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    Carlos Marques-Marcet
    Carlos Marques-Marcet
    || Críticas | Seminci 2024 | ★★★☆☆ ½
    Polvo serán
    Carlos Marques-Marcet
    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    España, Suiza, Italia, 2024. Título original: Polvo serán. Duración: 106 min. Dirección: Carlos Marqués-Marcet . Guion: Carlos Marqués-Marcet, Clara Roquet, Coral Cruz. Música: María Arnal. Fotografía: Gabriel Sandru. Compañías: Lastor Media, Kino Produzioni, Alina Film, RTVE, Movistar Plus+. Reparto: Ángela Molina, Alfredo Castro, Mónica Almirall.

    El cine de Carlos Marques-Marcet se había caracterizado hasta el momento por la forma en que los cuerpos de sus actores trazaban dentro de las entrañas de cada plano una caligrafía gestual, marcada siempre por unos quiebros y unos espacios vacíos que grababan sus estados emocionales sobre la piel de los fotogramas, tan viva como sutil, tan transparente como densa en cada una de sus capas; por el modo en que los rostros se disponían dentro del encuadre estableciendo un lenguaje nuevo cuyo alfabeto estaba compuesto por un conjunto de distanciamientos y acercamientos, de miradas que se buscaban sin encontrarse y silencios que perfilaban sobre la superficie de la imagen las ausencias, ansias y angustias de sus personajes; por la facilidad con la que los pisos en los que vivían sus protagonistas contaban, desde su mutismo desenfocado, más sobre ellos que sus propias palabras. Las suyas eran unas cintas en las que el naturalismo de la puesta en escena ocultaba dentro de su aparente sencillez un intrincado entramado de ideas sobre el amor y sus diferentes estados, en las que la cámara buscaba siempre filmar a sus criaturas cerca de las ventanas de sus hogares para que luz que entraba por ellas evitase que los picos dramáticos más viscerales oscureciesen el vitalismo de la propuesta. Eran las suyas, en fin, obras humanistas que abrazaban el pulso caótico de la vida para convertirlo en emblema.

    Precisamente por eso, su nueva película supone una ruptura total para con sus anteriores trabajos. Si Los días que vendrán se cerraba con un parto que dirigía la mirada de la pareja interpretada por David Verdaguer y María Rodríguez Soto hacia un horizonte incierto calentado por la arena de la playa, Polvo serán se abre con la certeza de la proximidad de una muerte: aquel futuro al que hacía mención el primer título se ha convertido en el segundo en un pasado que nunca es observado con melancolía ni nostalgia, pero que tampoco aporta notas excesivamente alegres que rebajen la fiereza del magma mortuorio sobre el que están construidas las imágenes. La primera escena, en la que Ángela Molina exterioriza bailando la crisis nerviosa que está sufriendo por culpa de la cercanía del final, resulta, de entrada, algo cómica por la pomposidad de sus gestos: por debajo, late la idea de la vida como un valls absurdo marcado por el ritmo del azar. Marques-Marcet convierte este punto de partida en el eje vertebrador de un musical en el que utiliza los tropos de la literatura barroca —ya lo anuncian los versos de Quevedo que dan nombre a la cinta— para cincelar un soneto de formas muy marcadas en el que cada verso supone un ángulo distinto desde el que observar el devenir del proceso de la muerte.

    Una muerte a la que los personajes se enfrentan asumiendo los preceptos filosóficos del estoicismo que marca gran parte de la producción barroca, pero sin ornamentar el proceso con grandes ampulosidades estéticas; de hecho, es el propio director quien, con cada número musical protagonizado por esqueletos —de una fuerza visual comparable al inicio de Clímax, todo hay que decirlo—, insiste en mostrar una visión afectada y operística del ocaso, quien se esfuerza por recalcar el carácter solemne de cada momento. Dividida en tres partes bien diferenciadas, la película cuenta la historia de Claudia, una actriz que, después de que le diagnostiquen un tumor terminal, decide viajar a Suiza para someterse a la eutanasia. Así, su marido la sorprende confesándole que la va a acompañar en el viaje para terminar también con su vida, puesto que se niega a quedarse en un mundo en el que no esté ella. A partir de aquí, Marques-Marcet se esfuerza por reunir diferentes voces —la pareja protagonista, sus tres hijos— que reaccionen a la cercanía del final desde dentro de en un mismo plano de composición sobrecargada, desde cuyas esquinas unos espejos –convertidos en intermediarios entre la confesión y el mutismo, entre el llanto arrebatado y la contención hierática–​ intentan reflejar aquellas emociones y recuerdos que los personajes luchan por ocultar frente a la cámara, aquellos destellos del pasado que marcan tanto la dinámica familiar general como la forma en que los miembros se relacionan entre ellos.

    Es esta, por tanto, una cinta que rastrea cada matiz verbal, cada temblor físico, cada lágrima contenida, cada silencio premeditado y cada mirada que se enreda en una telaraña de miedo e incertidumbre, buscando capturar los diferentes meandros que toma el río de la vida antes de desembocar en el mar de Manrique. Como viene siendo habitual en el cine de Marques-Marcet, lo que importa no es tanto el anuncio de una decisión que lo cambiará todo, ni la discusión en la que se explicitan diferencias del pasado, sino la forma en que se pronuncia cada palabra herida, el movimiento hacia abajo que lleva a cabo una mirada perpleja, o el recorrido que hace uno de los protagonistas dentro del espacio –tanto físico (una casa, una habitación), como fílmico (el plano)– limitado que tiene para moverse; importa, pues, la concatenación de gestos casi imperceptibles que terminan componiendo un mapa vital y emocional de cada personaje y que permite que el espectador pueda entender tanto su carácter como su forma de encarar la muerte. La película avanza así hasta un tercio final en el que la pantalla se tiñe de blanco, los números musicales desaparecen y los diálogos se depuran al máximo, dejando en el centro del plano a la pareja protagonista y a su hija pequeña. Es ahí, donde la caligrafía gestual mencionada al principio abandona el fondo del encuadre para situarse en primer término, lugar desde donde narra, utilizando los mimbres del silencio, los instantes finales de vida de dos personas que “su cuerpo dejarán / no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado”. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    noviembre 15, 2024

    Crítica | Polvo serán

    por Rubén Téllez Brotons | noviembre 15, 2024

    ¿Es Los días que vendrán la mejor película española de 2019? El tiempo dirá. Sin embargo, lo que sí está muy claro es que Carlos Marques-Marcet se ha erigido en uno de los realizadores más personales del nuevo cine español. Aprovechando la promoción de su película en Barcelona, Rubén Seca habló con el joven realizador sobre los diferentes procesos creativos que articulan su último filme.


    Carlos Marques-Marcet, director de «Los días que vendrán»
    Texto de Rubén Seca Carol | Barcelona | Imagen: Óscar Fernández Orengo, Avalon.

    ¿De dónde parte la necesidad de hacer una película en torno a esta premisa tan original y atrevida en una ficción?

    Fue en un momento en el que estábamos a punto de empezar a rodar Tierra firme, una producción compleja con barcos; y en medio de todo este proceso, sentí que tenía ganas de hacer también una película más íntima y sin saber a dónde iba exactamente. Estábamos haciendo una película sobre la decisión, sobre tener hijos, que supongo que también implicaba este tipo de producción compleja, pero a la vez tenía ganas de hacer una película sobre el proceso, con la filosofía que, si salía bien, bien, y que si no salía pues que no pasaba nada. Y así comenzó el rodaje de Els dies que vindran, conmigo en estado de pánico, cuestionándome a mí mismo qué estaba haciendo. La sensación de control que tienes cuando haces cine tranquiliza, pero hay un momento en que rendirte a lo desconocido puede resultar muy atractivo también, pese a ser también una experiencia muy angustiosa.

    Como curiosidad, el otro día estuve repasando notas de cuando tenía tu edad, y recordé que tenía ya una idea en aquella época de hacer una película justamente que hablaba de este tema, así que es algo que llevaba ya rondándome por la cabeza de una forma u otra desde hace mucho tiempo. Seguramente el origen fue la primera vez que vi la pieza de Window Water Baby Moving, de Stan Brakhage, y el impacto que me causó en aquel momento. A partir de ahí supongo que le fui dando vueltas por dentro y fue creciendo el interés por plantear este momento tan único, que es uno de los pocos momentos universales que tenemos en todas las culturas y que te cambian la vida.

    ¿Y cómo se fue desarrollando la historia? ¿Partisteis de un guion fijo o se fue construyendo sobre la marcha?

    Pasamos por diferentes etapas. En primer lugar, les propuse la idea del proyecto a ellos, María y David, y me dijeron que sí. Pero ya tuvimos claro desde el inicio que no queríamos hacer un documental sobre su vida, sino que queríamos hacer una película que fuera una creación de los tres, y que nos permitiera hablar de cosas que quizá desde el documental no podíamos llegar. De esta forma, empezamos a crear el universo de cada uno de los personajes por separado, a partir de gente que conocíamos nosotros. Así fuimos haciendo un proceso de transformación, también en el ámbito físico de cómo debían moverse los personajes, saber quiénes eran, realizar una construcción desde cero, para evitar que fueran álter egos, sino que fuera crear una nueva vida.

    Partimos con unas preguntas, sin tener claro cuál sería el hilo narrativo, y esto era en verdad un poco lo que me excitaba del proyecto, poder ir encontrando cosas a partir de la vivencia. Pero fue a dos meses de parir, también coincidiendo con que había entrado gente a ayudar a financiar un poco el filme, donde hicimos un guion orientativo, para conseguir más financiación... pues como dijo Godard, “los guiones se empezaron a hacer cuando los contables de Hollywood necesitaban contar cuánto gastarían”. Queríamos que pudiera haber sueldos decentes para intentar dar a la película la escala que creíamos que realmente necesitaba y para preparar la postproducción que ya estábamos previendo. Y fue en este punto donde me junté con la Coral Cruz y con Clara Roquet.

    ¿Cómo fue trabajar el guion con ellas?

    Entre los tres vimos las escenas que teníamos ya rodadas y todos los guiones que teníamos hechos, los que habíamos rodado y los que no; e intentamos planificar un poco estos dos últimos meses que nos quedaban de embarazo, para saber cómo hacerlo bien. En este sentido, Coral era la más experimentada dado que era la única de los tres que había pasado por la experiencia de un embarazo; por ello, aportó experiencias y al final terminó siendo una mezcla de experiencias de los tres, ya que también había mucho de María y de David, que nos ayudaban a estructurar un poco todo.

    A partir de ahí fue bastante rápido el proceso de hacer el guion porque no teníamos mucho tiempo. Tuvimos que reescribir muchas cosas del comienzo, para trabajar esta idea de la duda antes de decidir si tener el hijo o no, que no estaba tanto en las escenas que habíamos grabado previamente, y que aportó además una nueva estructura para el inicio del filme que ya pusiera en juego ciertas cosas, que quizás le faltaba al principio anterior.

    La película tiene realmente un gran peso político…

    Sí, supongo que es algo que siempre me ha interesado mucho. Cuando me preguntan si me interesa el tema del amor, en realidad no, nunca en sí mismo; el tema del amor está en todas las películas, si lo piensas, ¿qué filme no trata del amor, cualquier tipo de amor? Pero sí que quería acotar más el tema de la pareja o las relaciones íntimas, y en realidad hay un punto que a mí me interesa desde un punto muy político, de micro política, de entender cómo de alguna manera el entorno social, moral, económico y material marca mucho la manera de interrelacionarnos, incluso en aquellos lugares donde nos pensamos que somos más nosotros mismos, donde somos más íntimos, en la relación que has elegido; porque al final a tus padres no los eliges, pero sí a tu pareja. Incluso allí hay una marca del mundo en el que vives, de la estructura socioeconómica en que estás viviendo y sí que me interesaba explorar, obviamente desde una visión de género, esta herencia que recibimos de nuestros padres, que no siempre es clara, que nunca es tan circular. La película tiene de hecho solo tres o cuatro cuestiones de narrativa importantes, muy pocas, como cuando a ella no le renuevan el contrato y se queda sin trabajo y él asume esta especie de responsabilidad... y esto desencadena todos los problemas que vendrán después, o sea, si esto no hubiera pasado aquella vida sería otra completamente diferente, y obviamente eso está muy intrincado con una cierta estructura del patriarcado, incluso en cómo después el personaje de él cae en muchas cosas que se supone que en una generación ya no estaría cayendo, en una generación como la nuestra donde se supone que estamos trabajados, donde se supone que estamos intentando construir otro tipo de masculinidad, ¿no?

    La película, a pesar de ser una ficción, se sustenta sobre un elemento puramente documental como es seguir este embarazo real, sin embargo, el final y otras escenas, que podrían ser las que se parecieran más al documental, son filmadas en un lenguaje cinematográfico más común en la ficción. Me gustaría escuchar un poco tu planteamiento cinematográfico del proyecto.

    En esta película había algo que me llevaba a la necesidad de estar muy cerca de los cuerpos, muy cerca de los personajes, precisamente para filmar la barriga y el entorno, y esta necesidad de bailar con ellos, para conseguir entrar en su intimidad, y no hacerlo desde un teleobjetivo, que quieras que no crea una cierta distancia y aplana la imagen. En general, a mí no me gusta ir con la cámara en mano porque pienso muchas veces que es un recurso de cineastas perezosos, que no se quieren plantear dónde poner la cámara, aunque está también esta otra vertiente de los hermanos Dardenne, que también me parece muy válida pero que no es la que queríamos hacer.

    Hay toda una escuela de cámara en mano que juega a estar en el lugar incorrecto y que puede ser muy interesante, pero con la cual nunca me he sentido muy cómodo; yo prefiero un planteamiento de dónde poner la cámara. Si me preguntas cuál es la gran inspiración para esta película, en realidad es el vídeo de los padres que aparecen allí, dentro de la película. Es un vídeo de una hora donde se ve a la protagonista nacer y cuando lo vi por primera vez lo que pensé fue: este hombre está siempre en el lugar correcto, ¿cómo lo hace? Es un amigo de los padres, quien hizo esta grabación, además mezclada con material que había grabado en Super8, High8 y es que está siempre en el lugar correcto, o sea en medio de un parto siempre coge la reacción buena, aquella panorámica, o cuando nace la niña hace el zoom perfecto, o sea tiene un nivel de conexión tan profundo con aquella gente que está filmando con tanto amor que te hace estar allí. También crea una puesta en escena, esta mezcla entre puesta en escena y estar en el lugar correcto. Con este referente, tuve claro que no me valía ese estilo Dardenne de estar en el lugar incorrecto, si no que quería tener una cámara en mano que estuviera siempre en la posición correcta y que a la vez tuviera un poco la vibración de la vida, de la situación del momento, no buscar la imperfección, porque a veces es una cámara en mano que busca la imperfección, pero deja de alguna manera que la imperfección entre dentro del universo de la película. Y entonces este fue un poco el planteamiento cinematográfico. Por un lado hacer una especie de documental sobre los cuerpos de unos actores y el nivel de lenguaje intentar capturar esa cosa tan difícil a partir de movimientos de cámara muy sutiles cerca de ellos, o sea, romper esta idea de la cámara autoconsciente o la cámara invisible, que no fuera ninguna de las dos cosas, que la cámara en algún momento pudiera ser visible pero que no molestara, que no cobrara demasiado protagonismo; pero a la vez también sintieras que hay alguien, que es lo que ocurre precisamente en muchos vídeos de estos domésticos cuando los ves, ves dos niños jugando ante la cámara pero tampoco la cámara es importante.

    Y lo mismo con el sonido. Estuvimos grabando muchos sonidos también desde el barrio. Posiblemente ni te enteras pero está toda construida a partir de aquellos ruidos que uno normalmente rechaza. En la mezcla de sonido, cogimos ruidos intencionadamente y puestos en las atmósferas aunque no pasaran allí, que no acabaran de molestar a la voz pero que dramáticamente tuvieran ciertas funciones, y crear toda una textura sonora que de alguna manera ayude al espectador a introducirse en ese mundo y en esa intimidad a partir de este mapa.

    Resulta preciosa la dialéctica de pasado-presente-futuro que hay a partir de las cintas de vídeo que has mencionado. ¿De dónde surgió la idea de utilizarla de esta forma en la película, una vez te llegó a las manos el material?

    Lo cierto es que vimos el vídeo ya bastante avanzados en el proceso. María hacía años que no veía la cinta, y al inicio no dijo nada al respecto, por vergüenza, según me confesó más adelante. Pero llegó un punto donde decidió preguntar a sus padres por la cinta, y me la dio. Fui volando al videolab a hacer los archivos y los traje a casa donde la vimos juntos los tres, y como era de esperar nos emocionó muchísimo. Y fue en ese momento donde entendí la película y que era lo que estábamos haciendo y que no acababa de entender hasta entonces.

    Sin embargo, en ese momento tampoco sabíamos muy bien cómo utilizar esta cinta de vídeo. Ellos parieron, y no fue hasta el momento de empezar a montar donde empezamos a usar las imágenes como separadores, porque mi idea inicial había sido estructurar la película por semanas, porque me parecía curioso que el embarazo fuera el único momento en nuestra vida donde calculamos el tiempo en semanas. Habíamos filmado muchas imágenes que luego salían en este vídeo, y se podía casi hacer un paralelismo literal, pero sentí algo que a veces esto era demasiado obvio, y, por otra banda, sentía que me estaba repitiendo en la estructura de 10.000km que era por días.

    Entonces las guionistas insistieron en que era importante grabar una escena mirando el vídeo. Y así lo hicimos: después del parto, una de las primeras escenas que filmamos fue la de ella mirando el vídeo, y claro, se generó un momento súper emocionante: la primera vez que lo vimos lloramos mucho todos pero había sido antes de haber parido, pero esta vez era la primera vez que la veíamos después del alumbramiento, y fue una toma única de 50 minutos. Como no había manera de aguantar tanto rato con la cámara, nos la íbamos pasando. Teníamos claro que esto pasaría una sola vez y no podíamos parar y volver a rodar este momento único. Una vez vimos ese material, tuvimos claro que había un antes y un después para la película y entonces decidimos incorporar también los padres de verdad en la película, dándole otra dimensión: hacer que el transcurso del tiempo apareciera allí plasmado de forma natural. Es una película más planteada desde el presente, no es una película planteada hacia el pasado.

    Tierra firme es para nosotros muy profética porque después muchas cosas que transcurrieron allí han acabado pasando en nuestras vidas de una manera o de otra. Sorprendentemente, la vida copia el cine muchas veces y esta es una película hecha realmente en presente, pero que de alguna manera mientras la hemos estado haciendo, -obviamente por Lupe como nació y para los padres de María-, como que ha reverberado en el presente y el pasado, en el futuro y el pasado, cerrando un poco lo que habíamos ido planteando.

    ¿Cuáles fueron como las mayores dificultades durante el rodaje?

    Yo creo que lo más difícil ha sido intentar mantener una continuidad y cómo cuadrar el hecho de que íbamos descubriendo la película a medida que la íbamos haciendo, porque, claro, hay muchas cosas que después las hubiéramos hecho de manera diferente, pero que ya estaban rodadas y no se podían volver a hacer. Al inicio del proceso estábamos todavía pensando cómo mover la cámara de una manera diferente, y fuimos aprendiendo durante el proceso.

    La otra dificultad fue la del miedo, la de vencer al miedo y la angustia de no saber qué estás haciendo exactamente en un tipo de proyecto como este. Supongo que siempre hay un punto en todo director de querer ser controlador, de querer saber, aunque al mismo tiempo quieres que te sorprenda. Aquí había muchas veces en que no te sentías en control de nada y esto ha sido un reto, de verdad.

    Por otra parte, el montaje también fue un reto muy importante, porque normalmente yo ruedo muchas tomas pero en este caso hemos llegado a hacer 35 tomas de 15 minutos de duración, todo un récord personal. Por suerte no grabo desde muchos ángulos, sino que exploro mucho dentro de la toma y a partir del mismo texto intento buscar lugares completamente diferentes. Pero esto conlleva cierta complejidad en el montaje...

    ¿Cómo fue el trabajo con la segunda unidad que llevaba Alba Cros?

    En realidad, no era segunda unidad, es cosa de los créditos esto de la segunda unidad, ha sido todo conjuntamente. Alba para mí ha sido como una guía espiritual. Tenía ganas de empaparme de alguien que viniera desde otro lugar y otra realidad, que tuviera un acercamiento al cine muy diferente al mío, y también con una sangre nueva. Y hablando de sangre, al final los directores somos como vampiros, en realidad sólo chupamos la sangre a la gente. La cuestión está en conseguir que la gente te la dé gustosamente, no porque los has manipulado sino porque tienen ganas de participar. Alba, en muchos sentidos, fue mi voz de conciencia feminista y aportó además otro tipo de sensibilidad. Ella venía de rodar además así un poco más modo guerrilla, y yo ya hacía tiempo que no había hecho un rodaje de este tipo y Alba siempre estaba allí planteando todo, dando otros puntos de vista, aparte de hacer también otros trabajos; desde iluminar cuando tocaba o hacer de asistente de cámara.

    Hemos hablado de presente y pasado… Te pregunto por el futuro: ¿estás ya preparando un nuevo proyecto o toca un descanso?

    Pues he tenido recientemente una nueva experiencia en la televisión, vengo de pasar cinco meses con un encargo de una serie, donde he aprendido mucho también, ha sido una experiencia intensa. Es muy dura la tele, me interesa pero es otro universo muy diferente. Las series de la televisión son un terreno de los guionistas, y los creadores son los autores; mi trabajo en la tele como director me recuerda un poco a cuando trabajaba de montador en el cine, tiene un poco este punto. Pero a la vez me gusta mucho rodar y trabajar con actores diferentes, y esta ha sido la excusa perfecta. En esta experiencia me he encontrado de repente haciendo escenas en una habitación con once actores, y pensar dónde y cómo colocar la cámara es todo un proceso de aprendizaje acelerado. Te sientes de repente algo Howard Hawks en el cine clásico, en este sentido ha sido una serie que nos ha permitido experimentar muchos géneros diferentes dentro de una sola serie.

    Pero respondiendo por fin a tu pregunta, siento profundamente que también necesito vacaciones porque he empalmado una peli con la otra, y después con la serie, sin ningún tipo de vacaciones, sin tiempo para nutrirme. Y siento esta necesidad ahora de vivir y nutrirme para llevar adelante nuevos proyectos.

    Sí que tengo una idea en la que empezaremos a trabajar pronto, pero no me quiero precipitar...

    por EAM
    julio 31, 2019

    Entrevista: Carlos Marques-Marcet, director de «Los días que vendrán»

    por EAM | julio 31, 2019

    La imagen-afección

    Crítica ★★★★☆ de «Los días que vendrán», dirigida por Carlos Marqués Marcet.

    España, 2019. Título original: «Els dies que vindran». Presentación: Festival de Málaga, 2019. Dirección: Carlos Marqués Marcet. Guion: Coral Cruz, Clara Roquet, Carlos Marqués Marcet. Productoras: Avalon, Lastor Media. Fotografía: Álex García. Montaje: Óscar de Gispert, Carlos Marqués Marcet, Juliana Montañés, Ana Pfaff. Música: Maria Arnal. Vestuario: Vinyet Escobar. Dirección de producción: Ana Pons-Formosa. Reparto: María Rodríguez Soto, David Verdaguer, Lupe Verdaguer Rodríguez, Albert Prat. Duración: 95 minutos.

    Esta mañana Vir se ha despertado más pronto de lo habitual. Ahogado su nerviosismo en el fondo de una taza de café, la chica decide interpelar a su novio Lluís, aún en la cama: tampoco hoy le ha venido la regla. Ella irá a comprar el pequeño test de embarazo en la farmacia mientras Lluís toma una ducha rápida. O tenía que ser rápida, porque pronto el joven se queda solo, de pie en medio de la bruma acuosa, sin saber qué hacer. ¿Encontrará la certeza que necesita en su compañera? Apenas se conocen. Tumbados en la cama, la cosa tampoco mejora mucho. Aunque el test ha dado positivo, el temor, la inseguridad, no ha desaparecido. Lluís no quiere tener un hijo con Vir y tampoco no-no quiere. ¿Qué pensará ella? La cámara, con él, busca respuestas en el rostro del otro pero, con la proximidad, sus rasgos se vuelven borrosos, quedan completamente fuera de foco. Ya lo decía Mark Cousins: la intimidad nos convierte en extraños. Amor, deseo, duda: la entrada de Carlos Marqués Marcet en la vida privada de los enamorados se traslada visualmente al terreno de lo abstracto, en el espacio intangible de lo que será pero aún no es. Este desenfoque juega muy bien con la textura de los recortes de Super 8 de aquellas cintas familiares que se imbrican en el tejido de la historia, desviándola por momentos a un tiempo inconcreto, analógico, que pronto conoceremos como el registro de la infancia de la propia Vir. Aunque, al contrario que un buen puñado de no-ficciones contemporáneas que recorren al vídeo casero en su narrativa, lo nuevo de Marqués Marcet no viaja a otro tiempo con alma detectivesca, hija de una cierta ensayística del gesto, sino que más bien parece querer establecer una dialéctica entre la textura orgánica e imperfecta de la grabación antigua y esos “días que vendrán” tan anhelados por los protagonistas. La imagen pretérita, idealizada, representa la única puerta de salida para un embarazo que, durante nueve meses inacabables, trae tantísimas rencillas entre los futuros padres. En los vídeos, la pequeña Vir rezuma una felicidad que se ha vuelto completamente fantasmagórica en medio del sufrimiento de su «yo» actual.

    Porque la Vir de hoy tiene un verdadero problema con el espacio que la rodea: su barriga es demasiado grande, patalea, no la deja estar tranquila al lado de Lluís. El trazo de Marqués Marcet es muy diáfano en este sentido y, como en el resto de su corta filmografía, viene marcado por la distancia que junta o separa a sus protagonistas. Lo vimos en el vacío inmenso entre los jóvenes de 10.000 km, solos o encerrados en pantallas, lo reafirmamos en el acercamiento dentro de esa pequeña barco-hogar de las chicas de Tierra firme y corroboramos cerca de casa, en el apartamento barcelonés de Los días que vendrán. Durante la primera parte del metraje, la cámara se mantiene pegada a los futuros padres, siguiéndolos sin cesar y renunciando sistemáticamente al corte. Vir y Lluís por un tiempo vivirán juntos en la imagen (también en su imagen de si mismos), encuadrados como unidad en pleno descubrimiento y reafirmación mutua. Pero este tránsito visual confiado y orgánico irá perdiendo peso a favor del montaje por corte a medida que vayan dándose cuenta de que su pareja, como ninguna, no es una unidad indivisible, sino dos personas con carácteres, heridas y deseos diferentes. «Es normal discutirse», concluye resignado Lluís, aunque dentro de su cabeza desearía que no fuera así. El epítome del distanciamiento: Vir, sola, reclinada en el sofá, hablando de sí misma y de la bebé. De su ojo, cae una lágrima discreta. Corte a Lluís, que ya no sabe qué decir.

    En este sentido, el cineasta confía enormemente en el material que le proporciona, casi en bruto, su dúo de actores (ambos maravillosamente convincentes), con el que mantiene una relación que parecería encontrar su origen en aquella imagen-afección que Gilles Deleuze recogía directamente del estudio de la fisionomía de Balasz en el cine mudo. Según Deleuze, el primer plano no es nada parecido a un acercamiento desde el plano medio, sino un ejercicio de abstracción; un gesto de investigación puramente fenomenológica que intenta separar el grano de la tierra, aislar el sujeto-objeto de nuestra mirada para extraer algo de su rostro que de otra forma resultaría inaccesible. Lo cual encaja muy bien con la propuesta de Marqués Marcet, que constantemente recurre al primer plano para relacionarse con la psique de dos jóvenes que están realizando el tremendo esfuerzo de redescubrirse a sí mismos para encajar en una vida en la que ya no serán dos, sino tres. Y, si tenemos en cuenta que este ejercicio tiene sus raíces en la vida real de los actores David Verdaguer y Maria Rodríguez Soto, Lluís y Vir, cuyo embarazo sirvió de molde perfecto para la narrativa del filme (un auténtico «work in progress»), el carácter de búsqueda (más allá) de la imagen se agudiza. Al fin y al cabo, la ficción, ya lo descubrió Keaton en El moderno Sherlock (1924), tiene tantísimas respuestas para la vida fuera de la pantalla.

    por Mariona Borrull Zapata
    junio 30, 2019

    Crítica | Los días que vendrán

    por Mariona Borrull Zapata | junio 30, 2019
    10.000 km

    El planteamiento de la película no puede ser más sencillo: una pareja, una separación física por motivos profesionales y su consecuente ruptura sentimental paulatina, y un guión que desplaza a la mínima expresión cualquier atisbo de trama o personaje secundario más allá de la pareja protagonista. Hasta aquí, no parece nada nuevo. Es más, estamos ante una perita en dulce para cualquier director en busca de su ópera prima. Ejemplos, haylos, y no hace falta irse muy lejos para encontrarlos. Stockholm, la sensación del cine independiente español de 2013 de Rodrigo Sorogoyen, tiene muchos puntos en común con la cinta que nos ocupa, el excelente debut de Carlos Marqués-Marcet 10.000 km: primera película, una pareja y el amor de por medio. Pero si bien la cinta de Sorogoyen trata de analizar el amor más bien inmediato, un aquí te pillo aquí te mato sentimental que pretende alcanzar pequeñas conclusiones pseudofilosóficas, Marqués-Marcet se decanta más por un ejercicio de madurez que analiza a golpe de montaje los cimientos de una relación de modernos urbanitas asediada por la modernidad tecnológica que nos rodea. Para entender bien el alcance del filme, debemos analizar su estrategia paso a paso. Solo así conseguiremos descubrir el preciso mecanismo que se esconde tras su aparente sencillez.

    10.000 km abre con un sutil plano secuencia. Una mañana cualquiera, Álex (genial Natalia Tena, dejándose llevar en cada escena) y Sergi (impecable David Verdaguer, aportando las dosis exactas de comicidad a su personaje) hacen el amor apasionadamente antes de empezar el día. Se asean, desayunan, conversan… vemos una pareja que siempre aparece junta, sin cortes ni subrayados: dos personas que se unen en pantalla del modo más orgánico de continuidad cinematográfica. Marqués-Marcet nos muestra la unión del amor en su pura cotidianidad. De este modo, el plano secuencia no se presenta como un artificio ni un as el manga del director novel. Su función viene a precisar el punto de partida de la cinta y de sus protagonistas, y además lo hace de un modo sencillo: se agradece que haya optado por la sutileza frente a la grandilocuencia técnica que estos planos en ocasiones llevan aparejados. Pero una beca de estudios en Los Ángeles rompe estos estrechos lazos no solo en la pareja, sino también en la película: Álex debe mudarse a la ciudad norteamericana y el título de la película nos anuncia la distancia que les separara. A partir de este momento, Marqués-Marcet consigue montar una película redonda que analiza y descompone el plano contra plano, mecanismo clásico de la comunicación en pantalla entre dos personajes, a través de la desviación y la ausencia de su elemento vertebrador: la mirada.

    por EAM
    enero 28, 2015

    10.000 km: La pareja, plano a plano

    por EAM | enero 28, 2015
    10.000 Km, premio a las mejores interpretaciones en Austin

    El noviazgo en tiempos del 'low cost'

    crítica de 10.000 km | Carlos Marques-Marcet, 2014

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    Solidez estética


    «Nunca nadie le ha puesto estrellitas al amor. Nunca nadie... ¿En serio?». — Anónimo

    Voy. Empiezo. Uno-dos, uno-dos, uno-dos. Heyy, sí; heyy, sí. Repito, subo el fader: ¡voy! ¿Me leen bien los goonies, y los trols, y la pareja acaramelada de la antepenúltima fila? Empiezo así: sin agobios pero sin pausa. Recién nacido un día más, contando los minutos para la extinción de esta y todas las críticas cinematográficas que alguna vez fueron sprints interminables, insolubles, fastuosos, cuculiformes; (dis)tensión muscular y psicológica en slow motion, y no simples postas en la carrera del llamado social media marketing. Y justo ahí —plano máster, perfil en horizontal— me dejo caer, la dejo a ella sobre mí, deshecho yo hasta el clímax. No en primera sino en tercera persona del singular. Él y ella, el uno a breves e intermitentes risotadas y la otra inventando nuevos modelos de ergonomía sexual y sentimental para un mundo que ya no importa o tal vez simboliza, como dice la canción de María Teresa Vera Veinte años, a ese pasado que no se debe recordar. Recién hechos los dos, en la cresta de la ola, todo inmovilismo y movimiento y fricción, y ay-ahí-así-no-jo-ja-que-me-que-me. Alcance con escuchar un diálogo, el primer diálogo, para alcanzar un éxtasis mañanero. Mientras la chica articula (tal vez por determinación artística, o por mala captura del sonido) un fuck me casi inaudible, una especie de gemido pre-orgásmico que resta tensión al día por venir, cualquier lunes o miércoles con doce horas por robarle al reloj. Ya entonces nos olemos la tostada y, también, nos la comemos con mantequilla y confitura de frambuesa porque la de melocotón sólo es recomendable para esos desayunos específicamente raros y enrarecidos: pura transgresión que nos retrotrae —una vez más, ya van ciento y la mami— al Tropiezo; aquel tropiezo que supuso varios centenares de preguntas sin contestación, y la subsiguiente terapia que jamás supo al color que debía saber. Y sigo, aún es pronto. La cámara apenas se mueve, y no importa que así sea. Al fin y al cabo están viviendo su privacidad interrumpida y nosotros, voyeurs invitados a mirar a través del objetivo, hacemos eso y mucho más: observar con el rigor morboso del que anhela la catarsis definitiva y la ranura transformada en abismo sin fin ni reset. Y los novios son felices, y él estudia para unas oposiciones ("opos, tú") y ella (british radicada en Barcelona) da clases de inglés aunque en realidad quiere con toda su alma dedicarse a lo suyo, que es la fotografía. Así pues, tras el polvo toca desempolvar el quid de esta película sobre el amor no ya "a distancia" sino más bien distante, con la barrera de una pantalla LCD transmitiendo un frío virtual en tanto que los dos altavoces del portátil modulan un paisaje íntimo que, poro a poro, erosiona a los protagonistas de 10.000 km.

    por Anónimo
    mayo 16, 2014

    Crítica | 10.000 km

    por Anónimo | mayo 16, 2014

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