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    Grecia
    Grecia
    Chevalier

    «Épater le patriarche»

    crítica de Chevalier (Athina Rachel Tsangari, Grecia, 2015).

    En sus Confesiones, Agustín de Hipona trata de remachar su concepción del pecado como enfermedad vírica a partir de la historia de Alipio, uno de sus discípulos. Alipio, convertido al cristianismo, emprendió una feroz campaña en contra de los juegos circenses romanos, a los que consideraba un espectáculo de salvajismo degradante. Pero un buen día, sus amigos (ay, las malas compañías) arrastraron al bueno de Alipio a una localidad en el Coliseo, obligándolo a presenciar junto a ellos las luchas de gladiadores. El susodicho decidió sentarse y mantener los ojos cerrados en todo momento, pero el sonido del fragor del público enardecido ante un punto álgido de los combates fue demasiado para su curiosidad. Alipio abrió los ojos y miró a la arena durante unos pocos segundos que fueron su perdición. «Tan pronto como contempló aquella sangre, ya no pudo apartar ya sus ojos de ella», escribe el de Hipona: «Bebió de aquella violencia y sintió el placer de la lucha. Ya no era aquel mismo hombre que acababa de llegar. Era uno del montón, uno más del populacho con que se había mezclado. Se entusiasmó, se desgañitó, y de allí se llevó consigo la locura que le hizo volver al anfiteatro, y arrastrar consigo a otros». ¿La moraleja? Que ante un sistema social con la corrupción moral instalada en su base, poco puede hacer la débil voluntad de un solo hombre. Que todos, dicho en corto, somos Alipio.

    No se pretende aquí juzgar lo atinado de la conclusión del doctor eclesiástico. Sino apuntar a que, en el fondo, en Chevalier puede rastrearse un afán ejemplarizante similar. Observemos la trama que plantea la griega Athina Rachel Tsangari: seis hombres que navegan en un pequeño yate por el mar Egeo en un viaje de pesca deportiva, y que para matar el aburrimiento organizan una disparatada competición (aunque rigurosamente seria para los contendientes) que dictaminará cuál de ellos es «el mejor hombre». Cada uno de sus gestos, comportamientos o características (desde sus ronquidos al dormir hasta su forma de cocinar el pescado) serán minuciosamente puntuados por el resto. El ganador obtendrá su anillo de campeón. El relato tiene un deje de mito etiológico: el primitivismo que puede asociarse a lo remoto del escenario en el que se sitúa (el vasto y profundo mar que navegó Ulises), el aislamiento contextual al que son sometidos los personajes y que recalca su condición de arquetipos, o la dirección final de su viaje: vuelven de la naturaleza a la civilización, en la que desembarcan infectados por la «enfermedad» de la competición que han contraído en el camino. Una enfermedad tan inevitable de contagiar (una vez desafiada su hombría, ninguno de los seis protagonistas es capaz de esquivar la disputa) como angustiosa para cada una de sus víctimas (por lo que tiene de corrosiva para la autoestima la continua exposición a la comparación con los otros). Subyace aquí una crítica al capitalismo extremo y sus dispositivos, pero en el origen de la enfermedad aún puede colegirse un sistema más amplio. Ese ente al que se ha dado en llamar el patriarcado.

    por Miguel Muñoz Garnica
    septiembre 29, 2016

    Crítica | Chevalier

    por Miguel Muñoz Garnica | septiembre 29, 2016

    La metamorfosis de Moro

    crítica de Langosta (The lobster, Yorgos Lanthimos, Grecia, 2015).

    La búsqueda del amor es una invención incorrecta, incoherente y vilmente manipulada por los estudios cinematográficos para que, cada 14 de febrero, la gente invierta cantidades ingentes de dinero y, lo que es peor, deposite toda su esperanza en encontrar a su media naranja; otro término absurdo que hace referencia a la falaz teoría de que en algún lugar del planeta existe una persona que reúne unos requisitos de compatibilidad absolutos con nosotros, y al primer contacto visual con ella sabremos —sabremos, y punto—, que "él/ella es el/la indicado/a, pausa-suspiro”. El resultado de esta búsqueda desesperada, para aquellos pobres pusilánimes que han estado influenciados por las rom-com de sobremesa hasta el punto del lavado de cerebro, suele ser tan catastrófico como la bancarrota absoluta o la depresión aguda e irreversible al comprobar, con una mezcla de espanto y ofensa, que esa media naranja a la que por fin han dado caza con total certeza, no cumple, una vez estudiado con proyección el venidero romance, los requisitos imprescindibles de idoneidad, ya sea por una discrepancia geográfica, un fallo de correspondencia o por tratarse el susodicho "semi-anaranjado", de un gato, un perro o una langosta (muchos han sido los casos de enamoramiento entre hombre y langosta, acabando casi todos ellos en desgraciados incidentes de canibalismo). Pese a que las relaciones entre humanos y animales son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad (como también lo es la toxoplasmosis y, casualmente, —aunque quizá sin relación alguna—, la alergia al gluten), las explícitas reglas impuestas por Yorgos Lanthimos en su creación de un universo amorosamente distópico, establecen que las personas han de, llegada una edad, emparejarse con un par humano para poder continuar disfrutando de la bipedestación y (aunque quizá esto no sea tan necesario en la mencionada sociedad) el raciocinio. Así comienza The Lobster, el último desvarío sardónico del director de la revolucionaria Canino (Kynodontas, 2009).

    Y precisamente una langosta es el animal escogido por David para, en caso de no cumplir con la fecha límite establecida por la “residencia de esparcimiento” en su romántica empresa de encontrar pareja, pasar sus últimos días en la tierra de esa guisa: “crustaceiforme”. Esa es la premisa principal del nuevo experimento sociológico de Lanthimos, en el que presenta una humanidad exenta de soltería, donde las ciudades están pobladas por parejas “felices” y todos los desgraciados solitarios se ven obligados a confinarse en centros de emparejamiento preventivos o, si lo prefieren, huir hacia los despoblados suburbios de las ciudades y establecer comunas sediciosas de supervivencia, convirtiéndose así en un problema para el sistema y, por lo tanto, en un potencial objetivo a eliminar. “El delito mayor del hombre es haber nacido”, comentaba hace cerca de 400 años Calderón y, ¡cuánta razón tenía el aurisecular dramaturgo!, y ¡qué desazonadoramente actual resulta ese verso! El director griego utiliza la estricta premisa del emparejamiento preceptivo como ejemplo metafórico de la completa privación del libre albedrío. Para ello, la cinta seguirá los pasos del mencionado David, un timorato y medroso Colin Farrell, desde el momento en el que entra al centro de terapia y se le ofrece un período de gracia de 45 días —prorrogables según un sistema de recompensas por “buen comportamiento”— disfrutando de todo el lujo y el confort de su nueva residencia antes de ser animalizado. No tardará en darse cuenta de que, por mucho empeño y tiempo que dedique a su cometido, sus posibilidades de terminar en una pecera o en una cazuela son cada vez mayores, por lo que decidirá buscar una alternativa que comience con un plan de fuga. Así es como el protagonista conocerá a un grupo de rebeldes con quienes comparte una afinidad mucho mayor que con cualquiera de las mujeres a las que había conocido anteriormente, aceptando sin mucho miramiento las necesarias normas que este grupo exige para poder admitirlo como nuevo integrante de su comunidad.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 04, 2015

    Crítica | Langosta

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 04, 2015
    Alpha

    Antígona en el infierno

    crítica a Alpha (A, Stathis Athanasiou, 2014) / ★★★★

    Concebida como espectáculo total, Alpha (2014), el segundo largometraje del director griego Stathis Athanasiou, sufragado al igual que el primero, Dos (2011), gracias a un exitoso crowdfunding, consiste no sólo en una película sino también en una representación: como se indica en su página web (donde también podréis ver fotografías y un vídeo de la misma AQUÍ), Alpha cuenta con una actriz, un coro de tres mujeres y un cuarteto de cuerda que actúan frente al filme proyectado en pantalla. Una adaptación moderna de las representaciones de las tragedias clásicas de la época de Sófocles que por desgracia no es la que hemos podido ver. Limitados a la película, imaginamos que gran parte de su impacto se nos habrá perdido por el camino, pero aun así éste ha sido poderoso. Recurriendo una vez más a los mitos clásicos, en este caso al de Antígona, Athanasiou ha erigido un monumento difícil y experimental para ojos no avisados, pero del todo fascinante en su atmósfera tan tenebrosa como poética, y tan radical en su propuesta que nos ha enamorado. ¿Quién dijo que el amor fuera fácil?

    Recomendamos encarecidamente que antes de ver Alpha hagáis lo que hicimos nosotros, al menos si no sois unos grandes expertos en mitología clásica y todos estos nombres se confunden en vuestra cabeza en un lío imposible de odios, venganzas, historias truculentas y pasiones más grandes que la vida, pero que nunca dejan de ser un reflejo, deformado tal vez si bien no por ello menos perfecto, de nuestras modestas existencias. Esto es: consultar un buen libro que verse sobre los mitos, repasar las tragedias de Sófocles y Esquilo con nuestra heroína de protagonista o hacer una consulta por internet, esto último quizá lo más cómodo pero no por ello obligatoriamente más superficial. Sin detenernos demasiado, el drama de Antígona es el de ver cómo a su hermano Polinices le es negada la sepultura, condenada así su alma a vagar sin descanso eternamente, por el rey Creonte y cómo debe enfrentarse a los vivos y los fantasmas de los muertos buscando la paz para su hermano. Enterrarlo de una manera digna la hará oponerse al poder, representado por Creonte, en un grito desesperado que clama justicia y comprensión en un mundo que no escucha las voces de los débiles. Es como ahora mismo, la verdad, y así es como Stathis Athanasiou nos lo cuenta en Alpha, donde los espectros al servicio del poder resultan en verdad terroríficos ocultos tras sus largas capas oscuras y sus deshumanizadas máscaras de gas.

    por José Luis Forte
    febrero 26, 2015

    Crítica | Alpha

    por José Luis Forte | febrero 26, 2015
    Xenia

    Un conejo sin chistera

    crítica a Xenia (Panos H. Koutras, Grecia, 2014)

    El pasado 20 de abril, Jordi Soler nos brindaba un maravilloso reportaje, en El País Semanal, sobre la situación de Grecia. En él contaba que la República Helénica lleva seis años, casi siete, de recesión o crisis (al gusto). Su tasa de paro ronda el 30 %. Cerca de 4 millones griegos están en situación de pobreza (su población es de 11 millones). Un partido de extrema derecha ocupa 18 escaños en su Parlamento. Fueron víctimas de dos rescates. La malaria ha vuelto después de cuatro décadas. Los suicidios han aumentado en un 45%. Su capital se encuentra en una fase de envejecimiento a medio camino entre lo decadente y lo ruinoso. El escritor mexicano dibujaba un país apocalíptico donde hay politólogos que son fotógrafos de boda y filósofos taxistas. Pese a todo, comentaba, la vida continúa y se sigue haciendo cine. Con dificultades, sin excesivos medios y con exiguas ayudas públicas. Sin ir más lejos en la categoría Una cierta mirada, del pasado festival de Cannes, participó Panos H. Koutras con la excéntrica Xenia (2014), su cuarto largometraje. Un film que bebe de las vicisitudes arriba enumeradas y que vio la luz gracias a la aportación de capital de tres países distintos (Bélgica, Francia y, por supuesto, Grecia). Sobre el fondo enfermizo de la Grecia actual dos hermanos, de madre albanesa, buscan al padre que les abandonó para así conseguir la nacionalidad griega y dejar de ser extranjeros en su país de nacimiento. Por el camino hay lugar para la fantasía, para participar en Greek Star (algo así como Operación Triunfo), para mejorar su relación y para los dulces.

    Xenia es un trampantojo que parece muchas cosas y solo es una: hortera. No lo digo como algo peyorativo, ni mucho menos. De hecho su punto irresistiblemente hortera y su flirteo con la fantasía son de lo poco rescatable de un filme estirado hasta la saciedad. Recuerda, a su manera, al primer Almodóvar pero con un toque naïve. En los primeros minutos de metraje todo parece indicar que la crisis, la nacionalidad, el patriotismo, el derecho de suelo, los neonazis y la situación social marcan la agenda; no es así, sencillamente sirven de decorado para contar otras cosas (que no me han quedado claras). Entre peinados extravagantes, chupachupas, espaguetis con azúcar, canciones italianas y ridículas peleas Dany (Kostas Nikouli), de dieciséis tacos, homosexual, extravagante y con un conejito como mascota; y su hermano mayor Ody (Nikos Gelia), de dieciocho, heterosexual y ligeramente atormentado, protagonizan una fábula sobre la camaradería fraternal. Con el hilo conductor de Patty Bravo (una cantante italiana de los años que saltó al estrellato en los años 60), que se prestó para un cameo, los hermanos viven su propia odisea a través de una Grecia viciada por la violencia de los grupos de extrema derecha, para finalmente ser agredidos por albaneses (¿?). Sobre la personalidad de los disparatados protagonistas, Xenia se desarrolla como una película multigénero donde la comedia, el musical y el melodrama tienen cabida. Un remix por momentos infumable, por momentos cautivador. Precisamente su irregularidad encaja perfectamente con su singularidad. Distinta, atrevida, estúpida, en las antípodas de lo que uno llamaría buen cine pero elogiable por pretender hacer algo corrosivo, al margen de los cánones establecidos. Una propuesta valiente con la que solo comulgo en el espíritu. Intuyo que su aplaudido paso por Gijón, en las últimas fechas, responde a eso y a la mediocridad de sus competidoras.

    por Anónimo
    noviembre 29, 2014

    Crítica | Cuestión de actitud (Xenia)

    por Anónimo | noviembre 29, 2014
    Miss Violence

    Billete de ida hacia la tristeza

    crítica de Miss Violence | Alexandros Avranas, 2013

    El título de esta reseña, que tomo prestado de una de mis canciones favoritas de rap, me vino a la cabeza al poco de comenzar a visionar esta claustrofóbica, retorcida y desconcertante cinta griega bautizada Miss Violence, segundo largometraje de Alexandros Avranas que logró hacerse con los premios a mejor dirección y mejor actor (Themis Panou) en el Festival de Venecia del año pasado. Este film nos sitúa en uno de los arranques argumentales más potentes y poderosos de los últimos años; una niña se arroja al vacío desde una ventana el día de su undécimo cumpleaños, con una sonrisa dibujada en el rostro a modo de macabra paradoja, y tras su muerte la perplejidad y la desidia comienzan a imponerse en su entorno familiar. Avranas, sin tocar el contexto de rescate económico y desesperación política de su país, nos sumerge en el seno de una familia de clase media fría y disfuncional, repleta de vínculos enfermizos y tensiones calladas que a través de pistas inteligentes y sutilezas dramáticas se nos irán revelando a lo largo del avance de su trama, a todas luces sofocante, lenta y marcadamente angustiosa. Tras el terrible suicidio de Angelik, la familia parece recubrir los acontecimientos con un halo de serenidad contenida y silencio denso, como si su pequeña jamás hubiese existido, por lo que los Servicios Sociales deciden visitar el hogar para descifrar el clima en el que habitan sus seres, aparentemente amables, educados y tranquilos. Así pues, desde el minuto uno viajamos a lo más recóndito de este hogar anónimo, al kilómetro cero del corazón de la tragedia y la cuna de la perversidad, desvelando poco a poco las complejas, y en ocasiones desquiciantes, repulsivas, y grotescas, conductas de sus personajes, que si bien parecen inexpresivos al vivir envueltos en ese aura de anestesia e indolencia, encarnan actuaciones excelentes y muestran a través de pequeños gestos y detalles el interior de sus corazones. Ya desde su comienzo Miss Violence se muestra rabiosa y contenida, como un animal enjaulado hecho cine; es árida, angosta, insolente, grotesca, insufrible, y sobre todo no apta para estómagos delicados ni cinéfilos impacientes. Los interiores dominan por completo la estética de su imagen, compuesta de planos cerrados, circulares y largos (muchos de ellos magníficas e impecables secuencias de hasta diez minutos), donde los grises, claroscuros y contrastes lumínicos gobiernan un infierno doméstico de puertas y estancias gobernadas por el silencio, que tiene un peso y presencia tanto o importante que el diálogo, pues en el cine y en la vida real lo que no se dice en alto es a veces más importante que la conversación banal o hipócrita. La atmósfera opresiva y los personajes desequilibrados en un hogar desangelado donde el aire puede cortarse con cuchillos me han recordado, inevitablemente, a la sublime Canino (Giorgos Lanthimos, 2009), en mi opinión, una de las muestras de talento más brillantes que el Viejo Continente ha dado en la última década.

    El espectador puede mostrarse reacio ante la falsa calma que impera en este piso anómalo y sus estancias, sorprendido con las dudas e inquietudes que un guión fantástico va destapando, reflexionando de forma astuta y visceral sobre la frialdad y el automatismo de las instituciones burocráticas, la estrecha relación entre autoridad y violencia, la indolencia y el desamparo, y sobre todo, la culpabilidad y la importancia de visibilizar los conflictos domésticos, haya o no haya sangre por medio. Los encuadres radicales, y un tanto excéntricos, dan como resultado una composición totalmente desequilibrada, con la cabeza de sus personajes muchas veces fuera de plano, algo ingenioso que puede crispar los nervios pero que forma parte de esa desazón enfermiza y contagiosa que la historia pretende dibujar. Una banda sonora inquietante transmite la angustia cotidiana que se respira en el ambiente de la casa, y sobre todo, los diálogos y ese enfoque visual elegidos por Avranas apuestan por un naturalismo artesanal en la manufactura, un ritmo pausado pero de entrañas revueltas, y una representación teatral de la maldad y de la violencia que puede recordarnos a maestros del género del drama psicológico como Haneke. Muchos podrán tachar de explícitos, excesivos, salvajes, quizás innecesarios y totalmente insoportables, algunos de los pasajes del filme. Y si bien hago uso habitualmente de la templanza a la hora de sentarme a ver una película, reconozco abiertamente que en Miss Violence, cuesta tener los ojos abiertos, no pestañear, no gritar, o no conmocionarse de una manera que pocas producciones, lecturas, e historias consiguen. Desde que tengo uso de memoria, una de sus secuencias constituye el peor rato que una película ha logrado hacerme pasar. El extremado realismo de la trama, la ausencia total de sutilezas y la plasmación del horror sin filtros ni censuras no harán de su visionado un rato lúdico basado en el ocio, la diversión, o la evasión de nuestras conciencias, sino más bien la sensación de tener una pistola en la nuca y un cargo de conciencia de una tonelada. Lo que empieza como un triste suicidio de una niña con una extraña y contraproducente sonrisa pintada en la cara, que, a priori, parece la peor de las tragedias, puede acabar confirmando que sin duda, las hay mucho peores. Y las iremos conociendo a cuentagotas, como una droga lenta y sin adulterar, como una agonía interminable bajo el tic tac de un cronómetro. Miss Violence es, en el fondo, pura sordidez. Como una canción de Rammstein, una novela de Cela o un poema de Silvia Plaith. ¿Innecesaria? ¿Brillante? ¿Escandalosa? Todo ello, a mi juicio, con una clara y valiente vocación de denuncia y visibilidad social de los fenómenos más turbios que pueden acontecer en el seno de una familia, a simple vista, como otra cualquiera. En definitiva; una cinta soberbia y maravillosa, y a la vez una experiencia horrible y rayana al vómito que no le recomendaría ni al peor de mis enemigos. Puedes sentir el sabor de la sangre en la boca, la arcada en la garganta, la falta de aire en los pulmones. La mejor muestra de la miseria humana que el cine europeo ha dado en los últimos años. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Grecia, 2013, Miss Violence. Director: Alexandros Avranas. Guión: Alexandros Avranas. Productora: 2/35 / Faliro House Productions / Plays2place Productions. Fotografía: Olympia Mytilinaiou Reparto: Themis Panou, Eleni Roussinou, Chloe Bolota, Kostas Antalopoulos Presentación oficial: 2013, Festival de Venecia: Mejor director, Mejor actor (Panou). 

    por Anónimo
    junio 16, 2014

    Crítica | Miss Violence

    por Anónimo | junio 16, 2014

    La bomba de relojería social

    crítica de Luton | Michalis Konstantatos, 2013

    En paralelo a la brutal crisis que golpea Grecia se ha ido creando un cine diferente en cuyo núcleo subyace el hartazgo y la desesperación de una sociedad desestructurada que se tambalea. Cine de visionado difícil, que juega con los límites soportables por el espectador y los estira hasta producir un cúmulo de imágenes y situaciones incómodas que en su conjunto trasmiten un mensaje crítico. Estamos hablando de películas como Canino, de Yorgos Lanthimos, o Boy Eating the Bird’s Food, de Ektoras Lygizos. Puede que la conclusión a la que llega Luton, la primera película de Michalis Konstantatos, se presente de modo mucho más latente y directo tras el visionado completo de la cinta, pero su desarrollo argumentativo sigue los mismos patrones presentes en este nuevo cine griego.

    Luton está construida en dos partes diferentes a distintos niveles pero que no se entienden una sin la otra. Durante la mayor parte del filme, que se correspondería con la primera parte de este díptico, Konstantatos nos muestra a la sociedad filtrada a través de los tres personajes protagonistas en apariencia independientes, a los que se acerca de distintas maneras: ya sea desde el plano fijo que dilata el tiempo hasta hacerlo insoportable, como en el post-cumpleaños de Makis, un cincuentón abatido por el tedio a quien su mujer solo es capaz de regalarle un polvo rápido mientras retira la mesa; o a través de un zoom imposible que acaba por meterse literalmente entre el beso de Jimmy, un adolescente aburrido de la vida sin ningún tipo de aliciente, y su nuevo ligue de instituto; o bien desde un punto de vista más cercano y pegado al personaje, como cuando Mary, una treintañera con problemas para establecer una relación sana con todo lo que le rodea, consigue su momento más íntimo en el probador de una tienda de ropa interior. Sea cual sea la elección del director para acercarse a su trío protagonista, hay dos elementos en común: un ensañamiento en la escena y una cierta ridiculización del personaje y la situación. Ensañamiento porque Konstantatos nos obliga a mirar más allá de donde quisiéramos (de ahí la incomodidad que puede provocar Luton en el espectador). Ridiculización porque esta ausencia de límites se explora en algunos de los momentos más bajos y rutinarios de la vida de sus protagonistas. El director griego trata de convencernos de que la verdadera violencia subyace en la cotidianeidad de una sociedad enferma en la que germina el odio más primario. Parece que la única forma de darnos cuenta de ello sea obligarnos a apartar la mirada de una realidad insoportable para poder conocer su existencia.

    De este modo, Luton se va construyendo desde la extrañeza, el hastío y, hasta cierto punto, el fastidio del espectador. ¿No es, al fin y al cabo, una buena definición de cómo nos encontramos ahora? Los primeros de minutos de la película se construyen como el reflejo de la sensación de los protagonistas y, por extensión, de su entorno. Pero justo cuando el tono de la película está empezando a trillarse, Luton explota y su onda expansiva resulta demoledora (lo que se correspondería con la segunda parte del filme). Al igual que el huevo con la yema rota que ilustra a la película en su cartel, los tres personajes confluyen y revientan en una catarsis violenta a ritmo de planos incisivos y un montaje rápido que rompe con la estructura anterior. Makis, Jimmy y Mary se desprenden de su rutina para dar rienda suelta a sus instintos y señalar a los supuestos culpables de sus desgracias. Es en este momento cuando la película cobra significado y se coloca en un nivel mucho más crítico y analítico del que a priori se podría pensar. Konstantatos logra mostrar como el germen del estallido social se encuentra en el día a día de la persona de a pie y logra que esta idea traspase la propia trama y se instale en la forma de la cinta. Sin duda, Luton es una película que requiere de varios visionados para entender hasta dónde puede llegar el nivel de detalle y de precisión formal y temática que encierra la propuesta de Konstantatos. Y es por ello que la reflexión final que nos deja no es otra que la del miedo a nosotros mismos. El viaje desde el comentario políticamente incorrecto a media voz y en privado a la acción violenta y primaria puede que sea mucho más corto de lo que nos pensamos: del mismo modo que la mecha va prendiendo poco a poco a través de escenas largas con planos estáticos casi interminables, puede que estemos ante una sociedad cuya tranquilidad cotidiana encierra una verdadera bomba de relojería. | ★★★ |

    Víctor Blanes Picó
    redacción Barcelona

    2013, Grecia, Luton. Dirección: Michalis Konstantatos. Guión: Michalis Konstantatos, Stelios Likouresis. Reparto: Nicholas Vlachakis, Eleftheria Komi, Christos Sapountzis. Productora: Horsefly Productions / Faliro House Productions / Greek Film Center. Fotografía: Yiannis Fotou. Presentación Oficial: San Sebastián 2013.

    por EAM
    junio 12, 2014

    Crítica | Luton, de Michalis Konstantatos

    por EAM | junio 12, 2014

    Mar. Libertad. Desesperación

    crítica de Metéora | de Spiros Stathoulopoulos, 2012

    En el norte de Grecia, en la llanura de Tesalia, cerca de la ciudad de Kambalaka, se alzan dos formaciones rocosas de gran altura, una justo frente a la otra. En cada una de ellas se asienta un monasterio cristiano ortodoxo que establece una separación entre hombres y mujeres. En uno vive Theodoro, y en el otro, Urania. Justo a mitad de trayecto, en mitad del valle, se alza una pequeña colina coronada por un árbol en el que ambos se reunirán entre silencios. Pertenecen al mismo mundo, pero su aislamiento es demoledor. La comunicación que establecen es parca en palabras. No las necesitan. Él cogerá el relieve metálico de su repisa; una placa con motivos religiosos que utilizará para hacer señales lumínicas a Urania a través de su ventana, mientras ella se quedará tendida en la cama, acariciándose el cuerpo. Theo tal vez intente olvidarla, redirigiendo un amor terrenal y cuestionable hacia algo más divino, exento de las pasiones más superficiales. Y si a ella le asaltan pensamientos impuros, ahí estará el infierno cristiano para recordarle su culpa, y el necesario castigo del dolor físico: quemarse la palma de la mano con la llama de una lampara de aceite. Nunca se dirán un te quiero. No serán capaces. Las acciones serán puramente físicas, pero no por ello dejaran de ser reales.

    La segunda película del director griego crecido en Bogotá, Spiros Stathoulopoulos, debutó positivamente en el Festival de Berlin del 2012 y ganó el Premio al mejor director en el Festival de Cartagena de este año. Su Metéora es la historia de una pasión. De una leyenda grabada en un retablo, en algún monasterio olvidado. Un cuadro de tres paneles con el valle de Metéora en el centro y los retratos de Theo y Urania enmarcándolo. Es la primera imagen del largometraje que ya establece el tono minimalista y su espíritu cercano al relato. Pocos filmes son tan acertados en su equilibrio al situar con tanta exactitud la línea entre el exceso y el vacío en una obra que establece un discurso de la relación entre el compromiso religioso y el amor humano. Una dicotomía explorada en profundidad por Terrence Malick en su filmografía, especialmente en sus dos últimas obras, aunque en el caso del director neoyorquino con un enfoque muchísimo más preciosista, tendente al esteticismo de los cuerpos enmarcados en un atardecer. De una cámara que flota alrededor de los actores arropándolos en su observación. La visión de Spiros es muchísimo más analítica a la par que curiosa. Metéora es una cinta de planos fijos, de grandes paisajes enmarcados entre brumas y bosques, con una composición de planos más pictórica y un tratamiento lumínico que recuerda con insistencia a los cuadros de George de la Tour. El mismo pintor en el que Stanley Kubrick establecería la base para la fotografía de Barry Lindon.

    por Unknown
    junio 05, 2014

    Crítica | Metéora

    por Unknown | junio 05, 2014
    September, de Penny Panayotopoulou

    Despojo humanista

    crítica de September, de Penny Panayotopoulou, 2013

    Una de las cinematografías de moda en el circuito festivalero reciente, al menos en Europa, es la griega. Giorgos Lanthimos le dio un gran impulso en 2009 con una de esas películas que dejan huella y marcan tendencia: Canino. A partir de ahí, varios de sus compatriotas se fueron apuntado a un tipo similar de cine perturbador, inherente e íntimamente extraño, sin duda el reflejo de un país en profunda crisis de valores (tanto en el sentido cultural del término como en el material). Valga citar otros dos ejemplos más recientes: Luton (Michalis Konstantatos, 2013) o Miss Violence (Alexandros Avranas, 2013), ambas chocantes radiografías del microcosmos familiar. La primera se pudo ver en San Sebastián y la segunda en Venecia, e incluso en otro de los tradicionales festivales de categoría A del continente, el de Karlovy Vary, hizo acto de presencia una tercera película proveniente del país mediterráneo: September. Esta última sin embargo no resulta muy representativa de la mencionada corriente helena, pues su singularidad no está asociada a la violencia o a la extravagancia, sino a la simple marginalidad.

    En concreto, Panayatopoulou nos cuenta en esta cinta la historia de una mujer anodina, una treintañera griega que lucha contra su soledad. Para ello cuenta únicamente con la compañía de un perro, con el que comparte habitación en su piso y al que lleva todos los días a su trabajo de hostelería, dejándolo en el coche aparcado fuera pero interesándose periódicamente por su situación. Realmente el cariño y el cuidado que profesa hacia su mascota son conmovedores, y durante un buen trecho el metraje se basa casi exclusivamente en la relación entre ambos… Hasta que de repente el animal fallece, provocando en su dueña una desolación más cercana a la depresión que al tormento, en consonancia con su naturaleza tímida y apagada. En cualquier caso, intenta sustituir el vacío relacionándose con una familia vecina, en cuyo jardín ha creído oportuno enterrar al perro. La ama de la casa la conoce y al principio parece que sí puede surgir una amistad más sana y duradera entre ambas, pero no hay que olvidar que la trama está marcada por el sello de la alienación, y por tanto es improbable que lo anterior se consiga.

    por Ignacio Navarro
    marzo 09, 2014

    Crítica | September, de Penny Panayotopoulou

    por Ignacio Navarro | marzo 09, 2014

    «¿Dónde reside la justicia? ¿Qué es la libertad? ¿Hay una justicia objetiva y quién es el que tiene este conocimiento? Preguntas tan antiguas como las sociedades humanas. El antiguo mito griego de Antígona es la primera escrita obra de arte, tratando de responder a esta pregunta. ¿Para cuánto tiempo puedes cerrar los ojos y cuánto te puedes aguantar antes de aceptar, que te estás convirtiendo en nada más que un esclavo? Los antiguos griegos fueron muy claros sobre este tema. La vida de un esclavo es una vida que no vale la pena vivir. "A" es una obra sobre la libertad. Libertad Interior.»

    Nos llega el primer adelanto de la nueva creación de Stathis Athanasiou, un director muy especial para EAM. El cineasta heleno fue una de nuestras primeras entrevistas. Un hombre tan complejo como cercano que personifica, junto con otros realizadores coetáneos, el auge del cine de griego. Su primer proyecto, la irregular DOS se pudo ver en la pasada edición del Atlántida Film Festival. Su segundo trabajo, mucho más ambicioso, tendrá una doble representación: cine y teatro. Por esta segunda vía recorrerá España, y a través de las tablas dedicadas a la dramaturgia clásica conoceremos el significo de Alpha. Esa «A» que encabeza un filme que promete no dejar ningún tipo de indiferencia. El teaser así lo sentencia. El primer tráiler de larga duración, ya nos avisa Stathis, será «un disparo de ametralladora». Estaremos atentos.

    texto| Stathis Athanasiou y Emilio Luna.
    fuente| Alpha Movie

    por EAM
    diciembre 19, 2013

    Hellas | Primer teaser de «Alpha», de Stathis Athanasiou

    por EAM | diciembre 19, 2013
    Adikos kosmos
    Concha de Plata a la mejor dirección e interpretación masculina en Donostia Zinemaldia 2011.
    crítica de Mundo Injusto | Adikos kosmos | άδικοσ κοσμος | Unfair World, Filippos Tsitos, 2011.

    El crudo azar, el destino irremediable, la inminente desgracia. Tres componentes que rara vez faltan en algunas de las más grandes tragedias griegas de la literatura antigua, tres componentes esenciales de los que se desprenden, de manera muy usual, las virtudes y los defectos de la humanidad. En tiempos en los que el cine griego busca crear un lenguaje cinematográfico novedoso, efectivo y propio, nunca evadiendo la realidad social, política y económica que atraviesa el país, parece que la tragedia ha de ser el trasfondo sobre el cual se montan, aunque minuciosamente, las más deliciosas comedias. “Mundo injusto” (Adikos kosmos, 2011), esta producción de Filippos Tsitos, es el resultado de ese magnífico interjuego, donde la comedia y el drama se eclipsan alternadamente a lo largo de la historia. Si revisamos muy rápidamente los últimos trabajos provenientes de este país, nos encontraremos con argumentos complejos, sumamente enfocados en la dicción cinematográfica. “Dogtooth”, de Yorgos Lanthimos, conjuga dos realidades paralelas a partir de una selección de palabras a las que se les atribuyen nuevos significados. “Attenberg” parte de un título deformado para tratar el tema de la comunicación. “Alps”, juega con las realidades encubiertas, y sobre todo, con lo mimético. En ese sentido, tal vez sea la película de hoy un tanto diferente, pues su autor no toma como punto de apoyo lo que pasa en un primer plano, o lo que en él se dice, sino el modo en que repercute en un contexto más general.

    por Anónimo
    abril 16, 2013

    Crítica | Mundo injusto

    por Anónimo | abril 16, 2013

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