Introduce tu búsqueda

Mostra de Valencia
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Seminci 2023. Mostrar todas las entradas
    Seminci 2023
    Seminci 2023
    || Críticas | 68 SEMINCI & Rizoma 2023 | ★★★★☆
    Gasoline Rainbow
    Bill Ross IV, Turner Ross
    Solo el fin del mundo


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: «Gasoline Rainbow». Dirección: Bill Ross IV, Turner Ross. Producción: Department of Motion Pictures. Reparto: Tony Abuerto, Micah Bunch, Nichole Dukes, Nathaly Garcia, Makai Garza. Duración: 108 minutos.

    Todo el mundo habrá escuchado alguna vez eso de que el ciclo vital de todo ser humano se podría condensar en las siguientes etapas: nacer, crecer, reproducirse y morir. El capitalismo y, en consecuencia, el consumismo, han alterado significativamente el funcionamiento de toda la sociedad y la forma de relacionarse de las personas. Que desde el mismo colegio se les enseña a los niños de forma sutil cómo funciona el sistema y se les convence de que su valor depende de sus calificaciones académicas es algo bastante evidente. Los chavales crecen pensando que no todos son iguales, que su valor depende del número que corona sus exámenes y que es legítimo reírse de aquellos que no hayan llegado al aprobado porque no se han esforzado lo suficiente y, por lo tanto, no les viene mal un pequeño correctivo. Así, los más pequeños terminan creyendo en conceptos como la meritocracia, —que se promueve ya desde las aulas, como si fuese una ciencia exacta— y asumen que puede llegar a lo más alto, que pueden bañarse en la playa del éxito, a base de sudar la gota gorda y esforzarse más que nadie. Y ese éxito lo determinan, cómo no, las posesiones materiales. Resuena entre las paredes de la memoria del que esto escribe el famoso monólogo en el que el Tyler Durden del Club de la lucha hace una descripción más o menos exacta de una generación X que tiene los mismos vicios que las que la sucedieron: «Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos». Dicho de otra forma: eres lo que tienes y si no tienes nada es porque no te has esforzado. En la actualidad, el ciclo vital de una persona podría reducirse en las siguientes fases: nacer, crecer, producir y morir. En Gasoline Rainbow, Bill Ross IV, Turner Ross no sólo demuestran que hay formas de vida más allá del trabajo esclavo y la compra compulsiva, sino que encienden una hoguera de juventudes ahogadas que funciona perfectamente como contrapunto de todo lo que se considera como hegemónico.

    La cinta cuenta la historia de cinco jóvenes de Oregón que injustamente tienen tatuada en la frente la palabra fracaso y que, tras terminar el instituto, deciden coger una furgoneta y marcharse hacia la costa del Pacífico como forma de despedirse de una adolescencia cosida con hilos de dolor y angustia y de olvidarse durante unos días de que la universidad y el trabajo les acechan. La película avanza por la pantalla como un pájaro que se escapa de la jaula en la que estaba preso y emprende un vuelo libre de pudores, estigmas y miedos hacia un horizonte inalcanzable que no es tanto un fin como una excusa para emprender el viaje. Los protagonistas viven en un pequeño pueblo inundado de habladurías, cotilleos indiscretos, racismo, clasismo y soberbios juicios moralistas en el que sienten que no encajan y en el que las astillas de culpa que tienen clavadas van hundiéndose cada vez más. Algunos vienen de familias desestructuradas y desde muy pequeños se tuvieron que hacer cargo de sus hermanos, otros llevan años sin ver a sus padres después de que fuesen deportados del país y los demás, ya sea por sus gustos, por su color de piel, por sus dificultades académicas o simplemente por su forma de ser, han sufrido la soledad del que se sabe diferente, pero que lejos de vivirlo como algo positivo, lo sufre como si de un mal se tratase. Desde que eran niños, el sistema les intentó homogeneizar para que se adaptasen a la cadena productiva, para que no fuesen ese elemento disruptivo capaz de abrirle los ojos a los demás, para que no hubiese en sus gestos, en su mirada, esa chispa de excepcionalidad que todo el mundo tiene, para que creyesen que son máquinas sustituibles cuya única finalidad era producir y/o consumir.

    Su rechazo de lo hegemónico fue castigado con el ostracismo y el señalamiento, con los pétalos rotos de la incomprensión y la densidad estática del silencio. Así, su forma de rebelarse contra el sistema es marchándose hacia, en sus propias palabras, «el fin del mundo» para, sencillamente, vivir; para convencerse de que su valor no depende de sus notas, del dinero que tengan ni de lo que la gente piense de ellos; para viajar con desconocidos hasta lugares de una belleza inimaginable; para subirse a un tren que no tiene parada final; para bailar, cantar, montar en patinete, beber, salir de fiesta y disfrutar de ese milagro llamado existencia; para grabarse en la piel el recuerdo de un beso y escribir en la espalda de la noche la promesa de un reencuentro; para liberarse de todo el peso que les oprime y poder ser ellos mismos; para caminar sobre las cenizas de un sol consumido por la avaricia ajena sin preocuparse por nada. Gasoline Rainbow se mueve entre el Aullido de Ginsberg y el Imagine de Lennon; entre la rabia desesperada y la esperanza suave y tranquila; entre el desgarro abierto en locura y la certeza de que todo va a mejorar. Los directores aciertan así a componer el retrato de una juventud herida de madurez gracias, en gran medida, al totémico trabajo de sus cinco protagonistas —Tony Abuerto, Micah Bunch, Nichole Dukes, Nathaly Garcia, Makai Garza—, que se desnudan emocionalmente frente a la cámara con una naturalidad y un desparpajo admirables. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    enero 27, 2025

    Crítica | Gasoline Rainbow | MUBI

    por Rubén Téllez Brotons | enero 27, 2025
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★☆☆☆☆
    The Sweet East
    Sean Price Williams
    Incitación al aburrimiento


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original The Sweet East. Dirección: Sean Price Williams. Guion: Nick Pinkerton. Música: Paul Grismtad. Fotografía: Sean Price Williams. Reparto: Talia Ryder, Jacob Elordi, Rish Shah, Ayo Edebiri, Simon Rex, Earl Cave, Jeremy O. Harris, Andy Milonakis.

    The Sweet East, ópera prima de Sean Price Williams, es una película que venden publicitariamente como una comedia que ondea las banderas de la locura y el salvajismo, que hace gala de una mordacidad que provoca ataques de risas y que, por su carácter crítico con la sociedad estadounidense, puede llegar a incomodar. Nada más lejos de la realidad, la cinta no tarda en desvelarse como un espectáculo de funambulismo vacío que oculta su carencia de profundidad bajo colores llamativos y fuegos artificiales en verdad poco sorprendentes.

    La protagonista, Lillian (Talia Ryder), está de viaje de fin de curso con sus compañeros de instituto pese a que no se siente identificada con su forma de enfrentarse a la vida —bromas constantes, alcohol y un aparente deseo de no madurar— y, en consecuencia, se aburre bastante cuando está con ellos. Así, cansada de caminar por unas baldosas grises de apatía e indiferencia, decide emprender una aventura nueva que desemboca en un recorrido por la costa este del país durante el cual, mientras intenta comprender todas las aristas que componen su personalidad, conoce a diversos personajes —un grupo de punks antifascistas que viven en una casa abandonada y sólo comen cosas que encuentran en la basura; un profesor de instituto que además de neonazi, incel y conspiranoico, prepara un plan bastante inquietante; unos directores de cine pedantes que la introducen en el mundo de la cultura; una especie de secta que, aislada en mitad de una montaña, baila música tecno— que le enseñan cómo de ridículo puede llegar a ser el mundo que habita.

    Price Williams, director de fotografía que ha trabajado, entre otros, con los hermanos Safdie, diseña la puesta en escena de su película tomando como base la estética retro de los años noventa: le imprime a sus imágenes un grano muy marcado, las tiñe de unos tonos amarillentos que las acercan a las polaroids viejas y emplea unos objetivos con zoom que, cuando se juntan con unos movimientos de cámara inestables y unos desenfoques aparentemente accidentales, recuerdan, y mucho, a los clásicos vídeos caseros en Super 8 que se solían grabar durante las celebraciones familiares. La historia, cabe aclararlo, no está protagonizada por la Generación X, ni tiene ningún tipo de resonancia con la década del grunge, por lo que las elecciones visuales del director parecen meramente ornamentales. En un momento determinado de The Sweet East, una directora de cine bastante presuntuosa se decanta por rodar en blanco y negro y con una relación de aspecto de 4:3 la película de época que está preparando. Tal iniciativa resulta, cuando menos, curiosa, sobre todo teniendo en cuenta que parece responder más al capricho de alguien que pretende subrayar el carácter independiente y autoral de su obra imponiéndole un acabado visual heterodoxo —completamente alejado de las modas que se llevan en el mercado comercial—, que a una necesidad artística real. El chiste se cuenta solo.

    Y es que, a fin de cuentas, la película se presenta ante el espectador como precisamente eso: un chiste dispuesto a tomarse a broma todo lo que le rodea, desde su propio emisor hasta sus receptores, pasando, cómo no, por todos los movimientos sociales que se pueden encontrar en el país de las oportunidades en particular y en el mundo en general. Porque es esta una obra cuyas pretensiones políticas se ocultan bajo toneladas de gags que se esfuerzan excesivamente en ser políticamente incorrectos y que no denotan sino esa necesidad fisiológica de atención que mueve al típico graciosillo de la clase. En su artículo sobre Liberté, de Albert Serra, —que nada tiene que ver con la cinta de Sean Price Williams— Javier Ocaña escribía: «Su estudio de la decadencia (...) se antoja insolente y desvergonzado (y eso en el cine son dos halagos), pero también vanidoso y redundante (y ahí no)». Estas palabras describen con perfección milimétrica The Sweet East, película escrita por el pulso del delirio que, revestido con un maquillaje feísta que pretende ser subversivo, emplea un tono que quiere ser irónico, pero que no tarda en desvelarse cínico y moralista. Y es que, pese a que el director también se ría de sí mismo y de su propio oficio, se hace bastante palpable la superioridad con la que observa a sus personajes.

    El guionista Nick Pinkerton dice que la película nació cuando «como hombre de cuarenta y ocho años, me pregunté cómo sería crecer como adolescente en un mundo en el que te dicen constantemente que no hay futuro». Resulta bastante contradictorio, por tanto, que una obra que surge como reacción al ambiente nihilista que se respira en la actualidad haga gala de precisamente un humor nihilista que iguala por abajo tanto a los que se están cargando el futuro como a los que intentan salvarlo. Aunque puede que no sea tanto una contradicción como una decisión tomada con plena consciencia, puesto que la película esconde un sótano de opiniones políticas que apesta a rancio y que imposibilita en gran medida conectar con unos chistes que, casualidad, apuntan a todas las ideologías menos a la que comparten sus creadores. Porque, si bien es cierto que la película construye su humor a través de la caricaturización de los distintos colectivos que pueblan Estado Unidos, la imagen que proyecta de, por ejemplo, los grupos de izquierdas que luchan por un mundo inclusivo es, básicamente, una visión distorsionada y ridiculizada que los coloca en la misma balanza que a los ultraderechistas de QAnon. No hay, sin embargo, parodia alguna de todas aquellas personas que se presentan como adalides del sueño americano y que se oponen a la sanidad y educación pública, que consideran que pagan demasiados impuestos y que defienden el uso indiscriminado de armas; lo que hay es una burla de brocha gorda a los conspiranoicos más radicales y a las bandas de iluminados que le rinden culto a Hitler y duermen cubiertos por unas sábanas con dibujos de esvásticas. The sweet east quiere ser punki, rebelde, nadar a contracorriente y resultar incómoda, pero nada hay menos rebelde que un humor exagerado que se burla de los colectivos más desfavorecidos en favor de los poderosos. Y es que, como apuntó el gran Roger Koza, “una comedia que no hiende el orden del mundo, deja todo como está y además lo confirma no es otra cosa que una comedia reaccionaria”.


    por Rubén Téllez Brotons
    agosto 14, 2024

    Crítica | The Sweet East

    por Rubén Téllez Brotons | agosto 14, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★★
    Green Border
    Agnieszka Holland
    La inmoralidad del silencio


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Polonia, 2023. Título original: Zielona granica. Dirección: Agnieszka Holland. Guion: Gabriela Lazarkiewicz-Sieczko, Maciej Pisuk, Agnieszka Holland. Música: Frédéric Vercheval. Fotografía: Tomasz Naumiuk. Reparto: Maja Ostaszewska, Tomasz Włosok, Maciej Stuhr, Malwina Buss, Piotr Stramowski, Jalal Altawil, Agata Kulesza, Jaśmina Polak, Behi Djanati Atai.

    Un continente que se hunde por el peso de su propio odio, que se ahoga con las cuerdas de su codicia, que se mantiene impasible ante la muerte de miles de seres humanos y, por tanto, también ante la suya, eso es lo que filma con una profundidad y una fuerza impactante Agnieszka Holland en Green Border, película ganadora del Premio especial del jurado en la pasada edición del Festival de Venecia, que ahora compite por la Espiga de Oro de la Seminci.

    Una familia de refugiados iraníes, huyendo de la guerra, emprende un viaje hacia Suecia, país donde les espera un amigo que ya se ha asentado allí y que les promete que su travesía no tendrá ningún tipo de complicaciones. Antes de llegar a su destino, primero deben entrar en Polonia a través de Bielorrusia. Para ello, tienen que cruzar a pie la frontera que separa ambos países atravesando un bosque —conocido como «green border»— que deviene en trampa mortal. Los ejércitos polacos y bielorrusos, por orden de sus respectivos gobiernos, les lanzan literalmente de un lado de la valla al otro como quien se pasa una patata caliente, les arrebatan sus derechos y los queman en una hoguera de egoísmo y crueldad, les tratan como si fuesen animales salvajes y, en el proceso, les roban, les humillan, les golpean y, si es necesario, les dejan morir de frío y hambre. Tangencialmente, aparecen por la pantalla un grupo de voluntarios que se dedica a ayudar a los refugiados proporcionándoles agua, comida, ropa, teléfonos móviles y medicamentos; una mujer polaca que tiene que defender públicamente a su marido, soldado en la frontera, de lo indefendible; una psicóloga que vive cerca del bosque y que, cansada de mirar hacia otro lado, decide ayudar en todo lo posible a los refugiados.

    En El otro lado de la esperanza, Kaurismaki narraba la historia de un hombre iraní que, escapando de la masacre y el horror que estaban asolando su país y que se habían llevado por delante la vida de sus padres y de su prometida, llegaba a Finlandia escondido en un barco. Tras presentar la solicitud para el permiso de residencia, veía cómo las manos de un laberinto burocrático sin salida le envolvían lentamente, consumiendo su energía y volviendo inútiles todos los esfuerzos que hacía por adaptarse a su nuevo entorno. A partir de esta premisa, el cineasta construía un cuento punteado por rayos de bondad y fraternidad cuyo fin último era remover la conciencia de la gente apelando a sus emociones de una forma sincera, devolviéndole la humanidad a un hombre al que tanto los políticos como los medios de comunicación se habían esforzado en deshumanizar por puro interés. La intención era despertar a todos y cada uno de los espectadores para que dejaran su pasividad a un lado e hiciesen algo para que la situación cambiase.

    Algo parecido sucede con la película de Agnieszka Holland. Ambas cintas, aunque difieren notablemente en sus formas, tienen un objetivo común: retratar una situación de injusticia crónica que está siendo silenciada por parte del poder, para obligar al espectador a reaccionar frente a dicha injusticia, a moverse, a gritar, a hacer ruido para que el abuso se detenga, a promover, en fin, un cambio real en la sociedad, puesto que la inacción, en este contexto, se convierte siempre en un apoyo al victimario; mirar hacia otro lado significa perpetuar el dolor, darle carta blanca al agresor y terminar de hundir en el barro del olvido a una víctima que siente que su vida no tiene el más mínimo valor. Así, las imágenes de Green Border se convierten en piedras que la directora lanza contra la pupila del espectador para romper la burbuja de cristal que le separa de la realidad, que le mantiene en un estado de embriaguez autocomplaciente y onanista en verdad egoísta. La idea es componer un fresco poliédrico que condense los diferentes puntos de vista desde los que se observan los hechos para conseguir un retrato veraz y complejo de un tiempo concreto que se explica así mismo a través de sus atrocidades. Porque cuando se puede observar la realidad en su totalidad, las mentiras se caen por su propio peso, las injusticias y los crímenes se ven desde lejos y los culpables se quedan sin un lugar donde esconderse.

    La película, por tanto, denuncia al gobierno filofascista de Polonia —que, además de oprimir al colectivo LGTBIQ+, prácticamente ilegalizar el aborto y suprimir la educación sexual en los colegios, se dedica a difundir bulos sobre los refugiados para deshumanizarlos y justificar así las torturas a las que los somete— y a la dictadura de Bielorrusia en particular, y a toda Europa —que no hace nada por detener estos crímenes de lesa humanidad— en general. Por la pantalla desfilan decenas de refugiados cuyos países, y con ellos sus sueños, han sido arrasados por la guerra y la destrucción; que guardan entre sus dientes el deseo de vivir una existencia digna, la esperanza de tener un futuro con luz; que cargan con un sufrimiento indescriptible que ningún ser humano debería sentir nunca; que son torturados de forma sistémica por unos ejércitos que disfrutan abusando de su poder. Green Border duele; sangra y hace sangrar; retrata con minuciosidad, pero sin morbo, los abusos que sufren todas aquellas personas que en vez de poder disfrutar de la vida, se han visto obligados a cruzar tierra, mar y aire —es literal— para poder sobrevivir; ofrece unas imágenes en blanco y negro tan realistas como inclementes que, por momentos, recuerdan al Rossellini de Alemania, año cero y Europa 51; planta delante del espectador todos los delitos que está consintiendo y le obliga a tomar partido, a —como decía Pasolini— colocarse frente al poder y decir «no», a exigir una sociedad justa en la que el racismo, la xenofobia, la homofobia, el machismo —las torturas a las que son sometidas las mujeres embarazadas de la película, son prácticamente inenarrables— y las desiguales económicas no tengan cabida. Porque en tiempos de destrucción e injusticias, el silencio se convierte en algo inmoral.


    por Rubén Téllez Brotons
    junio 12, 2024

    Crítica | Green Border

    por Rubén Téllez Brotons | junio 12, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★☆
    Música
    Angela Schanelec
    El horrendo color de la sangre


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Alemania, 2023. Título original: Musik. Dirección: Angela Schanelec. Guion: Angela Schanelec. Fotografía: Ivan Markovic. Reparto: Agathe Bonitzer, Aliocha Schneider, Sebastian Urzendowsky, Marisha Triantafyllidou, Wolfgang Michael, Argyris Xafis, Miriam Jakob.

    Sostienen diversas voces expertas en el tema que la grotesca representación de la violencia que las películas estadounidenses en general y los blockbusters de acción en particular han convertido en su seña de identidad no ha hecho sino banalizarla, transformarla en un producto de consumo para las masas, manipularla con el objetivo de volverla divertida y digerible. Hay quien incluso apunta a que algunos jóvenes, fascinados por la glorificación que determinados cineastas han hecho de la misma, han querido recrearla en el mundo real. El aquí firmante no cree que haya una relación directa entre la violencia fílmica y la violencia real, pero tiene bastante claro que la hiperbolizada —sin connotaciones negativas— representación que cineastas como Tarantino han hecho de ella, ha reducido el impacto que le producen al espectador todas aquellas imágenes que muestran cadáveres, cuerpos lacerados, personas siendo golpeadas y, en fin, agresiones de cualquier tipo. Ver sangre en la gran pantalla ya no remueve el estómago como lo hacía antes, porque el público ha metabolizado la representación del horror –que no el horror en sí mismo.

    En Música —Premio a Mejor Guion en la pasada edición del Festival de Berlín—, Angela Schanelec realizada un ejercicio de vaciamiento total tanto de la imagen como de la memoria de la mirada con el objetivo de devolver al espectador a ese estado primitivo en el que era capaz de creer que aquello que se proyectaba en la gran pantalla suponía una amenaza real —cabe recordar que cuando los hermanos Lumière proyectaron en 1895 La llegada del tren a La Ciotat, la gente salió corriendo de la sala pensando que la locomotora iba a arrollarlos. La directora traslada a la actualidad el Edipo Rey de Sófocles empleando un estilo críptico que evita en todo momento mostrar no sólo los picos dramáticos de la historia, sino cualquier tipo de acción o diálogo que ayude a contextualizar las escenas. Música se mueve entre los silencios que preceden y suceden a cada momento trágico, originando así una concatenación de imágenes de gran potencia visual que no se pueden entender fuera de la totalidad de la obra pese al carácter hermético y aparentemente independiente de cada una.

    Schanelec construye la película enfrentando ideas antagónicas para crear una suerte de epifanía que celebra en vida la muerte; que encierra al espectador en una cárcel de libertad delicada y sucia; que ve al amor como salvador y como verdugo; que sostiene de pie una existencia marcada con sangre ajena mientras lanza al vacío una inocente de culpa; que sustituye el gesto por la presencia y convierte a las personas en una suerte de maniquíes con deseos de sentir; que clama contra el mundo sin por ello abandonarlo; que ve belleza en el horror y horror en la belleza; que limita la pantalla físicamente para expandirla tras la mirada del público; que se revuelve contra su propio esquematismo, pero no llega a rechazarlo; que se arrastra por la oscuridad de la sala como un animal hambriento de desesperación. La cinta, en fin, nace de las contradicciones propias de la vida, del estallido mudo que surge cuando dos términos opuestos colisionan.

    La música, el arte, se presentan en mitad de esa vorágine de incertidumbre como la única forma de ordenar el caos de una existencia que no es más que ceniza, de consolar a ese niño que llora ebrio de miedo dentro de cada ser humano, de darle forma a unos sentimientos inasibles que oprimen el pecho para poder compartirlos, de guardar en el cajón de la memoria los recuerdos de una felicidad finita. La directora apuesta por el uso de larguísimos planos secuencia, generalmente abiertos y estáticos, que obligan al espectador a interactuar con la imagen, a pelearse contra el tedio que puede llegar a desprender, a cincelarla para terminar de dotarla de sentido, a vivir dentro de ella. Así, en el momento en el que un personaje asesina a otro y la pantalla se llena de sangre, la sensación de realidad es tan grande, tan cercana, que apabulla a un espectador que no sabe cómo asumir el contraste entre el silencio y el rugido, entre el orden y la anarquía, entre la paz y, ya se ha dicho, una violencia que, como el tren de los Lumière, parece estar a punto de salirse de la pantalla.


    por Rubén Téllez Brotons
    abril 30, 2024

    Crítica | Música

    por Rubén Téllez Brotons | abril 30, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★★
    La bestia
    Bertrand Bonello
    Laberinto de pasiones


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: La bête. Dirección: Bertrand Bonello. Guion: Bertrand Bonello. Música: Bertrand Bonello y Anna Bonello. Fotografía: Josée Deshaies. Reparto: Léa Seydoux, George MacKay, Dasha Nekrasova, Elina Löwensohn, Julia Faure, Guslagie Malanda.

    De todas las películas que sonaban para participar en la sección oficial del Festival de Cannes de este año y que finalmente no fueron seleccionadas, probablemente la que más sorprendió fue La bestia de Bertrand Bonello, sobre todo teniendo en cuenta que el cineasta francés se consolidó como autor de renombre en el certamen galo con cintas como Casa de tolerancia y Saint Laurent. SSe rumoreó en su momento que Thierry Fremaux había llamado a Bonello apenas unas horas antes de anunciar en rueda de prensa las películas que iban a competir por la Palma de Oro para comunicarle que la suya no estaba entre ellas. En el caso de que dicha habladuría fuese cierta y Frémaux realmente hubiese considerado que La bestia no tenía nivel suficiente para proyectarse en el certamen, tanto él como el resto de responsables del festival deberían hacer un profundo ejercicio de autocrítica: por motivos obvios, que Cerrar los ojos —una de las grandes películas del año— de Víctor Erice fuese ninguneada y condenada al ostracismo de la sección Cannes Premiere y la obra de Bonello sufriese un rechazo taxativo pese a sus innegables virtudes mientras que otras cintas de menor nivel eran recibidas con los brazos abiertos por tener como protagonista a Sean Penn, no deja en muy buen lugar ni al certamen ni a sus dirigentes.

    Pero volviendo a lo netamente cinematográfico, el autor de Nocturama se basa libremente en un texto de Henry James para construir la historia de una joven (Léa Seydoux) que, en un futuro distópico en el que la inteligencia artificial ha infectado y mecanizado absolutamente todos los engranajes de la sociedad, decide someterse a una purificación de ADN que le libre de sus sentimientos y la convierta en una trabajadora eficaz y productiva. Así, mientras una máquina proyecta dentro de su mente los recuerdos de sus vidas pasadas, todas terminadas trágicamente antes de que pudiese ser feliz con el amor de su vida (George MacKay), el miedo a convertirse en un autómata la llenará de dudas y ansiedades y, en última instancia, la obligará a elegir entre la dolorosa calidez de las emociones o el frío cálculo de la perfección.

    En esa mastodóntica obra maestra que es Casa de tolerancia, Bonello hacía una reflexión sobre la perpetuación de las desigualdades, los crímenes y los abusos a lo largo de la Historia, encerrándose para ello en un prostíbulo de lujo de finales del S. XIX con la idea de capturar la tristeza, el hastío y la opresión que sentían todas aquellas mujeres que veían cómo día sí y día también las convertían en objetos sexuales puestos a disposición de todos los artistas, aristócratas, diputados y empresarios que habitaban las esferas de poder del país. Tangencialmente, el director hacía sutiles apuntes sobre los temas que estaban de actualidad en ese momento para, por un lado, condensar las tensiones económicas, políticas y sociales que preocupaban a la gente en unos pocos fotogramas; y, por otro, señalar la raíz de futuros problemas que ya se estaban cociendo bajo la superficie de la cotidianeidad.

    En La bestia, el cineasta galo repite la estrategia y, de nuevo, construye una suerte de ensayo sobre la forma en que la sociedad ha imposibilitado a lo largo de la Historia que las relaciones amorosas se desarrollen con salud y naturalidad al convertir el entorno en el que deben germinar en un campo minado de desigualdades que no hacen sino llevar al ser humano al límite de la cordura; oprimirlo y asfixiarlo hasta dejarle sin aire; convencerle de que se encuentra en una jungla en la que, para poder sobrevivir, debe someter, humillar y, en última instancia, aplastar a sus «competidores». De nuevo, el director de Zombie child y Coma hace un análisis de la actualidad tan certero y puntiagudo como finalmente desolador en el que, al mismo tiempo que radiografía problemas concretos a los que no se les está prestando demasiada atención, reflexiona sobre el peligro de algunos inventos que, aunque ahora no resulten determinantes en casi ningún ámbito, no tardarán en marcar el futuro de la humanidad.

    La película se planta delante de la mirada como un laberinto de dobles, triples y cuádruples sentidos sin entrada ni salida que encierra en su interior a un monstruo salvajemente mortal. Y mientras el espectador intenta encontrar la respuesta de un acertijo que pronto se desvela esquivo, Bonello no deja de cuestionarse sobre las posibilidades expresivas y reflexivas que puede tener una obra de arte creada por la inteligencia artificial; sobre las consecuencias de vivir para trabajar y no trabajar para vivir: sobre extirpación de los sentimientos por parte de la rueda capitalista con el objetivo de convertir a las personas en intransigentes máquinas de producir; sobre la angustia, el desasosiego y la soledad que se ciernen sobre todo aquel que se atreva a llevarle la contraria al sistema; sobre los motivos por los cuales un chaval se convierte en un incel —sí, los del celibato—; sobre las inseguridades físicas creadas artificialmente por las clínicas de cirugía estética con el objetivo de ganar pasta a costa del sufrimiento de las personas. El director compone así unas imágenes de precisión milimétrica que destilan una belleza atractiva y pesimista; acelera y desacelera el ritmo del montaje con una sobriedad aplastante; emplea una serie de recursos visuales —pantallas partidas, distintas relaciones de aspecto, lentes con distorsión— que impactan tanto por su fuerza estética como por su original implantación en el relato. La bestia viene a confirmar lo que muchos ya sabían: que Bertrand Bonello es uno de los cineastas más inteligentes, heterodoxos, iconoclastas y superdotados del panorama actual.


    por Rubén Téllez Brotons
    marzo 27, 2024

    Crítica | The beast

    por Rubén Téllez Brotons | marzo 27, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★★
    How to have sex
    Molly Manning Walker
    El sexo como pesadilla


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: How to have sex. Dirección: Molly Manning Walker. Guion: Molly Manning Walker. Fotografía: Nicolas Canniccioni. Reparto: Mia McKenna-Bruce, Lara Peake, Enva Lewis, Samuel Bottomley, Daisy Jelley, Eilidh Loan, Shaun Thomas.

    Ganadora del premio a Mejor película en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes del pasado año, How to have sex, ópera prima de Molly Manning Walker, se podría definir como un ejercicio de depuración profundamente sugerente en el que la directora extirpa de sus imágenes todas las células mortalmente machistas —y su consiguiente herencia misógina— que llevan envenenando el séptimo arte desde el mismo momento de su nacimiento.

    Tras terminar los exámenes de acceso a la universidad, Tara (Mia McKenna-Bruce), Skype (Lara Peake) y Em (Enva Lewis), amigas desde la infancia, viajan a Grecia con la única intención de salir de fiesta hasta que el sol se consuma, de bailar como si fuesen sus últimos días sobre la Tierra, de beberse su juventud en apenas unas horas. Tara, además, tiene la intención de perder la virginidad. Al poco de llegar, conocen a un grupo de chicos que las invitan a salir de fiesta: los neones, las copas, las piscinas, los vómitos, las mañanas cargadas de resaca y las noches sudadas hasta el exceso se suceden entonces por la pantalla como la viva materialización del sueño adolescente. A medida que pasa el tiempo, la constancia e insistencia con la que Skye y Em presionan a Tara para que se acueste con uno de los tíos del grupo aumenta, perturbando, como consecuencia, la tranquilidad con la que se movía la joven. Así, la atmósfera lúdica se irá enturbiando poco a poco hasta desvanecerse por completo cuando Tara sufra repetidas y sistemáticas violaciones.

    La revolución sexual de los años sesenta y setenta trajo numerosos avances feministas: desde el uso de anticonceptivos que le otorgaban a la mujer el control de su sexualidad, hasta la legalización en distintos países del aborto, pasando por la destrucción de esa idea tan inherentemente católica que sostenía que las relaciones sexuales sólo se debían mantener dentro del matrimonio y con fines reproductivos —a menos que se fuese hombre. El sistema heteropatriarcal se adaptó rápido a dichos cambios y empleó un arma que empezaba a despuntar en esa época —la publicidad masiva— para darle la vuelta a la conquista de derechos realizada por las mujeres. Se inició entonces un bombardeo audiovisual sin precedentes que tenía como objetivo establecer una estética —puesto que los preceptos morales disparados desde radios y televisiones seguían buscando promover los mismos roles de género asfixiantes y profundamente arcaicos— común para todas las mujeres. Las portadas de las revistas se llenaron de modelos desnudas o semidesnudas que, además de ejemplificar cómo debía ser un cuerpo para poder ser considerado atractivo, eran reducidas a meros objetos a través de una hipersexualización que buscaba atraer las miradas masculinas. Los cuerpos de las mujeres, de nuevo, les pertenecían a los hombres.

    En el cine es habitual ver primeros planos de pechos y culos femeninos; movimientos de cámara que se deslizan lentamente por cuerpos de mujeres para devorarlos con la lente o escenas que se alargan hasta el límite del tiempo porque las protagonistas aparecen desnudas. No se trata de un cine que busca celebrar el físico, porque rehúye de los cuerpos masculinos casi horrorizado y cuando se atreve a mostrarlos lo hace con un pudor en verdad desconcertante. En una película como How to have sex, en la que las protagonistas están en bikini durante gran parte del metraje, habría sido cuestión de inercia proponer una puesta en escena que las cosificase. Nada más lejos de la realidad, la directora radiografía la mirada hegemónicamente masculina que se encuentra detrás de gran parte de la Historia del cine, señala las partes afectadas por la enfermedad y las sustituye por unas sanas, devolviéndole al espectador una cinta que estudia la sexualidad sin sexualizar a los personajes, que se acerca a los cuerpos sin acosarlos. La idea es, por tanto, deconstruir el mecanismo de la sexualidad en busca de todos los engranajes oxidados de misoginia para erradicarlos y poder, a partir de ahí, construir una sociedad sana y nueva en la que el consentimiento, la igualdad y el respeto estén siempre en el centro de todo tipo de relaciones. Para ello, la realizadora diseña un relato de raíz realista que se deja llevar por la niebla de la abstracción para terminar caminando por un sendero en el que el naturalismo y onirismo se funden de forma irreversible.

    Así, al mismo tiempo que la atmósfera de la cinta va cambiando progresivamente de forma, la diversión y el placer van desapareciendo del rostro de la protagonista, dejando vacío un espacio que ocupa la sombra afilada de la pesadilla. Dicho de otra manera, lo que en un principio parecía ser un coming of age cargado de alcohol, sudor y arena, termina convertido en una película de terror que, por desgracia, millones de mujeres viven al año en primera persona. Molly Manning Walker muestra los efectos que produce en la sociedad la metabolización de una tradición de origen burgués y machista que tiene como eje central la idea de que alguien no es realmente adulto hasta que no ha mantenido relaciones sexuales. La interiorización de dicho concepto por parte de la protagonista y la consecuente presión que ejercen sus amigas sobre ella le provocan ataques de ansiedad que no hacen sino evitar que disfrute de sus vacaciones. How to have sex, en definitiva, destapa de forma brillante los viciados mecanismos que mueven a un sistema heteropatriarcal incapaz de entender el concepto de consentimiento --y cuyas dos únicas reacciones ante una violación son quitarle importancia o culpar a la víctima--, al mismo tiempo que propone una nueva mirada desde la que contar las películas.


    por Rubén Téllez Brotons
    marzo 12, 2024

    Crítica | How to have sex

    por Rubén Téllez Brotons | marzo 12, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★★
    All of us Strangers
    Andrew Haigh
    El corazón del dolor


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: All of Us Strangers. Dirección:Andrew Haigh. Guion: Andrew Haigh. Novela: Taichi Yamada. Música: Emilie Levienaise-Farrouch. Fotografía: Jamie Ramsay. Reparto: Andrew Scott, Paul Mescal, Claire Foy, Jamie Bell, Cameron Ashplant, Ami Tredrea, Gsus López.

    All of us Strangers, la adaptación que Andrew Haigh hace de la novela homónima de Taichi Yamada, se podría definir como un ejercicio psicoanalítico que consigue llegar hasta los nervios de la emoción para sacudirlos con destellos de tristeza contenida. La cinta cuenta la historia de Adam (Andrew Scott), un guionista de cine huérfano desde la infancia que ve cómo una soledad no deseada merma su sonrisa, araña su ánimo y muerde su vida. Un día, recibe la visita de su vecino (Paul Mescal), que le invita a tomar algo. Adam, viendo que está intentando ligar con él, le pone una excusa y le cierra la puerta por, como confesará más tarde, miedo a dejarle entrar, tanto en su piso como en su vida. A los pocos días, se pierde caminando por un parque y, por pura casualidad, llega hasta la casa donde pasó su infancia. Allí descubre que sus padres (Claire Foy y Jamie Bell), fallecidos en un accidente de coche cuando él tenía tan sólo doce años, siguen con vida y tienen la misma edad que en el momento de su muerte. A partir de ahí, la posibilidad de recuperar el tiempo perdido, de ponerse al día después de tantos años, de entablar todas aquellas conversaciones que se quedaron en el tintero del olvido, de llorar esas noches atravesadas por la astilla de la pérdida, de confesarse los secretos que tiempo atrás no supieron verbalizar, de pedirse disculpas por los errores cometidos, de compartir el calor de un nuevo abrazo, de volver a ser una familia, se presentará como una caricia de luz en mitad de la tormenta vital de un protagonista que, al mismo tiempo que retoma la relación con sus padres, empieza a salir con su vecino.

    «Recordarás acaso nuestros días, / este dejarse ir en la corriente / insensible de trabajos y penas, / este apagarse lento, melancólico, / como las llamas de tu hogar antiguo, / como la lluvia sobre aquel tejado (...) Volviste la cabeza contra el muro / con el gesto de un niño que temiese / mostrar fragilidad en su deseo. / Y te cubrió la eterna sombra larga. / Profundamente duermes. Mas escucha: / yo quiero estar contigo; no estás solo». Estos versos pertenecientes al poema «Niño muerto», los escribió Luis Cernuda pensando en un joven exiliado tras la Guerra Civil que, enfermo de cáncer, moriría a los pocos meses de llegar a Inglaterra. El poeta le cuidó durante sus últimos días de vida y, cuando falleció, compuso este poema en su recuerdo. Los sentimientos que describe Cernuda son los mismos que se estancan en la garganta de los protagonistas de All of us Strangers; y las emociones que transmiten sus palabras son similares a las que producen las imágenes que compone Haigh.

    La idea de la película es, sencillamente, viajar hasta el corazón del dolor que aflige al protagonista; recomponer los fragmentos de tristeza que conforman una vida herida por la incomprensión, el odio y la ausencia; imaginar una fantasía infantil que sea capaz de sanar la existencia; escribir una sinfonía de caricias cómplices que reconforte tanto a los personajes como al espectador. Las escenas, por tanto, se mueven por la pantalla como un suspiro cubierto de lágrimas que alivia ligeramente, que funciona como leve paliativo contra un pasado que está clavado en la memoria y la hace sangrar en silencio. En silencio, porque la cinta camina entre los hilos de la incomunicación, intentando encontrar una palabra que termine con una angustia que nace ante la imposibilidad de expresarse. El director opta por una puesta en escena transparente que no hace sino dejarle espacio a los actores, a sus rostros carentes de rencor, para que sean ellos los que construyan la emoción desde su mirada. All of us Strangers oscila entre la realidad y el deseo, entre la certeza de un cuerpo tangible al que abrazar y la fantasía de un encuentro redentor pero imposible; y, desde ahí, se expande rompiendo los límites de la pantalla para interpelar a un espectador que asiste a este prodigio del séptimo arte mudo de belleza, que se deja mecer por la suavidad de unas imágenes que son al mismo tiempo herida y venda, depresión y éxtasis, que se acurruca en el fondo de la butaca y deja que esta nana que sólo adquiere sentido completo una vez que ha rozado mínimamente la piel emocionada de sus sentidos, le conmueva hasta la lágrima.


    por Rubén Téllez Brotons
    febrero 23, 2024

    Crítica | Desconocidos

    por Rubén Téllez Brotons | febrero 23, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★☆☆☆
    Las cuatro hijas
    Kaouther Ben Hania
    Crónica de un naufragio anunciado


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Francia, Túnez, 2023. Título original: Les Filles d'Olfa. Dirección: Kaouther Ben Hania. Guion: Kaouther Ben Hania. Música: Amin Bouhafa. Fotografía: Farouk Laaridh. Reparto: Hend Sabry, Khaled Abol Naga, Majd Mastoura, Ichrak Matar, Eya Chikhaoui, Tayssir Chikhaoui, Nour Karoui.

    Como un barco que naufraga tan sólo unos minutos después de haber iniciado su travesía, así se podría definir Las cuatro hijas, cinta basada en unos hechos reales profundamente inquietantes que dirige de forma caótica e imprecisa Kaouther Ben Hania. Una madre (Hend Sabry) y sus dos hijas pequeñas protagonizan su propia película autobiográfica. Con esta excusa, realizan un recorrido por los hechos más relevantes de sus vidas: desde la boda de Olfa —la progenitora— con un hombre al que no quiere; pasando por sus primeros meses de matrimonio laminados por el silencio y la repudia, el nacimiento de sus cuatro hijas, el maltrato sistemático al que las somete el padre y la consecuente solicitud de divorcio; hasta llegar a la adolescencia de las dos hijas mayores —profundamente marcada por las dudas y las inseguridades—, su introducción en el islam, el posterior proceso de radicación que las hará huir de su casa para unirse a ISIS, el ingreso de las niñas pequeñas en un centro especial para evitar que sus hermanas las secuestren y la definitiva detención y encarcelación de quienes al final del metraje son, respectivamente, esposa y cuñada de uno de los terroristas más buscados de Túnez.

    A lo largo de la Historia del cine se han filmado muchas cintas que o bien exploraban los misterios, casualidades, ataques de ansiedad, discusiones y milagros que suelen tener lugar en un set de rodaje, o bien lo utilizaban como sala de experimentos en la que observar cómo la presión que allí se vive sirve de caldo de cultivo para que se cometan atroces abusos de poder, para que las mejores amistades se quiebren irreversiblemente, para que el amor se convierta en odio y para que, simple y llanamente, el ser humano pierda la cabeza por completo. Por poner algunos ejemplos: Gaspar Noé, en Lux Aeterna (2019), trazaba un paralelismo entre la caza de brujas realizada por la Iglesia en la Edad Media y la violencia constante a la que son sometidas las mujeres que trabajan en la industria del cine; Godard, por su parte, analizaba en El desprecio (1963), cuyo telón de fondo no era otro que el proceso de producción de una adaptación de la Odisea, la gradual descomposición de una pareja incapaz de comunicarse; y Truffaut filmaba en La noche americana (1973) una comedia de enredos en la que el séptimo arte y la vida se mezclaban de forma constante hasta volverse indistinguibles.

    Kaouther Ben Hania también sitúa su nuevo largometraje en esa fábrica de sueños que es el rodaje de una película, pero, a diferencia de las cintas anteriormente citadas, no lo utiliza como base para reflexionar sobre otros temas, porque, sencillamente, no reflexiona sobre nada. Las cuatro hijas podría haber sido un ejercicio en el que la ficción iluminase las esquinas más oscuras de una realidad doliente, o un juego de espejos que favoreciese el diálogo entre unos personajes mudos de tragedia. Los elementos para componer una buena película están ahí, por eso resulta tan molesto que Las cuatro hijas camine a trompicones por la pantalla sin saber realmente adónde quiere ir. Bajo sus imágenes subyace un río estancado de tedio que no denota sino el exceso de metraje de una cinta que juega a la metaficción sin éxito alguno: primero, porque el quién interpreta a quién no aporta nada ni argumental ni temáticamente; y segundo, porque las voces en off y las confesiones a cámara les arrebatan todo el nervio a unas escenas ya de por sí bastante descafeinadas que terminan siendo redundantes y plúmbeas.

    Ben Hania tampoco le da un uso cinematográfico a una palabra de la que abusa en exceso, sino que la emplea para, literalmente, escupir reflexiones muy concretas a la cara del espectador. A la realizadora le preocupa tanto que el público no entienda la película que termina tratándolo como si fuese idiota. Así, los dos primeros tercios de la cinta se antojan tan repetitivos y caóticos como finalmente vacuos. Sólo al final, cuando las hijas mayores se radicalizan y empiezan a rumiar la idea de alistarse en ISIS, adquiere la película algo de alma, de tensión; y, pese a ello, es incapaz de enderezar el rumbo, porque, como ya se ha mencionado al principio, el naufragio se produce apenas unos pocos minutos después de haberse iniciado el viaje.


    por Rubén Téllez Brotons
    febrero 09, 2024

    Crítica | Las cuatro hijas

    por Rubén Téllez Brotons | febrero 09, 2024
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★★
    Sala de profesores
    Ilker Çatak
    Pesadilla en las aulas


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Alemania, 2023. Título original: Das Lehrerzimmer. Dirección: Ilker Çatak. Guion: Johannes Duncker, Ilker Çatak. Música: Marvin Miller. Fotografía: Judith Kaufmann. Reparto: Leonie Benesch, Eva Löbau, Anne-Kathrin Gummich, Leonard Stettnisch, Sarah Bauerett, Michael Klammer, Kathrin Wehlisch, Rafael Stachowiak.

    Un aquelarre de ansiedad y odio que aumenta de intensidad a medida que pasa el tiempo y que no hace sino desactivar paulatinamente el pensamiento racional de las personas implicadas en él, deviniendo en una guerra abierta en la que las estrategias más sucias y tramposas están a la orden del día. Así se podría resumir Sala de profesores, cinta dirigida por Ilker Catak, que se alzó con el galardón a Mejor Película en los Premios del cine alemán de este mismo año.

    Carla Nowak (Leonie Benesch), una joven profesora que promueve una forma de educación lúdica y empática cuyos pilares fundamentales —diálogo por encima de todo, seguimiento individual y exhaustivo de cada alumno— se oponen de forma taxativa a los modelos rígidos y autoritarios del pasado, empieza a trabajar en un colegio que hace de la intolerancia frente a las injusticias su emblema. Se inician, de repente, una serie de robos por todo el colegio que afectan tanto a alumnos como a docentes y que se alargan en el tiempo sin que las autoridades del centro sean capaces de hallar al culpable. Los maestros comienzan a interrogar a los delegados de cada clase esperando que acusen a todos aquellos alumnos que no son blancos. Carla rechaza dicha forma de actuar, pero, movida por la sospecha de que el ladrón puede ser un trabajador del colegio, deja su ordenador grabando en la sala de profesores. Así, cuando, después de conseguir un vídeo en el que aparentemente se ve a la culpable en acción, acuda a la directora para intentar solucionar el problema sin que llegue a mayores, desencadenará de forma involuntaria una serie de agresiones físicas y psicológicas que pondrán el colegio entero patas arribas.

    Los centros educativos funcionan como una sociedad en miniatura que reproduce los mismos vicios que la de los adultos: desde el machismo, el racismo y la homofobia, pasando por la estratificación en clases sociales, hasta llegar al impulso competitivo exacerbado que no hace sino convertir la escuela en una cantera de futuras máquinas productiva. Ilker Catak sitúa su nueva cinta en un colegio para poder analizar con detenimiento no sólo el comportamiento de los niños, sino también el de los adultos que les educan. Aunque cabe aclarar que Sala de profesores no es tanto una radiografía de la sociedad contemporánea, como un thriller con espíritu de metralleta que dispara constantes dilemas morales al espectador sin darle apenas tiempo a que los digiera. El director, por tanto, teje una telaraña de violencia, mentiras, malas decisiones e intenciones insidiosas que no tiene escapatoria alguna. La protagonista acusa a una compañera de haberle robado la cartera después de grabarla con las manos en la masa y, a partir, de ahí, la calma que imperaba en la institución se ve quebrada de forma irreversible: los profesores pronto se quitan las caretas de cordialidad con las que ocultaban su mala baba, su profunda falta de humanidad, su egoísmo y su nula capacidad para educar a los alumnos; los padres hacen todo lo posible por limpiar la buena imagen de sus hijos, aunque para ello tengan que negar sus faltas; y los más jóvenes replican el comportamiento de los mayores con una mezquindad preocupante.

    El director opta por una puesta en escena de estilo documental que emplea la cámara en mano, los movimientos veloces y los primeros planos asfixiantes, como herramientas con las que tensar la imagen hasta provocar, literalmente, ataques de ansiedad; hasta conseguir que el celuloide muerda las pupilas del espectador y no las suelte hasta los créditos finales: hasta convertir la pantalla en la más temible de las pesadillas; hasta, en fin, transformar la sala de cine en un sótano de tortura. La cinta no busca en ningún caso ofrecer soluciones al conflicto, sino plantear unas preguntas tan punzantes como incómodas: ¿realmente deben educar a sus hijos unos padres que, habiendo metabolizado todos los conceptos del heteropatriarcado, no tienen intención de deconstruirse?; ¿pueden unos profesores llenos de prejuicios tratar en igualdad de condiciones a todos sus alumnos, sin importar su clase social, su género, su orientación sexual, el color de su piel o su religión?; ¿el sistema actual está interesado en formar a los niños promoviendo valores como el respeto y la tolerancia o sólo quiere construir trabajadores alienados que sigan moviendo la máquina de hacer dinero?; ¿el colegio excluye y estigmatiza a los estudiantes con más dificultades porque ayudarles supondría un coste de recursos extra que al capitalismo no le conviene?; ¿el comportamiento caprichoso e impaciente de los más pequeños es un fiel reflejo de lo que ven en casa? Definitivamente hay un elefante en la habitación.


    por Rubén Téllez Brotons
    febrero 02, 2024

    Crítica | Sala de profesores

    por Rubén Téllez Brotons | febrero 02, 2024
    || Críticas | L'Alternativa 2023 | ★★★☆☆
    Between Revolutions
    Vlad Petri
    Más allá de la distancia


    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Rumanía, Catar, Irán, Croacia, 2023. Título original: Între revoluții. Dirección: Vlad Petri. Guion: Lavinia Braniste, Vlad Petri. Música: Filip Sertic. Compañías: Activ Docs, Restart and Fade In. Distribuidora: DAFilms. Duración: 69 min.

    Historia de distancias y de distanciamiento. Del dolor y la aflicción que lo acompañan. De la añoranza y de la cicatriz que deja, como poso, de forma permanente, el abatimiento de la insurrección ciudadana. La huella que deja el vacío, en una especie de cruel duelo invisible. Retrato de una época a partir de un cuento tramposo que recrea una ficción mediante la transfiguración de la realidad. Tremebunda, certera, inteligente y, sobre todo, cruda, con Between Revolutions, el rumano Vlad Petri conquistó algunos corazones (como mínimo, el mío) y resquebrajó alguna alma (al menos, la mía) en su paso por L’Alternativa de Barcelona. Es la fotografía de una bifurcación inevitable y no por eso menos devastadora, donde dos vidas dialogan en una nebulosa que disipa las fronteras del espacio-tiempo. Después de separarse, dos jóvenes mantienen una correspondencia epistolar donde intercambian sensaciones, recuerdos y esperanzas. Una es Maria, la otra Zahra, y se conocen mientras estudian en la universidad de Bucarest. Se sobreentiende que han mantenido una estrecha e intensa relación, y que el amor que se profesan es recíproco y aparentemente indestructible. La realidad, por desgracia, tiene sus propios ritmos y deambula caprichosamente a su bola, imponiendo su naturaleza, de manera que siempre acaba traicionando, de una forma intransigente, nuestros deseos y voluntades. Pero vayamos por partes.

    Esta película empieza, precisamente, en ese distanciamiento físico. La brecha espacial se expande cuando Zahra regresa a Irán después de finalizar los estudios, para reunirse con su familia y sus amistades. Algo grande va a pasar, vaticina a su compañera. Estamos en los setenta, de manera que no habla en vano y ese «algo que va a pasar» no es otra cosa que la revolución iraní que derrocará al sah Mohammad Reza Pahleví. No está nada mal. Por su parte, Maria se queda en la capital rumana y alrededores, viviendo como puede entre trabajos y reasignaciones y a trompicones, siempre expectante de las misivas de su compañera. Siempre preocupada, y con una incesante sensación de angustia. Hasta que la revuelta le explota, también, a ella: en este caso, no es otra que la que provocó la caída de Ceaușescu, años más tarde.

    A medida que avanza el metraje, los escritos entre amigas se intensifican, incrementando su dramatismo tonal. En la debacle de sus respectivas sociedades, la densidad aumenta in crescendo, e irrumpen episodios y anécdotas que envenenan y tiñen de negro las vidas de las protagonistas, poniendo en manifiesto la peligrosidad incipiente de un mundo incansablemente amenazante. Para elaborar el texto, el cineasta y su coguionista, Lavinia Braniste, trabajaron los documentos, registros y archivos de la temida policía secreta de la dictadura rumana, la Securitate, que combinan con poemas de Nina Cassian y Forugh Farrokhzad. A partir de ese cotejo, se edifica una historia aciaga que, pese a que en un principio se endulza con el poder de la amistad y la esperanza de las protestas civiles, acaba intoxicándose por la desilusión y el terror de dos movimientos sociales que se ven aplastados por la quimera del poder hegemónico y la brutalidad de gobiernos agonizantes, y aun así, implacables en la respuesta violenta contra «la energía en las calles», como explica Zahra.

    Hay algo también atemporal en Between Revolutions. Primero, por la masculinidad que ocupa la pantalla y cobra significativo peso a través de una presencia salvaje e iracunda. Por otra parte, también se dilatan los tiempos de respuestas entre cartas, hecho que genera en las mujeres, y también en los espectadores, una calamitosa sensación de preocupación y nerviosismo: «Dónde estás. Por lo menos dime que estás bien», pregunta la una a la otra en cierto momento. Además, tiene su momento de gloria la pesadumbre provocada por un ser querido desaparecido: Zahra vive la persecución de su família en primera persona, hecho que acaba llegando a su cúspide cuando su padre es detenido, y deja de dar señales de vida: «Mi padre fue mi revolución». El argumento de la cinta sirve, por esto mismo, para reflejar y mostrar un feminismo autoconsciente y estrictamente actual, que golpea en nuestra concepción prejuiciosa que tiende a ver a la historia como algo pasado de moda, y a su gente como personas obsoletas y con mentalidades antiguas. Contra la esperanza primigenia, surge un sentimiento de decepción e incertidumbre que se puede traducir al desamparo de nuestros días.

    En el documental de Petri, es la imagen la que complementa la prosa, que adquiere un carácter absolutamente protagonista y que manda narrativamente en todos sus espacios. Las dos voces femeninas adoptan un rol principal, y Between Revolutions utiliza el maravilloso y retrospectivo material de archivo precisamente para crear, desde la literalidad y lo documental, una ficción solo a medias. En este cuento triste y estrictamente destructivo, se establece un diálogo gratificante por lo que aporta y por cómo se entabla, aunque se hace a la vez espeluznante: el sufrimiento se sublima dando lugar a un amor sin márgenes, a una conexión interpersonal que transfiere emociones y que insiste en el hecho que, pese a que el tiempo pase, el mundo siempre será un lugar mezquino, injusto y atroz. ♦


    por Agus Izquierdo
    enero 23, 2024

    Crítica | Between Revolutions

    por Agus Izquierdo | enero 23, 2024
    Blue Heron
    PUBLICIDAD

    Estrenos

    Mostra de Valencia
    PUBLICIDAD

    Circuito

    Diputación
    PUBLICIDAD

    Plataformas

    Cap al cel
    Suscripción