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    Jean-Luc Godard
    Jean-Luc Godard

    critica_livre_image_20190318.docx

    Crítica ★★★★★ de «El libro de imágenes», de Jean-Luc Godard

    Suiza, 2018. Título original: «Le livre d’image». Dirección: Jean-Luc Godard. Guion: Jean-Luc Godard. Compañías productoras: Casa Azul, Ecran Noir. Producción: Fabrice Aragno, Mitra Farahani. Fotografía: Fabrice Aragno. Montaje: Jean-Luc Godard. Duración: 84 minutos.

    Image et parole, imagen y palabra. El working title del filme que nos ocupa, reconvertido en subtítulo en su versión final, remite a la dualidad conceptual primaria del estilo godardiano. La palabra, en la mayoría del cine narrativo, forma un sendero. En manos de Godard, las palabras son los árboles de un bosque. O, si se prefiere, las olas de un mar —hay una escena de Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine, citada en El libro de imágenes en la que los aspirantes de un casting hacen casi literal esta idea, recitando en fila según pasan ante la cámara, cada uno unas pocas palabras a modo de ola, un texto de Faulkner—. «Brecht decía que, en realidad, solo en el fragmento es posible encontrar la verdad», recita Godard en los créditos finales, como si quisiera desnudar el típico procedimiento de su cine consistente en acumular citas textuales que, lejos de formar un discurso sólido, son pequeñas verdades que chocan entre sí, invaden el espacio de las otras y, a base de acumularse sin medida, forman ese bosque insondable. La palabra godardiana fragmentada es, además, solo una parte del modo de representación total de un cineasta para el que todo —hasta los conflictos bélicos, como explicaba en su intervención en Nuestra música— es montaje. Esto es, no solo la relación o tensión entre planos, sino la que provoca entre los distintos significantes simbólicos o indiciales y a su vez la relación de estos con el plano.

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 23, 2019

    Crítica | El libro de imágenes

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 23, 2019

    Eclipse en blanco y negro

    Crónica de la tercera jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Ayer fue el día de Jean-Luc Godard. El último trabajo del cineasta francés, Le livre d’image, se presentó como lo que es: un gran acontecimiento. El teatro Lumière estaba hasta la bandera y se respiraba en los aledaños ese clima de interés pese a que Godard, también como se esperaba, no hizo acto de presencia. Antes y después de la proyección, el público reverenció su figura, símbolo de la edad dorada del cine francés, aplaudiendo cada vez que se mentaba su apellido. Lo cierto es que, sin este en los créditos, este trabajo no vería la luz en la competición de un certamen de estas características. Su exhibición, además, supuso un reto para los centenares de personas sentadas en sus butacas: sucesión de imágenes, escenas fílmicas de clásicos, obras de arte del pasado siglo, audio que pasaba de estéreo a mono, narración y diálogos yuxtapuestos, subtítulos que desaparecían cuando más se los necesitaban y un mensaje bastante claro en su parte final: el Oeste debe atender a Oriente próximo. Palabrería algo naíf en un ejercicio arrogante y dictatorial.

    Pero el inefable maestro galo no fue el único protagonista del día. A primera hora, se proyectó la nueva película del realizador polaco formado en Reino Unido Pawel Pawlikowski, quien nos sorprendiera en 2013 con Ida, que obtuvo el Óscar a mejor película de habla no inglesa y el European Film Award a mejor cinta europea del año, entre otros galardones. El listón estaba muy alto, sí, y aunque Cold War no llega a los niveles de excelencia de su anterior largometraje, ha dejado un gran sabor de boca en la platea. Un drama romántico sobre cómo el arte se eleva rebelde ante el poder (y a su vez como este último lo utiliza para sus intereses), sea cual sea la época. Junto a la gran interpretación de Joanna Kulig, ha llamado la atención el poderío visual de un filme apoyado en la excelente dirección de fotografía en blanco y negro de Lukasz Zal. Anteayer otro filme con esta cromática nos sorprendía: la vital cinta rusa de Kirill Serebrennikov Leto. Sendas obras son las mejores presentadas en la mejor sección del festival. Un buen botín en un festival que todavía no ha alcanzado su ecuador.

    Prólogo: Emilio Luna.
    Críticas de Cold War, Ash is purest white y Le Livre d'image: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de El ángel y Mon Tissu préféré: Víctor Blanes Picó.

    por EAM
    mayo 12, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 3. Críticas: Cold War, Ash is purest white, Le Livre d'image, El ángel, Mon Tissu préféré

    por EAM | mayo 12, 2018

    Godard contra la televisión

    Crítica ★★★ de Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (Grandeur et décadence d'un petit commerce de cinema, Jean-Luc Godard, 1986).

    «¿Es usted director de cine?», pregunta ella. «Antes sí. Ahora ya no. Sólo vídeo», responde él. Este es un filme sin granulado, una película sin película. Esta obra del maestro Jean-Luc Godard llega por primera vez a las salas de cine en 2k. A mediados de los 80, TF1 confía al director la adaptación de una novela negra de James Hadley Chase titulada Chantons en choeur, enmarcada en la colección Gallimard de dicho género. El cineasta francés aprovecha esta oportunidad para realizar una reflexión sobre el declive de la producción cinematográfica francesa en esos años. Como era de esperarse, la película apenas alude el libro de Chase. En Grandeza y decadencia, este texto convive en total democracia con los filmes más emblemáticos de Jacques Tati o Antonioni y la música de Leonard Cohen, entre muchas otras referencias artísticas. Más que un pastiche, un collage donde la etimología de las palabras se subraya en varias ocasiones (original, origen; secretaria, secretos). Así, Godard parece haber destilado Chantons en choeur hasta dar con la esencia del género: «Las grandes novelas negras son aquellas en las que alguien que tiene problemas intenta escapar de ellos, todo rodeado por un ambiente particular. Si esa es la premisa del cine policíaco clásico, yo la respeté por completo». Grandeza y decadencia es una reflexión sobre la necesidad que sentía Godard de vencer la omnipotencia de la televisión. Un problema del cual escapar. ¡Va Godard y hace un telefilme! Un ambiente «particular». Sí, señor. (Godard 1 - TV 0). Ante todo, esta película es un ensayo dialéctico. Está, por supuesto, la dialéctica del lenguaje, el ingrediente autorreferencial, metaficcional y reflexivo hasta la médula que caracteriza el estilo godardiano. Pero su toque se percibe más allá de un juego de imágenes y miradas furtivas que interpelan al espectador. En el corazón mismo de esta obra nos encontramos con las grandes preguntas de El soldadito y de Al final de la escapada. Eso sí, con un ritmo más oscilante, menos chispa y a todo color. No creo que haya habido antes un momento más oportuno para proyectar esta pieza que emigra desde la televisión hasta la sala de cine. Porque en los últimos años ha emergido un je ne sais quoi en los productos televisivos que nos han hecho replantear muchos de los prejuicios sobre los formatos, donde a priori el cine es un arte y la televisión un mero entretenimiento. Times are a’changing! (Godard 1- TV 1)

    Desde el comienzo de la película vemos una gran variedad de actores que acuden a un casting y recitan versos de Faulkner, sin siquiera saberlo. Hay un plano secuencia en el que desfilan repitiendo frases inconexas y desordenadas. Digamos que ven las olas, pero no se hacen con una composición del océano. Muy acorde a la novela moderna norteamericana, será necesario «filtrar» sus intervenciones en cámara para descubrir que en esta película hay tan sólo dos personajes: la grandeza y la decadencia. Otro par dialéctico inseparable, como el mote de «fábrica de sueños», donde convive la parte artística del cine con su mundana necesidad de encontrar los recursos y medios que hagan posible su realización. Para encarnar al primero, se nos presenta un histriónico director de cine llamado Gaspard Bazin, interpretado por Jean-Pierre Léaud. André Bazin, como padre espiritual de la Nouvelle Vague y protector de un grupo de jóvenes críticos de cine con ganas de convertirse en cineastas, presta su apellido para encarnar el lado soñador y grandioso del cine. Después de todo, Bazin convivió con directores de la talla de Roberto Rossellini, William Wyler y, por supuesto, Jean Renoir. Sin embargo, las viejas glorias de este director han cedido paso a una carrera como encargado de casting para una cadena de televisión. Un trabajo monótono y sin chispa, cuyos actores pueden ser amateurs de la interpretación, pero que mantiene a Bazin ligado, de algún modo, a su pasado profesional. Como contraparte financiera, pero no por ello menos atormentada y decadente, Godard crea un Frankenstein de bufanda roja y pelo desaliñado que responde al nombre de Jean Almereyda. Esta vez el apellido alude al padre de Jean Vigo, quien utilizaba el pseudónimo de Miguel Almereyda (acrónimo de «y'a la merde!», «¡hay mierda!», en español). Almereyda es un productor de cine venido a menos que se mete en negocios turbios con unos gánsteres para salvar su compañía. «Quedaos con los sueños y dejadme a mí la fábrica». Almereyda está casado con Eurídice, una guapa actriz con un rostro antiguo, al estilo de Dita Parlo (L’Atalante, La gran ilusión), que enseguida llama la atención de Bazin, quien accede a hacerle un casting pese a la desaprobación de Almereyda.

    por EAM
    diciembre 02, 2017

    Crítica | Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine

    por EAM | diciembre 02, 2017

    Et ce sera justice

    La mujer casada (Une femme mariée, Jean-Luc Godard, Francia, 1964).

    El sentido idiomático del cine de Jean-Luc Godard, al menos en su primer período, no es restrictivo de las variedades sintácticas del francés como lengua enunciativa del mensaje, sino que está significativamente condicionado por la polisemia y la sinestesia de su discurso, gracias a una minuciosa preocupación por el estudio metódico de sus personajes y la contradictoria relación comunicativa entre el lenguaje verbal y el corporal. Esta particularidad encuentra su ejemplo paradigmático en La mujer casada (Une femme mariée, 1964), donde los actores logran, con tremenda naturalidad, transmitir con sus gestos y miradas una idea antagónica a la que podemos escuchar con sus palabras. El director construye una crítica a la sociedad del consumo y a la cultura de la superficialidad, algo que queda plasmado con ejemplar concreción en la figura de su protagonista, una mujer —de cuya complejidad hablaremos más adelante— preocupada por comparar de forma obsesiva su cuerpo al de los estándares de belleza canonizados que aparecen en las revistas femeninas, o en esos panfletos ilustrativos que, siguiendo una serie de instrucciones, enseñan a las lectoras a cumplir con los deseos y los gustos del hombre. Un elocuente reproche a la banalidad elitista del París más hipócrita que vive refugiado en su doble moral, muy anclado a sus tradiciones judeo-cristianas y que considera el amor libre como un obsceno atentado de grupos marginales al romanticismo clásico. Por este motivo, el hecho de que la película aborde de manera tan abierta el tema del adulterio y sus implicaciones en una mujer sexualmente emancipada, fue considerado una ofensa contra la integridad de la burguesía, que aparece personificada en esta señorita libidinosa y ladina, cuyas inquietudes y conflictos sólo afectan a las posibles represiones socio-culturales, y no en un sincero arrepentimiento moral.

    A pesar de que, atendiendo a su previa filmografía, esta cinta posee una legibilidad y una sencillez en cuanto a su planteamiento inopinadas, su estructura narrativa, todavía muy asentada en la vanguardia y en los informes dispositivos semánticos propios del avant-garde, la condenó al ninguneo y al desprecio, tanto del público, distraído por la divertida y accesible Banda aparte (Bande à part) que el realizador estrenó ese mismo año, como del propio sistema político-social, que no dudó en censurarla movido, más por el mensaje anticapitalista y el sarcástico tratamiento de la clase alta francesa, que por las sugerentes escenas de pudorosos desnudos parciales que aparecen. Desprecio por completo desaparecido en la actualidad, una vez se ha podido analizar la trama sin ningún tipo de restricción y comprobar la pluralidad de recursos que Godard emplea en la construcción de Charlotte; motor argumental, visual y textual, de este ménage à trois voyerista con el que introduce al espectador en un ambiente privativo que no le corresponde. Un universo de intimidades y secretos en el que Charlotte realiza malabarismos sentimentales con dos hombres, y para el que se nos concederá un permiso de entrada de 24 horas, tiempo suficiente para descubrir una de las personalidades más interesantes de la Nouvelle Vague, cuyas emociones parecen haber estado siempre condicionadas por los deseos del hombre y por el extenuante esfuerzo de éste por evitar que la joven, de espíritu libre, escape del abrigo de su totalitaria protección. En el entramado godardiano la mujer vive recluida en su infelicidad a causa de la necesidad del hombre de privatizar la belleza que no le pertenece. Aunque los esfuerzos retóricos del cineasta estriban en su voluntad de fragmentar la narración, conseguir una perspectiva múltiple, generar un constante sentimiento de duda emocional y establecer un distanciamiento empático con sus personajes; por primera vez antepuso la idea a la intención, es decir, sacrificó la abstracta vaguedad de su, hasta entonces, intrincado mensaje, por un producto más expositivo y directo, que daría pie a su vertiente más ideológica iniciada al año siguiente con Pierrot el loco. En esta dinámica, a pesar de esos collages de interacción carnal entre la protagonista y sus dos pretendientes amorosos, de gran poder simbólico, la cinta encuentra su camino hacia una rigurosidad formal más propia de los trabajos de Bresson y Resnais, lo que le permite presumir de recursos estilísticos como no había podido hacer en anteriores ocasiones, destapándose una sucesión de capas sincréticas entre las que destacamos tres niveles de implicación semántica de especial relevancia, siendo el primero de ellos, por supuesto, el proceso de desarrollo del personaje interpretado por Macha Méril y las implicaciones sexuales y discriminatorias del mismo.

    por Alberto Sáez Villarino
    febrero 01, 2017

    Cineclub: La mujer casada (1964)

    por Alberto Sáez Villarino | febrero 01, 2017
    Leviathan (Andréi Zvyagintsev)

    Reposiciones, Parte I

    Críticas: Leviathan (Andréi Zvyagintsev), Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard) y Pride (Matthew Warchus).

    La décima jornada revolucionó las listas de favoritos. La rusa Leviathan llegaba a escasos días del anuncio del palmarés para convertirse en una de las cintas más nombradas gracias a su hiriente retrato de una Rusia corrupta, hermosa y decadente. Pero no se quedaba sola. Jean-Luc Godard alteraba las pasiones de la cinefilia más ortodoxa de Cannes. que se rendía fanáticamente a un ejercicio de un pretenciosidad desaforada que explora hasta el agotamiento el lenguaje de las tres dimensiones redifiniendo un 3D autoral que ha demostrado que puede usarse con mucho acierto para propuestas puramente independientes. En mitad de estos dos grandísimos nombres, la convencional Pride se convertía en la ganadora del Premio Queer del festival. Su discurso exaltador y amable lo permitía fácilmente, a pesar de una estructura narrativa y una construcción de personajes que tira del manual de las historias en torno a grandes empresas que salen adelante gracias a la fe de sus miembros. Sin duda, el estreno más débil visto en la Quincena de los Realizadores.

    por Unknown
    mayo 25, 2014

    Cannes 2014 | Críticas: 'Leviathan', 'Adiós al lenguaje' & 'Pride'

    por Unknown | mayo 25, 2014

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