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    Crítica | El sucesor

    || Críticas | SSIFF 223 | ★★★☆☆
    El sucesor
    Xavier Legrand
    Edipo à la mode


    Carles M. Agenjo
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Le Successeur. Dirección: Xavier Legrand. Guion: Alexandre Postel. Compañías productoras: KG Productions, Metafilms, Stenola Productions. Fotografía: Nathalie Durand. Música: SebastiAn. Producción: Alexandre Gavras. Reparto: Marc-André Grondin, Anne-Élisabeth Bossé, Yves Jacques, Louis Champagne, Blandine Bury. Duración: 107 minutos.

    En una escena de Custodia compartida, la actriz gala Mathilde Auneveux canta aterrorizada la noche de su cumpleaños mientras el mal acecha a pie de calle. Xavier Legrand tensaba así las cuerdas de su angustiante debut con una escena donde lo que importa no es tanto el rostro de una joven que contiene el llanto como la amenaza de un padre que merodea entre las sombras. Tal vez la versión urbanita de Robert Mitchum en La noche del cazador (1955). Sea como fuere, que la canción interpretada por Auneveux sobre el escenario de la sala de fiestas sea Proud Mary no es casual. Rollin’… Rollin’… Rollin’ on the river, cantaba Tina Turner en una versión de 1971 que, precisamente, fue creada junto al monstruo que la golpeó durante años. Quizá por esto llama tanto la atención que, en su segunda película, Legrand proponga un thriller que, de nuevo, aborda las violencias del patriarcado a través de un muy medido ejercicio de estilo. Como si hubiera sofisticado sus intenciones. Si en su primer largo construía una historia de calculada puesta en escena a medio camino entre el thriller judicial y el terror doméstico, en El sucesor sigue explorando la intriga para depurar la forma. Su nueva película es un trabajo de síntesis narrativa. Un relato que, sí, nos habla otra vez de las tinieblas del abuso, pero al servicio de un viaje que se desconecta de la realidad hasta alcanzar ecos casi abstractos. Dicho de otro modo, Legrand ha condensado el camino del héroe y le ha dado la vuelta en este descenso a los infiernos de la herencia que pone antes el foco en la ansiedad de un hijo que en la ausencia de un padre fatal.

    Marc-André Grondin interpreta a Ellias Barnès, un diseñador de alta costura que quiere sepultar su pasado y acaba redefiniendo su propia identidad. Barnès está a punto de sustituir al director de una gran firma parisina. Una llamada inesperada le obliga a viajar al Quebec para despedir a un progenitor con el que había perdido el contacto. Sobre el papel, sería un cuento moral de trámite expeditivo que muta en aprendizaje redentor y que podría andar sobre los códigos del drama familiar. Sin embargo, nada es tan simple después de escenas como la de Auneveux interpretando la Turner. Legrand adapta la novela La ascendencia para reescribirla en clave dress code junto al autor Alexandre Postel y, como ya ocurría en su debut, no puede resistirse a caer en otros códigos. No puede evitar acercarse al cine de género en su variante de sótanos, secuestros y homicidio con coartada. El problema, para el avezado, es que utiliza estos recursos como estímulos de un high concept que persigue la originalidad por encima de todo. No parece que quiera sumergirse en los verdaderos porqués de la maldad. Más bien se mantiene fiel al vía crucis de un protagonista encerrado en su propia cárcel mental. Así lo indican las primeras imágenes animadas con electro de SebastiAn. El cenital de un desfile de moda en forma de laberinto dextrógiro da paso a la mirada a cámara de unas modelos que parecen augurar tragedia. Barnès recorre el laberinto y todos aplauden. Tal vez la imagen cinética de un Teseo posmoderno que, tras viajar a su Canadá de infancia se redescubrirá como Edipo fashion en una Montreal helada de giros y pruebas, culpa y catarsis, donde la arquitectura funeraria también es circular –¡con escalera de caracol incluida!– y cada hora que pasa es un desafío para los nervios.

    No obstante, quizá el gran acierto de este microuniverso pesadillesco de resonancias mitológicas radica en que Legrand ha encontrado un tono que Custodia compartida no buscaba. Esta vez, opera desde la ironía y, en algunos tramos, flirtea con la comedia negra. No sólo por la forma en que plantea lo insólito y absurdo a través de una violencia seca, sino por un desenlace extraño que estalla por dentro. La epifanía a ritmo de Fais comme l’oiseau de Michel Fugain –una canción que, a diferencia del momento Turner, puede sacarnos del drama– mientras se suceden imágenes reveladoras por la pantalla de un sepelio, el discurso de un vecino que encarna un adorable Yves Jacques o el llanto desconsolado de Grondin confieren capas de significado a este pastiche hitchcockiano de homicida involuntario y víctima colateral. Quizá el dispositivo del crimen perfecto –entre una figura masculina que ambiciona y un cuerpo femenino aplastado por el ego– resulta manido, pero el trabajo de dirección es encomiable y destaca un especial gusto por la elipsis. Por esto, El sucesor funciona mejor cuando acidifica su humor y narra desde lo sutil que cuando se pierde en mecanismos y golpes de efecto para mantener estimulado al espectador hasta el final. Ahora bien, Legrand ha vuelto a dejar clara una cosa. Su robusta ficción nunca da gato por liebre. ♦


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