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    Crítica | Zeros and Ones

    Imágenes pese a todo

    Crítica ★★★★☆ de «Zeros and Ones», de Abel Ferrara.

    EE.UU., Alemania, Italia, Reino Unido. 2021. Título original: «Zeros and Ones». Director: Abel Ferrara. Guion: Abel Ferrara. Productores: Danny Chan, Valeria Correale, Simone Gandolfo, Brent Guttman, Philipp Kreuzer, Alex Lebovici, Pia Patatian, Diana Phillips, Manuel Stefanolo, Don Young. Productoras: Maze Pictures, Hammerstone Studios, Rimsky Productions, Macaia Film, Almost Never Films. Fotografía: Sean Price Williams. Música: Joe Delia. Montaje: Leonardo Daniel Bianchi. Reparto: Ethan Hawke, Valeria Correale, Dounia Sichov, Cristina Chiriac, Valerio Mastandrea, Babak Karimi, Stephen Gurewitz.

    Este año se ha hablado y escrito mucho sobre discursos presuntamente atrevidos, radicales, subversivos, innovadores, disruptivos, agitadores. Es larga la lista de adjetivos que se han empleado para distinguir del resto un puñado de películas encabezadas por Titane (Julia Ducournau, 2021), Benedetta (Paul Verhoeven, 2021), Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021), Annette (Leos Carax, 2021), Drive my Car (Doraibu mai ka, Ryûsuke Hamaguchi, 2021), First Cow (Kelly Reichardt, 2021) y otras que, supuestamente, reinventaban el viejo cine o se quedaban muy cerca de lograrlo. En la cultura del fenómeno en que nos hallamos inmersos, y que alimentan por igual festivales, plataformas y medios abducidos por la dinámica crematística de las redes sociales, pareciera que al cine le hace falta un hype semanal que pueda etiquetarse y venderse a determinados colectivos. Bien, eso es el capitalismo postpandémico; una máquina endiabladamente hábil en la detección de oportunidades en un mercado a la vez saturado y menguante. Lo expresaba de manera inmejorable hace unas semanas una viñeta del New Yorker: «Don’t mind the generation, or the genre. Just tell me how to take their money».

    Sin menoscabo de las virtudes que atesoran esas películas, el problema de esta tendencia es que un día aparece Abel Ferrara con una película como Zeros and Ones y no se sabe muy bien qué hacer con ella, ni con él, porque de repente todos esos adjetivos resultan tan generosos para definir una Titane como pobres para referirse a la última criatura del director de New Rose Hotel (1998). No se trata de comparar sino de ponderar, de tal manera que, como indica Didi-Huberman, sepamos si las imágenes tienen un significado per se, distinto al de las palabras, en una dimensión que les resulte propia y soberana, o por el contrario son meras traducciones de ideas, hilos y pensamientos literarios. Que sean imágenes pese a todo, o que pese a todo sean imágenes. Zeros and Ones es y propone exactamente eso: barriendo cualquier apunte retórico, y por tanto argumental, ofrece un relato que antepone la experiencia visual sin coartadas a toda tentativa de narrativa convencional. Es cine sustantivo, no adjetivo, por esta razón cuesta tanto elegir un calificativo que lo defina en los mismos términos y con el mismo propósito que las películas antes mencionadas. Ni siquiera debería intentarse porque nada en Ferrara es coyuntural, y la adjetivación lo es siempre. Si se trata de ubicarlo en un campo semántico específico, Ferrara es pura sustantivación trasladada a la imagen, esto es, a la creación de iconografías con existencia real e independiente. Imágenes memorables, no memorizables. ¿De cuántos cineastas puede decirse esto?

    En Zeros and Ones no hay huella en este sentido de modas o manierismos visuales contemporáneos; de referentes a los que anclar una plétora de adjetivos intercambiables de una película-evento a otra. La referencia es Ferrara, y en concreto su querencia por las texturas como vector inductivo de la imagen. Hace treinta años en analógico y ahora en digital, la mirada del director neoyorquino se sustenta en el tratamiento fotográfico de los átomos de luz que componen su bestiario expresivo. Le vale cualquier técnica y formato. En contraste con la limpieza formal de Tommaso (2019) y Siberia (2019), dos cintas de una serenidad compositiva apabullante, aquí apuesta por la cámara en mano, lo que le permite jugar con el grano digital, el zoom progresivo y el desenfoque. Estos recursos resultan idóneos para acompañar el largo viaje hacia la noche que protagoniza un buen Ethan Hawke en la piel de un militar norteamericano destacado en Roma para impedir un atentado terrorista y, de paso, averiguar el paradero de su hermano anarquista.

    Zeros and Ones, Abel Ferrara.
    Sección oficial del Festival de Locarno.

    «En Zeros and Ones no hay huella en este sentido de modas o manierismos visuales contemporáneos; de referentes a los que anclar una plétora de adjetivos intercambiables de una película-evento a otra. La referencia es Ferrara, y en concreto su querencia por las texturas como vector inductivo de la imagen».


    Esta historia es lo de menos, por supuesto, porque pronto se descubre que es un pretexto para experimentar con temperaturas de color, contrapuntos sonoros (algún día, espero, se reconocerá el trabajo de Joe Delia), asperezas y rugosidades varias de la imagen digital registrada de noche, sin luces de apoyo, o en escenarios iluminados por fuentes cálidas. Ferrara busca y encuentra las mejores imágenes de Zeros and Ones en la confusión deliberada entre figuración y abstracción. Transita con pasmosa facilidad de un código a otro exprimiendo cada partícula de luz hasta alterar su naturaleza, como queda patente en los paseos nocturnos del protagonista o en sus charlas con Stephen (Stephen Gurewitz). Reflejos, espejos, distorsiones y otros trucos ópticos ayudan a configurar un dispositivo que crea en el espectador una maravillosa sensación de desmemoria espacial y temporal. ¿Qué está pasando? ¿Dónde? ¿De qué manera? ¿De quiénes son esos rostros? ¿Por qué pasa esto? En esta clave alegórica cabe interpretar los ceros y unos a los que se refiere el título de un filme imprescindible para quienes nunca han creído en la muerte del cine. Menos lograda es la reflexión alrededor de la pandemia –la acción se sitúa en una Roma confinada– por cuanto el aislamiento y la incomunicación son temas recurrentes y bien tratados ya en la filmografía de Ferrara. Tampoco el sexo y las drogas conforman esta vez un agujero negro de verdades incómodas. Si acaso, la cualidad espectral de las imágenes que se derivan de estas cuestiones en Zeros and Ones confirma lo que ya anticipó el cineasta en Teniente corrupto (Bad Lieutenant, 1992), El rey de Nueva York (King of New York, 1990) y Blackout (Oculto en la memoria) (Blackout, 1997): estamos destinados a ser engullidos por nuestros propios monstruos. La esperanza, si la hubiera, la deposita en esa niña –su hija– que camina de espaldas en el último plano de la película. El Bosco, Goya y ahora Ferrara.


    Raúl Álvarez |
    © Revista EAM / Madrid


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