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    Cine Español 2013
    Cine Español 2013
    La jungla interior

    La metáfora por la metáfora

    crítica a La jungla interior (2013), dirigida por Juan Barrero. | ★★ |

    La jungla interior comienza contradiciendo a su adjetivo. Con planos de una exuberante jungla selvática, un narrador en danés cuenta un descubrimiento de Charles Darwin: cómo una orquídea tropical trataba de atraer a un mosquito sin alas para que la polinizara, perpetrando engaños para hacerle creer que se trataba de una mosquita. La anécdota, además de motivar uno de los elementos de la trama (la expedición en busca de esa orquídea en la que participa el protagonista), construye una metáfora sobre lo que, en esencia, termina contando la película: la historia de una pareja. En la que la mujer, la orquídea, consigue quedarse embarazada pese a la negativa expresada por el hombre, el mosquito atrapado.

    El propio director da cuerpo, nombre y mirada al protagonista, Juan, cuya presencia en la cinta se hace explícita pero apenas física. Jugando con el formato de vídeo casero durante la mayoría del metraje, Juan se oculta tras una cámara es a la vez una mirada subjetiva, la de un hombre que busca darse sentido a través de los demás, aquellos sobre quienes pone el foco. Especialmente Gala, novia del director, de la que filma su embarazo con un intimismo sin concesiones. Los planos se recrean en sus pies hinchados, sus estrías, sus ataques de llanto y una apariencia presentada como monstruosa que habla de los propios miedos del director-protagonista ante el cambio que anuncia esa tripa inflada. El estilo de vídeo casero, más allá de lo anecdótico, dicta la forma de contar “entre visillos”. Barrero no construye diálogos ni desarrolla acción, orientándose más bien hacia la captación de momentos marcadamente personales, tanto por su feroz intimidad como por lo que pone de sí mismo Juan en su manera de enfocarlos. Un largo plano detalle que se recrea durante unos largos e incómodos segundos en las estrías de Gala dice mucho en este sentido: no es solo la intimidad robada de ella, sino el propio reconocimiento de Juan de un rechazo involuntario hacia lo que está viendo.

    por Miguel Muñoz Garnica
    octubre 17, 2014

    Crítica | La jungla interior

    por Miguel Muñoz Garnica | octubre 17, 2014
    Family Tour

    La familia, esa gran desconocida

    crítica de Family Tour, de Liliana Torres, 2013

    Liliana Torres comparte con Mar Coll varios aspectos. Por un lado, ambas son catalanas y compañeras de promoción de la ESCAC, esa escuela que tantas alegrías nos está dando y que se ha convertido en un sello de calidad. De Mar Coll conocemos su gusto por las historias familiares y los lazos que nos unen y nos alejan en las relaciones cotidianas con los «nuestros», como pudimos ver en Tres dies amb la familia. Desde una visión totalmente pesimista, triste, pero con un punto socarrón y con espacio para el humor más sutil, Coll siempre consigue penetrar en la esencia de las relaciones humanas (sobre todo en su última película, la infravalorada Tots volem el millor per a ella). De Liliana Torres descubrimos ahora que también se interesa por esta visión de la familia en su primer largo, Family Tour. La directora se acerca, al igual que Coll, con la voluntad de analizar los cimientos de la desafección familiar, los pequeños detalles que nos separan y, a la vez, nos obligan a permanecer juntos a aquellos que nos lo han dado todo. Family Tour nos propone un análisis sobre la distancia con nuestras raíces y lo difícil que es enfrentarse a ellas a través de la historia autobiográfica de su directora, afincada en México. Liliana vuela a España para pasar unos días con su familia durante los que su madre la obliga a visitar a todos sus familiares: tíos, sobrinos, primos, abuelos… Gente con la que nos une un vínculo establecido que nos obliga a crear un vínculo emocional.

    por EAM
    abril 16, 2014

    Crítica | Family Tour

    por EAM | abril 16, 2014
    Writing Heads: Hablan los guionistas

    Cómo ser guionista y no acabar en el fondo de una piscina

    crítica de Writing Heads: Hablan los guionistas | de Alfonso S. Suárez, 2013

    «Era una actriz tan tonta, tan tonta, que para progresar se lió con el guionista».

    Quizás el nombre del asturiano Alfonso S. Suárez no les suene de nada. No se extrañen, eso sería lo normal. Y, sin embargo, es probable que gracias al fenómeno de viralidad de Youtube hayan visto en el muro de su Facebook fragmentos del primer largometraje que rodó allá por el año 2008 reducidos a adictivas píldoras: curiosas entrevistas a dobladores de cine, famosos por su voz, desconocidos en apariencia. Su voces en imágenes era la radiografía de un sector puesto continuamente en entredicho, atacado por motivos evidentes, e incomprendido en su oficio. Una luz tratando de desvelar a esos creadores ocultos que acababa dándoles sus quince minutos de fama. No hay diálogo con el entrevistador, sólo un micrófono que por primera vez sirve como arma de desahogo profesional, como reconstituyente de la existencia personal más allá de la creación. Writing Heads supone el siguiente paso. Encargo del sindicato ALMA, que agrupa a los principales guionistas del país, en su búsqueda de una mayor visibilidad para una figura tan importante como anónima en el desarrollo de una obra audiovisual. ¿Realmente tienen los guionistas el reconocimiento que se merecen? Sin presentaciones ni títulos de crédito, la cinta confía su esencia a las palabras de sus protagonistas, que animadas por un rítmico montaje nos van desvelando en una inapreciable y fluida progresión temática cómo son los universos que habitan: sus trucos, secretos, métodos, referentes… la situación personal y profesional del que dedica su trabajo a crear a partir de la nada los cimientos de la obra en el suelo de la incertidumbre del cine patrio. Así pues, la obra está constituida por una serie de reflexiones y sentencias de algunos de los principales guionistas de nuestro país. La lástima es que a pesar de que no carece de interés, en su reivindicación de figuras desconocidas se deje de lado a autores más notorios que, sin duda, se echan en falta –salvo al ubicuo Sánchez Arévalo—, y cuya ausencia muestra que se ha perdido una gran oportunidad de hacer el gran documental del guión (español).



    ¿Se plantean preguntas? Sí, muchas. ¿Respuestas contundentes? Ninguna. Cada escritor desarrolla su propia introspección, abre su mundo a la cámara y colabora en que sea tan estimulante transitar por las diversas barreras de la subjetividad buscando una conclusión definitiva. Sin embargo, no todo es perfecto, siendo evidente la falta de analítica en su estructura. Tras un inicio rápido, el ritmo no baja en las casi dos horas de duración, produciendo al poco tiempo un desbordamiento de ideas continuo. Desbordamiento que puede llegar a ser abrumador si se pretende seguir la obra con cierto nivel de reflexión personal. Motivo por el que se agradecen tanto las escenas intercaladas que liberan momentáneamente el desarrollo mostrando problemas de guionistas en la gran pantalla: Sunset Boulevard, El último magnate, Encuentro en París, La Condesa descalza o En un lugar solitario. Por todo ello, la obra es disfrutada en función de la cinefilia de cada uno. No obstante, por su tratamiento es en sí misma una pieza de obligada visión para estudiantes de cine o para cualquiera con cierta pretensión en un mundo tan ecléctico y cerrado. Una buena oportunidad para diseccionar la mente, más o menos vocacional, de ese que puede ser considerado el primer creador de la película, el único que parte de cero, el único bajo la ambivalencia de un trabajo tan y a la vez tan poco valorado. ¿Lo más llamativo? Que prácticamente la totalidad de los entrevistados pongan en duda la utilidad de los manuales de guión, que además cuestionen la idea de enseñar a escribir un guión, y que, en cambio, paradojas de la vida, sean profesores de dicha especialidad en másters universitarios y escuelas de cine. | ★★★ |

    Álvaro Martín
    redacción Valladolid

    España, 2013, Writing Heads. Dirección: Alfonso S. Suarez, Fotografía: Juan Tizón, Productora: Verité de Cinematografía, Entrevistados: Agustín Díaz Yanes, Gonzalo Suárez, Juan Tébar, Lola Salvador,Ignacio del Moral, Alicia Luna, Jaime Chávarri, Daniel Sánchez Arévalo, José Luis Acosta, Ángela Armero, Juan Carlos Cueto, Yolanda García Serrano, Cristóbal Garrido, Carlos López, Natxo López, Alberto Macías, David Muñoz, Inés París,Azucena Rodríguez, Virginia Yagüe. Presentación Oficial: 58 Seminci.

    por Unknown
    abril 16, 2014

    Crítica | Writing Heads: Hablan los guionistas

    por Unknown | abril 16, 2014

    El casting de la vida

    crítica de Casting | de Jorge Naranjo, 2012

    Ganadora de los premios de mejor actriz y actor de reparto para el conjunto de sus intérpretes en el festival de Málaga del año pasado, en el que además cosechó buenas críticas, Casting, de Jorge Naranjo, es una de esas películas independientes que algunos tratan de segunda cuando en realidad sus resultados están a la altura de las consideradas de primera. Se enmarca dentro de ese cine que intenta hacerse a gritos un hueco entre el público y la maraña de la distribución en salas comerciales, más bien interesada por ciertos parámetros económicos que no son prioritarios para sus creadores. Y, al final, el que pierde es el espectador, incapaz de llegar hasta estas películas, aunque, por suerte, existe Filmin y su Atlántida.

    Casting es, sin duda, una de las cintas más esperadas de la sección oficial, no solo por los méritos arriba indicados, sino también porque entronca perfectamente con un nuevo cine que se está labrando su lugar en nuestra industria. Se trata de un cine pequeño, que juega hábilmente con los límites de la realidad y la ficción y sin más pretensiones que las de hacer cine. Puede que por eso sus creadores hablen sobre la dificultad creativa, económica y vital que supone querer plasmar una historia en imágenes. La película que nos atañe haría una buena sesión doble con Ilusión, de Daniel Castro. Si esta se centra en la historia individual de un director con ideas puede que demasiado originales, Casting es más bien el retrato de una generación de actores que a su vez intenta reflejar esa generación joven que en ocasiones se considera perdida. Aun así, su falta de ambición en este aspecto la lleva por otros derroteros que la sitúan, muy a su pesar, en los términos de la romcom, del chico conoce a chica, que aunque Naranjo se esfuerce por exprimir su lado cómico menos convencional, terminan quedando fuera de lugar en una cinta que podría ser mucho más. Puede que también afecte a consolidar esta impresión su falta de estructura en lo que respecta a los personajes. Casting nos muestra todos los tipos de actores habidos y por haber: la actriz que se pasa al desnudo en revistas; el actor de método, aunque el suyo sea un simple Happy Birthday; el quemado de ir de casting en casting; la risueña que ve la vida de color de rosa... Su vocación de película coral se queda a medias por no enfrentar a todas sus marionetas justamente al proceso nuclear de la película, el casting, y así algunas tramas pierden interés y desequilibran la cinta (véase la historia de Juanra Bonet).

    El casting que da nombre a la película se construye como el momento de desnudo del personaje. En un entorno vacío de significado, sin decorados y en el que Naranjo se acerca a sus personajes a través de planos cada vez más cerrados, descubrimos el trasfondo real de estos jóvenes. Paradójicamente, en un lugar preparado para la ficción es donde se describe la “realidad” de la película (de nuevo, el juego entre estas dos fuerzas). Además, nunca aparta la mirada del actor durante proceso: es su momento, donde se descubre y aflora su verdadero interior frente a un trio que representa a los nuevos pesos pesados de la profesión que no se descubre hasta el final. Al igual que en Ilusión, donde la colaboración de David Trueba cortaba las alas y ponía los pies en el suelo a Daniel Castro, en Casting estos tres profesionales (cuyos nombres nos guardaremos, para crear un cierto misterio) se posicionan como los guías de la nueva generación, los abogados de la nueva horna de actores, capaces de decidir quién sobrevive y a quién echar a los leones, como si fueran emperadores romanos. Ante todo, hay que poner de relieve que en el fondo subyace un gran trabajo en los diálogos, en la dirección de actores, todos ellos geniales, y en la búsqueda de la naturalidad, además de una clara voluntad de trasladar a imágenes los sentimientos de sus protagonistas. Naranjo juega con la imagen (como las partes animadas, esos sueños imposibles de sus protagonistas), con el fuera de campo (la voz que dirige el casting, autoritaria y humillante, que se coloca por encima de los protagonistas incluso a nivel moral) y con la palabra (la ausencia de subtítulos en el arrebato de frustración del actor americano cuando habla en inglés, como símbolo de la incomprensión, de la falta de comunicación) para crear una puesta en escena original y tremendamente personal. Con todo ello, Casting nos demuestra la necesidad de potenciar y apoyar este tipo de propuestas y productos necesarios para tener una industria rica y completa. | ★★★ |

    Víctor Blanes Picó
    redacción Barcelona

    España, 2012, Casting. Director: Jorge Naranjo. Guión: Jorge Naranjo. Reparto: Esther Rivas, Javier López, Ken Appledorn, Nay Díaz, Marta Poveda, Ruth Armas, Beatriz Arjona, Dani Pérez Prada, Carmen Mayordomo.Productora: Gauger Films. Música: Julio de la Rosa. Fotografía: Alberto Morago.

    por EAM
    abril 15, 2014

    Crítica | Casting, de Jorge Naranjo

    por EAM | abril 15, 2014

    Y a quién le importa...

    crítica de ¿Quién mató a Bambi? | de Santiago Amodeo, 2013

    Drogas, confusiones, accidentes, secuestros, y humor, mucho humor, y muy negro. Estos son los ingredientes que componen esta comedia enérgica y vitalista que supone el retorno de Santi Amodeo, sevillano de cuarenta y cuatro años que viene a confirmar un hecho más que establecido: el buen estado del cine andaluz. ¿Quién mató a Bambi?, resultado de meter en una coctelera el espíritu de los filmes de Guy Ritchie, las situaciones de Tarantino (disparo no intencionado incluido) y la fabulosa estupidez humana de los personajes de los Coen, se convirtió en uno de los éxitos inesperados del pasado otoño. Todo gracias a un inteligente guión, firmado por el propio Amodeo, pleno en solidez y astucia argumental. Con idas y venidas que requieren una atención continua por parte del espectador, ninguna escena gratuita sin motivo y unos gags desternillantes que funcionan a la perfección, tanto los visuales como los verbales. Gags insisto, basados en su mayoría en la inteligencia del espectador, y aunque con frecuencia se basen en lo absurdo o incluso en lo grotesco, lo hacen de una manera elegante. Para todo ello, son clave los personajes secundarios, como en los ejemplos citados, que mediante caracteres exagerados, tienen un papel fundamentalmente cómico, a destacar Carmina Barrios en el papel de criada o el cameo de Andrés Iniesta como filósofo adorador del césped. No estamos ante la comedia fácil y vulgar, la risotada españolada costumbrista en la que podríamos pensar tras ver título y póster (este último en nada le hace algún bien). Se huye de cualquier tópico que pudiera acercarnos más a los personajes desde una perspectiva ibérica para centrar su construcción en arquetipos universales divididos polarizados en clase alta (empresario, señora) y clase baja (trabajador, asistenta, taxista…) Finalmente, si bien se muestran de manera inevitable rasgos patrios, la cinta consigue dejarlos atrás en su vocación de transnacionalidad, en donde la acción está situada en una no nombrada ciudad española que bien pudiera ser francesa, americana o de cualquier otra lugar. Y lo mismo sucede con los personajes, interpretados todos ellos de forma hilarante por el trío que forman Quim Gutiérrez, Juán Villagrán y Ernesto Alterio.

    por Unknown
    abril 15, 2014

    Crítica | ¿Quién mató a Bambi?

    por Unknown | abril 15, 2014
    El oro del tiempo

    En un lugar de España…

    crítica de El oro del tiempo | O ouro do tempo, Xavier Bermúdez, 2013

    Hay películas cuyos visionado y recuerdo trascienden su marco habitual, pues se relacionan con circunstancias ajenas a la propia película. Tuve la ocasión de asistir al pase de El oro del tiempo (O ouro do tempo, 2013) en el festival de Karlovy Vary del año pasado, en el que se presentó internacionalmente. Era la única propuesta española en la selección competitiva principal, y nosotros éramos el único medio español acreditado en el certamen checo. Las condiciones eran pues propicias a darle una importancia considerable, quizás excesiva, a la última película de Xavier Bermúdez, cineasta gallego con pocos títulos en su haber pero con una experiencia contrastada y polifacética, no sólo en los varios departamentos cinematográficos de la dirección, el guion o la producción, sino también por su trabajo en radio y prensa. Incluso la solidaridad entre compañeros de profesión podría entonces distorsionar la valoración de un filme cuya calidad, lo adelantamos ya, es innegable, pero cuyos fondo y alcance son muy limitados, en contraste con la repercusión que gustaría darle. Antes de analizar el por qué, conviene con todo aclarar que el texto anterior no pretende ser, o al menos no sólo, una muestra de cómo los elementos extraños a una película pueden determinar la impresión que nos deje, pues siempre hay que evitar que se produzca este efecto, y más aún al tratar de comentar o analizar con un mínimo de criterio la película en cuestión, que es lo que debe hacer toda crítica. La intención de la reflexión precedente es más bien la contraria: destacar tales circunstancias para a continuación ignorarlas.

    Y es que El oro del tiempo invita a una contemplación ausente de datos y referencias previas. Aquella, como han destacado otros, parece seguir la tradición de un cine entre naturalista y surrealista que puede remontarse en nuestro país a Luis Buñuel, nada más y nada menos. La del maestro aragonés es una influencia admitida por el propio Bermúdez, pero rebajada en cuanto a su incidencia en el metraje. Y es que en su recorrido pueden en efecto apreciarse algunos detalles aquí y allá que nos traigan a la memoria escenas de la etapa tardía de Buñuel, pero en su conjunto no se parece a nada que se haya visto antes. Es una película difusa en cuanto a su género y discurso, ecléctica en las emociones que transmite y ambigua en sus acciones y su mensaje, pero a la vez la trama es muy concreta, la localización casi única y los personajes escasos, de pasado incierto pero de presente definido. De forma escueta pero resolutiva. Más precisamente, la historia transcurre en una casa de campo aislada en la fronda gallega, un lugar bucólico y apacible en el que un hombre mayor y viudo (Ernesto Chao) ve pasar las horas, los días y los meses (la narración discurre imperceptiblemente por varias estaciones del año) a la espera de poder resucitar a su esposa. Conserva su cuerpo criogenizado en el sótano de la casa, confiado tanto en los avances de la ciencia como en los milagros divinos para que su mujer a la que perdió hace décadas pueda volver a ser esa radiante persona que él y nosotros sólo podemos ver en unos contados flashbacks.

    por Ignacio Navarro
    abril 09, 2014

    Crítica | El oro del tiempo

    por Ignacio Navarro | abril 09, 2014
    Con la pata quebrada

    El arte cargado de ideología

    crítica de Con la pata quebrada | de Diego Galán, 2013

    En un momento del género documental donde las formas siguen mutando o se recurre al clásico, y en muchas ocasiones aburrido, recurso de los bustos parlantes combinados con imágenes de archivo, el riesgo del periodista y ocasional cineasta Diego Galán es alto. Ahí es nada optar por la opción del documental de apropiación, cuyo sentido resulta del montaje de imágenes y escenas (gran trabajo de Juan Barrero), acompañados por una voz en off que aclare lo que deba ser aclarado. Aunque a veces guarde silencio para dejar que la locuaz selección hable por sí misma. No es el único riesgo que Galán asume, ya que su propio punto de partida es un salto mortal. Reflejar la imagen de la mujer en el cine español desde los años 30 hasta la actualidad. Un recorrido de poco más de 80 minutos que es ejemplar durante gran parte del metraje, pero que pierde algo de foco en el último tramo, quizá porque el presente es demasiado inestable como para poder emitir un juicio. Por eso, su visionado es una de esas experiencias donde uno gasta parte de sus energías tratando de que le guste más de lo que le ha gustado finalmente. Intentando obviar hechos irrefutables, todo en aras de gustos personales. La reivindicación de la figura de la mujer o un documental sobre cine siempre son bienvenidos. Sobre todo lo primero.

    Tras arrancar con un elocuente teatro de marionetas usado en Surcos (José Antonio Nieves Condes, 1951), el director se valdrá de escenas de unas 180 películas para componer una increíble (pero cierta) representación de la imagen social del género femenino filtrado a través la gran pantalla. Con la pata quebrada propicia un interesante debate sobre las cargas ideológicas que lleva cualquier creación artística, y más el cine, que trata de contar una historia. Los filmes elegidos por el periodista están contando una historia sobre la evolución del sexo femenino. El propio título del documental, referencia a un grotesco dicho popular (otro elemento que refleja la ideología de una sociedad), da una medida de la intención de los responsables de la cinta. Su uso del didacticismo no huele a manipulación en ningún momento, aunque es evidente que estamos viendo una selección. Hacer una selección de este tipo implica mirar por intereses propios, de forma que hay que considerar el sesgo. A la memoria cinéfila vienen películas que faltan o que están usadas de manera ladina. Además, la cantidad de momentos del cine de Pedro Almodóvar es tal que uno no puede dejar de pensar que la participación de El Deseo como productora ha influido en esto. Aunque Galán decía en una entrevista que cada momento de la filmografía del manchego tiene su justificado lugar, como el magistral giro al patrón establecido del asesinato machista de una obra maestra como ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), ya que Almodóvar ha hecho muchísimo por representar a las mujeres como criaturas evolucionadas y darles la importancia que tienen. Cosa que es cierta.

    por Anónimo
    abril 09, 2014

    Crítica | Con la pata quebrada

    por Anónimo | abril 09, 2014
    La plaga, de Neus Ballús

    La ficticia realidad

    crítica de La plaga | de Neus Ballús, 2013

    Neus Ballús flirtea, más bien juega, en su primer largometraje titulado La plaga (2013) con aquel aforismo de Aristóteles –disculpen la pedantería–: «la única verdad es la realidad». Le da mil vueltas. Sin demasiadas florituras. Con afán fronterizo. Construye un híbrido tan “real” como la vida misma. Un mixto mucho más honesto que un falso documental –tan en boga en las últimas semanas–. Si bien es cierto que la ficción es la verdad dentro de la invención, no lo es menos que el documental se presta a la distorsión y a la manipulación –pese a su vocación testimonial–. Queda en evidencia con cuestiones como la elección del enfoque, lo que se calla y lo que se dice, las horas de grabación “censuradas” en el montaje, el punto de vista con el que se aborda. Son infinidad los elementos que terminan diluyendo los límites entre un documental como extracto de a realidad y una película de ficción como invención imaginaria. La directora catalana, conocedora de la subjetividad inherente a la percepción, decide que la realidad se represente a sí misma. Esto es que los protagonistas se encarnen a sí mismos. Un emigrante aficionado a la lucha grecorromana, un agricultor, una prostituta, una cuidadora de ancianos y una nonagenaria –de recuerdos añejos y pinceladas vetustas– se cruzan día a día. Siguiendo el hilo conductor de una plaga que simboliza la crisis. Esa maldita(s) crisis. No solo económica(s). También las crisis melancólicas. Las crisis de la edad. Las crisis familiares. Las crisis de pareja. Un retrato coral en las lindes. Entre el campo y la ciudad, entre la juventud y la vejez, entre el nativo y el emigrado, entre la realidad y la fábula.

    por Anónimo
    marzo 18, 2014

    Crítica | La plaga, de Neus Ballús

    por Anónimo | marzo 18, 2014

    Suena tópico, pero es así. No ha sido un buen año para el cine español. Ni en cifras, ni en calidad. Todo representado en la archianalizada candidatura de España a los Óscar. No hubo opciones. Ni antes de la preselección tampoco. No era una profetización vana. España no había sido protagonista durante la temporada de festivales. Los bastiones habituales –Coixet, Almodóvar—, naufragaron o, simplemente, cumplieron el trámite –Álex de la Iglesia— en taquilla. Por Berlín, Cannes y Venecia, silencio. Un curso de vacío que se une a factores políticos-sociales como la desbandada de las salas producto del incremento del impuesto cultural. Tiros en el pie y el eterno debate. Sobran aptitudes, las ayudas, en cambio sólo son para unos pocos. Y de los dirigentes mejor no hablar. 28 de diciembre a perpetuidad. Por suerte, un buen puñado de cintas de buen nivel han pasado por la cartelera. Algunas, injustamente, sin pena ni gloria. En la lista anual de EAM con lo mejor de nuestro cine, se han quedado fuera propuestas recomendables que merece la pena destacar. La por (El miedo), La gran familia española, Grand Piano, 3 bodas de más, La mula, Somos gente honrada y Las brujas de Zugarramurdi demuestran que el nivel medio de nuestro cine es equiparable al europeo. Y, aunque los detractores rebatan este dato, desde fuera nos ven así. España volverá Cannes, a Berlín y a luchar por el Óscar. No lo duden. En tiempos difíciles el talento se agudiza. En nuestro país sobra. A continuación, las 10 películas españolas del 2013.

    por Emilio M. Luna
    diciembre 31, 2013

    Resumen 2013 | Las 10 mejores películas españolas del año

    por Emilio M. Luna | diciembre 31, 2013
    Gente en sitios, de Juan Cavestany

    Francotirador de la (en) crisis

    crítica de Gente en sitios | Juan Cavestany, 2013

    El mundo se reduce a un simulacro interrumpido por lo vagamente factible. Ese mundo, anónimo y mínimo y convencional, ha dejado de existir. Y nosotros, ya sin estímulos reales desde la primera zancada que nos impulsó, con él. Hemos desaprendido a beber, a dormir, a empatizar con el compañero de turno, a sonreír aleatoriamente y a sufrir con elegancia; a reaccionar ante la acción hecha jirones y sin respiro, e incluso a ser "alguien en esta puta vida". Sin tener que arrojar pedruscos sobre aquel tejado con goteras que aún resiste la fina lluvia de cualquier mes básicamente húmedo. Por no tener, no tenemos ni para pan; ni para ensoñaciones en oferta 2x1 fosforescente con tipografía adusta pero muy legible. Y, para colmo, no hay nadie. Sólo un señor con bigote que mira a su alrededor en busca de algún signo de vida humano. Alguna persona a quien mirar mientras vuelve a casa. Un sonido. Un rumor de fondo. Una interferencia proveniente de una parabólica inabarcable y fuera de nuestro espectro visible. Lo que sea, ya, ahora. Pero no. Aquí, el show no es reality ni de Truman. Las calles están vacías o abandonadas y, tras una elipsis, el señor con bigote (Julián Villagrán) observa la intensa quietud desde la ventana de su dormitorio y le dice a su aún adormecida novia: "No hay nadie". Afirmación verbal sobre reafirmación visual: no hay un cristo. O sí. "Ah, sí", señala enseguida, "hay alguien". Y se calla. Y desparece por corte. Y la soledad más atemorizante trasunta humor negro. Terror onírico-lynchiano. Feísmo dadaísta. Absurdez. La mayor sinrazón dentro de una gran infrarrealidad mórbida. Con matices imposibles: licor agridulce, pero sin dulzura. Y con pausa. Láaanguidamente. Y entonces, en el mismo instante en que tú, reflejo material en la sala oscura, decides reír demasiado pronto y a voz en grito cuando deberías estar barriendo tus miserias, el antes periodista y ahora —desde 1999— cineasta Juan Cavestany reitera su atracción por la terapia a través de una catarsis silente y, sin embargo, sufrida como el peor antibiótico.

    Cavestany se rodea así de una pléyade actoral primorosa, cuya presencia en este filme podría identificarse en distintos planos. El más obvio, al menos por lógica artística, responde —quiero pensar— a la identificación con esos grandes actores, llámense Maribel Verdú o Eduard Fernández o Alberto San Juan, o incluso el aquí caricaturesco Coque Malla, a quien el encuadre parte en dos el rostro, enseñando a duras penas boca y nariz, con el remanente de ciertos docudramas. Una decisión, la del casting, motivada no sólo por las filias profesionales sino por algo aún más intangible. Es decir, la conexión con el público y su monótona realidad. Un público que, intuyo, sumará fieles gracias al soporte doméstico (VOD y DVD), donde Cavestany y sus (des)humanizados podrían completar todo un ciclo perdurable, obteniendo ya —al fin— el aplauso nervioso de un sector que vive por y para el eslogan, para los tres o cuatro títulos que, al final, figuran entre "¡lo mejor del año!". Porque generan ruido y su eco los beneficia en esa carrera de "lobos feroces". Y después, qué más da. Al fin y al cabo, el cine también es y será siempre la mejor medicina contra la amnesia. Hoy, un ideario inflamable y una cámara-bisturí. El cadalso de la modernidad alejándose en el horizonte, en la carretera de Toledo. O tal vez en un bazar chino a donde ir a comprar huchas de Hello Kitty; también palas y fregonas y figuras decorativas y marcos de foto y cualquier mierda más o menos imaginable. Hasta un martillo para crujir este plano existencial. Pidan por esa boca y escuchen la Interferencia. Apunten la barbilla hacia el cielo, como el abstraído y catatónico Santiago Segura, mochila —y martillo— en mano, en aquella gasolinera atestada de coches. No hay vuelta atrás. Esto se acaba y, después, se reinicia. Debes prestar atención y cerrar esa boca entreabierta y babeante. La gente es gris, es idiota, es vulgar, es triste, es... Vital, claro . Tú, yo, tu vecino, todos sin distinción pero con privilegios que marcan la diferencia. La gente es decadente y somos siete mil millones a lo largo y ancho del mapamundi. La gente, esa gente que está ahí sin saber por qué (aunque dan asco y amenazan nuestra confortable rutina), cubre además una cuota ineludible: la del adobo. A saber, ropa vieja y bocatas de sardinas y café en termos. Hay gente por todas partes, llenando vacíos inservibles, y nunca sabrán quién eres. Ellos juzgan, tú te doblegas. Y, así, aturdidos como moscas bañadas en insecticida, pasamos el tiempo. En la zona gris que anhela todo zapador falto de historias, Gente en sitios tiene la convicción de que no hay convenciones si el fondo rescata diversas partes entumecidas. Porque, he aquí un dolor agudo, podemos no cambiar nunca o cambiar ochenta veces sin importarle al resto, como esa mujer que se sienta frente a su hastiado marido y le dice: "Me he hecho un trasplante de cara. (...) Ya no sé qué hacer para llamar tu atención". Sic.
    Menuda época.
    Qué aborto social.
    Qué circo de pulgones, Cavestany.
    ★★★

    Juan José Ontiveros
    Madrid.

    [+] Entrevista a Juan Cavestany, director de Gente en sitios.
    [+] Reseña de Gente en sitios, por Álvaro Martín (Seminci 2013).
    [+] Reseña de Gente en sitios, por Ginebra Bricollé (Sitges 2013).

    España, 2013. Guión, dirección y fotografía: Juan Cavestany. Reparto: Maribel Verdú, Adriana Ugarte, Alberto San Juan, Antonio de la Torre, Santiago Segura, Coque Malla, Ernesto Alterio, Javier Gutiérrez, Carlos Areces, Irene Escolar, Julián Villagrán, Raúl Arévalo, Roberto Álamo, Eva Llorach, Eduard Fernández, Javier Botet, Tristán Ulloa, Diego Martín.

    Gente en sitios cartel
    por Anónimo
    diciembre 19, 2013

    Crítica | Gente en sitios

    por Anónimo | diciembre 19, 2013

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