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    Akira Kurosawa
    Akira Kurosawa
    Ran

    Convocatoria: El cine de Akira Kurosawa

    Domingo 27 de septiembre a las 19:00 horas.

    La sensibilidad cinematográfica de Akira Kurosawa, autor de clásicos cinéfilos y populares como Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954), Dersu Uzala (1975) o Ran (1985), sigue resultando relevante en nuestro presente, incluso más allá de las huellas que el nipón ha dejado en ciertos cineastas y géneros.

    En el quinto webinar de «Retrospectivas BenQ», Ignacio Pablo Rico explorará el valor contemporáneo del cine de Kurosawa a través del análisis formal de diversas escenas.

    CITA RETROSPECTIVAS BENQ


    El cine de Akira Kurosawa / 黒澤 明
    — Día: domingo, 27 de septiembre.
    — Hora: 19:00.
    — Duración: 60 minutos.
    — Ponente: Ignacio Pablo Rico Guastavino.
    — Inscripción gratuita: AQUÍ.

    BIO DEL PONENTE


    Ignacio Pablo Rico Guastavino (Buenos Aires, 1986) es crítico audiovisual e investigador. Ha escrito sobre cine en medios como Miradas de cine o Guía del Ocio, y actualmente colabora activamente en las revistas digitales El antepenúltimo mohicano y Cine Divergente, y en los podcasts Perros Verdes, Imágenes a distancia y Críticas sobre la marcha. Ha participado en numerosos libros colectivos, coordinando junto a Álvaro Peña El legado de Akira Kurosawa (Applehead Team Ediciones, 2018).

    CONSIDERACIONES TÉCNICAS


    — La plataforma que se va utilizar es Gotowebinar.
    — En el momento de acceder a la ponencia, si no la ha usado previamente, se le solicitará instalar, sea en su ordenador, sea en su móvil, una pequeña aplicación.
    — Encienda el altavoz de su dispositivo.
    — Podrá hacer preguntas que serán respondidas en los turnos habilitados.
    — Si tiene alguna duda técnica, por favor, envíe un correo a redaccion@elantepenultimomohicano.com

    por EAM
    septiembre 20, 2020

    Convocatoria | Webinar: El cine de Akira Kurosawa / 黒澤 明

    por EAM | septiembre 20, 2020

    Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

    Top 10 del gran maestro japonés por José Luis Forte.

    De nuevo el juego está en marcha, como diría nuestro adorado Sherlock Holmes: destacar las diez mejores obras de un director de cine. En esta ocasión es el gran Akira Kurosawa el elegido, quizá el autor japonés más popular y con más merecido prestigio de la lejana isla. Y otra vez nos encontramos con la habitual problemática: dejar fuera películas que deberían incluirse en la lista. Así, solo por su primera secuencia, una operación quirúrgica en una tienda de campaña bajo la lluvia en plena guerra mundial, una de las mejores y más brillantes jamás rodadas por Kurosawa, Duelo silencioso (Shizukanaru kettô, 静かなる決闘, 1949) ya estaría dentro. O Ran (, 1985) por sus impresionantes escenas de batallas, Yojimbo (Yôjinbô, 用心棒, 1961) por su modernidad inquebrantable o Barbarroja (Akahige, 赤ひげ, 1965) por su retrato perfecto de un individuo, su filosofía y su época, que deviene un retablo que resume el carácter humanista de su autor en el que el hombre, tanto en su capacidad de hacer el bien como en su debilidad para hacer el mal, está reflejado con una delicadeza y una precisión inigualables.

    Director riguroso y amante del detalle, minucioso hasta la extenuación y entregado a su obra, es a partir de finales de la década de los 40 cuando comienza a perfeccionar su estilo, llevándolo a su máxima expresión a lo largo de los 50. Kurosawa, lejos ya entonces de las presiones del gobierno japonés que imponía a los cineastas un agobiante control en la inclusión de temáticas nacionalistas en sus películas, desata su imaginación y sus tramas son más personales, permitiéndole esta nueva situación de libertad encauzar su cine hacia tramas que muestran una concepción universal del hombre, ese reconocido humanismo en el que siempre se definirán sus personajes enfrentados a dilemas morales, a sí mismos y a su entorno, mostrando por igual cuándo aciertan en sus decisiones, sin que hacer lo correcto suponga para ellos por fuerza recompensa alguna, o cuándo, cegados por la senda del mal, se precipitan por ella sin que esto implique de forma inamovible que reciban su correspondiente castigo. Con el convencimiento sincero de que nadie compartirá la escogida en último lugar, se considerará esta posición como una casilla vacía en la cual, quien así lo desee, podrá sustituir la seleccionada y añadir la que considere que bajo ningún concepto habría que dejar a un lado. Juguemos pues.

    por José Luis Forte
    julio 18, 2020

    Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

    por José Luis Forte | julio 18, 2020

    Los ojos del cazador

    «Dersu Uzala», de Akira Kurosawa.

    Unión Soviética-Japón, 1975. Título original: Dersú Uzalá/Дерсу Узала. Dirección: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Yuri Nagibin. Compañías productoras: Mosfilm, Atelier 41. Fotografía: Asakazu Nakai, Youri Gantoman, Fyodor Dobronravov. Montaje: Akira Kurosawa. Música: Isaac Schwartz. Reparto: Yuri Solomin, Maksim Munzuk, Svetlana Danilchenko, Vladimir Kremenda, Dimistriy Korshikov, Suymenkul Chokmorov. Duración: 141 minutos.

    Con su adaptación de Fiodor M. Dostoievski en la ambiciosa y problemática El idiota (Hakuchi, 1951), Akira Kurosawa reafirmaría una querencia por cierta literatura rusa cuyos signos ya asomaban en producciones previas. Principalmente, la tensión entre la posible transformación del individuo y las fuerzas sociales y culturales que a lo abocan a su autodestrucción —El ángel borracho (Yoidore tenshi, 1948)—; el acercamiento psicológico a héroes marcados por el peso abrumador de la culpabilidad —Duelo silencioso (Shizukanaru ketto, 1949)—; y la dignificación de la historia frente a la Historia, es decir, la superioridad de la vida interior como ámbito de ascensión espiritual —No añoro mi juventud (Waga seishun ni kuinashi, 1946). Incluso cuando, pocos años más tarde, llevara a la gran pantalla su versión de Los bajos fondos (Donzoko, 1957), lo haría mediante una relectura individualista y moralizante —o sea, humanista en términos dostoievskianos— de uno de los maestros del realismo socialista, Maksim Gorki. Tras un período profesional y personal difícil, sobre el que preferimos no abundar dados los ríos de tinta ya vertidos, Kurosawa encuentra refugio no solo en la traslación cinematográfica de un clásico de la novela eslava —previamente adaptado por Agasi Babayan en 1961—, sino en la propia Unión Soviética gracias al mítico estudio Mosfilm. La obra más popular de Vladimir Arseniev, Dersú Uzalá (1923), a medio camino entre el relato de aventuras autobiográfico y un trabajo de documentación topográfica en torno a la región del Ussuri, aunará en su plasmación fílmica los rasgos recién comentados.

    Como todos los hitos del cineasta nipón, la oscarizada Dersu Uzala ha cristalizado en la memoria cinéfila a partir de una serie de clichés que no hacen justicia a su esencia. Una y otra vez, se ha repetido que se trata, para bien o para mal, de un panfleto ecologista; por supuesto, a través de las palabras y acciones del cazador hezhen que da título al filme, la aproximación panteísta a los diversos elementos que configuran la taiga siberiana obtiene una importancia innegable. Sin embargo, debemos interpretar este ecologismo desde una doble coordenada: por un lado, la oda a la naturaleza se da siempre en contraposición a la corrupción de la civilización occidental, que con su noción del progreso cimentada en el avance técnico ha separado al hombre de los ritmos de la tierra y, en tanto habitante del mundo, de su propia verdad; por el otro, ni los rasgos líricos de Dersu Uzala, ni la contemplación esplendorosa de la belleza de la taiga, eluden el carácter terrorífico de la misma, generosa y colérica a la par, susceptible de engendrar vida pero también de engullir a sus criaturas: un temporal invernal y un afluente torrentoso a punto están de acabar con el capitán Arseniev y su equipo. Por encima de todo, el agreste paisaje se erige en punto de encuentro entre el cazador y quienes han llegado de la ciudad, pretendidos poseedores del conocimiento y, paradójicamente, desconocedores de las «leyes» de un paraje en el que Dersu se revelará brújula de supervivencia y norte ético. No obstante, esa preeminencia del cazador frente a los topógrafos del ejército durante la primera mitad (1902) se invertirá en el segundo tramo (1907): Dersu Uzala es, al fin y al cabo, no una película sobre un maestro y sus aprendices, sino una narración acerca de la amistad, que funciona siempre de igual a igual. Las imágenes más hermosas y reveladoras afloran en pantalla como un triunfo de la empatía, del espíritu limpio de prejuicios y de una noble reciprocidad sentimental [1].

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    julio 10, 2020

    Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975)

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | julio 10, 2020

    Señores de la nada

    Cineclub by BenQ: Ran (乱), de Akira Kurosawa.

    Japón, 1985. 160 minutos. Título original: «Ran | 乱». Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni y Masato Ide, basado en El rey Lear de William Shakespeare. Fotografía: Takao Saito, Asakazu Nakai y Masaharu Ueda. Música: Tôru Takemitsu. Productor: Serge Silberman, Masato Hara, Katsumi Furukawa y Hisao Kurosawa. Edición: Akira Kurosawa. Diseño de producción: Shinobu Muraki y Yoshirô Muraki. Diseño de vestuario: Emi Wada. Intérpretes: Tatsuya Nakadai, Akira Terao, Jinpachi Nezu, Pîtâ, Mieko Harada, Masayuki Yui, Daisuke Ryû, Yoshiko Miyazaki, Hisashi Igawa, Kazuo Katô, Norio Matsui, Toshiya Ito, Kenji Kodama, Mansai Nomura, Takeshi Katô, Jun Tazaki, Hitoshi Ueki, Takashi Watanabe, Tetsuo Yamashita, Akihiko Sugizaki, Masuo Amada, Sakae Kimura.

    De todas la ciencias humanas, esas que tan denostadas están por culpa de su escaso rédito económico en una sociedad crematística como la presente, propiciado por la escalada tecnológica y el predominio de la inmediatez, pero también por la incomodidad de las estructuras de poder ante la existencia de ciudadanos con una facultad de pensamiento crítico desarrollada, de todas ellas, digo, tal vez sea la lingüística la que haya llegado a atisbar con mayor fortuna donde yace el hálito divino que ha hecho de la especie humana la criatura más fascinante, para bien y para mal, de las que constituyen eso que entendemos por vida. Y que no es otro, bajo mi punto de vista, que el lenguaje, esto es, la capacidad de expresarnos mediante un complejo sistema de signos abstractos, a través de los cuales no solamente nos comunicamos con los otros, sino que concretan nuestras ideas y aun condicionan parcialmente nuestra perspectiva de aquello que nos rodea. Ya Ferdinand de Saussure señaló la indisoluble relación entre pensamiento y lengua:

    «Considerado en sí mismo, el pensamiento es como una nebulosa donde nada está necesariamente delimitado. No hay ideas preestablecidas, y nada es distinto antes de la aparición de la lengua […]. El papel característico de la lengua frente al pensamiento no es el de crear un medio fónico material para la expresión de las ideas, sino el de servir de intermediara entre el pensamiento y el sonido, en condiciones tales que su unión lleva necesariamente a deslindamientos recíprocos de unidades. […] La lengua es también comparable a una hoja de papel: el pensamiento es el anverso y el sonido el reverso: no se puede cortar uno sin cortar el otro; así tampoco en la lengua se podría aislar el sonido del pensamiento, ni el pensamiento del sonido».

    En el tránsito del homo faber al homo loquens, la humanidad ha empleado un número distinto de códigos expresivos a través de los cuales comunicarse, desde la sencillez de las pinturas rupestres hasta la sutileza de las matemáticas. Dado que, en última instancia, todo cuanto transmitimos se concreta en un lenguaje de algún tipo, no es de extrañar que las distintas disciplinas artísticas –otra manifestación abstracta intrínsecamente humana– se inspiren o evoquen elementos del caudal cultural de los diferentes pueblos del planeta, que en su forma más primitiva se vincula a la necesidad de transmisión de unos conocimientos concretos para la supervivencia del clan, es decir, a la necesidad de contar. ¿Y cuál es el arte por excelencia en este sentido? Pues el que ha hecho de su campo de batalla, justamente, la lengua: la literatura. Desde luego, artes como la pintura, la fotografía, la danza o la escultura –o incluso la música o la arquitectura, las más abstractas de todas– bien pueden esbozar elementos narrativos en su configuración o en su plasmación, pero jamás llegarán a los niveles de complejidad en la transmisión de una historia a los que, obviamente, llega una obra literaria; y tampoco tendría sentido alguno que lo hicieran.

    por Elisenda N. Frisach
    febrero 05, 2019

    Cineclub by BenQ: Ran (1985)

    por Elisenda N. Frisach | febrero 05, 2019

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