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    Isaki Lacuesta
    Isaki Lacuesta
    || Críticas | ★★★★★ |
    Segundo premio
    Isaki Lacuesta & Pol Rodríguez
    Sentir la música a través de los ojos


    Yago Paris
    Madrid |

    ficha técnica:
    España. 2024. Título original: Segundo premio. Director: Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez. Guion: Isaki Lacuesta, Fernando Navarro. Productores: Gonzalo Bendala, Paola Botrán, Roberto Butragueño, Laura Castro, Cristóbal García, Alex Lafuente, Fernando Navarro, Fidel Pérez, Edmon Roch, Javier Ugarte, Marta Velasco. Productoras: La Terraza Films, Áralan Films, BTeam Pictures, Ikiru Films, Sideral Cinema, Los Ilusos Films, Toxicosmos. Fotografía: Takuro Takeuchi. Música: Susana Hernández 'Ylia'. Montaje: Javi Frutos. Reparto: Daniel Ibañez, Cristalino, Stéphanie Magnin, Mafo, Chesco Ruiz, Daniel Molina, Edu Rejón, David Alcalá Fraile, Julen Clarke.

    I. El contexto del biopic musical

    Al calor del estreno de Back to Black (Sam Taylor-Johnson, 2024), el biopic musical que aborda la vida y obra de Amy Winehouse, el crítico Alberto Corona ha publicado recientemente un ensayo donde disecciona el citado subgénero. Su tesis es el recrudecimiento de las dinámicas comerciales que han pasado a dominar de manera descabellada la producción de este modelo de cine. Las líneas maestras de estos filmes son: lo baratos que resultan, pues los poseedores de los derechos de autor de la música de la estrella de turno están directamente implicados en la producción del filme; y un entendimiento de la ficción como catalizadora de un aumento exponencial del número de reproducciones posteriores en plataformas de música bajo demanda como Spotify. Corona argumenta que el modelo está viciado, y que, si bien siempre ha tendido a una cierta mediocridad y estandarización, la situación actual –que el autor explica a raíz del rotundo éxito de Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018)– es especialmente perniciosa para los intereses cinematográficos, como así lo atestiguan la propia Back to Black o la también reciente Bob Marley: One Love (Reinaldo Marcus Green, 2024), lo que al mismo tiempo tampoco impide que, en ocasiones, sí se produzcan milagros audiovisuales como el de Elvis (Baz Luhrmann, 2022).

    Coincido con mi compañero crítico en que el biopic musical siempre ha sido un subgénero altísimamente codificado. En este sentido, cabe destacar que esto en ningún caso es necesariamente un problema; la cuestión es que la codificación concreta de esta modalidad cinematográfica nunca ha atendido a los intereses creativos, sino de reproducción de un modelo comercial exitoso y fácilmente replicable. También me veo en la necesidad de señalar que el contexto actual –como el del cine en general, tampoco nos llevemos a engaño– es notoriamente peor que el de hace algunas décadas. Solo basta con comparar ejemplos como los citados de Amy Winehouse o de Bob Marley con los desarrollados en la primera década de los 2000 en torno a Ray Charles –Ray (Taylor Hackford, 2004)– o a Johnny Cash –En la cuerda floja (Walk the Line, James Mangold, 2005)–. A nadie se le deberían escapar dos detalles significativos: en aquel entonces la industria musical no sufría la crisis económica en la que hace tiempo que se encuentra, y en aquella época todavía se le daba importancia a la figura del artesano, aquel modelo de director sin necesariamente un discurso autoral, pero sí con una sensibilidad y un conocimiento suficientes de la historia y las características del medio artístico como para narrar de manera solvente y convincente. Back to Black y Bob Marley: One Love son telefilmes sin tapujos, lo que en realidad reincide en la idea señalada por Corona, la de la rentabilidad a toda costa. Ya no existe el menor pudor a la hora de entregar filmes cinematográficamente mediocres, porque el objetivo, más que nunca, no es el de crear una ficción audiovisual valiosa, sino lo que viene después. De la misma manera que el objetivo de cada película del Universo Cinematográfico de Marvel consiste en que quieras ver la siguiente –como lo ejemplifica uno de sus distintivos más claros: la escena poscréditos–, y no tanto en que asistas a una obra rotunda, válida en sí misma, el objetivo actual del biopic musical no es la película en sí, sino las escuchas musicales posteriores.

    Es cierto que la situación actual es especialmente problemática, pero el biopic musical siempre me ha resultado un subgénero podrido por dentro. Como comentaba anteriormente, el punto de partida es pernicioso y dinamita las posibilidades de crear un discurso audiovisual en condiciones. Mis reflexiones en torno a esta modalidad cinematográfica –en cuya tentación tiendo a caer– durante todos estos años me han llevado a concluir que los principales problemas son los siguientes. A nivel narrativo, se tiende a crear una estructura dramática excesivamente rígida. Por un lado, esta tiende al consenso y a lo que se entiende como la «historia oficial». Por otro lado, la habitual evolución de inicios prometedores, ascensión fulgurante, caída a los infiernos y redención final estereotipa y homogeniza las vidas de artistas tan diversos en obra musical, época histórica en la que aparecieron, problemas a los que se tuvieron que enfrentar y, todavía más básico, la mera personalidad inherente a cada individuo. Así, podría dar la impresión de que las vidas de los artistas musicales son intercambiables, lo que deja traslucir una mentalidad de productor musical pop, que, evidentemente, entiende a cada figura bajo su paraguas como una herramienta más que explotar. Al mismo tiempo, parece existir la necesidad de contar el grueso de la vida del artista, lo que necesariamente provoca una notoria ausencia de complejidad en las historias, que evolucionan con prisas por cada etapa vital del músico en cuestión, una circunstancia que facilita la citada estandarización estructural.

    A un nivel dramático, se manifiesta un problema todavía mayor que el narrativo, y que considero que es el principal problema que explica el fracaso habitual de los biopics musicales como obras cinematográficas: en ellas existe una clara tendencia a utilizar la música de los artistas como explicación de la evolución de sus vidas. Y al decir música soy consciente de lo generoso que estoy siendo, porque normalmente no es la música lo que se utiliza, sino exclusivamente las letras de las canciones; interpretar la sonoridad del artista, tratar de dar forma a las sensaciones y atmósferas que esta crea, es una tarea excesivamente compleja para proyectos habitualmente tan desinteresados por la parte artística, ya sea esta musical, cinematográfica o de cualquier tipo que uno se pueda imaginar. Esta realidad se alía con otra, directamente relacionada con el problema en cuestión, que consiste en que los biopics musicales tienden a ser retratos de lo que los artistas hicieron o vivieron, no de lo que su música es y significa. Estas dos ideas se pueden combinar en la siguiente afirmación: en los biopics musicales, la música sirve para explicar las vidas de los artistas.

    por Yago Paris
    junio 08, 2024

    Crítica | Segundo premio

    por Yago Paris | junio 08, 2024

    Herida colectiva

    Crítica ★★★★☆ de «Un año, una noche», de Isaki Lacuesta.

    España, Francia, 2022. Título original: «Un año, una noche». Dirección: Mikhaël Hers. Guion: Isa Campo, Isaki Lacuesta, Fran Araújo, basado en el libro de Ramón González. Compañías productoras: Mr. Fields and Friends, Bambú Producciones, La Termita Films, Noodles Production. Distribuidora en España: BTeam Pictures. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Competición). Dirección de fotografía: Irina Lubtchansky. Música: Raül Refree. Intérpretes: Nahuel Pérez Biscayart, Noémie Merlant, Quim Gutiérrez, Alba Guilera, Natalia de Molina, C. Tangana, Enric Auquer, Blanca Apilánez, Bruno Todeschini, Sophie Broustal. Duración: 120 minutos.

    Algo curioso ocurre con el cine cuando lo entendemos como imitación de la realidad: observar en pantalla la recreación de ciertos acontecimientos —quizás recientes— representativos a escala social nos proporciona algo así como una legitimación, como si, una vez filmada la película, los hechos obtuviesen un permiso tácito para insertarse en sí dentro del canon de la historia. Un mecanismo interesante, en el que siempre surgen cuestiones de carácter técnico y ético acerca de cuán respetuosa es o debe ser la aproximación, a qué licencias, digamos, artísticas, setiene permitido recurrir, o cuál es la función de la película, de la «ficción» como tal. Isaki Lacuesta se ha puesto al frente de un delicado proyecto, por doble motivo: por un lado, adapta un relato biográfico, Paz, amor y death metal (2018); por otro, en Un año, una noche, el director retrata los atentados terroristas en el club Bataclan de París, el 13 de noviembre del 2015.

    Esta película se aproxima inteligentemente no tanto a los hechos, en sí, sino a sus consecuencias, al «después». Ramón (excelente interpretación de Nahuel Pérez Biscayart) y Céline (Noémie Merlant) acaban de pasar por momentos de un horror prácticamente indescriptible, casi abstracto. A la mañana siguiente de los atentados, se pone de manifiesto cuál es y será la actitud de cada uno frente al asunto: mientras Ramón se ve sobrepasado con la enorme cantidad de mensajes, llamadas y muestras de preocupación de su familia y sus amigos, Céline, por el contrario, parece querer pasar desapercibida. De este modo, asistimos a dos vías muy diferentes, aparentemente irreconciliables, de enfrentar los traumáticos eventos sufridos.

    A pesar de la gravedad, de la rotundidad de tal situación, la vida parece seguir adelante. Cuando se torna insoportable permanecer en más tiempo encerrados en el piso que comparten, Céline y Ramón deciden salir al exterior por primera vez —secuencia en que la perspicaz cámara de Irina Lubtchansky enfoca a los personajes siempre desde la distancia y a través de cristaleras, marquesinas y escaparates, como demarcando una distancia, un aislamiento—, encontrándose con policía y militares constantemente, claro, pero también con un mar de gente, inmersa en sus actividades cotidianas, supermercados, cafeterías y restaurantes. ¿Acaso no debería haber ocurrido algún tipo de reflejo social más tangible de este daño tan espantoso? Resulta incomprensible por momentos pensar que existe un después continuo, como si los atentados sufridos fuesen apenas una interrupción puntual.

    Ramón parece querer, de alguna manera, abrazar esta vuelta a la cotidianidad, pero simplemente no puede. Es imposible. A cada paso que da lo envuelve una angustia insoportable, auténtico pánico, que le impide literalmente realizar cualquier actividad básica con normalidad. Abandona su trabajo como consultor en una empresa y comienza, poco a poco, a intentar entender o acercarse a su trauma. Su cuerpo aún lleva los moretones y cicatrices como un memento. Él mismo recuerda cada detalle, cada gesto de uno de los atacantes, y sueña, sueña con las partículas que flotaban en el aire de la sala de conciertos, mientras la policía evacuaba a los supervivientes, partículas de una hermosura inusual, hechas de polvo y vapor generado por los cadáveres. Y, a pesar de lo duro que resulta, siente la tremenda urgencia de no olvidar cada uno de los pormenores, de cuidar con afecto su atroz tesoro y no desprenderse de la evocación este espectáculo de barbarie, porque necesita hacer algo con todo aquello, contarlo de una manera que permita a los demás entender semejante desgracia. Continuamente aparecen en su cabeza fogonazos de flashbacks, gritos y secuencias de atropellado caos, que parecen mantenerlo en un estado de vigilancia constante, como si su sistema límbico no tuviese un segundo, un instante de descanso.

    por Luis Enrique Forero Varela
    octubre 30, 2022

    Crítica | Un año, una noche

    por Luis Enrique Forero Varela | octubre 30, 2022

    Sobre la misma columna, abrazados sueño y tiempo

    Crítica ★★★★ de Entre dos aguas (2018, Isaki Lacuesta).

    España, 2018. Director: Isaki Lacuesta. Guion: Isaki Lacuesta, Isa Campo, Fran Araújo. Productoras: La Termita Films, BTeam Prods, All Go Movies, Mallerich Films, Bord Cadre Films, SC Studio Indie SRL. Música: Raül Refree, Kiko Veneno. Fotografía: Diego Dussuel. Montaje: Sergi Dies. Reparto: Israel Gómez Romero, Francisco José Gómez Romero, Rocío Rendón, Yolanda Carmona, Lorrein Galea, Manuel González del Tanago. Duración: 136 minutos.

    Entre dos aguas se articula sobre una estructura de avance lineal que, sin embargo, juega con algunas digresiones arrojando flashbacks de la niñez de sus dos hermanos protagonistas, Isra y Cheíto. Lo llamativo es que esos saltos temporales apelan a una experiencia visual compartida previa, La leyenda del tiempo (2006), docuficción rodada en Cádiz doce años atrás con los mismos protagonistas (en su primera parte) y respecto a la que funciona a modo de secuela o reencuentro: lo primero si apelamos a términos de ficción (el sueño), lo segundo si empleamos una palabra más adecuada para el documental (el tiempo). Ambos conceptos quedan indisolubles, como el sueño y el tiempo en la letra de Camarón de la Isla de la que La leyenda del tiempo tomaba su título. Vemos aquí al Isra preadolescente tatuarse en el brazo el nombre de su padre y, tras el corte, vemos el mismo tatuaje en el brazo del Isra adulto, y la conexión entre sendas temporalidades ya no es un mecanismo narrativo sino una memoria que el cine —y he aquí lo mágico de la operación— puede revivir en bruto. Lacuesta convierte el mero corte de montaje en una herramienta fascinante limitándose a aprovechar la lectura tan distinta que inspira sobre las imágenes el «esto pasó realmente, ya estuvimos allí». Quizá el corte más hermoso de toda la cinta ocurre cuando Lacuesta repite otra escena de La leyenda del tiempo, una conversación entre Isra y Cheíto en la que el primero habla al otro lado de un visillo. El filme corta en un instante en el que el visillo cubre la figura de Isra y, tras unos momentos de plano vacío, quien lo descorre es el Isra adulto. Hasta que el personaje no reaparece uno no es consciente del cambio de plano, y este pequeño retraso del corte perceptivo respecto al de montaje cuaja un pequeño milagro.

    En otros momentos, Lacuesta introduce también secuencias rodadas para La leyenda del tiempo que no formaron parte de la versión final, y aquí ya no solo opera esa memoria mestiza de la que hablábamos, sino también el descubrimiento. En una parte no mostrada antes de las conversaciones con Saray (la muchacha de la que el pequeño se enamoraba), el Isra «del pasado» le cuenta en detalle su plan para vengar a los asesinos de su padre. El luto que subyacía en La leyenda del tiempo se desvela, doce años después, en la rabia contenida que define al Isra de Entre dos aguas, pero que también hace encontrar la latencia de su versión adulta en La leyenda del tiempo. En otro plano de 2006 que ve la luz ahora, Isra juega a un shooter en las recreativas después de haberle contado a Saray sus intenciones. Y aquí, la lectura es la opuesta: en los dos Isras hay un niño que no ha dejado de ser tal, y que así se manifiesta en escenas tan encantadoras como el reencuentro entre los dos hermanos después de que Isra haya cumplido condena, en la que se limitan a compartir un baño y ahogadillas en la ría (de nueva, una reminiscencia de La leyenda del tiempo). El volver a los mismos escenarios gaditanos doce años después parece servirle a Lacuesta, en fin, no solo para retomar a sus personajes, sino para volver sobre sus propias imágenes filmadas, para descubrir en el pasado capturado unas señales del presente que solo ahora son interpretables.

    por Miguel Muñoz Garnica
    diciembre 07, 2018

    Crítica | Entre dos aguas

    por Miguel Muñoz Garnica | diciembre 07, 2018

    Crónica Número VII del 66SSIFF

    Día 7 en el Donostia Zinemaldia.

    Fuera de campo, en una escena de la película china Breeze, suena difuminada y diegéticamente una versión de Every breath you take, el clásico de The Police. Concretamente, la de Puff Daddy y Faith Evans renombrada I’ll be missing you en memoria de Notorious Big, un tema indispensable de la escena comercial de los 90. El corte en cuestión podría encuadrarse en una de las primeras corrientes de remasterización para las nuevas generaciones de los hitos artísticos de los 70 y 80. Una tendencia que superado el umbral del nuevo milenio se ha convertido en una constante: sea de forma bruta o sutil, un amplio catálogo musical y cinematográfico adapta cánones y formas ya creados. Una sentencia con la que podríamos definir a Nuevos Directores, el segundo apartado en importancia del festival, algo en lo que ya incidimos en nuestro artículo previo. Nuevos Directores trae a San Sebastián quince premieres mundiales o internacionales con primeros y segundos trabajos de directores y directoras y, pese a su anatomía de outsiders, es raro no asistir a una revisión de algo anteriormente proyectado o estructurado sobre los estilemas de un autor o cine concretos. Señal, por otro lado, inequívoca sobre la escasa originalidad de las propuestas cinematográficas contemporáneas, adscritas a movimientos (sean estéticos, ideológicos o filosóficos) ligados a la actualidad e incapaces de romper mínimamente el patrón. A partir de esto, y dejando a un lado esos anhelos críticos difícilmente alcanzables, sí que podemos discriminar la valía de trabajos que, en su amplia mayoría, apuestan por la honestidad y/o por el virtuosismo técnico. En este último caso han surgido filmes como The Third Wife, protagonista de esta crónica, Meteorite, Julia y el zorro, Oreina o Jesus. Más sobrias se muestran Viaje al cuarto de una madre, Midnight Runner, A Decent Man o la citada Breeze. Todas creaciones que si bien pasarán desapercibidas en el circuito –salvo las producciones españolas, resultará complicado que encuentren distribución en nuestro país—, se pueden calificar de meritorias. Es el cine del mañana; hay motivos para el miedo, pero también para la esperanza.

    Prólogo: Emilio Luna.
    Crítica de The Third Wife: Jose Luis Forte.
    Crítica de Entre dos aguas: Miguel Muñoz Garnica.
    Crítica de Marilyn: Juan Roures.

    por EAM
    septiembre 28, 2018

    San Sebastián 2018: Número 7 | Críticas: Entre dos aguas, The Third Wife, Marilyn

    por EAM | septiembre 28, 2018

    Identidades

    crítica de La próxima piel (La propera pell, Isaki Lacuesta & Isa Campo, España, 2016).

    De todos los nuevos autores españoles surgidos a principios de este siglo, puede que Isaki Lacuesta sea el más camaleónico, quien ha cimentado parte de su carrera en saber cambiar de piel: desde el falso documental hasta la sátira política, pasando por documentales de mirada pausada y melancólica y ficción de denuncia a base de silencios. Sería difícil, y también injusto, colocar una simple etiqueta de género al cine del director gerundense. Parece que con cada nueva película se esfuerza por reformularse. Y de este modo, tras el fiasco que supuso Murieron por encima de sus posibilidades, ahora se adentra en el peligroso territorio del thriller acompañado en esta ocasión en las labores de dirección por la guionista y productora Isa Campo. Esta es, sin duda, su película más accesible, pero no por ello se acomoda en terrenos más complacientes y alejados del sello de autor. Y es que a La propera pell tampoco le hace justicia la simple etiqueta de thriller. Hay mucho más que eso, y una voluntad clara por querer desviarse de los mecanismos y estructuras típicos de la construcción arquetípica del género.

    El argumento podría parecer sacado de uno de esos telefilmes de tres al cuarto: un adolescente desaparecido hace ocho años en extrañas circunstancias vuelve a reencontrarse con su madre y sus familiares, muchos de ellos convencidos a estas alturas de que estaba muerto. Pero, ¿es realmente ser quien dice ser? ¿Este joven que ahora se hace llamar Léo es realmente el pequeño Gabriel que desapareció en el bosque años atrás? Con estas incógnitas, Lacuesta y Campo adoptan la forma propia del whodunit policial para aplicarlo al drama familiar y así construir lo que podríamos denominar un whoishe (¿quién es él?) que camina constantemente sobre el fino hilo de la incertidumbre. El gran acierto de La propera pell es conseguir que la duda planee en todo momento sobre todos los personajes. Incluso en los momentos de transición o donde la tensión supuestamente debería quedar en segundo plano (una simple conversación con amigos, una cena un lunes cualquiera en casa), el medido guión consigue sembrar la sombra de la sospecha, inocular un sentimiento de desconfianza seguido por una extraña sensación de empatía hacia el personaje de Léo/Gabriel (estupendo Àlex Monner, reivindicándose como uno de los mejores actores de su generación) que mueve constantemente la película hacia adelante y elimina de un plumazo las férreas estructuras de revelación de la información propias de los thrillers masticados y preparados. La propera pell se esfuerza en ir mostrando sus cartas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, sin dejar un momento de respiro pero con la delicadeza del funambulista que sabe que cualquier paso en falso le puede hacer caer al abismo de la evidencia. Prefiere susurrar que gritar, como esas insistentes voces que parecen golpear la conciencia y la memoria de Léo/Gabriel. Y pese a todo, al mismo tiempo, se encarga de mostrar el posible reverso de todas esas cartas: ¿y si lo que estuvieras viendo no fuese más que una pantomima? Ese continuo sentimiento de duda se adhiere a un trágico pasado familiar que, como todo elemento de tensión, sobrevuela cada gesto y cada interacción de los personajes. ¿Qué relación tiene este joven con la tragedia que sacudió a la familia? Todo son preguntas e interrogantes que se van acumulando hasta el clímax final, donde se despejan todas de golpe en una secuencia brillante diseñada para dejarnos clavados revisitando las conclusiones (puede que erróneas) que hemos ido sacando a lo largo del metraje.

    Si en términos de género podemos decir que se sitúa entre las aguas del thriller y del drama familiar, la trama también nos lleva a un terreno de paso: a la frontera entre España y Francia, donde la belleza del blanco de la nieve y la tosquedad de los picos y peñascos crean una tonalidad de grises áridos y hostiles que, junto con las tomas largas e incisivas que buscan el gesto y la mirada de unos personajes que parecen también interrogarse a sí mismos, proporciona empaque y solidez a la propuesta. Un lugar donde los afectos se confunden con intereses, donde la forma de vivir en ocasiones se acerca más a lo primitivo que a lo establecido. Así es como Lacuesta y Campo vuelven a poner de relieve uno de los temas cruciales de los grandes thrillers de la historia del cine: la identidad. Una tema subyacente que afecta, sin duda, a los protagonistas: el personaje principal, la madre (Emma Suárez, dulce, frágil pero a la vez misteriosa), el tío (Sergi López, impulsivo, primario y receloso de la verdad)... pero que también se infiltra en la puesta en escena. La propera pell, al fin y al cabo, acaba también por proponer una nueva piel que dota de una identidad propia a esta melé de géneros y referencias. | ★★★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / D'A 2016


    Ficha técnica
    España. 2016. Título original: La propera pell. Dirección: Isaki Lacuesta, Isa Campo. Guión: Isaki Lacuesta, Isa Campo, Fran Araujo. Fotografía: Diego Dussuel. Duración: 100 minutos. Montaje: Domi Parra. Diseño de vestuario: Laura Gasa, Olga Rodal. Intérpretes: Álex Monner, Emma Suárez, Sergi López, Igor Szpakowski, Bruno Todeschini, Greta Fernández. Presentación oficial: Festival de Málaga 2016.

    Póster: La propera pell
    por Anónimo
    julio 05, 2016

    Crítica | La próxima piel (La propera pell)

    por Anónimo | julio 05, 2016
    Julia Pollán

    La 'bombita' del día

    Crónica de la séptima jornada de la 62ª edición del Festival de San Sebastián

    Una de las primeras señales que un festival está cerca de su conclusión proviene de la habitación donde te hospedas. Y no por su desorden (inherente, según cada uno) sino por el duro apego a la cama. Élla sabe que la necesitas más que nunca y hace todo lo posible porque no la abandones. En ese momento, con medio cerebro desconectado puede, aún, una responsabilidad que espera el feedback por el trabajo bien hecho. En un día como hoy, sin duda, el refuerzo es negativo y el perro de Pávlov se iría a jugar a la pelota sin pensarlo demasiado. Y es que levantarse con las últimas obras de Danis Tanovic y/o Pablo Malo ha sido un golpe bajo que, aunque siempre alerta, nunca te esperas. Cine con mosca en la esquina, con actores perdidos y con ideas que buscan malinterpretar. Ambas, dos causas judiciales de importante interés. Ambas, dos despropósitos, ahora sí puedo decirlo, indignos de cualquier festival. Llegan tarde, llegan mal.

    Y más con el recuerdo perenne de Magical Girl, presentada en la mañana, que, como era de esperar, ha dejado huella en el respetable. Los componentes del equipo se han dado un baño de multitudes previo a la presentación. Entre esos profesionales reconocidos, asomaba la cabecita de una joven que emociona en la primera parte del largometraje de Vermut. El mundo ha sido suyo durante dos horas. A tanto no llegó Isaki Lacuesta, el enfant terrible del cine vasco. Ni siquiera salió de puerto. Murieron por encima de sus posibilidades fue la gran decepción del día. Un carrusel de bizarradas, válido, como mucho, para una noche de borrachera. Algo para lo que también pudiera funcionar Relatos salvajes, pero por razones muy diferentes. Todo un carnaval de violencia y humor que logra que su dos horas se pasen en un suspiro. El momento emotivo del día lo trajo el documental dedicado a Basilio Martín Patino. Más que por su factura, por su personaje, todo un símbolo viviente de nuestro de cine.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 26, 2014

    San Sebastián 2014 | Séptima jornada. Críticas: 'Tigers', 'Murieron por encima de sus posibilidades', 'Basilio Martín Patino. La décima carta', 'Relatos salvajes' y 'Lasa y Zabala'

    por Emilio M. Luna | septiembre 26, 2014

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