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    Crítica | Walk Up

    || Críticas | #SSIFF70 | ★★★★★
    Walk Up
    Hong Sang-soo
    El cine será colectivo o no será


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2022. Título original: Walk Up / 탑. Dirección: Hong Sang-soo. Guion: Hong Sang-soo. Compañías productoras: Finecut, Jeonwonsa Film. Fotografía: Kim Min-hee. Montaje: Hong Sang-soo. Reparto: Kwon Hae-hyo, Lee Hye-young, Song Seon-mi, Cho Yun-hee, Park Mi-so, Shin Seok-ho. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de San Sebastián. Duración: 97 minutos.

    Hong Sang-soo lleva años complicando la sencillez del realismo de la forma más sencilla y realista posible. Hoy regresa, maduro y gustoso, con una película que propone lo mismo y todo lo contrario de sus últimas cintas, es decir, que yergue un artificio narrativo intricado y juguetón que no debe, ni puede, decodificarse más allá de la realidad que contiene en cada momento. Una propuesta tan deslumbrante como los derroteros de Ahora sí, antes no (2016), eso sí, con el cultivo y la claridad que le ha dado a Hong su entrada en etapa crepuscular. En Walk Up, el cineasta digiere los elementos transversales de su filmografía y los vuelve a poner sobre el tablero. Reúne a su troupe de habituales delante de cámara: un director de cine reconocido pero en horas bajas (el eterno padre negligente y desganado de Kwon Hae-hyo), la hija de él (Park Mi-so, en una variación de su personaje en Introduction), una cocinera que vive en el edificio y que actuará de interés romántico (Song Seon-mi), y la rica propietaria del inmueble, Kim (Lee Hye-yeong, protagonista de Delante de ti), una mujer «hecha a sí misma», entre la girlboss y una suerte de Cruella de Vil. Para disfrute de sus fans quedará el breve papel de Shin Seok-ho como Jules, asistente de Kim, y veremos a Kim Min-hee como directora de fotografía… Walk Up se sabe y se siente fruto gozoso de una obra amasada en comunidad.

    Como es habitual, Hong parte de un solo espacio neutro para cimentar su entramado narrativo (el café hoy son los pisos de un edificio residencial), una enésima versión de los retazos de diálogo «sin edulcorantes» que marcan su estilo. Con la finura de siempre, la tropa Hong hilvana un planteamiento que se dispara hacia el futuro por su propia incomodidad: el cineasta lleva años desconectado de su hija, pero hoy quiere reparar su falta visitando a una antigua amiga (Kim) para que le dé a la chica un empleo en el diseño de interiores (una nueva vocación, sospechamos, poco duradera). Se reunirán en un piso propiedad de la colega, quien tendrá con la hija una entrevista de trabajo, con el genio discreto de Hong, tan sincera como mal aterrizada… Digamos que la situación invita a beber (vino, y «que no sea del caro, pero que lo disfrutemos», como pide Kim a su asistente). Luego, el padre recibe una llamada de trabajo y se marcha «solo un rato», animando a las mujeres para que continúen con la sobremesa, como si él mismo conociera los raíles del cine de Hong. Todo marcha según lo previsto.

    La hija sale un momento para compartir un cigarrillo con Jules, el asistente de Kim, quien apunta acerca de la personalidad interesada e intransigente de su jefa. Sin embargo, tras una elipsis de unas cuantas rondas, esta se abre a un dolor más profundo, que coarta con silencios por verdades la sonrisa complaciente de antes. Kim pide a la chica que baje a por más vino; Hong aprovechará la salida para cortar… a otra sobremesa, meses más tarde. La joven ha dejado el puesto de aprendiz y su padre vuelve con el fin de disculparse (y, de paso, ligar con la cocinera del edificio). El salto temporal choca menos a quien conoce la ligereza maestra de Hong, enseñanza desde el cine para una vida más relativa. Pero Walk Up depara otro giro: retomará la secuencia de ellas y el vino al final de la película; cuando, igual que Kim, los personajes hayan cambiado todos tanto, de escena en escena, que se nos aparezcan como solo remezclas lejanas de sus yos originales. Cuando la hija por fin vuelva de la tienda con la botella de vino, ¿podremos pensar su regreso como continuación de una misma situación? Hong se mueve entre espejismos, sin necesidad de resolver o validar ninguna de sus caras (total, para qué).

    La variación también afecta al grupo de intérpretes, que en las sucesivas escenas vestirán botas radicalmente diferentes, como si la película ensayara varias versiones de su futuro. Primero el cineasta será un vegetariano que, ante una vida sentimental y laboral en plena crisis, se ha entregado por completo a cuidar su salud (la pasión que muestra por la lechuga y el aceite de oliva resultan insólitas). Lo dejaremos tumbado en la cama, imaginando un desenlace feliz para su historia y lamentándose a solas cual hombre-miserable medio de la tradición honguiana. En la secuencia siguiente, en un gesto magnánimo o cruel, la película accederá a sus deseos: Kwon ahora da vida a un cineasta enriquecido y exitoso, un amante de la barbacoa. El tipo explica tranquilo y sonriente, fumando mientras mastica algo de ginseng (es curativo), que no cree en Dios, pero que este se le apareció y que le encomendó filmar doce películas en la isla de Jeju. A la tristeza seca de su reverso vegetariano, la soltura de un personaje que es subproducto de otro y que, además, ha sido dibujado con la incongruencia como base.

    Cuando el padre finalmente vuelva a buscar a su hija, después de pasar más que «solo un rato» fuera, Hong lo encuadrará desde detrás de un árbol feísimo. Reconocemos a la cámara ahí, interrumpida por un tronco molesto, como celebrando su presencia cual otro peón más sobre el tablero. Desde el fondo de sus imágenes, Walk Up nos invita a pensar el cine como un organismo colectivo y horizontal, un juego que no nos regalará grandes certezas, pero sí nos puede ayudar a reconocernos bajo una luz más sostenible. ⁜


    , Hong Sang-soo
    Competición 70ª edición del Festival de San Sebastián.

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