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    Aki Kaurismäki
    Aki Kaurismäki
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★★
    Fallen Leaves
    Aki Kaurismäki
    El cine como happy place


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Finlandia, 2023. Título original: «Kuolleet lehdet». Dirección: Aki Kaurismäki. Guion: Aki Kaurismäki. Compañías productoras: Sputnik, Finnish Film Foundation. Productores: Misha Jaari, Aki Kaurismäki, Mark Lwoff. Dirección de arte: Ville Grönroos. Fotografía: Timo Salminen. Montaje: Samu Heikkilä. Reparto: Alma Pöysti, Jussi Vatanen, Anna Karjalainen, Kaisa Karjalainen, Janne Hyytiäinen. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 81 minutos.

    De ambición pequeña entre gigantes, de trama anticipable dentro de tanta ansia por sorprender, de base moderna entre imágenes presentistas, la nueva película de Aki Kaurismäki, quien ganara el Gran Premio del Jurado en Cannes por Un hombre sin pasado (2002), salta cual simpático salmón por las corrientes de la Sección Oficial. El mayor logro del finlandés se sostiene en la integridad de quien tiene clarísimo qué quiere contar y qué forma debe darle. En este caso, mirará a los acercamientos románticos entre Ansa (Alma Poysti) y Holappa (Jussi Vatanen), dos corazones dolidos por una timidez y la pobreza crónica. Un día, Ansa y Holappa se enamoran, dan unos primeros pasitos en una relación y, de repente, tienen algo que perder.

    Ella es reponedora en un supermercado, él trabaja en la construcción. Tanto él como ella son despedides más veces de las que cuenta una mano, aunque por la película apenas nos demos cuenta. Más atención presta Kaurismäki a la amabilidad tras el gesto de ella, que compra expresamente un plato y unos cubiertos para acoger a su enamorado a cenar, que procura tener una botellita de champán sobre la mesa para cuando él llegue y que seguramente haya preparado esta noche tanta buena comida como para toda una semana de tuppers. No alimentará la desgracia la película del finlandés, aunque no se la ahorre: es un compañero agente de seguridad quien provoca que despidan a Ansa de su primer trabajo, por coger comida caducada, y a diario oiremos por la radio implacables noticias de la guerra en Ucrania. El mundo es agrio, pero ello no determina nuestra relación para con él. Las noticias, de hecho, acaban por unir a los dos personajes, por montaje, bajo un mismo horizonte oscuro. Y son las compañeras de Ansa quienes deciden despedirse ellas mismas del trabajo. La insolidaridad, en Fallen Leaves, se elige.

    Hacedor de terreno neutro, Kaurismäki concibe todo el andamiaje de su planificación con el término de lo justo por centro y medida, como si proclamara que esto va sobre Ansa y Holappa, y ya está. No es nuevo pero sí notorio que, en un cuadro de líneas muy pautadas, nunca sobre ni falte aire por encima de la cabeza de ningune de les dos. Al cuidado que el cineasta pone al mirar bien aquello que entra en plano (una actitud que de todas formas sobrepasa cualquier perspectiva histórica), se le suma la confianza plena en la autosuficiencia de la puesta en escena. En el universo del finlandés hay dos tipos de pareja: las que se sientan de cara y las que se sientan de espaldas a los grupos que tocan en un local. Lo primero que veremos del súper de Ansa serán unas bolsas de carne envasada al vacío, vueltas moradas por los fluorescentes. Al mismo tiempo, en el océano de azules y verdes de Fallen Leaves los perros dan color y dinamismo, alegría visual… Se vive mejor con ellos. En hora y veinte minutos, la película de Kaurismäki perfila constelaciones estéticas con una claridad a la que sólo aspiran algunas de sus competidoras, torres de tres horas o más. Será porque el cine del finlandés se ha construido de forma autónoma y con los ojos puestos en los maestros del mudo. Es decir, quizás es porque no son películas cinéfilas.

    Atención, ni una cinta plagada de alusiones y referencias a un cine de autor de línea dura (desde Diario de un cura de campaña a El desprecio) no tiene por qué ser estrictamente cinéfila. Puede ser celebratoria –que lo es–, pero no cinéfila, porque no bebe de las imágenes de otres para construirse, como sí lo hacen otras grandes filmografías posmodernas (Tarantino sería el referente fácil). Si a alguien se refiere Kaurismäki es, en todo caso, a sí mismo. En Fallen Leaves juega en casa, rodando en exactamente el mismo analógico deslucido pero vibrante y con la paleta de amarillos y azules que ha hecho icónico a su director de fotografía, Timo Salminen, el mismo desde que empezara a trabajar hace ya sesenta años. El finlandés está mayor y se reconoce alegremente inmutable en sus propias decisiones estéticas: guarda así el fuerte para un humor al margen, una alternativa permanente. Un verdadero happy place.


    por Mariona Borrull Zapata
    diciembre 23, 2023

    Crítica | Fallen Leaves

    por Mariona Borrull Zapata | diciembre 23, 2023

    Todo lo que tengo lo llevo conmigo

    Crítica Berlinale ★★★★ de El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen, Aki Kaurismäki, Finlandia, 2017).

    Resulta curioso observar cómo el ser humano huye del encuentro con lo peor de sí mismo. Cómo alude a la ignorancia, el temor o la risa para paliar una desafortunada exposición a la barbarie. Es una reacción natural, fisiológica, de hecho, la que prepara al individuo para evitar el conflicto. ¿Cómo reprochárselo, reprochárnoslo, entonces? Sin embargo, aquellos más críticos con la crudeza explícita de las noticias televisivas son casi los mismos que, a menudo, alaban la “estilización de la violencia” de Tarantino o la “violentización de la estética” en Winding Refn. Lo que ocurre aquí, entre actos, es el pacto autoficcional. La certeza de que nada existe en términos tangibles, o bien que lo relatado sucedió hace bastante tiempo, genera una distancia de seguridad para apreciar estas y otras cualidades y preparar un memorable discurso posterior en charlas de cóctel. Por este mismo motivo, la prensa especializada tachaba de pornográficas algunas de las más recientes exploraciones en el conflicto moderno; excusas que insinúan el tabú implícito en lo reciente de la cuestión o que tachan ciertos temas como reclamos discursivos. Las opiniones al respecto tienen todas igual validez en este mundo relativista, desde luego, y no yace aquí intención alguna de levantar juicios de valor. Pero mi opinión más personal me lleva a afirmar que el artista que escribe sobre su tiempo es el más arriesgado y, por lo tanto, digno de elogio. Porque hace falta un gran arrojo para atreverse a tratar temas inconclusos, de un horror inconcebiblemente cotidiano, y evitar caer en el panfleto o, mucho peor, la caricatura. El finlandés Aki Kaurismäki regresa a la dirección seis años después de aquella excelente Le Havre —calificada por muchos como la película de la década— con ambiciones similares.

    Disponible en: FILMIN. Pvp: 3,95€. Pueden leer la crítica extendida en el siguiente enlace.


    Independientemente de la relación de cercanía que se tenga con su particular universo, debe uno, al menos, aplaudir un ejercicio cinematográfico absolutamente coherente con los más de treinta años de oficio de su director, quien llega a la Sección Oficial de la Berlinale con la voluntad de agitar la consciencia del espectador mediante el ingenioso recurso de la distracción. The other side of hope narra un ejemplo más del dolor del exilio, de guerras actuales y lejanas, cuyos efectos ya no somos capaces de evitar desviando la mirada. El barco en el que Khaled se oculta atraca en Helsinki, un lugar aparentemente apacible, un remanso de garantías sociales y tolerancia con el necesitado, donde decide presentar su solicitud de asilo, mientras continúa la búsqueda de su hermana, perdida en algún punto entre Grecia y Hungría. Paralelamente, Wikström ha decidido dejar a su esposa, acabar con su modesto negocio textil y aventurarse a abrir un restaurante. Ambas líneas narrativas se construyen con paciencia, sin la precipitación de un cineasta más joven o imprudente por llegar al núcleo de la cuestión. El encuentro del joven, prófugo de un sistema que le ha cerrado la puerta en la cara, y el viejo adusto, cuyo negocio cae lentamente en el fracaso, propiciará una transformación de las circunstancias. El ya habitual canon metodológico del director —quizás, el principal elemento que irrita a sus detractores— brilla aquí con predecible y comprobada efectividad. Sus personajes, a medio camino entre la ternura y el patetismo —recuérdese la especial predilección por los outsiders—, deambulan por un entorno hostil e incomprensible que rechaza su derecho a existir; y el único apoyo lo encuentran en sus congéneres, cuyo spleen crepuscular no evita que se aferren a un heroico y bondadoso acto de redención. La supresión deliberada de prácticamente cualquier emotividad interpretativa, los primeros y medios planos estáticos, la paleta de colores muy específicos o el guion plagado de silencios incómodos y desconcertantes provoca una reacción humorística casi automática, quizás por obra de los ecos de la comedia de Chaplin —otro que se atrevió a mostrar en pantalla su conflicto contemporáneo—, o más bien a causa de aquella reacción fisiológica de la que hablábamos algunas líneas más arriba: un involuntario método evasivo. Porque lo cierto es que Kaurismäki ha conseguido levantar carcajadas y aplausos enardecidos con una película profundamente autocrítica, rabiosamente actual, que se ha disfrazado de pequeña fábula ligera para engañar a un público harto de esa supuesta “impronta social” del festival de Berlín. Este ha sido un genial complot para recordar cuál es el mundo en el que vivimos, querámoslo o no y aunque no nos demos cuenta. | ★★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / Texto extraído de la crónica de la 67ª Berlinale


    Ficha técnica
    Finlandia, Alemania, 2017. Título original: Toivon tuolla puolen. Dirección: Aki Kaurismäki. Guión: Aki Kaurismäki. Fotografía: Timo Salminen. Música: Tero Malmberg. Duración: 98 minutos. Productora: Sputnik / ZDF / Oy Bufo Ab / Pandora Film Verleih / Suomen Elokuvasäätiö / Suomi 100 vuotta. Montaje: Samu Heikkilä. Diseño de producción: Markku Pätilä. Diseño de vestuario: Tiina Kaukanen. Intérpretes:Sherwan Haji, Sakari Kuosmanen, Tommi Korpela, Janne Hyytiäinen, Putti Valtonen, Nppu Koivu, Ilkka Koivula, Simon Al-Bazoon. Presentación Oficial: Berlin Film Festival, 2017.

    por EAM
    septiembre 09, 2017

    Cine online: El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki

    por EAM | septiembre 09, 2017

    Todo lo que tengo lo llevo conmigo

    crítica ★★★★ de El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen, Aki Kaurismäki, Finlandia, 2017).

    El talentosísimo Italo Svevo presentaba La conciencia de Zeno (1923) —una de aquellas denominadas obras “de culto”, que es lo mismo que decir “obras elogiadas en el momento equivocado y en el lugar equivocado”— como una suerte de slapstick literario; ficción autobiográfica de gran efectismo que se burlaba del psicoanálisis y la vida burguesa para ocultar una introspección en la soledad del Hombre Moderno, capaz de industrializarlo todo, incluida la ultraviolencia de la Gran Guerra. De entre las distintas situaciones de gracioso patetismo vividas por el payaso triste Zeno Cosini, el mejor ejemplo de este ejercicio de doble registro quizás sea —por detrás, claro está, la célebre pedida de mano a cuatro hermanas de la misma familia, siendo aceptado in extremis por la última— el episodio en que, compungido, dirige el carruaje hacia el funeral de su amigo Guido, pero yerra el destino al equivocarse de cementerio, fracturando así la solemnidad con la carcajada; una hilaridad culpable que deja un poso de melancolía. Ya hemos hablado con anterioridad sobre la cualidad reflectante del humor, prodigado en exceso en la cinematografía en sus diversas vertientes: el chiste como reclamo fácil; el chiste como fast food; el chiste como coartada estética; el chiste como consecuencia ética. Podemos afirmar que el cineasta Aki Kaurismäki conoce muy bien esta herramienta, que recoge el testigo de obras como la del mencionado Svevo, entre muchas otras, artísticas, en general, para construir una personalísima identidad, definida en ocasiones, y con cierto desatino, como …ese tan humor nórdico, cuando no se tiene interés en observar más detenidamente.

    El maestro finlandés ha consolidado a lo largo de los años la instrumentalización de un cinismo disfrazado de inocencia con la única intención de otorgar algo de gloria a los oprimidos, a los habitantes de la periferia institucional y socioeconómica. Vale la pena recordar que su ópera prima, nada más y nada menos que una adaptación libre de Crimen y castigo, de Dostoievski, suponía la lectura a viva voz de un manifiesto implícito, pues, en términos generales, aquella justicia social perseguida por el atribulado Raskólnikov es la misma que le es negada sistemáticamente a todos y cada uno de los outsiders de su filmografía. Por lo tanto, aquel pequeño sector de la prensa especializada que recibió con tedio —“otra más sobre refugiados”— la proyección de El otro lado de la esperanza (2017) en la pasada Berlinale, culpando al propio festival por una temática a su juicio poco interesante, olvida por completo o no conoce el leitmotiv del director. Hace más de un lustro, Kaurismäki posaba en la croisette con la frente bien alta, gracias al justo reconocimiento hacia su Le Havre (2011), filme que levantó un inusitado entusiasmo, encabezando varias listas de lo más destacable de la década. Quien suscribe estas letras quiere sospechar que, más allá de una mera coincidencia, esto responde menos a un refinamiento técnico del director que a una progresión de su status dentro del panorama internacional. Conviene no olvidar que esta coherencia artística está indisolublemente asociada al concepto en sí mismo de su trabajo como ejercicio de continuidad. Si, con respecto al aspecto formal nos encontramos con el curioso fenómeno de su horizontalidad temporal —en términos menos alambicados: cada una parece haber sido rodada en el mismo año o en un periodo cercano—, en la parte ética el proceso es indudablemente el mismo: una constante aproximación, como afirmamos un poco más arriba, hacia los seres más débiles de la cadena de voracidad capitalista, no como modelo económico per se, sino como Zeitgeist —que dirían los alemanes—; un entorno en el que conviven dos categorías de ser humano, una subyugada en pos del provecho y beneficio de la otra. ¿Dónde encaja entonces su nueva propuesta? La respuesta ya la sabrá el lector.

    por Luis Enrique Forero Varela
    abril 06, 2017

    Crítica | El otro lado de la esperanza

    por Luis Enrique Forero Varela | abril 06, 2017
    Aki Kaurismäki

    Estelas fugaces

    Crónica de la sexta jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    A la Berlinale la define la indefinición. Empezamos categóricos, ya lo ven, esta sexta crónica. Si pensamos en las principales plazas europeas que marcan el año cinematográfico, Berlín es la que menos asideros previos ofrece. Cannes tiene su catálogo de autores consagrados que permiten elaborar un mapa previo, Venecia y San Sebastián son dos festivales que llegan a final de año, cuando la cosecha cinematográfica está más por recoger que por sembrar, y que además suelen acaparar titulares por determinadas apuestas geográficas. Por el contrario, el de la capital alemana es un certamen que, más allá de un deje de compromiso sociopolítico (¿qué festival no intenta tenerlo, en mayor o menor medida?), no se presta a demasiadas etiquetas. Llega con el año fílmico en pañales, con un mercado en ebullición donde todas las distribuidoras apenas comienzan a definir sus agendas, donde la temporada de premios recopila sus primeros contendientes antes de volver a la hibernación. En cuanto a la crítica, la fuga de cerebros a Cannes nos deja una programación sin demasiados grandes nombres de cara a las listas de hits más esperados: en esta ocasión, poco más que los últimos trabajos de Guadagnino (reciclado de Sundance), Kaurismäki y un Hong Sang-soo que, al ritmo que va, terminará haciendo una película para cada festival de la temporada.

    La experiencia es parecida a la exploración de tierra virgen, si sustituyen las hogueras a la luz de la luna, el sudor y las heridas por salas de prensa abarrotadas y los ojos rojos y doloridos. Frustrante, confusa y apasionante cuando emerge algún tesoro oculto inesperado. Esta jornada nos deja una pequeña anécdota vivida justo antes de escribir estas líneas. En la rueda de prensa de The Other Side of Hope (a.k.a. Aki Kaurismäki dando lustre al certamen), el actor Sakari Kuosmanen se ha arrancado a cantar un tango en finlandés. El momento ha sido encantador, pero su contexto mucho más expresivo. La sala de prensa se llenaba de móviles en alto que grababan el recital. No solo eso, sino que en la entrada del Berlinale Palast, desde donde un servidor observaba, varios periodistas también grababan la pantalla gigante que retransmitía en directo la rueda de prensa. Si conocen la hipermoderna Postdamer Platz, podrán intuir lo paradójico de la situación. Un lugar plagado de pantallas y neones que bombardean estímulos visuales continuos, donde pequeñas pantallas grababan una pantalla que contenía una charla sobre lo que acabábamos de ver en una gran pantalla. Los smartphones reproducirán una, un par de veces acaso, al bueno de Kuosmanen entregado al tango. Dos días después, quizá ni él mismo lo recuerde. ¿A qué viene la batallita?, se preguntarán. Pueden atribuirlo a un intento, por parte de un crítico con la mente saturada de imágenes en movimiento, de transmitir lo fácil que es extraviarse en un festival plagado de imágenes sobre imágenes. Sin guías, sin mesura, sin tiempo. En consecuencia, lo difícil que resulta atisbar lo poco que permanecerá cuando la plaza Postdamer repliegue sus velas.

    por EAM
    febrero 15, 2017

    Berlinale 2017 | Día 6. Críticas: The other side of hope, Beuys, Berlin Syndrome y El mar nos mira de lejos

    por EAM | febrero 15, 2017
    Contraté a un asesino a sueldo (Aki Kaurismäki, I hired a contract killer, 1990)

    De la derrota y la redención

    25 años de Contraté a un asesino a sueldo (Aki Kaurismäki, I hired a contract killer, 1990).

    La última página de Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski, en la que se presenta a un Raskólnikov más que resignado, entregado a la idea de soportar la penitencia como camino hacia la purificación —mediante la noble y constante ayuda de Sonia—, acaba afirmando que este nuevo mundo de posibilidades “podría constituir el tema de un nuevo relato, pero este ya ha acabado”. La culpa, así como la búsqueda de absolución, ha sido un tema recurrente en la amplia filmografía de Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957) —no en vano, su primer largo de ficción es nada más y nada menos que una adaptación de la obra del novelista ruso— y Contraté a un asesino a sueldo, escrita y dirigida hace veinticinco años, es un interesante ejemplo. ¿Cómo definirla? De Kaurismäki se ha hablado y escrito muchísimo, hasta en clave de metahumor —búsquese en youtube el cortometraje homenaje-parodia hecho por la gente de La Hora Chanante—, y en pocos años ha pasado de ser un tipo excéntrico y provocador que hacía películas raras donde la gente, estática, casi no hablaba, a un referente imprescindible de la cinematografía contemporánea. Ha sabido, como casi nadie, retratar a perdedores de buen corazón sin artificios que provoquen lástima o conmiseración en el espectador, mostrando gente humilde en la peor de sus rachas deambulando entornos socialmente devastados, pero con un filtro de comedia irónica, entre el delirio y el absurdo, que provoca risa culpable, como ante una obra de Harold Pinter; una manera de hacer las cosas que ha inspirado a directores más jóvenes, como Wes Anderson, abanderado del cine hipster o vintage, profundamente deudor de Kaurismäki en casi todos los aspectos por los que ha destacado como originalísimo y vanguardista ante los más profanos.

    El noveno largometraje del cineasta finlandés —y ya van 17— puede parecer a priori una película pequeña, un ejercicio fílmico menor, en comparación con la recepción crítica de, por ejemplo, Un hombre sin pasado o, más recientemente, El Havre, ambas aclamadas en el Festival de Cannes y galardonadas con el Gran Premio del Jurado Ecuménico y el Premio FIPRESCI en 2002 y 2011, respectivamente. Estrenada en el 47º Festival de Venecia (donde Martin Scorsese Ganaría el León de Plata por la soberbia Uno de los nuestros) el 13 de septiembre de 1990, esta obra cuenta, en su modesto metraje —cerca de setenta y cinco minutos de duración—, la historia de Henri Boulanger, un hombre solitario y deprimido quien, en el límite de su tolerancia a la abulia y la frustración, tras ser despedido de su trabajo, decide finalmente suicidarse; ante la incapacidad para llevar a cabo la empresa y la mala suerte de sus fallidas tentativas, decide internarse en los arrabales de la metrópolis y contratar los servicios de un sicario para acabar con su propia vida. Con lo que no contaba Henri es que, la misma noche de ejecución del trabajo, se enamoraría de una hermosa vendedora de rosas, arrepintiéndose así de la decisión ya tomada. Partiendo de esta premisa —prestada de su amigo Peter Von Bagh pero, según las malas lenguas, robada del mismísimo Lars Von Trier—, Kaurismäki despliega los mecanismos habituales por los que cualquiera de sus películas se reconoce instantáneamente, tales como la referencialidad a la cultura pop, los elementos estéticos anacrónicos (quizás dos de los principales motivos por los cuales se le ha denominado posmoderno), los planos anegados de silencios y rostros impasibles, un uso muy particular del color —de lo que se hablará más adelante— y cierto cariño o empatía hacia el patetismo candoroso de sus personajes, además de un prolijo contenido discursivo, más allá de lo que cabría esperar de una divertida comedia de suspense.

    por EAM
    octubre 03, 2015

    Cineclub | Contraté a un asesino a sueldo (1990)

    por EAM | octubre 03, 2015

    Crisol vimanarense

    crítica de Centro Histórico, de Aki Kaurismäki, Pedro Costa, Víctor Erice & Manoel de Oliveira, 2012

    Todo empezó cuando el pasado 2012 la ciudad portuguesa de Guimarães (distrito de Braga) fue elegida como Capital Cultural Europea. Momento en el cual, a algún geniecillo bien trajeado se le ocurrió la feliz idea de hacer una película ambientada en la ciudad de cara a promocionarla. Lo que se conoce como publirreportaje de encargo, género que, con tanto disimulo y tan buenos resultados, ha tratado Woody Allen en los últimos años. Para ello, en Centro Histórico se recurre a la fórmula del cortometraje, la misma que ya habían usado Scorsese, Coppola y el propio Allen en Historias de Nueva York (1989) y que explotara años después la coral Paris Je’t’aime (2006). Sin embargo, como puede verse a simple vista, el principal problema de base es que la ciudad lusa no es ni distintiva, ni mundialmente conocida. Problema que se creyó solucionar fichando a cuatro directores europeos de renombre: Aki Kaurismäki, Pedro Costa, Victor Erice y Manoel de Oliveira. Sin embargo, si echamos una vista a la mencionada cinta de la Gran Manzana, los tres realizadores conocen y aman la ciudad profundamente, mientras que en Paris Je t’aime se entrelazaban con naturalidad historias de amor bien enclavadas desde distintas perspectivas con la ciudad de la luz como perfecto telón de fondo. La pregunta es clara, ¿cómo van a tener una identificación con Guimarães tanto el director finlandés como el español? Y la respuesta es muy sencilla, el primero narrando una historia universal que ocurre en Portugal como bien podría ocurrir en su país natal y el segundo sumergiéndose en el terreno del documental, donde no es su voz la que habla, sino la de los habitantes de una vieja fábrica de la ciudad. La paradoja es que finalmente son estos dos directores los que consiguen mantener la obra a flote, siendo los cortos de Costa y de Oliveira productos sin alma; el del primero por su irritante ambigüedad y el segundo por todo lo contrario, su simpleza y su falta de pretensiones.

    por Unknown
    diciembre 19, 2013

    Crítica | Centro Histórico

    por Unknown | diciembre 19, 2013

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