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    Víctor Erice
    Víctor Erice
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★☆☆
    Cerrar los ojos
    Víctor Erice
    Añadan un huevo al sol del membrillo


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: «Cerrar los ojos». Dirección: Víctor Erice. Guion: Víctor Erice, Michel Gaztambide. Compañías productoras: Tandem Films, Pampa Films, Pecado Films, Nautilus Films, Movistar Plus+, Canal Sur, RTVE. Productores: Cristina Zumárraga, José Alba. Música: Federico Jusid. Fotografía: Valentín Álvarez. Montaje: Ascen Marchena. Reparto: Manolo Solo, Ana Torrent, José Coronado, María León, Soledad Villamil. Presentación oficial: Cannes Premières del Festival de Cannes. Duración: 169 minutos.

    Miguel, director de cine, cierra los ojos para ver una de las tantas películas que viven en su cabeza alrededor de la desaparición de su amigo, un actor muy celebrado. En este interludio de ensueño, Julio pasea por una isla remota y se vacía los zapatos de agua marina. Viene del mar, imaginamos. En un minuto, Miguel y Julio han paseado por entre paisajes evocados o ensoñados, una miríada de escenas apenas vividas que en una crítica cualquiera atajaríamos llamando «imágenes para ver con los ojos cerrados». Sin embargo, al mínimo escrutinio, la etiqueta acaba por no decirnos nada especialmente nuevo o relevante. Este será el gran qué de la «nueva» película de Víctor Erice: encontrar palabras nuevas para sus paisajes interiores, y hacer con ellas una buena película.

    Erice vuelve tres décadas después de El sol del membrillo, estrenada en 1992. Lo ayuda a actualizarse Michel Gaztambide, guionista de Petra (Jaime Rosales, 2018) y de Amama (Asier Altuna, 2015), pero también de No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011) o Way Down (Jaume Balagueró, 2021). Erice y Gaztambide trabajan sobre los ecos deshilachados de la desaparición de un célebre actor en medio de un rodaje. Con la excusa de necesitar unas tomas que rodaron el día de su partida para un programa especial de televisión, las cuatro manos guionistas pondrán al amigo y colaborador habitual de Julio (José Coronado), Miguel Garay (Manolo Solo), con tal de buscarlo por entre las ruinas de sus relaciones pasadas. El tipo se desperezará para volver a una historia que conoce bien –de la que incluso ha escrito un libro–, y contactará con un reparto de personajes que guardan memorias: Ana, la hija de Julio (Ana Torrent), Lola, una amante (Soledad Villamil) y Max, proyeccionista colega en común (Mario Pardo).

    Sin embargo, en un gesto de clásico corte moderno, Julio será más tema que objetivo y Miguel pronto se distraerá. Decíamos: Garay sueña despierto y de la mano de un reparto de secundaries más o menos en sintonía con la vibra ensoñada de los encuentros. Cumplen para ensayar formas del recuerdo que siguen de cerca los pasos de Tarkovsky, o incluso del primer Erice, pero que no se despegan de lo meloso de un cine poético y algo demasiado escrito. Habremos visto tantas otras versiones de Lola que la intimidad de la penumbra en la que se nos presenta, hablando casi a murmullos, corre el riesgo de sonar formulaica. Si nos atenemos a los sueños que Miguel ilustra para referirse a la desaparición de Julio, cortamos a: José Coronado se vacía los zapatos a la velocidad exacta para que el agua quede bonita en plano, luego le veremos practicar de portero en un campo de futbol vacío, brazos meticulosamente extendidos y recortado ante los primeros rayos de sol del día, perfectamente encuadrado. Sobran muletas: que este es un momento bellísimo y trascendente, deberíamos extrapolarlo de la imagen misma.

    El interés de Erice por cargar de significado a sus estampas me escama, me devuelve a un cine excesivamente académico. Honesta, en los títulos de crédito finales Cerrar los ojos se reconoce obcecada en su propio simbolismo, volviendo una y otra vez a vistas sobre el busto que abre la película (es el torso de un joven y un hombre viejo dándose la espalda). «La historia», esclarece por si no lo hubiéramos entendido, «trata sobre la necesidad de saber envejecer». Antes, Julio había compartido escena con el gran Josep Maria Pou, partenaire de rodaje en aquella película nunca acabada. El personaje de Pou explica al de Coronado que el rey le parece la más melancólica de las piezas de un tablero de ajedrez: triste le roi, acuñó a su tristeza. «Triste Miguel» partirá hacia el sur, a un pequeño pueblo de Cabo de Gata, para evitar el destino que el símbolo de la película habrá dictaminado para él… O para distraerse, que la vida no funciona como una tragedia griega.

    Ahí, la película abandona sus maneras poéticas y mira a la realidad desde un realismo tranquilo, con motas de utopía new age. Miguel pesca, pasea, comparte cañas y baladas, tarde por la noche, con las gentes del lugar. Del espíritu vaporoso de las imágenes ensoñadas a la felicidad tangible de una vida en presente (e insisto, negociable con un escepticismo urbanita). La «magia» de Erice, entonces, debería encontrar la forma de unir ambas caras de Cerrar los ojos; la virtual y la concreta. Hacia la mitad del segundo acto, el personaje de María León trae una nota importante para Miguel Garay, una noticia que le dará la posibilidad de hacer algo con la nebulosa que aún rodea la desaparición. Habría que escribir con más detalle para negociar si el marco que encuentra Erice para orquestar su particular reconciliación, igual que esas «imágenes para ver con los ojos cerrados», es bello, simplista o ambos.


    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 27, 2023

    Crítica | Cerrar los ojos

    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 27, 2023

    Crisol vimanarense

    crítica de Centro Histórico, de Aki Kaurismäki, Pedro Costa, Víctor Erice & Manoel de Oliveira, 2012

    Todo empezó cuando el pasado 2012 la ciudad portuguesa de Guimarães (distrito de Braga) fue elegida como Capital Cultural Europea. Momento en el cual, a algún geniecillo bien trajeado se le ocurrió la feliz idea de hacer una película ambientada en la ciudad de cara a promocionarla. Lo que se conoce como publirreportaje de encargo, género que, con tanto disimulo y tan buenos resultados, ha tratado Woody Allen en los últimos años. Para ello, en Centro Histórico se recurre a la fórmula del cortometraje, la misma que ya habían usado Scorsese, Coppola y el propio Allen en Historias de Nueva York (1989) y que explotara años después la coral Paris Je’t’aime (2006). Sin embargo, como puede verse a simple vista, el principal problema de base es que la ciudad lusa no es ni distintiva, ni mundialmente conocida. Problema que se creyó solucionar fichando a cuatro directores europeos de renombre: Aki Kaurismäki, Pedro Costa, Victor Erice y Manoel de Oliveira. Sin embargo, si echamos una vista a la mencionada cinta de la Gran Manzana, los tres realizadores conocen y aman la ciudad profundamente, mientras que en Paris Je t’aime se entrelazaban con naturalidad historias de amor bien enclavadas desde distintas perspectivas con la ciudad de la luz como perfecto telón de fondo. La pregunta es clara, ¿cómo van a tener una identificación con Guimarães tanto el director finlandés como el español? Y la respuesta es muy sencilla, el primero narrando una historia universal que ocurre en Portugal como bien podría ocurrir en su país natal y el segundo sumergiéndose en el terreno del documental, donde no es su voz la que habla, sino la de los habitantes de una vieja fábrica de la ciudad. La paradoja es que finalmente son estos dos directores los que consiguen mantener la obra a flote, siendo los cortos de Costa y de Oliveira productos sin alma; el del primero por su irritante ambigüedad y el segundo por todo lo contrario, su simpleza y su falta de pretensiones.

    por Unknown
    diciembre 19, 2013

    Crítica | Centro Histórico

    por Unknown | diciembre 19, 2013

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