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    Crítica | Las chicas están bien

    || Críticas | Karlovy Vary Film Festival 2023 | ★★★★★ |
    Las chicas están bien
    Itsaso Arana
    La fuerte palabra, la inmensa ternura


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    España, 2023. Dirección: Itsaso Arana. Dirección de fotografía: Sara Gallego. Dirección de arte: Laura Renau. Intérpretes: Itsaso Arana, Bárbara Lennie, Irene Escolar, Helena Ezquerro, Itziar Manero y Gonzalo Herrero. Duración: 85 minutos.

    En el interior del corazón, junto a un molino o al margen de todas las demás imágenes, cuatro mujeres hilvanan e intercambian palabras. Decía Ingmar Bergman, cuando rodó Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972), que sus interiores fueron diseñados para sugerir la traducción visual del alma, y puede que justo cincuenta años después Itsaso Arana recoja aquel guante y recupere la senda perdida del sueco para hacerla desembocar junto a una cama de atrezzo, justo aquí al lado, en un miriñaque transparente o en un río que fluye al mismo tiempo hacia los amores pasados y las promesas del futuro. Lo dirá Bárbara (Bárbara Lennie) en uno de los momentos más estremecedores del relato: nos sentimos acompañados por los tiempos vividos, y así cada vez podemos acoger a la soledad con menos pánico.

    El tiempo, la bella preocupación del cine, es aquí la punta del compás con el que Arana traza la circunferencia perfecta de la vida: nacimientos, placeres, actuaciones, devenires, despedidas. La suya es una película gigantesca, una suerte de cosmogonía de los afectos en la que todo lo digno de ser rodado o de ser fingido comparece frame tras frame: sorprende que lo que muchos considerarán un prodigio de humildad sea, al contrario, un suntuoso ensayo sobre la experiencia misma de estar vivo. No es poca cosa para una película, para una ópera prima que a ratos parece un cuento infantil, a ratos una obra de teatro de vanguardia, a ratos una novela de aprendizaje y a ratos un réquiem. Quizá todo sea la misma cosa y por eso Arana tiene algo de creadora barroca, a medio camino entre la sensualidad y la calavera, entre la carcajada y el espasmo, entre la danza y el cadáver. Quizá también por eso la dulcísima luz fotografiada por Sara Gallego, un portento pictórico en el que las texturas, los materiales visuales, los gestos, las velas y los anocheceres tienen algo entre la magia y el costumbrismo, entre la memoria y la más carnívora belleza. Porque, debe decirse: la película de Arana se presenta como un ensayo en unos créditos deliciosos, un ensayo a partir de un ensayo, una cierta búsqueda, y sin embargo, sus imágenes no tienen nada de desmañado, de gratuito o de azaroso. Y no será, sin duda, porque no respiren una desarmante naturalidad, sino porque en ellas caben todos los tonos y los matices que se le pueden pedir a una película. Voy a poner un simple ejemplo: en las escenas en las que observamos a las cuatro actrices trabajar la obra sobre la que se levanta Las chicas están bien, la cámara propone una suerte de movimientos casi circulares, suntuosos desplazamientos entre los cuerpos y los trajes, caricias visuales que hacen suyo un cierto neoclasicismo pero que, a su vez, son otra cosa. La sensación se multiplicará apenas unos minutos antes del final cuando una serie de suntuosos fundidos encadenados consigan que los cuerpos vaguen, fantasmales pero materiales, casi como si el cine en un ataque de celos hubiera decidido arrojarse con todas sus fuerzas contra el teatro. Lo que emerge es, lógicamente, una dialéctica narrativa en la que el enfrentamiento podría ser un mordisco cariñoso o un arañazo de brisa/visualidad. Arana ensaya el ensayo de su propia escritura cinematográfica y así se confirma, uno diría que casi sin quererlo, como una autora con nombre propio y peso propio, una voz que —no escapo a la paradoja— no es únicamente la suya, sino la de las cuatro actrices que la acompañan y encarnan la pantalla. Diría aquello del cine como arte colectivo, pero sería una descortesía ante una obra que exhibe una brutal coherencia, precisamente a fuerza de negarse a sí misma.

    Y es que los juegos metacinematográficos no son aquí ni meras referencias ni caprichos, ni notas al pie de una modernidad perdida. Antes bien, podríamos hablar de una escritura netamente metamoderna —pido perdón por el tecnicismo— que se apoya conscientemente en ese entre, esa distancia entre los cines pretéritos y el necesario proyecto humanístico, ético, profundamente conmovedor que mueve la disposición interna de cada escena.

    De nuevo, me permitirán poner un ejemplo. En uno de los momentos más sobrecogedores del metraje, Bárbara Lennie le pide a la directora dirigirse directamente a la cámara para recitar una carta. La película rompe sin complejos la cuarta pared y la actriz clava sus ojos en el objetivo. Hay algo en su parlamento, en su voz, en la manera en la que escancia las palabras y se apropia del tiempo cinematográfico que es extraordinariamente único. Es un momento irrepetible por mucho que la mirada a cámara sea un recurso sobado y prácticamente ineludible en casi todas las películas autorales de nuestros tiempos. ¿Cómo lo hacen Arana/Lennie para que parezca de pronto que aquello ocurre por primera vez, que sea honesto, que uno tenga la sensación de que la película no hubiera podido continuar de otra manera? Mi talento crítico no llega a encontrar la respuesta, pero debo dar cuenta del estremecimiento: algo me quemó en esa escena, como en tantas otras, algo que está más allá de las posibilidades de la reflexión teórica sobre el cine y que pertenece, por derecho propio, a la misma fuerza creativa.

    Y añadiría: no es una excepción. Cada una de las cuatro actrices tiene un parlamento, un gesto, una escena en la que se impone y deslumbra con su inmenso talento. Quizá ocurre porque Arana tiene algo que le une con su propio personaje, la quinta mujer: su amabilidad, su gesto mismo al ponerse al servicio de sus compañeras, su olfato para salir de cuadro y dejar el regalo de sus palabras a las demás. Qué hermosa complicidad creativa, y también que capacidad para dejar que sean las demás las que ocupen su posición en plano y relato: las fabulosas notas de voz de Irene Escolar e Itziar Manero, amanecer y ocaso, nacimiento y muerte, apuesta y recuerdo, cada una resonando en la otra como dos caras de la misma moneda que es, queda dicho, la vida. Qué delicadeza la de Helena Ezquerro para deshojar los miedos de las demás y despedirse del amor efímero como está mandado, con un beso desmesurado y reconocible, universal. Qué suerte, y voy a llegar al corazón de mi texto, el poder escuchar a esas cinco mujeres. Qué suerte que exista el cine para poder escucharlas.

    Y es que, salía pensando de la sala, lo de Itsaso Arana ha sido un regalo más que una película. O incluso un don, si me permiten el misticismo a estas alturas. Ha respetado las vivencias ajenas y ha sabido encontrar una forma fílmica para arroparla y dotarle de sentido. Se ha inventado un dispositivo precioso y preciso para que nosotros podamos acceder a sus carcajadas, su manera de despertar o de cortarse las uñas, de fumarse un cigarro o sentir miedo. ¿No es eso lo que esperamos del cine, por lo demás? La potencia ineludible en la congelación de un gesto que porta sentido. Y qué delicadeza para escuchar, qué absoluta verdad en cada escena, qué concisión para que cada plano sea al mismo tiempo autónomo y definitivo (una mujer bajo la luna, una verja de entrada, una bañera al caer la noche, una verbena de pueblo), para que la película sea ya mismo, desde su primera proyección pública, irrepetible.

    Y me permitirán, además, un último apunte: que valentía la de Arana para incorporar una visión del amor tan tierna, tan frágil, tan definitiva. Tan arriesgada que quema entre los dedos o entre los fotogramas, que es casi lo mismo. Qué valentía en dejarnos ese pequeño espacio a los hombres para que escuchemos sin culpa y con mucha admiración, para que seamos responsables de nuestro deseo y de nuestro cariño, qué lúcidos sus apuntes sobre la masculinidad y qué bienvenidos. Al final, siguiendo el hilo de los diálogos, eso es lo que uno quiere ser de mayor: un príncipe deconstruido. Pero un príncipe, al fin y al cabo. Con su sapo dentro, con el placer de la escucha, con el valor del amor y la palabra. ¿Por qué —me pregunto— a veces uno siente que hay tan pocas películas que hablen y nos hablen de esto?

    Y así, burla burlando, uno tiene que asumir que la película termina y que tiene sus márgenes, lo que siempre es un esfuerzo cuando no se desea salir de la sala, salir del universo fílmico, y como los niños que fuimos antes de irnos a dormir sentimos la tentación de coger la mano de Itsaso, de Bárbara, de Irene, de Itziar y de Helena para preguntar una y otra vez: «¿Y qué pasó después? ¿Y qué ocurrió más tarde? ¿Y qué fue de ellas?». Claro que la película tiene algo de cuento infantil. Tiene el poder de calmar nuestras pesadillas, de hacernos sentir en casa, de calmar nuestro miedo y, sobre todo, de hacernos imaginar un futuro posible.

    Qué suerte la vida, qué suerte el cine, maldita sea.


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