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    Angela Schanelec
    Angela Schanelec
    || Críticas | Karlovy Vary 2026 | ★★★★★
    My wife cries
    Angela Schanelec
    Ante todo, las palabras


    Nacho Álvarez
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    Alemania, 2026. Título original: «Meine Frau weint». Dirección: Angela Schanelec. Guion: Angela Schanelec. Presentación oficial: Sección oficial Berlinale 2026 productoras: Blue Monticola Film, SBS Production, Maier Bross. Fotografía: Marius Panduru. Montaje: Angela Schanelec. Reparto: Vladimir Vulevic, Agathe Bonitzer, Birte Schnoeink, Pauline Rebmann. Duración: 93 minutos

    En medio de un descanso en su jornada laboral, Thomas, un trabajador de la construcción encargado de manejar una grúa recibe una llamada de su mujer Carla pidiéndole que vaya a recogerla. Cuando la encuentra llorando, ella le cuenta que acaba de sufrir un accidente de coche junto a David, un compañero de baile con el que había intimado tras la decisión de Thomas de abandonar las clases a las que asistían juntos y que ha fallecido en el acto. La primera conversación entre ambos, que se filma en un travelling lateral sin cortes mientras caminan, retiene el malestar de los dos protagonistas que recorrerá toda la película: por un lado, Carla ha confesado su reciente interés por otro hombre y está afectada por su muerte, y por otro, Thomas se encuentra de cara con una crisis de confianza con su esposa que le hace replantearse muchas cosas de sí mismo. Desde un inicio, el último largometraje de Angela Schanelec se distancia levemente de sus trabajos recientes, en los que estaban muy presentes las elipsis, uno de los aspectos más característicos de su cine, de las cuales se ha servido para hacer emerger aquello que late en el interior de sus personajes y que también quedaba contenido en los silencios y en los tiempos vacíos. En este sentido, My wife cries (2026) mantiene ese riguroso trabajo de puesta en escena sobre el vaciado de los escenarios -las paredes blancas, los terrenos en construcción y su compleja relación los espacios naturales de Berlín- y una cierta indeterminación temporal, pues no sabemos cuántos días engloban la totalidad de encuentros que se suceden; pero, por encima de todo, Schanelec estructura la película en torno a la palabra hablada.

    My wife cries se adentra en esas implicaciones que tienen las palabras no solo en la conducta individual sino en los contratos sociales y las estructuras colectivas como el matrimonio, la amistad o la relación con los compañeros de trabajo. Para Schanelec, aquí las palabras hieren y confiesan a partes iguales, como si fuesen dos procesos inseparables que se desencadenan por el mero hecho de hablar con honestidad. Lo que se pregunta por tanto a lo largo del metraje es si también sirven para acercar la intimidad de cada uno al prójimo, sincerarse y, en última instancia, sanar. La propia Carla se obsesiona con las palabras, que aparecen como un descubrimiento para encarar su proceso emocional. Al confesarle a Thomas cómo se sintió al abrirse por completo con David en el coche, le dice: “era como si el mero acto de hablar llevase en sí todo el significado”. Esta predilección por el diálogo, que se extiende también al resto de personajes y vehicula las escenas colectivas, toma aún mayor significado a través de la distancia de la cámara y el hieratismo de los rostros, haciendo que ese habitual trabajo de interpretación bressoniana que retiene las emociones en el interior de los cuerpos de los actores, haga que las palabras sean las que arrastren la visceralidad de las declaraciones sin acentos dramáticos. Al igual que en el resto de su filmografía, la presencia de la ciudad posmoderna, su movimiento incesante -que vuelve a aparecer aquí en los planos donde sigue a Carla montada en su bicicleta por toda la capital alemana-, y su arquitectura también muestran las brechas que se abren entre la pareja; pero esas grietas también intentan cerrarse ahora a través de las palabras.

    Al otro lado del plano se encuentra por tanto la escucha, y Schanelec insiste en el uso del fuera de campo haciendo que en varias ocasiones los personajes que conversan no estén contenidos en el encuadre y solo se hagan presentes a través de su voz, como ocurre en la primera escena en la que Thomas habla con sus compañeras de trabajo o en el momento en que confiesa cómo se siente en casa de unos amigos. También ese primer movimiento de cámara que acompaña a los dos protagonistas tendrá su reflejo en un plano-contraplano estático de un solo corte, en el que primero asistimos al monólogo de Thomas en la calle sin saber siquiera si hay alguien escuchando, para vez cómo aparece finalmente Carla sentada en un banco, que ha estado mirándole todo este tiempo. A este vaciado escenográfico que privilegia la palabra hablada también se suman otros elementos; por un lado, la música, que apenas suena en dos ocasiones durante la película, reforzando esa importancia sobre las palabras por medio del lamento que repite una y otra vez la canción de Leonard Cohen “Lover lover lover… Come back to me” que acompaña la escena del baile improvisado. Por otro, una recurrencia de los planos detalle que, a partir de The dreamed path (2016) han ido tomando cada vez más protagonismo en el cine de Schanelec y actúan ahora en mayor medida como contrapunto a los diálogos, encerrando sus propios significados y sentimientos en las manos de Carla o en la taza que lava Thomas al principio de la película.

    En su artículo de 1948 titulado “Por un cine que hable” para Les Temps Modernes, Rohmer decía que la palabra hablada debía ser tratada como una manera de ser, no de revelar, y aquí Schanelec elabora su propio discurso sobre el lenguaje como portador incompleto de los estados emocionales en la actualidad, pero al mismo tiempo como herramienta fundamental de comunicación entre los seres humanos. My wife cries es quizás su película más humana, que mira a la sensibilidad contemporánea y a la necesidad de cercanía, logrando una obra que emerge precisamente de ese poder de las palabras para tratar de salvar distancias, pero fundamentalmente para compartir los procesos personales, la angustia y el dolor. ♦


    por Nacho Álvarez
    agosto 06, 2026

    Crítica | My wife cries

    por Nacho Álvarez | agosto 06, 2026
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★☆
    Música
    Angela Schanelec
    El horrendo color de la sangre


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Alemania, 2023. Título original: Musik. Dirección: Angela Schanelec. Guion: Angela Schanelec. Fotografía: Ivan Markovic. Reparto: Agathe Bonitzer, Aliocha Schneider, Sebastian Urzendowsky, Marisha Triantafyllidou, Wolfgang Michael, Argyris Xafis, Miriam Jakob.

    Sostienen diversas voces expertas en el tema que la grotesca representación de la violencia que las películas estadounidenses en general y los blockbusters de acción en particular han convertido en su seña de identidad no ha hecho sino banalizarla, transformarla en un producto de consumo para las masas, manipularla con el objetivo de volverla divertida y digerible. Hay quien incluso apunta a que algunos jóvenes, fascinados por la glorificación que determinados cineastas han hecho de la misma, han querido recrearla en el mundo real. El aquí firmante no cree que haya una relación directa entre la violencia fílmica y la violencia real, pero tiene bastante claro que la hiperbolizada —sin connotaciones negativas— representación que cineastas como Tarantino han hecho de ella, ha reducido el impacto que le producen al espectador todas aquellas imágenes que muestran cadáveres, cuerpos lacerados, personas siendo golpeadas y, en fin, agresiones de cualquier tipo. Ver sangre en la gran pantalla ya no remueve el estómago como lo hacía antes, porque el público ha metabolizado la representación del horror –que no el horror en sí mismo.

    En Música —Premio a Mejor Guion en la pasada edición del Festival de Berlín—, Angela Schanelec realizada un ejercicio de vaciamiento total tanto de la imagen como de la memoria de la mirada con el objetivo de devolver al espectador a ese estado primitivo en el que era capaz de creer que aquello que se proyectaba en la gran pantalla suponía una amenaza real —cabe recordar que cuando los hermanos Lumière proyectaron en 1895 La llegada del tren a La Ciotat, la gente salió corriendo de la sala pensando que la locomotora iba a arrollarlos. La directora traslada a la actualidad el Edipo Rey de Sófocles empleando un estilo críptico que evita en todo momento mostrar no sólo los picos dramáticos de la historia, sino cualquier tipo de acción o diálogo que ayude a contextualizar las escenas. Música se mueve entre los silencios que preceden y suceden a cada momento trágico, originando así una concatenación de imágenes de gran potencia visual que no se pueden entender fuera de la totalidad de la obra pese al carácter hermético y aparentemente independiente de cada una.

    Schanelec construye la película enfrentando ideas antagónicas para crear una suerte de epifanía que celebra en vida la muerte; que encierra al espectador en una cárcel de libertad delicada y sucia; que ve al amor como salvador y como verdugo; que sostiene de pie una existencia marcada con sangre ajena mientras lanza al vacío una inocente de culpa; que sustituye el gesto por la presencia y convierte a las personas en una suerte de maniquíes con deseos de sentir; que clama contra el mundo sin por ello abandonarlo; que ve belleza en el horror y horror en la belleza; que limita la pantalla físicamente para expandirla tras la mirada del público; que se revuelve contra su propio esquematismo, pero no llega a rechazarlo; que se arrastra por la oscuridad de la sala como un animal hambriento de desesperación. La cinta, en fin, nace de las contradicciones propias de la vida, del estallido mudo que surge cuando dos términos opuestos colisionan.

    La música, el arte, se presentan en mitad de esa vorágine de incertidumbre como la única forma de ordenar el caos de una existencia que no es más que ceniza, de consolar a ese niño que llora ebrio de miedo dentro de cada ser humano, de darle forma a unos sentimientos inasibles que oprimen el pecho para poder compartirlos, de guardar en el cajón de la memoria los recuerdos de una felicidad finita. La directora apuesta por el uso de larguísimos planos secuencia, generalmente abiertos y estáticos, que obligan al espectador a interactuar con la imagen, a pelearse contra el tedio que puede llegar a desprender, a cincelarla para terminar de dotarla de sentido, a vivir dentro de ella. Así, en el momento en el que un personaje asesina a otro y la pantalla se llena de sangre, la sensación de realidad es tan grande, tan cercana, que apabulla a un espectador que no sabe cómo asumir el contraste entre el silencio y el rugido, entre el orden y la anarquía, entre la paz y, ya se ha dicho, una violencia que, como el tren de los Lumière, parece estar a punto de salirse de la pantalla.


    por Rubén Téllez Brotons
    abril 30, 2024

    Crítica | Música

    por Rubén Téllez Brotons | abril 30, 2024

    Cine alemán para el verano (I)

    Passing Summer (Mein langsames Leben, Angela Schanelec, 2001)


    Especial | Cine alemán Siglo XXI*

    Valerie (Ursina Lardi) decide pasar el verano en Berlín. Un acto que ya daba título al primer mediometraje de Angela Schanelec (Ich bin den Sommer über in Berlin geblieben, 1994). La idea de que una de sus habitantes pase las vacaciones en la capital alemana implica un enorme potencial poético. Las calles se vacían, el tráfico se relaja, las oficinas cierran… La gran ciudad se transforma en otra cosa que Valerie, con su sencilla decisión, parece aprestarse a experimentar desde su propia ociosidad. Acaso porque ese estado de excepción encaje con el estado vital de Valerie, una mujer joven que aún puede percibir abiertos los caminos que tomar en su vida. La protagonista está dispuesta a dejarse abrir al espacio que la rodea, y Schanelec amplifica esta disposición con la estructura de Passing Summer. Las situaciones se suceden sin un hilo discernible, e incluso la focalización en Valerie se pierde durante varias escenas. Si bien, y he aquí la clave, la perspectiva que la película sugiere sobre sus imágenes a partir del estado vital de la protagonista se mantiene intacta.

    Algunos caminos se cierran, otros se abren y nosotros observamos. Valerie no está exenta de turbaciones. Pronto conoceremos la enfermedad de su padre. En un plano que recoge su visita al hospital, vemos el encuadre partido en dos mitades exactas. A la izquierda, un cristal media entre la cámara y el padre yacente en la camilla: a nuestros ojos, su figura se disuelve con los reflejos de la vegetación sobre el vidrio. A la derecha, sin elemento mediador alguno, tenemos una vista abierta de Valerie, de pie ante el lecho. De a una, Schanelec convoca en el plano tres flujos vitales divergentes. La vida humana que se cierra, la que se abre, y una naturaleza que asiste perenne e indiferente al drama. En algo parecido consiste en pasar el verano en Berlín. Observar los ritmos del espacio y el tiempo con el suficiente detenimiento como para verlos todos, para alcanzar una mirada lúcida que se justifica por el simple mirar.

    El verano, nos sugiere Schanelec, es un estado mental antes que nada. En las composiciones de planos de Passing Summer rara vez hay horizontes, sus contornos aparecen recortados, y la disposición de líneas tiende a huir de cualquier asomo de simetría o dirección de la mirada. El efecto es paradójico. Nuestra mirada se dispersa en planos centrífugos, pero estos se reconcentran sobre sí mismos. Hay un fuera de campo evidente, pero la sensación es que es irrelevante. No necesitamos ver nada más. Y esta forma de experimentar las imágenes tiene tanto que ver con la abstracción del estado vital de Valerie como con la perspectiva liberada de emociones con la que la naturaleza, si tuviera ojos, observaría lo que ocurre. Las vacaciones estivales, en fin, son la ocasión para practicar la mirada como un capricho ocioso.

    Versión en alemán


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / Madrid



    * | Una sección auspiciada por el Goethe-Institut Madrid, institución pública cuya misión es promover, divulgar y promocionar el conocimiento de la lengua alemana y su cultura. |

    por Miguel Muñoz Garnica
    julio 20, 2021

    Passing Summer (Angela Schanelec, 2001)

    por Miguel Muñoz Garnica | julio 20, 2021

    De la lucidez

    Crítica ★★★★★ de «Estaba en casa, pero...», de Angela Schanelec.

    Alemania-Serbia, 2019. Título original: Ich war zuhause, aber... Dirección: Angela Schanelec. Guion: Angela Schanelec. Compañías productoras: Nachmittagfilm, Dart Film, Video Doo. Fotografía: Ivan Marković. Montaje: Angela Schanelec. Diseño de producción: Reinhild Blashke. Reparto: Maren Eggert, Jakob Lassalle, Clara Möller, Franz Rogowski, Lilith Stangenberg, Alan Williams, Jirka Zett, Dane Komljen, Devid Striesow, Wolfgang Michael, Thorbjörn Björnsson, Ann-Kristin Reyels, Ursula Renecke, Nicolas Wackerbarth. Duración: 105 minutos.


    Había suficiente luz, así que podía ver todo en el jardín: las sillas plegables, el sauce, la cuerda de tender entre las barras, las petunias, las vallas, la verja abierta de par en par. Pero nadie se movía allí afuera. No había sombras amenazadoras. Todo estaba bañado por la luz de la luna, y yo veía hasta las cosas más minúsculas. Las pinzas de la ropa, por ejemplo.

    Raymond Carver, «Veía hasta las cosas más minúsculas».


    La protagonista-narradora del cuento de Carver citado nos cuenta, en apenas cinco páginas afinadísimas, uno de esos momentos de extraordinaria lucidez que nos suelen dar las veladas de insomnio. Salir al jardín y, pese a la noche, ser capaz de verlo todo, hasta las cosas más minúsculas. Carver describe a la perfección esta agudeza visual súbita, pero lo que quiere contar es otra cosa. La visión que ha alcanzado la protagonista para observar sus desencantos vitales acumulados, precedida de la clarividencia descrita en la cita, se deja sentir cuando se encuentra en el jardín con el vecino, un antiguo amigo de su marido con el que lleva años sin hablarse. Durante el escueto diálogo que mantienen, Carver introduce entre dos líneas esta observación de la protagonista: «Pasó un avión. Imaginé a la gente en sus asientos, con el cinturón abrochado, algunos leyendo, otros mirando por las ventanillas el suelo firme». El salto repentino del jardín a lo alto del avión que surca el cielo se justifica por una focalización que es más íntima que espacial, y nos desvela hasta qué punto la mujer se ha visto imbuida de una poderosa lucidez. Porque es capaz de ver, con todo lujo de detalles, la vida que pasa por encima de su pequeño jardín y sus pequeños dramas. Para ilustrar una equivalencia en Estaba en casa, pero…, este plano es un excelente ejemplo:

    por Miguel Muñoz Garnica
    septiembre 04, 2020

    Crítica | Estaba en casa, pero...

    por Miguel Muñoz Garnica | septiembre 04, 2020
    Schanelec, en la Berlinale 2019 ▲

    Tras permanecer más de dos décadas inédita en nuestras carteleras, la directora alemana Angela Schanelec al fin tiene un estreno comercial en España con su octavo largometraje, Estaba en casa, pero…. La ocasión nos ha permitido charlar con ella sobre su manera de hacer y entender el cine. En la entrevista, vía Skype, descubrimos a una cineasta con las ideas muy claras y un gran sentido de la belleza. Nada, eso sí, que deba sorprendernos si conocemos sus películas.


    Entrevista a Angela Schanelec.
    Texto de Miguel Muñoz Garnica | | Madrid-Berlín.


    Disculpe que empiece con una pregunta complicada, pero… Si tuviera que elegir una escena de toda su filmografía, esa que vea y piense «esto es lo que quería conseguir como cineasta», ¿cuál sería?

    Qué difícil... Hay muchas, y apenas juzgo mis películas [pausa]. Quizá ayude centrarnos en la última. Una escena que me gusta mucho de Estaba en casa, pero… es la de la piscina, ese plano amplio con la madre y la hija. Es un plano muy obvio, en el sentido de que está claro lo que el encuadre debía mostrar, está claro lo que debía contarse y es un plano en el que el tiempo simplemente pasa. Tenemos un montón de tiempo y un montón de espacio para ver lo que ocurre, los personajes están muy lejos de nosotros… y en cierto modo son libres.

    Es curioso, he hecho una pequeña lista de elementos anecdóticos que aparecen en casi todas sus películas, y las piscinas o lugares de baño, junto a cosas como perros o vendas, son una de ellas. ¿Es intencional por su parte?

    No es algo premeditado al idear los guiones. Pero cuando estoy escribiendo, siempre llega el momento de «oh, vaya, va a ser otra escena con un perro» o «vaya, es otra escena con alguien que se ha hecho una herida». Así que es obvio que son cosas que me interesan, y no opongo resistencia. Sobre las piscinas, lo que me atrae de ellas es que el saltar en el agua, flotar en el agua, moverse en el agua… Significa algo que no puede ser sustituido. Estar en el agua es estar en el agua.

    Ya habrá visto que, precisamente, la escena de la piscina es la que han elegido para el poster español. ¿Fue sugerencia suya?

    ¡Para nada! No me gusta interferir en el trabajo de los distribuidores. Pero sí, ver ese poster me hizo muy feliz.

    ¿Cuáles fueron los primeros pasos de Estaba en casa, pero…, y cómo evolucionó desde ellos el proyecto?

    Lo primero fue la imagen de un niño. Me vino a la mente, no sé de dónde. Imaginé a este niño en un cruce con un montón de tráfico y de gente, muy temprano por la mañana. Está muy sucio. Y es verano, así que solo viste unos pantalones cortos y se puede ver casi toda su piel. Desde ahí, fui desarrollando la escritura paso a paso. Me pregunté: «¿A dónde irá?». Tiene trece años, así que va a su escuela para lavarse porque sabe que allí hay una ducha. Después, claro, su madre llega enseguida. Porque, si no estaba en casa, habría alguien angustiado por lo que le pasara. Luego, creo que después del primer borrador, descarté ambientarlo en verano. Con eso, su decisión de irse de casa se convierte en algo muy distinto. Porque no es lo mismo hacerlo cuando fuera hace frío y las noches son largas.

    Otra de las cosas que había apuntado en la lista es, precisamente, el verano. Casi todas sus películas son veraniegas, mientras que Estaba en casa, pero… es absolutamente otoñal. ¿Tuvo alguna otra razón para rodar en otoño?

    Ninguna otra. Aunque, según fui desarrollando esta idea del niño, encontré muy atractivas para filmar cosas como la luz del otoño, el color de las tardes, las hojas caídas, que aún se pueda jugar al tenis fuera… Pero a la vez, es el final de algo. También quise que la última escena fuera en verano. Mostrar ese salto temporal y que el año haya acabado, uno nuevo haya comenzado y el calor esté volviendo.

    Esa fijación por el verano que se aprecia en casi todo su cine, ¿a qué se debe?

    Me gusta la luz. Si tienes una luz fuerte puedes trabajar con ella sin necesidad de añadir. Y me gustan las imágenes llenas de luz.

    ▼ Schanelec, junto al director de fotografía Ivan Marković.
    Fotografía de Joachim Gern.



    ¿Cómo fue el trabajo con el resto del elenco infantil, los niños no profesionales que representan pasajes de «Hamlet» en la película?

    Estoy acostumbrada a trabajar con actores no profesionales. Mi regla es recurrir solo a profesionales cuando un amateur no puede conseguir lo que busco. La interpretación de Maren Eggert en Marseille o Estaba en casa, pero…, por ejemplo, es muy difícil de conseguir en un actor no profesional. Pero para estas escenas de «Hamlet», tras un casting de varios meses, terminé por seleccionar solo a niños que nunca antes habían actuado. No tenían ni idea de lo que es actuar, y eso era fundamental.

    Los tres animales que aparecen en la escena de apertura —un perro, un burro y un conejo— también se pueden considerar actores no profesionales.

    En cierto modo, se podría decir que un actor, profesional o no, tiene que ser tan bueno como un animal. Empezar con esos animales les pone el listón muy alto [risas].

    Ya que hablamos de la parte teatral… Sobre toda la película flota una consciencia de la muerte que no se hace nunca explícita. Salvo en las escenas de «Hamlet», en las que los niños representan la muerte de sus personajes. Pero, al ser una representación infantil, no son conscientes de lo que están representando. Me llama mucho la atención esta especie de contraste.

    Los niños representan su muerte de una forma muy inocente, sí. Eso era importante. Porque todos tratamos con la muerte, de un modo u otro. Me parece interesante el que podamos morir [permanece unos segundos en silencio]… y que podamos representarlo. Pero debería quedar claro que es una representación.

    En su diálogo con el director el personaje de Maren Eggert habla de algo parecido, de la falsedad que hay en representar la muerte.

    Bueno, habla de una película en concreto, y de una falsa confrontación entre un actor profesional y alguien real que sabe que va a morir. No es la misma idea. Además, esa escena no trata sobre mí o mis ideas. Es más bien una situación del personaje, en la que lo importante era que, en cierto modo, perdiera el control y no pudiera parar de intentar expresarse. Maren la hizo perfecta, por cierto. Tal y como yo la había imaginado al escribirla.

    Hablando de Maren Eggert, tengo dos momentos suyos favoritos en las películas que ha hecho con usted. Uno es cuando, hacia el final de Marseille, el policía que la interroga le pregunta qué fotografía y ella permanece en silencio. Ese silencio, junto a su mirada, me pareció muy poderoso. El otro es la escena de la lavandería en Estaba en casa, pero…, la manera en la que ruega muy sutilmente a la empleada que lave las manchas del anorak. Para mí son dos momentos parecidos, en el sentido de que está todo dicho en sus miradas y los gestos casi imperceptibles. Como ha repetido varias veces con ella, imagino que usted también apreciará mucho su trabajo.

    Me encanta que menciones esos dos momentos, porque no todo el mundo se detendría en ellos. En Marseille, Maren demostró confianza en sí misma, en el guion y en mí. Para ese momento que has mencionado era esencial que encontrara la pausa exacta. No es fácil entender el ritmo de un plano tan largo, en el que además yo dependía de ella, ya que no podía cortarlo. No se puede rodar esa pausa, ese silencio, en varios planos. Ahí Maren me dio mucho. En cuanto a la escena de la lavandería, era el primer día de rodaje para ella... Es una actriz muy buena, qué puedo decir. Hay una frase que suelo usar para explicarla: Maren es a la vez totalmente transparente y totalmente opaca. Sabe exponer.

    No quiero perder de vista todavía la escena de Eggert con el director de cine. Aparte de por su actuación, me impresionó mucho la manera en la que la cámara se desplaza siguiendo el diálogo. Su cine puede asociarse más bien con planos estáticos, pero también tiene travellings fascinantes y este es uno de ellos. ¿Cómo decide que, en una escena determinada, es necesario mover la cámara?

    Es muy simple. Hay diálogos que prefiero filmar con los actores en movimiento. Este diálogo con el director siempre lo imaginé así. No lo concebía con los dos personajes parados frente al supermercado, habría sido muy artificial. Para mí, hay una diferencia obvia. Si no caminaran, no se desarrollaría igual. Al mismo tiempo, no quería cortes. Me pareció muy importante no influir en el tiempo, no editarlo mediante el montaje, que viéramos claro en qué pedazo de tiempo transcurre el diálogo y cuánto tardan en caminar de un punto a otro. La única posibilidad era un travelling [da un golpe en la mesa].

    ▼ Así se filmó la escena del diálogo entre Maren Eggert y el director de cine en Estaba en casa, pero....
    Fotografía de Joachim Gern.


    ¿Cómo fue el trabajo de localizaciones para Estaba en casa, pero…? Me consta que dedica mucho esfuerzo a encontrar los espacios y pensar cómo filmarlos.

    En esta película lo disfruté mucho, porque la hice con un director de fotografía joven con el que no había trabajado antes. Ivan Marković, que es de origen serbio y vive en Berlín desde hace poco. Cuando empezó la preproducción casi estaba recién llegado, así que decidimos conocernos el uno al otro a base de pasar tiempo juntos buscando localizaciones. Pasamos meses conduciendo por Berlín, compartiendo nuestros diferentes puntos de vista. Nos entendimos muy bien y fue enriquecedor, porque su visión de la ciudad como recién llegado era muy distinta a la mía, que vivo en Berlín desde los años noventa.

    Recuerdo que Aki Kaurismäki se ha quejado alguna vez de que sentía que no le quedaban rincones de Helsinki por filmar. ¿Le pasa algo parecido con Berlín, que tanto ha aparecido ya en sus películas?

    Bueno, no sé qué tamaño tiene Helsinki, pero Berlín es enorme. Tiene zonas que aún no conozco. Pero la disposición para rodar en ella depende un poco de mi estado de ánimo. Estaba en casa, pero… la hice después de The Dreamed Path, que tiene muchas partes rodadas fuera de Berlín. Así que tenía ganas de volver a buscar localizaciones en mi ciudad. Lo que sí me pasa es que no tengo ánimos para repetir espacios. No me gusta volver a pensar en cómo filmarlos.

    Tengo curiosidad por la localización de la casa de Astrid [la protagonista interpretada por Maren Eggert] y sus hijos. Parece un hogar muy natural, pero tiene detalles dramáticos tremendos, como esas marcas de crecimiento dibujadas en la puerta. ¿Hasta qué punto es un escenario diseñado?

    En principio, contando con que teníamos poquísimo presupuesto, pensaba rodar esas escenas en mi propio apartamento. Pero la diseñadora de producción sugirió esa casa, que es de una buena amiga suya. Me gustó mucho el sitio. Es un auténtico hogar, donde vive una familia y crecieron unos niños. Así que sí, cambiamos algunas cosas, pero su atmósfera ya estaba ahí antes de que entráramos, y nos dio posibilidades expresivas muy hermosas en las que no habríamos pensado de no encontrárnoslas allí.

    En esta película aparece usted acreditada como montadora, igual que en The Dreamed Path. Cosa que no ocurría en las anteriores. ¿Le ha supuesto un cambio importante?

    Muy importante. Por la manera en la que se rodó The Dreamed Path, estaba claro que el montaje iba a jugar un rol decisivo y quería hacerlo yo misma. En mis primeras películas ya me encargué de la edición, pero con el cambio al formato digital dejé de hacerlo. Ahora que el proceso es más simple y puedo trabajarlo en casa con mi ordenador, decidí volver a acometerlo en solitario. Ha sido un redescubrimiento muy valioso para mí, y tenía claro que quería repetirlo en Estaba en casa, pero….

    Vista desde fuera, The Dreamed Path parece un punto de giro enorme en su filmografía. ¿Lo sintió usted así?

    Sí, aunque no me gusta interpretar demasiado mis películas. Si están hechas, están hechas. Pero el hecho es que pasé seis años sin poder completar The Dreamed Path. En 2009 ya estaba escrita, y el rodaje no fue hasta 2015. Fue muy difícil financiarla. A la vez, no dejé de trabajar en ella en ese tiempo. Así que todo suma a que para mí también sea punto de giro, como has dicho tú. Algo diferente ocurrió. Es una película casi sin diálogos, y la manera de filmarla fue muy distinta. Hay algo parecido a planos-contraplanos para seguir a los personajes mirándose en momentos importantes. Y pasan muchas cosas. De otras películas mías puedes decir que no pasa nada, pero no de esta. Mi norma fue tratar de contar lo que pasaba. Alguien recibe una llamada, alguien se cae, alguien cuida de su madre…

    El personaje de Fritz Schediwy en Afternoon dice que solo cree en breves momentos de felicidad que dan sentido a una vida. ¿Es una creencia personal para usted?

    Sí, lo es.

    ¿Y le interesa más filmar esos momentos felices, o todo lo que los precede o prepara?

    No sabría decir… Es difícil capturar esos momentos. Sobre todo con mi manera de hacer cine, porque busco un ritmo constante a lo largo de mis películas, sin altibajos ni clímax. Lo que me interesa de esos momentos es que, desde luego, no sabes lo que pasa. Tú como espectador, quiero decir. Y mientras, la vida continúa. No me gusta la idea de que un momento vale más que otros. Me gusta más la idea de que la vida sucede, y…

    Eso que dice encaja muy bien con las películas de Yasujiro Ozu, por el que quería preguntarle con la excusa del título [Estaba en casa, pero…, que homenajea al clásico de Ozu He nacido, pero…]. ¿Se siente influida, o al menos conectada con su cine?

    No sabría decir si estoy influida. Lo que sí puedo decir es que, para mí, ver una película de Ozu es algo, muy, muy… hermoso. Su relación con la vida es tan calmada, cálida, aceptante… No juzga. Creo que comprendió muchas cosas. Comprendió, esa es la clave. Sus películas tratan de algo tan simple como aceptar que vives y que tienes que vivir.

    ▼ Angela Schanelec y Maren Eggert, en el rodaje de Estaba en casa, pero....
    Fotografía de Joachim Gern.

    por Miguel Muñoz Garnica
    septiembre 04, 2020

    Entrevista a Angela Schanelec

    por Miguel Muñoz Garnica | septiembre 04, 2020

    Todo a la vista

    El cine de Angela Schanelec

    «Todas mis películas se basan en el concepto de que la mejor parte de la vida es inescrutable, está llena de malentendidos y se rige por el azar», dice Angela Schanelec sobre su cine. «Creo en momentos aislados, por lo general inesperados», afirma sobre su fe en la vida un personaje de Afternoon (Nachmittag, 2007). Armada con semejante filosofía, la obra de Schanelec orbita en torno a pequeños momentos de plenitud nunca exteriorizada, nunca aprehendida por completo. Más bien, sus escenas se dejan magnetizar lentamente hacia ellos. Y, sobre todo, dejan que su latencia emocional impregne las formas. Pocas cineastas hay tan dotadas como la alemana para la puesta en escena en su acepción más amplia. Para la composición de encuadres precisos, terminantes, y para el montaje a base de elipsis agresivas que, al negarnos el acceso directo al drama, se abren a la inescrutabilidad del mundo. Nos movemos, ya ven, entre extremos que rozan la plenitud del momento íntimo a la vez que la vastedad de tiempos y espacios cuidadosamente (re)construidos. Las líneas que siguen a esta introducción, sin duda demasiado abstracta, buscan concretar cómo funcionan estos términos en el cine de Schanelec, una directora prodigiosa que, al fin, ve pasar una de sus películas —Estaba en casa, pero… (Ich war zuhause, aber, 2019)— por las salas comerciales españolas.


    I. Del cuerpo al espacio

    Cerca del final de Marseille (2004), un policía interroga a Sophie (Maren Eggert), la protagonista. «Dice usted que es fotógrafa. ¿Qué es lo que fotografía?». Hasta entonces, el plano del interrogatorio ha permanecido distante y lateral, encuadrando a Sophie en segundo término tras la puerta abierta. Schanelec corta a un primer plano oblicuo de su rostro justo antes de que la pregunta sea formulada:

    ▼ Imagen 1. Marseille (2004)


    Con el reencuadre, la naturaleza del interrogatorio se transforma sutilmente. Sophie ya no es cuestionada como testigo de un crimen. La pregunta la inquiere en otro aspecto que, aventuramos por la cercanía de la cámara, la toca más en su ser. ¿Qué aspecto? Sophie permanece en silencio, la mirada esquiva. El policía insiste: «¿Encuentra la pregunta complicada?». Tras otro silencio prolongado, responde al fin: «Calles».

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