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    Cine Español 2014
    Cine Español 2014
    Antígona despierta

    Cine con enigma.

    crítica a Antígona despierta (Lupe Pérez García, 2014) / ★★★★.

    Estrenada en España en el marco del Festival de Sevilla de Cine Europeo, Antígona despierta (ese “despierta” es el participio, no la 3ª persona del singular, un detalle importante) es una película libre de las ataduras de la lógica narrativa, que difumina la manida barrera entre realidad y ficción, y propone un gratificante juego al espectador. Que éste lo acepte o no es cosa suya, porque todavía puede que no estemos listos para abrazar propuestas así de estimulantes sin cerrarnos en banda. Clara y transparente aproximación a lo que el arte y la vida pueden ofrecer en comunión, la película de la argentina Lupe Pérez García tiene mucho que ofrecer en su subyugante metraje, donde realidad y mito se entremezclan en Huesca y los castillos colindantes, perfecto escenario para esta revisión libertina del atemporal conflicto de Antígona, que ante la muerte de su hermano Polinices y la posterior negativa de su tío Creonte a darle un entierro apropiado, decide hacerlo ella misma. Parte del equipo de La jungla interior (Juan Barrero, 2013) regresó al SEFF tras el casi obligado paso por el Festival de Locarno con una visión que no se compromete con nada ni nadie, que propone estímulo tras estímulo y que debe ser revisada en más de una ocasión, casi como una necesidad imperiosa.

    El mito es revisitado con humildad a través de varias perspectivas, desde una puramente ficticia –donde vemos a Gala Pérez Iñesta, también responsable de la música, dar vida a Antígona con autoridad–; otra versión a caballo entre géneros –donde Antígona lidia con actores y técnicos de la película en sí–; y otra directamente real, donde asistimos al proceso laboral de una sonidista que visita localizaciones antiguas tratando de captar la historia encerrada en sus paredes. Estas perspectivas se combinan con eficacia con escapadas a lo que la directora/guionista/montadora denominó, en una sesión de preguntas con público, el Olimpo, con dos niños dioses como Inteligencia Suprema y Pura que juegan y se divierten en plena naturaleza, y además con fragmentos claramente documentales sobre una serie de recreaciones de diferentes conflictos bélicos que muchos hacen por diversión en los fines de semana, además de la vida y rutina de un aeródromo. ¿El propósito de mostrar esto último? Está abierto a interpretaciones, pero lo que se puede concluir seguro es que no es baladí que se usen ficciones donde disciplina y poder se representan con un compromiso e intención de verosimilitud, y esto esté combinado con la historia de una mujer que por amor fraternal desobedeció órdenes y fue condenada a muerte.

    por Anónimo
    febrero 02, 2015

    Crítica | Antígona despierta

    por Anónimo | febrero 02, 2015

    El pasado siempre vuelve

    crítica a Musarañas (Juanfer Andrés, Esteban Roel, España, 2014) / ★★★★

    Muchas eran las expectativas depositadas sobre el salto a la dirección de largometrajes de Juanfer Andrés y Esteban Roel, artífices del aclamado corto cargado de crítica social 036 (2011), tras saberse que Álex de la Iglesia estaría apoyando el proyecto desde la silla de productor. La sombra del realizador de El día de la bestia (1995) o La comunidad (2000) es alargada y ya desde los títulos de crédito, con una juguetona música de Joan Valent, se adivina que Musarañas (2014) va a ser una obra que bebe del estilo y la gráfica del cineasta vasco en cada fotograma. De hecho, al igual que Balada triste de trompeta (2010), una de las obras más infravaloradas y, a la vez, valientes, de Álex de la Iglesia, esta ópera prima presenta un relato en el que sobrevuelan, de manera latente, las secuelas que la Guerra Civil dejó sobre España, un país al que le costaba ser libre y donde sus habitantes permanecían prisioneros, no solo de la dictadura franquista, sino también de las fuertes (casi enfermizas) creencias religiosas, que únicamente llevaban a la represión sexual y al miedo al castigo de Dios si se sucumbía a las tentaciones de la carne.

    La protagonista de Musarañas, Montse, sería un ejemplo perfecto de víctima de una época llena de oscuridad y donde las apariencias ocultaban siempre un trasfondo mucho más vergonzoso. Encerrada en sí misma y (también) entre las cuatro paredes de una casa que más bien le sirve de enorme ataúd en vida, a causa de una acusada agorafobia, Montse únicamente tiene en su hermana menor una ventana al exterior y su única compañía desde que quedaran huérfanas de padre y madre. La película muestra la asfixiante convivencia entre las dos mujeres, una recién cumplida la mayoría de edad, con la curiosidad y las ganas de descubrir la vida que ello conlleva; la otra, temerosa de que su pajarillo abandone el nido y la deje sola, consumiéndose con sus traumas del pasado que acechan latentes desde cada rincón de un hogar que más bien parece una prisión. Macarena Gómez, actriz de comprobada eficicacia cómica y convertida en un rostro popular gracias a una serie de televisión que es seguida por audiencias millonarias semana tras semana, posee una de las miradas más enigmáticas del panorama artístico actual. Unos ojos muy expresivos que, unidos a su aspecto frágil, la convierten en la intérprete idónea para representar la locura como nadie. En este registro destacó (muchísimo) en la divertida Sexy Killer (2008) o como secundaria aventajada en Las brujas de Zugarramurdi (2003) de Álex de la Iglesia. Aquí, en su papel de Montse, Gómez se convierte en dueña y señora de la función, entregando una interpretación excesiva, siempre al borde de la sobreactuación, pero manejando con pulso firme cada mirada alucinada, cada aspaviento, cada tic (impagable el momento en que intenta vencer el miedo que la paraliza para traspasar el umbral de la puerta de su casa). Su personaje tan pronto resulta odioso y temible como, a la siguiente escena, logra ganarse la compasión del espectador, partícipe en todo momento de sus angustias y sus maquinaciones. Aunque el suyo es un trabajo perfecto y merecedor de todos los elogios, sería injusto no reconocer del mismo modo la valía de Nadia de Santiago en el papel de su hermana. La suya es una actuación más contenida, con menos prestancia al lucimiento, pero, a la hora de la verdad, consigue complementarse de forma sobresaliente con su compañera de reparto, entregando un duelo interpretativo de altura como estas dos hermanas cuya convivencia es casi tan insoportable como la de aquellas inolvidables Joan Crawford y Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). De los secundarios, si acaso únicamente la veteranía de Gracia Olayo hace que destaque en sus puntuales escenas, ya que ni un más que correcto Hugo Silva puede hacer demasiado para no quedar eclipsado como el extraño que entra en este viciado y enfermizo microcosmos, trastocando la vida de las dos muchachas y convirtiéndose, sin pretenderlo, en el auténtico detonante de un drama a medio camino entre La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca y Misery de Stephen King.

    por José Martín León
    enero 17, 2015

    Crítica | Musarañas

    por José Martín León | enero 17, 2015
    El camino más largo para volver a casa

    Asombroso relato de un dolor a flor de piel

    crítica a El camino más largo para volver a casa (El camí més llarg per tornar a casa, Sergi Pérez, España, 2014).

    El camino más largo para volver a casa es una estupenda sorpresa, de esas películas tan gratificantes que el cine entrega cada cierto tiempo y que no se puede comparar del todo con nada, pues supone el debut de muchos de sus integrantes. En su primer largometraje, Sergi Pérez arriesga mucho al contar 24 horas en la vida de Joel, viudo reciente que debe salir de casa, de su refugio, para evitar la muerte de su perro Elvis, último vínculo palpitante que le une a su mujer. La peripecia comienza lanzando al espectador al vacío sin asideros, ya que estamos en la habitación de Joel, viéndole ¿dormir? y expectantes ante lo que pueda pasar. Su móvil suena, no lo coge, y busca al perro. Lo encuentra en el baño, apático hasta el extremo, y la preocupación le embarga. Debe salir. Esta sucinta narración de los hechos no es baladí, sino un intento de transmitir la apuesta de Pérez, que aboga porque la información surja por sí sola, sin crear las circunstancias de manera forzada y que sea solo la justa y necesaria. El camino más largo para volver a casa es una de esas cintas que crece tras su visionado, que planta sus semillas con tal control y sutileza que germinan sin que uno se dé cuenta. La información es mínima, las intenciones de los personajes ambiguas, pero no se puede acusar a la película de confundir al espectador.

    El film hizo su puesta de largo en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, como lo hiciera el año pasado la estupenda 10.000 noches en ninguna parte (Ramón Salazar, 2013). Aunque son muy distintas, las dos propuestas tienen en común no solo aspectos de producción (una financiación fraccionada; allí años de rodaje en tres países, aquí 16 días rodados entre septiembre de 2012 y mayo y septiembre de 2013), sino una sana alergia a explicar los traumas de sus personajes y una apuesta por el valor simbólico de la imagen. Esta información sobre la precaria producción da incluso más valor al resultado final de la película, ya que luce compacta y con una progresión dramática rigurosa y encomiable. Es complicado mantener el rumbo con tal fijeza, pero el hecho de concentrar el metraje en un día ayuda a transmitir esa sensación. Y es que cuando Joel lleve al perro al veterinario, se dará cuenta de que se ha dejado las llaves por dentro de casa, con lo que empezará para el hombre una odisea para encontrar una copia recorriendo media ciudad. El espectador, que sigue sin agarraderas pero fascinado ante lo que está viendo, hace más y más cábalas sobre quién es Joel y qué le pasa, un pequeño misterio al que ayuda mucho la superlativa interpretación de Borja Espinosa, preciso en cada gesto, en cada silencio y creando la opacidad del personaje. Un personaje que en principio puede resultar gracioso en su obcecación, pero que congela la risa conforme avanza el metraje. Y cuyo misterio se va descifrando poco a poco, aunque nunca del todo. Esta visceral historia provoca un malestar creciente mientras el comportamiento del protagonista se vuelve más errático y oscuro, mientras crece su impaciencia por las absurdas circunstancias que él mismo ha creado a su alrededor. El resto de personajes con los que interactúa, perfectamente interpretados todos, son para él un borrón impersonal, un impedimento hasta conseguir lo que quiere. Y así los va a tratar. Hay un momento clave en la historia, que informa al espectador de si lo que está viendo es una espiral descendente o si se puede calmar la cosa. Es la ausencia de disculpas tras el pequeño estallido de violencia en la redacción del periódico, momento incómodo donde los haya, que prueba la valentía de Sergi Pérez como director y guionista. Ninguna concesión, porque no las habría en realidad.

    por Anónimo
    diciembre 06, 2014

    Crítica | El camino más largo para volver a casa

    por Anónimo | diciembre 06, 2014
    [•REC] 4: Apocalipsis

    Cómo destrozar un mito en 95 minutos

    crítica a [•REC] 4: Apocalipsis (Jaume Balagueró, España, 2014)

    ¡Qué lejanos quedan ya los tiempos en que Jaume Balagueró y Paco Plaza nos regalaron la primera entrega de [•REC] (2007)! Aquella extraordinaria película de zombies se atrevió a integrar el formato de metraje encontrado, tan en boga en el cine norteamericano desde El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), en un producto 100 % español, rodado con nervio y apabullante perfección técnica. Los amantes del cine fantástico cayeron rendidos ante la odisea de la periodista Ángela Vidal –Manuela Velasco logró el Goya a la mejor actriz revelación por su caracterización de esta teniente Ripley patria– en el interior de un edificio asolado por un virus que convertía a sus inquilinos en una horda de seres monstruosos y sedientos de sangre. Conscientes de la magnitud del éxito de la propuesta, que llevó a Hollywood a perpetrar su correspondiente remake, Quarantine (John Erick Dowdle, 2008), Balagueró y Plaza retomaron su aventura, justo donde terminó la primera parte, en [•REC]² (2009), mucho más elaborada a nivel de efectos especiales y con un argumento que presentaba nuevas y reveladoras informaciones sobre el origen de la infección y el terrorífico personaje de la niña Medeiros. [•REC]³: Génesis, con dirección de Paco Plaza en solitario, supuso una leve decepción para muchos de los seguidores de la saga, que no supieron entender el tono paródico y berlanguiano de su historia. Con todo, aquella divertidísima orgía de sangre y destrucción en la que se convertía la boda de Koldo y Clara, a ritmo de hits musicales tan ochenteros como el Eloise de Tino Casal, continuó manteniendo un gran nivel de calidad e ingenio. Con [•REC] 4: Apocalipsis (2014), la vuelta de Jaume Balagueró a la silla de director hizo que los fans de la franquicia comenzaran a frotarse las manos, soñando con un potente broche final de la historia. En teoría, los pasos a seguir para reverdecer los laureles de la saga serían tirar la casa por la ventana a la hora de ofrecer algo más espectacular, recuperando el buen pulso y la seriedad de las dos primeras entregas, así como devolviéndonos a Manuela Velasco como reina del grito por antonomasia.

    La película no comienza del todo mal, entroncando directamente con el final de [•REC]². Los primeros minutos nos devuelven al interior del edificio barcelonés en donde empezó todo, con dos bomberos rescatando a la que parece única superviviente de la masacre, la reportera Ángela. Lamentablemente, los personajes son inmediatamente puestos en cuarentena en el interior de un barco que esconde un laboratorio en donde se realizan misteriosas investigaciones que mucho tienen que ver con el brote de la enfermedad. Y es precisamente ahí donde la cosa comienza a hacer aguas (nunca mejor dicho) por todas partes, ya que no se podría haber elegido un escenario con menos posibilidades estéticas que éste. Se entiende que Balagueró pretenda volver a los orígenes claustrofóbicos y opresivos de los inicios, encerrando a sus personajes en los pasillos y salas de máquinas de este barco pero lo único que consigue es que su película se resienta a nivel visual, con una fotografía feísta de Pablo Rosso, que languidece ante el colorista y elegante trabajo que realizó en [•REC]³. Y no es éste el único aspecto de la cinta que desmerece en comparación con el tan denostado tercer capítulo de la serie, ya que el guión carece de la frescura de los diálogos y situaciones de aquella y, sobre todo, se echa en falta unos personajes tan bien construidos y originales (¡ay, aquel inspector de la SGAE!). En [•REC] 4 se pierde totalmente cualquier homenaje a Rafael Azcona para entrar de lleno en los terrenos arquetípicos de cualquier Resident Evil de pacotilla. Y es, otra vez, cuando la vuelven a fastidiar, ya que ni Manuela Velasco es Milla Jovovich, por muy bien que le siente la camiseta de tirantes, ni Jaume Balagueró debería haberse rebajado a entrar en campos tan trillados y comerciales, cuando ha demostrado ser un magnífico director con títulos tan arriesgados como Los sin nombre (1999) o Mientras duermes (2011).

    por José Martín León
    noviembre 30, 2014

    Crítica | [•REC] 4: Apocalipsis

    por José Martín León | noviembre 30, 2014
    Després de la generació feliç

    A vueltas con la infancia

    crítica a Después de la generación feliz (Després de la generació feliç, 2014), dirigida por Miguel Ángel Blanca.

    Tras la genial Your lost memories, la expectación por ver el nuevo trabajo de Miguel Ángel Blanca era máxima. La primera película del vocalista de Manos de topo, rodada a cuatro manos junto a Alejandro Marzoa, fue toda una revelación, algo extraordinario y fresco en el panorama independiente del cine español. Sin embargo, Després de la generació feliç se queda estancado en el campo del experimento musical audiovisual volviendo a explotar el potencial narrativo de los videos domésticos olvidados. El producto está más bien ideado para un performance en directo que combine los vídeos y la música, como ya hicieron en varias salas (como la barcelonesa Apolo) a finales del año pasado. Puede que el experimento debiera haberse quedado ahí, puede que su exhibición desde un planteamiento convencional (entiéndase, un patio de butacas lleno de público que ha pagado su entrada) no sea el mejor modo de presentar un ensayo de estas características. Aun así, Després de la generació feliç no es una obra vacía. Blanca la dota de contenido, y sus conclusiones ponen los pelos de punta.

    La película parte de un acontecimiento que sorprendió al propio director. Xesco Boix, aquel cantante de música infantil que invitaba a los niños a disfrutar de la vida y aseguraba que el porvenir era maravilloso, acabó suicidándose a mediados de los años 80. El mismo que nos pintaba un mundo de colores, que nos hablaba de la felicidad, de gallos que hacían kirkiriki, gatos que hacían miau y patos que hacían cuac mientras los alimentaba en el jardín, ese mismo acabó sus días superado por la propia vida que describía. ¿Qué les podría deparar el futuro a estas pobres criaturas que disfrutaban con las letras de las canciones infantiles y crecían soñando con los mundos que describían? Con este planteamiento, la película se construye en tres frentes: por un lado, las imágenes de vídeos domésticos sin dueño conforman el mapa visual de una generación; por otro, las versiones musicales de los clásicos infantiles adaptados por Joan Colomo, Za! y Sara Fontán junto con la banda sonora de Internet 2 crean la atmósfera extraña, psicodélica e incluso insana que esta exploración de los miedos de la infancia requería; por último, el triangulo se completa con la historia que se intenta dibujar a través de la voz en off y que nos habla de las tragedias de una familia en la que el padre era músico de canciones infantiles, la madre era una bruja y los niños fueron abandonados en el bosque. La unión de estos tres vértices nos empuja a hacernos una pregunta diabólica: ¿fue nuestra infancia realmente tan feliz?

    por EAM
    noviembre 23, 2014

    (Alternativa 14) Crítica | Después de la generación feliz

    por EAM | noviembre 23, 2014

    De Mumbái a Barcelona

    crítica a Rastros de sándalo (Rastres de sàndal, 2014), dirigida por María Ripoll. | ★★ |

    Después de varias vicisitudes, filmada entre la India y Barcelona, en inglés y en catalán, sin subvenciones públicas y con campaña de micro mecenazgo incluida tras la inadvertida retirada de algunos inversores, María Ripoll –Tu vida en 65’ (2006)– consiguió estrenar, en el sexagésimo segundo Festival de San Sebastián y en la Seminci de Valladolid, su última película: Rastres de sàndal (Rastros de sándalo, 2014). El mérito de esta producción, al margen de su resultado final, es el hercúleo trabajo de pre producción que hay detrás. No se puede obviar que está sufragada exclusivamente por inversionistas privados, empresas y fundaciones catalanas. La historia gira en torno a Muna, una estrella de Bollywood que está obsesionada con descubrir el paradero de su hermana, Sita/Paula (Aina Clotet), de la que fue separada cuando no eran más que unas crías. Ambas se reencontrarán en Barcelona treinta años después y Sita/Paula emprenderá un viaje, espiritual y físico, a sus orígenes. Muna está interpretada por Nandita Das, directora e intérprete hindú que se mueve en el circuito allende de las fronteras bollywoodienses. Hace año y medio en una entrevista concedida a El País mostraba su rechazo a ser considerada parte de la industria que más películas factura por temporada. “El cine en India no solo es Bollywood, es mucho más. Tenemos otra industria. Lo mío es el cine independiente” (El País 21-5-2013). Su presencia así como las localizaciones (Barcelona y Mumbai) eran fundamentales para llevar a la gran pantalla la novela homónima en la que está basada (coescrita por la productora y guionista Anna Soler-Pont). Nada fue dejado al azar en la cimentación de Rastros de Sándalo, ya que se decidió que los equipos estuviesen dirigidos por mujeres, dando así un golpe en la mesa en una industria cada vez más masculinizada. Como ven un trabajo plagado de gente comprometida, de principio a fin.

    Rastros de sándalo es un viaje intercultural que apela al drama de las adopciones para remover las entrañas del espectador. Entre Mumbái y Barcelona, Ripoll y Soler-Pont erigen una historia de separación, amor y descubrimiento. Las localizaciones tienen una importancia en absoluto despreciable en el desarrollo de la trama; la apasionada India se postula como el detonante de la ruptura o el reencuentro y la modernista Barcelona aporta el punto suspicaz y escéptico del cuento. En la forja de esa identidad es clave la labor de la directora de fotografía Raquel Fernández Núñez. Sin una quiebra estética radical y manteniendo la línea entre ambos mundos se logra apreciar los contrastes que delimitan las personalidades geográficas y, al mismo tiempo, la película se percibe como una unidad; no como bloques estéticos diferenciados que podrían responder a las distintas ciudades o las diferentes épocas. La fotografía ejerce de puente visual para un relato estructurado de manera bastante inteligente si bien los atrezos que lo adornan no son igual de afortunados. La idea de no adaptar todas las tramas de la novela, centrándose en una sola, abarata los costes y a priori esquiva el manido error de intentar calcar el libro en la gran pantalla. El otro truco narrativo elogiable, a mi juicio, es la utilización de la ficción dentro de la ficción para llevar a cabo los flashback. Más cuestionables son otro tipo de decisiones que fuerzan la presencia de eventualidades que llevan implícita una deriva que algunos encontrarán emocionante y otros en exceso sensiblera. Yendo a lo obvio y dejando a un lado si hemos empatizado o no con las protagonistas; la relación que florece por azaroso capricho del destino entre Paula y un hindú, empleado de esas típicas tiendas de aparatos tecnológicos que inundan el paisaje urbano de Barcelona, es cuanto menos fastidiosa, por azucarada y exagerada en su redundante recreación de lo fortuito.

    por Anónimo
    noviembre 15, 2014

    Crítica | Rastros de sándalo

    por Anónimo | noviembre 15, 2014

    Eterna ternura

    crítica a No todo es vigilia (2014), dirigida por Hermes Paralluelo. | ★★★ |

    En torno a mediados de los años cuarenta, Felisa Lou y Antonio Paralluelo se enamoraban y se casaban en Teruel. Saltando la enorme distancia temporal que ha pasado desde entonces, nada más y nada menos que más de sesenta años, su nieto, Hermes Paralluelo, decide realizar un documental sobre su vida cotidiana en la vejez. Una propuesta de regusto underground profunda y sincera, quizás de excesiva duración para las características de su contenido, pero desplegando una exquisita factura técnica y lo más importante, mostrándonos una historia real capaz de tocar nuestra fibra sensible y provocar nuestra reflexión. No todo es vigilia, bonito nombre para enmarcar esa sensación de hastío por la vejez, de amor por la pareja de toda una vida y de fragilidad en el entorno cotidiano, nos presenta a dos únicos personajes principales que bien podrían ser nuestros abuelos. Los tuyos, los míos, los de cualquiera. Unos ancianos españoles con sus tormentos y achaques de salud, de desgastadas manos fruto de toda una vida en el campo sin descanso, su soledad escalofriante, sus recuerdos entrañables de juventud, su desorientación ante el progreso, y, sobre todo, su profundo amor, fruto de décadas y décadas de convivencia compartida. Es ese retrato al desnudo de la pareja, acertado y milimétrico, la principal virtud de esta obra documental, estableciendo un vínculo afectivo entre el espectador y los protagonistas muy complicado de romper. Algo que corroboró la platea donostiarra tras su paso por la 62ª edición del Festival de San Sebastián en el apartado de Nuevos directores.

    Hermes Paralluelo no tiene ninguna prisa. Filma, desde los primeros instantes, pasillos que se antojan eternos, las esquinas lúgubres de los hospitales, la duermevela en un hogar opresivo y poco iluminado, las camas deshechas, y las tazas de café caliente en la cocina para sobrellevar el frío invierno del interior peninsular. No le importa que entre diálogo y diálogo, los interiores que acogen la vida de sus retratados también se llenen de silencio. De angustia universal por la muerte, de miedo a la separación, de la negativa de Felisa a ponerse en manos de una residencia de ancianos. Seis décadas después de casarse, esta posibilidad en el horizonte es una amenaza para la tranquilidad de esta señora, una mujer de armas tomar que conserva un gran sentido del humor a pesar de los obstáculos que la vida le ha puesto en el camino.

    por Anónimo
    noviembre 05, 2014

    Crítica | No todo es vigilia

    por Anónimo | noviembre 05, 2014
    Magical Girl

    ‘Sí pudieras elegir un poder mágico ¿Cuál elegirías?’

    crítica a Magical Girl (2014), dirigida por Carlos Vermut.

    No ha sido hasta hace relativamente poco que el cine español ha experimentado un cambio de atmósfera provocado por la aparición de una serie de nuevos directores que han optado por vías poco ortodoxas para sacar adelante sus ficciones. Una corriente que ya posee etiqueta, la del denominado cine low cost, y ante la que caben opiniones de todo tipo; desde un escepticismo algo impostado en su esnobismo, a una defensa a ultranza carente de matices y autocrítica. Ninguno de los extremos es sano, pero no estamos aquí para cuestionar el método, sino para hablar de sus consecuencias. Inquietudes narrativas de identidad algo excéntricas pero indudablemente genuinas, como la del Juan Cavestany de Dispongo de barcos (2010) o propuestas alternativas de creación como la del conocido littlesecretfilm, plataforma de cineastas en alza como Pablo Maqueda, fundador de la misma, o promesas como David Sainz, que el año pasado llamó la atención con Obra 67 (2013). La aparición de Carlos Vermut se contextualiza en esta repentina inquietud, por parte de la nueva juventud de cineastas españoles, de poder salir adelante sin necesidad del apoyo de grandes productoras, buscando su hueco en las periferias de la dominancia de los grandes nombres.

    Diamond Flash (2011) ya sentó unas bases muy solidas en cuanto a estilo y discurso en la reinvención de conceptos tales como ‘superhéroe’, del que se hace un uso asociado a cierto ambiente costumbrista, de relaciones materno-filiales y maltrato físico, que luego desemboca en una extrañeza perturbadora que afecta a todos los personajes, a la vez que a ciertas localizaciones. Efecto resaltado por esa afinidad hacia el plano fijo, de composición exquisita y con gusto por los colores pastel, que ya estaba presente en la apertura de su debut, y que vuelve a marcar la paleta visual de su sucesora: Magical Girl (2014). La entrada en un submundo que Vermut define de manera casi mitológica, a través de una simbología muy sutil que hace suya la filosofía de contar más con menos, de relatar mediante elipsis muy bien situadas, dejando fuera de campo las lagunas más tenebrosas del viaje de sus protagonistas: Bárbara y Luis, en la búsqueda y el pago de un carísimo vestido de la heroína de un manga japonés. El descenso de ella, obligada a enfrentarse a sus propios demonios, (plasmados casi con una literalidad maléfica estremecedora en la figura de una puerta coronada por el dibujo de un lagarto negro) y la inconsciencia de él para darle a su hija, enferma de cáncer, su segundo mayor deseo (pues el primero es un sueño poco menos que imposible).

    por Unknown
    octubre 23, 2014

    Crítica | Magical Girl

    por Unknown | octubre 23, 2014
    El arca de Noé

    Bendito desbarajuste

    crítica a El arca de Noé (2014), dirigida por Adán Aliaga, David Valero. | ★★ |

    Una fábrica abandonada, corte. Un personaje que se restriega un soplador de aire por la cara con enigmática función, corte. El mismo personaje se entretiene un rato escupiendo al suelo antes de copular al aire libre con su señora, corte. Una radio vieja emite entre zumbidos e interferencias un mensaje esperanzador: el actual presidente del gobierno, Mariano Rajoy, asegura que el próximo año, el 2020, habrá por fin muestras de recuperación económica. Risas en la sala, corte. Bienvenidos a la increíble y a la vez corriente historia de Paco y Miguel, dos guardas de seguridad que después de pasar ocho años trabajando codo con codo en una enorme fábrica abandonada deciden por fin intercambiar sus primeras palabras. Justo antes de ser despedidos.

    Y no sé si se lo he dicho, pero no esperen nada típico o habitual, abróchense los cinturones y procuren disfrutar el máximo posible de esta marcianada, si no les aseguro que el visionado puede ser tan doloroso como una visita al dentista en el año 1845, sí, justo antes de que se inventara la anestesia (gracias Sturges). Una descomposición de más y más planos sueltos nos va dando pistas, o más que nada, ilustrándonos cosas muy raras de las que aparentemente no tenemos la menor idea, y vale que en el ADN de todo cineasta que se precie, o que al menos quiera preciarse, debe existir una corriente de destrucción de formas y de innovación; pero quizás está ambigüedad, por momentos de una poesía visual deslumbrante y por instantes cercana al fenómeno de video viral de youtube, sea demasiado. Y no es que perdamos la atención, es simplemente que la indiferencia puede hacer acto de presencia entre ligeras carcajadas en las que nos cuesta responder a la pregunta de si nos estamos riendo con la película o de ella. Pero con paciencia vuelve a llegar ese momento en el que podemos estar tentados a preguntarnos si nos estamos pasando de prepotentes y en realidad somos solo motitas de polvo ante genios creadores que nunca comprenderemos. “Esa escultura no es para ningún cliente, es una máquina que estamos haciendo Paco y yo para irnos de aquí.” Una suerte de arca de Noé sin Noé. ¿Y qué pasa con los animales? Los tenemos en la pareja protagonista y en su enigmática (como casi todos los elementos del filme) compañera, que siguiendo una época de crisis, tanto personal como situacional, se embarcarán en un viaje hacia lo desconocido. Tan desconocido que es difícil dar una única alternativa como válida.

    por Emilio M. Luna
    octubre 22, 2014

    [Seminci] Crítica | El arca de Noé

    por Emilio M. Luna | octubre 22, 2014

    Replicantes nacionales

    crítica a Autómata (2014), dirigida por Gabe Ibáñez. | ★★ |

    Gabe Ibáñez entregó en su día un brillante ejercicio formal cargado de atmósfera y visualmente poderoso que se veía lastrado por una historia de conclusión débil y bastante morosa. Hablamos de Hierro (2009), un drama con tintes de terror ambientado en la isla del mismo nombre, que se beneficiaba de los impresionantes parajes naturales del lugar y de una intensa interpretación de Elena Anaya que le valdría el Premio a la Mejor Actriz en el Festival de Sitges de aquel año. Ahora, cinco años más tarde, el cineasta regresa entre un público expectante con el que es, no conviene olvidarlo, su segundo filme. Una apuesta arriesgada, pues hablamos de una cinta de ciencia ficción que, aunque algunos lo tilden de condescendiente, es un género apenas tratado en España, y con resultados siempre discutibles. Sólo determinados cineastas aparecidos esta última década, como Nacho Vigalondo o Kike Maillo, han sabido darle cierto brillo con enfoques elegantes e imaginativos que, a pesar de las concesiones, conseguían defender su particularidad. En este contexto, Autómata (2014) tiene un rol difícil; y es el de mantener el tipo entre espectadores que han bebido mucho del cine americano, del que el filme de Ibañez es deudor claro, con un relato de intrigas e investigaciones plagada de referencias, alrededor de un trabajador de una de las empresas de robótica líder del sector, investigando el extraño caso de un androide ‘asesinado’ por haber estado haciéndose mejoras a sí mismo, desobedeciendo uno de los protocolos inamovibles de toda máquina, la de no retocarse si no es por orden de un humano.

    El recelo por lo que uno podía encontrarse al final ha visto cumplidas las peores sospechas cuando, a medida que avanzaba la trama, se ponían cada vez más de manifiesto algunos de los errores cometidos por sus responsables. En primer lugar, un guión demasiado grandilocuente en sus diálogos, donde las frases solemnes, y saturadas de filosóficas sentencias sobre la vida y la naturaleza de las maquinas, ahoga tanto las escenas que se vuelven insoportables. Algo que se acentúa en la segunda mitad del desarrollo, cuando Antonio Banderas (recordando a la monocromática intensidad del Denzel Washington de El protector), se adentra en territorio desértico a través de un giro argumental que parece no tener una lógica clara. Ahí aparece el segundo fallo, la falta de motivación de unos personajes que se mueven sin un objetivo claro, deambulando entre unas sangrantes referencias a Blade Runner (1982) y un pretendido ejercicio de cine negro brutalmente descafeinado, antes de que el conjunto derive en una cinta de acción en el desierto deudora de algunos pasajes de Inteligencia Artificial (A. I. Artificial Inteligence - 2001). No beneficia, en cuanto a credibilidad, darle a Melanie Griffith un papel tan testimonial como superfluo, que deja a la vista lo perdida que se encuentra. El casting no consigue química y el desesperado empeño por proveer de empatía al robot llamado Cloe se queda en agua de borrajas, en parte por una postproducción demasiado intrusiva en pantalla que echa a perder una fotografía bien pensada, de eminentes colores terrosos y beige. Este digitalismo de photoshop hace que todo se perciba plastificado, poco natural y artificioso, incluso en localizaciones naturales.

    por Unknown
    octubre 18, 2014

    Crítica | Autómata

    por Unknown | octubre 18, 2014
    Los tontos y los estúpidos

    El teatro del cine

    crítica a Los tontos y los estúpidos (2014), dirigida por Roberto Castón. | ★★★ |

    Roberto Castón aterrizó en los Nuevos Directores de San Sebastián con un experimento narrativo consistente en contar una historia mediante el ensayo de los intérpretes en plató con la lectura de guión a voz en off. El equipo llega a primera hora de la mañana, en la misma apertura: una imagen en blanco y negro, sin sonido y en plano fijo abierto, que muestra el comienzo de jornada. La siguiente escena, ya en color, deja entrar el ruido de ambiente y las idas y venidas de los técnicos, mientras la cámara en mano juega al documentalismo metacinematográfico y a la veracidad de ambiente. El director y sus actores se sientan a la primera lectura del libreto, y así, anunciamos el Acto I. Relato coral, alrededor de varios personajes: Lourdes, dependienta en un supermercado y a cargo de una madre enferma de cáncer; Mario, médico con un matrimonio a la deriva; Paula, su mujer, encaprichada con el compañero de clase de francés de su hija y, por último, Miguel, un chico gay reservado y hacia el que Lourdes se siente atraída. El enredo está bien dispuesto. Dividido en un total de 3 actos, a lo largo de una serie de momentos escogidos, Castón cuenta su guión ficticio, titulado precisamente “los tontos y los estúpidos”, a través de estas prácticas, mostrando a cada interprete meterse en situación, a través de unos recursos marcadamente teatrales.

    La idea se acerca a lo que Von Trier llevó a cabo en Dogville (2003), pues, como el danés, el director español ha creído que desnudando a la historia de decorado, y de drama, ésta seguiría siendo efectiva en su esencia última. La preferencia de Castón para esta narrativa no parecen tener una motivación clara más allá de dar un sello autoral a un guión algo débil, que se cae por sí solo, más allá de las excentricidades de dirección. La evolución de las líneas argumentales se desploma y en algunos casos se perciben poco acertadas, sobre todo la referente al matrimonio de Paula y Mario, que acaba convirtiéndose en un folletín de romances de pretensiones cómicas fallidas. De hecho, la comicidad es una de las cuestiones pendientes, pues el despojo del entramado dramático hace que ciertos gags no tengan fuerza y provoquen indiferencia. Los jóvenes, en cambio, transmiten frescura y su trama es más agradecida. La lástima es que la amabilidad del tratamiento no salva el proyecto, que se ve con desgana y al que cuesta aferrarse. Todo se vuelve reiterativo y la carencia de elementos no modifica en nada lo que nos están contando, y ese pensamiento se mantiene hasta el último minuto. Podría haberse optado por un enfoque tradicional y el resultado habría sido el mismo en cuanto a contenido, pues el punto teatral no añade nada indispensable. En todo caso enaltece y ayuda a tapar las flaquezas de ciertas historias. Y ahí es donde uno se pregunta hasta qué punto esto es un experimento genuino, o la forma de tapar los agujeros de unos relatos algo indiferentes.

    por Unknown
    octubre 17, 2014

    Crítica | Los tontos y los estúpidos

    por Unknown | octubre 17, 2014

    Fantasía ventrílocua

    crítica a La distancia (2014), dirigida por Sergio Caballero. | ★★★ |

    El hundimiento de la Unión Soviética como metáfora de lo que pudo ser y de lo que feneció torcido —por cuestiones no ya económicas ni ideológicas, sino mandatarias— consiste aquí en un guarda con tacones rojos que se masturba furiosamente y, muy al trantrán, acosado por el placer más solitario, grita: ¡Pluto! Dos sílabas que adquieren en el desierto nevado de Siberia nuevas dimensiones o se abren a otra dimensión aún desconocida. Los cuerpos mutantes caminan entre dos realidades, ésta irreal, y una segunda invisible. Así, el vigilante sin "dueño" vigila no se sabe bien qué, pero no rehúye un solo día su encuentro con La distancia, performance que le fue robada a su excéntrico autor, ahora recluido junto a una central térmica que dirigía en los buenos tiempos un bolchevique aficionado al esoterismo. Y todo, a los pies de una mina de carbón también huérfana, es decir, sin dueño. Porque éste murió cinco años atrás y olvidó legar sus pertenencias, y el artista/secuestrado se quedó en catre, más solo que Robinson Crusoe, con una máscara de barro medicinal y un zorro pululando a capricho por la estancia, cuya decoración es: un escritorio, dos liebres muertas colgando de un pincho y, más arriba, tres gigantescas pizarras con fórmulas y cálculos matemáticos y el susodicho colchón sobre un antiguo somier de muelles. De esos que recuerdan a los tirantes de P. Tinto, que nunca supo si lo de cumplir con Olivia era cuestión de calidad o de cantidad, aun apostando siempre en sus envites por la tenacidad romana. Ya saben: tralarí, tralarí. Nadie invoca en La distancia a la cigüeña, y la gaseosa es sustituida por ese otro licor que calienta un iceberg y es —¡nasdrovia!— vodka, chupitos ardorosos de vodka; gasolina para combatir un invierno perpetuo y que amenaza surrealismo.

    –Quiero que entres y localices la sala de las calderas.
    –¿No sería más fácil acabar con el guarda?
    –Aquí el que manda soy yo, y además tenemos un timing.
    –Tenemos un timing, tenemos un timing... Me tienes hasta los cojones. Llevo aquí tres días y aún no he matado a nadie.

    Presentada a competición en el recién clausurado Festival de Sitges y en otro relevante europeo como es el de Róterdam, esta parábola de fractales quijotescas —escrita y dirigida por Sergio Caballero— deviene película freak del año. Sin acepciones peyorativas. Pocos sabrán de su existencia, y los que gusten se interrogarán a un tiempo aturdidos y con la imaginación bailando tangos, entre cubos que exhalan blanquecino como botafumeiros nipones y casetes que aúllan penurias de mujeres ¿siendo torturadas?, mientras tres enanos asesinos con la recua al culo y que se comunican telepáticamente urden un cochambroso plan a petición del artista, que reclama su masterpiece; así lo dicen los que saben idiomas. Y este cine no es para todos porque no ha habido nunca uno para todos. Se excede Caballero, eso sí, a la hora de torturarnos con navaja e higadillos muy estéticos que, si no estuvieran, mejor y gracias. A lo largo de siete días, siete capítulos que se consagran a un humor casi imperceptible, más comedia por (d)efecto que por trayectoria argumental, los personajes se desprecian a capones dialécticos, y la prosopopeya, eso tan literario y posmoderno consistente —entre otras travesuras— en humanizar objetos inanimados, o bien funciona o bien te obliga a pensar en el género, precisamente, de animación: se intuye la sátira teledirigida contra Disney y ciertos iconos de la cultura pop (nótese la repugnante mortadela Yoko Ono), cuyas apariciones ya no confieren siquiera halos póstumos, por el qué dirán hoy, ni aristas que pulir con artículos biodegradables. Tal vez sea una vendetta personal del autor; un guiño a su vertiente musiquera.

    por Anónimo
    octubre 16, 2014

    Crítica | La distancia

    por Anónimo | octubre 16, 2014
    Torrente 5

    Farándula cañí

    crítica de Torrente 5, dirigida por Santiago Segura, 2014 | ★★★ |

    Lo contó José Luis Cantero, El Fary, ante las cámaras de Televisión Española con su desparpajo natural y un tinto sobre la mesa. Un día de güisquis y pitis, mientras él y sus cómplices apuraban partida de mus, dos chavales entraron al bar y empezaron a liarse un porro. El dueño, que se llamaba Pablo y gastaba bigote franquista, rápidamente se olió el percal y los mandó sin cuitas a liquidar filtro a la calle, que es de todos y nadie suele discutir porque se anegue de humo-de-la-risa o mierdas varias pues es sólo de paso y en sí una gran plaza que no cierra nunca. "Venga, chavales, a la calle. De mandanga nada, eh. No me perjudiquéis", dijo el tabernero. Es tema sonado y cultura popular con aires psicotrópicos; El Fary arrimó el hombro a los porreros amateurs y los defendió ante sus amigos soltando unas cuantas frases marca de la casa. "Deja a los chavalotes, Pablo. Déjalos que caminen como ellos camelen; si los chavales camelan pegarle un poquito a la lejía, o camelan pegarle un poco a la mandanga, pues déjalos". Fue un instante de paternalismo drogota el que precedió a otro de lucidez autoral. El Fary cedió su asiento, caliente y en estado de gracia, y subió a su coche con destino ninguna parte. A los pocos minutos paró en una esquina y todavía a bordo "del auto", empezó a escribir como poseído ("yo lo tengo muy difícil, porque tengo que hacer la melodía, escribir y hacer el ritmo al mismo tiempo") y en apenas media hora ya había firmado "un melocotonazo" sobre las peripecias de unos fumetas de mandanga que se dan a la noche en disco-bares con pibitas y noveles quinceañeros con peluquín en lonchas.

    Cantaba el Fary que él no conseguía descifrar esa jerga sin precedentes; si acaso que se decían "dame la mandanga y déjame de tem-a, dame chocolate que me ponga bien" los unos a los otros. Toda esa poesía rancia y medio quinqui cristalizó en el cuplé calorro de extrarradio madrileño como Dylan y su folk en el Greenwich Village decenios atrás. Todo ese patetismo bañado en pretensiones musicales hace de José Luis Cantero una figura que, mal que les pese a sus acólitos, se consagra a un tiempo y una cultura esencialmente anacrónica, pero cierta, según la cual durante varios decenios los casetes de este autor se dispensaron como aspirinas en los paradores nacionales. Allí entrabas a relajar esfínteres y, en tanto bebías un cafelito o te comías el bocata, girabas también la rueda con cedeses rumberos y películas de transmisión (poco) intelectual. Pero es El Fary y, por extensión, Torrente, tan distintivo y español como el jamón de pata negra o la negra pata de tu señora al sol en Torremolinos. ¿Tópicos? Por supuesto que sí. Presumía El Fary de bailongo y de haber alternado con Ava Gardner; su hijo Javier lo despidió diciendo que fue "un hombre de los pies a la cabeza" y hasta comercializaron un muñeco suyo con ventosa que movía el brazo del micro como Elvis las caderas. Fue taxista en una serie de televisión y la gente, sibarita o no, sonríe siempre, con alegría o bilis, al escuchar Apatrullando la ciudad, Torito guapo, Caravirubi, La chica de los limones, Categoría o El bichito del amor. La por entonces ministra de Cultura Carmen Calvo se refirió a él, tras su fallecimiento en 2007, como "ese héroe popular que sale de un lugar común corriente y cumple su sueño de ser artista". Que es como decir mucho y casi nada. El Fary se lo creía, y es muy español eso de dárselas con palillo en la boca. ¿Tópicos? Que no falten.

    por Anónimo
    octubre 03, 2014

    Crítica | Torrente 5: Operación Eurovegas

    por Anónimo | octubre 03, 2014
    La isla mínima

    Misterio en las marismas

    crítica de La isla mínima | dirigida por Alberto Rodríguez, 2014

    El cine español está de enhorabuena. Las películas de género (policíaco) facturadas en nuestro país están alcanzando unas cotas de solidez narrativa y visual que callan muchas bocas que, durante años, han cuestionado la capacidad de nuestros cineastas para entregar productos de cine negro que puedan competir de tú a tú con las producciones extranjeras. En los últimos años hemos tenido admirables ejemplos como La caja 507 (Enrique Urbizu, 2002), La noche de los girasoles (Jorge Sánchez-Cabezudo, 2006) o Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), que sirvieron para derribar tan estúpidos prejuicios. Este 2014, dos impactantes thrillers compiten por ser el título español del año: la muy taquillera (y estupenda) El niño de Daniel Monzón y La isla mínima, salto de gigante para su interesante director, el sevillano Alberto Rodríguez, tras obras tan estimulantes como 7 vírgenes (2005) o Grupo 7 (2012) –claro precedente estilístico del filme que nos ocupa–, que inauguró de manera triunfal la Sección Oficial del último Festival de San Sebastián y que acabó conquistando los premios a la mejor interpretación masculina y mejor fotografía.

    La historia de La isla mínima se enclava en un pueblo sevillano a orillas del Guadalquivir durante la recién instaurada democracia de 1980, cuando aún eran evidentes ciertos vestigios de los oscuros tiempos que vivió el país durante la dictadura. A este lugar llega, desde Madrid, una pareja de policías de homicidios convocada para investigar el caso de dos chicas adolescentes que desaparecieron sin dejar rastro durante la feria del pueblo. Algunos testigos las vieron por última vez subiendo a un coche en medio de la oscuridad de la noche. Juan, el más veterano de los detectives, es un tipo impulsivo, acostumbrado a ejercer la violencia sobre los sospechosos con tal de lograr información. Aficionado al alcohol y las prostitutas, su carácter primario contrasta con la contención y formas políticamente correctas del más joven, Pedro, que no verá con buenos ojos los métodos pocos ortodoxos de su compañero para resolver el misterio. A medida que ambos hombres se sumergen en la investigación, irán descubriendo una fauna de personajes que, bajo su aspecto de gente anodina, esconden numerosos secretos e intereses.

    por José Martín León
    septiembre 30, 2014

    Crítica | La isla mínima

    por José Martín León | septiembre 30, 2014

    Belleza indomable

    crítica de Costa da Morte | dirigida por Lois Patiño. 2013

    Si la naturaleza está regida por alguna deidad enloquecida o una masa de fuerzas salvajes ajena a la voluntad de los hombres, no podríamos encontrar mejor ejemplo gráfico y espiritual que sobrevolando los paisajes abruptos y hermosos de la Costa da Morte gallega. Un punto poético y temible, de compleja orografía que ya fue bautizado por los romanos en su día como el fin de la tierra, ese horizonte de Fisterra donde uno ya no puede caminar sino encomendarse a un océano inmenso y vigoroso, muchas veces despiadado. Una bestia azulada que tanto puede colmar su hambre con naufragios y desgracias como satisfacer los deseos de marisqueiros y pescadores que madrugan bastante más pronto que el sol. Y como una servidora ha nacido y pertenece a Galicia, cada centímetro de piel se me ha erizado al flotar por las atmósferas pictóricas y tormentosas que Lois Patiño ha decidido retratar en Costa da Morte, un proyecto audiovisual de definición escurridiza que podríamos ubicar entre los lindes del cine experimental, conceptual y documental.

    25.000 euros ha sido el irrisorio presupuesto con el que este joven autor vigués ha contado para acuñar una obra sin parangón que se me ha antojado valiente, compleja y de acabado unitario e imponente, a pesar de que desde un comienzo prejuzguemos el visionado lento o lo temamos aburrido. La ambición cinematográfica de sus 83 minutos de metraje pasa por esbozar un retrato antropológico de esta porción de paisaje gallego, sus gentes, leyendas y recuerdos, siempre en permanente relación con la dualidad que el mar y el monte dictaminan. Así, lugares de aura mágica como Corme, Malpica, Fisterra, Camariñas son los indicados para contraponer la intimidad de la experiencia humana con la inmensidad y trascendencia de la geografía. En una entrevista, el director aportaba su definición preferida del concepto de paisaje, cortesía de Carlos Muguiro: “Son estratos de tiempo condensados en una imagen”, y este lirismo subyace tras cada plano descubierto: imágenes contemporáneas engendradas por el pasado, el viento, la tradición y el clima. Imágenes que desde su lanzamiento el pasado año han recorrido 60 festivales y llegado a lugares recónditos del mundo, haciéndose con más de una decena de galardones, como el Mejor director emergente del Festival de Locarno en 2013 o el Puma de Plata a la Mejor Película en el FICUNAM mexicano. Para conjugar estas distancias perceptivas opuestas de persona y paisaje, Costa da Morte se subordina plenamente a las secuencias amplias y los planos largos de exteriores donde las figuras de personas aparecen muy alejadas y minimizadas, como hormiguitas vulnerables a los caprichos de la naturaleza.

    por Anónimo
    septiembre 30, 2014

    Crítica | Costa da Morte

    por Anónimo | septiembre 30, 2014
    El niño

    El peón que anhelaba ser 'Il capo di tutti Cádiz'

    crítica de El niño | dirigida por Daniel Monzón. 2014 | ★★★

    Manténganse sobre aviso: hay en el cine, y en la vida en general, una inclinación perniciosa a discriminar entre corrupción "buena" y corrupción "mala"; como si infringir la ley sólo fuese incorrecto cuando el infractor con i mayúscula es económicamente boyante. Como si esa desgracia sin paliativos llamada pobreza le autorizara (sí, ¿por qué no?) a uno a divorciarse del jefe y de la mujer al mismo tiempo, creando grupo en Whatsapp; y a salir, ya recluida la tarde, en esas horas que preceden al fin de todo, a tu balcón pegando tiros con una escopeta y un puro de utilería y un maletín rebosante de billetes purpúreos. Ni siquiera es necesario ser "pordiosero" para mandarlo todo al carajo y tirar pa'l monte con vete tú a saber qué ideas: una entelequia, quizá, derrocar el bipartidismo, a lo mejor. Descuiden: no entraré en detalles. Me pagan a partir del segundo párrafo, y los hay (lectores) con prisa. La corrupción, en fin, se extiende como la metástasis en un cine grande y en una España cada vez más disfuncional. País que, por si aún no lo sabían, hace frontera al sur con un continente descaradamente rico pero lleno de pobres a causa de muchas, demasiadas cosas; entre ellas la corrupción, que allí adquiere tintes pandémicos. ¿Les suena? La corrupción, como los kilos sobrantes, rasga vestiduras en áreas desfavorecidas y desfavorecedoras, siempre para favorecer las zonas más favorecidas: puertos de lujo donde atracan yates multimillonarios, académicos resorts a donde ir con la barriga y la mente colmadas, urbanizaciones que proliferan sólo hacia un hermetismo clasista, opulencia a la sombra de un arrabal tan intransitable como invisible, donde camellos por principio y mulas solitarias viven un Vietnam a escala, sin consuelo y participando de la corrupción que todo lo ve, todo lo quiere, todo lo engulle.

    Bienvenidos pues al Nuevo Sueño Europeísta: un sueño americano a la remanguillé, con democracia y en patines, donde robar sale más barato que soñar. Fundamentalmente, realismo. Básicamente, cine. Un complejo, arduo y aperturista cine en tierra de espectadores con vocación de gaditano con dos láseres azules que radiografía el Peñón, y cuya moto bien pudiera convertirlo en la sensación estival. Y la historia es aquí la que nunca abre el telediario, la de policías contra narcotraficantes y sus pequeñas historias encumbradas a la gloria de una tragedia atávica: querer más dinero, querer salir de la ciénaga, querer justificar tu placa con una gran incautación aun a sabiendas de que el hijoputa al que has trincado será sustituido inmediatamente por otro chófer de la mafia allí imperante; pero también que no hay salvación en el infierno que hundió a Frank Sobotka, jefe del sindicato de estibadores de Baltimore y, sin duda, uno de los mejores personajes de The Wire: acaso la mejor y más insólita sopa fría con regusto a clásico televisivo que te explotó en las narices. Él se doblegó frente a la idea de ayudar a los suyos caiga quien caiga, aunque no a cualquier precio, incluido él. Sobotka (Chris Bauer) un día miró fijamente a McNulty y éste pensó en cuán corruptos serían el polaco, su sobrino Nick y su hijo Ziggy con genitales de Rocco Siffredi e intelecto de Steve Urkel. En los astilleros Frank preconizaba una ley, no siempre silenciosa, inquebrantable para con los obreros que se reunían a trasegar chupitos de whisky Jameson y pintas de cerveza en el mismo bar de siempre, a la misma hora de siempre. Y hasta nuevo día.

    por Anónimo
    agosto 29, 2014

    Crítica | El niño

    por Anónimo | agosto 29, 2014
    Open Windows, de Nacho Vigalondo

    El thriller de la Era Gran Hermano

    crítica de Open Windows | Nacho Vigalondo, 2014

    Que Nacho Vigalondo es un tipo inteligente y con talento es algo que ya había quedado patente en sus fantásticos cortos. Con su debut en el largo, Los cronocrímenes (2007), le dio una genial vuelta de tuerca al tema de los viajes en el tiempo en el cine, logrando un título de culto instantáneo que hizo que su siguiente trabajo, Extraterrestre (2011), no cubriera –pese a sus muchos atractivos– todas las expectativas creadas. Aquella comedia romántica ambientada durante una invasión alienígena “fuera de campo”, minimalista e irónica, continúa pareciéndome una de esas cintas a las que el paso del tiempo acabará por hacer justicia. Ahora bien, Open Windows (2014), la tercera película de Vigalondo, está destinada a ser la prueba palpable de que el director cántabro ha alcanzado la madurez como cineasta. Se trata de un trabajo mucho más ambicioso, en coproducción con Estados Unidos, con una historia de suspense mucho más elaborada desde la planificación y un reparto encabezado por una estrella de Hollywood del calibre de Elijah Wood, el mismísimo Frodo de la saga de El señor de los anillos. Wood parece haberle cogido el gusto a rodar para nuestro cine, ya que tras Los crímenes de Oxford (2008, Álex de la Iglesia), el año pasado pudimos verle en aquel elegante ejercicio de suspense que fue Grand Piano a las órdenes de Eugenio Mira. Curiosamente, aquella película guarda muchas similitudes con Open Windows, ya que comparten el mismo patrón de protagonista: el chico normal e inocente que se encuentra en el lugar equivocado y en el momento inoportuno, viéndose utilizado bajo presión por el psicópata de turno para cometer su diabólico plan. También se les puede atribuir cierto parentesco en cuanto a la intriga con macguffin, no tanto con el cine de Hitchcock como con el de su discípulo aventajado Brian De Palma, con el que comparte ese gusto por el voyerismo y la pantalla partida.

    La historia nos presenta a Nick, joven creador de una web sobre su actriz favorita, Jill Goddard, que resulta ganador de un concurso en el cual disfrutará de una cena en compañía de la estrella, como parte de la campaña promocional de su nueva película. Mientras espera ilusionado en el hotel, alguien irrumpe en su ordenador portátil involucrándole en una oscura trama criminal que pone en serio peligro la vida de Jill. Conviene no desvelar demasiados detalles de la trama, ya que Vigalondo ha escrito un guión en el que las sorpresas y los giros argumentales inesperados no dejan de sucederse durante la vertiginosa hora y media de metraje. El director abandona la sencillez visual de sus primeros filmes para embarcarse en el auténtico reto que supone el mostrar una historia de acción y suspense íntegramente a través de la pantalla de un ordenador. Una sucesión de pantallas, ventanas emergentes, correos electrónicos e imágenes transmitidas desde cámaras de seguridad son los principales recursos estilísticos de los que Vigalondo se sirve para hacer que el espectador, al igual que Nick, participe de una aventura que exige muchísimo esfuerzo del espectador para no perderse ente tanta jerga informática. Quienes no se sientan familiarizados con palabras como “cortafuegos” o “hacker” desconectarán rápidamente de una película pensada y realizada para el público del siglo XXI, en unos tiempos en que parece existir una fascinación por observar las miserias televisadas del prójimo a través de programas como Gran Hermano. Vigalondo sabe que su público es voyeur y explota al máximo este ingrediente en un par de escenas –una de carácter erótico y otra en forma de prueba mortal donde la vida de uno de los personajes depende del número de personas que decidan apartar la vista de su muerte anunciada en directo–, aprovechando también que la otra estrella de la función es la antigua actriz porno Sasha Grey, reconvertida en intérprete seria desde que Steven Soderbergh la “descubriera” en The Girlfriend Experience (2009).

    por EAM
    julio 06, 2014

    Crítica | Open Windows

    por EAM | julio 06, 2014

    ...Divino tesoro

    crítica de Hermosa juventud | Jaime Rosales, 2014

    Hermosa juventud se estrenaba en Una cierta mirada del Festival de Cannes con buenas críticas por parte de los medios españoles allí presentes y aceptables, aunque no demasiado entusiastas, por los periodistas americanos. Jaime Rosales presentaba su película más comprometida, la que ha evidenciado su discurso más directo y menos contemplativo, el de los escombros dejados por la crisis y la falta de iniciativa y responsabilidades de una generación nacida a finales de los 80 y primeros 90 que ahora está empezando a heredar la problemática de un país en decadencia. Natalia y Carlos apenas tienen 23 años, no tienen trabajo, no han terminado los estudios y siguen viviendo con sus padres. Ella está embarazada y ninguno de los dos tiene un sustento propio. La entrega masiva de currículums constituye el día a día de Natalia, que va de entrevista en entrevista coleccionando nada más que desazón. La niña está a punto de nacer y se impone una acción inmediata. Tentados por la facilidad del porno casero para acumular pequeñas cantidades de dinero, la pareja decide probar suerte llevándose 300 euros tras un trabajo. Paralelamente, en el contexto familiar, la madre de Natalia intenta imponer una educación a la que su hijo no atiende, ansioso por abandonar los estudios en plena adolescencia mientras la manutención del bebé va inflando las facturas hasta un punto que resulta insostenible. Rosales, escritor del libreto junto a su coguionista Enric Rufas, aborda la problemática a la que puede enfrentarse una familia de clase media española con serias dificultades económicas.

    Ninguno de los chavales parece querer comprometerse. Y no es hasta que Natalia experimenta la responsabilidad de un hijo cuando su actitud cambia de la resignación a la lucha activa por mantenerlo el día de mañana. Mientras Rosales se mueve en un dinamismo de cámara que choca frontalmente con lo que han sido sus películas hasta ahora —recordando en ciertos instantes a la mirada dardenniana de El niño (2005), con la que guarda ciertas semejanzas de tono—, su óptica se centra en las actitudes de una juventud irónica en su hermosura. El mundo está dentro de un smartphone y la realidad es sólo el trasfondo borroso que bulle tras este corro de críos de 20 años que hablan de fútbol mientras juegan al CandyCrash y ella, Natalia, está al otro lado del parque discutiendo con su mejor amiga sobre cuál debe ser el siguiente paso para salir adelante. Rosales capta el pulso desganado de una generación que ha perdido la fe en un futuro al que no es capaz de mirar a la cara, de la misma forma que no pueden mirar a los ojos a las personas porque es más importante lo que ocurre en el teléfono y no hay escena en la que no salga un chaval mirando uno. La vida misma. El director incluso se permite experimentar con los formatos, alternando narración tradicional con elipsis contadas al ritmo de la galería de fotos de un móvil —en periodos de varios meses— y conversaciones a distancia que ponen la interfaz del whastapp a tamaño completo en pantalla. Rosales se muestra más expresivo que nunca en la dirección, ansioso por probar texturas diferentes, desde el marcado grano fotográfico que marca el canon de las escenas contadas a la manera clásica, pasando por el uso de cámara digital para la secuencia que involucra a Natalia y Carlos rodando sexo. ¿Para qué? Para evidenciar lo que ya vemos cada día, la deriva y degeneración de la comunicación personal en aras de una digitalización que se convierte en subtexto latente que ha marcado parte del carácter evasivo de estos chavales.

    por Unknown
    mayo 31, 2014

    Crítica | Hermosa juventud

    por Unknown | mayo 31, 2014
    Todos están muertos

    Breve manual para un costumbrismo arrebatado

    crítica de Todos están muertos | Beatriz Sanchís, 2014

    Un chalet luminoso, antiguo, tiempos mejores guardados bajo llave. El fantasma acude sin saber por qué; se aparece en el umbral de la puerta. Hola, soy yo. Lo pienso. No digo nada. Para qué. No te desmayes aún. Te brillan los ojos. Cocinas tartas por encargo, tartas de manzana con un aspecto inmejorable. Disculpa si no hago referencia a su sabor, ni al dulce humillo tras su no tan breve estancia en el horno. Yo estoy muerto y no tengo pies y soy tu hermano. ¿Me recuerdas? ¿Te acuerdas de qué morí? Tú ibas al volante con unas copas de más; yo dormía plácidamente en el asiento del copiloto. Yo ni me enteré. Mejor. Un chasquido y, voilà, al escondite-inglés-sin-mover-las-manos-ni-los-pies-ni-respirar. Game Over. Insert Coin, y mis huérfanos bolsillos que tiritan ante el horror de saberse insolventes. Así, un parpadeo perpetuo y la música by mi siempre fiel socio Casiotone. ¡Pii-pii-pii-pi! ¡Crash! Después, cristales sobre una alfombra de alquitrán. Las lunas del coche reflejando un satélite extremadamente níveo y con acné juvenil o mordiscos de viruela. Viaje sin retorno: no podrás (ni querrás) volver. O casi. Pues aquí estoy, en términos ectoplásmicos. Y no te culpo. Aquí estoy, aquí me materializo: más flaco que nunca. Y eso que las personas, dicen, sólo adelgazan veintiún gramos al morir. Y precisamente esa minucia, veintiún gramos intangibles, es lo que ves ahora. Soy tan leve que ni soy; o quizá un holograma en HD. Los muertos no guardamos rencor, es inútil, no sirve, hay tanto por hacer; allí arriba —¿o era Allí, con mayúscula, sin cartas de navegación ni GPS?— nos enseñan a no tener lo que se dice un "pensamiento mágico". No te desmayes aún. No me mires así; soy yo, así soy yo. Recién caído como un ángel del punk-rock: pantalón de cuero negro, camisa polícroma con estampado imposible y un corte de pelo a lo Magua, el cruel y sanguinario indio al que interpretaba Wes Studi en El último mohicano. Un rostro marcial, monolítico; piedra y carne, nariz arcana y sonrisa oblicua. ¿Sabías que Wes Studi siempre ha sido viejo? Como, quizá lo leyera en algún libro, paso a ampliar la enumeración, Walter Brennan o Burgess Meredith o Max von Sydow o Ian McKellen o Harry Dean Stanton o Maggie Smith o Martin Landau o Brenda Fricker, la intimidante y harapienta pero muy cariñosa pigeon lady o dama de las palomas de Solo en casa 2: Perdido en Nueva York, y Óscar a mejor actriz secundaria por Mi pie izquierdo; añejos y lijosos cuando todavía se chupaban el dedo pulgar. Para ellos la pregunta "¿qué quieres ser de mayor?" carecía totalmente de sentido, de lógica, de fuerza visionaria. Ya eran mayores a sus diez años. Tengo memoria, ya ves, no olvido esos detalles. Por mí no pasa el tiempo.

    ¿Qué es un fantasma sino un recuerdo elástico? ¿Qué se pregunta Beatriz Sanchís cuando su protagonista, Lupe, le calza las botas de cowboy a su hermano recién aparecido ante ella tras la sacrílega petición de su madre, mexicana hasta las cachas, el mismo Día de los Muertos? O, más aún, ¿qué nos ofrece a nosotros al centrifugar una suerte de realismo mágico cuyo backstage amplía horizontes a partir de una historia que juega en el filo no ya de la navaja sino de una tan posible como temible sensiblería por (de)efecto? Lupe, otrora estrella del synthpop —vestigio y alma en penumbra de la Movida madrileña, se intuye— hoy recluida con su madre (Angélica Aragón) y un hijo pre-adolescente incapaz de enfrentar sus propios miedos, muestra claros signos de agorafobia y una depresión no ya imbatible sino más bien fruto de una cierta melancolía post-traumática, ya que se siente culpable por la temprana desaparición de su hermano, y ese crío que pulula a su alrededor con las hormonas a cien es lo más parecido a un grano en el trasero de la oreja; zombi políticamente prematuro en un capítulo de Cuéntame cómo pasó versión indie (no le faltan ni los jerseys demodé o, mejor dicho, vintage); o Cuéntame cómo sucediste, a años luz de un sónar in y con un nuevo y oportunista —y malote al tran-tran; un Kurt Cobain de Inditex, aun en 1996, conseguido aceptablemente por Patrick Criado, el riff seminal con piernas de líbero— amigo cada vez más pegajoso según transcurren los minutos. Apenas un fogonazo que, no sin espíritu alegórico, conduce luminosamente hacia aguas turbias. Aquí el muerto se limita a expresar incertidumbres; calla pero no otorga, y entre tanto claroscuro se convierte en un muerto reafirmándose como pretérito definitivo: ya da igual, ya pasó, ya sólo queda Lupe para echarse sobre sí toda duda existencial.

    por Anónimo
    mayo 28, 2014

    Crítica | Todos están muertos

    por Anónimo | mayo 28, 2014
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    Solidez estética


    «Nunca nadie le ha puesto estrellitas al amor. Nunca nadie... ¿En serio?». — Anónimo

    Voy. Empiezo. Uno-dos, uno-dos, uno-dos. Heyy, sí; heyy, sí. Repito, subo el fader: ¡voy! ¿Me leen bien los goonies, y los trols, y la pareja acaramelada de la antepenúltima fila? Empiezo así: sin agobios pero sin pausa. Recién nacido un día más, contando los minutos para la extinción de esta y todas las críticas cinematográficas que alguna vez fueron sprints interminables, insolubles, fastuosos, cuculiformes; (dis)tensión muscular y psicológica en slow motion, y no simples postas en la carrera del llamado social media marketing. Y justo ahí —plano máster, perfil en horizontal— me dejo caer, la dejo a ella sobre mí, deshecho yo hasta el clímax. No en primera sino en tercera persona del singular. Él y ella, el uno a breves e intermitentes risotadas y la otra inventando nuevos modelos de ergonomía sexual y sentimental para un mundo que ya no importa o tal vez simboliza, como dice la canción de María Teresa Vera Veinte años, a ese pasado que no se debe recordar. Recién hechos los dos, en la cresta de la ola, todo inmovilismo y movimiento y fricción, y ay-ahí-así-no-jo-ja-que-me-que-me. Alcance con escuchar un diálogo, el primer diálogo, para alcanzar un éxtasis mañanero. Mientras la chica articula (tal vez por determinación artística, o por mala captura del sonido) un fuck me casi inaudible, una especie de gemido pre-orgásmico que resta tensión al día por venir, cualquier lunes o miércoles con doce horas por robarle al reloj. Ya entonces nos olemos la tostada y, también, nos la comemos con mantequilla y confitura de frambuesa porque la de melocotón sólo es recomendable para esos desayunos específicamente raros y enrarecidos: pura transgresión que nos retrotrae —una vez más, ya van ciento y la mami— al Tropiezo; aquel tropiezo que supuso varios centenares de preguntas sin contestación, y la subsiguiente terapia que jamás supo al color que debía saber. Y sigo, aún es pronto. La cámara apenas se mueve, y no importa que así sea. Al fin y al cabo están viviendo su privacidad interrumpida y nosotros, voyeurs invitados a mirar a través del objetivo, hacemos eso y mucho más: observar con el rigor morboso del que anhela la catarsis definitiva y la ranura transformada en abismo sin fin ni reset. Y los novios son felices, y él estudia para unas oposiciones ("opos, tú") y ella (british radicada en Barcelona) da clases de inglés aunque en realidad quiere con toda su alma dedicarse a lo suyo, que es la fotografía. Así pues, tras el polvo toca desempolvar el quid de esta película sobre el amor no ya "a distancia" sino más bien distante, con la barrera de una pantalla LCD transmitiendo un frío virtual en tanto que los dos altavoces del portátil modulan un paisaje íntimo que, poro a poro, erosiona a los protagonistas de 10.000 km.

    por Anónimo
    mayo 16, 2014

    Crítica | 10.000 km

    por Anónimo | mayo 16, 2014
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