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    Abel Ferrara
    Abel Ferrara

    Imágenes pese a todo

    Crítica ★★★★☆ de «Zeros and Ones», de Abel Ferrara.

    EE.UU., Alemania, Italia, Reino Unido. 2021. Título original: «Zeros and Ones». Director: Abel Ferrara. Guion: Abel Ferrara. Productores: Danny Chan, Valeria Correale, Simone Gandolfo, Brent Guttman, Philipp Kreuzer, Alex Lebovici, Pia Patatian, Diana Phillips, Manuel Stefanolo, Don Young. Productoras: Maze Pictures, Hammerstone Studios, Rimsky Productions, Macaia Film, Almost Never Films. Fotografía: Sean Price Williams. Música: Joe Delia. Montaje: Leonardo Daniel Bianchi. Reparto: Ethan Hawke, Valeria Correale, Dounia Sichov, Cristina Chiriac, Valerio Mastandrea, Babak Karimi, Stephen Gurewitz.

    Este año se ha hablado y escrito mucho sobre discursos presuntamente atrevidos, radicales, subversivos, innovadores, disruptivos, agitadores. Es larga la lista de adjetivos que se han empleado para distinguir del resto un puñado de películas encabezadas por Titane (Julia Ducournau, 2021), Benedetta (Paul Verhoeven, 2021), Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021), Annette (Leos Carax, 2021), Drive my Car (Doraibu mai ka, Ryûsuke Hamaguchi, 2021), First Cow (Kelly Reichardt, 2021) y otras que, supuestamente, reinventaban el viejo cine o se quedaban muy cerca de lograrlo. En la cultura del fenómeno en que nos hallamos inmersos, y que alimentan por igual festivales, plataformas y medios abducidos por la dinámica crematística de las redes sociales, pareciera que al cine le hace falta un hype semanal que pueda etiquetarse y venderse a determinados colectivos. Bien, eso es el capitalismo postpandémico; una máquina endiabladamente hábil en la detección de oportunidades en un mercado a la vez saturado y menguante. Lo expresaba de manera inmejorable hace unas semanas una viñeta del New Yorker: «Don’t mind the generation, or the genre. Just tell me how to take their money».

    Sin menoscabo de las virtudes que atesoran esas películas, el problema de esta tendencia es que un día aparece Abel Ferrara con una película como Zeros and Ones y no se sabe muy bien qué hacer con ella, ni con él, porque de repente todos esos adjetivos resultan tan generosos para definir una Titane como pobres para referirse a la última criatura del director de New Rose Hotel (1998). No se trata de comparar sino de ponderar, de tal manera que, como indica Didi-Huberman, sepamos si las imágenes tienen un significado per se, distinto al de las palabras, en una dimensión que les resulte propia y soberana, o por el contrario son meras traducciones de ideas, hilos y pensamientos literarios. Que sean imágenes pese a todo, o que pese a todo sean imágenes. Zeros and Ones es y propone exactamente eso: barriendo cualquier apunte retórico, y por tanto argumental, ofrece un relato que antepone la experiencia visual sin coartadas a toda tentativa de narrativa convencional. Es cine sustantivo, no adjetivo, por esta razón cuesta tanto elegir un calificativo que lo defina en los mismos términos y con el mismo propósito que las películas antes mencionadas. Ni siquiera debería intentarse porque nada en Ferrara es coyuntural, y la adjetivación lo es siempre. Si se trata de ubicarlo en un campo semántico específico, Ferrara es pura sustantivación trasladada a la imagen, esto es, a la creación de iconografías con existencia real e independiente. Imágenes memorables, no memorizables. ¿De cuántos cineastas puede decirse esto?

    En Zeros and Ones no hay huella en este sentido de modas o manierismos visuales contemporáneos; de referentes a los que anclar una plétora de adjetivos intercambiables de una película-evento a otra. La referencia es Ferrara, y en concreto su querencia por las texturas como vector inductivo de la imagen. Hace treinta años en analógico y ahora en digital, la mirada del director neoyorquino se sustenta en el tratamiento fotográfico de los átomos de luz que componen su bestiario expresivo. Le vale cualquier técnica y formato. En contraste con la limpieza formal de Tommaso (2019) y Siberia (2019), dos cintas de una serenidad compositiva apabullante, aquí apuesta por la cámara en mano, lo que le permite jugar con el grano digital, el zoom progresivo y el desenfoque. Estos recursos resultan idóneos para acompañar el largo viaje hacia la noche que protagoniza un buen Ethan Hawke en la piel de un militar norteamericano destacado en Roma para impedir un atentado terrorista y, de paso, averiguar el paradero de su hermano anarquista.

    por Raúl Álvarez
    diciembre 09, 2021

    Crítica | Zeros and Ones

    por Raúl Álvarez | diciembre 09, 2021

    Con cariño, desde 2021

    Crítica ★★★★☆ de «Sportin' Life», de Abel Ferrara.

    Francia, 2020. Título original: «Sportin' Life. Saint Laurent - Self 06 - Abel Ferrara». Dirección y guion: Abel Ferrara. Productoras: Vixens, Saint Laurent, Rimsky Productions. Producción: Anthony Vaccarello, Gary Farkas, Clément Lepoutre, Olivier Muller, Diana Phillips. Fotografía: Sean Price Williams. Montaje: Leonardo Daniel Bianchi, Stephen Gurewitz. Música: Joe Delia. Intervenciones e: Willem Dafoe, Abel Ferrara, Paul Hipp, Cristina Chiriac, Anna Ferrara, Joe Delia. Duración: 65 minutos.

    Es 7 de agosto de 2021. En Cataluña, ayer tuvimos un total de 2824 casos nuevos de Covid, una cifra algo por debajo de la media de esta semana. Hace calor, pero no demasiado, y la xafogor característica del verano barcelonés apenas asoma durante las noches. El turismo ha vuelto a invadir las calles, veo a guiris pasear de acá para allá por Rambla Catalunya… Las mascarillas son escasas, pero no importa. El ambiente es de una normalidad generalizada, incluso banal. Ya no se cuentan historias de confinamiento, porque ya no hay encierro alguno, y los titulares no estudian gráficas alarmantes: ahora son anecdotarios olímpicos. El pasado setiembre, Sportin’ Life se proyectaba por primera vez en Venecia. Por aquel entonces, la película se adivinaba como una farfulla al orden del día, una cinta preocupada en enhebrar un discurso donde solo había caos. Casi un año después, la película de Abel Ferrara sigue sosteniéndose como uno de los retratos más lúcidos del sentir pandémico, sea lo que sea que eso signifique.

    Una película verdaderamente excepcional, Sportin’ Life nació como un proyecto tentativo alrededor de la creación cinematográfica o, como lo llamara el propio Ferrara, «un documental sobre el acto de rodar un documental». Escudándose en la presentación de su última cinta en el 70º Festival de Berlín, donde también recibió el Premio Jaeger Le-Coutre por su extensa trayectoria, el cineasta había grabado un par de encuentros con periodistas, así como algunas de las idas y venidas que suponen la presentación de una cinta en la Competición berlinesa. Sin descontar –faltaría más– el energizante concierto que dio junto a sus colaboradores habituales, Paul Hipp y Joe Delia. Había en lo rodado una buena dosis de buenrollismo chic, de intervenciones agudas y de reflexiones, por qué no, de una cierta superioridad moral para con el sector de la crítica que había cuestionado su (por otro lado, magnífica) Siberia. Estaba aprovechando Ferrara para hablar de sí mismo, como gusta a cualquier alma ególatra y, a la vez, a una cinefilia interesada en seguir las enseñanzas de uno de les grandes tótems de la historia reciente, pero ese era un proyecto que, en definitiva, se replegaba sobre sus propias entrañas. Al fin y al cabo, estaba destinado a completar una serie de autorretratos financiados por el diseñador Saint Laurent, también productor de Lux Aeterna de Gaspar Noé.

    Luego llegó la pandemia y, como su director, la película se vio sorprendida por un aluvión de noticias que contestaban aquella fastuosa realidad previa, donde la distancia de seguridad y las mascarillas eran cosa de locos. Game over. Ya que desde casa aquel «documental sobre el documental» resultaba imposible de grabar, de pronto el metraje berlinés sería invadido y disgregado por un puñado de otras imágenes, todas ellas capturadas o recopiladas durante los primeros meses de confinamiento, y aglutinadas con la pura entropía como timón. Sobre la mesa de montaje había clips de toda índole, rebatiéndose desde universos de texturas, paletas y sonoridades radicalmente diferentes: una aureola de viñetas en constante negociación. Nos era familiar… Durante el confinamiento, se nos había desgajado del mundo exterior, hasta poder tocarlo solo con la yema de los dedos gracias al espacio que conecta este vasto amalgama de paisajes y tiempos encapsulados, en este caso, expandiéndose por la superficie pulida de la world wide web. Plenamente consciente de replicar espacios virtuales, incluso podría el montaje de la película de Ferrara recordarnos el transitar perezoso de nuestros ojos por la galería del móvil, allí donde conviven todas las snaps, instantáneas sin país ni frontera. Pero, ¿acaso irse de festivales no es también habitar espacios intermedios, vibrantes, llenos de sonidos y de gente? ¿No conforma también una marea que recoge y reordena experiencias colectivas de formas sorprendentes?

    Por ello, meses después de perder la dinamo festivalera, las imágenes del paso de Ferrara por Berlín toman una naturaleza diferente, que las aleja del simple retrato ególatra y que convierte la energía que desprenden en una suerte de maná, de fuerza base. «One shot at a time», el cineasta incorporaba a la coctelera de su película, además, material de archivo (de retazos de telediarios a vídeos virales), fragmentos de su propia filmografía (pasajes capturados con su móvil en la pantalla del televisor) y grabaciones domésticas. Agitados, estos destellos de 2020 (tan baratos y caseros como todo lo que el audiovisual pandémico dio de sí) se ensamblan en un montaje picado y completamente horizontal, que une la alegre celebración del cine y de la familia a la par con la oscuridad de algunos de los iconos más impactantes del año, desde la excavación de fosas comunes en Nueva York hasta la socarronería en los discursos negacionistas de Donald Trump. Las viñetas piden urgencia, reacción, fluye el montaje gracias a la música, juega con las texturas y apela a la emoción indigerida. Emoción implicaba en su origen latino un desalojo, el retirarse de un estado anterior. «Emocionarse», en este caso, devuelve a la vida real aquella fuerza que se libera en el corte entre planos. Es, por tanto, germen para el cambio.

    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 16, 2021

    Crítica | Sportin' Life

    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 16, 2021

    Paisajes de un hombre en crisis

    Crítica ★★☆☆☆ de «Siberia», de Abel Ferrara.

    Italia, 2020. Director: Abel Ferrara. Guion: Abel Ferrara, Christ Zois. Producción: Vivo Film, Match Factory Productions, RAI Cinema, Regione Lazio, Piano Producciones. Fotografía: Stefano Falivene. Sonido: Neil Benezra. Montaje: Leonardo Daniel Bianchi, Fabio Nunziata. Música: Joe Delia. Reparto: Willem Dafoe, Dounia Sichov, Daniel Giménez Cacho, Anna Ferrara, Simon McBurney, Cristina Chiriac, Trish Osmond, Laurent Arnatsiaq, Fabio Pagano, Phil Neilson, Valentina Rozumenko. Duración: 92 minutos.

    Abel Ferrara está en crisis y quiere que lo sepamos. Lo evidencia el hecho de que busque mostrarse a sí mismo y el resultado sea Siberia, una película perturbadora. La duda es si tal adjetivo tiene el mismo sentido para Ferrara que para el espectador. Recuperando la figura del actor Willem Dafoe (ya habitual en su cine) como su alter ego, lo fuerza a expresar sin muchas contemplaciones deseos, dudas o miedos. Las imágenes buscan el escándalo, la conmoción (lo que en inglés se conoce como shock value), pero lo hacen de forma tan evidente que solo provocan escepticismo y la sensación de que el todo no acaba de cuajar en ningún momento. En parte tiene que ver la naturaleza fragmentaria de la película, y cómo todos esos pedazos de historia no logran construir una totalidad coherente, ni siquiera orgánica. Las escenas se apilan sin llegar a hilarse. Pero, más allá de la propia estructura, la sensación desapegada y problemática surge del modo en que el cineasta escoge contar y filmar esta (su) crisis.

    A priori, el director de The Addiction y Teniente corrupto escoge situarnos en un paisaje nevado de recogimiento y misantropía. El ermitaño que habita este paisaje, Clint (Dafoe), regenta algo parecido a una cantina en el corazón del monte siberiano. La forma de ambientar el local, con unas imponentes montañas envueltas de niebla cegadora, busca transmitir el aislamiento. Pero lo cierto es que Ferrara no tiene paciencia para construir nada parecido a una sensación de incomunicación. No nos da espacio ni tiempo para que podamos comprender las condiciones en las que existe Clint en semejante contexto. Un puñado de personajes variopintos que aparecen siempre cruzando lo salvaje se presentan en el bar, en lo que podemos a empezar a asumir como la dinámica que va a tomar la pieza: una sucesión de escenas que parecen sobrevenirle al personaje sin que este tenga mucho a decir al respecto. Así, no acaba de quedar muy claro si el que está en crisis es él mismo o todo a su alrededor.

    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    mayo 03, 2021

    Crítica | Siberia, de Abel Ferrara

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | mayo 03, 2021

    Hombre y artista

    Crítica ★★★★☆ de «Tommaso», de Abel Ferrara.

    Italia, 2020. Título original: Tommaso. Dirección: Abel Ferrara. Guion: Abel Ferrara. Compañías productoras: Faliro House, Simila, Washington Square Films, Vivo Film. Montaje: Fabio Nunziata. Reparto: Willem Dafoe, Cristina Chiriac, Anna Ferrara, Stella Mastrantonio, Lorenzo Piazzoni y Alessandro Prato. Duración: 115 minutos.

    Como bien ha sabido observar el crítico estadounidense Armond White, Abel Ferrara ha dedicado notorios esfuerzos en su extensa filmografía a problematizar la esencia del hombre blanco (italo)americano a través de un puñado de figuras antiheroicas, a quienes las adicciones o la inestabilidad de su entorno han abocado a romper con las normas de conducta que exige la moral imperante. Frank White (Christopher Walken) en El rey de Nueva York (King of New York, 1990), LT (Harvey Keitel) en Teniente corrupto (Bad Lieutenant, 1992), Ray (Christopher Walken) y Chez (Chris Penn) en El funeral (The Funeral, 1996) o Cisco (Willem Dafoe) en 4:44 Last Day on Earth (2011) son algunos de estos tipos atormentados, a punto de ser devorados por sus demonios, de los que apenas se libran gracias a una convulsa conciencia espiritual —de un catolicismo más laxo en sus trabajos recientes— que no entiende de religiosidad ortodoxa. En los últimos años, y como ya prefigurara el árido y atractivo biopic Pasolini (2014), Ferrara ha ido revelándonos que en esa masculinidad entre atávica e hiperconsciente, desamparada e incontrolable, se concreta su visión del artista y sus procedimientos creativos.

    En Tommaso, autoficción de una honestidad que desarma, el álter ego de Ferrara, a quien encarna Dafoe, nos sugiere que el director siempre había estado ahí, en cada una de sus películas, matizado, disimulado y reconfigurado bajo el artificio del «yo» poético, que salva a la narrativa de ser fagocitada por el ego creador. Home movie en el sentido más cassavetiano del concepto, Tommaso fue rodada en el barrio y en el apartamento de Ferrara en Roma, y la esposa e hija del protagonista, un cineasta neoyorquino en espera de financiación para su próxima producción, son Cristina Chiriac y Anna Ferrara, exmujer e hija respectivamente del autor. La interrelación entre realidad y ficción alcanza cotas admirables de sofisticación. En una obra concebida a modo de ejercicio catártico de exploración personal durante un impasse, Tommaso, también a la espera de dinero para un proyecto, escribe un guion durante las noches silenciosas, que no es sino el libreto de la reciente Siberia (2020). Uno y otro, director y personaje, se hallan atrapados en un lapso de vacío funcional que Ferrara aprovecha para urdir un ejercicio de introspección humana y de oficio. Como una toma de distancia de sí mismo que le permita intentar, al menos, remontar las turbias aguas de la creatividad. La tensión interna que impele las imágenes, a veces escritas —en términos visuales y verbales— con rígida precisión, y en otras a partir de una cruda visceralidad, toman cuerpo en un Willem Dafoe que se debate entre su nostalgia del ideal italiano y su inevitable americanidad, entre tomar conciencia de su privilegiada cotidianidad y dejarse arrastrar por arrebatos destructivos dignos de quien, cada día, ha de pescar su alimento en la laguna Estigia.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    septiembre 26, 2020

    Crítica | Tommaso

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | septiembre 26, 2020

    Sabotaje godardiano

    Crónica de la cuarta jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    Cannes. 18:30. Los alrededores de la Debussy están a rebosar. El festival ha programado en Sección Oficial un sábado más francés si cabe. Por la mañana, estreno de 120 battements par minute, de Robin Campillo. En pocos minutos, a las 19:00, se estrena la temida Le redoutable, de Michel Hazanavicius. Llegamos un poco tarde tras el pase anterior y nos tememos lo peor. Las colas son interminables. La sala Debussy tiene capacidad para alrededor de 1000 personas, pero es tal la expectación en el primer fin de semana de festival que, ante tal gentío, tememos quedarnos fuera. La cola parece que no termina nunca. Cuando por fin llegamos al final, las esperanzas están por los suelos. Pero aquí hemos venido a jugar. Decidimos quedarnos. Los minutos pasan y, en la lejanía, vemos que todavía no han abierto las puertas. Nos extraña. ¿Cómo piensan apañárselas para colocar a toda esta gente en la sala, pasando los controles previos de seguridad, en tan solo diez minutos? De repente, todo el personal del festival baja las escaleras de acceso. Extraño. Algo está ocurriendo. La seguridad del festival empieza a pedirnos que nos alejemos y, ante la falta de información, uno echa mano de la fuente de información más fiable del siglo XXI: Twitter. Comentan que una mochila sin dueño ha obligado a desalojar el Palais y ha puesto en marcha todos los protocolos. Es todo bastante confuso, porque el festival ni confirma ni desmiente, pero en ningún momento hay miedo o pánico. La gente se va dispersando poco a poco, frustrados por lo que parece una inminente cancelación del pase. Y en ese momento, cuando uno está a punto de ver qué puede recuperar a esas horas, aparece Frémaux para devolver la normalidad. Falsa alarma. Y entonces se produce la magia. Hay mucha menos gente, la cola se reorganiza y la posición de salida asegura la entrada. En fin, que no hay mal que por bien no venga, y más cuando todo parece indicar que se ha tratado de un descuido y que el susto ha quedado en otra anécdota más de un festival que continúa dando señales de buen cine.

    por EAM
    mayo 21, 2017

    Festival de Cannes 2017 | Día 4. Críticas: 120 battements par minute / Le redoutable / La hijas de Abril / Alive in France / Teherán Taboo

    por EAM | mayo 21, 2017
    Pasolini

    «Tengan cuidado»

    crítica a Pasolini (Abel Ferrara, 2014)

    Si hay un género en el que el cine ha jugado a imitar las estructuras y los tonos del novelón decimonónico, ese es el biopic. En especial, en aquellas películas que recrean las biografías de personajes ilustres (artistas, científicos o políticos, casi siempre). Y si hay un género en el que precisamente estamos observando nuevas tendencias en el cine actual, ese es también el biopic. No hay más que analizar un poco dos de las favoritas a los últimos Óscar para hacerse una idea: The Imitation Game y La teoría del todo suponen formas hasta cierto punto innovadoras a la hora de enfrentarse a las vidas de personajes célebres “sacralizados”. En el biopic de Alan Turing se percibe una inquietud por la adecuación efectiva entre tiempo fílmico y tiempo real, una disyuntiva que ha solido dar problemas en el género, tendente a querer abarcar demasiados datos biográficos en apenas dos o tres horas o de tiempo fílmico. The Imitation Game, aunque ni renuncia del todo a esta tendencia ni espanta totalmente la dispersión que suele producir, se esfuerza en crear una estructura narrativa a tres niveles temporales que, al menos, logra romper la linealidad del relato cronológico para crear un inteligente juego entre el presente fílmico y dos diferentes pasados filtrados por la narración de quien recuerda su propia vida. En La teoría del todo, esta inquietud por el tratamiento del tiempo no está presente, pero sí aporta cierta innovación en su acercamiento al personaje: lo ejemplarizante de Stephen Hawking no se busca en su genialidad como científico, sino en su lucha íntima por vivir dignamente.

    Ambos filmes, si bien no se libran del todo de algún que otro convencionalismo, son dos muestras muy relevantes de cómo el cine está reconfigurando dos características esenciales del biopic clásico: la amplitud del tiempo real escogido y el tono laudatorio. Frente a ellas, la tendencia está consistiendo en acotar los espacios temporales que se eligen narrar (el Lincoln de Steven Spielberg, que toma apenas un par de semanas en la vida del Presidente, es un buen ejemplo) y en reducir la tendencia panegírica con acercamientos más “humanizados” a la intimidad de sus personajes (lo que no tiene por qué implicar renunciar a la admiración, pero sí hacerla más cercana). En este último aspecto, La red social constituye un ejemplo brillante no solo de cómo construir un biopic desde la intimidad, sino de cómo lanzar una reflexión profunda sobre esa intimidad como tema central (por su valor a la baja) de nuestra época. Un más difícil todavía lo podemos encontrar en Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont. Un biopic de minimalismo espartano que acota el lapso temporal a apenas tres días en la vida de la escritora francesa, que renuncia a flashbacks o digresiones que rompan ese lapso, y que además no muestra a Claudel en su ejercicio como artista, sino viendo pasar los días vacíos en un sanatorio en las montañas.

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 19, 2015

    Crítica | Pasolini

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 19, 2015

    Toronto’s Theory

    Crónica de la cuarta jornada del Festival de Toronto 2014

    Cuarta jornada y día problemático. Entonamos el mea culpa. Un despiste (el cansancio no perdona a nadie) me lleva al teatro equivocado. Me pierdo el pase de prensa de The Theory of Everything y me gano un castigo merecido: el nuevo manifiesto pro-minorías de Gina Prince-Bythewood, Beyond the Lights. Insoportable telefilme con el ojo puesto en el El guardaespaldas, insípido y vergonzoso. This Is Where I Leave You nos deja en el mismo estado, aunque mejora un poco lo visto. La comedieta americana de Shawn Levy es más de lo mismo de lo que nos hartamos de ver en la cartelera, pero tiene un buen reparto y algunos buenos gags. Y se deja ver sin problemas, aunque se olvida en dos segundos. Acto seguido, el pseudo-western del francés Jean-Baptiste Leonetti en su estreno en la industria de Hollywood con The Reach, dirigiendo a Michael Douglas en un rol que, lejos de intimidar, ha despertado la risa involuntaria entre los asistentes al pase. El clímax, más propio de un serie B, nos noquea hasta tal punto que por un momento nos creemos que es una muestra de cine cutre patrocinada por un canal privado, pero no, esto es Toronto, y como hemos comprobado, también hay (muy) malas elecciones. Por lo menos Pasolini, aún con su hermetismo y su pretenciosidad, se respira algo más auténtica. Pero de poco nos sirve, pues me quedo totalmente fuera de la propuesta de Ferrara, de sus intenciones y de su alucinógeno retrato del cineasta italiano. Por fin, llega la redención final. Accedemos a la premiere con público y actores de The Theory of Everything y gozamos las reacciones instantáneas de la gente. Como ya dije en días anteriores, la predisposición es distinta e influye en uno. El espectador a mi lado incluso quiso compartir su opinión conmigo, poco antes de que todo el teatro se pusiera en pie para aplaudir al director y los actores. Sólo por esas breves muestras de entusiasmo, el día ha merecido la pena. Y Marsh ha puesto broche de oro.

    por EAM
    septiembre 09, 2014

    Toronto 2014 | Día 4. Críticas: 'Pasolini', 'The Reach', 'Ahí os quedáis' y 'Beyond the Lights'

    por EAM | septiembre 09, 2014
    Willem Dafoe. Pasolini en Venecia

    Luz al final del tunel

    Crónica de la novena jornada de la 71ª edición de la Mostra de Venecia

    Más vale tarde que nunca. Eso han debido pensar los asistentes a la novena jornada del festival de Venecia cuando, aliviados, respiraron satisfechos tras una gran tarde de cine. Aparecía Joe Dante para divertir a los amantes de la serie B más “old school”, su trabajo Burying the Ex ha sido presentado a un público que ha sabido agradecer el homenaje que el director ha hecho de sí mismo. Pero sin lugar a dudas, ha sido Abel Ferrara el auténtico protagonista, no sólo de la presente jornada, sino de todo el festival que llegaba a su recta final agonizante. Su película, Pasolini, se presentaba como la gran atracción de la sección oficial, y disponía de todos los alicientes para convertirse de manera automática en toda una pieza de santuario. Sin embargo, parece que, paradójicamente, este director neoyorquino no ha jugado las cartas como se venía esperando, y el resultado ha sido mucho menos excesivo de lo que se preveía. Completando el cartel encontramos al chino Wang Xiaoshuai que presentó su thriller Red Amnesia. Venecia sigue en pie gracias a las proyecciones de hoy, aunque todavía falta mucho para la redención de un festival que no ha sido muy equitativo en el reparto de las de cal y las de arena.

    por EAM
    septiembre 05, 2014

    Mostra de Venecia 2014 | Novena jornada

    por EAM | septiembre 05, 2014

    El depredador moderno

    crítica de Welcome to New York | Abel Ferrara, 2014

    Que con escasos meses de diferencia salgan dos películas como El lobo de Wall Street y Welcome to New York debería decirnos algo sobre el momento que vivimos. El estado de una sociedad en creciente desconfianza, cuando no desprecio, hacia aquello a lo que se llama “los mercados” (en el caso del filme de Scorsese) y hacia la clase política (en el caso que nos ocupa). Más aún si ambos productos vienen firmados por dos directores que, pese a sus diferencias (podríamos considerar a Abel Ferrara una versión enfant terrible de Scorsese), comparten orígenes en los bajos fondos neoyorquinos e inquietudes temáticas comunes. Inquietudes que ahora han dado el salto de explorar el sórdido mundo de las malas calles y las mafias a interesarse por otra dimensión del poder. La economía y la política, si nos atenemos a esta evolución en sus trayectorias, terminan no siendo más que otra forma que tiene la corrupción humana de mostrarse, de hacer que un sistema de gobernantes y gobernados termina degenerando en un sistema de dominantes y dominados.

    En su nuevo largometraje, Ferrara se enfrenta al mismo reto que encaró Scorsese con Jordan Belfort: retratar a una de las células infecciosas que contribuyen a extender por todo el sistema ese cáncer llamado corrupción. Esto es, a un personaje incapaz de despertar la empatía de una platea que sabe reconocer a sus monstruos. Devereaux, el protagonista encarnado por Gérard Depardieu, viene a ser un representante de la política en su más desenfrenada podredumbre. De hecho, el personaje y la trama se inspiran, sin molestarse en disimularlo, en el famoso affaire Strauss-Kahn. Hagamos memoria. En 2011, Dominique Strauss-Kahn era un prototipo de hombre poderoso. Se encontraba al frente del Fondo Monetario Internacional y su nombre era el favorito en los sondeos para presentarse como candidato socialista a la presidencia de Francia. Hasta que Nueva York vio morir su carrera política. Cuando estaba a punto de abandonar la ciudad tras una breve estancia, fue detenido en el aeropuerto. Una limpiadora de su hotel le acusó de haber intentado violarla en su habitación. Pese a que el proceso penal terminó en absolución (el testimonio de la acusadora fue declarado inconsistente) y Strauss-Kahn siempre declaró su inocencia, el asunto dio una estocada mortal a su imagen pública.

    Tres años después, Ferrara presenta un filme que, en esencia, se dedica a reconstruir los hechos que van de la llegada de Devereaux/Strauss-Kahn a Nueva York hasta su absolución. Desde una opción narrativa intimista que en ningún momento despega la cámara del personaje, y con una asunción que tiene mucho de política: Ferrara no solo da por hecha la culpabilidad del representado al contar su historia. Sino que la plantea desde el asco hacia su protagonista, como explicita la entrevista de Depardieu haciendo de sí mismo que abre el metraje. Y que, de paso, hace más presente su conexión con la realidad mediante la ruptura del pacto ficcional. Bajo su apariencia objetivista, Welcome to New York no puede ser más intencional. Mientras que el acercamiento de Scorsese a Belfort tenía algo de “contaminación”, de simpatía hacia su protagonista (hay quien lo ve como un defecto, hay quien lo considera una forma de contar que la fascinación por el dinero se contagia fácilmente), la postura de Ferrara marca las distancias para subrayar su rechazo frontal, exento de compasión, hacia un personaje al que muestra como un enfermo incurable.

    por Miguel Muñoz Garnica
    junio 12, 2014

    Crítica | Welcome to New York

    por Miguel Muñoz Garnica | junio 12, 2014
    4:44 Last Day On Earth, Abel Ferrara

    EL DÍA MÁS ABURRIDO EN LA TIERRA

    crítica de 4:44 Last Day on Earth | Abel Ferrara, 2011

    Empecemos con una perogrullada: todos sabemos que vamos a morir, pero casi nadie sabe cuándo va a ser el momento exacto en el que exhale el último suspiro. Ahora, imaginad por un segundo que el mundo tal y como lo conocemos tuviera fecha de caducidad y que todos fuéramos conscientes de ella. Quiero decir, todos sabemos que nada dura para siempre y que es muy probable que la raza humana se acabe extinguiendo, que algún día caiga un meteorito del tamaño de Texas y nos rompa a todos por la mitad o que a los nietos de los nietos de nuestros nietos, llegado el momento, no les servirá de nada la crema protectora factor 10.000 cuando el Sol explote. Pero imaginad que supiéramos que, mañana a las 4:44 horas de la zona Este de los Estados Unidos (lo que supone que para nosotros sería a la hora de la cena más o menos), la humanidad al completo fuera a perecer por culpa de la desaparición de la capa de Ozono provocada por nuestra inconsciencia ecológica. Puede que alguno acabara sucumbiendo a la presión y se suicidara; otros aprovecharían para correrse la última gran juerga; los más familiares dedicarían sus últimas horas a estar con sus allegados; los más pasionales se despedirían haciendo el amor sin control; los que todavía tuvieran algo de fe rezarían a sus dioses para que les acogieran en el Paraíso que les tocase a cada uno... Y es muy probable que algunos de nosotros, afectados todos de cinefilia y cinefagia, intentáramos ver por última vez nuestra película favorita o algunas de ellas. Me cuesta decidir cuál sería la elegida por mí, pero sí estoy convencidísimo de algo: si hoy fuese mi último día sobre la Tierra y quisiera despedirme eligiendo sólo un título en particular, estoy convencido de que la última opción que pasaría por mi mente sería 4:44 Last Day on Earth (Abel Ferrara, 2011), uno de los ejemplos más inútiles, pretenciosos y aburridos del reciente cine digital en su vertiente apocalíptica.

    por Unknown
    julio 17, 2013

    Crítica | 4:44 Last Day On Earth

    por Unknown | julio 17, 2013

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