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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    SSIFF 2023
    SSIFF 2023
    || Críticas| 71SSIFF| ★★★★★
    El mal no existe
    Ryûsuke Hamaguchi
    … O quizá sí


    Júlia Gaitano Mendizábal
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Japón. 2023. Título original: Aku Wa Sonzai Shinai/悪は存在しない. Dirección: Ryûsuke Hamaguchi. Guion: Ryûsuke Hamaguchi, Eiko Ishibashi. Fotografía: Yoshio Kitagawa. Montaje: Ryûsuke Hamaguchi, Azusa Yamazaki. Producción: Shô Harada, Tomohisa Ishii, Satoshi Takada, Katsumi Tokuyama. Música: Eiko Ishibashi. Reparto: Hitoshi Omika, Ryô Nishikawa, Ryûji Kosaka, Ayaka Shibutani.

    El año 2021 fue especialmente glorioso para el japonés Ryûsuke Hamaguchi, que presentaba no una si no dos de las películas más celebradas de los últimos tiempos: La ruleta de la fortuna y la fantasía (Oso de Plata en la Berlinale) y Drive My Car (premiada en Cannes, en los BAFTA, en los Globos de Oro, en los Oscar,... entre otros). Evil Does Not Exist es su siguiente y esperado paso y, con esta película no hace más que confirmarse como uno de los directores más sugerentes e impredecibles del panorama cinematográfico actual. En este filme, además, parece querer probar tonos y tramas nuevas para su cine, desconcertando en cierta manera al espectador a lo largo de todo el metraje.

    El planteamiento de base es relativamente sencillo, e incluso puede resultarnos familiar: el día a día de los habitantes de una pequeña localidad cercana a Tokio se ve amenazada por el lobby del turismo rural, que ha echado el ojo a la impresionante naturaleza que les rodea con la intención de poner un sitio de «glamping» (una aberración que nace de mezclar el concepto de camping con el de lujo o glamour). En esta pugna que parte de querer capitalizar aquello puro, y por lo tanto también arrebatárselo de aquellos que humildemente lo poseían, se genera una tensión evidente, que va enrareciendo poco a poco el aire en Evil Does Not Exist hasta su desenlace. Pero un conflicto que podría estar enfocado de forma más o menos obvia se convierte en esta pieza en algo enmarañado e impenetrable, como Takumi (un portentoso Hitoshi Omika). Este ejerce de una suerte de «manitas» del pueblo, a disposición de todos y merecedor por lo tanto de su respeto. Takumi es un hombre hermético y por lo general bastante solitario, excepto cuando está con su hija Hana (Ryô Nishikawa), que es una luz en su vida (a pesar de que se olvide constantemente de recogerla en el extraescolar) y de todo el pueblo, y que a la que puede se va sola a explorar los secretos que alberga el frondoso bosque que rodea su hogar. En ese bosque se encuentra la esencia del lugar, en sus huidizos ciervos, su variedad arbórea y sus lagos helados.

    Luego, claro está, tenemos la otra cara de la moneda, en esos dos representantes de la empresa de «glamping», que son más actores que han estudiado ese papel de representantes que otra cosa. Dos maniquíes dando la cara por unos peces gordos que, obviamente, no solamente no se rebajarán a dejarse ver por el pueblo, sino que tampoco aceptarán las dudas y preocupaciones de estos cuando sean informados de que la fosa séptica que requiere el camping amenaza con mancillar la preciada agua pura que lleva su río. Todo ese mundo rural, con sus rituales y formas de ser, se les hace tan extraño a los urbanitas que en momentos la película se convierte en una parodia de su visión idealizada (nota extradiegética: en el pase del Festival de Donostia en el que la vi, en más de una ocasión se oyeron carcajadas generalizadas entre los espectadores), descolocando una vez más en su tono, aligerado de golpe. Y, por supuesto, la forma que tiene Hamaguchi de mostrar todo ello es a través de unos pocos pero efectivos recursos, tanto en imagen como en sonido. Ahí tenemos una minimalista pero estremecedora secuencia inicial, que sirve de dilatado preámbulo visual/musical a lo que viene. Un sencillo travelling que mira hacia arriba, hacia la copa de los árboles del bosque, que avanzan sin llegar a ningún fin. La música de Eiko Ishibashi que lo acompaña es muy bella, pero a su vez también enmarañada, como las ramas de los árboles, que se entremezclan entre ellos sin orden ni concierto. Como curiosidad, la génesis de esta película (y, cabe añadir, también de la siguiente que se le espera, titulada Gift) es un proyecto ideado por el cineasta juntamente con la compositora, una colaboración en la que Hamaguchi debía hallar unas imágenes con las que ilustrar una partitura de Ishibashi. Es importante destacar este detalle porque el papel de la música (y el silencio) es fundamental en Evil Does Not Exist y conociendo la implicación de Eiko Ishibashi, entendemos el porqué.

    El título de la película da a entender que, en ese paraje puro y simple, en ese orden equilibrado entre habitantes, animales y naturaleza, no hay cabida para el Mal (así, en su forma más compleja). En general, parece que sea de esta manera. Incluso en el trato tensionado con los visitantes de Tokio, hay una cordialidad que acaba imperando. También en la evolución que veremos en esos dos personajes totalmente foráneos, parece que esa bondad del paisaje se les traslada a su forma de ver el mundo. Pero, como esas ramas enmarañadas pronostican ya al inicio, la realidad es mucho más compleja y, en ocasiones, incomprensible. En su tramo final, la película muta de forma inesperada y consigue cambiar del todo el sentido de lo que le ha precedido. Se muestra la otra cara de lo bello, que es lo terrible, lo siniestro. Y, por encima de todos, deja al espectador descoyuntado, sacudido, y con un puzle que, cuando parecía que podía acabar de completarse, se ha desmoronado ante nuestros ojos.


    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    abril 30, 2024

    Crítica | El mal no existe (悪は存在しない)

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | abril 30, 2024
    || Críticas | ★★★★☆
    Puan
    María Alché & Benjamín Naishtat
    En primera persona del plural


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Argentina-Italia-Brasil-Francia-Alemania, 2023. Título original: Puan. Duración: 111 min. Dirección: María Alché y Benjamín Naishtat. Guion: María Alché y Benjamín Naishtat. Música: Santiago Dolan. Fotografía: Hélène Louvart. Compañías: Pasto Cine, Pucara Cine, Bubbles Project, Infinity Hill, Kino Produzioni, Pandora Film, Atelier de Production. Reparto: Marcelo Subiotto, Leonardo Sbaraglia, Lali Espósito, Camila Peralta, Mara Bestelli, Julieta Zylberberg, Andrea Frigerio.

    La primera secuencia de Puan siembra de una forma sutil, visual y clara dos de los temas alrededor de los cuales se levantará la narración: los matices absurdos —o paradójicos— que puntean la existencia y la necesidad de volver a ondear la bandera de la fraternidad para combatir un sistema estructuralmente injusto que obliga a las personas a combatir a muerte entre ellas para poder sobrevivir en esa jungla de hormigón, tráfico y contaminación llamada sociedad. La secuencia en cuestión muestra a un hombre haciendo running por un parque de Buenos Aires; la cámara le sigue realizando un largo paneo desde la distancia y se detiene en el momento exacto en el que el susodicho se desploma en el suelo. Unos cuantos transeúntes que están a su alrededor se acercan a ayudarle; otros muchos, sin embargo, pasan de largo sin preocuparse por su estado de salud. En la siguiente escena se sabrá que el hombre ha fallecido de un ataque al corazón; situación irónica cuando menos, dado que dicho deporte reduce considerablemente las posibilidades de sufrir un infarto. Pero la película, ya se ha mencionado arriba, salta de vez en cuando en el charco de ese absurdo que tanto le gustaba a Samuel Beckett.

    Ganadora de los premios a Mejor interpretación protagonista y Mejor guion en la pasada edición del Festival de San Sebastián, la cinta cuenta la historia de Marcelo (Marcelo Subiotto), un profesor que ha dedicado toda su vida a impartir la materia de filosofía política en la Facultad de, valga la redundancia, Filosofía y Letras de la capital de Argentina, y que no está pasando por su mejor momento vital: por un lado, la profunda crisis que asola al país asfixia tanto los presupuestos de la universidad como su economía doméstica y, por tanto, para sacarse un dinero extra se dedica a darle clases particulares a una anciana millonaria que encuentra en la calidez de sus palabras y la densidad de su discurso la música ideal para conciliar el sueño; por otro, la escasez de tiempo libre hace que se resquebrajen los vínculos con su pareja, sus amigos y su hijo, y que, como consecuencia, la frustración se vaya tatuando en cada poro de su piel hasta teñirla por completo con la tinta puntiaguda y gris de la tristeza y la amargura. Así, el día que un antiguo compañero (Leonardo Sbaraglia) regrese de dar clase en una prestigiosa universidad alemana con la intención de presentarse a la oposición para la plaza que ha dejado vacante el hombre fallecido descrito en el primer párrafo (que fue maestro y amigo del protagonista), Marcelo, ebrio de envidia, verá cómo todo lo malo que le podía pasar le está pasando y, en consecuencia, cómo su mundo de está derrumbando poco a poco.

    El primer acierto de María Alché y Benjamín Naishtat, directores y guionistas de la cinta, es construir, alrededor del esqueleto eminentemente dramático de la obra, un caparazón cómico cuya transparencia y cercanía consiguen contener en todo momento las asperezas melodramáticas que podían haber hundido unas imágenes que juegan con material emocionalmente explosivo, pero que, sin embargo, saben moverse con precisión por esa fina línea que separa el drama descarnado y el griterío ensordecedor. Durante la totalidad de la duración de Puan, subyacen bajo su piel el desasosiego y la angustia provocados por la profunda crisis económica que asola Argentina; y los personajes, como es evidente, se ven afectados tanto por la inflación, los recortes y la gentrificación (entre otras muchas cosas) como por la desesperación que siente todo aquel que, por mucho que se esfuerce, no consigue ver ninguna luz, ni siquiera un leve fulgor, al final del túnel. La película, por tanto, funciona como una comedia que, a diferencia de la gran mayoría que se estrena en cartelera cada semana, no rechaza retratar el contexto social, político y económico en el que se desarrolla ni lo ridiculiza sin conocimiento de causa (¡por fin una cinta que no caricaturiza de forma grotesca el lenguaje inclusivo!)—. Como consecuencia, el compromiso real con la actualidad recorre la columna vertebral de la narración, inyectando en cada escena, cada personaje, cada diálogo y cada recurso de puesta en escena una tristeza que se va tensando a medida que el metraje avanza y que, si bien es cierto que no llega a eclipsar las constantes ráfagas de humor construidas concienzudamente desde abajo hacia arriba, por momentos carga —de forma orgánica— la atmósfera de una densidad emocional, de una desesperación ahogada en la repetición de la rutina, cuando menos, sorprendente.

    Los directores, primero, denuncian la conversión de la sociedad en un campo de batalla en el que reina la ley del más fuerte y en el que todos luchan contra todos en su intento por sobrevivir; y, después, señalan la necesidad de unirse para poder plantarle cara a un capitalismo salvaje que, como sucede en la cinta, prescinde de los centros de educación pública porque no los considera rentables. El propio título de la cinta (Puan es el nombre de la calle en la que mayoritariamente se desarrolla la acción) es una fuerte declaración de intenciones: no se trata del yo, sino del nosotros, porque el exterior condiciona siempre el interior, el contexto afecta de forma inevitable a las personas que en él se desarrollan, y la única forma de solucionar los problemas es desde la agrupación, desde la primera persona del plural. Precisamente por eso, todas las dificultades de los protagonistas tienen su raíz en el sistema injusto en el que viven: desde la envidia que envenenada que les devora, pasando por los problemas de salud mental causados por la precariedad, hasta llegar a la degradación de las relaciones personales provocada por la falta de tiempo libre que impide cuidarlas con esmero. Sólo al final, cuando los personajes dejan sus rencillas personales a un lado para luchar juntos por sus derechos, son capaces de atisbar algo de luz. En definitiva, María Alché y Benjamín Naishtat construyen un divertido y emocionante alegato en favor de lo público (en un momento en el que el propio presidente de Argentina lo está desmontando) que utiliza los mimbres de la comedia filosófica con toques absurdos para abogar por el humanismo y la fraternidad como forma de combatir los abusos del capitalismo. Impresionante. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    abril 10, 2024

    Crítica | Puan

    por Rubén Téllez Brotons | abril 10, 2024
    || Críticas | SSIFF 223 | ★★★☆☆
    El sucesor
    Xavier Legrand
    Edipo à la mode


    Carles M. Agenjo
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Le Successeur. Dirección: Xavier Legrand. Guion: Alexandre Postel. Compañías productoras: KG Productions, Metafilms, Stenola Productions. Fotografía: Nathalie Durand. Música: SebastiAn. Producción: Alexandre Gavras. Reparto: Marc-André Grondin, Anne-Élisabeth Bossé, Yves Jacques, Louis Champagne, Blandine Bury. Duración: 107 minutos.

    En una escena de Custodia compartida, la actriz gala Mathilde Auneveux canta aterrorizada la noche de su cumpleaños mientras el mal acecha a pie de calle. Xavier Legrand tensaba así las cuerdas de su angustiante debut con una escena donde lo que importa no es tanto el rostro de una joven que contiene el llanto como la amenaza de un padre que merodea entre las sombras. Tal vez la versión urbanita de Robert Mitchum en La noche del cazador (1955). Sea como fuere, que la canción interpretada por Auneveux sobre el escenario de la sala de fiestas sea Proud Mary no es casual. Rollin’… Rollin’… Rollin’ on the river, cantaba Tina Turner en una versión de 1971 que, precisamente, fue creada junto al monstruo que la golpeó durante años. Quizá por esto llama tanto la atención que, en su segunda película, Legrand proponga un thriller que, de nuevo, aborda las violencias del patriarcado a través de un muy medido ejercicio de estilo. Como si hubiera sofisticado sus intenciones. Si en su primer largo construía una historia de calculada puesta en escena a medio camino entre el thriller judicial y el terror doméstico, en El sucesor sigue explorando la intriga para depurar la forma. Su nueva película es un trabajo de síntesis narrativa. Un relato que, sí, nos habla otra vez de las tinieblas del abuso, pero al servicio de un viaje que se desconecta de la realidad hasta alcanzar ecos casi abstractos. Dicho de otro modo, Legrand ha condensado el camino del héroe y le ha dado la vuelta en este descenso a los infiernos de la herencia que pone antes el foco en la ansiedad de un hijo que en la ausencia de un padre fatal.

    Marc-André Grondin interpreta a Ellias Barnès, un diseñador de alta costura que quiere sepultar su pasado y acaba redefiniendo su propia identidad. Barnès está a punto de sustituir al director de una gran firma parisina. Una llamada inesperada le obliga a viajar al Quebec para despedir a un progenitor con el que había perdido el contacto. Sobre el papel, sería un cuento moral de trámite expeditivo que muta en aprendizaje redentor y que podría andar sobre los códigos del drama familiar. Sin embargo, nada es tan simple después de escenas como la de Auneveux interpretando la Turner. Legrand adapta la novela La ascendencia para reescribirla en clave dress code junto al autor Alexandre Postel y, como ya ocurría en su debut, no puede resistirse a caer en otros códigos. No puede evitar acercarse al cine de género en su variante de sótanos, secuestros y homicidio con coartada. El problema, para el avezado, es que utiliza estos recursos como estímulos de un high concept que persigue la originalidad por encima de todo. No parece que quiera sumergirse en los verdaderos porqués de la maldad. Más bien se mantiene fiel al vía crucis de un protagonista encerrado en su propia cárcel mental. Así lo indican las primeras imágenes animadas con electro de SebastiAn. El cenital de un desfile de moda en forma de laberinto dextrógiro da paso a la mirada a cámara de unas modelos que parecen augurar tragedia. Barnès recorre el laberinto y todos aplauden. Tal vez la imagen cinética de un Teseo posmoderno que, tras viajar a su Canadá de infancia se redescubrirá como Edipo fashion en una Montreal helada de giros y pruebas, culpa y catarsis, donde la arquitectura funeraria también es circular –¡con escalera de caracol incluida!– y cada hora que pasa es un desafío para los nervios.

    No obstante, quizá el gran acierto de este microuniverso pesadillesco de resonancias mitológicas radica en que Legrand ha encontrado un tono que Custodia compartida no buscaba. Esta vez, opera desde la ironía y, en algunos tramos, flirtea con la comedia negra. No sólo por la forma en que plantea lo insólito y absurdo a través de una violencia seca, sino por un desenlace extraño que estalla por dentro. La epifanía a ritmo de Fais comme l’oiseau de Michel Fugain –una canción que, a diferencia del momento Turner, puede sacarnos del drama– mientras se suceden imágenes reveladoras por la pantalla de un sepelio, el discurso de un vecino que encarna un adorable Yves Jacques o el llanto desconsolado de Grondin confieren capas de significado a este pastiche hitchcockiano de homicida involuntario y víctima colateral. Quizá el dispositivo del crimen perfecto –entre una figura masculina que ambiciona y un cuerpo femenino aplastado por el ego– resulta manido, pero el trabajo de dirección es encomiable y destaca un especial gusto por la elipsis. Por esto, El sucesor funciona mejor cuando acidifica su humor y narra desde lo sutil que cuando se pierde en mecanismos y golpes de efecto para mantener estimulado al espectador hasta el final. Ahora bien, Legrand ha vuelto a dejar clara una cosa. Su robusta ficción nunca da gato por liebre. ♦


    por Carles M. Agenjo
    marzo 21, 2024

    Crítica | El sucesor

    por Carles M. Agenjo | marzo 21, 2024
    || Críticas| 71SSIFF| ★★★★☆
    Hotel Royal
    Kitty Green
    Las serpientes no son el animal más peligroso


    Júlia Gaitano Mendizábal
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Australia. 2023. Dirección: Kitty Green. Guion: Kitty Green, Oscar Redding. Fotografía: Michael Latham. Montaje: Kasra Rassoulzadegan. Producción: Iain Canning, Libby Sharpe, Kath Shelper, Emile Sherman, Liz Watts. Música: Jed Palmer. Reparto: Julia Garner, Jessica Henwick, Hugo Weaving, Toby Wallace, Bree Desborough, Nic Darrigo, Herbert Nordrum.

    Después de adentrarse en el espeluznante mundo de las asistentas en grandes empresas (en un contexto claramente weinsteiniano), la cineasta Kitty Green continúa en The Royal Hotel su exploración de la terrorífica experiencia femenina que es habitar e intentar sobrevivir en un mundo de hombres. La protagonista de The Assistant estaba magistralmente interpretada por una Julia Garner que supo mostrarse pequeñita en ese contexto hostil que quedaba capturado perfectamente en la película, debut en ficción de Green. Garner repite como protagonista en esta nueva cinta de la melburniana interpretando a Hanna, una joven norteamericana que, junto a su amiga Liv (Jessica Henwick), se encuentra de mochileo alocado en Sydney. Cuando se dan cuenta de que se les están terminando los ahorros deciden apuntarse a un programa de trabajo temporal para viajeras. Así, sin comerlo ni beberlo, las dos chicas se encuentran en medio del Outback, un lugar remoto de la geografía australiana, en una taberna en medio de la nada. El sitio, regentado por Billy (un estupendo Hugo Weaving barbudo y tosco), da servicio e ingentes cantidades de alcohol al grupo de mineros residentes. Las jóvenes, que tenían en mente unas divertidas y desmelenadas vacaciones para sí mismas, se ven inmersas en un microcosmos masculino y belicoso.

    Con The Royal Hotel, que es el nombre juguetón que tiene el destartalado bar, Kitty Green no solamente suma una segunda película a su universo cinemático de «mujeres currando de forma precaria en entornos incómodos para ellas», sino que además hace una nada tímida incursión en el género del terror. Green construye una atmósfera enrarecida y cargada que, de incidente en incidente, se va generando más y más desazón. En cierta manera, ya era así en The Assistant, pero en esa ocasión la directora no llegaba a dinamitar toda la tensión que iba acumulando el personaje de Garner. En este nuevo enfoque se atreve a llevar el malestar mucho más allá. El espacio que estarán habitando las chicas no solamente no es un lugar seguro: es abiertamente violento hacia ellas. Kitty Green nos sitúa en los zapatos de las dos turistas, desubicadas, y es desde su perpleja mirada que se nos explica la naturaleza disfuncional de ese grupo de hombres y sus rituales cotidianos. Rituales de risotadas a costa de las jóvenes, de sí mismos, rituales de violencia, de hostilidad, de necesidad de marcar territorio y, a la vez, de incomodarlas en todo momento.

    Hanna se muestra absolutamente desconfiada ante tal panorama y, de hecho, ya en un primer instante incluso le plantea a Liv irse ese mismo día. Sin embargo, su compañera es mucho más despreocupada, e interesada por lo pintoresco de la situación, le divierte imaginarse que están viviendo una aventura que se pueda convertir en anécdota más adelante. El tono que toma la película transita muy fluidamente y de forma inteligente entre esa ligereza con que se lo toma Liv (y que, como espectadoras nos hace vivir también: hay momentos realmente hilarantes) y la reticencia de Hanna (momentos en los que la risa queda congelada en una mueca de miedo). El paisaje árido de la zona de Australia en la que se encuentran juega un papel importante a la incomodidad de la historia que, efectivamente, va mutando poco a poco de la contrariedad hacia el terror más puro. Como mujeres, estamos acostumbradas a vivir ciertas circunstancias con las alarmas puestas. Una de ellas, que seguro que tenemos como experiencia compartida, es la de no sentirse a gusto en un lugar cerrado (y además, como en el caso de The Royal Hotel, incomunicado) con una energía profundamente machista. Tanto los hombres que tienen apariencia más amable y suave, o alguna mujer que también hay, como los que se presentan de forma confrontacional desde el minuto uno: todos acaban representando una amenaza real para Hanna y Liv.

    Aunque es cierto que en esta segunda película Kitty Green expande el escenario en el que se dan esas violencias, y en esa expansión hay cierto grado de desmadre, también hay una sensación de disfrute y dejarse llevar. Al final, ese desorden a la hora de tratar con los diferentes personajes habituales del bar también aporta a la subjetividad de las chicas y cómo ellas lo ven. El personaje de Julia Garner, en The Assistant, no podía hacer nada frente al grupo de hombres encorbatados a los que servía durante una larguísima jornada de oficina. Green ofrece en su nueva película un punto de catarsis empoderante cuando, en el tramo último de metraje, a las dos amigas no les queda otra opción que tomar el asunto en sus propias manos porque al final todo se reduce a que es «o ellos o nosotras».


    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    marzo 12, 2024

    Crítica | Hotel Royal

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | marzo 12, 2024
    || Críticas| 71SSIFF| ★★☆☆☆
    La tierra prometida
    Nikolaj Arcel
    Yermo


    Júlia Gaitano Mendizábal
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Dinamarca. 2023. Dirección: Nikolaj Arcel. Guion: Nikolaj Arcel, Anders Thomas Jensen. Fotografía: Rasmus Videbæk. Montaje: Oliver Bugge Coutté. Producción: Coproducción Dinamarca-Noruega-Alemania; Koch Films, Nordisk Film, SVT, Zentropa, Plaion Pictures, Nordisk Film, TV2. Música: Dan Romer. Reparto: Mads Mikkelsen, Amanda Collin, Simon Bennebjerg, Kristine Kujath Thorp, Gustav Lindh.

    El páramo no puede dominarse. Esa es la máxima que mueve todo en Bastarden, película del danés Nikolaj Arcel, presentada en la pasada edición de la Biennale de Venecia. El cineasta nos sitúa a mediados del siglo XVIII, en un tiempo en el que la mayor parte de ese páramo que cubre la península de Jutlandia se encontraba deshabitada. Más allá de grupos esparcidos de forajidos, ladrones e indeseables que hallaban refugio en esos lares, nadie osaba poner un asentamiento. Y eso a pesar de ser bien conocida la gran ambición del rey Frederik V de Dinamarca de colonizar dicha zona. Un capitán veterano, empobrecido y sin ningún tipo de lazo afectivo ni familiar, toma como propósito vital conseguir domar esa tierra infértil y hostil. A cambio, pide obtener un título nobiliario que le daría tierras, el estatus, respeto y, sobre todo, reconocimiento que no había recibido tras sus anteriores contiendas. Ludvig Kahlen, pues así era el nombre real del terco capitán al que encarna un siempre acertado Mads Mikkelsen, parte hacia el páramo con el «visto bueno» real y un sueño. Bastarden es la adaptación cinematográfica de la novela «The Captain and Ann Barbara», de Ida Jessen, en la que la autora recuperaba la proeza verídica, si bien un tanto inconsciente, de Kahlen.

    El relato, que en esencia trata de esa tentativa de colonia, encuentra en este filme su maximización en todos los sentidos. En el camino hacia la prosperidad del capitán Kahlen se cruzarán aliados, sirvientes, historias de amor de hasta tres circunstancias distintas y, lo más importante para la película, un antagonista de dimensiones épicas. Cruel como pocos, el gobernante Frederik De Schinkel (Simon Bennebjerg) tiene la falsa impresión de que la tierra que intenta trabajar Kahlen y donde ha asentado su hogar es, en realidad, suya. A partir del momento en el que ponen ojos en uno en el otro (De Schinkel absolutamente enloquecido, Kahlen sin ninguna intención de cejar en sus planes), nace una enemistad colosal sobre la cual Nikolaj Arcel construye una fábula que poco tendría que envidiar a legendarios duelos de los westerns clásicos. Esta solo crecerá, especialmente cuando De Schinkel descubre que los nuevos trabajadores del capitán alemán son, en realidad, sus sirvientes fugados. Uno de ellos es la Ann Barbara (Amanda Collin) del título de la novela original, con lo que podemos suponer que tiene una gran importancia en esta historia.

    A priori, esa suma de elementos dramáticos nos lleva a esperar una película grandiosa. Sin embargo, todo lo que tiene la trama, lo flaquea en la forma. Arcel apuesta por un acercamiento muy clásico, sin una gran propuesta visual, ni sonora, ni musical. Esto acaba jugando en su contra, especialmente si tenemos en cuenta su metraje, de más de dos horas. Evidentemente, la historia da con lo que llenarlo, pero ese exceso narrativo hace que lo demás sepa a poco. Quizás reduciendo por un lado y arriesgando un poco más por el otro encontraría un equilibrio más satisfactorio, pero el filme se agota mucho antes de que termine. Intentar contentar a todos desde una cierta equidistancia, puede provocar el efecto contrario y acabar desinteresando. Y eso, teniendo en cuenta que tenemos enfrente a uno de los mejores actores de la actualidad, es algo que debemos considerar. A su término, también la película resulta ser, en cierta manera, yerma.


    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    febrero 02, 2024

    Crítica | La tierra prometida

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | febrero 02, 2024

    Alberto Gastesi llevó su ópera prima La quietud en la tormenta a la última edición del Festival de San Sebastián, ocasión que aprovechamos para entrevistarle. Ahora, tras haber pasado por cines, la película puede verse en el catálogo de Filmin.


    Entrevista a Alberto Gastesi
    Texto de Kevin Rodrigo Pérez | | San Sebastián


    En la película hay un presente y un pasado imaginado sobre los caminos que podrían haber tomado los personajes. Decías en otra entrevista que esta parte del pasado imaginado no estaba en guion al principio.

    Lo que no estaba es que fuese imaginado. Y esto habla de cómo fue el proceso de escritura. Creo que es difícil que se dé en el cine industrial, donde la escritura esté tan entremezclada con el proceso de producción. Nos hemos permitido el lujo de rodar la parte del pasado sin tener escrito el presente, que rodamos mes y medio más tarde. En ese tiempo, estando abiertos a cómo salían las cosas, terminamos de escribir. Hasta dos meses antes de rodar, nuestra idea era hacer una película con la misma estructura, en la que la historia de amor no fuese posible en el presente: que no se pudiese dar aunque compartiesen la misma línea de posibilidades. Lo que cambió es que aquello se convirtiera en una cosa imaginada por la propia película. Nos gustó el concepto y fuimos por él.

    En un proceso tan abierto, ¿qué guías has seguido?

    Lo primero es intentar estar abiertos a la vida y dejar que el estar en el mundo del equipo nos impregnase, e impregnase el proyecto. Ese estar abiertos a la vida nos planta delante la oportunidad de hacer una película de manera un tanto atípica, con una financiación muy rápida y que podíamos rodar en poco tiempo, juntando un equipo que éramos ya amigos y familia. Podíamos hacer un alto en el camino todos juntos antes de seguir con nuestras vidas. Una brújula era hacer la película que quisiéramos, con todas las consecuencias. Una manera de trabajar que me encanta y que, en cuanto tuve la oportunidad, quise ponerla en práctica. Ir de lo concreto a lo general y no viceversa, guiándome por el propio material. Es decir, parto de un espacio físico, el pasillo del piso en venta, y del encuentro de dos cuerpos. Le doy una textura en blanco y negro, y un formato que me impone ciertos encuadres de rostros. Trato esto como si fuese el material de la escultura, teniendo un respeto muy grande al acontecimiento concreto que es la vida, lo inasible. Pero no hay una guía a nivel discursivo o temático. Al revés, tener el material como luz en la oscuridad, y que eso diese forma a la historia, a la vez que escribíamos influidos por nuestros gustos. Creo que ha terminado reflejando nuestra generación más de lo que pensábamos.

    ¿Cómo ha sido escribir desde ese espacio, desde eso tan concreto?

    Hice un corto que se llama Tempestad (en euskera Ekaitza) que también protagonizaban Loreto Mauleón y Aitor Beltrán, una historia de amor en un día de tormenta. En ese corto y en otros, Miroirs por ejemplo, hay una obsesión por la segunda oportunidad de dos personas que han tomado caminos separados. A la vez que llega ese pasillo del piso en venta, del que tenemos claro que queremos partir, se presenta la historia de dos personas que se reencuentran y que habían tenido una relación antes. Partimos de ahí para tirar del hilo en su historia, que vamos poco a poco moldeando, acompañando de otras gentes y llenando de vida. El proceso de escritura ha sido un constante ir hacia adelante y hacia atrás, reescribir de manera muy abierta, sin demasiado respeto por lo ya escrito.

    El trabajo con los actores, ¿cómo ha sido?

    Hay muchas dicotomías en la película. Una de las cosas que tenía clara era mezclar dos tonos, casi géneros de cine. Uno, que se acerca más al suspense, tiene que ver con la puesta en escena visual, dónde está la cámara y cómo se mueven los actores. El segundo, un cine que alguno ha dicho más rohmeriano, más distendido, del placer de la vida, las conversaciones con amigos, más improvisado. He querido poner a bailar esos dos cines sin miedo y de una manera despreocupada. Esto ha influido en el trabajo de los actores: había escenas más escritas, y otras que hemos improvisado en rodaje o en los ensayos. Ha sido un trabajo de respeto mutuo, hacia su manera de vivir, de moverse, de entender el personaje. No me gusta nada cuando hay muchos dibujos psicológicos o cuando los creadores hacen juicios de sus propios personajes. He tratado de huir de eso. Insisto: se trata tener un respeto muy grande por la vida. Los actores son amigos, son familia y son gente muy talentosa. Estoy muy contento de que por fin se vea a todos juntos y ese talento esté ahí, amplificado en la pantalla de cine.

    Esta idea de que nunca vamos a ser lo que nos gustaría ser, pero hay que hacer las paces con ello, ¿es cínica u optimista?

    Creo que es optimista. Lo cínico es el resultado de no hacer las paces del todo con eso. Saber llevarse con esos otros yoes que no han podido ser es la actitud de alguien que ha madurado con honestidad y es un requisito para no vivir de manera cínica. Vivimos tiempos de mucho cinismo y es importante que salgamos de ahí.

    La imagen de la ballena persiste después de ver la película. ¿Cómo llegó al proyecto?

    Es una idea que barajamos Alex [Merino] y yo al comienzo de la escritura, pero que quedó fuera del guion cuando lo presentamos a las ayudas del Gobierno Vasco, como tantas otras. A nivel producción hemos sido pequeños y susceptibles a todas las mareas, cualquier cosa nos hacía tambalearnos. Poco antes del rodaje, una noticia negativa sobre la financiación nos obligó repensar el guion, hacerlo más austero, pensar cuál era la esencia de lo que queríamos contar. Hay cosas de las que no te das cuenta. Escribes tan alegremente algo como «Lara y Daniel vuelven en tren de París a Donosti», que parece sencillo pero en realidad es complicadísimo. Eso se convirtió en la conversación que tienen en la autopista. En esa sustitución de espacios, repensando cuál era la esencia y las señas de identidad que queríamos mantener, reapareció la ballena. Y aunque estábamos pensando cómo abaratar, en ese momento entiendo muy intensamente que tiene que estar, que si lo lográbamos sería una imagen interesante que podía englobar muchas cosas del proyecto. Que ponía en marcha la historia de los cuatro personajes a través de la casualidad, que reflejaba el estado de alguno de ellos o de la propia ciudad, quizás. Eso ya depende de los espectadores.

    En otra entrevista hablabas de pensar y hacer como procesos casi simultáneos, y con lo que cuentas de este proyecto, parece una forma de trabajar que choca con la que se está estandarizando: ir pasando por laboratorios, o simplemente las financiaciones, que son muy lentas en general.

    El cine es un arte poco inmediato, eso es evidente; es colectivo y está muy unido a cuestiones presupuestarias. Es muy difícil financiar una película hoy en día, y cuando dejas las ideas en remojo demasiado tiempo, tu relación con ellas puede acabar mostrando signos de agotamiento. Es algo con lo que tenemos que lidiar. Más particularmente, veo una creciente importancia del filtro que ejercen los laboratorios de cara a que algo sea realizable. Eso tiene sus riesgos. Me pareció interesante un artículo de Victor Alonso-Berbel que hablaba de una estandarización del cine de autor español. Te decía que el respeto a la vida es entender que es inasible; el talento mismo es algo incontrolable y contra lo incontrolable no hay otra que dejarse llevar, lo contrario es tener ansiedad. Creo que los laboratorios son una manifestación de esta ansiedad, de intentar tener el control desde cierto lugar, y eso puede llevar también a la endogamia; las personas van rotando y hay un cine que se empieza a parecer entre sí. El otro día Alicia Luna decía en Twitter que esta es una película anti-IA y me hizo mucha ilusión, porque la erupción de este fenómeno que no entendemos ha llegado muy rápido y tenemos que plantearnos qué aportamos de diferente nosotros. Yo entiendo que las plataformas o Marvel puedan sacar productos que parecen salidos de una inteligencia artificial. El problema viene cuando encuentro eso en cierto cine de autor, que a veces parece una batidura de conceptos, casi un cine de dosieres. Hay que intentar mantener la personalidad y la valentía a la hora de crear.


    por Kevin Rodrigo Pérez
    noviembre 22, 2023

    Entrevista a Alberto Gastesi, director de «La quietud en la tormenta»

    por Kevin Rodrigo Pérez | noviembre 22, 2023
    || Críticas | ★★★☆☆ ½
    O corno
    Jaione Camborda
    Una realidad visceral


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    España, Portugal, Bélgica, 2023. Título original: O corno. Dirección: Jaione Camborda. Guion: Jaione Camborda. Producción: Esnatu Zinema, Miramemira, Elastica Films, Bando à Parte, Bulletproof Cupid. Música: Camilo Sanabria. Fotografía: Rui Pocas. Reparto: Janet Novás, Diego Anido, Nuria Lestegás, Julia Gómez, Siobhan Fernandes, Nuno Preto, Daniela Hernán Marchán, María Lado. Duración: 103 minutos.

    El Novo Cine Gallego —término acuñado por primera vez por los críticos Xurxo González, José Manuel Sande y Martin Pawley— lleva más de una década ofreciendo cintas de verdadero calado, tanto emocional como intelectual, que, en su gran mayoría, rompen con los moldes estéticos y narrativos habituales al mismo tiempo que se lanzan de cabeza a explorar temas oscurecidos por la sombra del tabú. Tanto la crítica como los festivales han respaldado un movimiento cuyos nombres más reconocidos probablemente sean Óliver Laxe (triplemente premiado en Cannes por Todos vós sodes capitáns, Mimosas y O que arde) y Lois Patiño (ganador del premio a Mejor director emergente de Locarno por Costa da morte). Este año, películas como Matria, de Álvaro Gago (premio a Mejor actriz en Málaga y seleccionada en Berlín en la sección Panorama), Sica, de Carla Subirana (también proyectada en el certamen alemán) y Samsara, del propio Patiño (premio especial del jurado en Encounters de la Berlinale) no han hecho sino confirmar lo evidente: que el cine español está en proceso de ruptura de muchos de los muros —lingüísticos, de género— que limitan su expansión hacia ese infinito expresivo cuya búsqueda mantiene viva a toda disciplina artística. Así, que Jaione Camborda haya sido la primera directora española en ganar la Concha de Oro de San Sebastián y lo haya hecho precisamente con O corno, supone el broche de oro —valga la redundancia— para este gran año de cine gallego en particular y el español en general.

    La película transcurre en la Illa de Arousa, durante 1971. Allí, María (Janet Novás) lleva una existencia en apariencia tranquila: tiene una casa pequeña, pero acogedora, trabaja recogiendo marisco, se lleva bien con la gente de la isla y disfruta tanto de la música y el baile de las fiestas populares como del silencio que acompaña a la contemplación de un paisaje natural profundamente arrebatador. Un día, la hija adolescente de una amiga suya le confiesa que está embarazada y le pide con la desesperación propia del ruego que le ayude a abortar. Ella acepta, pero todo sale mal y la joven termina muriendo a causa de una hemorragia interna. Así, cuando la policía inicie una investigación y María sea señalada por alguien del pueblo, la huida hacia Portugal se convertirá en la única forma de salvar su vida.

    Desde los primeros fotogramas, la película se presenta como un ejercicio de fisicidad dispuesto a romper con esas barreras de cristal que protegen al espectador cuando lo que se proyecta en la pantalla es algo nuevo para él. O corno arranca con una escena de más de diez minutos de un parto: la cámara se pega a la piel de los personajes para captar esa parte de la realidad —rostros sudados de agotamiento, gemidos de dolor cortados por la agonía, silencios de desesperación— que rara vez se ha filmado con exactitud, sin edulcorantes o elipsis pudorosas. Consciente de que todo lo que tiene que ver con el cuerpo de la mujer ha sido silenciado históricamente por el cine, Jaione Camborda se propone abrir en canal las pupilas del espectador con punzadas de verdad que son al mismo tiempo veraces y violentas; que arrojan algo de luz sobre las muchas sombras que se pierden en el cajón del olvido y hacen sangrar las conciencias de todos los enemigos de la memoria; que fascinan —por mostrar lo desconocido— tanto como laceran —lo desconocido son todas aquellas vidas amordazadas, torturadas y asesinadas sobre las que se construye la sociedad actual.

    La película se divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera se caracteriza por la fisicidad descrita en el párrafo de arriba; la segunda, se mueve entre las huellas siempre asfixiadas de la huida y el calor de esos gestos que por desinteresados terminan siendo profundamente humanos. La protagonista abandona su hogar escapando de una injusticia y emprende un viaje hacia un futuro incierto en el que recibirá la ayuda de muchas mujeres que, como ella, son víctimas de un sistema opresor que las condena a ser un mero apéndice de los hombres. Así, lo que O corno gana en profundidad discursiva, lo pierde en fuerza estética: las imágenes, con alguna excepción, se van suavizando a medida que el metraje arde frente a los ojos del espectador y, en consecuencia, se van haciendo más digeribles, menos viscerales. Esto, sin embargo, no empaña la notable calidad de una cinta histórica que se hace muy fuerte en su profunda reflexión sobre la importancia de la sororidad y que plantea escenas verdaderamente emocionantes que no dejarán indiferente a nadie. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    noviembre 22, 2023

    Crítica | O corno

    por Rubén Téllez Brotons | noviembre 22, 2023
    || Críticas | ★★★☆☆ |
    Un amor
    Isabel Coixet
    Los apegos


    Yago Paris
    Madrid |

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: Un amor. Director: Isabel Coixet. Guion: Isabel Coixet, Laura Ferrero. Productores: Belén Atienza, Marisa Fernández Armenteros, Sandra Hermida, Cristina Lera Gracia. Productoras: Monte Glauco AIE, Buena Pinta Media, Perdición Films, Movistar Plus+, RTVE, TV3. Fotografía: Bet Rourich. Música: -. Montaje: Jordi Azategui. Reparto: Laia Costa, Hovik Keuchkerian, Hugo Silva, Luis Bermejo, Francesco Carril, Ingrid García Jonsson, Violeta Rodríguez.
    Tras realizar una lectura amplia, aunque necesariamente incompleta, de la acogida crítica de Un amor, la nueva película de Isabel Coixet, dos ideas parecen de consenso: por un lado, la novela homónima de Sara Mesa en la que se basa el filme es una obra críptica, áspera, que huye del psicologicismo, plantando semillas de incomprensión a la hora de retratar el esquivo comportamiento de sus personajes. Por otro, Isabel Coixet y Laura Ferrero, coguionistas de la adaptación cinematográfica, han querido resolver ciertos misterios y dudas en torno a los personajes, aportando adiciones que, aparte de acabar con la incertidumbre, resultan excesivamente simplistas. Aparte de estas dos ideas, se podría añadir una tercera, y es la de que, en el grueso del metraje, Coixet es capaz de trasladar a imágenes la complejidad y el misterio del deseo sexual más irrefrenable que estaba presente en la novela —un deseo que, aparentemente y a tenor de lo expresado en numerosas críticas, parece estar desligado del amor en el caso de este filme—. Desconozco las claves narrativas y estéticas de la obra de Sara Mesa, a la que no he tenido ocasión de asomarme, pero, a tenor de lo observado en las imágenes de Coixet, no he tenido la sensación de asistir a un conjunto de acciones impulsivas, irracionales, sino ante el retrato de la complejidad de los sentimientos —y no tanto del deseo descarnado; considero que leer la película exclusivamente en estos términos implica desatender todo aquello que, de hecho, está presente en las imágenes, pero no de manera explícita—.

    Otra de las impresiones extraídas de la lectura compulsiva de críticas es que el psicologicismo tiene mala acogida, como si fuera un mecanismo excesivamente cerebral que mata el encanto de la vida, ese conjunto de contradicciones, misterios e incertidumbres, esa montaña rusa emocional que le aporta sal a nuestra vida aunque nos suba la tensión y nos destroce los nervios. No he podido evitar pensar que quizás se trate de una mirada similar a la que se opone a la ciencia porque desarticula pensamientos mágicos en torno a los fenómenos naturales. En última instancia, la pregunta que me lleva a la escritura de lo que está por acontecer en este texto es la siguiente: ¿es Un amor, novela o película, una historia esquiva, críptica, irracional, porque los comportamientos lo son, o porque, de manera general, carecemos de formación para comprender patrones cognitivos y conductuales ampliamente descritos por la psicología, y que se pueden localizar, casi paso por paso, punto por punto, en esta obra? Que no se me malinterprete: no considero que las guionistas o, previamente la novelista, hayan querido desarrollar un ejercicio de análisis psicológico en clave ficcional; simplemente considero que probablemente sean personas observadoras y suficientemente sensibles como para captar las fluctuaciones y derivas en el encuentro entre dos personas, sea este tan íntimo como el de un encuentro sexual o tan insulso como el de un casero con su inquilina. Toda esta introducción funciona para argumentar la conclusión de que, al menos desde mi perspectiva, Un amor es una historia compleja, sí, pero no un torrente de acciones irracionales, fruto de «los misterios del deseo» (sic). Que me perdonen quienes sientan que les estoy sazonando la ensalada con queroseno.

    I. Lidiar con los hombres

    Un amor se divide de manera clara en tres partes, que coinciden con la clásica división de los tres actos. En la primera de ellas, Nat (Laia Costa) huye de la ciudad para refugiarse en un pequeño pueblo de casas destartaladas. En esta primera parte, la protagonista se ve forzada a lidiar con una serie de hombres que, de diferentes formas, muestran la manera en que se aprovechan de las mujeres. Como se ha comentado en varios textos críticos, el retrato de los personajes secundarios no es el aspecto más logrado del filme. Esta primera parte es estereotípica y simplista, aunque aporte buenas dosis de realidad, especialmente en el caso de la representación de Píter (Hugo Silva) —solo un personaje tan cretino puede hacerse llamar a sí mismo «Píter», no fuera a ser que «Pedro» resultase insuficientemente cool-. Quien frecuente ambientes sociales de la izquierda de corte más social, con tendencia al faranduleo, se habrá encontrado con más de un Píter, ese prototipo de hombre aparentemente cercano, sensible, artístico y buenrollero, tras cuya carcasa de amabilidad se encuentra un entendimiento de las mujeres como carnaza y, sobre todo, un profundo resentimiento hacia ellas, que los lleva a actuar desde la pasivo-agresividad y la emisión recurrente de críticas soterradas —quizás sea más sencillo describirlo como un «cuñao de izquierdas»—.

    Píter es el personaje más presente, pero no el único con el que Nat tiene que lidiar. Su casero (Luis Bermejo) es igual que Píter; es decir, es un «cuñao». Pero este ni siquiera lo disimula. Es invasivo, consigue lo que se propone mediante la agresividad y, de nuevo, muestra su resentimiento hacia las mujeres culpabilizándolas por todo. Por último, está Carlos (Franceso Carril), el vecino pijo que pasa los fines de semana en el pueblo con su familia. La presentación del personaje es francamente burda: un plano inicial muestra a Carlos hablando con Nat, a quien le explica que, nada más llegar, coge la bicicleta y se va a dar una vuelta. De fondo ya vemos a la mujer con las dos hijas, en el porche de la casa, teniendo que quedarse a cuidarlas, en una composición narrativamente espléndida. Desgraciadamente, Coixet no parece considerar que esto sea suficientemente elocuente, y un corte de montaje nos a la madre con las hijas en todo su detalle, para que al espectador le quede clara cuál es la idea que se pretende mostrar en esta escena. Quizás el más inofensivo de los tres, el amabilísimo y casi emasculado Carlos es otro ejemplo de hombre con tendencias problemáticas hacia las mujeres.

    A estos tres hombres se contrapone Andreas (Hovik Keuchkerian), un hombre rudo, embrutecido, salvaje, que en primera instancia podría parecer el más pernicioso para la mujer, y que sin embargo es el único que la trata adecuadamente en la interacción social superficial. Esta primera parte de la película podría resumirse como las estrategias de merodeo que los hombres establecen en torno a las mujeres, con mensajes soterrados de deseo que tienen mucho de invasión. En el caso del casero, de Píter y de Carlos, nada se verbaliza, pero todo se lee entre líneas, porque ninguno destaca por la sutileza, ni mucho menos por la empatía. Andreas, por el contrario, opta por el lenguaje directo y la ausencia de rodeos: a él le gusta Nat, pero da por sentado que a ella jamás le gustaría alguien como él, así que le propone un acuerdo sexual —él le repara las goteras que amenazan con derrumbar la casa de la protagonista, si a cambio ella accede a tener sexo con él—, por si de esta manera, a falta de deseo sexual de ella hacia él, lo que podría obtener a cambio le valdría la pena. No nos engañemos, este acuerdo extrasexual rige las dinámicas de un número considerable de parejas —especialmente cuando la mujer es considerablemente más atractiva que el hombre, en términos del canon de belleza de nuestra sociedad—. La única diferencia es que dicho acuerdo jamás se verbaliza, creándose en cambio una ficción de amor y deseo mutuo para justificar la jugosa tajada que cada parte de la pareja obtiene.

    Estamos aquí ante dos personas con sendos poderes: él, la capacidad para el bricolaje; ella, la capacidad para lograr que alguien trabaje por ella a cambio del acceso a su cuerpo. Ninguno de los dos jamás conseguiría el poder que el otro atesora, y ambos se benefician de la otra persona. Es, por tanto, un intercambio comercial. Aunque este se inserte dentro de las dinámicas de la cosificación de la mujer, también habría que señalar la otra cara de esta verdad, y es la desesperación del hombre, cautivo de su deseo hacia el cuerpo femenino hasta el punto de condicionar su existencia para saciar una dependencia que nunca desaparecerá. No seré yo quien diga que la propuesta de Andreas carece de controversia, pero lo más destacable es la honesta franqueza con la que la propone, sin el menor atisbo de presión sobre Nat, pidiendo varias veces perdón antes de hacerlo, y aceptando de buen grado y sin rechistar la negativa inicial. Tampoco utiliza su situación de poder —no tanto por ser hombre, sino porque la situación de una persona que vive bajo un techo a punto de derrumbarse es necesariamente desesperada, sea dicha persona hombre o mujer— para pedir más intercambios sexuales que el acordado, u otro tipo de beneficio. Y, de hecho, el trabajo ofrecido sobrepasa con creces las expectativas de Nat, quien, a pesar del enorme sacrificio emocional que realiza al dejarse penetrar, no contaba con que le dejase la casa prácticamente como nueva. En resumidas cuentas, el hombre más aparentemente embrutecido es en realidad el único que la trata con respeto, verbalizando sus deseos y necesidades de manera asertiva y dejando que sea ella quien decida si acepta.

    II. Lidiar con el apego evitativo

    Uno de los —aparentes— grandes misterios de la película es qué lleva a que Nat, tras haber recibido una oferta tan perturbadora, y con evidentes dilemas éticos asociados a esta, decida, de manera voluntaria, seguir relacionándose con Andreas, esta vez además sin intercambios comerciales de por medio, sino mostrando un interés y un afecto reales. Se podría argumentar que lo que desencadena esta atracción es algo tan simple, y en realidad tan determinante, como que la traten con respeto. A estas alturas se ha hecho evidente que Nat es una persona con apego ansioso, es decir, una persona que tiene carencias emocionales basadas en una insaciable necesidad de afecto, que ha internalizado que a ella los demás la pueden tratar mal, ya que hay algo mal en ella que la lleva a que los demás la menosprecien o infravaloren. Esto se explica con sencillez cuando se observa que las personas con este patrón de comportamiento han tenido una relación con sus figuras principales de apego —habitualmente, los padres— donde el amor existía pero no estaba asegurado, y por tanto solo a veces lo recibían. Esto ha creado en ella una doble narrativa: por un lado, ella es indigna del amor y el respeto —aunque una relación empiece bien, tarde o temprano esta persona será abandonada o la tratarán mal—; por otro, una no puede fiarse de las personas, porque tarde o temprano le fallan.

    Esta doble narrativa, tan habitual en lo que se conoce como los guiones de vida de las personas con apego ansioso, las lleva a comportarse con una mezcla de ilusión y frustración constante. Hay un anhelo por ser querido, y por serlo a todas horas y de manera intensa, como si el amor recibido nunca fuera suficiente, y eso sucede porque, en la infancia, el amor y la aceptación no fueron incondicionales. Estas ideas tan enraizadas de que el afecto no se da por sentado —y, a ojos de un niño, eso siempre es culpa de uno mismo, nunca de los padres—, desencadenan en la edad adulta una dependencia emocional hacia la otra persona, que tienen como consecuencia una baja autoestima —aunque es más bien un círculo vicioso, ya que la baja autoestima, a su vez, gatilla la dependencia emocional para tratar de subir dicha autoestima—. En este momento de la historia, Nat no es plenamente consciente de lo mal que la tratan los hombres —al menos, los que aparecen en la historia—, y es por ello que el contraste con Andreas le genera atracción. A pesar de lo poco que éste le ha dado —y, repetimos, a pesar de que el punto de partida es una proposición, podría decirse, indecente—, es mucho más que aquello a lo que está acostumbrada, o, mejor dicho, aquello que ella recurrentemente escoge, debido a la necesidad imperiosa que todo ser humano tiene de confirmar su guion de vida.

    A este factor habría que sumar un segundo, y es el de la perspectiva psicológica de Andreas. De la misma manera que Nat tiene apego ansioso, es todavía más evidente que Andreas tiene apego evitativo. Este tipo de apego tiene características opuestas al ansioso: si aquellos necesitan intimidad a raudales, ya que no tenerla les genera incertidumbre, estos se sienten incómodos, precisamente, en la intimidad, porque es lo que en la infancia vivieron como el espacio de dolor. Las personas con apego evitativo no contaron con la atención y/o el amor de sus figuras principales de apego, por lo que tuvieron que aprender que tenían que buscarse la vida por sí mismos. En otras palabras, si los ansiosos tienen el guion de vida de que las personas acaban fallándole o tratándole mal a uno, los evitativos tienen la creencia de que uno no se puede fiar de las personas. Parece lo mismo, y en el fondo lo acaba siendo, pero el proceso es diferente: el ansioso busca relaciones íntimas, aunque sienta que se van a acabar, mientras que el evitativo huye de la relación íntima, intenta que esta nunca llegue a producirse a un nivel de intimidad. Esto se traduce en personas secas, que parecen no tener sentimientos, que se centran más en las acciones que en las complejidades emocionales asociadas a dichas acciones, que ven la vida como lo que es, sin tratar de elaborar pensamientos y reflexiones existenciales profundas. Mientras los ansiosos se obsesionan y le dan más importancia de la que sanamente deberían tener los gestos, las palabras, etc., los evitativos cortan de raíz cualquier situación emocionalmente compleja, ante el temor de que los desborde. Los ansiosos tienen dificultad para gestionar sus emociones; los evitativos no se permiten experimentar dichas emociones.

    Todo esto se puede observar con facilidad en la segunda parte de la película, la correspondiente al tramo central del relato, esa que retrata la evolución del vínculo afectivo que se establece entre Nat y Andreas. Especial mención requieren las escenas que transcurren en el salón de este, donde ella trata de hablar de sentimientos y de pensamientos, y él tiende a cortarle de raíz, argumentando que «le da demasiadas vueltas a las cosas». Habitualmente, Andreas cambia de posición o incluso se va. Esto se puede interpretar como desdén por su parte, cuando en realidad es el reflejo de una persona insegura ante una situación de intimidad. Lo mismo sucede con el sexo, que él entiende como un intercambio de fluidos mientras ella lo vive como una exploración emocional de su ser, probablemente dándole excesiva importancia a cada gesto, cada palabra, cada penetración. Se trata de dos formas opuestas de gestionar un mismo asunto, el miedo a la incertidumbre, que dan lugar a múltiples conflictos, pero también a enormes atracciones.

    A pesar de que, puesto sobre la mesa de esta manera, uno pueda pensar que resultaría difícil que se establezcan vínculos entre ansiosos y evitativos, la realidad demuestra que es, de hecho, un tipo de relación muy frecuente. Y quizás esto se deba, precisamente, a esa romantización del misterio a la que aludía en la introducción de este texto. Las interacciones ansioso-evitativo son un enorme foco de problemas, como la propia película muestra, y en ellas se produce una enorme incomprensión entre ambas partes del conflicto, con la malinterpretación de intenciones como modus operandi más habitual. Estos vaivenes, estas montañas rusas emocionales, pueden dar, con facilidad, una potente estimulación del deseo sexual, que también tiene mucho de exploración de lo desconocido —en este caso, una persona que se comporta y vive la vida de una manera diametralmente opuesta a la de uno—. Así se explica con facilidad que, a pesar de las fricciones y los malentendidos, Nat y Andreas vivan tantas experiencias sexuales, y que estas tengan un componente tan pulsional, sucio en el mejor de los sentidos.

    El desenlace más habitual entre un ansioso y un evitativo es que la relación se acabe porque este último sale corriendo. Para ello hay que entender que ambos perfiles generan inseguridad en el otro, lo que tiene como resultado habitual una exacerbación de los apegos. En el caso de personas con apegos no excesivamente marcados, una buena gestión y cooperación provoca que ambos se ayuden mutuamente a acercarse a lo que se conoce como apego sano —el ideal, y opuesto al desorganizado, que es el más pernicioso—. Cuando ambos, o uno de los dos, tiene un tipo de apego excesivamente extremo, y/o un desinterés o incapacidad para ahondar en sus carencias para afrontar sus miedos, lo normal es que el vínculo se rompa. Este es el caso de Nat y Andreas, y se produce porque este último decide cortar de raíz la situación y alejarse. Lo cierto es que la evidencia psicológica tiende a señalar que, de los dos tipos de apego, el que más dificultades tiene para salir de su mala gestión de la incertidumbre y el miedo es el perfil evitativo, y es lo que cabría esperar, ya que salir de ahí implica aprender a lidiar adecuadamente con lo que se siente, algo especialmente difícil en un perfil caracterizado por la supresión de las emociones. La escalada polarizante se suele producir de la siguiente manera: el ansioso solicita algo más de afecto o atención por parte del evitativo, lo que provoca que este se sienta incómodo, invadido. Su reacción consiste en tomar algo de distancia. Esta actitud genera (más) ansiedad en el ansioso, que reaccionará solicitando más de lo mismo y con mayor insistencia, lo que, a su vez, incrementa la reacción evitativa del evitativo. Aunque sufra, el ansioso no concibe dejar la relación, por el miedo que tiene a sentirse solo; el evitativo lo vive al contrario: solo ve beneficios aparentes a romper la relación y volver a alcanzar esa supuesta libertad que le aporta el estar solo —esto es lo que el evitativo cree; la realidad es mucho más compleja, ya que el evitativo también sufre, pero de manera menos aparente, tanto para sí mismo como para la otra persona—. Como consecuencia, lo habitual es que sea el evitativo quien ponga tierra de por medio. Todo esto se puede observar con facilidad en la relación entre Nat y Andreas, además con una claridad expositiva —que no con una simpleza narrativa— evidente, casi paso a paso. Todo cuadra y el misterio de la vida se desvanece cuando se lee a los personajes desde la teoría del apego.

    III. Lidiar con una misma

    La teoría del apego no va de criminalizar a la persona con apego evitativo, y tampoco esta parece ser la intención de la película de Isabel Coixet. La obra deja claro que, por muy mal que le traten los hombres, y por frustrante que sea la economía de la escasez que propone una persona con apego evitativo como Andreas, en última instancia uno siempre es parte del problema mientras no despierte y sea consciente de su guion de vida y la necesidad imperiosa de confirmar las narrativas, que funcionan como profecías autocumplidas. A Nat la tratan, por momentos, muy mal, pero esto sucede única y exclusivamente porque ella lo permite. No es una cuestión de equiparar la responsabilidad del agresor a la del agredido, pero la política de victimización de las víctimas es el golpe más duro que una persona maltratada puede recibir, con secuelas mucho mayores, aunque menos aparentes, que las del propio maltrato. Si uno se habla a sí mismo como víctima, está condenado a serlo, y será prácticamente imposible salir de dicho rol cuando el guion de vida que se ha escrito lo fuerza a uno a mantenerse como una víctima. Es por ello que la tercera parte del relato funciona como una suerte de despertar, que se describe de manera un tanto burda —si se compara con la complejidad exhibida en el tramo central del filme— y mediante metáforas unívocas —el rol simbólico del perro en la historia la perjudica notablemente—, pero que, a cambio, ofrece una visión nada complaciente ni tranquilizadora —es decir, en realidad compleja—. Aquí la catarsis es una medida desesperada, casi impulsiva, que no sirve para solventar un problema y trazar un arco de transformación claro, sino simplemente para poner el asunto sobre la mesa. A Nat le queda mucho por hacer y por gestionar sobre su propia personalidad y las tendencias que tiene enraizadas en su subconsciente, pero ha caído tan bajo emocionalmente que es precisamente esa ausencia de temor a lo que pueda pasar, a su propia imagen como persona social, lo que le permite descubrir que todo es una cuestión de miedo. Nat descubre que vive atenazada por aspectos asociados a su propio apego —aunque ella no le ponga este nombre ni lo racionalice de esta manera—, que, recordemos, pasa por una imperiosa necesidad de gustar a los demás, de ser aceptada, incluso por aquellos que la maltratan —o, mejor dicho, especialmente por aquellos que la maltratan—. Cuando se ha caído tan bajo que ni siquiera esto importa, lo que se encuentra es una sorprendente liberación, que permite actuar, aunque sea de manera impulsiva y desproporcionada. La consecuencia es una mayor aproximación hacia la asertividad, que no es otra cosa que el empezar a defender lo que para uno es importante.

    La defensa de los intereses propios se manifiesta en sendos encuentros finales con el casero y con Píter. En el primer caso, la opción por la que se opta es la de la violencia, primero verbal y luego física, pero siempre como mecanismo de defensa —en casos extremos, la agresividad es una forma de asertividad—. En el caso Píter, el caso es más razonable, pero no habría que olvidar que la ha estado abordando con intenciones sexuales durante toda la película, haciéndola sentir incómoda en todo momento, así como juzgada y menospreciada. Como consecuencia, cuando ya no necesita el aprecio de esta persona, a pesar de que sea un ser miserable, solo entonces es capaz de darle una lección y decirle todo lo que piensa de él —condensado en su comentario sobre sus vidrieras—. La parte de la catarsis como medida desesperada que está lejos de alcanzar el final feliz se representa en el baile final, que poco tiene de bello y mucho de espasmódico —recuerda a otro baile que cierra una película, en este caso el del personaje de Denis Lavant en Buen trabajo (1999)—, a pesar de los incomprensibles esfuerzos de Coixet por darle algo de ritmo y belleza cuando la escena probablemente no lo requería. Mientras Claire Denis rodaba aquel baile con la brutalidad del plano general sin cortes, permitiendo que el personaje, a través de la danza, expresara su descomposición emocional, aquí la combinación de movimientos de cámara y montaje le roban al personaje la posibilidad de abrirse en canal delante de la cámara. A pesar del desacierto formal, el narrativo se mantiene intacto: la danza —más bien la expresión corporal— suele ser, en muchos casos, la medida desesperada de una persona atenazada, como es el caso de alguien con apego ansioso. La escena final es, por tanto, y lejos de otro misterio conductual más, casi la única resolución posible para una historia sobre la exploración interior, las frustraciones del amor, y la incertidumbre que hay que enfrentar cuando se trata de reescribir el guion de vida. ♦


    por Yago Paris
    noviembre 21, 2023

    Crítica | Un amor

    por Yago Paris | noviembre 21, 2023
    || Críticas| 71SSIFF| ★★★★★
    El chico y la garza
    Hayao Miyazaki
    Mirar atrás


    Carles M. Agenjo
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Japón, 2023. Título original: 君たちはどう生きるか / Kimitachi wa dô ikiru ka. Dirección: Hayao Miyazaki. Guion: Hayao Miyazaki. Compañías productoras: Studio Ghibli, Toho Company. Fotografía: Atsushi Okui. Música: Joe Hisaishi. Producción: Toshio Suzuki, Yoshiaki Nishimura, Gorô Miyazaki. Reparto (voces): Soma Santoki, Masaki Suda, Takuya Kimura, Aimyon, Kô Shibasaki, Yoshino Kimura, Shohei Hino, Jun Kunimura, Kaoru Kobayashi. Duración: 124 minutos.

    Para Hayao Miyazaki, el cine es como un lienzo de confesiones, un espacio abierto para construir y recordar. Pero lejos de hacerlo con palabras o mediante un diálogo en línea recta, él prefiere curvarse, fantasear, desplegando alegorías sobre una realidad que ya no puede ser firme ni estable. De repente, la imagen de sosiego de un estaño japonés, con una garza real posando elegante, se transforma en otra cosa. Las aguas empiezan a temblar. El cuerpo se enfurece, se agita y se inflama. Los ojos, el pico y hasta las encías dejan de ser parte ordinaria del entorno para reclamar su condición mutante. El reino de lo conocido se ve sometido a una pulsión tan fuerte, tan intensa, que acaba distorsionando todo cuanto la mirada había registrado hace un momento. Es entonces cuando el sueño se persona y se extiende hasta impregnarlo todo. Las ranas, los pelícanos y hasta los periquitos de colores pierden su naturaleza original y adquieren propiedades oníricas. Algunos se multiplican como una plaga bíblica. Otros, como la garza que posaba tranquila, se convierten en bufón alado, en una máscara que aprieta el rostro, en una realidad que cuestiona la realidad anterior. No tanto para tomar distancia, sino, bien al contrario, para acercarse a ella. No se trata, pues, de imaginar para olvidarnos de lo real, sino para comprenderlo mejor. No es tanto el hecho de huir como de repararse durante la huida. Por esto, El chico y la garza es una película tan necesaria. Lo es para Miyazaki, que, afortunadamente, ha vuelto de su retiro; y lo es para nosotros, espectadores y espectadoras, que hemos asistido a su deslumbrante trayectoria y ahora redescubrimos a un autor que vuelve a expresar sus inquietudes con el corazón.

    Para Miyazaki, la fantasía actúa como una membrana. No se trata de camuflar la vida, sino de contarla sobre un escenario. Su nueva película es un laberinto en miniatura donde cada escena obedece a un acto de regresión que conecta con la infancia y su fin, con el miedo y su afronta, el recuerdo y su arqueología. Todo esto confiere a la propuesta una enorme densidad –a veces, críptica y confusa– sin perder nunca el sentido de la maravilla durante un trayecto netamente alegórico que encuentra en su protagonista la llave de todas las puertas. Mahito es un niño que huele a muerte. Acaba de perder a su madre en un bombardeo –que Miyazaki despliega en una secuencia febrilmente impresionista, sirviéndose de texturas digitales que lo separan de la línea clara que ha definido su obra– y se ha mudado con su padre –un diseñador aeronáutico que reformula al Jiro Horikoshi de la exquisita El viento se levanta (2013)– y su tía, ahora madrastra, a una casa situada en las afueras de Tokio. El problema es que Mahito no se encuentra a gusto en un colegio donde no hace amigos, un hogar por el que deambula como un gato y un jardín donde sufre ataques de una garza que ha dejado de ser garza, que no obedece a la lógica, sino al instinto, que no sigue la evidencia sino lo que –en palabras de Theodor Adorno– atesora el carácter enigmático del arte. Pero el joven no se da por vencido. Consciente de que son náufragos los que esperan en tierra firme, forma tándem con un Sancho Panza alado –reflejo cóncavo de sí mismo– y se sumerge con la actitud de un aprendiz de Quijote en un mundo de Oz paralelo al suyo donde los sueños están impregnados de poderosa melancolía.

    Lo más curioso de esta inmersión épica de fugas y dobles sentidos que hunde sus raíces en el melodrama existencial tiene que ver con el juego de espejos que esconde. Ni Mahito puede ser únicamente un niño que sueña y se redime ni la garza ejercer exclusivamente de acompañante cómico. Más bien parecen la versión entrañable de Dante y Virgilio de camino a un multiverso de inagotable riqueza a través del umbral de una torre cuyo dintel lleva inscrito un fragmento de la Divina Comedia: Fecemi la divina potestate. Como si el autor de la también mutante El viaje de Chihiro (2001) nos compartiera su particular visión del Infierno desde una mirada humanista y tremendamente simbólica donde son múltiples las correspondencias entre ficción y memoria. Todo empieza, en el fondo, con una pregunta pertinente: ¿Cómo vives? Así nos interpela el protagonista desde las páginas de un libro que Miyazaki plantea como fuga biográfica, como recuerdo de una novela que su madre le regaló de pequeño. No por casualidad, ¿Cómo vives? (1937) es un diálogo de resonancias éticas –obra de Genzaburo Yoshino– entre un niño y su tío, que amplía la proyección filosófica de la película. Cuestiones como la ausencia materna, los miedos de infancia y hasta la transferencia de un cineasta preocupado por el legado que deja a las nuevas generaciones configuran sus meandros más íntimos. El chico y la garza, una propuesta que bien podría leerse como autobiopic desde el momento en que Miyazaki decide retratarse bajo la piel de un arquitecto cósmico de larga melena en un gesto al que Steven Spielberg tampoco pudo resistirse –desde un simulacro diametralmente opuesto– en la escena final de Ready Player One (2018) en que un hiperdigitalizado Mark Rylance ponía a prueba la nobleza del héroe, interpretado por Tye Sheridan.

    Hay quien ha querido ver en la alquimia que destila el film una reescritura del pequeño Nemo de Winsor McCay y su canto a la ilusión infantil como eterno viajante de mundos que –al igual que el inquieto Mahito– invoca desde las cuatro paredes de su habitación. Más precisa, incluso, resulta la referencia a la escritora de literatura infantil Rieko Nakagawa. Especialmente por La semilla azul (1964), un cuento inmortal sobre la tierna relación de amistad entre un niño y un zorrito, que contó con las precisas ilustraciones de Yuriko Omuro y que Miyazaki tradujo en cortometraje para la televisión nipona en 1992. Éstas son algunas de las digresiones que la película despierta. Suya es la capacidad de tender puentes, crear lazos, forjar vínculos y, en definitiva, estimular la imaginación de aquellos que se atrevan a adentrarse en ella con la mirada curiosa, atenta, inquieta. Aun así, cabe la posibilidad de que, en alguno de sus pasajes, la película genere fricciones. Como si lo terrenal y lo onírico no acabasen de adaptarse el uno al otro en una estructura quizá un tanto rígida. Como si Miyazaki desconectara abruptamente el interruptor de la fantasía para, acto seguido, sumergirnos en ella otra vez. Igualmente, la gran cantidad de signos e imágenes de origen mitológico, folclórico y personal que desfilan por la pantalla pueden resultar difíciles de descifrar –como ya ocurrió con Chihiro– en una película hasta cierto punto exigente. Pero nada de esto le quita mérito a unas formas que se manifiestan para contarnos la verdad. Su verdad. La de un abuelo que emplea el cine como dedicatoria para su nieto. La de un maestro generoso que nos presta su diario de viaje.


    por Carles M. Agenjo
    octubre 26, 2023

    Crítica | El chico y la garza (君たちはどう生きるか)

    por Carles M. Agenjo | octubre 26, 2023
    || Críticas | 71SSIFF | ★★★☆☆
    La isla roja
    Robin Campillo
    Determinismo histórico y narrativo


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, Bélgica y Madagascar, 2023. Título original: L’île rouge. Dirección: Robin Campillo. Guion: Robin Campillo. Producción: Les Films de Pierre / Scope Pictures / France 3 Cinéma / DDC / Memento Films Production. Fotografía: Jeanne Lapoirie. Montaje: Robin Campillo, Stéphanie Leger y Anita Roth. Música: Arnaud Rebotini. Dirección artística: Emmanuelle Duplay. Vestuario: Isabelle Pannetier. Reparto: Nadia Tereszkiewicz, Quim Gutiérrez, Charlie Vauselle, Amely Rakotoarimalala, Hugues Delamarlière, Sophie Guillemin, David Serero, Luna Carpiaux. Duración: 117 minutos.

    El colonialismo fue, durante siglos, uno de los ejemplos más llamativos de desigualdad histórica, basada en este caso en el dominio absoluto de ciertas potencias sobre territorios de ultramar. De estos últimos extraían todo tipo de riquezas, materiales u orgánicas, hasta numerosa mano de obra en forma de explotación o esclavitud, e imponían en ellos sus leyes, su cultura y su visión sesgada del mundo. Tan grande era este dominio, derivado de tan elevada desigualdad, que transcurrió mucho tiempo hasta que los pueblos subyugados pudieron adquirir conciencia plena de su situación, organizarse, rebelarse y emanciparse. Para ello hizo falta, en efecto, un largo y arduo proceso, extendido en varios continentes y culminado en distintas épocas, más tardíamente en África, donde prácticamente todo el territorio estaba repartido entre unos pocos mandatarios europeos. Uno de los países afectados fue Madagascar, bajo el yugo francés desde finales del siglo XIX, hasta su independencia en 1960. Empero, tanto en este Estado (fallido) como en otros, cuando se separaron de la metrópoli y alcanzaron su autogobierno, no lograron realmente una plena soberanía. Y es que, con el fin del colonialismo, llegaría el llamado neocolonialismo, por el que las antiguas potencias coloniales podían seguir prolongando su poder sobre otros territorios, pues, como sabemos, la desigualdad geográfica (entre primer y tercer mundo) no se superaría y se mantendría hasta hoy en día. En concreto, este nuevo dominio ya no se ejercería directamente sobre el terreno, formalmente cada país tendría su gobierno, sus leyes y su idiosincrasia, pero, en realidad, cada uno de ellos dependería de sus antiguos amos políticos mediante ataduras y vínculos ahora, sobre todo, de naturaleza económica.

    La sensación de que un pueblo puede regir los designios de otro no se limitaría por tanto al periodo estrictamente colonial, sino que iría más allá. Así, incluso después de 1960 los franceses pudieron seguir disfrutando de una posición de privilegio en la llamada isla roja. En este contexto se desarrolla la nueva película de Robin Campillo (que hace unos años obtuvo mucho reconocimiento con su premiada 120 BPM), ya que se ambienta en Madagascar en 1972, por tanto doce años después de su independencia, si bien con un persistente control francés, tanto en forma de ascendente social heredado como en forma de efectivo orden militar. En una de estas bases viven con una falsa sensación de protección varias familias de origen galo, aunque curiosamente Campillo centra el foco en una cuya figura paterna está interpretada por Quim Gutiérrez, en el papel de un personaje español antes de nacionalizarse francés por su servicio, precisamente, en el ejército de este país. El verdadero protagonismo entre los miembros de esta familia recae con todo en el hijo menor (Charlie Vauselle), que observa desde una perspectiva distante, y a menudo a escondidas, lo que acontece a su alrededor. El cineasta utiliza por tanto un recurso ya habitual en el cine, como es situar la cámara desde la mirada de un niño, para subrayar la extrañeza, por la sensación de descubrimiento y por la incomprensión propias de su corta edad, de las acciones que componen el drama. Dicho de otra manera, la situación social en Madagascar por estas fechas era de transitoriedad, casi de anacronismo, lo que provocaba contrastes y conflictos a varios niveles, y ello ya de por sí generaría incertidumbre y confusión. Si estos hechos, además, son vistos y asimilados a través de los ojos de un niño, para quien el mundo ya de por sí es incierto y confuso, tal impresión queda reforzada, o al menos dotada de mayor significado.

    La isla roja nos muestra, entonces, una realidad incomprensible, tanto para su protagonista como para cualquier espectador que, con ojos ahora maduros y críticos, pueda juzgarla desde el presente. Con esa premisa e intención, el metraje discurre por la cotidianeidad de esta familia expatriada, sucediéndose las secuencias con un ritmo casi anodino, aunque dotado de cierta intriga por las llamativas notas de la banda sonora o por la sugestión de algunas imágenes que parecen esconder algo más de lo que se ve a primera vista. El mayor interés estético de la cinta, en cualquier caso, obedece a los paréntesis imaginarios del cómic Fantômette, serie infantil de la que el joven protagonista es ávido lector, pues en varias ocasiones su drama cotidiano se interrumpe para mostrarnos las aventuras de ese personaje gráfico, en un mundo paralelo, crepuscular, al que se evade el protagonista. Lo interesante es que este mundo imaginario es la puerta de entrada para captar la realidad auténtica, pues hasta entonces la verdadera situación social de Madagascar era ocultada, fragmentada por la visión parcial de los adultos. Cuando el padre soldado rememora una de sus misiones, consistente en lanzar en paracaídas a varios nativos para sofocar una revuelta campesina, se atisba el lanzamiento desde lejos y no se asiste propiamente a la acción. O, cuando una compañera de esta familia recuenta cómo las mujeres nativas han construido esos paracaídas, su trabajo está condicionado también por la voz narrativa de quién las manda e instruye, que ignora el abuso laboral al que están sometidas, hasta la propia condición de estas trabajadoras. Sin embargo, cuando el niño protagonista, desprendido de la autoridad de los adultos, se aventura en la noche vestido como Fantômette, progresivamente se revela la situación real del pueblo de la isla, que acaba sustituyéndole en el protagonismo, como es acorde al cambio de paradigma entre sujeto dominante y dominado. Ahora bien, toda esta estructura narrativa, ingeniosa y reveladora (en la medida en que traslada este mensaje a la cambiante importancia concedida a los personajes), no colma por sí sola de interés todo el metraje, que aqueja ciertas carencias y se resiente de cierta irregularidad, en lo referido al sustrato emocional o al seguimiento de una historia propiamente dicha. Al fin y al cabo, estamos en primer lugar ante una película de ficción desarrollada como drama personal, y solo en segundo lugar ante un ensayo alegórico sobre los retazos coloniales de este singular país.


    por Ignacio Navarro
    octubre 18, 2023

    Crítica | La isla roja

    por Ignacio Navarro | octubre 18, 2023

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