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    Isabel Coixet
    Isabel Coixet
    || Críticas | SEMINCI 2025 | ★☆☆☆☆
    Tres adioses
    Isabel Coixet
    La estetización de la vida


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    España, 2025. Título original: «Tres adioses». Dirección y guion: Isabel Coixet y Enrico Audenino. Compañía: Cattleya, Ruvido Produzioni, Bartlebyfilm, Buenapinta Media, Bteam Prods, Perdición Films, Apaches Entertainment, Tres Cuencos AIE. Festival de presentación: Toronto International Film Festival (sección Special Presentations). Distribución en España: Bteam Pictures. Fotografía: Guido Michelotti. Montaje: Jordi Azategui. Reparto: Alba Rohrwacher, Elio Germano, Francesco Carril, Silvia D’Amico, Galatea Bellugi, Sarita Choudhury. Duración: 120 minutos.

    El gran problema de Tres adioses es su fijación obsesiva por encontrar la belleza y la emoción de la vida. Dicho así puede sonar grandilocuente, pero las imágenes de Coixet lo son. Habría que preguntarse, entonces, cuál es su definición de belleza y de emoción, al servicio de qué están y cuáles son las consecuencias que provoca su búsqueda. La película se abre con la imagen de un atardecer; el trabajo con la luz y los colores está dirigido a reducir sus matices y amplificar las tonalidades naranjas y azules para conseguir el mayor contraste posible: la belleza —la concepción que de ella tiene la directora— sólo puede alcanzarse deformando la realidad. Un par de planos aéreos de las calles de Roma y de sus personajes cruzándolas en moto confirman que Tres adioses es puro territorio Coixet: cine cosmopolita, cine de grandes ciudades genéricas, carentes de pasado y de diferencias, cine de discusiones íntimas en las que las calles, la luz y la meteorología están subordinadas a las emociones de los personajes, cine de gastronomía gourmet, cine de lujos y frases pomposas, cine de imágenes trilladas, vistas una y mil veces. Un cine, en fin, plagado de clichés posmodernos. Y el cliché, ya lo escribió Serge Daney, no es más que una imagen que no mueve a nadie. Aunque también podría decirse que es la cristalización de una imagen irreal, de una idea abstraída del mundo, producto directo de un prejuicio surgido de la subjetividad de clase.

    El de Coixet quiere ser un cine elegante —concepto clasista donde los haya—; por eso, cuando su protagonista, enferma de un cáncer intestinal cuya existencia todavía desconoce, va corriendo al baño para vomitar, la imagen sufre un completo desenfoque, evitando que los espectadores tengan que observar algo “desagradable”; por eso, en el plano siguiente, Alba Rohrwacher está situada en la esquina superior derecha de la composición, dejando un gran espacio vacío en su centro que pasa a ser ocupado por un geométrico halo de luz cálida que entra por la ventana. Como, según la película, las consecuencias fisiológicas de la enfermedad no son muy atractivas para los espectadores, hay que contrarrestarlas con un esteticista trabajo con la luz. La elegancia del cine de Coixet es, por tanto, una elegancia burguesa que convierte la enfermedad en signo de debilidad y vergüenza, en algo que esconder detrás de la máscara que los personajes utilizan para ocultarse. Así, la belleza es esa máscara, ese caparazón artificioso que borra la realidad y la sustituye por una proyección “lírica” de la misma. Tres adioses es una obra kitsch, puesto que “persigue un trabajo bello, no bueno, y por consiguiente fija su interés en el efecto estético” —la definición es de Hermann Broch—. La deformación y sustitución del mundo es el paso ineludible que hay que dar previo a su posterior estilización.

    Coixet utiliza todo tipo de recursos visuales con tal de inyectarle a sus imágenes la tan ansiada belleza: cámaras lentas, sobreexposición de los planos, marcado énfasis en la vivacidad de ciertos colores, recuerdos felices filmados en formato super 8, secuencias de montaje en las que una música sentimental ejerce de compás totalitario de las imágenes, amaneceres y atardeceres convertidos en postales turísticas sobre las que unos pájaros trazan fabulosas coreografías. De nuevo, clichés artificiosos que Coixet recoge del ámbito del videoclip. El resultado de la obsesión de Tres adioses por resultar hermosa, elegante y emocionante es la total anemia expresiva de sus imágenes: no sólo no hay una idea detrás de sus secuencias, sino que estas ni siquiera consiguen cumplir su propósito de enamorar, epatar y emocionar —en ese orden concreto— a los espectadores. El cliché es una imagen que, además de no mover a nadie, tampoco conmueve.

    Todo en la película es falso, irreal e inconscientemente ficticio, empezando por el guion. Lo que comienza como una comedia romántica sobre aburridas parejas pequeñoburguesas que discuten sobre minucias, no tarda en convertirse —muy a su pesar— en un predecible melodrama sobre la muerte y las diferentes formas de afrontarla. Entre esos dos estados del guion; entre los chistes clasistas —uno de los protagonistas llega a decir que le “da igual dónde vivir, mientras no sea en el Trastévere” (histórico barrio obrero de Roma)— de unos personajes a los que Coixet filma con fascinación y unas lacrimógenas secuencias que intentan imponerle a los espectadores una emoción; entre la comedia más insustancial y la tragedia más enfática, no falta un recorrido por las zonas turísticas de Roma, unas cuantas referencias superficiales a Feuerbach para darle un toque intelectual al relato, diálogos pretenciosos con espíritu aforístico propios de un anuncio publicitario, y una sentencia final sacada de esos libros de autoayuda de los que la cinta se burla —por muy mal momento que estés pasando, siempre te puedes comprar un helado—. Que Tres adioses prefiera la belleza antes que el conocimiento es el síntoma que evidencia su carácter reaccionario. Walter Benjamin escribió hace unas décadas sobre los peligros de la estetización de la política, sobre las implicaciones negativas que tenía la utilización de la imagen como una teatralizada puesta en escena que ocultase la realidad. Sobre la superficie, la cinta de Coixet no tiene connotaciones políticas, pero ese es su gran éxito: hacer pasar su ideología por una —falsa— representación estilizada de la realidad. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    febrero 05, 2026

    Crítica | Tres adioses

    por Rubén Téllez Brotons | febrero 05, 2026
    || Críticas | ★★★☆☆ |
    Un amor
    Isabel Coixet
    Los apegos


    Yago Paris
    Madrid |

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: Un amor. Director: Isabel Coixet. Guion: Isabel Coixet, Laura Ferrero. Productores: Belén Atienza, Marisa Fernández Armenteros, Sandra Hermida, Cristina Lera Gracia. Productoras: Monte Glauco AIE, Buena Pinta Media, Perdición Films, Movistar Plus+, RTVE, TV3. Fotografía: Bet Rourich. Música: -. Montaje: Jordi Azategui. Reparto: Laia Costa, Hovik Keuchkerian, Hugo Silva, Luis Bermejo, Francesco Carril, Ingrid García Jonsson, Violeta Rodríguez.
    Tras realizar una lectura amplia, aunque necesariamente incompleta, de la acogida crítica de Un amor, la nueva película de Isabel Coixet, dos ideas parecen de consenso: por un lado, la novela homónima de Sara Mesa en la que se basa el filme es una obra críptica, áspera, que huye del psicologicismo, plantando semillas de incomprensión a la hora de retratar el esquivo comportamiento de sus personajes. Por otro, Isabel Coixet y Laura Ferrero, coguionistas de la adaptación cinematográfica, han querido resolver ciertos misterios y dudas en torno a los personajes, aportando adiciones que, aparte de acabar con la incertidumbre, resultan excesivamente simplistas. Aparte de estas dos ideas, se podría añadir una tercera, y es la de que, en el grueso del metraje, Coixet es capaz de trasladar a imágenes la complejidad y el misterio del deseo sexual más irrefrenable que estaba presente en la novela —un deseo que, aparentemente y a tenor de lo expresado en numerosas críticas, parece estar desligado del amor en el caso de este filme—. Desconozco las claves narrativas y estéticas de la obra de Sara Mesa, a la que no he tenido ocasión de asomarme, pero, a tenor de lo observado en las imágenes de Coixet, no he tenido la sensación de asistir a un conjunto de acciones impulsivas, irracionales, sino ante el retrato de la complejidad de los sentimientos —y no tanto del deseo descarnado; considero que leer la película exclusivamente en estos términos implica desatender todo aquello que, de hecho, está presente en las imágenes, pero no de manera explícita—.

    Otra de las impresiones extraídas de la lectura compulsiva de críticas es que el psicologicismo tiene mala acogida, como si fuera un mecanismo excesivamente cerebral que mata el encanto de la vida, ese conjunto de contradicciones, misterios e incertidumbres, esa montaña rusa emocional que le aporta sal a nuestra vida aunque nos suba la tensión y nos destroce los nervios. No he podido evitar pensar que quizás se trate de una mirada similar a la que se opone a la ciencia porque desarticula pensamientos mágicos en torno a los fenómenos naturales. En última instancia, la pregunta que me lleva a la escritura de lo que está por acontecer en este texto es la siguiente: ¿es Un amor, novela o película, una historia esquiva, críptica, irracional, porque los comportamientos lo son, o porque, de manera general, carecemos de formación para comprender patrones cognitivos y conductuales ampliamente descritos por la psicología, y que se pueden localizar, casi paso por paso, punto por punto, en esta obra? Que no se me malinterprete: no considero que las guionistas o, previamente la novelista, hayan querido desarrollar un ejercicio de análisis psicológico en clave ficcional; simplemente considero que probablemente sean personas observadoras y suficientemente sensibles como para captar las fluctuaciones y derivas en el encuentro entre dos personas, sea este tan íntimo como el de un encuentro sexual o tan insulso como el de un casero con su inquilina. Toda esta introducción funciona para argumentar la conclusión de que, al menos desde mi perspectiva, Un amor es una historia compleja, sí, pero no un torrente de acciones irracionales, fruto de «los misterios del deseo» (sic). Que me perdonen quienes sientan que les estoy sazonando la ensalada con queroseno.

    I. Lidiar con los hombres

    Un amor se divide de manera clara en tres partes, que coinciden con la clásica división de los tres actos. En la primera de ellas, Nat (Laia Costa) huye de la ciudad para refugiarse en un pequeño pueblo de casas destartaladas. En esta primera parte, la protagonista se ve forzada a lidiar con una serie de hombres que, de diferentes formas, muestran la manera en que se aprovechan de las mujeres. Como se ha comentado en varios textos críticos, el retrato de los personajes secundarios no es el aspecto más logrado del filme. Esta primera parte es estereotípica y simplista, aunque aporte buenas dosis de realidad, especialmente en el caso de la representación de Píter (Hugo Silva) —solo un personaje tan cretino puede hacerse llamar a sí mismo «Píter», no fuera a ser que «Pedro» resultase insuficientemente cool-. Quien frecuente ambientes sociales de la izquierda de corte más social, con tendencia al faranduleo, se habrá encontrado con más de un Píter, ese prototipo de hombre aparentemente cercano, sensible, artístico y buenrollero, tras cuya carcasa de amabilidad se encuentra un entendimiento de las mujeres como carnaza y, sobre todo, un profundo resentimiento hacia ellas, que los lleva a actuar desde la pasivo-agresividad y la emisión recurrente de críticas soterradas —quizás sea más sencillo describirlo como un «cuñao de izquierdas»—.

    Píter es el personaje más presente, pero no el único con el que Nat tiene que lidiar. Su casero (Luis Bermejo) es igual que Píter; es decir, es un «cuñao». Pero este ni siquiera lo disimula. Es invasivo, consigue lo que se propone mediante la agresividad y, de nuevo, muestra su resentimiento hacia las mujeres culpabilizándolas por todo. Por último, está Carlos (Franceso Carril), el vecino pijo que pasa los fines de semana en el pueblo con su familia. La presentación del personaje es francamente burda: un plano inicial muestra a Carlos hablando con Nat, a quien le explica que, nada más llegar, coge la bicicleta y se va a dar una vuelta. De fondo ya vemos a la mujer con las dos hijas, en el porche de la casa, teniendo que quedarse a cuidarlas, en una composición narrativamente espléndida. Desgraciadamente, Coixet no parece considerar que esto sea suficientemente elocuente, y un corte de montaje nos a la madre con las hijas en todo su detalle, para que al espectador le quede clara cuál es la idea que se pretende mostrar en esta escena. Quizás el más inofensivo de los tres, el amabilísimo y casi emasculado Carlos es otro ejemplo de hombre con tendencias problemáticas hacia las mujeres.

    A estos tres hombres se contrapone Andreas (Hovik Keuchkerian), un hombre rudo, embrutecido, salvaje, que en primera instancia podría parecer el más pernicioso para la mujer, y que sin embargo es el único que la trata adecuadamente en la interacción social superficial. Esta primera parte de la película podría resumirse como las estrategias de merodeo que los hombres establecen en torno a las mujeres, con mensajes soterrados de deseo que tienen mucho de invasión. En el caso del casero, de Píter y de Carlos, nada se verbaliza, pero todo se lee entre líneas, porque ninguno destaca por la sutileza, ni mucho menos por la empatía. Andreas, por el contrario, opta por el lenguaje directo y la ausencia de rodeos: a él le gusta Nat, pero da por sentado que a ella jamás le gustaría alguien como él, así que le propone un acuerdo sexual —él le repara las goteras que amenazan con derrumbar la casa de la protagonista, si a cambio ella accede a tener sexo con él—, por si de esta manera, a falta de deseo sexual de ella hacia él, lo que podría obtener a cambio le valdría la pena. No nos engañemos, este acuerdo extrasexual rige las dinámicas de un número considerable de parejas —especialmente cuando la mujer es considerablemente más atractiva que el hombre, en términos del canon de belleza de nuestra sociedad—. La única diferencia es que dicho acuerdo jamás se verbaliza, creándose en cambio una ficción de amor y deseo mutuo para justificar la jugosa tajada que cada parte de la pareja obtiene.

    Estamos aquí ante dos personas con sendos poderes: él, la capacidad para el bricolaje; ella, la capacidad para lograr que alguien trabaje por ella a cambio del acceso a su cuerpo. Ninguno de los dos jamás conseguiría el poder que el otro atesora, y ambos se benefician de la otra persona. Es, por tanto, un intercambio comercial. Aunque este se inserte dentro de las dinámicas de la cosificación de la mujer, también habría que señalar la otra cara de esta verdad, y es la desesperación del hombre, cautivo de su deseo hacia el cuerpo femenino hasta el punto de condicionar su existencia para saciar una dependencia que nunca desaparecerá. No seré yo quien diga que la propuesta de Andreas carece de controversia, pero lo más destacable es la honesta franqueza con la que la propone, sin el menor atisbo de presión sobre Nat, pidiendo varias veces perdón antes de hacerlo, y aceptando de buen grado y sin rechistar la negativa inicial. Tampoco utiliza su situación de poder —no tanto por ser hombre, sino porque la situación de una persona que vive bajo un techo a punto de derrumbarse es necesariamente desesperada, sea dicha persona hombre o mujer— para pedir más intercambios sexuales que el acordado, u otro tipo de beneficio. Y, de hecho, el trabajo ofrecido sobrepasa con creces las expectativas de Nat, quien, a pesar del enorme sacrificio emocional que realiza al dejarse penetrar, no contaba con que le dejase la casa prácticamente como nueva. En resumidas cuentas, el hombre más aparentemente embrutecido es en realidad el único que la trata con respeto, verbalizando sus deseos y necesidades de manera asertiva y dejando que sea ella quien decida si acepta.

    II. Lidiar con el apego evitativo

    Uno de los —aparentes— grandes misterios de la película es qué lleva a que Nat, tras haber recibido una oferta tan perturbadora, y con evidentes dilemas éticos asociados a esta, decida, de manera voluntaria, seguir relacionándose con Andreas, esta vez además sin intercambios comerciales de por medio, sino mostrando un interés y un afecto reales. Se podría argumentar que lo que desencadena esta atracción es algo tan simple, y en realidad tan determinante, como que la traten con respeto. A estas alturas se ha hecho evidente que Nat es una persona con apego ansioso, es decir, una persona que tiene carencias emocionales basadas en una insaciable necesidad de afecto, que ha internalizado que a ella los demás la pueden tratar mal, ya que hay algo mal en ella que la lleva a que los demás la menosprecien o infravaloren. Esto se explica con sencillez cuando se observa que las personas con este patrón de comportamiento han tenido una relación con sus figuras principales de apego —habitualmente, los padres— donde el amor existía pero no estaba asegurado, y por tanto solo a veces lo recibían. Esto ha creado en ella una doble narrativa: por un lado, ella es indigna del amor y el respeto —aunque una relación empiece bien, tarde o temprano esta persona será abandonada o la tratarán mal—; por otro, una no puede fiarse de las personas, porque tarde o temprano le fallan.

    Esta doble narrativa, tan habitual en lo que se conoce como los guiones de vida de las personas con apego ansioso, las lleva a comportarse con una mezcla de ilusión y frustración constante. Hay un anhelo por ser querido, y por serlo a todas horas y de manera intensa, como si el amor recibido nunca fuera suficiente, y eso sucede porque, en la infancia, el amor y la aceptación no fueron incondicionales. Estas ideas tan enraizadas de que el afecto no se da por sentado —y, a ojos de un niño, eso siempre es culpa de uno mismo, nunca de los padres—, desencadenan en la edad adulta una dependencia emocional hacia la otra persona, que tienen como consecuencia una baja autoestima —aunque es más bien un círculo vicioso, ya que la baja autoestima, a su vez, gatilla la dependencia emocional para tratar de subir dicha autoestima—. En este momento de la historia, Nat no es plenamente consciente de lo mal que la tratan los hombres —al menos, los que aparecen en la historia—, y es por ello que el contraste con Andreas le genera atracción. A pesar de lo poco que éste le ha dado —y, repetimos, a pesar de que el punto de partida es una proposición, podría decirse, indecente—, es mucho más que aquello a lo que está acostumbrada, o, mejor dicho, aquello que ella recurrentemente escoge, debido a la necesidad imperiosa que todo ser humano tiene de confirmar su guion de vida.

    A este factor habría que sumar un segundo, y es el de la perspectiva psicológica de Andreas. De la misma manera que Nat tiene apego ansioso, es todavía más evidente que Andreas tiene apego evitativo. Este tipo de apego tiene características opuestas al ansioso: si aquellos necesitan intimidad a raudales, ya que no tenerla les genera incertidumbre, estos se sienten incómodos, precisamente, en la intimidad, porque es lo que en la infancia vivieron como el espacio de dolor. Las personas con apego evitativo no contaron con la atención y/o el amor de sus figuras principales de apego, por lo que tuvieron que aprender que tenían que buscarse la vida por sí mismos. En otras palabras, si los ansiosos tienen el guion de vida de que las personas acaban fallándole o tratándole mal a uno, los evitativos tienen la creencia de que uno no se puede fiar de las personas. Parece lo mismo, y en el fondo lo acaba siendo, pero el proceso es diferente: el ansioso busca relaciones íntimas, aunque sienta que se van a acabar, mientras que el evitativo huye de la relación íntima, intenta que esta nunca llegue a producirse a un nivel de intimidad. Esto se traduce en personas secas, que parecen no tener sentimientos, que se centran más en las acciones que en las complejidades emocionales asociadas a dichas acciones, que ven la vida como lo que es, sin tratar de elaborar pensamientos y reflexiones existenciales profundas. Mientras los ansiosos se obsesionan y le dan más importancia de la que sanamente deberían tener los gestos, las palabras, etc., los evitativos cortan de raíz cualquier situación emocionalmente compleja, ante el temor de que los desborde. Los ansiosos tienen dificultad para gestionar sus emociones; los evitativos no se permiten experimentar dichas emociones.

    Todo esto se puede observar con facilidad en la segunda parte de la película, la correspondiente al tramo central del relato, esa que retrata la evolución del vínculo afectivo que se establece entre Nat y Andreas. Especial mención requieren las escenas que transcurren en el salón de este, donde ella trata de hablar de sentimientos y de pensamientos, y él tiende a cortarle de raíz, argumentando que «le da demasiadas vueltas a las cosas». Habitualmente, Andreas cambia de posición o incluso se va. Esto se puede interpretar como desdén por su parte, cuando en realidad es el reflejo de una persona insegura ante una situación de intimidad. Lo mismo sucede con el sexo, que él entiende como un intercambio de fluidos mientras ella lo vive como una exploración emocional de su ser, probablemente dándole excesiva importancia a cada gesto, cada palabra, cada penetración. Se trata de dos formas opuestas de gestionar un mismo asunto, el miedo a la incertidumbre, que dan lugar a múltiples conflictos, pero también a enormes atracciones.

    A pesar de que, puesto sobre la mesa de esta manera, uno pueda pensar que resultaría difícil que se establezcan vínculos entre ansiosos y evitativos, la realidad demuestra que es, de hecho, un tipo de relación muy frecuente. Y quizás esto se deba, precisamente, a esa romantización del misterio a la que aludía en la introducción de este texto. Las interacciones ansioso-evitativo son un enorme foco de problemas, como la propia película muestra, y en ellas se produce una enorme incomprensión entre ambas partes del conflicto, con la malinterpretación de intenciones como modus operandi más habitual. Estos vaivenes, estas montañas rusas emocionales, pueden dar, con facilidad, una potente estimulación del deseo sexual, que también tiene mucho de exploración de lo desconocido —en este caso, una persona que se comporta y vive la vida de una manera diametralmente opuesta a la de uno—. Así se explica con facilidad que, a pesar de las fricciones y los malentendidos, Nat y Andreas vivan tantas experiencias sexuales, y que estas tengan un componente tan pulsional, sucio en el mejor de los sentidos.

    El desenlace más habitual entre un ansioso y un evitativo es que la relación se acabe porque este último sale corriendo. Para ello hay que entender que ambos perfiles generan inseguridad en el otro, lo que tiene como resultado habitual una exacerbación de los apegos. En el caso de personas con apegos no excesivamente marcados, una buena gestión y cooperación provoca que ambos se ayuden mutuamente a acercarse a lo que se conoce como apego sano —el ideal, y opuesto al desorganizado, que es el más pernicioso—. Cuando ambos, o uno de los dos, tiene un tipo de apego excesivamente extremo, y/o un desinterés o incapacidad para ahondar en sus carencias para afrontar sus miedos, lo normal es que el vínculo se rompa. Este es el caso de Nat y Andreas, y se produce porque este último decide cortar de raíz la situación y alejarse. Lo cierto es que la evidencia psicológica tiende a señalar que, de los dos tipos de apego, el que más dificultades tiene para salir de su mala gestión de la incertidumbre y el miedo es el perfil evitativo, y es lo que cabría esperar, ya que salir de ahí implica aprender a lidiar adecuadamente con lo que se siente, algo especialmente difícil en un perfil caracterizado por la supresión de las emociones. La escalada polarizante se suele producir de la siguiente manera: el ansioso solicita algo más de afecto o atención por parte del evitativo, lo que provoca que este se sienta incómodo, invadido. Su reacción consiste en tomar algo de distancia. Esta actitud genera (más) ansiedad en el ansioso, que reaccionará solicitando más de lo mismo y con mayor insistencia, lo que, a su vez, incrementa la reacción evitativa del evitativo. Aunque sufra, el ansioso no concibe dejar la relación, por el miedo que tiene a sentirse solo; el evitativo lo vive al contrario: solo ve beneficios aparentes a romper la relación y volver a alcanzar esa supuesta libertad que le aporta el estar solo —esto es lo que el evitativo cree; la realidad es mucho más compleja, ya que el evitativo también sufre, pero de manera menos aparente, tanto para sí mismo como para la otra persona—. Como consecuencia, lo habitual es que sea el evitativo quien ponga tierra de por medio. Todo esto se puede observar con facilidad en la relación entre Nat y Andreas, además con una claridad expositiva —que no con una simpleza narrativa— evidente, casi paso a paso. Todo cuadra y el misterio de la vida se desvanece cuando se lee a los personajes desde la teoría del apego.

    III. Lidiar con una misma

    La teoría del apego no va de criminalizar a la persona con apego evitativo, y tampoco esta parece ser la intención de la película de Isabel Coixet. La obra deja claro que, por muy mal que le traten los hombres, y por frustrante que sea la economía de la escasez que propone una persona con apego evitativo como Andreas, en última instancia uno siempre es parte del problema mientras no despierte y sea consciente de su guion de vida y la necesidad imperiosa de confirmar las narrativas, que funcionan como profecías autocumplidas. A Nat la tratan, por momentos, muy mal, pero esto sucede única y exclusivamente porque ella lo permite. No es una cuestión de equiparar la responsabilidad del agresor a la del agredido, pero la política de victimización de las víctimas es el golpe más duro que una persona maltratada puede recibir, con secuelas mucho mayores, aunque menos aparentes, que las del propio maltrato. Si uno se habla a sí mismo como víctima, está condenado a serlo, y será prácticamente imposible salir de dicho rol cuando el guion de vida que se ha escrito lo fuerza a uno a mantenerse como una víctima. Es por ello que la tercera parte del relato funciona como una suerte de despertar, que se describe de manera un tanto burda —si se compara con la complejidad exhibida en el tramo central del filme— y mediante metáforas unívocas —el rol simbólico del perro en la historia la perjudica notablemente—, pero que, a cambio, ofrece una visión nada complaciente ni tranquilizadora —es decir, en realidad compleja—. Aquí la catarsis es una medida desesperada, casi impulsiva, que no sirve para solventar un problema y trazar un arco de transformación claro, sino simplemente para poner el asunto sobre la mesa. A Nat le queda mucho por hacer y por gestionar sobre su propia personalidad y las tendencias que tiene enraizadas en su subconsciente, pero ha caído tan bajo emocionalmente que es precisamente esa ausencia de temor a lo que pueda pasar, a su propia imagen como persona social, lo que le permite descubrir que todo es una cuestión de miedo. Nat descubre que vive atenazada por aspectos asociados a su propio apego —aunque ella no le ponga este nombre ni lo racionalice de esta manera—, que, recordemos, pasa por una imperiosa necesidad de gustar a los demás, de ser aceptada, incluso por aquellos que la maltratan —o, mejor dicho, especialmente por aquellos que la maltratan—. Cuando se ha caído tan bajo que ni siquiera esto importa, lo que se encuentra es una sorprendente liberación, que permite actuar, aunque sea de manera impulsiva y desproporcionada. La consecuencia es una mayor aproximación hacia la asertividad, que no es otra cosa que el empezar a defender lo que para uno es importante.

    La defensa de los intereses propios se manifiesta en sendos encuentros finales con el casero y con Píter. En el primer caso, la opción por la que se opta es la de la violencia, primero verbal y luego física, pero siempre como mecanismo de defensa —en casos extremos, la agresividad es una forma de asertividad—. En el caso Píter, el caso es más razonable, pero no habría que olvidar que la ha estado abordando con intenciones sexuales durante toda la película, haciéndola sentir incómoda en todo momento, así como juzgada y menospreciada. Como consecuencia, cuando ya no necesita el aprecio de esta persona, a pesar de que sea un ser miserable, solo entonces es capaz de darle una lección y decirle todo lo que piensa de él —condensado en su comentario sobre sus vidrieras—. La parte de la catarsis como medida desesperada que está lejos de alcanzar el final feliz se representa en el baile final, que poco tiene de bello y mucho de espasmódico —recuerda a otro baile que cierra una película, en este caso el del personaje de Denis Lavant en Buen trabajo (1999)—, a pesar de los incomprensibles esfuerzos de Coixet por darle algo de ritmo y belleza cuando la escena probablemente no lo requería. Mientras Claire Denis rodaba aquel baile con la brutalidad del plano general sin cortes, permitiendo que el personaje, a través de la danza, expresara su descomposición emocional, aquí la combinación de movimientos de cámara y montaje le roban al personaje la posibilidad de abrirse en canal delante de la cámara. A pesar del desacierto formal, el narrativo se mantiene intacto: la danza —más bien la expresión corporal— suele ser, en muchos casos, la medida desesperada de una persona atenazada, como es el caso de alguien con apego ansioso. La escena final es, por tanto, y lejos de otro misterio conductual más, casi la única resolución posible para una historia sobre la exploración interior, las frustraciones del amor, y la incertidumbre que hay que enfrentar cuando se trata de reescribir el guion de vida. ♦


    por Yago Paris
    noviembre 21, 2023

    Crítica | Un amor

    por Yago Paris | noviembre 21, 2023

    Recalculando ruta

    crítica a Aprendiendo a conducir (Learning to Drive, Isabel Coixet, 2014).

    Uno de los conceptos más interesantes que propone Aprendiendo a conducir es el de la idea de autoría, algo que no es nuevo en el cine contemporáneo. Pero no cabe duda de que reabre el debate de hasta qué punto hay veces en las que un artista, cuyo estilo puede haberse quedado anquilosado en el temido terreno de la autoparodia, necesita alejarse por un momento de sí mismo para oxigenarse y tomar posiciones. Reordenar sus ideas para saber cuándo ha terminado abusando de los mismos recursos, y se dé cuenta de que, tal vez, necesita un viraje. En las ocasiones en que eso ocurre, suele escucharse a menudo esa expresión de “es la menos personal de sus películas”, como un mal insulto o una vergüenza. Pero en el caso de Coixet, parece casi unánime, a pesar de lo discutible de la propuesta, que era algo que la catalana necesitaba como agua de mayo. Ni Mi otro yo ni tampoco Ayer no termina nunca acabaron de hacer nada por ella, tal vez algo injustamente en el caso de la cinta protagonizada por Candela Peña (trabajo íntimo, teatral y muy intenso de polarizada recepción) en cuya presentación, en el Festival de Málaga, ya verbalizó su intención de relajarse dirigiendo la que sería su primera comedia, esta que ahora se ha materializado y estrenado en los cines españoles: Aprendiendo a conducir.

    No es original lo que nos ofrece. Por definirlo, lo más justo que se podría decir de ella es que es un guion de lo más básico que ofrece Hollywood, como si tuvieran un cajón de ‘libretos para directores europeos’ a los que dar como obsequio para que no tengan que complicarse demasiado la vida en su búsqueda. Por primera vez, hay consciencia en el cine de Coixet, de la comercialidad más inmediata en el mercado americano. Porque aunque Coixet haya dirigido ya en idioma anglosajón, la naturaleza de Aprendiendo a conducir es radicalmente diferente. Es la de una obra consciente de su falta de pretensiones, repleta de toda la empatía que puede ofrecer la idea de la auto-búsqueda, siempre mediante alguna metáfora que conlleve acción y aprendizaje. Y qué mejor que unas lecciones de conducción. Aunque Aprendiendo a conducir esté facturada desde el automatismo, lo cierto es que su resultado no es malo, en absoluto. Ofrece retratos medianamente complejos pero no tanto como para preocupar a la platea. Exhibe un buen enfrentamiento de actores (uno de los puntos fuertes al tener a estos dos interpretes de probada solvencia solucionando sus escenas desde la complicidad de la sonrisa más que de la carcajada) y una justa reflexión final, obvia como el claxon de un coche o las trompetillas de un partido de fútbol.

    «Coixet ha sido valiente y se ha arrojado al complicadísimo campo de la comedia como buenamente ha podido, con un guion que, por una vez, no establece un forzado interés romántico como motivación de las acciones de la protagonista».


    Desde luego no es una película que se recordará mañana y cuando haya que citar sus trabajos, pocos se pararan a ovacionar sus logros, aunque es de recibo reconocerle el mérito a una directora que decide caminar por terrenos que no conoce, como la protagonista del filme, pero adquiriendo la experiencia necesaria que posibiliten la ruptura de algunos cánones convertidos en losas. En eso Coixet ha sido valiente y se ha arrojado al complicadísimo campo de la comedia como buenamente ha podido, con un guion que, por una vez, no establece un forzado interés romántico como motivación de las acciones de la protagonista, algo que fácilmente podría haberse introducido en esa relación que establecen Ben Kingsley como el profesor y una relajada Patricia Clarkson —con un rol acorde a su calidad interpretativa— como la alumna. No, en su lugar hay amistad. Una amistad llana y simple entre dos adultos, que precisamente fue uno de los puntos que más atrajo a la actriz a la hora de decidirse por este trabajo. Porque, dentro de su humildad, veía que no era una obra que buscara la trascendencia y eso, en el caso de Coixet, es un avance kilométrico. El interés de Aprendiendo a conducir radica, no tanto en su metraje, más bien en lo que significa para su autora. Caminos nuevos, posibilidades que antes no habría contemplado, y promesas de un futuro que revitalice con fuerza una carrera más que interesante que ha entregado algunas obras que ya son clásicos modernos de nuestro cine. | ★★★ |


    Gonzalo Hernández Espinosa
    © Revista EAM / Toronto


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2014, Learning to Drive. Directora: Isabel Coixet. Guion: Sarah Kernochan. Productoras: Broad Green Pictures. Presentación oficial: 39º Festival de Toronto. Fotografía: Manel Ruiz. Reparto: Ben Kingsley, Patricia Clarkson, Grace Gummer, Sarita Choudhury, Jake Weber, Samantha Bee, Daniela Lavender, Matt Salinger, Michael Mantell. Duración: 105 minutos.

    Póster: Aprendiendo a conducir
    por Unknown
    agosto 31, 2015

    Crítica | Aprendiendo a conducir

    por Unknown | agosto 31, 2015

    La fría indiferencia

    Crónica de la primera jornada de la 65ª edición de la Berlinale

    Berlín es una ciudad que bulle efervescencia, incluso en la quietud que provoca el invierno. Es una urbe que continuamente busca superarse a sí misma, dejando atrás los restos de una historia turbulenta, para demostrar, a través de una juventud muy activa, que hay vida más allá de lo conocido. En contraste, la Berlinale es un certamen que prefiere asentarse en las tradiciones. Nada ha cambiado en un año, excepto el minimalismo del diseño y una peor suerte para el clima. Las calles amanecen con nieve, sal y una ventisca que se mete en los huesos. Los metros, carentes de vigilancia, siguen invitando a la picaresca española (recordemos que aquí existe la antigua creencia en el civismo del ciudadano que pagará por los servicios públicos), y el Starbucks junto al Berlinale Palast, sigue siendo uno de los puntos de encuentro básicos de todo periodista mañanero. Como es habitual, la programación del primer día es confusa, más allá del opening con Isabel Coixet, últimamente con un ritmo de trabajo superlativo que ya ha dado sus frutos en el mercado americano con el segundo premio que consiguió en Toronto merced a su anterior obra, Learning to Drive (2014). Apertura de Panorama con la ganadora del Festival de Río de Janeiro, Sangue Azul (2014), y múltiples estrenos de Forum, una sección peligrosa, en la que hay que ir con tiento, pues tanto puede deparar agradables descubrimientos como obras cuya mejor utilidad sea engrosar el programa.

    por Unknown
    febrero 07, 2015

    Berlinale 2015 | Día 1. Críticas: Nadie quiere la noche, Flotel Europa, Beira Mar & Sangue azul

    por Unknown | febrero 07, 2015

    Chaotic TIFF

    Crónica de la séptima jornada del Festival de Toronto 2014

    Una de cal y otras de arena. Las propuestas más sorprendentes son las más inesperadas; mientras, otras hunden las expectativas que teníamos depositadas en ellas. Alan Rickman con A Little Chaos —a la que le dedicaremos unas palabras aparte a lo largo del día—, con su interesante punto de partida y una Kate Winslet de la que uno siempre disfruta, entrega una obra abruptamente irregular en cuanto a tono, desacertada y un tanto indolente. Como apunte personal decir que el acento inglés purista se vuelve música en los oídos, porque es de una claridad exquisita que no requiere la exigencia del acento americano, mucho más ágil y cerrado. En este caso, el dato no funciona como balsa para un producto desangelado. Los desaciertos de Rickman nos dejan desanimados, pero nos refugiamos en Brit Marling, que encabeza una de las mejores propuestas del día con The Keeping Room, un sencillo western protagonizado por tres mujeres (dos hermanas y su criada) no demasiado largo y muy entretenido, que nos otorga las mejores interpretaciones del día y la revelación de Muna Otaru.

    Noah Baumbach acompaña, manteniendo el nivel, con un continuista e interesante trabajo en torno a un matrimonio enganchado con una pareja de jóvenes intelectuales a los que quieren imitar en hobbies y actitud. Ben Stiller se convierte en joven-adulto perfecto, cumpliendo el arquetipo de rol Baumbach: alguien con cara de circunstancia, cierto toque hípster, ironía y mucho de adolescente… con más de 30 años. Simpática y algo más accesible que otras muestras de su filmografía, podría ser la película que le reconcilie con un público más amplio, algo a lo que ayuda la producción de Scott Rudin. Con las mismas intenciones en cuanto a búsqueda de espectadores, Isabel Coixet estrenó sin hacer demasiado ruido Learning to Drive (apenas un año después de la injustamente ninguneada Ayer no termina nunca y la fallida Mi otro yo), para dirigir un guión ajeno muy divertido, aunque con una metáfora bastante simplona, haciendo gala de una dirección competente y capacitada para la comedia pero de una impersonalidad alarmante. Un fin de jornada agradable que nos deja con buenos ánimos para los últimos días. Toronto ya empieza a respirar el fin de su certamen. Las calles ya no tienen el mismo movimiento de la apertura cuando el entusiasmo de la ciudad entera nos recibió apabullándonos el primer fin de semana, pero todavía quedan largometrajes y espectadores con ganas de cine. Veremos con qué sorpresas (y disgustos) nos va despidiendo el Festival los próximos días.

    por Unknown
    septiembre 12, 2014

    Toronto 2014 | Día 7. Críticas: 'While We're Young', 'The Keeping Room' y 'Learning to Drive'

    por Unknown | septiembre 12, 2014
    Mi otro yo, de Isabel Coixet

    La aventura terrorífica de Coixet

    crítica de Mi otro yo | Another Me, Isabel Coixet, 2013

    La directora catalana Isabel Coixet no pasa por su mejor etapa de popularidad. La que fuera una de las cineastas más alabadas de nuestro país gracias a obras tan sensibles como Cosas que nunca te dije (1996), Mi vida sin mí (2003) –a mi parecer, su mejor película– o La vida secreta de las palabras (2005) –ganadora de 4 Goyas, entre ellos los de mejor película y dirección–, comenzó a flojear en las irregulares Elegy (2008) y Mapa de los sonidos de Tokio (2009) –ejercicios de estilo solo aptos para fieles seguidores de su particular universo–, para finalmente estrellarse estrepitosamente a todos los niveles con su último trabajo estrenado en España, Ayer no termina nunca (2013). Mujer audaz y arriesgada donde las haya, Coixet sorprendió a propios y extraños anunciando un proyecto enmarcado en el género del terror, en coproducción con Reino Unido y guión propio que adapta una novela de Cathy MacPhail. Mi otro yo (2013) tampoco está destinada a ser la cinta que devuelva los tiempos de gloria a su realizadora pero tampoco merece el vapuleo generalizado del que está siendo objeto por la mayor parte de la crítica. ¿Su mayor problema? Que muchos esperasen “algo más” viniendo de una artista con un mundo interior tan marcado y, pese a que se dejan notar algunos de sus tics, lo cierto es que estamos ante una película de terror como tantas otras, ni mucho mejor ni peor.

    La historia se centra en Fay, una muchacha que acaba de traspasar el umbral de la adolescencia. Una joven normal, guapa y popular, que debe hacer frente a una complicada situación familiar debida a la enfermedad degenerativa que padece el padre y los conflictos con una madre repleta de dudas afectivas. Pero la auténtica pesadilla comienza cuando, de la noche a la mañana, Fay tenga la sensación de que alguien idéntica a ella le está siguiendo continuamente, hasta el punto de sospechar que está siendo víctima de un plan para suplantarla y robarle su vida. Resulta curioso que Mi otro yo –así se titula en España– coincida en cartel con otra historia de personalidades suplantadas, The Double (2013, Richard Ayoade ), una adaptación, en clave de comedia negra, de la novela de Dostoievski, protagonizada por Jesse Eisenberg. Sin embargo, la cinta de Coixet se encasilla en el cada vez más en boga subgénero de fantasmas, que tan buenos resultados suele lograr en taquilla. Pese a que las primeras imágenes que muestran el día a día de Fay, oyendo música o revolcándose sobre su cama, delaten la estética publicitaria propia de la peor Coixet –casi parece un anuncio de compresas, algo que también le sucede a Sofía Coppola y no es tan criticado–, rápidamente el filme entra en materia para intentar incomodar al espectador con los habituales golpes de efecto –sustos inoportunos con el consiguiente aumento de volumen–, escenas oníricas de atmósferas enrarecidas –los sueños que atormentan a Fay– y algún que otro lugar común –no faltan el típico columpio que se balancea solo o la sensación de que te están observado desde los espejos, tan presentes en multitud de títulos–. Al principio parece que Mi otro yo pretenda beber del thriller psicológico al más puro estilo de Cisne negro (2010, Darren Aronofsky) ya que, en ambas, las protagonistas se encuentran inmersas en una importante función cuando se ven puestas a prueba mentalmente por fuerzas de carácter aparentemente paranormal. En el caso de Fay, metida en la piel de Lady Macbeth en una obra teatral del instituto sobre la obra de Shakespeare, en la cual también tiene a la típica compañera de clase envidiosa y trepa como sustituta para el papel. Conforme avanza la trama, nos percatamos que Isabel Coixet se ha dejado seducir por las maneras del cine de horror oriental, mucho más preocupado en la sugerencia que el norteamericano, tomando como principal modelo a la exitosa película coreana Dos hermanas (2003, Kim Jee-woon), con la que comparte muchos elementos en común, tanto en lo visual como en lo narrativo.

    por José Martín León
    junio 29, 2014

    Crítica | Mi otro yo, de Isabel Coixet

    por José Martín León | junio 29, 2014
    ♦ fecha de estreno| 26 de abril en España. Cinta inaugural del festival de Málaga.

    ♦ directora| Isabel Coixet.

    ♦ intérpretes| Javier Cámara, Candela Peña.

    ♦ notas| presentada en la sección Panorama de la Berlinale’13 donde fue acogida de forma tibia por la crítica. Luis Martínez, del diario El Mundo, comentó que la nueva obra de Coixet es "Un ejercicio de desnudez tan arriesgado como frontal. Existe en toda la película una especie de voluntad suicida de enseñarlo todo hasta el agotamiento. La más difícil y pura de las películas de Coixet”. Carlos Boyero, por el contrario, siguió su línea habitual para definir ‘Ayer no termina nunca’ como una película donde “todo es intenso hasta el agotamiento. Esa dolorida sensibilidad, esa intensidad emocional, ese lenguaje visual tan relamido solo me provocan bostezos”. El filme está ambientado en 2017 en una sociedad marcada por los estragos de la crisis. Una de las citas imperdibles del año.

    por Emilio M. Luna
    marzo 07, 2013

    TRÁILER | AYER NO TERMINA NUNCA, DE ISABEL COIXET

    por Emilio M. Luna | marzo 07, 2013
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