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    Ilker Çatak
    Ilker Çatak
    || Críticas | Berlinale 2026 | ★★★★☆ |
    Yellow Letters
    İlker Çatak
    Bertolt Brecht y el exilio de los valores


    Carlos Ibarra Grau
    Berlín |

    ficha técnica:
    Alemania, Francia, Turquía, 2026. Título original: «Gelbe Briefe». Título internacional: Yellow Letters. Dirección: İlker Çatak. Guion: İlker Çatak, Ayda Meryem Çatak, Enis Köstepen. Compañías: Artes Productions, Haut et Court, Liman Film, ZDF, if… Productions. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín (Competición Oficial, Oso de Oro). Distribución en España: A Contracorriente Films. Fotografía: Judith Kaufmann. Montaje: Gesa Jäger. Música: Marvin Miller. Reparto: Özgü Namal, Tansu Biçer, Leyla Smyrna Cabas, İpek Bilgin, Aydın Işık, Aziz Çapkurt, Yusuf Akgün, Uygar Tamer, Jale Arıkan, Seda Türkmen, Emre Bakar. Duración: 128 minutos.

    Se le atribuye al dramaturgo alemán la cita «Primero viene la comida, luego la moral». Los ciudadanos turcos en el exilio, especialmente en Alemania, son hoy en día perseguidos políticos, académicos y creadores culturales que han abandonado su país tras represiones como el golpe de Estado de 2016, acaecido en Ankara y Estambul. Berlín es el punto de encuentro central de esta diáspora intelectual, que a menudo vive en condiciones precarias y se distancia del gobierno de Erdogan.

    Es en la capital alemana donde nació el director de raíces migrantes Ilker Çatak. Quizá debió pensar que, si viven en Alemania tantos exiliados, por qué no exiliar la película misma. Así comienza Gelbe Briefe (Cartas amarillas), con la pareja protagonista conduciendo un coche bajo la Puerta de Brandenburgo y se anuncia que Berlín interpretará a Ankara. Con la lengua túrquica como vertebradora, esta primera parte fue probablemente rodada en pleno Kreuzberg, el barrio berlinés de tal influencia turca que sus restaurantes, cafeterías, mercados y tiendas subvierten el paisaje urbano y cultural. Con un reparto enteramente turco y en este juego de atrezzos viven Derya (actriz) y Aziz (dramaturgo y profesor de universidad), una reconocida pareja de teatro de Ankara que lleva una vida asentada junto a su hija adolescente. Tras estrenar con gran éxito una obra crítica con la actualidad en su país, ambos recibirán las cartas que dan título a la obra y a la propia película. El amarillo de esas misivas no es baladí, pues su color, de uso común en toda Europa, suele advertir de un contenido relacionado con el Juzgado, donde se informa de que uno es parte en un procedimiento y del plazo para presentar una defensa. Así, la familia se convierte de la noche a la mañana en el blanco del Estado hasta el punto de ver amenazados sus trabajos y su apartamento.

    Gelbe Briefe
    se plantea hasta qué punto estamos dispuestos a llegar por nuestras convicciones a través de unos protagonistas que promueven su idealismo activista a través del arte. Y es que Çatak representa a la clase media frente a un cine generalista que suele optar por los extremos: clases muy acomodadas, cuando no ricas y clases bajas, cuando no pobres. Se apela aquí a esa frágil clase media de nuestros días, una en la que cualquier ciudadano o familia contraria al sistema sufra el azote del actual expansionismo de las políticas represoras. En su segundo tramo se moverá la película a otro exilio, esta vez hasta una Hamburgo que interpretará a Estambul. Aunque resulte un poco extraño ver dos ciudades alemanas con más de un millón de habitantes como metrópolis turcas, ello no reduce la inmersión en la historia. De hecho, Catak parece dejar deliberadamente algunas inserciones de letras alemanas en la película, cual ruptura estilística al estilo de Bertolt Brecht.

    La madre de Aziz presta su pequeña casa como hospedaje a toda la familia, reflejando la dura realidad en las que muchos hijos en edad adulta se ven forzados a volver a casa de sus padres. Todo se sustenta con las verosímiles actuaciones de su pareja protagonista, auténticas estrellas de cine, teatro y televisión en Turquía, pero aún desconocidos en Occidente: Özgü Namal (Derya) y Tansu Biçer (Aziz). La erosión de su relación matrimonial (İlker Çatak entiende que la represión es más devastadora cuando se filtra a través de la esfera doméstica) es latente en tanto que Derya lucha por mantener su dignidad y Aziz sopesa adaptarse a una nueva realidad alejada de los escenarios. Sus desacuerdos no son muy ruidosos; son agotadores, prácticos, desgarradoramente adultos. ¿Cómo se mantienen los principios y el sustento de una hija cuando escasea el dinero?

    Fuera del improvisado hogar, se filtra el griterío de manifestaciones del Estambul tumultuoso, que evoca a la iraní La semilla de la higuera sagrada (2024) donde Mohammad Rasoulof plasmaba la casa como cárcel, con luz tenue y atmósfera opresiva en la que la familia atendía tras la ventana al malestar ciudadano. Un segundo acto donde el filme sufre de cierta caída, girando el guion sobre algunas reflexiones ya expuestas, pero alzando el vuelo de nuevo en su tramo final.

    La nueva película de Çatak comparte con su anterior y exitoso filme Sala de profesores (2023) una apuesta por el suspense y paulatino in crescendo del drama que se torna en thriller. En aquella, las implacables estructuras se circunscribían al sistema escolar de Alemania y ahora, el cineasta berlinés, en un paso ambicioso, representa como los tentáculos de la autocracia se extienden a todos los ámbitos, traspasando territorios. Un sagaz relato de rabiosa actualidad cuya forma drástica evidencia lo que puede suceder cuando el espacio para el debate político se reduce. E incluso se cierra. Más allá de la analogía de ciudades y el uso de espejos, estamos ante un lúcido teatro verité a modo de presagio, una mirada al futuro próximo donde regímenes autoritarios podrían sustituir las democracias de nuestra Europa Occidental. Lo que termina elevando la cinta del cineasta alemán-turco es su pertinaz defensa de lo inconfiscable, del gran poder que alberga la vulnerabilidad de una desnudez que combate con el teatro un mundo tan absurdo que ha devenido en dramaturgia. ♦


    por Carlos Ibarra Grau | #Venecia2026
    febrero 25, 2026

    Crítica | Yellow Letters

    por Carlos Ibarra Grau | #Venecia2026 | febrero 25, 2026
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★★
    Sala de profesores
    Ilker Çatak
    Pesadilla en las aulas


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Alemania, 2023. Título original: Das Lehrerzimmer. Dirección: Ilker Çatak. Guion: Johannes Duncker, Ilker Çatak. Música: Marvin Miller. Fotografía: Judith Kaufmann. Reparto: Leonie Benesch, Eva Löbau, Anne-Kathrin Gummich, Leonard Stettnisch, Sarah Bauerett, Michael Klammer, Kathrin Wehlisch, Rafael Stachowiak.

    Un aquelarre de ansiedad y odio que aumenta de intensidad a medida que pasa el tiempo y que no hace sino desactivar paulatinamente el pensamiento racional de las personas implicadas en él, deviniendo en una guerra abierta en la que las estrategias más sucias y tramposas están a la orden del día. Así se podría resumir Sala de profesores, cinta dirigida por Ilker Catak, que se alzó con el galardón a Mejor Película en los Premios del cine alemán de este mismo año.

    Carla Nowak (Leonie Benesch), una joven profesora que promueve una forma de educación lúdica y empática cuyos pilares fundamentales —diálogo por encima de todo, seguimiento individual y exhaustivo de cada alumno— se oponen de forma taxativa a los modelos rígidos y autoritarios del pasado, empieza a trabajar en un colegio que hace de la intolerancia frente a las injusticias su emblema. Se inician, de repente, una serie de robos por todo el colegio que afectan tanto a alumnos como a docentes y que se alargan en el tiempo sin que las autoridades del centro sean capaces de hallar al culpable. Los maestros comienzan a interrogar a los delegados de cada clase esperando que acusen a todos aquellos alumnos que no son blancos. Carla rechaza dicha forma de actuar, pero, movida por la sospecha de que el ladrón puede ser un trabajador del colegio, deja su ordenador grabando en la sala de profesores. Así, cuando, después de conseguir un vídeo en el que aparentemente se ve a la culpable en acción, acuda a la directora para intentar solucionar el problema sin que llegue a mayores, desencadenará de forma involuntaria una serie de agresiones físicas y psicológicas que pondrán el colegio entero patas arribas.

    Los centros educativos funcionan como una sociedad en miniatura que reproduce los mismos vicios que la de los adultos: desde el machismo, el racismo y la homofobia, pasando por la estratificación en clases sociales, hasta llegar al impulso competitivo exacerbado que no hace sino convertir la escuela en una cantera de futuras máquinas productiva. Ilker Catak sitúa su nueva cinta en un colegio para poder analizar con detenimiento no sólo el comportamiento de los niños, sino también el de los adultos que les educan. Aunque cabe aclarar que Sala de profesores no es tanto una radiografía de la sociedad contemporánea, como un thriller con espíritu de metralleta que dispara constantes dilemas morales al espectador sin darle apenas tiempo a que los digiera. El director, por tanto, teje una telaraña de violencia, mentiras, malas decisiones e intenciones insidiosas que no tiene escapatoria alguna. La protagonista acusa a una compañera de haberle robado la cartera después de grabarla con las manos en la masa y, a partir, de ahí, la calma que imperaba en la institución se ve quebrada de forma irreversible: los profesores pronto se quitan las caretas de cordialidad con las que ocultaban su mala baba, su profunda falta de humanidad, su egoísmo y su nula capacidad para educar a los alumnos; los padres hacen todo lo posible por limpiar la buena imagen de sus hijos, aunque para ello tengan que negar sus faltas; y los más jóvenes replican el comportamiento de los mayores con una mezquindad preocupante.

    El director opta por una puesta en escena de estilo documental que emplea la cámara en mano, los movimientos veloces y los primeros planos asfixiantes, como herramientas con las que tensar la imagen hasta provocar, literalmente, ataques de ansiedad; hasta conseguir que el celuloide muerda las pupilas del espectador y no las suelte hasta los créditos finales: hasta convertir la pantalla en la más temible de las pesadillas; hasta, en fin, transformar la sala de cine en un sótano de tortura. La cinta no busca en ningún caso ofrecer soluciones al conflicto, sino plantear unas preguntas tan punzantes como incómodas: ¿realmente deben educar a sus hijos unos padres que, habiendo metabolizado todos los conceptos del heteropatriarcado, no tienen intención de deconstruirse?; ¿pueden unos profesores llenos de prejuicios tratar en igualdad de condiciones a todos sus alumnos, sin importar su clase social, su género, su orientación sexual, el color de su piel o su religión?; ¿el sistema actual está interesado en formar a los niños promoviendo valores como el respeto y la tolerancia o sólo quiere construir trabajadores alienados que sigan moviendo la máquina de hacer dinero?; ¿el colegio excluye y estigmatiza a los estudiantes con más dificultades porque ayudarles supondría un coste de recursos extra que al capitalismo no le conviene?; ¿el comportamiento caprichoso e impaciente de los más pequeños es un fiel reflejo de lo que ven en casa? Definitivamente hay un elefante en la habitación.


    por Rubén Téllez Brotons
    febrero 02, 2024

    Crítica | Sala de profesores

    por Rubén Téllez Brotons | febrero 02, 2024

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