Introduce tu búsqueda

S8
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Itsaso Arana. Mostrar todas las entradas
    Itsaso Arana
    Itsaso Arana

    Después de su paso por Karlovy Vary y de su posterior premiere en el Atlántida Film Fest de Mallorca, celebrado el pasado verano, Itsaso Arana (Tafalla, 1985) estrenó a finales agosto en las salas Las chicas están bien (Los Ilusos Films), una película que ella misma define «de bolsillo» pero que ha acabado proyectada en pantalla grande. Tiene sentido: en esta metaficción nos encerramos con un grupo de teatro en una casa de campo. Compartimos miedos, hablamos de la muerte, intercambiamos dilemas existenciales y bailamos en fiestas de pueblo. Lo minúsculo se empodera y se agranda. El tiempo y el espacio se dilatan y la narración se retuerce: lo pequeño crece, y lo universal parece comprimirse.


    Entrevista a Itsaso Arana
    Texto de Agus Izquierdo | | Barcelona | Foto: Elástica.


    Dices qué Las chicas están bien es una película de bolsillo. ¿A qué te refieres exactamente?

    Simplemente, me parece una expresión muy ad hoc porque evoca a lo familiar. Las chicas están bien es una película de bolsillo, aunque no sé explicarte muy bien el porqué. Tiene algo de «Polly Pocket», esos juguetes minúsculos de cuando éramos pequeños. A mí me gustan en general las cosas pequeñitas, y yo también tengo una constitución más bien menuda. Creo que esta es una peli-campamento, que yo pude hacer porque la sentí exactamente a mi medida, una medida petite. Es una historia que te puedes llevar, que puedes comprender, que no te abruma, y en la que puedes encerrarte con y en ella. Es un viaje muy íntimo.

    ¿Es una película pequeña hecha por voluntad genuina? ¿O crees que también tiene que ver que tuviese un presupuesto limitado por culpa de una precariedad sistémica y por falta de recursos?

    Creo que el hecho de que sea una producción pequeña es una consecuencia de primar unos valores sobre otros. Para mí, era prioritaria la urgencia y la pasión artística. Además, de golpe sentí que este era el momento justo y adecuado: Las chicas están bien tenía que salir ahora. Si hubiese esperado unos años, habría salido una película muy diferente. Le hubiese dado muchas vueltas formales. Quizá igualmente se me hubiese pasado el momento. Había una urgencia vital. Además es una película es de lujo pobre, iluso, porque ha tenido todo lo que necesitaba. Y a la inversa: yo he escrito con todo lo que tenía. Es un cine materialista y posibilista, que tiene que ver con una escala humana. Era importante entenderla así.

    Y el rodaje y la producción debían suponer un auténtico reto.

    Yo les dije que si me daban quince días, podía rodar la película. No sabía cómo, pero sabía que lo conseguiría. También hay algo de autolimitación, que para mí ha sido una riqueza. Hemos podido pagar a la gente, y exigir al equipo un trabajo que es digno y que es placentero. Eso era primordial. Alguien me dijo, una vez acabamos el rodaje, que había hecho una cura de sueño y que inclusive había engordado [ríe]. No lo podían creer. Tratamos de reproducir una situación vital que estuviese en consonancia y en armonía con el resultado de la película, con la historia que intentábamos contar. Creo y espero que eso se haya respirado.

    La muerte está muy presente, sobrevuela ese pequeño paraíso rupestre y utópico.

    Para mí es uno de los motores de Las chicas están bien. Una nunca se siente realmente preparada para hacer las cosas más difíciles, para dar los saltos importantes de su vida. Por lo menos yo nunca me he sentido enteramente a punto para conseguir algo. Sin embargo, es cierto que la consciencia de la muerte y de la enfermedad viene muchas veces a despertarnos, a recordarnos que quizá no sea ahora mismo, pero que regresará, que irá volviendo. Yo asistí a la muerte de mi aita, fui testigo de un tránsito. Eso te cambia: te despierta a la vida, te hace ver que es un milagro que estemos tú y yo hablando ahora mismo, aquí. También es un misterio: de ella no se sabe nada. Yo sentía que había algo de esa imagen que se había quedado reverberando en mí. Una imagen intransferible, que solo podía hacer yo. Era como una visión. Por eso de repente sentí un profundo deseo de hacer algo mío, fue como una especie de misión. Luego, claro, hace falta un punto un poco fanático para hacer una película, hace falta fe.

    Filmas seres humanos haciendo una película sobre seres humanos.

    ¡Claro! Me encantan esas películas que casi te obligan a imaginar cómo se rodaron. Yo quería generar esa necesidad pero de forma suave e integradora. Está bien que de vez en cuando humanicemos el cine, y no lo traslademos a una dimensión inalcanzable, en estudios que no sabemos donde están, con historias imposibles. Lo más bonito que me han dicho nunca fue por parte del equipo: que se querían quedar a vivir en el rodaje, o lo a gusto que se sintieron. Las películas son grandes oportunidades para reunir cosas que amas, y ofrecérselas al mundo.

    Y fundes realidad y ficción.

    Luego está eso metaficcional, sí, donde conviven muchas capas. Pero para mí al final era muy necesario plasmar la conciencia de las actrices, que se hicieran con la película, que la conquistaran y que tomarán el control. Hay como un hechizo que se va deshaciendo. La mirada a cámara de Bárbara Lenni estaba en el guion y al principio pensamos que quizás era un poco arriesgado. En las entrevistas que hice con ellas antes de escribir, cuando a Bárbara le pregunté «¿para ti, quién es la cámara?», me respondió: «Una mujer y una amiga». Me sorprendió muchísimo y me hizo pensar ya que, para mí, la cámara siempre había sido un hombre. Porque normalmente quienes han operado cámaras han sido hombres. Que para Bárbara sea una amiga, me parece una hermosura. Qué cambio, de golpe, qué aprendizaje. Luego añadió que es una de esas amigas a las cuales, cuando te ven, no les puedes ocultar nada, da igual lo qué les digas. Es una concepción amigable, compasiva y feminista del cine, que revierte el orden y la jerarquía de la tradicional relación director-actriz. Aquello tenía que estar en la película, y además explica muy bien el personaje.

    Hablando de cámaras: la de Sara Gallego forma parte del grupo, se mueve libremente y plasma esa sensación de pertenencia, de hacer que el espectador se sienta parte de esa jornada de ensayo. ¿Cómo trabajasteis en la concepción de la fotografía?

    Yo a Sara no la conocía de antes, ni siquiera había visto su trabajo. Santi Racaj, director de foto de las películas de Los Ilusos, nos la recomendó. Tuve una primera conversación con ella y le mandé un dosier del proyecto. Hablamos y en seguida le dije que sí, fue una intuición. Es una persona con mucha madurez y mucha experiencia para su juventud. A la vez, es una tía que tiene una calma muy curiosa, muy sabia. Sara Gallego a mí me tranquiliza, me da seguridad. Hay algo en ella que hacía que me apeteciera estar todo el tiempo a su lado. Conectamos en seguida, y además es una de aquellas personas que sabe escuchar y que escucha. Me daba confianza y un espacio seguro para que yo hablara sin el miedo de decir que no tenía ni idea de algo. Eso es muy importante.

    Un día yo le pregunté qué necesitaba de una directora y me contestó que disfruta la flexibilidad de alguien está empezando. Hizo un trabajo de desplazamiento, agradable y placentero, hacia mi mundo. Recuerdo que yo le hablaba mucho de la frontalidad. Mi mirada tiene algo de teatral, pero es un teatro con humor y Sara entró en eso en seguida. Tuvimos dudas que resolvimos juntas, y trabajar así es muy cómodo. Yo tenía dilemas tipo si la cámara va con trípode, si son paneos, si la foto es tranquila, o distanciada. Y al final decidimos tenerlo todo, sin espectacularidad, con medida y templanza, pero sin rechazar nada. Si te fijas, es una película de texturas, tiene muchos tonos. Se nota que es una ópera prima porque se anima a probar: es jovial, atrevida y juguetona.

    Luego también se puede palpar y respirar la naturaleza, el espesor del bosque, la humedad veraniega de la casa. La película desprende esa conciencia por el espacio, por lo rural, por el entorno.

    Fíjate que lo que hizo que me acabase decidiendo por esa localización, realmente, fue la casa. Esa casa me robó el corazón. Fue un flechazo. Que luego tuviese ese jardín, y estuviese en ese pueblo en concreto, fue un poco una consecuencia indirecta. Como lo fue que Mercedes, la dueña de la casa, acabase saliendo en la película como personaje. Pero todo tiene que ver. Esos días, en esa casa, estuvimos sin cobertura, y eso nos dio una libertad enorme, todo respiró de otra manera, las chicas se miraron de otra forma. Pero que quede claro que tampoco quería engañar a nadie: no considero que Las chicas están bien entre en esa tradición de idealizar el campo, a pesar de que el entorno natural le da una ornamentación plástica a la película. No quería que fuera algo romantizador, porque al final las protagonistas son unas muchachas de ciudad, y son un poco unas marcianas en el pueblo. Son cinco medio-madrileñas por ahí campando. Quería constatar mucho esa diferenciación, ese contraste. En plan: estamos muy a gusto en el campo, pero tampoco nos queremos quedar a vivir ahí. De hecho, nos acabamos yendo.

    ¿Cómo ha sido dirigir y, a la vez, interpretar a uno de los personajes principales?

    Ha sido muy loco la verdad. Loquísimo, no te voy a engañar [ríe]. El cuerpo de la actuación y el cuerpo de la dirección los siento en lugares muy diferentes. He dirigido esta película como si fuese una nave, o como si desactivase una bomba [ríe]. Como directora, en un rodaje tienes muchas sensaciones, muchos datos, muchas imágenes, muchos temas, todo en la cabeza, y de repente tu energía está concentrada y eso hay que saberlo gestionar. Hay que canalizar la energía por todo el cuerpo. Para mí fue difícil pasar de la corporalidad de directora a la corporalidad de actriz. Tuve que hacer un ejercicio técnico actoral muy potente. Como te decía, como directora, la sensación interna es como la de estar en Vietnam, con muchos frentes, con mucha responsabilidad. Hay que tomar decisiones y, además, huelga decirlo, yo tiendo a la épica [ríe]. Me preocupaba mucho por que todo el mundo estuviera bien pero, ¿y yo? Asumí que me tenía que meter dentro de la película, porque no solo iba a disfrutar más sino que, quizás por eso, también me iba a salir mejor el personaje.

    Luego también te digo que repasar los dailies fue una tortura. A veces me veía a mí misma como fuera de mí. A nivel de montaje, la experiencia me ha servido para conocer lo interesante que es la posición, la colocación en el plano. Me salía de dentro, espontáneamente, quitarme de en medio del encuadre. Las chicas están bien está tan plagada de mi persona, en tantos niveles, que como actriz me parecía excesivo ocupar mucha escena. Me he cortado un poco, en ese sentido. El tema de cómo las actrices-directoras luego se han montado habla mucho de la persona, da para un libro.

    ¿Crees que la ficción diluye la amargura de la vida? ¿Los cuentos nos sirven como salida de emergencia, como válvula de escape?

    Vaya, ¡las preguntas que me gustan! [Piensa] No siento que a mí la ficción me salve o me evada de la realidad, pero sí me da esperanza sobre ella. La ficción es un elemento indispensable en mi vida, un refugio importantísimo. Siento que la creación hace que le encuentre un sentido a la existencia. Y no es que yo haga creaciones que sean especialmente fantasiosas, o que escapen del mundo tal como lo conocemos. Vivo el cine con algo de mística, como una conexión con algo que es más grande que tú. Tengo la sensación de que me entrego a un trabajo colectivo, que me hace sentir pequeña y a la vez parte de algo. Yo siempre he tendido mucha necesidad de pertinencia, siempre me he sentido un poco marciana. Y lo raro, a mí, me resuena mucho. Quizá por eso la ficción me ayude a sentirme menos sola. [Piensa] Eso es, sí: la ficción no me aleja de la realidad, sino que me acerca más a otras personas.


    por Agus Izquierdo
    septiembre 27, 2023

    Itsaso Arana, directora de Las chicas están bien: «Para hacer una película se necesita fe»

    por Agus Izquierdo | septiembre 27, 2023
    || Críticas | Karlovy Vary Film Festival 2023 | ★★★★★ |
    Las chicas están bien
    Itsaso Arana
    La fuerte palabra, la inmensa ternura


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    España, 2023. Dirección: Itsaso Arana. Dirección de fotografía: Sara Gallego. Dirección de arte: Laura Renau. Intérpretes: Itsaso Arana, Bárbara Lennie, Irene Escolar, Helena Ezquerro, Itziar Manero y Gonzalo Herrero. Duración: 85 minutos.

    En el interior del corazón, junto a un molino o al margen de todas las demás imágenes, cuatro mujeres hilvanan e intercambian palabras. Decía Ingmar Bergman, cuando rodó Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972), que sus interiores fueron diseñados para sugerir la traducción visual del alma, y puede que justo cincuenta años después Itsaso Arana recoja aquel guante y recupere la senda perdida del sueco para hacerla desembocar junto a una cama de atrezzo, justo aquí al lado, en un miriñaque transparente o en un río que fluye al mismo tiempo hacia los amores pasados y las promesas del futuro. Lo dirá Bárbara (Bárbara Lennie) en uno de los momentos más estremecedores del relato: nos sentimos acompañados por los tiempos vividos, y así cada vez podemos acoger a la soledad con menos pánico.

    El tiempo, la bella preocupación del cine, es aquí la punta del compás con el que Arana traza la circunferencia perfecta de la vida: nacimientos, placeres, actuaciones, devenires, despedidas. La suya es una película gigantesca, una suerte de cosmogonía de los afectos en la que todo lo digno de ser rodado o de ser fingido comparece frame tras frame: sorprende que lo que muchos considerarán un prodigio de humildad sea, al contrario, un suntuoso ensayo sobre la experiencia misma de estar vivo. No es poca cosa para una película, para una ópera prima que a ratos parece un cuento infantil, a ratos una obra de teatro de vanguardia, a ratos una novela de aprendizaje y a ratos un réquiem. Quizá todo sea la misma cosa y por eso Arana tiene algo de creadora barroca, a medio camino entre la sensualidad y la calavera, entre la carcajada y el espasmo, entre la danza y el cadáver. Quizá también por eso la dulcísima luz fotografiada por Sara Gallego, un portento pictórico en el que las texturas, los materiales visuales, los gestos, las velas y los anocheceres tienen algo entre la magia y el costumbrismo, entre la memoria y la más carnívora belleza. Porque, debe decirse: la película de Arana se presenta como un ensayo en unos créditos deliciosos, un ensayo a partir de un ensayo, una cierta búsqueda, y sin embargo, sus imágenes no tienen nada de desmañado, de gratuito o de azaroso. Y no será, sin duda, porque no respiren una desarmante naturalidad, sino porque en ellas caben todos los tonos y los matices que se le pueden pedir a una película. Voy a poner un simple ejemplo: en las escenas en las que observamos a las cuatro actrices trabajar la obra sobre la que se levanta Las chicas están bien, la cámara propone una suerte de movimientos casi circulares, suntuosos desplazamientos entre los cuerpos y los trajes, caricias visuales que hacen suyo un cierto neoclasicismo pero que, a su vez, son otra cosa. La sensación se multiplicará apenas unos minutos antes del final cuando una serie de suntuosos fundidos encadenados consigan que los cuerpos vaguen, fantasmales pero materiales, casi como si el cine en un ataque de celos hubiera decidido arrojarse con todas sus fuerzas contra el teatro. Lo que emerge es, lógicamente, una dialéctica narrativa en la que el enfrentamiento podría ser un mordisco cariñoso o un arañazo de brisa/visualidad. Arana ensaya el ensayo de su propia escritura cinematográfica y así se confirma, uno diría que casi sin quererlo, como una autora con nombre propio y peso propio, una voz que —no escapo a la paradoja— no es únicamente la suya, sino la de las cuatro actrices que la acompañan y encarnan la pantalla. Diría aquello del cine como arte colectivo, pero sería una descortesía ante una obra que exhibe una brutal coherencia, precisamente a fuerza de negarse a sí misma.

    Y es que los juegos metacinematográficos no son aquí ni meras referencias ni caprichos, ni notas al pie de una modernidad perdida. Antes bien, podríamos hablar de una escritura netamente metamoderna —pido perdón por el tecnicismo— que se apoya conscientemente en ese entre, esa distancia entre los cines pretéritos y el necesario proyecto humanístico, ético, profundamente conmovedor que mueve la disposición interna de cada escena.

    De nuevo, me permitirán poner un ejemplo. En uno de los momentos más sobrecogedores del metraje, Bárbara Lennie le pide a la directora dirigirse directamente a la cámara para recitar una carta. La película rompe sin complejos la cuarta pared y la actriz clava sus ojos en el objetivo. Hay algo en su parlamento, en su voz, en la manera en la que escancia las palabras y se apropia del tiempo cinematográfico que es extraordinariamente único. Es un momento irrepetible por mucho que la mirada a cámara sea un recurso sobado y prácticamente ineludible en casi todas las películas autorales de nuestros tiempos. ¿Cómo lo hacen Arana/Lennie para que parezca de pronto que aquello ocurre por primera vez, que sea honesto, que uno tenga la sensación de que la película no hubiera podido continuar de otra manera? Mi talento crítico no llega a encontrar la respuesta, pero debo dar cuenta del estremecimiento: algo me quemó en esa escena, como en tantas otras, algo que está más allá de las posibilidades de la reflexión teórica sobre el cine y que pertenece, por derecho propio, a la misma fuerza creativa.

    Y añadiría: no es una excepción. Cada una de las cuatro actrices tiene un parlamento, un gesto, una escena en la que se impone y deslumbra con su inmenso talento. Quizá ocurre porque Arana tiene algo que le une con su propio personaje, la quinta mujer: su amabilidad, su gesto mismo al ponerse al servicio de sus compañeras, su olfato para salir de cuadro y dejar el regalo de sus palabras a las demás. Qué hermosa complicidad creativa, y también que capacidad para dejar que sean las demás las que ocupen su posición en plano y relato: las fabulosas notas de voz de Irene Escolar e Itziar Manero, amanecer y ocaso, nacimiento y muerte, apuesta y recuerdo, cada una resonando en la otra como dos caras de la misma moneda que es, queda dicho, la vida. Qué delicadeza la de Helena Ezquerro para deshojar los miedos de las demás y despedirse del amor efímero como está mandado, con un beso desmesurado y reconocible, universal. Qué suerte, y voy a llegar al corazón de mi texto, el poder escuchar a esas cinco mujeres. Qué suerte que exista el cine para poder escucharlas.

    Y es que, salía pensando de la sala, lo de Itsaso Arana ha sido un regalo más que una película. O incluso un don, si me permiten el misticismo a estas alturas. Ha respetado las vivencias ajenas y ha sabido encontrar una forma fílmica para arroparla y dotarle de sentido. Se ha inventado un dispositivo precioso y preciso para que nosotros podamos acceder a sus carcajadas, su manera de despertar o de cortarse las uñas, de fumarse un cigarro o sentir miedo. ¿No es eso lo que esperamos del cine, por lo demás? La potencia ineludible en la congelación de un gesto que porta sentido. Y qué delicadeza para escuchar, qué absoluta verdad en cada escena, qué concisión para que cada plano sea al mismo tiempo autónomo y definitivo (una mujer bajo la luna, una verja de entrada, una bañera al caer la noche, una verbena de pueblo), para que la película sea ya mismo, desde su primera proyección pública, irrepetible.

    Y me permitirán, además, un último apunte: que valentía la de Arana para incorporar una visión del amor tan tierna, tan frágil, tan definitiva. Tan arriesgada que quema entre los dedos o entre los fotogramas, que es casi lo mismo. Qué valentía en dejarnos ese pequeño espacio a los hombres para que escuchemos sin culpa y con mucha admiración, para que seamos responsables de nuestro deseo y de nuestro cariño, qué lúcidos sus apuntes sobre la masculinidad y qué bienvenidos. Al final, siguiendo el hilo de los diálogos, eso es lo que uno quiere ser de mayor: un príncipe deconstruido. Pero un príncipe, al fin y al cabo. Con su sapo dentro, con el placer de la escucha, con el valor del amor y la palabra. ¿Por qué —me pregunto— a veces uno siente que hay tan pocas películas que hablen y nos hablen de esto?

    Y así, burla burlando, uno tiene que asumir que la película termina y que tiene sus márgenes, lo que siempre es un esfuerzo cuando no se desea salir de la sala, salir del universo fílmico, y como los niños que fuimos antes de irnos a dormir sentimos la tentación de coger la mano de Itsaso, de Bárbara, de Irene, de Itziar y de Helena para preguntar una y otra vez: «¿Y qué pasó después? ¿Y qué ocurrió más tarde? ¿Y qué fue de ellas?». Claro que la película tiene algo de cuento infantil. Tiene el poder de calmar nuestras pesadillas, de hacernos sentir en casa, de calmar nuestro miedo y, sobre todo, de hacernos imaginar un futuro posible.

    Qué suerte la vida, qué suerte el cine, maldita sea.


    por Aarón Rodríguez
    agosto 23, 2023

    Crítica | Las chicas están bien

    por Aarón Rodríguez | agosto 23, 2023

    Estrenos

    S8

    Cannes 2026

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción