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    Las 10 mejores películas de Steven Spielberg

    La magia del «Rey Midas» en 10 películas.

    «Yo sueño para vivir».
    Steven Spielberg.


    Nacido en Cincinnati (Ohio), el 18 de diciembre de 1946, en el seno de una familia judía, Steven Spielberg tuvo claro desde bien pequeño que el amor por el cine corría por sus venas, empezando a grabar pequeñas películas en 8mm junto a unos amigos. Su primer corto, The Final Duel, (1958) lo rodó con 12 años, ganando su primer premio un año después por un mediometraje de 40 minutos sobre una batalla en África, Escape to Nowhere (1959). Con Firelight (1964), consiguió sacar adelante una película independiente de ciencia ficción que llegó a proyectarse en un cine local, recaudando un dólar más de lo que costó (500 dólares), al mismo tiempo que rodó algunas cintas sobre la Segunda Guerra Mundial. Estos trabajos de la adolescencia ya dejaban ver atisbos de la genialidad que caracterizaría al Spielberg adulto, así como temas y géneros en los que reincidiría años más tarde. Su ingreso en los estudios Universal como colaborador del departamento de edición posibilitó que su cortometraje Amblin (1968) pudiese presentarse en salas y que se le confiase la dirección de algunos episodios de series como Colombo. Su primer gran éxito lo logró con un telefilme, El diablo sobre ruedas (1971), que sorprendió a todos por su enorme calidad, hasta tal punto que consiguió ser estrenado en cines. A partir de una historia del experto en ciencia ficción Richard Matheson —autor de, entre otras, Soy leyenda y El hombre menguante—, Spielberg construyó una trepidante cinta de suspense que hizo del minimalismo su mejor herramienta. Dennis Weaver encarnó a un pobre desdichado que, tras adelantar a un camión cisterna con su coche, se ve sometido a una persecución sin tregua por parte del camionero. El hecho de que el espectador jamás vea el rostro del acosador le otorga a la película un carácter casi fantasmagórico que, unido a su impecable acabado técnico (las secuencias en carretera, que son la mayoría, están rodadas con gran virtuosismo) y al logrado in crescendo de la tensión, hicieron de este telefilme toda una inspiración para posteriores títulos como Carretera al infierno (Robert Harmon, 1986) o Nunca juegues con extraños (John Dahl, 2001). Tras aquel éxito —y la aceptable acogida de otro telefilme, esta vez enmarcado en el terror de “casas encantadas”, Algo diabólico (1972)—, Spielberg ya estaba preparado para dar el salto al cine y lo haría con Loca evasión (1974), una road movie basada en hechos reales, en la que Goldie Hawn —actriz que estaba viviendo un momento de gloria tras su Oscar ganado por Flor de cactus (Gene Saks, 1969)— y William Atherton fueron Lou Jean y Clovis, un joven matrimonio con evidentes signos de inmadurez mental que huía de la policía después de que el marido consiguiera escapar de la cárcel con ayuda de su esposa. Acompañados por un policía al que secuestraban, la obsesión de la pareja era, desde aquel momento, llegar hasta Sugarland para recuperar a su hijo, cuya custodia había sido entregada a una familia de acogida. Al igual que en El diablo sobre ruedas, este filme contó con magistrales secuencias automovilísticas, esta vez derivadas de la persecución policial, que presagiaban los buenos momentos de espectáculo y entretenimiento que el joven director regalaría en el futuro, dibujando, por primera vez, dos personajes desamparados e incomprendidos, no exentos de cierta carga de ternura bajo sus alocados actos. El guion de Hal Barwood y Matthew Robbins fue premiado en el Festival de Cannes y la taquilla respondió de forma positiva.

    Sería un año más tarde, en 1975, cuando Spielberg diese la campanada definitiva, esa que le posicionaría como el nuevo niño mimado de Hollywood, con la traslación a la gran pantalla de la novela de Peter Benchley en Tiburón, la película que definió las bases del futuro cine comercial. Fue el éxito del verano, la cinta más taquillera de la Historia del Cine hasta la llegada de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), entusiasmó a crítica y público, y ganó tres Oscars. La racha prosiguió con su siguiente trabajo, el drama de ciencia ficción Encuentros en la tercera fase (1977), que volvió a cosechar un enorme éxito a todos los niveles, pero Spielberg tampoco era infalible y, en 1979, sufrió su primer traspié, tanto comercial como artístico, con una sátira bélica que, a día de hoy, ha sido bastante reivindicada: 1941. Aquella incursión en el género de la comedia del cineasta mostró serias señales de megalomanía, tanto en su presupuesto (35 millones de dólares) como en una duración que se alargaba hasta los 143 minutos en un montaje original que sería rebajado a los 118 que fueron estrenados en cine. La historia, escrita por Robert Zemeckis, John Milius y Bob Gale, de la psicosis colectiva sufrida por los habitantes de las costas de California cuando, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, un submarino nipón se extravíe en sus cercanías, está rodada con una brillantez técnica irreprochable. La ambientación clásica, la brillante fotografía de William A. Fraker, el reparto lujosísimo (Bobby Di Cicco, Nancy Allen, Toshiro Mifune, Tim Matheson, Treat Williams, Dan Aykroyd, Ned Beatty, Warren Oates, Robert Stack, Christopher Lee o un icónico John Belushi), fueron ingredientes que no bastaron para que la cinta acusase cierta irregularidad. Quedan para el recuerdo algunas secuencias inolvidables, como aquel guiño a Tiburón que tenía como protagonista a Susan Backlinie, la misma chica que fue la primera víctima del escualo y que aquí parodiaba tan mítico momento, o la escena de la noria descarrilada. Pese a haber significado durante muchos años una gran mancha negra en el currículum de Spielberg, 1941, sin ser la gran comedia que ambicionó (en su lugar fue una comedia grande), posee todas las características que hicieron de él una leyenda en el cine de entretenimiento y funciona como espectáculo disparatado y no exento de ácida crítica al patriotismo mal entendido. Los 92 millones de dólares recaudados no fueron suficientes para ser tomados como un éxito, pero el cineasta resurgiría rápidamente con dos de sus mayores triunfos en taquilla.

    En busca del arca perdida (1981), la cinta de aventuras que nos presentó a uno de los héroes de acción más icónicos de todos los tiempos, Indiana Jones, y E.T., el extraterrestre (1982), su entrañable historia de amistad entre un ser llegado de otro planeta y un niño, arrastraron a millones de espectadores a las salas de cine. Tras una colaboración en la cinta En los límites de la realidad (1983), estupenda actualización de la célebre serie Twilight Zone, donde se ocupó de dirigir un sentimental episodio de ancianos que volvían a la infancia, bastante eclipsado a día de hoy por los ofrecidos por sus compañeros Joe Dante, John Landis y, sobre todo, George Miller —aquel que tenía como protagonista a un desatado John Lithgow, aterrorizado por la visión, a través de la ventanilla de su avión, de una extraña criatura en el ala, saboteando el motor—, Spielberg se embarcaría en la primera secuela de su carrera, Indiana Jones y el templo maldito (1984). Una aventura trepidante que posee uno de los prólogos más memorables del género, comenzando con una caótica pelea en un local de Shanghai que termina en persecución automovilística por sus callejuelas, y un posterior vuelo accidentado en avioneta que culmina con los protagonistas en la India. En esta continuación, Harrison Ford se volvió a mostrar en plena forma para manejar el látigo, viéndose acompañado en su aventura por una chica un tanto torpe (divertidísima Kate Capshaw) y Tapón, un pequeño ladrón callejero —Jonathan Ke Quan, el chico asiático de Los Goonies (Richard Donner, 1985). Spielberg potencia aquí el sentido del espectáculo, llenado su relato de secuencias de peligro límite —inolvidables las del puente colgante o la de las vagonetas en la mina—, pero también de mucho más sentido del humor, presente en la relación entre Indy y la corista Willie, deudora del slapstick de aquellas comedias románticas de los años 30 y 40, con la guerra de sexos como principal motor de las risas, o en momentos como los del banquete a base de exquisiteces como el famoso sorbete de sesos de mono. También se reveló como una cinta más violenta, siendo recordada en este aspecto por una macabra escena de sacrificio con corazón arrancado que rompía el tono “familiar” del conjunto. La crítica no respondió tan positivamente como lo hizo con En busca del arca perdida, pero el público salió encantado de la experiencia, lo que se tradujo en 333 millones de dólares recaudados en unas taquillas de las que, por aquellos años, Spielberg ya era el amo y señor.

    por José Martín León
    agosto 12, 2021

    Las 10 mejores películas de Steven Spielberg

    por José Martín León | agosto 12, 2021

    Las 10 mejores películas de Clint Eastwood

    El último cineasta clásico en 10 películas.

    ▲ Fotograma: El jinete pálido.
    Pale Rider, 1985.

    Este 31 de mayo se cumplen 91 años del nacimiento, en San Francisco, de una de las figuras más icónicas de la Historia del Cine, un hombre que ha sabido superarse y reinventarse con los años, permaneciendo en primera línea desde que Sergio Leone le convirtiera en toda una leyenda del Spaghetti Western. Hasta entonces, Clint Eastwood era uno más de los jóvenes y apuestos aspirantes a actores que trataban de hacerse notar en papeles muy secundarios en producciones de Hollywood, siendo la serie de televisión Cuero crudo (Rawhide, Thomas Carr, Ted Post, Christian Nyby, 1964), ese trampolín decisivo para que Leone se fijara en él y le ofreciera la gran oportunidad de su vida, esa que supo aprovechar (y cómo) en el papel de Joe, el pistolero vagabundo de Por un puñado de dólares (1964). El éxito fue tal, que director y protagonista volvieron a unir sus fuerzas en dos clásicos más que conformarían la conocida como Trilogía del Dólar: La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), junto a los míticos Lee Van Cleef y Eli Wallach. Las puertas de la meca del cine se abrieron definitivamente para Eastwood, que, con su contundente apariencia de tipo duro fue la elección de casting perfecta para thrillers de acción –Un botín de 500.000 dólares (Michael Cimino, 1974), Ciudad muy caliente (Richard Benjamin, 1984), En la cuerda floja (Richard Tuggle, 1984), En la línea de fuego (Wolfgang Petersen, 1993)–, westerns –Cometieron dos errores (Ted Post, 1969), Joe Kidd (John Sturges, 1972)– o cintas de aventuras y bélicas –El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968), Los violentos de Kelly (1970)–. Incluso se permitió demostrar una saludable vis cómica en el western musical La leyenda de la ciudad sin nombre (Joshua Logan, 1969) –junto a otro duro metido a las labores de hacer reír, Lee Marvin– y el muy taquillero díptico formado por Duro de pelar (James Fargo, 1978) y La gran pelea (Buddy Van Horn, 1980), donde encarnó a uno de sus personajes emblemáticos, el camionero Philo Beddoe, siempre acompañado de su inseparable orangután Clyde. Con el paso de los años, además, fue ganando en registros dramáticos, llenando la pantalla aun cuando la película estuviese por debajo de su altura –Golpe de efecto (Robert Lorenz, 2012)–.

    Aparte de Sergio Leone, otro fue el realizador fundamental para su crecimiento como actor: Don Siegel. Desde que colaboraron por primera vez en el thriller La jungla humana (1968), volverían a unir sus talentos en cuatro excelentes títulos más. El western cómico Dos mulas y una mujer (1979) –donde formó pareja con Shirley MacLaine–, El seductor (1971) –auténtica obra maestra que adaptó brillantemente la novela de Thomas Cullinan y donde Clint era el único hombre de la función, un soldado yanqui convertido en objeto de deseo de todas las mujeres de una escuela de señoritas–, Harry el sucio (1972) –Harry Callahan, el duro policía de San Francisco que impartía ley con una ligereza de gatillo pasmosa, fue uno de sus grandes personajes, gracias a este clásico del género que generó cuatro secuelas más, Harry el fuerte (Ted Post, 1973), Harry el ejecutor (James Fargo, Robert Daley, 1976), Impacto súbito (Clint Eastwood, 1983) y La lista negra (Buddt Van Horn, 1988)– y una de las cintas más representativas del cine carcelario, Fuga de Alcatraz (1979). Clint Eastwood aprendió muchísimo de sus maestros, Leone y Siegel, tanto que el mundo de la dirección acabó llamándole tanto o más que el de la actuación. Después de fundar su propia productora, The Malpaso Company, en1967, se atrevió a dar ese salto en 1971 con Escalofrío en la noche (1971), un fabuloso drama psicológico en el que extrajo de Jessica Walter una aterradora actuación como fan obsesionada con un locutor de radio, claro antecedente de la exitosa Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987). Un debut que sorprendió a quienes no tenían demasiada confianza en Eastwood como director y que fue solo el comienzo de una carrera impecable detrás de las cámaras, muchas veces protagonizando él mismo sus películas, como los cuatro formidables westerns en los que dejó constancia de su gratitud hacia el género que le vio nacer como estrella: Infierno de cobardes (1973), El fuera de la ley (1976), El jinete pálido (1985) y su obra maestra, Sin perdón (1992), ganadora de los Oscars a mejor película y director. En su excelsa filmografía ha tocado casi todos los géneros, desencasillándose, incluso, de su imagen de duro. Solo hay que echar un vistazo a su segundo largometraje, Primavera en otoño (1973), con un maduro William Holden viviendo un amor con la adolescente interpretada por Kay Lenz, un sensible drama romántico que fracasó en taquilla, pero que el tiempo ha encumbrado como una de sus perlas más reivindicadas. No abandonó el cine de acción, pero supo darle un toque de calidad al género, a través de títulos como Licencia para matar (1975), Ruta suicida (1977), Firefox (1982), El sargento de hierro (1986) –donde se autorregaló uno de sus papeles más divertidos, el del malhablado sargento Tom Highway encargado de instruir a un grupo de novatos–, El principiante (1990) –trepidante Buddy Movie, muy del gusto de la época, donde compartió protagonismo con el pujante Charlie Sheen–.

    La comedia circense Bronco Billy (1980) –coprotagonizada por Sondra Locke, su pareja durante años y actriz fetiche en varios títulos más–, el drama ambientado durante la Gran Depresión El aventurero de medianoche (1982) –con su hijo Kyle Eastwood compartiendo plano junto a él–, Bird (1988) –magnífico biopic del saxofonista de jazz Charlie Parker, interpretado por Forest Whitaker en uno de los papeles de su vida– y Cazador Blanco, corazón negro (1990), interesante crónica alrededor de los avatares del rodaje de La reina de África (John Huston, 1951), supusieron un notable camino hacia esa madurez que se consumó en Sin perdón. Tras este western crepuscular, encadenó una serie de maravillosos filmes que no dejaban de sorprender por tratarse de ofertas de lo más variadas. Un mundo perfecto (1993) –con un Kevin Costner mejor que nunca–, Los puentes de Madison (1995) –una de las cumbres del drama romántico, en la que Eastwood ofreció su actuación más conmovedora, formando con Meryl Streep una pareja inolvidable– y Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), dejaron el listón tan alto que sus siguientes títulos, aun siendo muy interesantes, podrían catalogarse como menores. A este grupo pertenecen Poder absoluto (1997), Ejecución inminente (1999), Space Cowboys (2000) y Deuda de sangre (2002). Mystic River (2003) fue el inicio de otra serie de magníficas obras que mostraban lo mejor de Eastwood como director de actores. Million Dollar Baby (2004) –que le hizo ganador, por segunda vez, de los Oscars a mejor película y mejor director–, el díptico sobre la Segunda Guerra Mundial Banderas de nuestros padres (2006) y Cartas desde Iwo Jima (2006), El intercambio (2007) y Gran Torino (2008) fueron unánimamente alabadas por la crítica. Invictus (2009) –drama biográfico con Morgan Freeman boedando el rol de Nelson Mandela–, el drama fantástico Más allá de la vida (2010), el biopic J. Edgar (2011) –a mayor gloria del histrión Leonardo DiCaprio–, Jersey Boys (2014) –sobre la creación del grupo musical The Four Seasons–, El francotirador (2014) –con un estupendo Bradley Cooper dando vida al marine Chris Kyle–, Sully (2016) –la historia de un heroico piloto de avión, al que da vida Tom Hanks, que salvó a 155 pasajeros de un accidente aéreo–, 15:17 Tren a París (2018) –posiblemente, su peor trabajo–, Mula (2018) –donde demuestra continuar siendo capaz de comerse la pantalla al borde de los 90 años– y Richard Jewell (2019) –otro hecho real en el que su protagonista pasó de ser héroe nacional a sospechoso de un atentado en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996– completan, con gran profesionalidad, aunque con una inspiración alejada de sus mejores tiempos, una filmografía a la que se unirá próximamente Cry Macho (2021). El antepenúltimo mohicano considera que es una oportunidad idónea para hacer una (siempre subjetiva) selección de las 10 mejores películas de uno de los grandes directores de todos los tiempos, uno de los últimos clásicos.

    por José Martín León
    mayo 31, 2021

    Las 10 mejores películas dirigidas por Clint Eastwood

    por José Martín León | mayo 31, 2021
    Anne of the Indies

    Las 10 mejores películas de Jacques Tourneur

    Seleccionamos los mejores filmes de la obra del magnífico cineasta parisino.

    La mujer pirata (Anne of the Indies, 1951).

    Jacques Tourneur fue un director que siempre trabajó en los márgenes del cine de serie B: películas de bajo presupuesto y días de rodaje contados. Si bien pocas de sus películas entrarían de lleno en esa categoría, es cierto que las más costosas están muy lejos de ser consideradas grandes producciones. Hijo del prestigioso director de cine francés Maurice Tourneur, viaja con él de niño a Hollywood cuando su padre es reclamado por los estudios que buscan, en la época del cine mudo, a directores europeos que den prestigio a sus producciones. Jacques aprenderá el oficio viendo cómo su padre rueda con algunas de las actrices más famosas del momento (Bessie Love y Mary Pickford) o realiza primitivas versiones de novelas de autores clásicos como Robert Louis Stevenson, James Fenimore Cooper y Jules Verne en La isla del tesoro (Treasure Island, 1920), El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1920) o La isla misteriosa (The Mysterious Island, 1926), atreviéndose incluso con una adaptación imposible como es la de la novela de Joseph Conrad Victoria (Victory, 1915) tan solo cuatro años después de la publicación de la misma, en 1919, protagonizada por Wallace Beery y un magnífico Lon Chaney todavía ejerciendo de actor secundario pero bordando uno de esos papeles de malvado sin igual que lo harían eterno en nuestro recuerdo. Victory, la película, pese a sus evidentes carencias argumentales pues en apenas una hora no da tiempo más que a contar un resumen algo atropellado de lo que es la magistral obra del escritor polaco, no deja de resultar apasionante, narrada a muy buen ritmo y brillando, valga la contraposición, en los fragmentos más oscuros y siniestros, que por descontado son aquellos dominados por el excelso Chaney. Maurice retornaría a Francia y con él Jacques, el cual seguiría trabajando tanto con su padre como con otros directores en tareas de ayudante de dirección, director de segunda unidad y montador.

    A principios de los años 30 Jacques Tourneur rodaría cuatro largometrajes, pero en el año 1935 estaría de vuelta en Estados Unidos. Su destacada presencia dirigiendo la segunda unidad en las escenas revolucionarias de la toma de la Bastilla en la excelente película Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cities, Jack Conway y Robert Z. Leonard, 1935), que lo lleva a que su nombre figure destacado de manera especial en los títulos de crédito, constituirá el primer paso que lo llevará a convertirse en director de largometrajes en los USA y a comenzar una carrera donde la infinita modestia de su carácter solo es equiparable a la grandeza de su cine. En este rodaje también conoció a Val Lewton, el escritor y productor con quien escribió el guion de este segmento y con el que realizaría tres míticos filmes de terror para la productora RKO. Destacaremos aquí diez de sus películas (y uno de sus trabajos televisivos), pero Tourneur supo dejar su impronta en todas las que dirigió, por lo que esto debéis interpretarlo como una guía para entrar en su obra si no la conocéis, como un bonito recordatorio si las habéis visto o como un cariñoso empujón para que volváis a verlas y os aventuréis con todas aquellas que no están incluidas aquí. Tourneur siempre trabajó por encargo, siempre realizó cine de género, pero pocos directores encontraréis con una manera tan personal de contarnos una historia. Su cine está hecho de susurros y pasajes en sombras, de aventureros perdidos y desubicados, de hombres comunes enfrentados a fuerzas que los superan, de mujeres extraordinarias que se debaten en un mundo de hombres que no las merecen y de un hálito sobrecogedor en el que lo épico se funde con lo cotidiano, lo sobrenatural con lo terrenal.

    por José Luis Forte
    abril 25, 2021

    Las 10 mejores películas de Jacques Tourneur

    por José Luis Forte | abril 25, 2021

    Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

    Top 10 del gran maestro japonés por José Luis Forte.

    De nuevo el juego está en marcha, como diría nuestro adorado Sherlock Holmes: destacar las diez mejores obras de un director de cine. En esta ocasión es el gran Akira Kurosawa el elegido, quizá el autor japonés más popular y con más merecido prestigio de la lejana isla. Y otra vez nos encontramos con la habitual problemática: dejar fuera películas que deberían incluirse en la lista. Así, solo por su primera secuencia, una operación quirúrgica en una tienda de campaña bajo la lluvia en plena guerra mundial, una de las mejores y más brillantes jamás rodadas por Kurosawa, Duelo silencioso (Shizukanaru kettô, 静かなる決闘, 1949) ya estaría dentro. O Ran (, 1985) por sus impresionantes escenas de batallas, Yojimbo (Yôjinbô, 用心棒, 1961) por su modernidad inquebrantable o Barbarroja (Akahige, 赤ひげ, 1965) por su retrato perfecto de un individuo, su filosofía y su época, que deviene un retablo que resume el carácter humanista de su autor en el que el hombre, tanto en su capacidad de hacer el bien como en su debilidad para hacer el mal, está reflejado con una delicadeza y una precisión inigualables.

    Director riguroso y amante del detalle, minucioso hasta la extenuación y entregado a su obra, es a partir de finales de la década de los 40 cuando comienza a perfeccionar su estilo, llevándolo a su máxima expresión a lo largo de los 50. Kurosawa, lejos ya entonces de las presiones del gobierno japonés que imponía a los cineastas un agobiante control en la inclusión de temáticas nacionalistas en sus películas, desata su imaginación y sus tramas son más personales, permitiéndole esta nueva situación de libertad encauzar su cine hacia tramas que muestran una concepción universal del hombre, ese reconocido humanismo en el que siempre se definirán sus personajes enfrentados a dilemas morales, a sí mismos y a su entorno, mostrando por igual cuándo aciertan en sus decisiones, sin que hacer lo correcto suponga para ellos por fuerza recompensa alguna, o cuándo, cegados por la senda del mal, se precipitan por ella sin que esto implique de forma inamovible que reciban su correspondiente castigo. Con el convencimiento sincero de que nadie compartirá la escogida en último lugar, se considerará esta posición como una casilla vacía en la cual, quien así lo desee, podrá sustituir la seleccionada y añadir la que considere que bajo ningún concepto habría que dejar a un lado. Juguemos pues.

    por José Luis Forte
    julio 18, 2020

    Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

    por José Luis Forte | julio 18, 2020

    Las 10 mejores películas de John Carpenter

    Clasificamos la filmografía de uno de los grandes directores de la historia del cine fantástico.

    No cabe duda de que si hablamos de cine fantástico y de terror en las décadas de los 70 y 80, un nombre que no podría faltar es el de John Carpenter, toda una institución en el género y leyenda viva que, pese a llevar años de retiro, sigue muy presente en la actualidad gracias a las revisiones y remakes que, a partir de sus grandes éxitos, se siguen realizando. Nacido en Nueva York, en 1948, mamó desde la más tierna niñez buen cine clásico, siendo especial amante de los westerns dirigidos por dos grandes maestros como John Ford y Howard Hawks, influencias que, de una manera u otra, encontraríamos en su obra, así como de clásicos de la ciencia ficción de serie B, con El enigma de otro mundo (Christian Nyby, Howard Hawks, 1951), a la cabeza. Abandonó sus estudios en la University of Southern California's School of Cinematic Arts, que había comenzado en 1968, para perseguir su sueño de convertirse en realizador, dirigiendo su ópera prima, Dark Star (1974), modestísima sátira de ciencia ficción en la que ya ejerció de hombre orquesta, produciendo, componiendo la música (algo que repetiría en la mayoría de sus películas), editando y co-escribiendo el guion junto a Dan O'Bannon, responsable, años después del libreto de Alien, el 8º pasajero (Ridley Scott, 1979). Sin ser ninguna maravilla, esta primera obra ya dio muestras de lo que Carpenter podría llegar a ofrecer con un presupuesto limitado pero mucha creatividad, abriéndole las puertas a producciones más relevantes.

    Fue su segundo trabajo, el thriller claustrofóbico Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976), el que brindó el primer éxito de crítica de su carrera, mientras que, con su tercera película, La noche de Halloween (1978), se consolidó como uno de los cineastas más prometedores de la época. Aquel slasher se convirtió en un enorme éxito de taquilla que dio lugar a numerosas secuelas y sucedáneos, y hoy está considerado uno de los clásicos intocables del cine de terror moderno. Con la protagonista de aquella, Jamie Lee Curtis, volvió a repetir dos años después en otra joyita del género como La niebla (1980), pero, entre ambas películas, Carpenter había incursionado con éxito en la televisión con dos telefilmes tan distinguidos como la hitchcockiana Alguien te está espiando (1978) y el biopic Elvis (1989), donde trabajó por primera vez con quien se convertiría en su actor fetiche, Kurt Russell. La carrera de uno no se entendería sin la participación del otro, ya que ambos colaboraron en títulos tan emblemáticos como 1997: Rescate en Nueva York (1981), La cosa (1982), Golpe en la pequeña China (1986) o 2013: Rescate en L.A. (1996). Durante la primera mitad de la década de los 80 conoció el éxito comercial con la mayoría de sus películas, adaptando con acierto a Stephen King en Christine (1983) y entregando una fantasía extraterrestre tan entrañable como la de Starman (1984).

    Pero tras el batacazo comercial sufrido con una de sus producciones más caras, Golpe en la pequeña China, el director decidió apartarse de las grandes productoras y volver a sus orígenes independientes, facturando obras de coste mucho más humilde que, sin embargo, ayudaron a seguir granjeando su fama de cineasta de culto. A este periodo pertenecen El príncipe de las tinieblas (1987), En la boca del miedo (1994), El pueblo de los malditos (1995) –competente revisitación del clásico homónimo de Wolf Rilla, a partir de la novela de John Wyndham–, Están vivos (1988), Vampiros (1998) –estupendo acercamiento al tema del vampirismo, protagonizado por un James Woods en su salsa–, Fantasmas de Marte (2001) –imposible suerte de western espacial con Natasha Henstridge, Jason Statham, Ice Cube y Pam Grier en el reparto– y Encerrada (2010), su último trabajo hasta la fecha, un thriller psicológico bastante mal recibido por la crítica pero no del todo desdeñable. En medio, Carpenter se permitió rodar una comedia fantástica para Warner, Memorias de un hombre invisible (1992), a mayor gloria del cómico Chevy Chase, que se saldó con un sonoro fracaso, a pesar de contar con unos efectos especiales bastante destacados, y codirigió junto a Tobe Hooper el telefilme de episodios de terror Bolsa de cadáveres (1993). También realizó, en sus últimos años de actividad, dos de los más celebrados capítulos de la serie de antologías terroríficas Masters of Horror: El fin del mundo en 35 mm (2005) y Pro-Vida (2006). Este 2018, John Carpenter vuelve a estar de actualidad gracias al sorprendente éxito crítico y comercial de la secuela de La noche de Halloween dirigida por David Gordon Green, por lo que este es un momento inmejorable para hacer un repaso por los 10 mejores títulos (o, al menos, los más significativos) de su atractiva filmografía.

    por José Martín León
    enero 21, 2019

    Las 10 mejores películas de John Carpenter

    por José Martín León | enero 21, 2019

    Las 10 mejores películas de Tony Scott

    Clasificamos la filmografía de uno de los mejores directores de cine de acción.

    No tuvo las cosas fáciles el británico Tony Scott (1944) para hacerse un hueco como director dentro de la competitiva maquinaria de Hollywood. Las comparaciones son odiosas y, para cuando Scott consiguió debutar con la cinta de terror El ansia (1983), su hermano Ridley ya se había consolidado como brillante realizador gracias a tres obras tan importantes como Los duelistas (1977), Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982). Formado en el London Royal College Of Art y con una amplia trayectoria en anuncios publicitarios, Tony Scott supo sobreponerse al fracaso de su ópera prima (hoy convertida en título de culto) gracias a la oportunidad brindada por los exitosos productores Jerry Bruckheimer y Don Simpson para ponerse al frente de dos triunfos comerciales de la talla de Top Gun (1986) y Superdetective en Hollywood 2 (1987), que posicionaron al director como un valor seguro de cara a la taquilla. Él fue uno de los mejores artesanos del denominado blockbuster, poseedor de un estilo muy pronunciado (estética de videoclip, montaje rápido, fotografía saturada y mucha parafernalia visual, algo así como un antecedente de Michael Bay), criticado por muchos pero siempre cumplidor. Tras el fiasco de Revenge (1990), su violento acercamiento al thriller romántico, intentó repetir la fórmula del éxito de Top Gun en Días de trueno (1990), nuevo vehículo de lucimiento para Tom Cruise en el que este cambiaba los aviones por las carreras de coches. Los resultados no fueron los esperados pero, después de apuntarse un buen tanto con la cinta de acción El último Boy Scout (1991), protagonizada por Bruce Willis, Scott dirigió su mejor película, Amor a quemarropa (1993), sobre un guion de Quentin Tarantino.

    A partir de ahí, Tony Scott entró en una etapa aún más comercial, que coincide con su primera colaboración son su actor fetiche, Denzel Washington. Juntos rodarían cinco títulos a cuál más taquillero: Marea roja (1995), El fuego de la venganza (2004), Déjà Vu (2006), Asalto al tren Pelham 123 (2009) –remake del clásico Pelham 1,2,3 (Joseph Sargent, 1974), coprotagonizado por John Travolta– e Imparable (2010), última película del cineasta. No fue la única estrella con la que trabajó. Tuvo a sus órdenes a Robert de Niro y Wesley Snipes en el rutinario thriller psicológico Fanático (1996), a Will Smith en la aventura de acción tecnológica Enemigo público (1998), a Brad Pitt y Robert Redford viviendo un tenso duelo interpretativo en la cinta de espionaje Spy Game (2001) y a Keira Knightley en uno de sus proyectos más personales, Domino (2005), donde llevó al cine la turbulenta vida de Domino Harvey, hija del actor Laurence Harvey y amiga personal del propio Tony Scott. La joven, perteneciente a la alta sociedad, había abandonado su prometedora carrera de modelo para dedicarse al peligroso oficio de cazarrecompensas, antes de morir a los 35 años, justo cuando Scott rodaba su película. Triste final para la que el realizador consideraba un "espíritu libre". También él abandonó este mundo de manera prematura, quitándose la vida en 2012, a la edad de 68 años. No fue un hombre que ambicionara entrar en la Historia del Cine como sí lo hizo su hermano mayor con un puñado de títulos, pero sí un más que competente artesano que sabía perfectamente lo que su audiencia esperaba de él y lo entregaba con absoluta profesionalidad. El cine de Tony Scott era sinónimo de entretenimiento bien facturado y casi siempre rentable. Dejó una carrera no demasiado extensa pero sí lo suficientemente interesante como para que merezca un repaso por las 10 obras más destacadas de su filmografía.

    por José Martín León
    diciembre 07, 2018

    Las 10 mejores películas de Tony Scott

    por José Martín León | diciembre 07, 2018

    Las 10 mejores películas de Brian De Palma

    Clasificamos la filmografía de uno de los genios del género.

    Confeccionar un top 10 con los mejores trabajos de un director de la altura de Brian De Palma (Nueva Jersey, 1940) no es tarea fácil. Títulos excelentes no faltan en su filmografía e incluso sus cintas menos inspiradas siempre contienen, como mínimo, una secuencia brillante que delata el genio del hombre que se encuentra detrás de las cámaras. Durante años fue saludado como un discípulo aventajado del maestro Alfred Hitchcock, a quien se encargaría de, más que plagiar, homenajear en un grupo de formidables (a veces excesivas, pero forma parte de su particular encanto) películas de suspense que cimentaron su fama, en las que dejó su inequívoco sello como uno de los cineastas más capacitados para construir virtuosos espectáculos visuales, repletos de movimientos de cámara elegantísimos y espectaculares planos que no necesitan de palabras, dado su enorme poder expresivo, recurriendo a técnicas como la split screen (la pantalla partida, que manejaba como nadie) o esa cámara lenta con la que dilataba las escenas hasta lo imposible. Entre su primer largometraje, estrenado en 1968, Murder à la Mod, y la pendiente de estreno Domino (2018), De Palma ha dejado un puñado de fascinantes filmes que, finalmente, han quedado fuera de la lista de diez elegidos, pero que merecen ser citados como buenos ejemplos de ese saber hacer que nos ha regalado durante las últimas cinco décadas y que le encumbraron como uno de los realizadores indispensables a la hora de entender el cine moderno. La comedia Saludos (1968), protagonizada por Robert De Niro -actor que repetiría a sus órdenes en dos ocasiones más- y ganadora del Oso De Plata en Berlín; sus ejercicios de suspense Hermanas (1973), En nombre de Caín (1992), Ojos de serpiente (1998) -que, pese a su irregularidad, se abría con uno de los planos secuencia más aplaudidos de la Historia del Cine-, Femme Fatale (2002) o Passion (2012); o su (exitoso) coqueteo con el cine más comercial en la fantástica primera entrega de Misión imposible (1996), aglutinan valores cinematográficos suficientes como para merecer su presencia en cualquier lista y hacer que le perdonemos tropiezos tan sonados como La hoguera de las vanidades (1990), Misión a Marte (2000) o La dalia negra (2006). A continuación EAM destaca los 10 títulos del gran Brian De Palma que, por unas u otras razones, han dejado más huella en el colectivo cinéfilo.

    por José Martín León
    septiembre 21, 2018

    Las 10 mejores películas de Brian De Palma

    por José Martín León | septiembre 21, 2018

    La ironía y Woody Allen

    Las 10 mejores películas de Woody Allen.

    ¿Es Woody Allen un genio? Para un hombre que ha dedicado la mayor parte de su vida y la totalidad de su carrera al análisis interpretativo de grandes ídolos literarios e intelectuales, podríamos considerar que no es tanto un genio como un modesto artista con propensión a la búsqueda compulsiva de trascendentales respuestas a sus desasosiegos existenciales en teorías filosóficas. Sin embargo, en esa neurótica humildad, el realizador no sólo adapta sino que se cuestiona todas esas hipótesis modernas que han sido axiomáticamente aceptadas desde su misma concepción como verdad absoluta y unificada del ser humano; y ahí es donde se encuentra la genialidad de Allen, en el escepticismo inconformista que convierte su obra en un caótico manifiesto cómico-pesimista de la vida, en el que no encontraremos respuestas, sino más bien todo lo contrario, nuevas dudas que se implantarán en nuestra conciencia con la fuerza de un “como si alguna vez me hubiera importado”. Todo es contradictorio en el cine de Woody Allen, desde lo más básico de su enrevesado romanticismo, hasta la propia posición política de su mensaje. Esta discordancia narrativa será distinguible en temas como el feminismo, una de las preocupaciones mejor encaradas por el director; al identificarnos con la seguridad o la rebeldía de un personaje femenino dibujado por Allen estamos, de manera inconsciente, aceptando unos códigos que responden a algunas de las normas más reaccionarias de la tradición patriarcal. La construcción del personaje nos enfrenta a una cosmovisión que, pese a denunciar la posición de inferioridad de la mujer, no defiende una auténtica emancipación intelectual, emocional y profesional de ésta, sino que acepta la existencia de un sistema jerárquico machista en su reparto de roles sociales. De esta forma, en su nueva película, Wonder Wheel, se aprecia cómo la mujer, pese a disponer de una posición de aparente libre elección, será en última instancia la que pague las consecuencias más dramáticas por su intento de escapar de un destino continuista; la salvación de la relación romántica entre el hombre y la mujer, y por extensión, la salvación de la propia protagonista, pasa por la sumisión y la obediencia.

    Pero si el posicionamiento feminista de Allen no queda nada claro, menos aún lo hará el relativo al sexo, y esa obsesiva necesidad de equipararlo con la muerte, como en las grandes tragedias clásicas. La principal conjetura argumental de sus comedias reside en la aparición de uno o varios sujetos que despiertan el interés sexual de cualquier protagonista, relacionado por lo general con otro personaje, con quien mantendría un vínculo sentimental. De este modo, es de destacar que, pese a que la balanza porcentual de la población alleniana que comete adulterio tiende a inclinarse hacia el lado femenino, la infidelidad de la mujer suele estar ligada a la insatisfacción marital y a un claro deseo de libertad: busca una vida mejor que se contraponga a lo malo conocido. Sin embargo, en el caso del hombre, con la infidelidad sólo buscará saciar algún tipo de fantasía sexual con una mujer, por lo general, más joven que su pareja, un affaire rápido y sin consecuencias; algo tan improbable que tiende a ser el origen de la infelicidad individual de cada personaje y cuya responsabilidad recae de manera explícita en la actuación irreflexiva del hombre, aunque será la mujer quien sea culpada por ello, como ocurre en el caso específico de Annie Hall, quien es diagnosticada por su psicoanalista de padecer “envidia del pene”. La adicción a los psiquiatras o a los antidepresivos será otro de los temas constantes en todas las películas de Allen. De no aparecer o hacerse mención a la visita terapéutica con un profesional, como es el caso de Manhattan, Annie Hall o Maridos y mujeres, entre muchos otros, el guion siempre recurrirá a la ingesta de fármacos como forma de aliviar cualquier tipo de padecimiento. En este sentido, hallamos en Sueños de un seductor (Play It Again, Sam, 1972) uno de los diálogos más hilarantes acerca de la neurosis por la medicación. Sin ser una película dirigida por Allen –Herbert Ross se encarga de esta tarea–, es inconfundible la firma del realizador neoyorkino en un guion plagado de conversaciones tan extravagantes como la siguiente:

    — LINDA: ¿Tienes una aspirina? Me está empezando a doler un poco la cabeza.
    — DICK: Se está derrumbando, y va y te pones enferma.
    — LINDA: Bueno, no te pongas tú nervioso.
    — DICK: No me pongo nervioso. He tenido un día muy difícil.
    — ALLAN: ¿Tú también quieres una aspirina?
    — DICK: No.
    — ALLAN: Me tomé todas las aspirinas. ¿Quieres un Darvon?
    — LINDA: Bueno. Mi psicoanalista me sugirió una vez Darvon, cuando tenía migrañas.
    — ALLAN: Yo solía tener migrañas, pero mi psicoanalista me curó. Ahora, me salen unos sabañones espantosos.
    — LINDA: Yo sigo con las migrañas, pero es debido a la tensión.
    — ALLAN: Según mi psiquiatra, para curarme del todo necesito una lobotomía.
    — LINDA: Cuando el mío está de vacaciones, me encuentro paralizada.
    — DICK: Deberíais casaros el uno con el otro e iros a vivir a un hospital.
    — ALLAN: ¿Quieres una tónica con tu Darvon?
    — LINDA: Si no tienes zumo de manzana.
    — ALLAN: Oh, zumo de manzana y Darvon, ¡estupenda combinación!
    — LINDA: ¿Has probado el Ixium con zumo de tomate?
    — ALLAN: La verdad es que no, pero otro neurótico me ha dicho que es algo increíble.
    — DICK: ¿Puedo tomar una Coca-Cola sin nada dentro?

    Esta combinación de sexo, drogas y Jazz suele dirigir a los personajes a un estado de preocupación desorbitado por la muerte, ya sea por el sentimiento de irremediable cercanía de la misma, con un memento mori pesimista que olvida por completo el regocijo inmediato del carpe diem, para adentrarse en un estado depresivo de insatisfacción inconsolable, por la aparición de un suceso violento o la irrefrenable necesidad de cometer un acto de crueldad homicida. En este caso, Allen hará uso de las teorías dostoievskianas acerca de la ausencia de castigo como la tortura real del criminal. Los asesinos dibujados por el realizador, tras perpetrar con éxito el crimen y eludir la justicia, sufrirán un período de insatisfacción, una decepción originada por el desencanto ante la perspectiva de un mundo sin justicia alguna en el que el delincuente actuará con ciega temeridad, alardeando de sus acciones y buscando así, sin ser consciente de ello, el castigo que merece para no perder la esperanza de un orden justo, tal como le ocurre al narrador de El corazón delator, de Poe, que actuará de forma arrogante e imprudente hasta ser descubierto. De no ser así, el asesino quedaría condenado a la incertidumbre de esperar un castigo divino inminente, o a la certidumbre de un mundo desprovisto de ninguna fuerza extraterrenal y, por lo tanto, la desposesión definitiva de la fe y, como Stavroguín (Los endemoniados, 1872), incurrirá de nuevo en la maldad con el objetivo de buscar esa intervención celestial que nunca llegará. Éste sería el caso de Chris Wilton y Judah (Match Point, 2005 y Delitos y faltas, 1989), quienes, pese a salir indemnes de sus crímenes, se encontrarán inmersos en una desesperada crisis al ver sus pecados libres de todo castigo: “Le dije que era una historia espeluznante”. Desde una multitud variopinta de escenarios, aunque con la ciudad de Nueva York como elemento icónico de su cine y el único de los componentes del relato que siempre se conserva imperturbable, romántico, nostálgico y lleno de optimismo en contraposición a la desdicha sufrida por sus ciudadanos, Woody Allen examina compulsivamente la posible aparición de una estructura moral superior en un entorno desprovisto de valores. ¿Quién lleva razón, el Iván Karamázov de Dostoievski al afirmar que todo está permitido, o Albert Camus al opinar todo lo contrario? Esperamos que en el siguiente Top 10 encuentren su respuesta o, al menos, un buen plan para una tarde lluviosa.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 03, 2018

    Las 10 mejores películas de Woody Allen

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 03, 2018

    Belle de jour, Francia, 1967.

    A pesar de lo que pudiéramos imaginar, movidos por la falta de preocupación de unos medios de comunicación con cierta tendencia a la holgazanería a la hora de catalogar los estilos y movimientos artísticos, el período surrealista de Buñuel fue considerablemente breve. En realidad, sólo dos películas entran dentro de los esquemas político-estéticos propuestos por André Breton: Un perro andaluz y La edad de oro: las dos cintas que el cineasta aragonés realizaría en colaboración con Salvador Dalí, apoyado por el beneplácito categórico de Breton. De hecho, durante la filmación de La edad de oro, las discrepancias con Dalí fueron insostenibles, y el excéntrico pintor tuvo que abandonar el proyecto antes de terminar. A partir de entonces, Buñuel rompería los lazos con el movimiento surrealista, pese a que conservaría, no obstante, algunas de las premisas establecidas en su manifiesto, y las adaptaría a sus obsesiones a lo largo de su futura filmografía. Ya en su tercera cinta, Las Hurdes, es perfectamente distinguible esa mutación ideológica que, pese a seguir dando la razón a Breton en su famosa cita “Lo más admirable de lo fantástico es que no existe, todo es real", traiciona algunos de los dogmas más representativos promulgados por éste; como por ejemplo, la supeditación de lo onírico a una realidad social concreta. Buñuel se adentra entonces, mediante la alegoría de la maravillosa realidad de los hurdanos, en aquello que, 16 años después, Alejo Carpentier denominó “lo real maravilloso” y que terminaría por desembocar en el celebérrimo “realismo mágico” de García Márquez. Desde entonces, este director, uno de los más cosmopolitas que ha dado nuestro cine —aunque en ocasiones este cosmopolitismo se confunde con el exilio forzado—, no dejaría de construir su propio estilo semirrealista-maravilloso hasta el establecimiento de un nuevo manifiesto, el suyo propio, que lo llevaría hasta la cúspide de la creación ética y estética gracias a sus teorías falocentristas, la degradación de la realidad burguesa, la exaltación del erotismo y, sobre todo, gracias a esa marcada denuncia de la pérdida de la moral religiosa en detrimento de unos valores litúrgicos lucrativos. Extraer diez películas de una obra tan conscientemente unificada en un corpus cinematográfico absoluto no ha sido tarea fácil, no obstante proponemos diez ejercicios que ejemplifican el pensamiento buñueliano en todas sus variaciones cromáticas.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 03, 2017

    Las 10 mejores películas de Luis Buñuel

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 03, 2017

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