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    Pawel Pawlikowski
    Pawel Pawlikowski
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★☆☆☆ ½
    Fatherland
    Pawel Pawlikowski
    Alemania, año uno: una entelequia


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Polonia-Alemania-Italia-Francia, 2026. Título original: Fatherland. Dirección: Pawel Pawlikowski. Guion: Pawel Pawlikowski, Henk Handloegten. Música: Marcin Masecki. Fotografía: Lukasz Zal. Compañías: Extreme Emotions, Our Films, Nine Hours, Chapter 2, MUBI, Apocalypso Pictures, arte France Cinéma, Pathé, Arte France. Distribuidora: MUBI. Reparto: Sandra Huller, Hanns Zischler, August Diehl. Duración: 82 min.

    La frivolidad que define el tratamiento que Fatherland hace de la Historia sólo puede existir desde una mirada retrospectiva: se mira al pasado sin relacionarlo con el presente para poder hacer juicios de valor superficiales desde la certeza de que el período histórico que se está narrando está si no clausurado, al menos lo suficientemente alejado de la actualidad como para poder ser despedazado y reconstruido como un simple puzle. Tras la escena de apertura, Pawlikowski reproduce en las calles en ruinas de Frankfurt aquella secuencia de Alemania, año cero en la que Edmund caminaba entre las ruinas de Berlín. Sin embargo, hay una diferencia entre Rossellini y Pawlikowski: el primero tiene un firme compromiso histórico, mientras que el segundo entiende la historia como un baúl de los recuerdos del que sacar la decoración y el atrezo para el fondo de sus películas. En Rossellini únicamente podía haber desolación porque el horizonte no era más que un conjunto de ruinas; la cámara se tropezaba con los escombros al igual que lo hacía Edmund, y en ningún momento se atrevía a levantarse por encima de él porque sabía que lo único que iba a encontrar era más muerte. Mirar hacia delante —Edmund lo hacía hacia abajo— se convertía en un gesto impúdico, en la expresión de una esperanza que sólo podía albergar alguien que no estaba viviendo aquel presente. El sonido de un piano entre las ruinas producía primero sorpresa —¿quién se atreve a tocar en ese contexto?— y luego más dolor; hacía más profunda la herida. En cambio, en Pawlikowski, un piano que se escucha entre los escombros signa el esperado punto de encuentro entre los protagonistas, y la cámara no tiene problema en levantarse por encima del coche en el que viajan mientras atraviesa las calles destrozadas. No hay horizonte, pero sí una fascinación por la destrucción. El director no la convierte en objeto de placer estético; más bien en una suerte de pieza de museo: “mirad lo que hacen las guerras”, dice mientras cubre las ruinas con una campana de cristal que impide que los visitantes la toquen.

    Hay, por tanto, una exposición de la posguerra en tanto que pieza de arqueología. La mirada de Pawlikowski está influida por una concepción posmoderna de la Historia. La forma en que el director presenta el paseo por Europa de Thomas Mann bien puede ser leída como una proyección de la concepción del mundo que maneja el personaje: “soy una vieja reliquia de la burguesía” dice en determinado momento el autor de La muerte en Venecia. “No eres el centro del mundo”, apostilla su hija minutos después. El Mann de Pawlikowski no es el centro del mundo, pero sí del relato y de la película. El drama personal del escritor —su hijo Klaus se suicida— no está insertado dentro del contexto: son dos líneas independientes que de vez en cuando se encuentran y se presionan mínimamente la una a la otra. En Rossellini, el fin de la infancia, la enfermedad del padre y el contexto general eran una y la misma cosa. En cambio, en Pawlikowski, el peso que tienen la vejez, la muerte del hijo y el contexto dentro del cómputo global de la obra es muy desigual. La vida en la RDA y en Alemania Occidental nunca llega a filtrarse en las imágenes de la película: el director apenas hace unas breves anotaciones de desigual hondura y densidad. Por un lado, utiliza la palabra para cuestionar el mito de la desnazificación en la Alemania del Oeste: los mismos fascistas que obligaron a Mann a marcharse están ahora presentes en una elitista fiesta en su honor. La conversación que mantiene el gran escritor con los nietos de Wagner, y la que tiene Erika Mann con su exmarido, el actor y director nazi Gustaf Gründgens, demuestran un notable uso de la ironía por parte de Pawlikoswki. Por otro lado, hace una breve y obvia referencia a los campos de trabajo estalinistas a través de la que pretende resumir la situación general de la Alemania Oriental.

    Ambos momentos no dejan de funcionar como meras referencias historiográficas a través de las que dotar al fondo —siempre omnipresente en las composiciones— de movilidad: se necesita mostrar a la gente que camina entre las ruinas para amplificar el asombro que estas producen. De ahí que el conjunto de edificios que Pawlikowski presenta conforme un catálogo de las formas arquitectónicas del momento; nada más. Los grandes planos generales en los que los filma capturan su geometría, el trazado de sus líneas y los diferentes materiales de los que están hechas, pero nunca llegan a romper ese punto de vista de observador externo. De nuevo, lo que importa es mostrar cómo eran los edificios entonces, no quién los había construido, quién los utilizaba ni qué se hacía en ellos. Esa fijación por las formas viene acompañada ineludiblemente de una melancolía que resulta problemática, puesto que tiende a convertir las imágenes en meros catalizadores emocionales que encienden la mecha del recuerdo: mirarlas significa retrotraerse con nostalgia a un pasado idealizado. Algunos críticos han querido ver en las evocaciones de Mann un alegato en favor del “humanismo de la burguesía alemana”, pero teniendo en cuenta que esa burguesía metió al país en la Primera Guerra Mundial —que Thomas Mann apoyó—, financió a Hitler y se enriqueció con el trabajo esclavo que realizaron los presos de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, ese supuesto humanismo se desvela pura entelequia.

    La posición política del Mann es la misma que la de la película, y consiste en aludir a una bondad idealista y abstracta para no tener que ensuciarse en la concreción de los hechos. A lo largo de la cinta, el escritor se detiene para observar los paisajes que atraviesa sin intentar en ningún momento adentrarse en su realidad. Por tanto, lo que Fatherland ofrece es una foto fija de visión limitada sobre las Alemanias de posguerra. En ningún caso dicha fotografía sirve para entenderlas ni conocerlas. Si Mann proyecta sus lamentos sobre cada lugar por el que pasa, Pawlikowski utiliza esos mismos espacios para crear una simbología que le permita expresar las variaciones que se dan dentro de la relación padre-hija a lo largo del trayecto. El suicidio de Klaus y la conciencia del fin que tiene el propio Mann ocupan, por tanto, gran parte del metraje.

    Es interesante el acercamiento de Pawlikowski al escritor. Por un lado, no puede evitar presentarlo como un animal mítico, como una estatua de mármol, rígida e intransigente —en más de una ocasión le sitúa al lado de bustos y retratos de Goethe para trazar el paralelismo—, que no duda ni siente mientras observa la vida desde su torre de marfil. Por otro, consigue abrir el plano lo suficiente como para filmar el proceso de cristalización que está sufriendo su imagen. Primero existe como escritor y está definido por su obra; luego se convierte en leyenda, es decir, en material para académicos; y posteriormente le devora el olvido —esa estatua sin rostro que su hija encuentra mientras pasea por un parque. Hay unos cuantos momentos en Fatherland que resultan notables, empezando por su escena de apertura —en la que el director es capaz de traducir el desligamiento que Klaus siente con el mundo utilizando únicamente dos planos— y siguiendo por el retrato del dolor que siente Erika ante la imposibilidad de comunicarse con sus familiares. Sin embargo, sus logros se circunscriben a la captura de una intimidad a la que termina subordinada la Historia y, por eso, resultan impúdicos. El mundo no es más que un telón de fondo sobre cuyas formas es posible exteriorizar una intimidad herida.

    Recordemos de nuevo la cuestión del piano. En Alemania, año cero, había una negación de la posibilidad de disfrutar de la música; en cambio, en Fatherland la música cataliza las emociones de los personajes porque estos son capaces de abstraerse de lo que les rodea para focalizar su atención en la armonía de la melodía. Las diferencias entre uno y otro punto de vista son abismales: el director polaco escoge a uno de los pocos personajes que, debido a su posición social, podía permitirse ignorar parcialmente lo que acontecía fuera de su atalaya de cristal, mientras que el italiano eligió mirar desde el único lugar posible en ese momento: el que ocupaban quienes estaban sufriendo la dureza de la posguerra sin poder escapar de ella. Nadie se habría atrevido, en 1949 —año en el que sucede Fatherland—, a hacer una película desde la posición desde la que la ha hecho Pawlikowski, puesto que la frivolidad con la que personaje y director le dan la espalda al sufrimiento habría resultado intolerable. Han pasado casi ochenta años desde Alemania, año cero y la Historia, para Pawlikowski, ya ha sido clausurada: nada tiene que ver aquel pasado con este presente. En pocas palabras: el director ha hecho una película histórica utilizando como base estética la teoría del fin de la Historia de Fukuyama. El gran problema que acompaña a esta posición ya lo describió Nicolás Prividera hace unos años: “un film como Ida (que pretende capturar el aura de un cine y un tiempo perdidos) deja ver la distancia entre épocas, y la imposibilidad de asumir la tragedia”. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 18, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | Fatherland

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 18, 2026


    Música y fotografía en «Cold War»

    Videoensayo dedicado a Cold War (2018, Pawel Pawlikowski)

    En el presente videoensayo hemos analizado dos de los elementos artísticos más usados en la película a servicio de su sentido: la música y la fotografía. En el primero de los apartados, la música, atendemos tanto al uso simbólico de los géneros como a su empleo enfático. En el caso de los géneros, el jazz se alza como expresión personificada de la libertad, la improvisación y la liberación de las normas; considerados temas centrales de la película. En el lado opuesto situamos el folclore, un género —por entonces— al servicio del Gobierno y las restricciones. Aquí se puede apreciar, además, la pérdida de la identidad, un tema que se mostrará al final de la película. Asimismo, la película usa la música para ilustrar los puntos de giro de los personajes. Hecho que se puede apreciar a lo largo de los encuentros —bailan y cantan jazz desde la primera vez que coinciden—, desencuentros —la música deja de sentirse y no suena igual— y cambios radicales de los personajes —la música es distorsionada o, en el caso de Zula, recurre a la música comercial, el género menos personal que existe, en un movimiento que recuerda al acto de prostituirse—. Por todo ello, afirmamos que la música no solo acompaña a los personajes, sino que ilustra su espíritu y pronuncia su arco de transformación. La fotografía es otro destacado recurso expresivo. El videoensayo pretende ejemplificar los modos en que el director habla al espectador de modo subliminal: el trato que recibe el personaje Lech Kaczmarek para que lo despreciemos mediante el encuadre, la presión que ejerce el Gobierno sobre el pueblo a través de las líneas, o como transmitir amor en la pantalla de modos contrapuestos gracias al movimiento.

    Este videoensayo es fruto de una práctica de los alumnos de la asignatura de «Crítica», 4º de Comunicación Audiovisual de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra.


    Cristian Ruiz y David Serón
    © Revista EAM / Pamplona




    por EAM
    febrero 18, 2020

    Música y fotografía en «Cold War»

    por EAM | febrero 18, 2020

    The Death of a Nation

    Crítica ✷✷✷✷ de Cold War, de Pawel Pawlikowski.

    Polonia. 2018. Título original: Zimna wojna. Director: Pawel Pawlikowski. Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki. Duración: 84 minutos. Edición: Jaroslaw Kaminski. Fotografía: Lukasz Zal. Música: Varios artistas. Productora: MK2 Productions / Apocalypso Pictures / Film4 / Opus Film / Protagonist / BFI Film Fund. Diseño de vestuario: Ola Staszko. Diseño de producción: Marcel Slawinski. Intérpretes: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Adam Woronowicz, Adam Ferency, Adam Szyszkowski. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    Stalin era un cachondo. Un tipo gracioso, pero incomprendido. Este temperamento cómico y algo delirante quedó demostrado a comienzos de los años 20 –siglo XX–, cuando todavía ostentaba el cargo de administrador y responsable de la cuestión nacional, lo que le llevó a ser toda una institución en lo que a nacionalismo se refiere, hasta el punto de ejercer de consultor en cuestiones tan peliagudas como ¿qué se puede denominar una nación?, y ¿cómo de nacionalista ha de ser un ciudadano para evitar la sospecha de la traición? Por aquel entonces, el futuro dictador trataba de pasar desapercibido en el ámbito mediático, no por modestia, como cabría esperar de un experto en cuestiones de estado, sino por necesidad; Stalin, comparado con grandes teóricos y oradores como sus brillantes camaradas Lenin y Trotsky, era poco menos que un prosista inarticulado; por ese motivo prefería dejar que hablaran sus compañeros mientras asentía bobaliconamente a la espera de la broma final. Una de éstas –una de tantas–, se produjo cuando Stalin, tratando de resolver un conflicto con la dirección bolchevique georgiana de la forma más rápida y campechana posible, mandó a un primo suyo (de parentesco discutible) a Georgia a repartir estopa a los dirigentes comunistas que se habían tomado en serio las palabras de Lenin –un blando– acerca de los derechos de las naciones oprimidas. Stalin sería duramente amonestado por esta acción, tras la que quedó profundamente consternado ya que nadie logró entender la astucia de su burla pues, siendo él mismo natural de Georgia, y gran conocedor de las necesidades de los estados, pensó que nada resultaría más divertido y didáctico que un hombre abofeteando, entre risotadas y salivazos, a los infelices georgianos delante de todos los líderes de la Unión Soviética, sobre todo, si el encargado de ejecutar dicha broma era la versión soviética de Krusty el payaso, Sergó Ordzhonikidze.

    Sea como fuere que sucediera aquel episodio, las consecuencias del mismo llevarían a la versión más sobria y apagada de Stalin; perdió su comicidad y se convirtió en el amenazante hombre sin sentido del humor al que todos recordamos de aquellos enormes carteles que presidían cualquier reunión. Un hombre que se dedicaría desde entonces y por completo, un poco más tarde quizá, ya con la caída de Lenin, a la remodelación de la URSS en el estado que siempre había soñado. Un país colosal donde toda la producción, económica, militar, agrícola, ganadera y, por supuesto, cultural, estuviera puesta al servicio de la nación. Parte de esa producción cultural reposaba en manos de Wiktor, uno de los protagonistas de la última película de Pawel Pawlikowski, Cold War, encargado de la búsqueda de talentos para un coro musical folclórico de tintes cabareteros. En sus castings encuentra a Zula, una mujer que, sin ser la más hermosa, ni la más diestra en el baile, ni la que más talento demuestra cantando resultaba, en su conjunto, irresistible para este hombre, quien creyó haber hallado algo más que una simple aspirante a artista. Resolutiva como pocas, la joven demuestra en sus primeros diálogos que no es alguien que vaya a dejarse intimidar ni avasallar: “Maté a mi padre porque, una noche, me confundió con mi madre y yo tenía un cuchillo para mostrarle la diferencia”. Mención aparte merece aquí la actriz Joanna Kulig, un portento de la interpretación a la que adoramos en cada una de sus escenas; en su triste sobriedad y en su ebria y entrañable insensatez. Una mujer deslumbrante condenada a vivir bajo la influencia, aquella que comparte con Gena Rowlands, y la que no tiene más remedio que compartir con todas las mujeres que trataron de salir adelante como artistas independientes bajo un despotismo misógino. Entre los dos no tardará en surgir un idílico romance cuya misma esencia apasionada es la que encontramos entre los estribillos de canciones empalagosas y escenarios de cartón piedra. Sin embargo, cuando a los protagonistas se les honra con pasar a formar parte de las filas del régimen estalinista, dentro de un grupo musical inspirador del fervor nacionalista, habrán de obedecer las estrictas normas de protocolo exigidas por el gobierno, las cuales dictan que todo, desde las letras de las canciones, hasta el propio amor que pueda surgir de ellas, pertenece, por descontado, a la Nación.

    por Alberto Sáez Villarino
    octubre 03, 2018

    Crítica: Cold War

    por Alberto Sáez Villarino | octubre 03, 2018

    Eclipse en blanco y negro

    Crónica de la tercera jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Ayer fue el día de Jean-Luc Godard. El último trabajo del cineasta francés, Le livre d’image, se presentó como lo que es: un gran acontecimiento. El teatro Lumière estaba hasta la bandera y se respiraba en los aledaños ese clima de interés pese a que Godard, también como se esperaba, no hizo acto de presencia. Antes y después de la proyección, el público reverenció su figura, símbolo de la edad dorada del cine francés, aplaudiendo cada vez que se mentaba su apellido. Lo cierto es que, sin este en los créditos, este trabajo no vería la luz en la competición de un certamen de estas características. Su exhibición, además, supuso un reto para los centenares de personas sentadas en sus butacas: sucesión de imágenes, escenas fílmicas de clásicos, obras de arte del pasado siglo, audio que pasaba de estéreo a mono, narración y diálogos yuxtapuestos, subtítulos que desaparecían cuando más se los necesitaban y un mensaje bastante claro en su parte final: el Oeste debe atender a Oriente próximo. Palabrería algo naíf en un ejercicio arrogante y dictatorial.

    Pero el inefable maestro galo no fue el único protagonista del día. A primera hora, se proyectó la nueva película del realizador polaco formado en Reino Unido Pawel Pawlikowski, quien nos sorprendiera en 2013 con Ida, que obtuvo el Óscar a mejor película de habla no inglesa y el European Film Award a mejor cinta europea del año, entre otros galardones. El listón estaba muy alto, sí, y aunque Cold War no llega a los niveles de excelencia de su anterior largometraje, ha dejado un gran sabor de boca en la platea. Un drama romántico sobre cómo el arte se eleva rebelde ante el poder (y a su vez como este último lo utiliza para sus intereses), sea cual sea la época. Junto a la gran interpretación de Joanna Kulig, ha llamado la atención el poderío visual de un filme apoyado en la excelente dirección de fotografía en blanco y negro de Lukasz Zal. Anteayer otro filme con esta cromática nos sorprendía: la vital cinta rusa de Kirill Serebrennikov Leto. Sendas obras son las mejores presentadas en la mejor sección del festival. Un buen botín en un festival que todavía no ha alcanzado su ecuador.

    Prólogo: Emilio Luna.
    Críticas de Cold War, Ash is purest white y Le Livre d'image: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de El ángel y Mon Tissu préféré: Víctor Blanes Picó.

    por EAM
    mayo 12, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 3. Críticas: Cold War, Ash is purest white, Le Livre d'image, El ángel, Mon Tissu préféré

    por EAM | mayo 12, 2018
    La mujer del quinto | La femme du vème (The Woman in the Fifth), de Pawel Pawlikowski

    El desangelado aprendiz de Polanski

    crítica de La mujer del quinto | La femme du vème (The Woman in the Fifth), de Pawel Pawlikowski, 2011

    A remolque de la calurosa acogida recibida por su último trabajo, Ida (2013) –ganadora del Premio FIPRESCI en Toronto, entre otras muchas distinciones–, llega a las carteleras españolas, con tres años de retraso, el anterior trabajo del director polaco Pawel Pawlikowski, La mujer del quinto (2011). Se trata de la adaptación de la obra La mujer del quinto distrito, escrita por el dramaturgo estadounidense Douglas Kennedy, que también se ocupó del guión de la película a cuatro manos con Pawlikowski. A simple vista, la cinta tiene todos los ingredientes para resultar una interesante cita cinematográfica, esto es, una historia de amor apasionado y peligroso, unas buenas dosis de misterio (con algún toque fantástico, incluso) y una muy atractiva pareja protagonista formada por Ethan Hawke y Kristin Scott Thomas, intérpretes de comprobada solvencia a los que no se les suele resistir ningún personaje. Pero, por encima de todo, la firma de su director, responsable también de títulos tan destacados como Last Resort (2000) o Mi verano de amor (2004), era lo que hacía de La mujer del quinto una cita bastante apetecible para los amantes del buen cine europeo. Por desgracia, cualquier expectativa de encontrarnos ante una gran película queda disipada a los pocos minutos de metraje.

    por José Martín León
    abril 20, 2014

    Crítica | La mujer del quinto

    por José Martín León | abril 20, 2014

    entrevista| Gonzalo Hernández
    lugar| Librería Ocho y 1/2, Madrid.
    tipo| roundtable con diversos medios

    Uno de los nombres del 2013. Vencedor en Gijón, Londres y Toronto. La consagración del polaco Pawel Pawlikowski ha llegado con un íntimo y  blanquinegro retrato de una novicia cuya vida da un vuelco ante una revelación inesperada. Ida, uno de los grandes filmes del año, llega a nuestro país comandada por un cinesta sobrio pero cercano. Hay vida más allá de Wajda o Kieslowski.


    En Ida se pueden reconocer con claridad ecos y referencias al cine de Andrzej Wajda, Andrzej Munk o, incluso, Krzysztof Kieslowski. Quizás solo a modo espiritual pero parecen presentes. ¿Tiene en cuenta a estos clásicos del cine de su país al afrontar sus proyectos?

    — Sí, claro, son referentes. Munk, por ejemplo, me inspira mucho. De Wajda, porque sus películas son una especie de aroma de identidad polaca pero estéticamente es muy barroco. En mis películas, todas las cosas aparecen de forma mucho más reducida y sutil. Yo crecí viendo muchas películas de Bresson y Godard, así como de la Nueva Ola Checoslovaca, pero no puedo decir que tenga influencias claras. En cuanto a Kieslowski, me gustan mucho sus documentales. Se acercan a mí en cuanto al tema pero no en cuanto a la forma.

    ■ Impresiona su dirección. Todo son planos fijos, muy bien encuadrados y apenas hay travellings o movimientos. ¿Por qué un estilo así?

    — Las últimas escenas se rodaron con cámara al hombro. Hay muchos motivos, pero quizás se trate de una reacción personal mía. En una película con imágenes y potentes interpretaciones los encuadres suelen ser los mismos. El público tiene que mirar muy cuidadosamente. Supongo que es por esa crisis de la mediana edad que tengo y porque estoy aburrido de la gramática de la cinematografía. En cuanto a los encuadres, si me quiero poner intelectual, profundo, reflexivo, esa es la forma que mejor entiendo para reflejar el encarcelamiento de los personajes. Literalmente encerrados dentro de una toma, de un plano. Solo al final se producen esos dos movimientos: el de la cámara y el del personaje.

    La protagonista porta un gran peso en la película. ¿Cómo ha desarrollado ese recorrido y ese camino que finalmente tiene que tomar?

    — Hay dos personajes que sufren. Ida es una persona fuerte y unificada; la otra está mucho más dividida. Le asombra descubrir, por supuesto, descubrir que no era como creía ser. No le agrada tener que abandonar el monasterio y, por si fuera poco, descubre el amor, aunque no sea de forma erótica. Pero su tía es una encarnación muy fuerte de lo que es la vida. Es buena, es mala, es divertida, es horrenda. Es un personaje muy especial. Cuando ella desaparece, deja un vacío tremendo en Ida pero ese viaje que hace intente probar la vida antes de dejar. Intenta volverse en algo sensual y espiritual. Busca la evocación de un universo nuevo a través de la música pero, aún así, sigue sintiendo un enorme vacío.

    El discurso del holocausto está muy presente en el fondo de la película. Muchas otras también han tratado este tema a modo de telón secundario. ¿Cuál cree que es la mayor virtud y peor defecto de ellas?

    — No sé… No he visto ninguna película sobre este tema. [Risas] En mi película hablo sobre la fe, la fe católica, el comunismo, Polonia en los años 60. El holocausto es uno de esos elementos. No he querido centrarme simplemente en ese tema. De hecho, me esmeré por no hacer una película solo sobre ese tema. Preferiría leer un libro antes que ver un filme que hable solo de esto. Me interesan más los demonios personales y la investigación histórica. Creo que a los largometrajes no se les suele dar bien explicar esas cosas. Preferiría escribir un ensayo sobre eso. Sí me interesan las películas que traten muchos temas de manera libre, artística y abierta que sugiere mucho pero que no explica. Intenta hacerte pensar pero no instruirte. No piensas que alguien te ha explicado algo sino que te ha fomentado la curiosidad.

    por Unknown
    marzo 28, 2014

    Entrevista | Pawel Pawlikowski, director de «Ida»

    por Unknown | marzo 28, 2014
    Ida, de Pawel Pawlikowski, 2013

    De la fe y otros demonios

    crítica de Ida | Pawel Pawlikowski, 2013

    El cine polaco no ha dado demasiado que hablar en los últimos años. Dentro de una cinematografía pequeña y anclada en un puñado de tópicos, Ida, quinta película de Pawel Pawlikowski, es un pequeño e inesperado oasis de calidad. Pawlikowski, director polaco afincado en Londres, había dirigido dos películas tremendamente británicas como Last Resort (2000) y My Summer of Love (2004), que no hacían prever el giro casi filosófico que ha tomado con Ida. Su protagonista es Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia que se encuentra a punto de hacer sus votos finales en el mismo convento católico donde fue abandonada en 1945, cuando era un bebé. Antes de que eso suceda, la madre superiora la insta a que visite a su única pariente viva, su tía, Wanda Gruz (Agata Kulesza); ésta, antigua funcionaria de alto nivel del partido comunista que, debido a su conducta más que irregular, se ha visto reducida a ejercer de magistrada local, es una mujer dura, misántropa y rayana en el alcoholismo, entre otras adicciones. En plena borrachera, le revela a Anna una verdad que no esperaba: su verdadero nombre es Ida Lebenstein, y es judía. Tal revelación embarcará a tía y sobrina en un viaje por las carreteras de Polonia, en busca de la verdad sobre el destino de los padres de Ida, pero también de la historia personal de Wanda y de la posibilidad de una vida más allá de los muros religiosos y políticos que las atrapan.

    Reminiscente, al menos en su aspecto formal, del cine de Ingmar Bergman e incluso del de Carl Theodor Dreyer, Ida resulta un contundente análisis de la fe, entendida en su sentido más amplio y no sólo en el religioso, en un país tan sacudido por las complicaciones derivadas de ella como la Polonia de los años '60. Estamos ante una película de choques; al más tópico choque generacional entre Anna/Ida y Wanda, se superponen toda una serie de distintos enfrentamientos, algunos más inevitables que otros en el lugar y momento en que se ambienta la película. El intenso choque religioso entre católicos y judíos, la lucha por las conciencias populares entre la iglesia (católica) y el estado (comunista), y el abismo, preñado en ocasiones de resentimiento, entre los que vivieron los horrores de la guerra y los que nacieron en tiempos de (relativa) paz, se ven reflejados en uno y otro personaje, a veces insalvables, y otras veces con la chispa de la posible reconciliación.

    por Unknown
    noviembre 10, 2013

    Crítica | Ida

    por Unknown | noviembre 10, 2013

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