosa anatomía masculina. En el fondo, sus atributos sexuales parecen el único bien que nadie puede arrebatarle, ya que ni siquiera el hambre ni el malestar pueden apagar la llama que el protagonista tiene entre las piernas. Así, Rey, cuán Lazarillo de Tormes itinerante y en busca constante de un bocado y un escondrijo donde poder dar rienda suelta a su libido, se topa en su odisea urbana con usureros, drogadictos, pícaros, travestis, putas y mendigos. Su calaña, la de los nadie, la de los que no pueden permitirse un no por respuesta; los muchachos de las costillas marcadas, los de los dientes picados, los del sexo con ladillas. Sin ropa decente, ni comida caliente, ni sepultura digna. Los que nunca alcanzan la fortuna, ni la fama, ni son capaces de agarrarle el pescuezo a la felicidad antes de que escape de nuevo. Como comenzaba el poema de Galeano, sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Pedro Juan Gutiérrez capta a la perfección los dialectos coloquiales, las conversaciones sórdidas y los pensamientos impulsivos de este protagonista, todo carne e instinto, abocado a la desgracia, lanzado al mundo para morder e intentar no ser mordido desde su propio nacimiento. Su cruda relación de amor con Magda, sus escarceos con la transgénero Sandra o el retorno fugaz a su viejo vecindario, componen un relato cruel de final apoteósico y casi imposible de digerir, un homenaje necesario a los sin nombre que te revolverá las tripas. Un retrato lleno de texturas, de alegrías eventuales y venganzas, de alcohol y de cicatrices. Una fábula sobre esos nadies que valen siempre menos que la bala que los mata.

    Andrea Núñéz-Torrón Stock
    © Revista EAM / Santiago de Compostela
    por Anónimo
    noviembre 01, 2015

    Librería | El rey de La Habana (Pedro Juan Gutiérrez, Editorial Anagrama)

    por Anónimo | noviembre 01, 2015

    JR Moehringer, complejidad en la sencillez

    reseña de El bar de las grandes esperanzas de J.R. Moehringer / Duomo Ediciones.

    Título original: The tender bar: A memoir. Fecha de la primera edición: 2005. ISBN: 9788416261017. Traducción: Juanjo Estrella. Colección: Nefelibata. Páginas: 464. PVP: 19.80 €. PVP ebook: 9.99 €. Valoración: ★★★★

    Circula por ahí un tópico según el cual los mejores escritores son también los más autodestructivos. A saber: borrachos, yonquis, putañeros, nerds traumados, antipáticos profesionales, sociópatas del business editorial o incluso posmodernistas que fraguaron su virtud en la barra del bar más asqueroso, y acogedor, jugándose los dineros con sus cuates fabuladores en la trastienda de un bar cuyo regente, Johnny a secas, montaba litigios a seis rounds los sábados a la noche, cuando las señoras dejaban de mirar por la ventana y beber se convertía en un ritual de supervivencia para morir lo antes posible. Todavía hay quien excusa la genialidad de un Edgar Allan Poe diciendo que, sí-bueno-claro, es que tomaba sustancias más o menos alucinógenas que a renglón seguido cristalizaban en epifanías precisamente delatoras de una adicción a no sé qué mandanga, como si ésta automáticamente lo convirtiese a uno —muy negado en Ciencias y con dificultades para cocinar no ya un buen puchero, sino un simple huevo frito— en Albert Einstein o Cervantes o Michael Jordan, o quizá Ferrán Adrià si seguimos el ejemplo culinario; como si conducir a toda velocidad y bajo los efectos del alcohol, aún con el coche bien aparcado en el garaje, fuese una excentricidad que conllevara forzosamente la escritura de una novela magistral. Definitiva. Póstuma también. Una historia violenta, técnicamente exquisita, que de pronto te recuerda a ese primo lejano tuyo al que despreciabas, con muchísimo odio pero con admiración, de pascuas a ramos porque sólo entonces os veíais y os decíais cuánto os habíais echado de menos todo ese tiempo sin saber el uno del otro. Era aquel un cariño puro, sin concesiones, amañado por el Champín y los paseos en bicicleta y los penaltis a trallón que curtían espinillas.

    ¿Qué y cómo hubieran escrito Raymond Carver, John Cheever, cientos de poetas y novelistas, con esa porción de hígado perdido por el desagüe ardiente de sus gargantas? Nunca lo sabremos. Qué necesidad hay. Es fácil rendirse al tópico: el alcohol fue su combustible, y añadía un punto de ordinaria belleza a sus estilos depurados. En realidad los escritores, aun abstemios, mecanografían junto a la botella que puede descansar, o no, sobre el escritorio o la estantería más cercana, ebrios de secuencias aunque todavía no hayan probado gota, aunque sus historias y sus personajes no siempre obedezcan a esa bendita maldición comercial que a veces arrastran consigo sus propias biografías. Hay escritores, de hecho, cuya reputación llega a los sitios antes incluso de que ellos saluden por primera vez. Sus mentiras resultan tan verosímiles, que el lector tiende a presumir que todo lo que narran es cierto, que ocurrió de verdad, y que menuda vida acojonante viven esos tipos, siempre armando bronca o haciendo virguerías sin siquiera moverse de una habitación seleccionada para adentrarse, cautelosamente, en lo más oscuro de la psique. También los hay que convierten no ya el alcohol, sino el medio en que puede servirse y disfrutarse cara al público, en una etapa fundamental, incluso literaria, tal vez la asignatura maría que empieza pareciéndote incomprensible y, por extraños designios, termina siendo parte de ti, una extensión natural de tu cuerpo, la puerta batiente de tu anecdotario, una porción cada vez más desarrollada de tu personalidad aún sin apuntalar, pues cuentas doce años y te llamas JR Moehringer (sin puntos, por favor), escurriéndose noche tras noche por cuatro paredes, las del bar Dickens primero y las del rebautizado Publicans después, que cobijan a una fauna procaz —cargando, eso sí, con el peso de un microcosmos en caída libre— revelada entre discursos con inflexiones y cultismos, ahí tenéis al tío Charlie, que los clientes asumen como peaje a la excentricidad de Manhasset, en Nueva York.

    «'El bar de las grandes esperanzas' (Duomo Ediciones) no es sólo un memorándum sobre lo que nos hace menos gorilas y más personas, sino también el apunte veraz de un cronista superdotado describiendo aquello que lo forjó».


    A Moehringer —escritor neoyorquino al que no le falla ni la sonrisa— su padre lo trató desde la proximidad que dista una voz radiada por la onda corta. Le dejó un nombre compuesto que J.R., entonces con puntos, odiaba y pensó en cambiarse. Al final desistió. Porque tautológicamente él "era quien era", y su crisis identitaria no iba a mejorar por llamarse William Price o Jim Hopkins. Porque lo insólito a veces produce atracción, sobre todo si te dedicas al periodismo. Así, Moehringer consiguió beca en Yale tras muchos vaivenes familiares: su madre y él vivían con sus abuelos en "La Casa Mierda", y la situación económica no les alcanzaba ni para arrendar un pisito. Eso ocurriría tiempo después. Asfixiados por la degradación del abuelo (un guiñapo hediondo con tendencias sociópatas), la ociosidad de la abuela y las discusiones con la tía Ruth, Moehringer y su madre se mudan a la costa oeste. Arizona los recibe con el sol cayendo a plomo, y el beis desierto como único horizonte a descubrir. La distancia climática se torna insalvable para JR. De vuelta en Manhasset, alterna con el tío Charlie, Steve y la pandilla del Publicans, quienes le enseñan que hay cosas que no se pueden aprender sino más bien desaprenderlas por uno mismo. Surfear con el cuerpo una ola traicionera, o enamorarse de la mujer equivocada, es decir la mujer de tu vida. Empapando así el puzle con un buen chorro de ginebra helada mientras te haces mayor y los veinte años dan paso a los treinta y dices adiós al New York Times porque, ay, todavía es pronto y has de foguearte en redacciones sin lupa, donde lo expeditivo casi siempre se impone al lujo gramatical. Y la acción se desarrolla contrarreloj.

    El bar de las grandes esperanzas (Duomo Ediciones) no es sólo un memorándum sobre lo que nos hace menos gorilas y más personas, sino también el apunte veraz de un cronista superdotado describiendo aquello que lo forjó. Tras su brillante perfil de Agassi en Open, cuya narración liftada envolvía con ritmo al lector más impensado, Moehringer nos regala una novela en torno a su propia figura, o, mejor aún, a partir de todos —familiares, amigos, novias, jefes, eternos secundarios ebrios y perdedores en general— los que le convirtieron en lo que es hoy. Una firma primorosa, alguien sabedor de que la elegancia a menudo radica en la sencillez, sin por ello restarle mérito a su empresa: no en vano el yo ególatra es aquí un imposible frente a la lista de fragilidades que, paradójicamente, acucian a Moehringer ya desde la adolescencia. Y el truco existe, pero no se revela. O sí. Observen. Regresamos a 1995. Es Pete. Gorra Nike. Raqueta Wilson. Aro 85. Pete, Pete. Al saque un martillo. Silencio absoluto. Alguien tose en Melbourne Park. No es Sampras. Tampoco el corsario contracultural que tiene enfrente. Sampras, Pete. Sonrisa bajo cero. Mueca sarcástica. Nadie parpadea. A Sampras le han dibujado una gota de sudor cayendo por la sien, como recién salido de un anime. Aunque los robots no suden nunca. O quizá sí. Los robots sufren, en todo caso, disfunciones léxicas. Y Sampras es un cíborg enviado desde el futuro. ¿Verdad, Pete? ¿Verdad? Sampras inicia maniobra. Calibra el propulsor. Se interna en una función cartesiana, donde el movimiento es curvilíneo y Norteamérica otra variable mórbida. El tenis se escribe con calculadora, dijo una vez el clásico, arañando decimales y conquistando parcelas con golpes sutiles. Y allá va un envío contrarrembolso. Sampras ejecuta a su rival. El verbo es adecuado: e-je-cu-tar. Y aquí llega... ¿qué ha sido eso? Revés cruzado, resto a la línea. Cómo describirlo. Cómo revivirlo. Al golpe le han robado dos frames. Todavía no se ha inventado el ojo de halcón. Nadie ha visto nada; todos dirán que fue el punto. Que fue Agassi. Su resistencia a la derrota. Estuvimos allí. El padre cambió el cuchillo por la raqueta, y Agassi cabalgó al Dragón.


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid
    por Anónimo
    octubre 28, 2015

    Librería | El bar de las grandes esperanzas (J.R. Moehringer / Duomo Ediciones)

    por Anónimo | octubre 28, 2015

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