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    Crítica | Entre dos aguas

    Sobre la misma columna, abrazados sueño y tiempo

    Crítica ★★★★ de Entre dos aguas (2018, Isaki Lacuesta).

    España, 2018. Director: Isaki Lacuesta. Guion: Isaki Lacuesta, Isa Campo, Fran Araújo. Productoras: La Termita Films, BTeam Prods, All Go Movies, Mallerich Films, Bord Cadre Films, SC Studio Indie SRL. Música: Raül Refree, Kiko Veneno. Fotografía: Diego Dussuel. Montaje: Sergi Dies. Reparto: Israel Gómez Romero, Francisco José Gómez Romero, Rocío Rendón, Yolanda Carmona, Lorrein Galea, Manuel González del Tanago. Duración: 136 minutos.

    Entre dos aguas se articula sobre una estructura de avance lineal que, sin embargo, juega con algunas digresiones arrojando flashbacks de la niñez de sus dos hermanos protagonistas, Isra y Cheíto. Lo llamativo es que esos saltos temporales apelan a una experiencia visual compartida previa, La leyenda del tiempo (2006), docuficción rodada en Cádiz doce años atrás con los mismos protagonistas (en su primera parte) y respecto a la que funciona a modo de secuela o reencuentro: lo primero si apelamos a términos de ficción (el sueño), lo segundo si empleamos una palabra más adecuada para el documental (el tiempo). Ambos conceptos quedan indisolubles, como el sueño y el tiempo en la letra de Camarón de la Isla de la que La leyenda del tiempo tomaba su título. Vemos aquí al Isra preadolescente tatuarse en el brazo el nombre de su padre y, tras el corte, vemos el mismo tatuaje en el brazo del Isra adulto, y la conexión entre sendas temporalidades ya no es un mecanismo narrativo sino una memoria que el cine —y he aquí lo mágico de la operación— puede revivir en bruto. Lacuesta convierte el mero corte de montaje en una herramienta fascinante limitándose a aprovechar la lectura tan distinta que inspira sobre las imágenes el «esto pasó realmente, ya estuvimos allí». Quizá el corte más hermoso de toda la cinta ocurre cuando Lacuesta repite otra escena de La leyenda del tiempo, una conversación entre Isra y Cheíto en la que el primero habla al otro lado de un visillo. El filme corta en un instante en el que el visillo cubre la figura de Isra y, tras unos momentos de plano vacío, quien lo descorre es el Isra adulto. Hasta que el personaje no reaparece uno no es consciente del cambio de plano, y este pequeño retraso del corte perceptivo respecto al de montaje cuaja un pequeño milagro.

    En otros momentos, Lacuesta introduce también secuencias rodadas para La leyenda del tiempo que no formaron parte de la versión final, y aquí ya no solo opera esa memoria mestiza de la que hablábamos, sino también el descubrimiento. En una parte no mostrada antes de las conversaciones con Saray (la muchacha de la que el pequeño se enamoraba), el Isra «del pasado» le cuenta en detalle su plan para vengar a los asesinos de su padre. El luto que subyacía en La leyenda del tiempo se desvela, doce años después, en la rabia contenida que define al Isra de Entre dos aguas, pero que también hace encontrar la latencia de su versión adulta en La leyenda del tiempo. En otro plano de 2006 que ve la luz ahora, Isra juega a un shooter en las recreativas después de haberle contado a Saray sus intenciones. Y aquí, la lectura es la opuesta: en los dos Isras hay un niño que no ha dejado de ser tal, y que así se manifiesta en escenas tan encantadoras como el reencuentro entre los dos hermanos después de que Isra haya cumplido condena, en la que se limitan a compartir un baño y ahogadillas en la ría (de nueva, una reminiscencia de La leyenda del tiempo). El volver a los mismos escenarios gaditanos doce años después parece servirle a Lacuesta, en fin, no solo para retomar a sus personajes, sino para volver sobre sus propias imágenes filmadas, para descubrir en el pasado capturado unas señales del presente que solo ahora son interpretables.

    «Entre dos aguas consigue con total naturalidad aquello en lo que muchos directores supuestamente comprometidos suelen fallar: acercarse con honestidad a los paisajes marginales del nuevo capitalismo. Filmar la realidad de dos personajes que habitan (literalmente) entre la chatarra de un sistema económico para el que no cuentan, que se mueven entre sus estrechos recovecos».


    Por lo demás, Entre dos aguas se siente de algún modo una obra más depurada que su «precuela», una cinta que confía más en la potencia de sus situaciones filmadas sin necesidad de partir en dos su estructura central (de la protagonista japonesa de la segunda parte de La leyenda del tiempo ya no hay rastro). A la vez, la parte ficticia parece tener esta vez más peso que la documental (aunque parece claro que seguimos estando ante dos personajes que se interpretan a sí mismos), y eso permite no solo un arco narrativo más identificable que realza los momentos emocionales, sino también una planificación visual más eficiente. Lacuesta se abona a la cámara en mano sin aspavientos pero no renuncia a punteos de paisajismo que sacan enorme partido del paisaje marítimo andaluz (en la secuencia del baño, la cámara pasa de bañarse junto a los dos hermanos a filmarlos desde un barco en la orilla). Los movimientos que siguen la dinámica de las conversaciones se detienen en algunos primeros planos de proximidad que extraen de los personajes-actores una apertura emocional plena de honestidad. Al final, Entre dos aguas consigue con total naturalidad aquello en lo que muchos directores supuestamente comprometidos suelen fallar: acercarse con honestidad a los paisajes marginales del nuevo capitalismo. Filmar la realidad de dos personajes que habitan (literalmente) entre la chatarra de un sistema económico para el que no cuentan, que se mueven entre sus estrechos recovecos. Ante el panorama de estancamiento laboral, Isra y Cheíto pueden hacer poco más que seguir las migajas de grandes entramados del poder: el primero a las órdenes de los grandes traficantes del Estrecho, el segundo en las cocinas del Ejército, y ambos expuestos al riesgo de romper sus hogares por garantizar los ingresos. Pero Lacuesta, sin forzar el discurso ni la egolatría del posicionamiento autoral, se limita a acercarse a ellos. A constatar su existencia, a afirmar sus afectos y sus deseos y dejar que éstos queden por encima de toda etiqueta. Entre dos aguas va mucho más allá que el tan manido «cine necesario» para erigirse como, simplemente, cine verdadero. En todos los sentidos posibles. | ★★★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / Festival de San Sebastián


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