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    Crítica | Los días que vendrán

    La imagen-afección

    Crítica ★★★★☆ de «Los días que vendrán», dirigida por Carlos Marqués Marcet.

    España, 2019. Título original: «Els dies que vindran». Presentación: Festival de Málaga, 2019. Dirección: Carlos Marqués Marcet. Guion: Coral Cruz, Clara Roquet, Carlos Marqués Marcet. Productoras: Avalon, Lastor Media. Fotografía: Álex García. Montaje: Óscar de Gispert, Carlos Marqués Marcet, Juliana Montañés, Ana Pfaff. Música: Maria Arnal. Vestuario: Vinyet Escobar. Dirección de producción: Ana Pons-Formosa. Reparto: María Rodríguez Soto, David Verdaguer, Lupe Verdaguer Rodríguez, Albert Prat. Duración: 95 minutos.

    Esta mañana Vir se ha despertado más pronto de lo habitual. Ahogado su nerviosismo en el fondo de una taza de café, la chica decide interpelar a su novio Lluís, aún en la cama: tampoco hoy le ha venido la regla. Ella irá a comprar el pequeño test de embarazo en la farmacia mientras Lluís toma una ducha rápida. O tenía que ser rápida, porque pronto el joven se queda solo, de pie en medio de la bruma acuosa, sin saber qué hacer. ¿Encontrará la certeza que necesita en su compañera? Apenas se conocen. Tumbados en la cama, la cosa tampoco mejora mucho. Aunque el test ha dado positivo, el temor, la inseguridad, no ha desaparecido. Lluís no quiere tener un hijo con Vir y tampoco no-no quiere. ¿Qué pensará ella? La cámara, con él, busca respuestas en el rostro del otro pero, con la proximidad, sus rasgos se vuelven borrosos, quedan completamente fuera de foco. Ya lo decía Mark Cousins: la intimidad nos convierte en extraños. Amor, deseo, duda: la entrada de Carlos Marqués Marcet en la vida privada de los enamorados se traslada visualmente al terreno de lo abstracto, en el espacio intangible de lo que será pero aún no es. Este desenfoque juega muy bien con la textura de los recortes de Super 8 de aquellas cintas familiares que se imbrican en el tejido de la historia, desviándola por momentos a un tiempo inconcreto, analógico, que pronto conoceremos como el registro de la infancia de la propia Vir. Aunque, al contrario que un buen puñado de no-ficciones contemporáneas que recorren al vídeo casero en su narrativa, lo nuevo de Marqués Marcet no viaja a otro tiempo con alma detectivesca, hija de una cierta ensayística del gesto, sino que más bien parece querer establecer una dialéctica entre la textura orgánica e imperfecta de la grabación antigua y esos “días que vendrán” tan anhelados por los protagonistas. La imagen pretérita, idealizada, representa la única puerta de salida para un embarazo que, durante nueve meses inacabables, trae tantísimas rencillas entre los futuros padres. En los vídeos, la pequeña Vir rezuma una felicidad que se ha vuelto completamente fantasmagórica en medio del sufrimiento de su «yo» actual.

    Porque la Vir de hoy tiene un verdadero problema con el espacio que la rodea: su barriga es demasiado grande, patalea, no la deja estar tranquila al lado de Lluís. El trazo de Marqués Marcet es muy diáfano en este sentido y, como en el resto de su corta filmografía, viene marcado por la distancia que junta o separa a sus protagonistas. Lo vimos en el vacío inmenso entre los jóvenes de 10.000 km, solos o encerrados en pantallas, lo reafirmamos en el acercamiento dentro de esa pequeña barco-hogar de las chicas de Tierra firme y corroboramos cerca de casa, en el apartamento barcelonés de Los días que vendrán. Durante la primera parte del metraje, la cámara se mantiene pegada a los futuros padres, siguiéndolos sin cesar y renunciando sistemáticamente al corte. Vir y Lluís por un tiempo vivirán juntos en la imagen (también en su imagen de si mismos), encuadrados como unidad en pleno descubrimiento y reafirmación mutua. Pero este tránsito visual confiado y orgánico irá perdiendo peso a favor del montaje por corte a medida que vayan dándose cuenta de que su pareja, como ninguna, no es una unidad indivisible, sino dos personas con carácteres, heridas y deseos diferentes. «Es normal discutirse», concluye resignado Lluís, aunque dentro de su cabeza desearía que no fuera así. El epítome del distanciamiento: Vir, sola, reclinada en el sofá, hablando de sí misma y de la bebé. De su ojo, cae una lágrima discreta. Corte a Lluís, que ya no sabe qué decir.

    En este sentido, el cineasta confía enormemente en el material que le proporciona, casi en bruto, su dúo de actores (ambos maravillosamente convincentes), con el que mantiene una relación que parecería encontrar su origen en aquella imagen-afección que Gilles Deleuze recogía directamente del estudio de la fisionomía de Balasz en el cine mudo. Según Deleuze, el primer plano no es nada parecido a un acercamiento desde el plano medio, sino un ejercicio de abstracción; un gesto de investigación puramente fenomenológica que intenta separar el grano de la tierra, aislar el sujeto-objeto de nuestra mirada para extraer algo de su rostro que de otra forma resultaría inaccesible. Lo cual encaja muy bien con la propuesta de Marqués Marcet, que constantemente recurre al primer plano para relacionarse con la psique de dos jóvenes que están realizando el tremendo esfuerzo de redescubrirse a sí mismos para encajar en una vida en la que ya no serán dos, sino tres. Y, si tenemos en cuenta que este ejercicio tiene sus raíces en la vida real de los actores David Verdaguer y Maria Rodríguez Soto, Lluís y Vir, cuyo embarazo sirvió de molde perfecto para la narrativa del filme (un auténtico «work in progress»), el carácter de búsqueda (más allá) de la imagen se agudiza. Al fin y al cabo, la ficción, ya lo descubrió Keaton en El moderno Sherlock (1924), tiene tantísimas respuestas para la vida fuera de la pantalla.

    «El cineasta confía enormemente en el material que le proporciona, casi en bruto, su dúo de actores (ambos maravillosamente convincentes), con el que mantiene una relación que parecería encontrar su origen en aquella imagen-afección que Gilles Deleuze recogía directamente del estudio de la fisionomía de Balasz en el cine mudo».


    Aunque grabar un proceso de gestación real no garantiza encontrar la respuesta definitiva a esa especie de misterio que lo rodea y que convierte una protocriatura no nacida en el centro esencial de la vida de todos. De hecho, la única conclusión a la que el director parece llegar es que la experiencia de ser padres está muy alejada del plano físico, material, de un embarazo y parto. Dentro de la barriga, la idea de un bebé es preciosa, extrañamente tangible, pero cuando nacen, los niños son feos, cronenberguianos, y nos acercan peligrosamente a una realidad orgánica que el imaginario tradicional no duda en rechazar. La escena del parto de Vir es bonita, pero solo porque tenemos el contraplano de la chica emocionándose con la grabación acompañada por una suave pieza de piano de fondo, una de las pocas no contadas durante toda la película. Y la escena de cesárea final («Huele a pollo») se vivió con tremenda incomodidad en mi pase –algo muy normal, debido a que, efectivamente, grabaron un parto real. Un toque de efecto de realidad de la buena ante una película muy de imaginario. En el plano emocional, no creo que ni Lluís ni Vir encontrasen la certeza que tanto necesitaban durante aquellos primeros minutos de cinta. A lo largo de los últimos meses, parece que ni Vir logró entenderse a sí misma y a menudo Lluís siguió quedándose impertérrito, actuando tal que observador fascinado por un oleaje emocional que no puede contener –una montaña rusa que los llevaba de la risotada al llanto en cuestión de minutos. Ya lo dicen los Manel en sus Corrandes de la parella estable: «Nos ha costado Dios y ayuda llegar hasta aquí». La experiencia de ser madre seguirá, por lo menos para mí, lejos de ser desvelada, pero películas como la de Marqués Marcet demuestran el poder del cine para conectarnos emocionalmente con realidades tan complejas como la de esta joven pareja, a la que le esperan muchos años más de torbellino emocional | ★★★★☆


    Mariona Borrull
    © Revista EAM / Barcelona


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