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    Alain Guiraudie
    Alain Guiraudie
    || Críticas | Seminci 2024 | ★★★★★
    Misericordia
    Alain Guiraudie
    Por una observación frontal


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Francia, 2024. Título original: Miséricorde. Duración: 102 min. Dirección: Alain Guiraudie . Guion: Alain Guiraudie. Música: Marc Verdaguer. Fotografía: Claire Mathon. Compañías: Coproducción Francia-España-Portugal; CG Cinéma, Scala Productions, arte France Cinéma, Andergraun Films, Rosa Filmes. Reparto: Félix Kysyl, Catherine Frot.

    No resulta sorprendente que uno de los productores de la nueva película de Alain Guiraudie sea Albert Serra: la constante búsqueda de imágenes nuevas y originales que el director catalán tiene como fin cinematográfico único y último —según sus propias palabras— se asemeja al principal propósito fílmico que mueve al autor francés: conseguir que cada una de sus obras sean pequeños ecosistemas en los que tanto la estética como moral de la sociedad contemporánea se vean sepultadas por unos nuevos códigos formales y éticos que liberen a sus personajes de todas las ataduras que les impiden desarrollarse con plena libertad. En la búsqueda de imágenes y atmósferas inusitadas se encuentran las filmografías de dos autores totales que con cada nuevo proyecto no hacen sino demostrar un manejo absoluto de la imagen abstractamente realista, del encadenado de secuencias detenidas dentro de los límites del encuadre que se derriten frente a la mirada de los espectadores a medida que van pasando los minutos. Son las suyas propuestas radicales en las que la composición del plano no tiene mayor peso que el diseño de la banda sonora—véase, como ejemplos paradigmáticos, el énfasis que tienen las respiraciones en Tardes de soledad o el papel fundamental que el eco del viento y del movimiento del agua desempeña en El desconocido del lago—; es decir, el trabajo sonoro no ilustra o sostiene el visual, sino que lo potencia, lo carga de verdadera lógica cosiendo en el vacío que hay entre un plano y el siguiente el verdadero sentido de la película. Se podría decir, por apurar la comparación, que El desconocido del lago y Liberté son el anverso y el reverso de una misma moneda: si en la primera el bosque es el espacio abierto y seguro en el que se disfruta de una sexualidad que Guiraudie observa siempre desde una perspectiva lúdica y luminosa; en la segunda no es más que un laberinto de madera y luz lunar donde el deseo está marcado por la violencia y la dominación.

    Misericordia se mueve dentro de los parámetros habituales de la obra de su director. Los entornos naturales vuelven aquí a ser el escenario en el que sus criaturas pueden quitarse las máscaras y abandonar la interpretación constante que es su vida, el coche se convierte de nuevo en la traslación física más precisa de todo aquello que su dueño oculta, y la fluctuación del deseo entre el ámbito público y el privado mueve los cimientos sobre los que los protagonistas han levantado su —frágil— estructura vital. La película se abre con una concatenación de planos de una carretera. El énfasis que Guiraudie pone en ellos sugiere la importancia que estos espacios de tránsito van a tener en un relato que, de hecho, está hilvanado con historias que se quedan a medio camino de su destino o que no llegan a desembocar en la meta que tenían marcada. Cada personaje se ve obligado a lo largo del metraje a asumir la imposibilidad de ver cómo las ansias que marcan su día a día no van a cristalizar en la realidad de la forma que ellos desean. Una red de pasiones que agonizan en una telaraña de frustraciones une así a los pocos habitantes del pueblo al que Jérémie (brutal Félix Kysyl) regresa tras años de ausencia para acudir al funeral del hombre que le enseñó su oficio.

    La película bien puede verse como una gran frustración que rompe todo cuanto orbita a su alrededor, pero también como una enorme cristalera construida con diversos y fracturados fragmentos narrativos que aprietan entre las costuras de sus relatos sin final unos impulsos y deseos vitales insatisfechos, por irrealizados. El espectador se encuentra ante una paradoja cuando se enfrenta a Misericordia, debido a las dificultades que se le plantean cuando intenta definirla, encorsetarla en una definición estanca, afirmar con rotundidad si es un relato de núcleo negativo que destruye los elementos tangenciales que intentan florecer cerca o si es un mosaico de ausencias convertidas en imposibilidades. De todos modos, la catalogación de sus imágenes es, ya se ha dicho, lo de menos. Lo importante es que su estructura lánguida, cimentada por todos y cada uno de los desvíos argumentales y personajes secundarios que permiten que la gran frustración del protagonista tome cuerpo y se proyecte hacia el exterior, está marcada por el dolor que surge cuando los deseos y las expectativas se disuelven en el caldo caliente de un mundo hostil. Todos los elementos de la película están atravesados por una sensación de aislamiento que no tarda en devenir ensimismamiento, egoísmo. El protagonista recorre a pie todos los días el bosque, la carretera, las calles mojadas sin llegar a entender qué espera de esos lugares, del pueblo y sus alrededores, por qué sigue ahí cuando lo único que le ofrecen sus habitantes son hostilidades y problemas, qué agujero interno espera llenar transitando un entorno fantasmal en el que no puede disfrutar de nada, ni tener un momento de calma, y del que, sin embargo, no es capaz de marcharse.

    Esa insatisfacción —intuida por el espectador—- que impulsa sus decisiones —posiblemente de forma inconsciente— no le afecta a él únicamente: el resto de personajes también son portadores de una oquedad que los aflige y que no son capaces de nombrar, lo que provoca que, al contrario que Jéremie, que busca en el contacto con los otros las palabras que le permitan iluminar su insatisfacción, su vacío, se cierren sobre sí mismos y respondan con violencia ante cualquier acercamiento de alguien que pueda alterar una rutina de la que —de nuevo, otra paradoja— se sienten esclavos. El amigo de la infancia del protagonista —e hijo del fallecido— no ve con buenos ojos que este se quede a dormir en casa de su madre, quien, por otra parte, se mueve siempre en un terreno ambivalente cuando le preguntan al respecto hasta que, cansada de la compañía, cambia sus formas neutrales por una serie de gestos y frases cortantes; un hombre que vive en un viejo caserón algo alejado del pueblo llega a amenazar a Jérémie con un arma después de que le haya confesado la atracción sexual que siente hacia él. El único que rechaza ejecutar movimientos —verbales, físicos— de desprecio o violencia es el sacerdote del pueblo.

    Hay, por tanto, debajo de Misericordia un gran dolor común, una enorme incomodidad, un baúl de ilusiones que se pudre día a día y que expande la fragilidad de su contenido por el pueblo. No existe propósito, ni deseo, ni tarea que los personajes puedan completar, de la misma forma que no existe un solo sueño que puedan tocar con la punta de los dedos: la muerte, la soledad, los trabajos alienantes, las imágenes del futuro ansiado rotas y esparcidas sobre el asfalto de las carreteras secundarias en las que se han convertido sus vidas; todo parece confabular en su contra. Su caminar es constante, sus movimientos son estáticos y los lugares que recorren, inmutables; es por eso por lo que nunca llega a existir una posibilidad de salir del círculo de opresión si no es a través de la muerte. Guiraudie filma los interiores como organismos ásperos que se contraen y se expanden, que mutan y que rechazan a los propios personajes que intentan habitarlos. A través de una serie de planos medios en los que nunca llega a definir con claridad la posición que los muebles y los personajes ocupan dentro del espacio, consigue crear una sensación de extrañamiento que potencia con el uso que hace de la luz, que pasa de ser onírica —en las secuencias del bosque—, a ser plana —en las escenas dentro de la casa. Las decisiones de puesta en escena tomadas por el director parecen responder a un deseo de inconcreción, a la necesidad de dibujar el centro eludido, la herida subterránea, a través de la contención de la explicitud discursiva, de la difusión —o destrucción— de los vínculos que unen a los personajes y de la mutación constante de las imágenes.

    «La incomunicación que los separa se levanta entre la tierra quemada de cada secuencia y convierte los diálogos en el esbozo de un anhelo imposible: una amistad, una despedida, un abrazo, un deseo que jamás alcanza a tomar cuerpo en la realidad; no hay ningún acercamiento que, sin estar definido por la hostilidad, no se vea interrumpido por el carácter vampírico del esquema vital en el que se encuentran insertadas las criaturas de Guiraudie».


    Esto no significa que Misericordia no hable de nada, que se niegue a mirar al mundo o que sólo esté interesada por el juego que las imágenes le ofrecen. Guiraudie apuesta por convertir la totalidad de la obra en el claro síntoma de la crispación que impide el diálogo —verbal, corporal, afectivo, sexual— entre sus personajes: los constantes cambios formales, la heterogeneidad de estilos y géneros que conforman la película no funciona sino como la clara traslación visual de la desesperación provocada por ese contradictorio estado en el que se mezclan la sensación de estancamiento con la futilidad de un movimiento inerte, estéril, cuya mera existencia sólo es capaz de generar angustia. Ese no poder cambiar una situación vital que no les produce más que dolor, ese intentar escapar de una rutina que los asfixia, es lo que genera el estado de frustración que los embarga y les impide ver más allá de su sombra. La incomunicación que los separa se levanta entre la tierra quemada de cada secuencia y convierte los diálogos en el esbozo de un anhelo imposible: una amistad, una despedida, un abrazo, un deseo que jamás alcanza a tomar cuerpo en la realidad; no hay ningún acercamiento que, sin estar definido por la hostilidad, no se vea interrumpido por el carácter vampírico del esquema vital en el que se encuentran insertadas las criaturas de Guiraudie. Mientras Jérémie y compañía agonizan en un charco menguante, rechazados por unos espacios interiores que se niegan a ser refugio, desesperados por huir de unos exteriores que invocan la angustia que la imposibilidad para llevar la vida que deseaban les produce, Misericordia se tiñe de los colores intermedios de una comedia policial eminentemente ambigua.

    Ni siquiera el tono de las imágenes opera atendiendo a los estados emocionales de los protagonistas: la desvinculación entre los diferentes elementos de la cinta es total. Entra entonces en escena el habitual espejo que el director utiliza para reflectar los fotogramas sobre la realidad exterior de la pantalla. Algunas de las estructuras que definen el devenir de la actualidad desaparecen en el cine de Guiraudie, abriendo un vacío que, a través de la absorción de actitudes, gestos y lenguajes violentos, moralistas, oscurantistas o cínicos, enfatiza el carácter ilógico de los mismos. En el cine del autor de Rester vertical, por poner el ejemplo más claro, la sexualidad está completamente liberada: no hay odios que la opriman ni existe un sistema heteropatriarcal que castigue la diversidad. Es precisamente desde ahí, desde el gran abismo que se abre entre la película y el mundo, desde el contraste que surge entre la imagen y la sala donde es observada, desde donde el director construye el discurso de sus películas. Lo mismo sucede con el concepto de misericordia que le da nombre a la cinta, y que aquí aparece desprovisto de la retórica católica y condescendiente con la que los sacerdotes lo han cargado a lo largo de los siglos. Son constantes los primeros planos que Guiraudie le dedica al rostro del cura del pueblo; en ellos, siempre aparece observando a Jérémie. Su mirada, sin embargo, no enjuicia al personaje, ni siquiera cuando está siendo interrogando por un par de agentes de la policía que le consideran el principal responsable de un asesinato. Jérémie es culpable y el cura lo sabe desde el principio, pero jamás lo mira con superioridad ni le da lecciones de ética, en parte porque está perdidamente enamorado de él, en parte porque hace gala de un humanismo muy infrecuente entre los suyos.

    El diccionario de la RAE define la misericordia como la «virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos». La misma institución describe el compadecimiento como la acción de «sentir lástima o pena por la desgracia de los sufrimientos ajenos». En la película de Guiraudie no existen ni el compadecimiento ni la lástima; la igualdad media entre el sacerdote y Jérémie, dado que ninguno de los dos observa al otro desde una posición de superioridad, ninguno se baja de su torre de marfil para emocionarse con las desgracias del otro disfrazado con un caparazón de soberbia, ni ninguno siente pena. El aislamiento y la posterior extracción de la carga católica que se extiende sobre el concepto de misericordia es el movimiento fundamental que permite su resignificación. Ante la cuestión de si es posible atribuirle un nuevo sentido a un concepto que forma parte de un marco de pensamiento tan específico que resulta difícil imaginarlo fuera de él, el director responde que sí, pero no lo hace, de nuevo, desde la prepotencia de quien se cree en posesión de la verdad absoluta. La ambigüedad de la película permite el cuestionamiento de uno de los pilares que sostienen su cierre discursivo.

    La misericordia, en la cinta, no es un concepto que obliga a quienes quieran ser iluminados por su gracia a purgar por sus errores cargando con algún tipo de penitencia insoportable, sino que funciona como un sinónimo de empatía, como el detergente que disuelve la costra solipsista que cierra la visión que los personajes tienen del mundo sobre sí misma, como el gesto de solidaridad que define una mirada humanista hacia el otro. Un humanismo desde el que el propio director retrata a todos sus personajes. El ejemplo más claro: Misericordia es una película abiertamente anticlerical en la que la visión que se arroja del personaje religioso no es negativa, paródica ni burlesca. Así, esa crispación, esa crisis que Guiraudie decide hundir en los márgenes del relato para colocar la cámara sobre los efectos que produce en los personajes, sobre el modo en que condiciona los gestos y actitudes de los vecinos del pueblo, encuentra en la observación frontal de la realidad del otro un leve paliativo. Si el nudo de frustración y dolor que apretaba los cuerpos de los protagonistas los condenaba a aislarse dentro del propio círculo concéntrico que trazaban con sus movimientos, la posibilidad en entablar un diálogo con el otro, con la mirada, esquinada también por la angustia, de las personas con las que se cruzan en sus interminables paseos por las calles del pueblo o por el bosque supone la primera grieta dentro de la férrea y cerrada atmósfera en la que se encuentran insertados. Se podría decir, por tanto, que el director conduce la película hacia una desembocadura en la que el desprejuiciamiento de la mirada funciona como la única forma de entablar un vínculo afectivo con los demás. La ruptura de los códigos morales que definen los modos de observar y relacionarse no es sino el movimiento que anuncia la proximidad del derrumbamiento de los esquemas sociales que provocan esa herida subterránea: romper con la hegemonía —esos valores individualistas, cínicos y puritanos— para, después, acabar con el sistema que la implanta. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    marzo 21, 2025

    Crítica | Misericordia

    por Rubén Téllez Brotons | marzo 21, 2025
    || Críticas | Berlinale 2022 | ★★☆☆☆ ½ |
    Un héroe anónimo
    Alain Guiraudie
    La sátira como terapia


    Luis Forero Varela
    Berlín (Alemania) |

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: «Viens je t'emmène». Direccción: Alain Guiraudie. Guion: Alain Guiraudie, Laurent Lunetta. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Chatchai Pongprapaphan. Productora: CG Cinéma. Intérpretes: Doria Tillier, Noémie Lvovsky, Nathalie Boyer, Renaud Rutten, Jean-Charles Clichet, Ilies Kadri, Michel Masiero, Philippe Fretun, Farida Rahouadj, Miveck Packa, Yves-Robert Viala, Patrick Ligardes. Duración: 100 minutos.

    A menudo la respuesta de la cultura popular a eventos traumáticos o problemáticas sociopolíticas suele bifurcarse en dos manifestaciones más o menos contrapuestas (aunque no necesariamente): la obra seria de denuncia, o bien el alivio cómico, del que suele extraerse también un cierto contenido crítico. Tenemos en este último caso a filmes como Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y Tiempos modernos (Charles Chaplin), o, ejemplos más recientes, Margin Call (J.C Chandor, 2011) y The big short (Adam McKay, 2015), como aproximaciones complementarias, más que contrapuestas, a la temática concreta (la hiperindustrialización de principios del siglo XX y la crisis bancaria de principios del siglo XXI, respectivamente). En el caso que nos atañe, la pasada Berlinale sirvió como plataforma de reflexión acerca de los efectos socioculturales del terrorismo reciente con dos aportaciones. Por una parte, el cineasta español Isaki Lacuesta ofreció con Un año, una noche (2021) un retrato sólido y emotivo de dos supervivientes de los atentados del Bataclán en París, en el año 2015. La inesperada rima temática llegaría con la obra más reciente del francés Alain Guiraudie, Nobody’s hero (2022).

    Este acercamiento al proceso de resiliencia de un determinado entorno social ante la tragedia se desbanca de una perspectiva psicológica hacia una dinámica de interacción entre los distintos grupos ciudadanos, todos afectados por la experiencia, y su posterior reacción. Con respecto a la forma, y este giro resulta curioso por lo insólito, la película se inscribe en un tono de comedia negra que se deleita exhibiendo las contradicciones y comportamientos erráticos y ridículos de sus personajes como sucesión de gags verbales y visuales.

    La apacible y monótona vida de Médéric (Jean-Charles Clichet) se ve «perturbada» por las directas consecuencias de los atentados terroristas perpetrados en la pequeña localidad de Clermont-Ferrand, en el centro de Francia. La emisión de noticias en el televisor de un hotel de mala muerte lo sorprenden entre las piernas de su amante, la prostituta Isadora (Noémie Lvovsky), acabando con una velada que, además, su marido y proxeneta (Renaud Rutten), también de algún modo conmovido por los atentados, interrumpe abruptamente, separando los dos cuerpos. El cabizbajo Médéric, al regresar a casa, se encuentra a un muchacho pidiendo algo de dinero para comer en el portal del edificio. El hombre, incapaz de evadir una cierta empatía social, le permite entrar al rellano y eventualmente darse una ducha en su apartamento, mientras lo asedian las dudas acerca de si este muchacho, árabe, acaso es uno de los terroristas en la huida.

    El contenido crítico que se filtra a través de la comedia en Nobody’s hero se nutre del comportamiento cada vez más absurdo de sus personajes. Escribía más arriba que la vida del protagonista se ve «perturbada», pues, lejos de causarle dolor, lo que parece es incomodarlo, interponerse entre él y su obsesión por Isadora, y cada gesto de amabilidad que tiene con el muchacho siempre parecen realizados desde una falsa preocupación. Pronto, los vecinos del edificio en el que vive Médéric comienzan a participar también directamente en esta dinámica, poniendo siempre como asunto más puntilloso la etnicidad del muchacho, que, de hecho, viene de Lyon, y sus posibles vínculos con el yihadismo islámico; y las discusiones en los rellanos entre los residentes de cada uno de los apartamentos recuerdan a una sitcom, pues cada personaje define su limitado registro con las pocas palabras que esgrime, opinando si acaso hay que salvar al chico de las garras del extremismo, perseguido además por otro grupo de jóvenes con intenciones ambiguas, o arriesgarse a introducir a un enemigo de la democracia en la tranquilidad del hogar de clase media en una pequeña comunidad. Nada aquí puede tomarse muy en serio desde una perspectiva de lo literal; la sátira es el vehículo a través del cual Guiraudie muestra, sin juzgar —definitivamente, un acierto—, a unos personajes preocupados ante la irrupción de un elemento inesperado; un acontecimiento que pone sobre la mesa una de las cuestiones socioculturales más ampliamente retratadas en el cine francés reciente: la multiculturalidad. Y es aquí donde los diálogos delirantes de los personajes acerca del Islam, la cultura árabe o la sexualidad resultan interesantes en un nivel discursivo, pues lo que evidencian es un inconfesable miedo social a lo diferente, convirtiendo al terrorismo casi en algo informe e indivisible de lo árabe y, por ende, catalogando de «peligrosa» o «sospechosa» a cualquier exhibición de rasgos culturales ligeramente divergentes.

    Nobody’s hero triunfa, en cierta medida, en su intencionalidad crítica desde el absurdo; triunfa como farsa pero palidece como comedia. Cada uno de sus personajes parece carecer siquiera de una identidad mínima, por lo que sus interacciones generan una sensación de desconexión inevitable, como si, de alguna manera, no fuesen humanos, sino seres artificiales recitando líneas y yendo de un punto A a un punto B —un defecto habitual en el género de comedia de situación —. Por tanto, sin existir un contenido de humanidad, el proceso de identificación en el espectador no termina de producirse, con lo que no provoca impacto emocional alguno en su metraje (algo probablemente no buscado), más allá de lo relativamente ocurrente de alguno de sus gags. Si, como decíamos al principio, la construcción formal de esta película se encaminaba no hacia el drama sino a lo humorístico, y, precisamente en este ámbito (ojo: el humor es, ya se sabe, una cuestión muy subjetiva) se muestra construida con cierta torpeza, lo que nos queda es un aparato discursivo con cuestiones ciertamente relevantes a un nivel de lo sociopolítico, que nos invitan a pensar en conceptos como el miedo al otro, la noción de pertenencia o nacionalismo, incluso de convivencia. Y es en este último aspecto en el que, decíamos, el filme de Guiraudie se alza casi como un ejercicio terapéutico de procesamiento emocional del impacto del terrorismo en propio director como sosias de una sociedad europea asaltada constantemente por el peligro de un ataque indiscriminado, en el corazón del Estado del Bienestar. Y esta rescatable reflexión dignifica ligeramente el resultado final de Nobody’s hero. ⁜


    por Luis Enrique Forero Varela
    agosto 30, 2022

    Crítica | Un héroe anónimo (Alain Guiraudie, 2022)

    por Luis Enrique Forero Varela | agosto 30, 2022
    Rester Vertical

    Lo primitivo

    crítica ★★★★ de Rester Vertical (Alain Guiraudie, Francia, 2016).

    Todo comienza con la llegada de un forastero a los campos franceses. La senda marcada desde el principio a través del plano subjetivo del coche remarca el sentido del viaje, de la parada de un extraño en un territorio inexplorado. Las grandes zonas rurales siguen siendo todavía los únicos espacios por conquistar, aún salvajes, comprenden y guardan los secretos de la tierra. Es por tanto evidente que la estructura inicial de Rester Vertical agranda el contexto de paisaje primitivo, en clara consonancia con el interés, casi ancestral, del director por los orígenes animales del hombre y su especial relación con la naturaleza. En El desconocido del lago (2013) lograba definir los instintos sexuales del hombre en un marco claramente repertorial. El patriarcado hallaba en la lejanía del mundo civilizado su particular edén para forjar estereotipos y colonizar un espacio virgen exclusivo. Demandaba una identidad libre despojada de cadenas sociales o morales. La estructura y construcción dramática de Rester Vertical se cierne sobre la figura de un hombre (Leo) sin hogar o casa, del que apenas conocemos un pasado determinado; solo sabemos que se dedica al cine escribiendo guiones sin demasiada fortuna e inspiración. Es llamativo e interesante que Alain Guiraudie intente darle a su película el aspecto de western siendo lo más significativo el retrato masculino y las circunstancias que recaerán exclusivamente en su figura. Los sucesos dramáticos estarán pues sometidos a las vicisitudes del escritor en su nuevo mundo, no tanto como intruso, sino como conquistador, ateniéndose a las cualidades propias de una fábula que no difiere tanto de algunas de las epopeyas westerianas más clásicas.

    Hay varias escenas del filme que pueden ayudar a subrayar esta teoría. La primera es la imagen de la pastora cuidando del rebaño con el fusil. Cuando se da el primer contacto entre esta y el protagonista —la escena sexual reafirma esa idea de colonización, de instantánea identificación con la tierra— entendemos que está a punto de forjarse un nuevo hogar o una nueva comunidad. Es por ello que el forastero logra de inmediato su adaptación geográfica y espacial. También dejando embarazada a la mujer garantiza una continuidad (resuelto por el director mediante una abrupta elipsis). La segunda, incurre mucho más adelante cuando dos hombres armados salvan a Leo del acoso de un grupo de mendigos. La amistad masculina siempre sobresale en las historias típicas del western y son una parte fundamental del cine de Guiraudie, en el que la mujer apenas cuenta con un papel predominante. La tercera, la más evidente, es la exploración mística e iniciática que sufre Leo durante el relato. Sobre todas ellas el realizador solicita la importancia del paisaje en los planos generales donde Leo necesita integrarse con naturaleza y tierra: la granja, los lobos, el lago. Pero también en los planos cortos gestiona una integración sexual alejada de la gran ciudad, o entre tanto, afrontar retos desconocidos como la paternidad. Esta manera de ver las cosas choca con la explícita sexualidad característica en el autor, presentada casi como pulsión otra vez primitiva del propio hombre que denota un polémico estudio del deseo. Todos, o prácticamente todos, los hombres en Rester Vertical tienden a la homosexualidad o a la necesidad de construir un nicho solamente masculino. Sin ir más lejos, la única mujer abandona el lugar en virtud de formar una nueva vida lejos del campo, hasta el punto de abandonar al bebé recién nacido, dejando a los hombres, al padre (abuelo del niño) y a Leo, como modelos de un extraño, y caótico, heteropatriarcado.

    por David Tejero Nogales
    noviembre 08, 2016

    Crítica | Rester Vertical

    por David Tejero Nogales | noviembre 08, 2016
    El equipo de Money Monster

    In crescendo

    Crónica de la segunda jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    La jornada comenzaba con una buena dosis de disparatado dramatismo para sobresaltar a los espectadores que asistían, atónitos, a la extravagante historia contada por Alain Guiraudie acerca de un escritor atravesando un bache inspirativo; Rester Vertical nos daba un bofetón de explicitud visual a las 8:30 de la mañana y nos despertaba por completo para acudir al estreno de Money Monster, el nuevo trabajo de Jodie Foster quien, acompañada por los dos grandes veteranos de Hollywood: George Clooney y Julia Roberts, presentaba un trama de acción sin complicaciones que se nutre de su efectivo montaje y de ese nuevo Tom Hardy irlandés, llamado Jack O'Connell, que sigue con su imparable ascenso hasta la cumbre de la industria cinematográfica. Una industria que ha sido recientemente asaltada por los héroes y villanos de Marvel y DC comics pero que, no obstante, sigue necesitando de trabajos como I, Daniel Blake, que aprovechan su simplicidad y precisión para enviar un mensaje claro e imprescindible a una sociedad que va perdiendo todos sus valores y derechos. Loach presenta un drama social indispensable para evitar uno de las mayores lacras de nuestro sistema de gobierno: el olvido. Cerrando el día tenemos a la egipcia Eshtebak, un asfixiante drama filmado con una intensidad asombrosa que no deja espacio ni para respirar. Acción minimalista de una realidad aplastante.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 13, 2016

    Festival de Cannes 2016 | Día 2. Críticas: I, Daniel Blake / Money Monster / Rester Vertical / Eshtebak (Clash)

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 13, 2016
    El desconocido del lago

    Este viernes 4 de abril llega al fin a las carteleras españolas una de las indiscutibles películas del pasado año, El desconocido del lago, y lo hace cuando aún no se han apagado los ecos de la encendida polémica que desató en su presentación en el Festival de Cannes de 2013, a causa de sus muy audaces escenas sexuales. Aquello no impidió, a pesar de todo, que su realizador, Alain Guiraudie, se hiciese con el premio al mejor director en la sección Un Certain Regard, dejando bien claro que estábamos ante una obra muy notable, independientemente de los elementos más morbosos que adornan su trama. La fantástica acogida crítica se extendió posteriormente a su paso por el Festival de Sevilla, en donde se hizo con el máximo galardón, el Giraldillo de Oro a la mejor película, además de una segunda estatuilla para su fotografía. En su país de origen, Francia, se convirtió en una de las grandes favoritas en la carrera de los César, logrando 8 nominaciones –las mismas que La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche) y sólo dos menos que la gran triunfadora Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (Guillaume Gallienne)–, de las que únicamente se materializaría el premio al mejor actor revelación para el sorprendente Pierre Deladonchamps. Desde EAM recomendamos fervientemente el visionado de este excelente filme y, si no lo tienen demasiado claro, a continuación daremos los motivos por los que sería un tremendo error dejar pasar una de las citas ineludibles con el mejor cine europeo.

    CUATRO MOTIVOS PARA NO PERDERSE EL DESCONOCIDO DEL LAGO


    El desconocido del lago aúna con maestría dos géneros como son el drama romántico (a tres bandas, donde ninguno de los tres personajes principales son correspondidos como verdaderamente desean) y el thriller policiaco, en la mejor tradición del cine negro francés más clásico. La historia se desarrolla íntegramente en el escenario del lago del título, expandiéndose únicamente hasta la zona boscosa que rodea el lugar o los aparcamientos en donde dejan sus coches los asiduos al lugar, unos hombres que acuden habitualmente a pasar las horas relajándose o buscando sexo casual con perfectos desconocidos en un ambiente bucólico y libertino. Allí cruzan sus destinos los tres protagonistas: Franck (Deladonchamps) –un curioso joven asiduo al cruising que acude a diario al lago–, Henri (Patrick Dassumçao) –un solitario hombre que siempre permanece alejado del resto de los bañistas, recientemente abandonado por su mujer y con quien Franck inicia una amistad– y el atractivo Michel (Christophe Paou) –un tipo que no tiene el menor tipo de problema para llevarse cualquier conquista gracias a su poderoso físico, por lo que se convierte en el oscuro objeto de deseo de Franck–. Las relaciones que se establecen entre ellos –donde se combinan sentimientos como el deseo, los celos, las dudas y el miedo– son el motor que mueve esta historia que se resbala sugerentemente hacia los terrenos del thriller psicológico desde el momento en que un bañista es asesinado en el lugar. A partir de ahí, El desconocido del lago se transforma en una de las historias de amor más fatalistas y peligrosas del cine reciente.

    ♣ Al igual que sucede con La vida de Adèle, el filme de Guiraudie juega muy bien la baza de la provocación, no teniendo ningún miedo a mostrar escenas de sexo explícito entre sus actores y contribuyendo enormemente a normalizarlas dentro del cine convencional. No estamos ante una película pornográfica, pero sí es verdad que el público encontrará momentos solo aptos para mayores de 18 años –masturbaciones, sexo oral o eyaculaciones se muestran sin ningún tipo de pudor–. Es verdad que corre el riesgo de que a gran parte de la audiencia de mente cerrada pueda resultarle incómodo ver cómo dos hombres mantienen relaciones íntimas con toda la naturalidad del mundo, pero su triunfo allá donde se ha estrenado demuestra, afortunadamente, que las mentalidades están cambiando y se puede hacer un cine más libre y menos encorsetado. De hecho, la mayor polémica en Francia no vino de los tórridos escarceos sexuales de los personajes, sino de algo tan nimio como el dibujo de dos hombres besándose en el cartel.

    por José Martín León
    abril 02, 2014

    Panóptico | 4 razones para ver EL DESCONOCIDO DEL LAGO

    por José Martín León | abril 02, 2014
    El desconocido del lago (L'inconnu du lac)

    ATADURAS Y ESPOSAS INVISIBLES

    crítica de El desconocido del lago | L’inconnu du lac, Alain Guiraudie, 2013

    Muchas veces el cine se crece cuando debe luchar contra determinadas limitaciones o adaptarse a ciertas imposiciones. No es casualidad, por tomar un ejemplo cercano, que las comedias más logradas en su acidez y crítica social se produjeran en nuestro país durante el franquismo, sorteando la censura mediante el subtexto, las elipsis, el simbolismo u otro tipo de habilidades cinematográficas. La censura también existía por aquel entonces en Hollywood, y con ella tuvo que enfrentarse de una forma patente Alfred Hitchcock. Su forma de entender el cine le empujaba a realizar películas caracterizadas por una alta dosis de suspense e intriga pero también una pequeña dosis de erotismo, la cual debía sin embargo ocultarse o plasmarse con cuentagotas. Con la abolición del código Hays tuvo lugar cierta liberación al respecto, aunque naturalmente las constricciones no han desaparecido, ya sean impuestas por productoras o por otros medios, por mucho que ya no se encuentren catalogadas en un listado de reglas. De hecho, a veces son los propios cineastas los que optan por trabajar bajo un contexto estricto de restricciones, precisamente para estimular su creatividad y superar un desafío concreto. Las cosas pues no han cambiado tanto y la sombra de Hitchcock es alargada. Si El desconocido del lago (L’inconnu du lac, 2013) muestra en unos parámetros que no pueden ser más explícitos lo que el maestro del suspense a menudo se veía forzado a dejar turbadoramente implícito, su director Alain Guiraudie se autoimpone por otro lado una serie de condiciones en lo que respecta a sus actores, su historia y la localización en que la misma transcurre.

    En efecto, estamos ante un relato homosexual en el que todos los personajes son masculinos, reunidos todos ellos en un lago por lo demás desierto y en sus boscosos alrededores. En ellos es donde toma cuerpo un drama que nuevamente mezcla el thriller y la sexualidad, con el protagonismo de un joven llamado Franck que se enamora de ese desconocido del título, Michel. Éste último tiene ya un amante, pero una noche en la que cree estar solo con él y ambos están nadando en el lago, Michel lo asesina ahogándolo en el agua. Y la fijación que Franck siente por él le conduce a presenciar el crimen escondido entre los árboles cerca de la playa. El acontecimiento marca pues el gran punto de inflexión de una historia que hasta entonces evocaba cierta capacidad intimidatoria por la presencia de unos hombres anhelantes aunque pasivos, pero que se centraba más bien en el comportamiento despreocupado de Franck y en sus conversaciones amistosas con el menos agraciado Henri, el único hombre de la función que no se desnuda. A partir de entonces, por tanto, se introduce más claramente el género policiaco con algunos de sus elementos típicos, como la llegada de un sereno y encorvado detective y las preguntas que va formulando a Franck y Henri, principales sospechosos del fallecimiento no resuelto. Y con ello la inquietante intensidad de la narrativa va en aumento, aunque la misma es intencionadamente básica, no solo por sus reducidos personajes y su decorado único, sino por las simples motivaciones que empujan a aquellos, los diálogos casuales y tranquilos que intercambian y la progresión dramática que dibuja, hacia un provocador desenlace que mezcla el deseo y la muerte.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 18, 2013

    Crítica | El desconocido del lago (L'inconnu du lac)

    por Ignacio Navarro | septiembre 18, 2013

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