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  • Cine Alemán Siglo XXI
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    China
    China

    La cuadratura del círculo

    crítica ★★ de Yo no soy Madame Bovary (我不是潘金莲 / Wǒ Búshì Pān Jīnlián; Feng Xiaogang, China, 2016).

    El cine chino reciente parece desarrollarse en torno a dos constantes, una temática y la otra formal. En el primer caso, el elemento recurrente es el dibujo de una sociedad incapaz de la empatía, individualista y mercantil hasta extremos inhumanos. Toda la obra de Jia Zhangke, su representante más ilustre, es un estudio de esta cuestión. O podemos tomar un caso muy reciente. La cinta de animación Have a Nice Day, segunda del cineasta Liu Jian, que traslada a este paisaje humano una trama de enredo tarantiniana cuyos estallidos de violencia se desatan, precisamente, porque ninguno de sus personajes es capaz de evitar el deseo irreprimible de lucro económico. En cuanto a la segunda cuestión, el cine chino está dando algunos de los ejemplos más notorios de formalismo en lo que llevamos de siglo. La variación de formatos de Más allá de las montañas (2015, Jia Zhangke), el larguísimo plano secuencia de Kaili Blues (2015, Bi Gan) o el montaje que niega el presente fílmico de Black Coal, Thin Ice (2014, Diao Yinan) dan buena cuenta de una tendencia a la fascinación hacia los elementos formales per se. En cierto modo, son dos cuestiones relacionadas. Una aproximación deshumanizada a una realidad deshumanizada. Yo no soy Madame Bovary, última ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián, también da cabida a ambas constantes, como expresa de forma inequívoca el formato circular en el que está rodada la mayor parte de su metraje. Si bien, quedan avisados, su voluntad de experimentación visual no parece apuntar a nada más que la simple apariencia de vanguardismo. A un posible intento por parte de su autor, Feng Xiaogang, de desprenderse del aura de director comercial con la que es percibido en China. No en vano, hablamos de un cineasta que acumula ya diecisiete largometrajes y que desde mediados de los noventa se fue especializando en comedias de gran éxito en taquilla.

    Con todo, siendo justos, los logros visuales de Yo no soy Madame Bovary son a ratos más que interesantes. Un plano amplio que muestra una reunión anual del partido comunista chino es un buen ejemplo de su capacidad para condensar su trasfondo discursivo en composiciones muy medidas. En este plano, los trabajadores uniformados decoran minuciosamente la sala en la que va a celebrarse la reunión. Los asientos son alineados en una cuadrícula cuyas exactitudes rectilíneas se miden con cintas métricas. Las luces tenues, los rojos desapasionados de la estancia y los aplausos estrictamente reglados de los concurrentes realzan el tono uniformizante de un escenario que invoca como pocos el gran ideal de la política china: la armonía. La ausencia de estallidos cromáticos discordantes. En esta escena, sin embargo, aparece una disonancia. No de forma visual, sino verbal. El presidente de la asamblea relata, indignado, que una mujer de provincias se ha arrojado hacia él al salir de su coche demandando reparación ante un pequeño caso judicial. La falta de respuestas que ha empujado a esa mujer a tener que desplazarse hasta Pekín y rogar a los altos mandos, concluye el presidente, es un fallo de los cargos intermedios a todos los niveles en su labor de acercamiento al pueblo. De modo que ruedan cabezas. Li, esa mujer que ha cortocircuitado con su protesta los resortes del sistema, es la peculiar protagonista de I Am Not Madame Bovary, encarnada por la superestrella china Fang Bingbing.

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 10, 2017

    Crítica | Yo no soy Madame Bovary

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 10, 2017
    Gui lai

    Olvidar lo inolvidable

    crítica de Regreso a casa (Gui lai / 歸來, Zhang Yimou, China, 2014).

    Una de las características que diferencian a Oriente de Occidente es su relación con la Historia. Es cierto que en ambas partes del mundo ha habido reformas y revoluciones que han provocado una ruptura con el pasado, y en la actual globalización las disparidades se difuminan. Pero si observamos la vida cotidiana en Japón o China advertimos una cierta cronología ancestral, reflejada en el arte o las costumbres, más llamativa que la nuestra o la de nuestros vecinos occidentales. Es mayor el valor que impone la tradición, y por extensión lo es su respeto y su ilustración. En este sentido, en el cine asiático abundan las minuciosas recreaciones históricas, que se remontan a siglos o décadas atrás: tendencia en la que se enmarca entre otros el reconocido Zhang Yimou. Su trilogía extraoficial Hero (Ying xiong, 2002), La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu, 2004) y La maldición de la flor dorada (Man cheng jin dai huang jin jia, 2006) estaba ambientada en la China feudal y durante la dinastía Tang, mientras que su ópera prima Sorgo rojo (Hong gao liang, 1987) y su penúltima película Las flores de la guerra (Jin ling shi san chai, 2011) volvían la vista hacia los años 30. Ésta además hacía gala de una espectacularidad de medios, tanto artísticos como técnicos, que a todas luces se supera en su próxima cinta, The Great Wall. Ambas compartirían asimismo un protagonismo de estrellato: en aquella Christian Bale, en esta Matt Damon. Entremedias Yimou se ha permitido sin embargo contarnos una historia más íntima y personal, a menor escala, aunque como discutiremos enseguida su alcance sea más amplio de lo que parece.

    Hablamos de Regreso a casa, oportuno título con varias acepciones, empezando con una metalingüística, ya que con ella su director recoge una de las experiencias que marcaron su juventud y la de muchos de sus compatriotas: la Revolución Cultural de Mao Zedong. Yimou llevaba un tiempo planteándose una o varias historias que transcurrieran en esa época, como ya hiciera Amor bajo el espino blanco (Shan zha shu zhi lian, 2010). Y en concreto la que nos ocupa es también un guiño a sus orígenes al reunirse con su musa Gong Li en el papel principal, el de Yu. Empero el verdadero regreso a casa es el de su marido en la ficción, Lu, a cargo del actor Chen Daoming. El mismo es arrestado y encarcelado por su presunta ideología, que no se explicita, lo cual trivializa el motivo de su condena, como fue el caso de incontables víctimas de la citada represión popular. Aunque tras una elipsis la narración se sitúa al fin de la revuelta, con la liberación de los disidentes y su vuelta al hogar, es entonces cuando surge el drama más profundo, y es que tras varios años sin verse y como consecuencia de una peculiar amnesia, su mujer ya no se acuerda de él y no lo identifica como su marido. Éste deberá recurrir pues a una serie de artimañas para convencerla de quién es, con la ayuda de su hija antes afín al partido, con la que él ahora se ha reconciliado, a diferencia de su madre que no le ha perdonado el rechazo anterior que profesó hacia su padre.

    por Ignacio Navarro
    agosto 05, 2016

    Crítica | Regreso a casa

    por Ignacio Navarro | agosto 05, 2016
    Mountains may depart

    Zhangke novelesco

    crítica de Más allá de las montañas (山河故人, Shan he gu ren, Jia Zhangke, China, 2015).

    «A cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza. La masificación ha hecho estragos, ya es difícil encontrar originalidad en las personas y un idéntico proceso se cumple en los pueblos, es la llamada globalización».
    (Ernesto Sábato, La resistencia)

    Con el tiempo, las palabras de Sábato han ido evidenciando dolorosamente que tenían mucho más de profecía que de advertencia. La dictadura de lo masivo surgida en buena medida del boom de lo tecnológico, primero con su implantación en lo industrial y luego con la irrupción de la electrónica de masas, ha sido un fenómeno inevitable de deshumanización que el cine ha venido denunciando ya desde sus orígenes, en una larga tradición que emparenta las preocupaciones de Chaplin con las de Jia Zhangke. Pero si algo tiene este último de particular es que se ha convertido en uno de los grandes retratistas del caso más extremo, por lo desmesurado de su intensidad y lo acelerado de su transición, de asunción del capitalismo globalizado más salvaje. China, esa demostración de que, pese a las advertencias, esta doctrina parece seguir siendo una opción a la que un país entero está dispuesto a arrojarse sin red. La filmografía de Zhangke, significativamente iniciada al albor del nuevo siglo, es una continua observación estupefacta de la máquina apisonadora en la que se ha convertido el sistema chino. Ya sea en su dimensión más física, mediante el derrumbe total del pasado y los hogares de una comunidad que tiene lugar en la ciudad devastada (a causa de la construcción de la Presa de las Tres Gargantas) en la que transcurre Naturaleza muerta; en la exploración de la incomunicación que genera el habitar entornos marcados por su artificialidad manifiesta, como el parque de atracciones de The World; o apuntando a la culpabilidad invisible de un sistema político corrupto y hermético a través del nexo de unión que dejaban entrever los cuatro episodios de Un toque de violencia. En las tres películas la temática de fondo, que apuntábamos al comienzo de estas líneas, es común. Más allá de las montañas no es ninguna excepción a este principio, si bien se puede entender como un intento más ambicioso de explorar sus ecos, apostando esta vez por el desarrollo afectivo de sus personajes, la amplificación temporal y algunas cuestiones formales. Tres aspectos en los que procedemos a ahondar.

    Respecto al desarrollo afectivo de sus criaturas, se puede pensar en una de las escenas más impactantes de Un toque de violencia, en la que un empresario fustiga al personaje de Zhao Tao (musa habitual de Zhangke) con un fajo de billetes después de que ésta se haya negado a mantener relaciones sexuales con él. Fijémonos ahora en la premisa argumental de la cinta que nos ocupa: en su primer episodio, ambientado en un año 2000 en el que la bestia del capitalismo feroz empieza a desperezarse, Tao (interpretada también por Zhao Tao) se ve empujada a elegir entre dos amigos que la cortejan: Liangzi, un minero humilde, y Zhang, un magnate emergente. La ostentación de riqueza de Zhang, expresada por ejemplo en el coche que compra (Zhangke ha contado, como muestra de lo acelerado de la conversión capitalista china, que adquirir un coche propio no se convirtió en algo común en su país hasta finales de los noventa), termina decantando la decisión de Tao. Porque, además, se evidencia que la posición económica dicta también los talantes (¿o es al revés?) del Zhang arrogante y autoritario y el Liangzi dócil y retraído. Es más, respecto a esta presencia totalizadora del dinero en el relato, el nombre que eligen Tao y Zhang para el hijo que tienen juntos no puede ser más explícito: Dólar. ¿Qué implicaciones tienen estos detalles? Pues que lo que en Un toque de violencia funcionaba como un recurso de impacto plástico tiene en Más allá de las montañas unas ramificaciones mucho más amplias, dado que esta obsesión por la riqueza condiciona todo su desarrollo narrativo. Se podría decir que lo que Zhangke plantea es una indagación en todo lo que acarrea la existencia de un personaje como el empresario corrupto de Un toque de violencia (que en el fondo parece no ser demasiado distinto de Zhang): el origen de su corrupción moral, cómo sus decisiones basadas en lo materialista condicionan sus relaciones personales y las vidas posteriores de los que le rodean, y de qué manera sus faltas generan vacíos en la generación venidera.

    por Miguel Muñoz Garnica
    mayo 21, 2016

    Crítica | Más allá de las montañas

    por Miguel Muñoz Garnica | mayo 21, 2016
    Monster hunt

    Carne china de merchandising

    crítica de Monster Hunt (捉妖记; 捉妖記; Zhuō Yāo Jì; dir. Raman Hui, China 2015).

    En un año en que algunas de las grandes apuestas de Hollywood para reventar las taquillas han sufrido para llegar a ser rentables —Terminator Génesis (Alan Taylor), Pixels (Chris Columbus)— o, directamente, se han estrellado comercialmente —Cuatro fantásticos (Josh Trank), Tomorrowland: el mundo del mañana (Brad Bird), Operación U.N.C.L.E. (Guy Ritchie)—, llega la producción china Monster Hunt, con su ajustado presupuesto de 35 millones de dólares y, tal vez por la búsqueda del público de una obra para toda la familia, termina arrasando con 381 millones de dólares recaudados en dos meses en cartel, y desbancando a Fast & Furious 7 (James Wan) de su puesto como la película más taquillera de la historia en China. Este país, convertido en el segundo mercado cinematográfico del mundo y auténtica tabla de salvación para que ciertos blockbusters americanos reciban un empujón considerable en sus carreras comerciales, se ha rendido a los pies de una fantasía tan blanca como aquellos clásicos aventureros que triunfaron en la década de los 80, pero ejecutada con todos los avances en efectos especiales y con el añadido del cada vez más en boga 3-D, algo que puede ayudar a Monster Hunt a extender su éxito fuera de sus fronteras.

    La cinta está dirigida por Raman Hui, un cineasta chino especializado en el campo de la animación, cuya carrera se había desarrollado hasta el momento bajo las faldas de Hollywood, donde había codirigido junto a Chris Miller Shrek Tercero (2007), encargándose también de la realización de una serie de cortometrajes que explotaban a los personajes de sus títulos más exitosos de Dreamworks, tales como Kung Fu Panda: Los secretos de los cinco furiosos (2008), Halloween con Shrek (2010) o El gato con botas: Los tres diablos (2012). El guion de Alan Yuen se basa en uno de los cerca de 500 relatos escritos durante la dinastía Qing por Pu Songling, que fueron conocidos como los Cuentos Extraños de un Estudio Chino. En aquellas fábulas populares, el autor, a base de imaginar un mundo en el que realidad y fantasía se mezclaban con naturalidad (con gran profusión de monstruos, fantasmas o inmortales), se dedicó a realizar directas críticas a la sociedad y a la corrupción del gobierno de la época y su discriminatorio sistema feudal. Casi tres siglos después de su publicación, muchas de las lecciones de sus parábolas sobre la igualdad y la tolerancia cobran la misma vigencia que el primer día. Monster Hunt imagina una época remota en la que seres humanos y monstruos cohabitaron la Tierra hasta que una guerra hizo que se les prohibiese a éstos últimos mezclarse con las personas. Los cazadores de monstruos hacen que esta separación se cumpla, detectando a estas criaturas que, bajo disfraces humanos (todo muy Men in Black), permanecen infiltradas entre la población. Como en toda fantasía de este tipo, existe una profecía que habla del bebé nacido del cruce entre ambas especies, y ésta comienza a producirse cuando la reina monstruo embaraza a un torpe muchacho proveniente de una familia de guerreros. Desde ese momento, el joven, ayudado por una valiente cazadora de monstruos, dedicará su vida a tratar de proteger al heredero del trono de otros monstruos malignos y del resto de cazadores que quieren conseguirlo a cambio de una sustanciosa recompensa.

    por José Martín León
    noviembre 30, 2015

    Crítica | Monster hunt

    por José Martín León | noviembre 30, 2015
    Dearest

    El hombre del saco

    crítica a Dearest (Qin Ai De, Peter Ho-Sun Chan, 2014)

    El secuestro y tráfico de niños en China es una de las mayores preocupaciones de esta sociedad oprimida, que vive bajo las estrictas normas de un sistema que gobierna con implacable dureza a una población, cuyo crecimiento masificado forzó la activación de rigurosos planes de contención. Una de esas opresivas leyes prohíbe a las familias tener más de un hijo. Si combinamos la rigurosidad legislativa oriental y el creciente aumento del comercio negro infantil, las consecuencias para las familias damnificadas pueden ser atroces. Estos son precisamente los trágicos resultados que explora Peter Chan, creador de la fabulosa Comrades: Almost a Love Story (1996), con su nueva película, Dearest (Qin Ai De), en la que reconstruye una historia estremecedora cuyo mayor desconcierto reside en las similitudes extraídas de la terrorífica historia real en la que se basa. En ella, el reputado realizador chino se adentra en la pesadilla que deben vivir unos padres cuando toman conciencia de la desaparición de su hijo. La asfixia, el dolor, la angustia y la desesperación se multiplican debido a la imposibilidad de luchar contra un sistema frío e intransigente que no facilita las cosas a unas personas que atraviesan por el peor momento de sus vidas. La mencionada ley que sólo permite un hijo por familia, no contempla la posibilidad de que éste sea reemplazado en caso de desaparición o secuestro, a no ser que se presente el certificado de defunción. Por ello, si unos padres quieren, tras años de búsquedas inútiles, volver a tener un hijo, la ley se opondrá a no ser que lo den oficialmente por muerto, lo que aumentará exponencialmente el peso de la carga moral que supone sentir que se está sustituyendo al primero. Esto además pone fin a la búsqueda y permite que el sistema lo tache de sus “casos sin resolver”.

    18 de julio de 2009, un niño de tres años llamado Pengpeng bromea con su padre en un dialecto del sur de China, su madre, preocupada de que el pequeño se acostumbre a esa lengua relacionada con granjeros y gente de clase social baja, pide cariñosamente a Pengpeng que se comunique estrictamente en mandarín, y recrimina a su exmarido las costumbres arcaicas que enseña a su hijo. Instantes después, el niño será secuestrado por un hombre al que no somos capaces de ver. El espectador es consciente en todo momento de la captura, aunque sólo percibirá una borrosa figura que atrapa al niño y se lo lleva. Desde ese momento, la imagen de Pengpeng se congelará, su crecimiento y el consecuente cambio físico serán inexistentes para todos los que lo conocían y que, por mucho tiempo que pase, seguirán recordándolo como ese niño de tres años de despierta mirada y una cicatriz en la frente. Y aquí comienza la primera etapa —de la primera parte de la película—: la lucha hasta la extenuación. Tanto la energía como la economía de los padres se encuentran en un buen momento, por lo que invierten todos sus recursos en lo que creen la mejor opción: la ayuda ciudadana, así que ofrecen una recompensa para todo aquel que facilite una pista que pueda conducir al paradero del pequeño. Una decisión desaconsejada por la policía pero que aun así deciden llevar adelante con la esperanza de obtener la mayor asistencia posible. Sin embargo, el siguiente rótulo que vemos en pantalla, que nos conduce a la segunda etapa (primera parte) y nos advierte de que ya ha pasado un año de la desaparición, comienza a llenar de pesimismo a personajes y espectadores. Una sensación que se agravará con la llegada de las primeras decepciones tangibles: pistas falsas, bromistas, timadores y mafias especializadas se empeñarán en despojar de todo el dinero y la fuerza de voluntad a los desdichados padres quienes, movidos por su desesperación, se convierten en una presa fácil para toda una ralea de desaprensivos que terminarán por llevarlos a la ruina. La sociedad china recibe una fuerte crítica dirigida directamente a sus ciudadanos, gente sin escrúpulos que, o forma parte de las estafas, o las consiente impasible mientras suceden frente a ellos. Finalmente, Tian Wen-jun, el padre del desaparecido, tocará fondo (metafórica y literalmente) en una escena en la que se aprecia cómo está a punto de perder la vida por recuperar a su hijo.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 25, 2015

    Crítica | Dearest

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 25, 2015

    Grietas en el hielo

    crítica de Black Coal | Black Coal, Thin Ice (Bai ri yan huo), dirigida por Yinan Diao, 2014 | ★★★

    La sombra de Raymond Chandler planea sobre cada rincón de la ciudad que Yinan Diao escenifica en este melancólico recorrido por algunas de las miserias de China. Es el reflejo social transformado por el prisma del cine negro, de la misma forma que Chinatown (1974) sentenciaba la naturaleza violenta de su mundo en su última escena o La jungla de asfalto (1950), lo despiadado de los bajos fondos de una gran ciudad americana. El cine negro está ahí, no sólo por sus tramas, sino, en mayor medida, por lo trágico de su contenido y, en especial, de sus personajes. Black Coal, Thin Ice (2014) podría ser una relectura perfecta —con la genuina sensibilidad asiática— del clásico cine noir de Hollywood. Tras un tiroteo en el que resultan asesinados dos compañeros en acto de servicio, Zhang es destituido para acabar ganándose la vida como guarda en un puesto de carretera. Cinco años más tarde, y con el alcoholismo y la desgana inherentes a todo protagonista adscrito al género, decide reabrir el caso cuando llega a sus oídos cierta información relacionada con la aparición de dos cadáveres. Ambos con el mismo modus operandi que el cadáver descubierto hace años. El mismo que condenaría su trabajo y su matrimonio.

    La razón clave para reabrir el caso es obvia atendiendo a su sello. Todas las víctimas están relacionadas con una única mujer: Wu Zhizhen. Viuda y dependiente de una lavandería. Reservada y discretamente atractiva, se mostrará recelosa cuando Zhang decida hacer un primer acercamiento casual para seguir sus pasos y costumbres. De alguna forma, ella es la clave para entender los crímenes. Y así, Diao centra por fin el foco: una ambigua relación entre sospechoso y agente que acaba tornándose cada vez más siniestra y peligrosa. Zhang y Wu conocen la amenaza y los terrores ocultos de su país; los que se ocultan bajo las capas de carbón y las grietas de hielo del título americano (Black Coal, Thin Ice), entre los callejones de barrios industriales en los que sus ciudadanos apenas son considerados como mano de obra útil; entre esta dualidad que se mueve entre lo personal y lo genérico; entre una relación sentimental y el contexto de un país que empieza a cambiar. Es ahí donde está el talón de Aquiles de Diao: la falta de foco. La dispersión de la trama exige una atención extra del espectador, pues es fácil desconectar si uno no está atento a la información que se va a administrando. El director prefiere el hipnotismo de una hermosa fotografía nocturna, de neones rojos y amarillos, y pistas de hielo a medianoche, descuidando el ritmo y perdiendo fuelle. En contraste, el trabajo de puesta en escena es inapelable, sobre todo cuando uno ve como el cineasta consigue unir la tragedia y el absurdo en una sola escena: la del tiroteo que acaba con la carrera de Zhang al poco de empezar el filme. En ella se resume el tono entero de la obra.

    por Unknown
    agosto 27, 2014

    Crítica | Black Coal

    por Unknown | agosto 27, 2014
    Un toque de violencia | Tian Zhu Ding (天注定), Jia Zhangke, 2013

    A cuchilladas con la China contemporánea

    crítica de Un toque de violencia | Tian Zhu Ding (天注定), Jia Zhangke, 2013

    China ha superado, en este 2014, a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. El gigante asiático ha desplegado sus alas. El mundo tiembla. Se mira a China con miedo, eso que algunos confunden con el respeto. Mientras Europa y Estados Unidos lidian con una economía que ha hecho estragos su supremacía, China ha mantenido sus niveles de crecimiento. Lógicamente, no todo es color de rosa, este poder económico, por desgracia, no viene acompañado de una mejora en la calidad de vida de sus habitantes. Es más, con la progresión han eclosionado otro tipo de problemáticas sociales casi ausentes hasta ahora. La desigualdad económica, antiguamente reducida, se ha hecho visible para la mayoría de la población. Antes apenas había diferencia entre los trabajadores urbanos y los rurales, en la actualidad los primeros triplican en ingresos a los segundos. Hay más datos que avalan la divergencia. Por ejemplo, el país que más adinerados coloca cada año en la lista de los más ricos del mundo es China. Esta cantinela viene acompañada de la corrupción. Van de la mano. Esta está in crescendo, o al menos se ha hecho más perceptible. Los esfuerzos del gobierno –con juicios sumarios a funcionarios públicos, incluida la condena a muerte del ministro de ferrocarriles– han sido infructuosos y han erosionado el poder del Partido Comunista. Casi nada queda en nuestros días del legado ideológico y las teorías de Mao. Desde la ascensión al poder de Deng Xiaoping –1976–, China se embarcó en un proceso de apertura y reformas que no ha tenido fin. El discurso de Mao Tse-Tung –bañado de masacres– resuena nostálgico en una generación que empieza a demostrar su inconformismo. A pesar de los esfuerzos del gobierno del PCCh por cubrir con un (es)tupido velo la disidencia, ésta se manifiesta, aprovechando los resquicios de tolerancia, de muchas formas. Incluso de la mano de artistas consagrados como el cineasta Jia Zhang Ke.

    por Anónimo
    junio 04, 2014

    Crítica | Un toque de violencia

    por Anónimo | junio 04, 2014
    Buddha Mountain

    GRITÁNDOLE A LA VIDA

    crítica de Buddha Mountain | Guan yin shan, Li Yu, 2010

    Son tres. Uno es un chulazo que recorre con su moto las amplias y caóticas calles de la ciudad; otro es un muchacho obeso amante de Michael Jackson y fanático del baile; y, la última, canta en locales de moda, es joven y de espíritu libre. Juntos han forjado una amistad bastante fuerte, de aquellas que uno podría haber deseado cuando se encontraba en la precoz adolescencia y soñaba con su “grupo” o club particular para hacer y deshacer de acuerdo a sus ideales y descubrir los secretos de la vida a su antojo. Y es que como dice Francesco Alberoni (periodista y sociólogo italiano) “Un amigo es la persona que nos muestra el rumbo y recorre con nosotros una parte del camino”, y el cine lo sabe y lo ha tenido muy claro, por eso a lo largo de su historia ha tratado de enaltecer el valor de la amistad y la lealtad en base a propuestas que se han quedado grabadas en nuestra retina por mucho tiempo, pues a los seres humanos cuando nos tocan temas tan íntimos y tan bien contados, como la importancia de tener seres en quienes apoyar nuestra existencia, difícilmente podamos rechazarlos. Desde aquellos amigos que se volvieron incondicionales en una cárcel de máxima seguridad llamada Shawshank o aquellos niños que vivieron una aventura en Castle Rock, hemos podido vivir y disfrutar del desenfado de agradables películas que presentan la vida tal cual es. Y de eso va Buddha Mountain, o mejor dicho, ese es uno de sus más contundentes mensajes llevado a cabo a través de esos tres personajes mencionados al inicio.

    por Unknown
    julio 08, 2013

    Crítica | Buddha Mountain

    por Unknown | julio 08, 2013
    The Grandmaster

    LUCHAR POR EL HONOR

    crítica de The Grandmaster | Yut doi jung si, Wong Kar-wai, 2013

    Tendría unos siete u ocho años la primera vez que vi una película de artes marciales. En mi casa, los domingos por las tardes, mis padres acostumbraban a encender la televisión para deslumbrarse con las técnicas usadas por esos personajes orientales para vencer a sus oponentes en cada uno de los filmes que el canal retransmitía. Ciertamente, aunque nos era desconocida la cultura china y los orígenes del kung-fu, era un placer ver ese tipo de películas que iban más allá de la acción y relataban con vehemencia la lucha por la dignidad, el honor, o el cobro de una cuenta pendiente, llamémosla venganza. Desde entonces, con el pasar de los años muchos directores han querido exaltar el género a través de distintas propuestas, muchas de ellas con relativo éxito, otras no tanto, es así donde llegamos a “The Grandmaster”, de Wong Kar-Wai, un director que no es desconocido entre la cinefilia mundial al tener en su haber películas tan laureadas como "In the Mood for Love", "2046" y "My Blueberry Nights". En su última creación nos ofrece no sólo un pequeño y sentido homenaje al género de las artes marciales, sino que brinda un espectáculo visual poético con imágenes destellantes acompasadas y dibujadas con el mejor de los pinceles.

    por Unknown
    mayo 12, 2013

    Crítica | The Grandmaster, de Wong Kar-wai

    por Unknown | mayo 12, 2013
    Las flores de la guerra
    EL TOQUE MAESTRO DE ZHANG YIMOU
    crítica de Las flores de la guerra | Jin Ling Shi San Chai (The Flowers of War), Zhang Yimou, 2011

        La guerra, una vez más. Bombas, sangre, jóvenes traducidos a estadísticas y el poder, en la sombra. Villanos, hombres y mujeres como objetivos gustosamente abatibles; infancia arrebatada y lo que nunca nos contarán. Forma parte de nuestra identidad histórica, esa reconstrucción o negación inquisitiva del pasado, que sólo ayuda a crear nuevos monstruos. La Historia ofrece voz a los que llegan al final para escribirla (no obstante, y hasta donde yo sé, ni muertos ni proscritos tienen credibilidad). Así, hay que ser un punto masoca para adentrarse en una película cuyo telón de fondo es la brutal invasión de Nanjing por parte de los japoneses. Más de dos horas rememorando aquel episodio infame que retrató Ciudad de vida y muerte, un devastador relato acerca del genocidio y las violaciones que sufrieron centenares de mujeres, y muchas otras que todavía no habían alcanzado tal consideración. El filtro del blanco y negro justificaba ahí su presencia, por ritmo y por atmósfera: no había en el Infierno lugar para los colores, que suelen asociarse —a pesar del caos— con cierta esperanza. Finalmente salías del cine con un nudo en el estómago, consciente de que por muchas lecturas que lleves a tus espaldas o por muy gráfico que sea un texto, no hay mayor golpe emocional que una imagen tan expresiva como disuasoria. Digamos que la propuesta de Lu Chuan nos había dejado sin ganas de Nanjing, Auschwitz y demás episodios. O no. Al menos, no si el relevo recae en Zhang Yimou, un director cuyas señas de identidad se antojan identificables, pero elásticas. Y es que, tras su etapa mística y de artes marciales (Hero, La casa de las dagas voladoras, La maldición de la flor dorada…), aparentemente más ligera que la del extraordinario retratista social de Amor bajo el espino blanco, Yimou reafirma su vuelta al gran cine, o quizá a un cine de amplio espectro, inconscientemente lírico y lleno de humanidad, con Las flores de la guerra.

    por Anónimo
    marzo 07, 2013

    CRÍTICA | LAS FLORES DE LA GUERRA

    por Anónimo | marzo 07, 2013

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