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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    SSIFF 2022
    SSIFF 2022
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★★★
    Walk Up
    Hong Sang-soo
    El cine será colectivo o no será


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2022. Título original: Walk Up / 탑. Dirección: Hong Sang-soo. Guion: Hong Sang-soo. Compañías productoras: Finecut, Jeonwonsa Film. Fotografía: Kim Min-hee. Montaje: Hong Sang-soo. Reparto: Kwon Hae-hyo, Lee Hye-young, Song Seon-mi, Cho Yun-hee, Park Mi-so, Shin Seok-ho. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de San Sebastián. Duración: 97 minutos.

    Hong Sang-soo lleva años complicando la sencillez del realismo de la forma más sencilla y realista posible. Hoy regresa, maduro y gustoso, con una película que propone lo mismo y todo lo contrario de sus últimas cintas, es decir, que yergue un artificio narrativo intricado y juguetón que no debe, ni puede, decodificarse más allá de la realidad que contiene en cada momento. Una propuesta tan deslumbrante como los derroteros de Ahora sí, antes no (2016), eso sí, con el cultivo y la claridad que le ha dado a Hong su entrada en etapa crepuscular. En Walk Up, el cineasta digiere los elementos transversales de su filmografía y los vuelve a poner sobre el tablero. Reúne a su troupe de habituales delante de cámara: un director de cine reconocido pero en horas bajas (el eterno padre negligente y desganado de Kwon Hae-hyo), la hija de él (Park Mi-so, en una variación de su personaje en Introduction), una cocinera que vive en el edificio y que actuará de interés romántico (Song Seon-mi), y la rica propietaria del inmueble, Kim (Lee Hye-yeong, protagonista de Delante de ti), una mujer «hecha a sí misma», entre la girlboss y una suerte de Cruella de Vil. Para disfrute de sus fans quedará el breve papel de Shin Seok-ho como Jules, asistente de Kim, y veremos a Kim Min-hee como directora de fotografía… Walk Up se sabe y se siente fruto gozoso de una obra amasada en comunidad.

    Como es habitual, Hong parte de un solo espacio neutro para cimentar su entramado narrativo (el café hoy son los pisos de un edificio residencial), una enésima versión de los retazos de diálogo «sin edulcorantes» que marcan su estilo. Con la finura de siempre, la tropa Hong hilvana un planteamiento que se dispara hacia el futuro por su propia incomodidad: el cineasta lleva años desconectado de su hija, pero hoy quiere reparar su falta visitando a una antigua amiga (Kim) para que le dé a la chica un empleo en el diseño de interiores (una nueva vocación, sospechamos, poco duradera). Se reunirán en un piso propiedad de la colega, quien tendrá con la hija una entrevista de trabajo, con el genio discreto de Hong, tan sincera como mal aterrizada… Digamos que la situación invita a beber (vino, y «que no sea del caro, pero que lo disfrutemos», como pide Kim a su asistente). Luego, el padre recibe una llamada de trabajo y se marcha «solo un rato», animando a las mujeres para que continúen con la sobremesa, como si él mismo conociera los raíles del cine de Hong. Todo marcha según lo previsto.

    La hija sale un momento para compartir un cigarrillo con Jules, el asistente de Kim, quien apunta acerca de la personalidad interesada e intransigente de su jefa. Sin embargo, tras una elipsis de unas cuantas rondas, esta se abre a un dolor más profundo, que coarta con silencios por verdades la sonrisa complaciente de antes. Kim pide a la chica que baje a por más vino; Hong aprovechará la salida para cortar… a otra sobremesa, meses más tarde. La joven ha dejado el puesto de aprendiz y su padre vuelve con el fin de disculparse (y, de paso, ligar con la cocinera del edificio). El salto temporal choca menos a quien conoce la ligereza maestra de Hong, enseñanza desde el cine para una vida más relativa. Pero Walk Up depara otro giro: retomará la secuencia de ellas y el vino al final de la película; cuando, igual que Kim, los personajes hayan cambiado todos tanto, de escena en escena, que se nos aparezcan como solo remezclas lejanas de sus yos originales. Cuando la hija por fin vuelva de la tienda con la botella de vino, ¿podremos pensar su regreso como continuación de una misma situación? Hong se mueve entre espejismos, sin necesidad de resolver o validar ninguna de sus caras (total, para qué).

    La variación también afecta al grupo de intérpretes, que en las sucesivas escenas vestirán botas radicalmente diferentes, como si la película ensayara varias versiones de su futuro. Primero el cineasta será un vegetariano que, ante una vida sentimental y laboral en plena crisis, se ha entregado por completo a cuidar su salud (la pasión que muestra por la lechuga y el aceite de oliva resultan insólitas). Lo dejaremos tumbado en la cama, imaginando un desenlace feliz para su historia y lamentándose a solas cual hombre-miserable medio de la tradición honguiana. En la secuencia siguiente, en un gesto magnánimo o cruel, la película accederá a sus deseos: Kwon ahora da vida a un cineasta enriquecido y exitoso, un amante de la barbacoa. El tipo explica tranquilo y sonriente, fumando mientras mastica algo de ginseng (es curativo), que no cree en Dios, pero que este se le apareció y que le encomendó filmar doce películas en la isla de Jeju. A la tristeza seca de su reverso vegetariano, la soltura de un personaje que es subproducto de otro y que, además, ha sido dibujado con la incongruencia como base.

    Cuando el padre finalmente vuelva a buscar a su hija, después de pasar más que «solo un rato» fuera, Hong lo encuadrará desde detrás de un árbol feísimo. Reconocemos a la cámara ahí, interrumpida por un tronco molesto, como celebrando su presencia cual otro peón más sobre el tablero. Desde el fondo de sus imágenes, Walk Up nos invita a pensar el cine como un organismo colectivo y horizontal, un juego que no nos regalará grandes certezas, pero sí nos puede ayudar a reconocernos bajo una luz más sostenible. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    agosto 23, 2023

    Crítica | En lo alto

    por Mariona Borrull Zapata | agosto 23, 2023
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★☆☆☆
    Winter Boy (Le lycéen)
    Christophe Honoré
    Los mil y uno espejismos del trauma


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián|

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: «Le lycéen». Dirección: Christophe Honoré. Guion: Christophe Honoré. Compañías productoras: Les Films Pelléas, Auvergne Rhône-Alpes Cinéma, France 2 Cinema. Música: Yoshihiro Hanno. Fotografía: Rémy Chevrin. Montaje: Chantal Hymans. Reparto: Paul Kircher, Vincent Lacoste, Juliette Binoche, Xavier Giannoli, Christophe Honoré, Wilfried Capet, Isabelle Thevenoux, Jean-Philippe Salerio. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de San Sebastián. Duración: 122 minutos.

    Fuera de foco, expectante, removido, a veces incluso alegre. «Mi vida se ha convertido en un animal salvaje que no puedo controlar sin que me muerda», así definirá Lucas (Paul Kircher) sus mareas emocionales. Son los términos absolutistas propios de un hígado adolescente atormentado, pero Christophe Honoré (Habitación 212) los toma de forma literal para organizar (o, al contrario, desorganizar) su nueva película. Dividido en dos tramos que se miran sin saberlo, el retrato psicológico de Honoré es arremolinado y estomacal, pues digiere en sus adentros imágenes venidas de la ensoñación, la confesión íntima y el deseo.

    Puramente democrático, el diario de Lucas explica qué vivió, pensó y proyectó en los momentos que rodearon la muerte de su padre. Serán instantáneas de confusión, orquestadas por el testigo del adolescente, que habla delante de cámara con las inflexiones de quien sabe estar diciendo algo trascendente, de verdad. Nasal, oclusiva, algo nerviosa, su voz dará la vuelta al calcetín de su psique, revelando todo aquello que dijo y no pretendía, lo que nunca contó y debería, y lo que pensó y no era cierto. Lucas habla de un accidente que tuvieron en la carretera, al que asistimos impertérrites. El incidente se presenta a partir de las formas del suspense, como si se tratara de los últimos instantes en la vida del padre. Sin embargo, luego, Lucas confesará que aquello le pareció una premonición… El día anterior al accidente que acabó con su vida, su padre y él tuvieron un pequeño derrape en la carretera, que acabó solo en susto. Honoré organiza un barullo alrededor de imágenes cristalinas y espera que montemos en ellas, como ya hicimos (con mucho más atino) en la excelente Abrázame fuerte de Mathieu Amalric.

    Menos oral que nunca, pero más sensorial y más sentido, el cineasta nos pedirá que nos acerquemos al proceso de duelo de Lucas con la piel porosa y las ideas relajadas. El chico va a pasar unos primeros días de luto del todo abrumado por su familia, aliada e invasora al mismo tiempo. Incapaz de sostener la compostura entre tanto ruido, Lucas se marchará una semana con su hermano mayor, François (Vincent Lacoste), hospedado en su piso en París. Dejará atrás el dolor del hogar, donde queda una Juliette Binoche que es la viva definición de una madre-coraje (me recuerda mucho a la mía). En París, François comparte apartamento con Lilio (Erwan Kepoa Falé), un amigo tranquilo y optimista. El entorno parece idóneo para curar el caos; lejos, distraído, en calma. Sin embargo, François necesita el piso cada día hasta tarde, por lo que Lucas se ve obligado a deambular sin rumbo por una ciudad enorme y fría. Otro atino (puntual) de Honoré, buen observador teen: el chico siempre va demasiado poco abrigado, siempre vuelve a casa entumecido.

    El chico desordenará la vida de todos a su alrededor, quijotizará la tranquilidad del lugar con su estado mental, vaporoso. Molestará a su hermano, enfadará a su colega, incluso se pondrá en peligro (suponemos) para dar alguna salida a su confusión. La segunda mitad de la película se organiza en lo temático como un cuento de Rohmer, combinando las conversaciones trascendentalistas y el tanteo con la dimensión espiritual, junto con un acercamiento sensible y sin tapujos al mundo de las citas de Grinder. En lo formal, seguirá un expresionismo entre el comentario de Hong Sang-soo, a base de zooms extremos, y la espectacularidad meticulosa del cine indie, con numerosos subrayados bajo forma de cámaras lentas e interludios musicales. Es un barullo conocido, cuya mezcla resulta en una cabriola algo aleatoria.

    Podremos pensar en las mareas repentinas de sus dos partes como dos batientes que se miran y se contaminan: primero, cómo la identidad de Lucas se forma al narrar (es decir, ordenar y descartar) las caras de una ausencia; luego, cómo esa ausencia inicial (y la narrativa que de ella se ha montado) acaba determinando toda su vida posterior. No obstante, la aleatoriedad y la relectura directa de sus fuentes acaban desgastando el poco brillo de la cinta… Hasta que la película acaba resultando un tanto molesta. Frustra más, incluso, si sopesamos el último gesto de Honoré, bajo forma de epílogo: incluir a la madre, aquella que sufría siempre en segundo término, como otra voz dentro de un diario personal que se revela miasma compartida. ¿Cómo chocarían las imágenes cristalinas de ambes alrededor de una misma pérdida? ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    mayo 12, 2023

    Crítica | Dialogando con la vida

    por Mariona Borrull Zapata | mayo 12, 2023
    || Críticas | ★★★★☆ |
    El inocente
    Louis Garrel
    Misterioso ladrón en París


    Alicia Rambla
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: L'innocent. Duración: 100 min. Dirección: Louis Garrel. Guion: Louis Garrel, Tanguy Viel, Naïla Guiguet. Música: Grégoire Hetzel. Fotografía: Julien Poupard. Reparto: Louis Garrel, Roschdy Zem, Anouk Grinberg, Noémie Merlant, Manda Touré, Léa Wiazemsky, Jean-Claude Pautot, Yanisse Kebbab, Florent Masarin. Productora: Les Films des Tournelles, arte France Cinéma, Canal+, Ciné@.

    Un hombre enseña cómo se carga una pistola. Describe cuáles son los pasos para hacerlo de forma segura, y con mucho cuidado los ejecuta él mismo. Acto seguido, la cámara se mueve y descubrimos que estamos en lo que parece un ensayo. Una mujer aplaude efusivamente y felicita al intérprete. Él le habla sobre una inminente libertad condicional, ella le da un beso y se despiden. En la siguiente secuencia, vemos que se casan en una prisión. Sobre estas capas se construye la nueva película de Louis Garrel, donde la interpretación y la presunción de inocencia sustentan la trama en una comedia de enredos a lo Woody Allen.

    El propio Garrel interpreta a Abel, hijo de Sylvie (Anouk Gringberg), la mujer que se casa con el preso, Michel (Roschdy Zem). Abel ha visto a su madre encadenar matrimonio tras matrimonio con hombres poco recomendables, todos presidiarios. Con mucho sentido del humor, el film se mueve por las definiciones de lo performativo en un mundo en el que cada cual ha escogido la careta que le va más a medida, como si de un baile de máscaras se tratara. Así pues, Abel, con la ayuda de su amiga del alma interpretada por Noémie Merlant, se dedicarán a hacer de detectives para ver qué se esconde detrás de la careta de inocente que Michel parece portar.

    Las localizaciones y espacios simbolizan el camino que Abel tendrá que recorrer para descubrir la verdad. Son recurrentes los viajes por carretera, como la secuencia en la que aparecen los créditos: vemos a Sylvie y el protagonista en un coche, persiguiendo el furgón que conduce a Michel al centro penitenciario tras casarse. A base de volantazos, la secuencia comprende diferentes mecanismos a través de los cuales se construirá la película. La pasión que mueve a Sylvie acelerar inobservante de los peligros de la carretera, los avisos constantes de Abel para que frene y con ello evite el accidente, hablemos del coche o de su relación amorosa.

    Abel se sumergirá hasta el fondo, impregnando todo su cuerpo y psique para descubrir qué hay detrás del misterio de Michel. No en vano es biólogo marino, trabajo que comparte con el personaje de Merlant. Pero a diferencia del mar y de los peces, el mundo de la delincuencia es uno del que no tienen demasiadas referencias, así que acabarán siendo presos de su propia búsqueda sin bombonas de oxígeno

    El inocente no aporta nada nuevo a la comedia de enredo, pero sí que retoma un género que parece ya en declive, al menos fuera de las taquillas masivas. Nos da un caramelito con gags bien construidos, rimas para hacer explotar la risa, trabajando el ridículo que provoca la investigación de Abel, pero dándole un vuelco llegado a la mitad del metraje. Y probablemente sea esa su virtud. Poder deshacerse de sus propias convenciones para acabar posicionando a todos sus personajes a la misma altura, una en la que nadie es ni tan bueno ni tan malo, en la que las simples circunstancias pueden llevar a cualquier persona a cometer los peores crímenes y viceversa. Su fotografía analógica y su música nos devuelven a tiempos pasados, asumiendo el riesgo de quedar encorsetada en sus propias convenciones. Con todo ello, saber ser refrescante moviéndose por una comedia que parecía perdida. Lo cual está bien. A veces, una quiere repetir el mismo menú para sentirse en casa, volver a ese restaurante que sabe a viejo pero que le devuelve cierto entusiasmo. ⁜


    ▼ L'Innocent, Louis Garrel
    Perlak del 70SSIFF.

    por Alicia Rambla
    abril 05, 2023

    Crítica | El inocente

    por Alicia Rambla | abril 05, 2023
    || Críticas | ★★★★☆ |
    Sparta
    Ulrich Seidl
    De la abyección al compromiso social


    Alicia Rambla
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Austria, 2022, Título original: Sparta. Año: 2022. Duración: 101 min. Dirección: Ulrich Seidl. Guion: Veronika Franz, Ulrich Seidl. Fotografía: Wolfgang Thaler, Serafin Spitzer. Reparto: Georg Friedrich, Hans-Michael Rehberg, Marius Ignat. Productora: Coproducción Austria-Francia-Alemania; Ulrich Seidl Film Produktion GmbH, Société Parisienne de Production, Essential Filmproduktion, arte France Cinéma, Bayerischer Rundfunk (BR), Coproduction Office.

    La pedofilia es un tema tan complicado de hablar como de mostrar. Son bien conocidos los miles de casos que afectan a la Iglesia, pero no tanto que es la primera causa de abuso sexual en el mundo, y que la gran mayoría de víctimas no son abusadas dentro de la comunidad eclesiástica, sino en su propio entorno familiar o de amigos. Por eso, el simple hecho de nombrar el tema puede despertar sospechas de inmoralidad. Hay mucho en juego, más de lo que a simple vista parece.

    En el 70º Festival de San Sebastián se ha desatado la polémica, nada novedosa, sobre la nueva película del director austríaco Ulrich Seidl— anteriormente cancelada en el Festival de Toronto—. En buena medida viene por supuestos abusos psicológicos y engaños a los niños actores, pero, además, el cineasta ya arrastra un historial de provocaciones ligadas a problemáticas sociales. En su manera de hacer cine, las barreras entre lo moral y lo inmoral, entre lo que está permitido mostrar y lo que no, se desdibujan a veces por lo provocativo de su lenguaje. Un equilibrio difícil que más de una vez ha roto, capeando el consiguiente temporal de críticas: algunas fundamentadas, otras discursos aprendidos de memoria sin pasar por el filtro de un sentido crítico propio, que acaban por integrarse en una conciencia colectiva, un diagrama preestablecido donde pareciera que el bien y el mal pueden someterse a juicio matemático hecho por y para todes. De este molde salen las críticas que hacen más ruido, porque están del lado de «la verdad».

    Sparta acompaña a un pederasta, Ewald (George Friedrich) —aclaremos que los pederastas y los pedófilos comparten filia, pero los segundos pueden no llevarla a cabo nunca—, mostrándolo en su proceso de convertir un colegio abandonado en su centro de operaciones, una «academia de judo» donde se crea un ejército espartano para sus fantasías más oscuras: un grupo de niños del pueblo quienes, por falta de alternativas de ocio y pertenecientes a familias violentamente disfuncionales, acaban sintiéndose como en casa con ese señor que los trata «con cariño». El protagonista se alimenta de su vulnerabilidad para acabar drenándolos sexualmente. Pero Ulrich, aun relegando el punto de vista a Ewald, no busca dignificarlo. Todo lo contrario. Como muches de sus protagonistas anteriores, no tiene redención posible. Seidl quiere mostrar, pero no hacer apología. La cámara se abona a planos generales que muestran una visión amplia de las cosas.

    Otra cosa es lo que no se ve. Sparta juega con nuestra imaginación para representar el horror. Un montaje que funciona mayormente por elipsis corta las secuencias antes de que el abuso ocurra, dejando vacíos para significar ese gran pozo en el que se siente el protagonista y al que está precipitando a sus víctimas. Porque Ewald es un perturbado que sigue «su instinto», pero también se castiga por ello. E inteligentemente, Seidl no cae en el regodeo, sino que es bien consciente del tema que trata y la posición desde la que trabaja. Quizás habría que pensar que la gran polémica que ha suscitado puede ser virtud: de la misma manera que no se ve el abuso en la película, por ahora no estamos contemplando en su totalidad lo que está grabado en el set, y es allí donde se debería dejar espacio a la reflexión sobre el precio en vidas, humanidad y dignidad que tienen las películas. No solo las que tratan temas complicados, y sin que eso implique justificar lo que haya podido ocurrir en el rodaje de esta. ¿Por qué cancelar Sparta cuando Saló, o los 120 días de Sodoma (Pierre Paolo Pasolini, Italia, 1975) ocupa aún un lugar relevante en la historia del cine?

    Es muy probable que lo que denuncia la película sea lo mismo que se ha ejercido en el rodaje, pero de momento habrá que seguir la investigación policial abierta. Aún así, lo cierto es que pocas películas hablan sobre un tema como la pedofilia, y menos con la honestidad que lo hace Seidl, conociendo también de dónde provienen las vulnerabilidades de los niños. Las conclusiones a las que el austríaco llega al final, como no es de extrañar en su visión del mundo, son totalmente devastadoras. No hay redención posible para nadie excepto para los niños, víctimas de un sistema de poder donde los padres de los mismos y Ewald acaban teniendo el mismo papel de abusadores, sea por el poder o para sus fantasías sexuales. ⁜


    ▼ Sparta, Ulrich Seidl
    Competición del 70SSIFF.

    por Alicia Rambla
    marzo 24, 2023

    Crítica | Sparta

    por Alicia Rambla | marzo 24, 2023
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★★☆ |
    Los reyes del mundo
    Laura Mora Ortega
    La tierra prometida


    Alicia Rambla
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Colombia, Luxemburgo, Francia, México, Noruega, 2022. Título original: «Los reyes del mundo». Duración: 103 min. Dirección: Laura Mora Ortega. Guion: Maria Camila Arias, Laura Mora Ortega. Música: Leonardo Heiblum, Alexis Ruiz. Fotografía: David Gallego. Reparto: Carlos Andrés Castañeda, Davison Florez, Brahian Acevedo, Cristian Campaña, Cristian David Duque. Productoras: Caracol Televisión, Ciudad Lunar Producciones, Dago García Producciones, Iris Productions, Tu Vas Voir Production, Talipot Studio, Mer Films.

    Los amigos son la familia que uno elige, o, en su defecto, a falta de una, lo que queda son los amigos. Los reyes del mundo (Laura Mora Ortega, Colombia, 2022) parte de una revolución individual en una pequeña comunidad para simbolizar lo que en su conjunto podría suponer una revolución colectiva latente. Las pocas alternativas que la sociedad les procura a los protagonistas de la segunda ficción de la directora colombiana carecen de cualquier definición que se pueda acercar al bienestar. Rá, Culebro, Sere, Winny y Nano, unos chicos que sobreviven al peligroso «callejeo» cotidiano en la periferia, se embarcan en un viaje hacia unas tierras que parece que ha heredado uno de sus componentes: Rá. Ante la inherente falta de recursos económicos, los medios de transportes que usarán serán de todo tipo.

    El filme inicia con una voz en off profética: «Un día todos los hombres se quedaron dormidos y los cercos de la tierra ardieron». Porque «Los reyes del mundo», más allá de la Colombia selvática que atravesarán para ir rumbo a reclamar lo que creen que es suyo, se compone en base a los sueños y las ilusiones que empujan al grupo de cinco chicos a tomar esa empresa. Un caballo blanco servirá de faro para que no pierdan de vista de dónde vienen y a dónde van, regalando la esperanza a quienes poseen unos ojos que han visto más de lo que deberían. Con este notable punto de partida, que aúna lo crudo con lo lírico, la película de Laura Mora supone un soplo de aire fresco en cuanto a ficciones sobre causas sociales ambientadas en urbes de grandes y deprimidos márgenes. Lejos ya de los límites de esta, nos adentramos en una road movie con sus tropos clásicos para equiparar el camino al arco de desarrollo para sus personajes, comparando una carretera por dónde se avanza hacia un destino con la conquista de un nuevo mundo interior a través de ella. Pero, desgraciadamente, lo físico, lo geográfico, juega un papel relevante. La selva es un territorio donde los chicos son carne de cañón y alimento para las bestias, aun sintiéndose, como bien dice el título, los reyes del mundo. Porque la cinta no se trata del canto a la libertad que sienten los protagonistas por empezar el viaje, sino del reino que creen haber conquistado; algo más que un espacio, un estado: la tranquilidad. Y Laura Mora se dedicará a representar en pantalla todo eso que no quieren experimentar, pero que por circunstancias que va más allá de ellos; están irremediablemente expuestos.

    Si hay una secuencia que logre condensar todos los anhelos, emociones y realidades que viven el grupo de los protagonistas es en la que encuentran un prostíbulo de noche donde parece que van a poder dormir. En su interior suena un piano desafinado y unas cuantas mujeres están a la espera de sus clientes, las que, por edad, podrían ser sus madres. Al final de la noche, tras lo que parece una noche de desenfreno, los jóvenes danzarán, con ese piano que crea melodías atonales, cada uno abrazado a una mujer como analogía del anhelo que sienten por la figura materna que no está. No es casualidad, que escenas más tarde incluso se replanteen abandonar su viaje en pos de un lugar que se acerca a oler a hogar. «Los reyes del mundo» contiene muchas escenas donde se unen todas las piezas que conforman el puzle de las aspiraciones que Rá y sus compañeros de viaje quieren acabar de completar. Una continua catarsis que remarca el carácter utópico de un viaje que podría ser el de cualquiera de sus coterráneos.

    Laura Mora consigue hacer un ejercicio de transversalidad a través de sus personajes para contar la situación de Colombia usando como vehículo narrativo tanto el viaje endótico como el exótico, recorriendo el territorio para crear situaciones en las que cada una representan problemáticas que tienen que vivir sus habitantes. No sin perder de vista la posibilidad de encontrar, entre tanta maleza y ruido, un sitio en el que reposar y establecerse, haciendo a todos sus protagonistas merecedores de una vida digna y tranquila; eso sí, no olvidando y siendo conscientes de que es una aventura que podría no ser posible por el riesgo que puede ser enfrentarse a las llamas y salir de ellas sin quemarse. Porque en esa tierra prometida, evidentemente quimérica, habitan unos demonios difíciles de erradicar, que están insertos en las raíces de su sociedad y de naturaleza en constante estado beligerante. El gran mérito de la cinta de Mora se halla en su capacidad para narrar este tránsito por este sendero que también une la juventud con la adultez con extraordinario sentido de la belleza. Una obra notable que trasciende el género con talento y sensibilidad. ⁜


    ▼ Los reyes del mundo, Laura Mora Ortega
    Concha de Oro del #70SSIFF.

    por Alicia Rambla
    marzo 17, 2023

    Crítica | Los reyes del mundo

    por Alicia Rambla | marzo 17, 2023
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★☆☆ |
    Suro
    Mikel Gurrea
    La Tramuntana que esparce el fuego


    Alicia Rambla
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    España, 2022, Título original: «Suro». Duración: 116 min. Dirección: Mikel Gurrea. Guion: Mikel Gurrea, Francisco Kosterlitz. Música: Clara Aguilar. Fotografía: Julián Elizalde. Reparto: Vicky Luengo, Pol López, Ilyass El Ouahdani. Productora: Lastor Media, Malmo Pictures, Irusoin, ETB, TV3, Institut Català de les Empreses Culturals.

    Los sueños y las esperanzas de un cambio de vida representan un terremoto para cualquiera que lo emprenda. Con mucha ilusión, a veces las personas nos reinventamos en una especie de huida hacia adelante con la confianza de que es lo que necesitamos para darle otro rumbo a nuestras vidas. Pero es una apuesta en la que se puede ganar o perder, una inversión, como dirían los economistas. En Suro (Mikel Gurrea, España, 2022) una pareja compuesta por Helena (Vicky Luengo) e Iván (Pol López) decide trasladarse a una masía que ha sido traspasada gracias a la herencia de la tía de la protagonista. La casa se encuentra en medio de un bosque de alcornoques, también propiedad de la finca, el que da un beneficio bastante rentable para quien lo posea por la posible explotación que se puede hacer del corcho. El título de la película, Suro, significa en catalán corcho y es el mismo que actuará como bisagra para abrir todos los conflictos de la pareja los cuales, por otra parte, ya se encontraban en un estado latente.

    Si bien Suro podría entrar en esta terna del cine localista el cual en esta última edición del Festival de San Sebastián ha tenido una notoria representación, se diferencia por el género al que se adscribe, un thriller que reflexiona sobre la propiedad privada, no por la expropiación como sería Alcarràs (Carla Simón, España, 2022) o Secaderos (Rocío Mesa, España, 2022); sino por el aburguesamiento del campo cuando, a consecuencia de la pandemia, la ciudad ha perdido interés para algunos por las nuevas posibilidades que da teletrabajo. La pareja de urbanitas decide irse a vivir al campo sin tener ni remota idea de cómo es la vida allí, teniendo idealizada lo fácil y rentable que podría ser el trabajo de sus tierras. La ópera prima de Gurrea bebe de la tradición de los home invasion; guardando claras referencias con Perros de paja (Sam Peckinpah, EEUU, 1971), en una reinvención relocalizada en las tierras del Empordà catalán, ese territorio en el que sopla del viento del norte que recibe el nombre de Tramuntana, el que, se dice, vuelve loca a la gente que lo experimenta en su cotidianidad. El sonido del caucho desenganchado de los alcornoques suena a la extirpación de la tierra para el beneficio del hombre, como si se estuviera robando algo que no le pertenece, con su posterior amenaza de incendio para que no pueda adueñarse más de eso que nunca fue suyo.

    La propiedad privada es un tema con el que Gurrea insiste en Suro, desde la idea más superficial como el latifundismo, al poder sobre los cuerpos de los trabajadores de las tierras, unos cuantos migrantes sin papeles que viven en condiciones insalubres. Ya que también otro de los temas que también trata la película es el racismo. Cataluña es una comunidad autónoma industrializada que aguarda en su población a muches migrantes, la mayoría provenientes del norte de África. No es coincidencia que una zona con tanta industria necesite de mano de obra barata para hacer de sus productos algo asequible. En la era del low cost, el capitalismo se beneficia de la necesidad de la gente que busca una vida mejor fuera de su país y por lo tanto se explota todo lo posible en pos de la rentabilidad. Gurrea plantea el tema de la xenofobia en la clase obrera, un mal endémico de generaciones en la comunidad autónoma norteña, de una manera transversal y a partir de la relación que tienen Helena e Iván con un migrante al que deciden acoger en su casa por caridad.

    Pero también, en un sentido más interno de los personajes protagonistas, el filme representa una visión sobre la masculinidad frágil de Iván frente la necesidad de responsabilizarse de todo de Helena. Cada uno ejerce un rol tristemente clásico, coyuntura que servirá de detonante para que literalmente todo se prenda. Iván por su intento de querer ayudar en una tarea que totalmente desconoce como es la de cosechar el caucho de los alcornoques, disfrazando la poca falta de fe que tiene en los trabajadores que le han costado más barato de lo que esperaba, representando así las contradicciones de sus propios valores. Por otro lado, Helena, quien al principio parece la más acomodada, acabará haciendo trabajo de más por lo que debería de hacer, ya que se encuentra en situación de embarazo, llevando su cuerpo al límite cuando Iván le insiste que no es necesario, pero sin aportar éste ninguna alternativa a las labores que la casa requiere, como por ejemplo arreglar el depósito de agua para casos de incendios que la ley pide que tenga una propiedad de esa extensión. Así pues, la Tramuntana llegará, junto con el fuego que se esparcirá gracias a ella, pero dejar en claro, que lo que parecía un terreno idílico solo era un espejismo, un espacio para convertirlo en cenizas, si no había sido fruto de las llamas antes de que vieran el fuego. ⁜


    ▼ Suro, Mikel Gurrea
    Competición del 70SSIFF.

    por Alicia Rambla
    diciembre 03, 2022

    Crítica | Suro

    por Alicia Rambla | diciembre 03, 2022
    || Críticas | #SSIFF 70 | ★★★★☆ |
    La maternal
    Pilar Palomero
    Una posible vida a cambio de otra


    Alicia Rambla
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    España, 2022. Título original: La maternal. Duración: 100 min. Dirección: Pilar Palomero. Guion: Pilar Palomero. Fotografía: Julián Elizalde. Reparto: Carla Quílez, Àngela Cervantes, Jordan Dumes, Pepe Lorente, Olga Hueso, Rubén Martínez, Gal-la Sabaté, Neus Pàmies. Productora: Inicia Films, BTeam Pictures, RTVE, TV3, Aragon TV, Movistar Plus+.

    La experiencia adolescente se ha contado desde lo universal. Se tiende, por una parte, a demonizarla y, por otra parte, a dignificarla a través de los años y la perspectiva que aporta el tiempo. Es en sí una etapa de la vida en la que cualquier acto de moralidad dudosa se excusa por las hormonas que ponen el cuerpo y la mente patas arriba. Es normal que, ante todo ese coctel hormonal e identitario, nazcan emociones como la rabia, la frustración por no sentir que se haya venido a esta vida con un propósito concreto y que eso acabe supurando por todos los intersticios que conforman el día a día. La protagonista de La maternal es presentada en pleno allanamiento de morada, con unas ganas incontenidas de destruir el mundo que se ha alzado ante ella, como si tuviera la responsabilidad de detonarlo para así, quizás, tener la oportunidad de reconstruirlo de sus pedazos. No es casualidad que Carla (Carla Quílez), con sus 14 años, sienta que en cualquier momento va a dejar de respirar. Su entorno se ha construido a través de la asfixia. Como si ese aire infecto que inhala vaya a acabar por permear todo lo que alguna vez sintió como bello, o toda esperanza en que puede haber un mundo mejor. Pero la vida le tiene preparada una posibilidad de cambiar su destino.

    La maternal retrata una realidad adolescente que se siente anómala: chicas jovencísimas que se quedan embarazadas y deciden gestar a sus hijos. A partir de esta premisa, Carla puede darle un giro a su vida gracias a la posibilidad de vivir en una casa de acogida donde caben chicas en sus condiciones desfavorables de clase. A través de la visión de Carla, Palomero irá mostrando diferentes posturas de mujeres que se encuentran criando a sus hijos en estas condiciones. Pero más allá del retrato, la directora plantea un debate de lo más sugerente. A saber: es la promesa de bienestar lo que permite a Carla tener su bebé, pero es solo su hijo lo que que garantiza esas condiciones de vida. Se crea así una situación que enfrentará a Carla a sus propias contradicciones y encontrar su sitio en el mundo. Obligándola a tener que aceptar algo en pos de otra vida que le gustaría vivir… cuando esa otra vida es lo que inmoviliza a Carla para llevar a cabo sus propios propósitos en su nueva vida.

    Con una fotografía cruda, de colores desaturados, la directora presenta un pedazo de la realidad de algunas adolescentes, de la mano de una familia desestructurada como a la que pertenece Carla. La negación de la pareja de su madre saca a relucir diversos problemas transversales por los cuales leer la historia que La maternal narra, como si de alguna manera la decisión de Carla también pudiera pasar por la necesidad de cortar la rueda de la precariedad emocional para sanar los vínculos que podría tener ella con su futuro hijo; pero a la vez, sus propias contradicciones detonan que su propia identidad esté en juego ante algo que sabe en su interior que no debería estar haciendo. Por eso, siguiendo una lógica de hecho-consecuencia en la psique de Carla, toda la situación la ha hecho aprender, inscribiendo así la película en el coming of age en un contexto que requiere de inmediatez para sobrellevar el delicado momento vital, no teniendo el espacio suficiente en el que poder desarrollar habilidades como la resiliencia. La maternal, si bien juega con la realidad y la ficción, tiene la capacidad de dar voz a historias silenciadas, exponer las situaciones que vive un estrato de la sociedad y las vidas que se gestan a partir de estas experiencias. ⁜


    ▼ La maternal, Pilar Palomero
    Competición del 70SSIFF.

    por Alicia Rambla
    noviembre 22, 2022

    Crítica | La maternal

    por Alicia Rambla | noviembre 22, 2022
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★★☆
    Girasoles silvestres
    Jaime Rosales
    Píntame sobre mis ex


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián|

    ficha técnica:
    España, Francia, 2022. Título original: «Girasoles silvestres». Dirección: Jaime Rosales. Guion: Jaime Rosales, Bárbara Díez. Compañías productoras: Fredesval Films, A Contracorriente Films, Oberón Cinematográfica, Luxbox, RTVE, TV3, Movistar Plus+. Fotografía: Hélène Louvart. Montaje: Lucía Casal. Reparto: Anna Castillo, Oriol Pla, Quim Àvila Conde, Lluís Marqués, Manolo Solo, Carolina Yuste. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de San Sebastián. Duración: 107 minutos.

    Es peligroso omitir la ironía de entre nuestras lecturas para con la nueva película de Jaime Rosales (Petra, 2017). No por ser una vuelta al naturalismo descarnado de Hermosa juventud (2014) se alejará Girasoles silvestres del comentario. De hecho, el distanciamiento rige las articulaciones de la narrativa desde su estructura misma: tomamos la temperatura al personaje de Julia (Anna Castillo), pero solo mirando a tres de los hombres que la marcaron. La maniobra no es cómoda… Implica partir de las formas observacionales típicas del retrato de personaje, esta vez poniéndolas al servicio de una radiografía de las relaciones entre caracteres. Todo, para hablar un poco de Julia y de cómo se relaciona con sus parejas, sus dos hijes y con el mundo.

    En realidad, de sus hombres sabremos más bien poco. «Lo justo», pensaríamos, porque existen dos verdades evidentes para cualquier patio de butacas: la primera, que los tipos son rotativos e intercambiables en la vida de Julia (su misma hermana, Carolina Yuste, le pide, por favor, que «deje de pensar con el coño») y que, por lo tanto, la propuesta de Rosales (un novio, un capítulo) podría extenderse como serial de infinitas temporadas. La segunda, que con ninguno de ellos Julia es realmente feliz… En la película, como en la vida, las frustraciones encadenadas irán de la mano con el cansancio y la quemazón. Por ello, cuando llegamos al tercero de los hombres de Castillo, la tolerancia será ya un bien escaso. Duchos en su cálculo de las distancias, el guion de Jaime Rosales y Bárbara Díez, así como el montaje de Lucía Casal, van a ofrecer y ordenar la cantidad justa de matices para que se ellos construyan solo en relación al verdadero palo de pajar de la película, Julia. Como si la misma Julia nos estuviera relatando sus complicadas relaciones con los hombres, eludiendo los pasajes de languidez y ensombreciendo los pocos momentos de felicidad genuina. Amigues suyes por un rato, un montaje expresivo abrirá las puertas a saber de ellos solo en tanto que «hombres de». El trato es denigrante, pero la película no va de…

    Ni de Óscar (Oriol Pla), gañanérrimo chulopiscinas con looks de chiquilicuatre, todo bocas. El personaje nace de la sublimación del bobalicón increíble que es Oriol Pla (expresivo, desmesurado y, como decía Carlos Loureda, un poco borderline), así como de una planificación afilada, que sabe qué distancias se extienden entre lo que dice y lo que cree (ergo, sabe adónde situar la cámara). Al principio, Óscar resulta excéntrico hasta llegar a la simpatía. Sin embargo, pronto queda claro que sus dinámicas se basan en el control y el castigo; que es un maltratador violento. Recuperamos la cuestión del alejamiento en uno de los pocos momentos de expresividad dentro de la planificación de la película: cuando Rosales sitúa su cámara directamente en medio de una tremenda pelea entre Julia y él. Callejón sin salida, Julia vuelve con un hombre que es un poco más «familia», Marcos (Quim Àvila). De hecho, pasará un buen tramo de cinta antes de que se desvele que, en efecto, él es algo más que un hermano o un buen amigo. Marcos vive en Melilla, adonde se retiró para alistarse en el ejército (nuestra cabeza traduce: «y huir de sus responsabilidades»). Es el padre de les dos niñes de Julia, de quien tuvo que criar íntegramente ella. Marcos no entiende que una manutención no paga todo el trabajo de cuidados infantiles y, claro, cuando empiece a desentenderse de las tareas más sencillas, su relación se esfumará con la rapidez límpida de un corte de montaje.

    De vuelta a Barcelona, Julia acabará con quien fuera un buen amigo de la infancia, el más educado e inocuo de los tres, Álex (Lluís Marquès). Sin embargo, su masculinidad está lejos de ser deconstruida, y acabará poniendo trabas a cualquier intento de emancipación de la joven, incluido impedirle estudiar para un examen de Enfermería al que lleva años aspirando (su relación recuerda a la toxicidad discreta y pegajosa de Millennium Mambo). Aunque el lobo se vista de caperucita roja… He aquí la importancia de nuestro primer aviso: para la película de Rosales, hay que aprender a leer entre líneas. Anna Castillo se sube a una auténtica montaña rusa emocional (la de los hombres, la de siempre) que sí le permitirá rozar verdaderos instantes de felicidad, pero cuyas subidas no pueden imaginarse sin un descenso súbito al pozo más oscuro de la tragedia. Todos los momentos de alegría, por lo tanto, se distorsionan bajo la lupa del modo condicional (Julia podrá ser feliz siempre que se abandone a las formas de sus hombres). El final de la película, acomodado y ya sin disputas, resulta especialmente duro por ello. Atención. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    octubre 16, 2022

    Crítica | Girasoles silvestres

    por Mariona Borrull Zapata | octubre 16, 2022
    || Críticas | #SSIFF 70 | ★★☆☆☆ |
    Pornomelancolía
    Manuel Abramovich
    Vacíos llenos de purpurina


    Alicia Rambla
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Argentina, 2022. Título original: Pornomelancolía. Duración: 94 min. Dirección: Manuel Abramovich. Guion: Manuel Abramovich, Fernando Krapp. Fotografía: Manuel Abramovich. Reparto: Lalo Santos. Productora: Coproducción Argentina-Francia-Brasil-México; Desvia Productions, Dublin Films, Gema Films, Mart Films.

    En la época de los aesthetics, es normal que la ornamentación tenga un peso fundamental en la cultura, el blin blin que diría Bad Gyal. Y es que el referenciarse en la época dorada del capitalismo de los 2000 tiene sus cosas. La suntuosidad por encima de las formas y la purpurina por encima de sus fondos resulta en una superficialidad que no ahonda en sus cuestiones y menos en sus respuestas, sino en la capacidad de brillar que tienen sus materiales en su fisicidad más inmediata. Abocados ante esa inmediatez aparece el ansia que todo lo quiere para ayer… y en este todo aparecen los cuerpos. Del ansia se alimentan plataformas tan populares como Onlyfans que hacen bandera de esa tan nombrada «libertad», la misma que es coartada por las estéticas imperantes que no permiten ver más allá de lo que simplemente deslumbra.

    Se hubiera dicho que Pornomelancolía venía a rendir cuentas a todas estas cuestiones y ofrecer una perspectiva más crítica ante la libertad del cuerpo mercantilizada y, por qué no, del consentimiento. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que encontramos es una pieza que se da la mano con todo eso que quiso destruir, pecando de superficial y vacua. No va más allá de mostrar escenas bien iluminadas de porno gay y la relación del protagonista, Lalo, con las nuevas plataformas de intercambio pornográfico. Carece además de una evolución cohesiva en sus conclusiones. Ya en una de sus primeras escenas contiene en potencia todo eso que Abramovich no consigue llevar a puerto. En ella, vemos un rodaje de una película porno de rol en la que el protagonista y otro hombre interpretan a los revolucionarios Pancho Villa y Emiliano Zapata, como si el director quisiera trazar un discurso político a través de esas imágenes tan impregnadas de ideas. Esto es, el protagonista se encuentra desempleado cuando decide entrar en la industria, de modo que podría ser un germen para desatar alguna revolución, interior al menos, y simbolizar con los insurrectos todos los claroscuros que ejercen de muro de carga de la industria.

    Hay más piezas que podrían seguir tejiendo ese discurso que se resquebraja según avanza el metraje. Hay alguna mención al VIH con el propósito de reducir sus estigmas, pero que una vez más están cargadas de pretensión sin forma ni fondo posible más allá de lo explicativo. Como quien trata de sintetizar en Instagram o Twitter una problemática que requiere más texto que el que se le dedica por la propia naturaleza del medio y acaba por convertirlas en ideologías de usar y tirar. Por reciclarlas en blin blin.

    La soledad de Lalo se contrapone a su desempeño en los estudios. Si bien en los rodajes está rodeado de gente con la que confraternizar, solo acaban siendo compañeros, que abocan su vida a una rueda existencialista en la que solo es posible salir del aislamiento a través del trabajo. Como idea formal es probable que sea la mejor ejecutada, ya que la gran mayoría de composiciones de la película son primeros planos y planos medios para que nos quedemos con él, con su expresión; para intentar mirar a los ojos huecos de quien siente que no hay otra alternativa viable para sobrevivir en el mundo. Empero, más allá de esta idea formal, no hay un desarrollo en su planificación. La película muestra rostros tristes, ¿pero para qué?

    A todo ello hay que sumar a las declaraciones del protagonista previas al estreno, acusando a director y productores de no disponer de un especialista en salud mental en el rodaje, de presionarle para grabar cuando estaba «emocionalmente roto», y de haber hecho escenas porno pese a su negativa. Otro detalle que revela que hay más vanidad que una preocupación sincera de contar temas ligados a las luchas sociales, siendo Abramovich preso de sus disertaciones superficiales, y acabando irónicamente por ser ejecutor de las violencias que quería criticar. ⁜


    ▼ Pornomelancolía, Manuel Abramovich
    Competición del 70SSIFF.

    por Alicia Rambla
    octubre 03, 2022

    Crítica | Pornomelancolía

    por Alicia Rambla | octubre 03, 2022
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★★☆
    La consagración
    de la primavera
    Fernando Franco
    De las pequeñas a las grandes incertidumbres


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián|

    ficha técnica:
    España, 2022. Título original: «La consagración de la primavera». Dirección: Fernando Franco. Guion: Fernando Franco, Bego Aróstegui. Compañías productoras: Blizzard Films, Lazona Producciones, Kowalski Films, Ferdydurke, Canal Sur Radio y Televisión, ICAA, Movistar Plus+. Música: Maite Arrotajauregi, Beatriz Vaca. Fotografía: Santiago Racaj. Montaje: Miguel Doblado. Reparto: Valèria Sorolla, Telmo Irureta, Emma Suárez. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 110 minutos.

    A Laura la conocemos a solas en un balcón, distraída, mordisqueando el borde de un vaso de gintonic. Dentro de casa, suena un greatest hit latino sin ambiente, que ella oye sin atender. Luego conoceremos que el gintonic tampoco le entusiasma. La chica está por estar, como la joven del vaso de El almuerzo de los remeros de Pierre-Auguste Renoir (1881), de ensimismamiento célebre gracias a la Amélie de Jean-Pierre Jeunet (2001). Claro que ella no es Audrey Tautou, y al cabo de juguetear con el borde, la copa se rompe. Oiremos el agrietarse con claridad, acompañado por un gesto de recogerse algo de dentro de la boca que podría parecer la nada, pero duele. Aunque la chica no estuviera nunca del todo ahí, la nueva película de Fernando Franco se propone acompañarla muy, muy de cerca.

    Las fuentes rugen más fuerte cuando la chica, Laura (Valèria Sorolla), pase por su lado, como si la absoluta centralidad que la cámara le otorga fuera suficiente para vivir el mundo sobre la superficie cálida, rugosa y hondamente tangible de sus hombros. Sin gafas, su personaje nacería de la tradición del recato y del miedo a los hombres (reflejo naturalista de la prude): una más de aquellas que se etiquetan por «tímidas», como si ello las descartara inmediatamente. En efecto, es todo un reto anotar a cuántas direcciones pueden dirigirse los ojos de alguien que no puede mirarnos a la cara, y las pausas que pueblan de forma natural sus interacciones podrían sacar al conversador impaciente de sus casillas. La chica es primero tímida y, luego, todo lo demás. Eso es, tras el silencio que la define, se intuyen amagos de tantas otras cosas: algo de revulsión en aquella ceja arqueada con firmeza, chasqueos repentinos de curiosidad, indecisión y un poco de miedo en una cabeza que gira a ambos lados como liberada. Cuando ella baja la barbilla, nos preguntamos qué piensa, siente y quiere. La apuesta de Fernando Franco pasa por destilar (todas) las capas de nuestra simpatía, poco a poco.

    La consagración de la primavera, dar voto a las cosas que empiezan, no implica necesariamente explotar en luz y colores, sentir todo intenso o subir el volumen de la música hasta la matraca. A una semana de estudiar en Madrid, Laura se ha instalado Tinder y ya tiene una cita: un tipo con el que intercambia solo unas palabras antes de que la lleve de fiesta dura (algo de coca y líos en un bar es duro, si esta es la primera cita de tu vida). Tampoco es que ella haya decidido estar ahí, más allá de la pura inercia. Su proceso de ajuste emocional, gran palo de pajar de la película, se erigirá a base de ofrecer leves resistencias al torrente que es la primera edad adulta. En sus pequeñas grandes decisiones se esconderá el alma de un personaje que es pura memorabilia de aquellos pasitos y trastabilleos que nos fueron marcando. La chica se prueba un jersey que considera demasiado atrevido; le queda fenomenal. Se mira al espejo, corte de montaje, y ya no lo lleva. Que cada cual rellene ese paréntesis a base de sus propias rayadas ante el espejo.

    Las rayadas, cómo no, rebosan de la confluencia entre aquellos deseos que nos cuesta realizar y el miedo a la respuesta de un mundo que se nos escapa de control. Rayarse se mueve en la misma línea que crecer. Por ello, cuando Laura conoce a David (Telmo Irueta), nos planteamos cuánto de eso hay en sus silencios. David es algo mayor que ella y sufre parálisis cerebral, pero es sexualmente activo y enseguida le lanza un par de indirectas. La mirada empática de Fernando Franco se dedicará a partir de entonces a tomar el pulso a su relación: ella no responde inmediatamente al primer WhatsApp de él, agradeciéndole una visita. ¿Es raro? Cuando ella se entere de que él ha escrito un blog divulgativo acerca de la asistencia sexual (y que él mismo la usa), el tema saldrá y se omitirá a la vez, a base de silencios, que quien la haya observado de cerca deberá concretar. Esa caída de ojos, ¿era incomodidad o vergüenza? De las pequeñas a las grandes incertidumbres, sobre todo cuando Laura se proponga como asistente sexual de David (y se lo pida a su madre, una espléndida Emma Suárez). ¿Cuánto hay de rebeldía, cuánto de vértigo y cuánto de sí misma hay en su deseo? Puede que preguntándonoslo descubramos algo de nosotres mismes, hace mucho. Esta es la apuesta, sencillísima, de La consagración de la primavera. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    octubre 01, 2022

    Crítica | La consagración de la primavera

    por Mariona Borrull Zapata | octubre 01, 2022
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