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    Crítica | Tommaso


    Hombre y artista

    Crítica ★★★★☆ de «Tommaso», de Abel Ferrara.

    Italia, 2020. Título original: Tommaso. Dirección: Abel Ferrara. Guion: Abel Ferrara. Compañías productoras: Faliro House, Simila, Washington Square Films, Vivo Film. Montaje: Fabio Nunziata. Reparto: Willem Dafoe, Cristina Chiriac, Anna Ferrara, Stella Mastrantonio, Lorenzo Piazzoni y Alessandro Prato. Duración: 115 minutos.

    Como bien ha sabido observar el crítico estadounidense Armond White, Abel Ferrara ha dedicado notorios esfuerzos en su extensa filmografía a problematizar la esencia del hombre blanco (italo)americano a través de un puñado de figuras antiheroicas, a quienes las adicciones o la inestabilidad de su entorno han abocado a romper con las normas de conducta que exige la moral imperante. Frank White (Christopher Walken) en El rey de Nueva York (King of New York, 1990), LT (Harvey Keitel) en Teniente corrupto (Bad Lieutenant, 1992), Ray (Christopher Walken) y Chez (Chris Penn) en El funeral (The Funeral, 1996) o Cisco (Willem Dafoe) en 4:44 Last Day on Earth (2011) son algunos de estos tipos atormentados, a punto de ser devorados por sus demonios, de los que apenas se libran gracias a una convulsa conciencia espiritual —de un catolicismo más laxo en sus trabajos recientes— que no entiende de religiosidad ortodoxa. En los últimos años, y como ya prefigurara el árido y atractivo biopic Pasolini (2014), Ferrara ha ido revelándonos que en esa masculinidad entre atávica e hiperconsciente, desamparada e incontrolable, se concreta su visión del artista y sus procedimientos creativos.

    En Tommaso, autoficción de una honestidad que desarma, el álter ego de Ferrara, a quien encarna Dafoe, nos sugiere que el director siempre había estado ahí, en cada una de sus películas, matizado, disimulado y reconfigurado bajo el artificio del «yo» poético, que salva a la narrativa de ser fagocitada por el ego creador. Home movie en el sentido más cassavetiano del concepto, Tommaso fue rodada en el barrio y en el apartamento de Ferrara en Roma, y la esposa e hija del protagonista, un cineasta neoyorquino en espera de financiación para su próxima producción, son Cristina Chiriac y Anna Ferrara, exmujer e hija respectivamente del autor. La interrelación entre realidad y ficción alcanza cotas admirables de sofisticación. En una obra concebida a modo de ejercicio catártico de exploración personal durante un impasse, Tommaso, también a la espera de dinero para un proyecto, escribe un guion durante las noches silenciosas, que no es sino el libreto de la reciente Siberia (2020). Uno y otro, director y personaje, se hallan atrapados en un lapso de vacío funcional que Ferrara aprovecha para urdir un ejercicio de introspección humana y de oficio. Como una toma de distancia de sí mismo que le permita intentar, al menos, remontar las turbias aguas de la creatividad. La tensión interna que impele las imágenes, a veces escritas —en términos visuales y verbales— con rígida precisión, y en otras a partir de una cruda visceralidad, toman cuerpo en un Willem Dafoe que se debate entre su nostalgia del ideal italiano y su inevitable americanidad, entre tomar conciencia de su privilegiada cotidianidad y dejarse arrastrar por arrebatos destructivos dignos de quien, cada día, ha de pescar su alimento en la laguna Estigia.

    Tommaso, Abel Ferrara.
    Distribuida en España por Capricci Films.


    Tommaso es, aparte de una inteligente —y acerva— crítica del universo codificado de Abel Ferrara, un ejemplar inusual de cine de autor liberado de peajes, deudas y agendas con fecha de caducidad, entregada del comienzo al fin a una búsqueda sin conclusiones predefinidas».


    Algunos reverenciados cineastas contemporáneos creen que permanecer fieles a la perspectiva del héroe implica confundir sus miradas con la de este. Ya desde el plano inicial, Ferrara marca sus propios límites con Tommaso: mientras el agradable arrullo del barrio llega a nuestros oídos, Dafoe aparece caminando en dirección al patio de viviendas donde se encuentra su hogar. Cuando este abre el portal correspondiente, la cámara se eleva hacia las alturas de los edificios y, finalmente, hasta el cielo. Un destello blanco precede al título del filme, que no es sino la crónica de un artista obcecado en boicotear el paraíso que le ha sido concedido con sus acciones. En los minutos postreros, una escena excepcional se erige en declaración de principios: el errático Tommaso entra en un bar a pedir un café, dejando a su mujer y a su hija en la calle. Aquí, Ferrara toma la decisión de acompañarlas a ellas en su incertidumbre por unos instantes. Así se pone de manifiesto no solo el grado de disociación que ha alcanzado Tommaso con respecto a sus seres queridos, sino además el impetuoso afán del realizador por ejercer de cirujano del alma. Crucifixiones a la intemperie de la multitud, ataques de celos, fantasías de asesinato, miedos asumidos con inmadurez y explosiones de cólera, signos dramáticos icónicos en la trayectoria de Ferrara, siembran la Pasión de Tommaso, quien progresivamente se va transmutando en el reverso hilarante de los torturados seres ferrarianos. Tanto es así que el metraje confluye no ya en el martirio del atribulado, sino con una grabación casera de la pequeña Anna bailando contenta y despreocupada. El arte y todo aquello que lo rodea ha desvelado su faz patética, derrotado a los pies de la vida.

    Una de las cintas más memorables de su director, Tommaso exhibe un rechazo nada habitual a los manierismos intelectuales como maquinaria reflexiva. Quien esté dispuesto a aceptar la natural irregularidad de una propuesta alucinada que bordea, en varios momentos, la improvisación absoluta, se encontrará no solamente con un apasionante tratado acerca del hombre y del arte. Porque, en la coyuntura actual, Tommaso es una rara avis que avanza a contracorriente de las tendencias predominantes en la cultura. Frente al culto al capricho emocional, propone la reflexión anti sentimental; frente al control férreo sobre la materia prima, la intuición como brújula; y frente a la reescritura interesada del yo, su redescubrimiento sin temor a ingresar en territorios brumosos. Por eso Tommaso es, aparte de una inteligente —y acerva— crítica del universo codificado de Abel Ferrara, un ejemplar inusual de cine de autor liberado de peajes, deudas y agendas con fecha de caducidad, entregada del comienzo al fin a una búsqueda sin conclusiones predefinidas | ★★★★☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid




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