La cuadratura del círculo
crítica ★★ de Yo no soy Madame Bovary (我不是潘金莲 / Wǒ Búshì Pān Jīnlián; Feng Xiaogang, China, 2016).
El cine chino reciente parece desarrollarse en torno a dos constantes, una temática y la otra formal. En el primer caso, el elemento recurrente es el dibujo de una sociedad incapaz de la empatía, individualista y mercantil hasta extremos inhumanos. Toda la obra de Jia Zhangke, su representante más ilustre, es un estudio de esta cuestión. O podemos tomar un caso muy reciente. La cinta de animación
Have a Nice Day, segunda del cineasta Liu Jian, que traslada a este paisaje humano una trama de enredo tarantiniana cuyos estallidos de violencia se desatan, precisamente, porque ninguno de sus personajes es capaz de evitar el deseo irreprimible de lucro económico. En cuanto a la segunda cuestión, el cine chino está dando algunos de los ejemplos más notorios de formalismo en lo que llevamos de siglo. La variación de formatos de
Más allá de las montañas (2015, Jia Zhangke), el larguísimo plano secuencia de
Kaili Blues (2015, Bi Gan) o el montaje que niega el presente fílmico de
Black Coal, Thin Ice (2014, Diao Yinan) dan buena cuenta de una tendencia a la fascinación hacia los elementos formales per se. En cierto modo, son dos cuestiones relacionadas. Una aproximación deshumanizada a una realidad deshumanizada.
Yo no soy Madame Bovary, última ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián, también da cabida a ambas constantes, como expresa de forma inequívoca el formato circular en el que está rodada la mayor parte de su metraje. Si bien, quedan avisados, su voluntad de experimentación visual no parece apuntar a nada más que la simple apariencia de vanguardismo. A un posible intento por parte de su autor, Feng Xiaogang, de desprenderse del aura de director comercial con la que es percibido en China. No en vano, hablamos de un cineasta que acumula ya diecisiete largometrajes y que desde mediados de los noventa se fue especializando en comedias de gran éxito en taquilla.
Con todo, siendo justos, los logros visuales de
Yo no soy Madame Bovary son a ratos más que interesantes. Un plano amplio que muestra una reunión anual del partido comunista chino es un buen ejemplo de su capacidad para condensar su trasfondo discursivo en composiciones muy medidas. En este plano, los trabajadores uniformados decoran minuciosamente la sala en la que va a celebrarse la reunión. Los asientos son alineados en una cuadrícula cuyas exactitudes rectilíneas se miden con cintas métricas. Las luces tenues, los rojos desapasionados de la estancia y los aplausos estrictamente reglados de los concurrentes realzan el tono uniformizante de un escenario que invoca como pocos el gran ideal de la política china: la armonía. La ausencia de estallidos cromáticos discordantes. En esta escena, sin embargo, aparece una disonancia. No de forma visual, sino verbal. El presidente de la asamblea relata, indignado, que una mujer de provincias se ha arrojado hacia él al salir de su coche demandando reparación ante un pequeño caso judicial. La falta de respuestas que ha empujado a esa mujer a tener que desplazarse hasta Pekín y rogar a los altos mandos, concluye el presidente, es un fallo de los cargos intermedios a todos los niveles en su labor de acercamiento al pueblo. De modo que ruedan cabezas. Li, esa mujer que ha cortocircuitado con su protesta los resortes del sistema, es la peculiar protagonista de
I Am Not Madame Bovary, encarnada por la superestrella china Fang Bingbing.