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    Musicales
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    God Help the Girl

    Find my song

    crítica de God Help the Girl | dirigida por Stuart Murdoch, 2014 | ★ |

    A principios de año, un pequeño musical británico de hechuras indies sorprendió gratamente en el festival de Sundance, donde conquistó el Premio Especial del Jurado al mejor reparto. Su título: God Help the Girl. En febrero, fue la cinta que sirvió de apertura a la Sección Generaciones en el Festival de Berlín y, de nuevo, los comentarios volvieron a ser bastante positivos. Muchos parabienes para un producto del que, a la hora de la verdad, lo más apasionante es su original concepto y la gestación que ha sufrido durante más de diez años hasta llegar a convertirse en película. Todo comenzó cuando a Stuart Murdoch [al que entrevistamos en la capital germana], vocalista del grupo musical de pop escocés Belle & Sebastian, le vinieron a la mente unas melodías que, pese a no cuadrar con el espíritu de su conjunto, decidió guardar con el fin de utilizarlas en el futuro. Dicho y hecho, en 2009 publicaron el disco God Help the Girl, con ese puñado de canciones puestas en voz de solistas femeninas elegidas para la ocasión. Un trabajo melancólico que hablaba de una juventud insatisfecha pero con ilusiones por alcanzar sus metas, y que ha sido la ocasión perfecta para que el propio Murdoch creara una historia a base de sus letras que le ha servido para debutar como director de cine. Música y cine, en teoría, en perfecta comunión.

    La película “narra” las peripecias de Eve, una muchacha de Glasgow que huyó de su familia y pasa sus días escapando y regresando una y otra vez a la institución mental en donde está ingresada para tratar sus desórdenes alimenticios y su depresión. Eve ha encontrado en la música una escapada de la realidad, ya que exorciza sus demonios interiores en cada una de las letras que compone. Su ilusión es grabar un disco, así que llena una cinta de casete con sus canciones para hacérsela llegar a Anton, el líder de una banda musical que podría servirle de intermediario con una radio local. En una de sus escapadas, Eve conoce al tímido James, joven compositor que también comparte su sueño de dejar un disco para los anales de la música, y a la ingenua Cassie. Los tres jóvenes se convierten en uña y carne y luchan por llevar a cabo su proyecto, aun cuando los sentimientos y las inseguridades se interponen en el camino. Bien es cierto que a un musical no es obligatorio exigirle una historia demasiado profunda o trabajada. Basta con que lo que suceda en pantalla tenga el mínimo orden para poder ser contado a través de la música, verdadera protagonista de este tipo de obras. El cine independiente ha sabido poner su granito de arena a un género que siempre se había relacionado con los grandes estudios. Así, obras como Bailar en la oscuridad (Lars von Trier, 2000) o Across the Universe (Julie Taymor, 2007) sirvieron para realizar contundentes críticas a la pena de muerte y a la guerra de Vietnam, respectivamente. God Help the Girl, por su parte, es una obra de marcado carácter femenino, que pretende reflejar el difícil paso de la adolescencia a la madurez de su inestable protagonista, a través de un conjunto de canciones que, por sí solas, conforman una bonita y emocional banda sonora. El apartado musical, como no podría ser de otra forma, es el punto fuerte de esta ópera prima, con una puesta en escena colorista y sesentera, con ecos de aquel free cinema que fue catalogado de nouvelle vague inglesa y que le confieren a este filme cierto encanto nostálgico.

    por José Martín León
    septiembre 13, 2014

    Crítica | God Help the Girl

    por José Martín León | septiembre 13, 2014

    Walking Like a Man

    crítica de Jersey Boys | Clint Eastwood, 2014

    Como ha expresado Spike Lee en varias de sus películas, para tener éxito en la escena afroamericano-estadounidense, o sabes rapear o sabes encestar. De esta forma la música ha actuado como salvoconducto de diferentes grupos marginales para salir de su violento ambiente callejero. Sin embargo, lo que en principio parecía la materialización del sueño americano, se convertiría después en un mundo todavía más peligroso, lleno de traiciones, egoísmo y muertes prematuras. Así pues, desde la famosa rivalidad entre costas en la cultura hip hop (saldada con la muerte de, entre otros, sus dos líderes principales, 2pac y Notorious Big), hasta la creciente lista de integrantes del nefasto “Club de los 27”, la industria —actualmente liderada por la todopoderosa Universal Group— no ha dejado de evidenciar la corruptela de su estructura corporativa. Esa turbia faceta interna, alcanzó su grado más ostentosamente deshonesto en el italoamericano entorno de Nueva Jersey, donde las conexiones de famosos con la mafia estuvieron siempre a la orden del día, sobre todo en aquellos disolutos años 60 cuando los jóvenes, hijos de inmigrantes, querían escapar del delantal al que estaban destinados en el “Nuovo Vesuvio” de turno regentado por un despótico Artie Bucco. Artistas como Frank Sinatra o Tommy DeVito, co-protagonista de esta Jersey Boys, no dudaron en relacionarse con el prosopopéyico Chicago Outfit con el fin de lograr un patrocinio que los sacara para siempre del bullicioso asfalto de Little Italy.

    Sin embargo, no es fácil salir del “hood” cuando se viene de una cultura tan jerárquicamente organizada y familiar como la de Frankie Valli. Un joven querido por todo el barrio de Belleville y beatificado por sus amigos, no sólo por su honradez moral, sino también por su forma de cantar —Su hijo es un santo, y también suena como uno, decía el bocazas de verbo rápido de DeVito mientras adulaba a los padres de su mejor amigo. Clint Eastwood vuelve al musical para adaptar la obra homónima de Broadway, al tiempo que realiza su particular hagiografía del icónico líder del grupo The Four Seasons que revolucionó las listas musicales con su distintiva voz de falsete. Eastwood, fiel a su estilo, presenta un trabajo muy serio, elegante y bien documentado, en el que se realiza un desarrollo ejemplar de los personajes al tiempo que se nos introduce de lleno en la trama por medio de un dinámico enfoque narrativo múltiple y autodiegético con tendencia a atravesar la cuarta pared desde el principio del metraje. Un director en la cima de su carrera al que poco (o nada) le queda por demostrar. Consciente de que no es su mejor filme, y puede que extendiéndose más de la cuenta en alguna explicación innecesaria (sobre todo en episodio correspondiente al tercer, y menos atractivo, narrador), este compositor aficionado, teclista de corazón y eterno “Man with no name”, se hace una película para él mismo, disfrutándola desde la creación de sus rápidos diálogos, con la ayuda del sensacional guionista de Annie Hall, Marshall Brickman, hasta la post producción. De la misma manera que hizo con el biopic sobre Charlie Parker en 1988 (Bird), o en el posterior Piano Blues (2003), con el que puso su grano de arena a la genial serie musical producida por Martin Scorsese, The Blues.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 28, 2014

    Crítica | Jersey Boys

    por Alberto Sáez Villarino | junio 28, 2014

    Bienvenidos a Holyrood

    crítica de Sunshine on Leith | Dexter Fletcher, 2013

    Hay que ver lo mucho que ha cambiado el musical en los últimos años, ya sea en formato teatral o cinematográfico. Quién sabe si influenciado por el éxito de Moulin Rouge, o por la galopante falta de imaginación que afecta a (casi) todos los formatos audiovisuales modernos, el mundo del musical hace años que no da un producto 100% original –con la salvedad de The Book of Mormon-, y parece que no haya grupo o cantante que en el mundo haya sido cuya discografía no pueda inspirar la historia complaciente y cantarina de turno. Tal es el caso de Amanece en Edimburgo, basada en la música del grupo escocés The Proclaimers, cuyas canciones más populares en nuestro país son I’m on my way (popularizada por la primera de las entregas de la franquicia Shrek) y, sobre todo, la famosísima I’m Gonna Be (500 Miles), oída en decenas de bandas sonoras a lo largo de los años, e incluso en anuncios televisivos de hace ya algún que otro lustro.

    Los protagonistas de Amanece en Edimburgo son Davy (George MacKay) y Ally (Kevin Guthrie), dos soldados que regresan a sus vidas civiles en Edimburgo después de una temporada en Afganistán. Ally desea retomar su relación sentimental con Liz (Freya Mayor), la hermana de Davy, cuya amiga Yvonne (Antonia Thomas) parece sentirse atraída por Davy. Todo ello, mientras se prepara la celebración de las bodas de plata de Jean (Jane Horrocks) y Rab (Peter Mullan), los padres de Davy y Liz. Poco más hay que contar de su argumento, una mera excusa para encadenar las canciones más alegres y pegadizas de The Proclaimers, y aderezarlas con coreografías más o menos divertidas que parecen gritar a los cuatro vientos “no tenemos ni idea de cómo son los musicales clásicos, y bien poco que nos importa”. Y es que, en este tipo de películas (y sus predecesores teatrales), el argumento es lo de menos. Como en Mamma Mia! (Phyllida Lloyd, 2008), las reuniones entre personajes separados durante mucho tiempo, los momentos tensos con final feliz y la celebración de una fiesta que reúne a todos los protagonistas de la historia son simplemente una sucesión de escenas en las que meter, con mayor o menor gracia, una sucesión de canciones. Ciertamente tiene que ser muy difícil intentar pergeñar una trama con un mínimo de sentido, o unos personajes con una pizca de profundidad, al tiempo que se incluyen una serie de canciones sin ningún tipo de relación temática entre ellas, cuyo único nexo de unión es haber sido escritas/interpretadas por el mismo grupo, que en ningún momento tuvo la intención de darles un sentido conjunto por mucho que perteneciesen a un mismo disco.

    Afortunadamente, Amanece en Edimburgo cuenta con un par de bazas a su favor, en las personas de Jane Horrocks y, sobre todo, de ese actor sensacional –y siempre insuficientemente valorado- que es Peter Mullan. La primera, actriz de cierto renombre en el Reino Unido que alcanzó fama y fortuna gracias a Little Voice (Mark Herman, 1998), presta su poderosa voz y su físico frágil a un personaje que, por momentos, podría resultar un tanto antipático, pero que salva las tablas gracias a su interpretación. Mullan, cuyo físico y forma de actuar suelen condenarlo a ejercer de tipo duro y/o atormentado, recupera aquí un personaje muy parecido al que ya hizo en War Horse (Steven Spielberg, 2011), mezclando esa imagen que se tiene de él con un lado vulnerable como pocos otros actores saben hacerlo. El momento en que le canta Oh Jean a su mujer, como si de un Tom Waits sin ni idea de música se tratase, es posiblemente el mejor de una película demasiado influenciada por el “estilo Glee” para el gusto de quien esto escribe. Amanece en Edimburgo es una película que gustará a la mayoría del público: hay enredos, dramas con final feliz, diversión y amor verdadero, que dirían los personajes de La princesa prometida. Y sobre todo, hay alguien que ha sabido escoger con mucho ojo las canciones más alegres y menos controvertidas de sus autores, dándole a la historia y a sus decorados un aire entrañable, divertido y luminoso, en el que todo el mundo es buena gente y el sol luce aunque estemos en Escocia. Olvidaos de los yonquis y borrachos de Irvine Welsh (Trainspotting, Filth), en un Edimburgo sucio y deprimente. Esto, señores, es Holyrood. | ★★★ |

    Judith Romero
    redacción Londres

    Reino Unido, 2013, Sunshine on Leith. Director: Dexter Fletcher. Guión: Stephen Greenhorn. Productora: Black Camel Pictures / DNA Films. Fotografía: George Richmond. Música: Paul Englishby. Montaje: Stuart Gazzard. Intérpretes: George MacKay, Kevin Guthrie, Freya Mavor, Antonia Thomas, Peter Mullan, Jane Horrocks, Jason Flemyng, Paul Brannigan, Paul McCole.

    por Unknown
    junio 21, 2014

    Crítica | Amanece en Edimburgo

    por Unknown | junio 21, 2014
    Bailar en la oscuridad, de Lars Von Trier

    Bailar en la oscuridad, Dancer in the Dark, de Lars von Trier, 2000 | Num.18

    Han pasado 86 años desde que el cine mudo dejó de serlo por primera vez y, con la primera película hablada llegó precisamente el primer musical. Su título: El cantor de Jazz. Desde entonces ha sido habitual ver cómo los actores comienzan a cantar y bailar casi sin venir a cuento en todo tipo de historias, como si de algo mágico se tratase. Musicales de aroma clásico –Cantando bajo la lluvia (1952), Un americano en París (1951)–, teatrales –Cabaret (1972), Chicago (2002)–, fantásticos –El mago de Oz (1939), Mary Poppins (1964)–, reivindicativos –Hair (1979), Bailar en la oscuridad (2000)– o románticos –West Side Story (1961), My Fair Lady (1964)– han fascinado a distintas generaciones de espectadores hasta el día de hoy. Raro es el cineasta de prestigio que no ha probado fortuna en el género: Woody Allen con Todos dicen I Love You (1996), los hermanos Coen con O Brother! (2000), Martin Scorsese con New York, New York (1977), Tim Burton con Sweeney Todd: El barber diabólico de la calle Fleet (2007), Brian De Palma con El fantasma del Paraíso (1974) o Francis Ford Coppola con Corazonada (1982) son algunos de los ejemplos más sonados. Desde El Antepenúltimo Mohicano recopilamos 50 títulos que resumen perfectamente la esencia de un género maravilloso, que nos ha ofrecido números musicales inolvidables que permanecerán en la memoria colectiva. Una vez más, ni están todos los que son ni son todos los que están –fuera quedan grandes éxitos populares como Fiebre del sábado noche (1977) de John Badham, Fama (1980) de Alan Parker, Flashdance (1983) de Adrian Lyne, Footloose (1983) de Herbert Ross, A Chorus Line (1985) de Richard Attenborough, Dirty Dancing (1987) de Emile Ardolino, Cry Baby (1990) de John Waters, The Commitments (1991) y Evita (1996), ambas de Alan Parker, o El fantasma de la ópera (2004) de Joel Schumacher–, pero todos y cada uno de ellos tendrán su hueco en nuestros corazoncitos cinéfilos.

    por José Martín León
    diciembre 06, 2013

    Listas | Las 50 mejores películas musicales

    por José Martín León | diciembre 06, 2013
    Crítica de Los miserables, de Tom Hooper
    CÓMO NO RODAR
    Los miserables (Les Misérables, Tom Hooper, 2012)

    Febrero de 2011. Una historia sobre el rey tartamudo Jorge VI y sus circunstancias está en la lista de nominadas a Mejor Película. Su director, Tom Hooper, compite con fenómenos del calibre de los hermanos Coen y David Fincher. Es un invitado tímido en un escaparate de marcas suntuosas, estrellas consagradas y muchos dólares. Todo brilla con un refinamiento insólito, pero reconocible. Hooper, un tipo marcadamente londinense, cuyo rostro representa las formas del estereotipo inglés, se muestra sonriente, disfrutando de su momento en esa jungla de luminarias chic: el poder de seducción de la alfombra roja trasciende lo estrictamente publicitario. Hollywood vende sueños inalcanzables, artificio, mitos vivientes o caídos en desgracia por esa imparable maquinaria industrial. Pero ahí está Hooper, cuya nariz aquilina se pliega en rombo hacia su prominente mentón, contemplando el business del que más tarde saldría victorioso. Tan sólo ha dirigido un interesante largometraje titulado The Dammed United, donde Michael Sheen da vida al fugaz entrenador del Leeds de mitad de los 70: el polémico y un tanto borracho Brian Clough. Con apenas dos filmes, de manera modesta, quizá vagamente ambiciosa, el realizador se ha consagrado a ojos de la crítica. Sin duda, la excelente interpretación de Colin Firth –a quien le debían un Oscar por Un hombre soltero– como el disfuncional rey de Inglaterra dotó a la obra de un halo castrense que suele fascinar dentro de ese museo de antropología que forman los miembros de la Academia. Y, por supuesto, se impuso sin estridencias. Nadie –o casi nadie– se quejó; al fin y al cabo, las decisiones provenientes de arriba no están supeditadas a la euforia del espectador medio. Los intereses radican de otras artimañas menos transparentes, posiblemente ajenas al cine.

    por Anónimo
    diciembre 23, 2012

    LOS MISERABLES | CRÍTICA

    por Anónimo | diciembre 23, 2012
    Rock of Ages Tom Cruise
    ERA UN LARGO CAMINO HASTA LA CIMA
    Rock of Ages (La Era del Rock, Adam Shankman, Estados Unidos, 2012)

    Desconozco quién fue el primero en proclamar que el rock había muerto. Obviamente, no era un virtuoso del eslogan publicitario. Esa falsa creencia ha servido de coartada a las innumerables discográficas, cadenas de televisión y managers pertenecientes al star system del negocio musical. Pero basta con escarbar un poco para hallar joyas del rock: aunque es cierto que los tiempos han cambiado, ese género adscrito a un estilo de vida de excesos no ha muerto, más bien al contrario. El rock, como todo el arte –y las estrategias lúdicas disfrazadas de éste–, se ha transformado. La forma en que consumimos y disfrutamos la música es totalmente distinta a la de hace cuarenta años, cuando bandas como los Rolling Stones o Led Zeppelin llenaban el aforo de estadios de fútbol y convocaban ante el televisor a toda la familia. En algún momento, los duces de la industria decidieron minusvalorar la inteligencia del público, convirtiendo a las viejas glorias en marionetas, para gestar imágenes lamentables, como productos irremediablemente caducos. Repito: el rock está vivo. El problema son los idiotas que hacen suyo un modus vivendi intransferible, complejo, visceral y poético cuando procede.

    Debo reconocer que nunca he sido un amante del musical, ya que utiliza unos mecanismos narrativos que me son ajenos y desgraciadamente fríos. Pocas veces logro empatizar con unos personajes que rompen sin previo aviso las normas lógicas del comportamiento humano. La hipérbole de cantar y bailar por y para el drama me crea sentimientos encontrados: ¿quién pasea con su mujer o su marido tranquilamente por la calle y, de repente, empieza a cantarle sus inquietudes? Es una marcianada impropia de cualquier persona más o menos razonable. Y, sin embargo, no puedo dejar de sonreír –y marcar el compás con pies y manos– mientras contemplo películas como Cantando bajo la lluvia o Grease, cuando ese dandy llamado Gene Kelly chapotea en los charcos por aquella calle inolvidable, meciéndose por entre las farolas, calándose hasta los huesos por culpa de su felicidad. También disfruto sobremanera de ese chulazo con tupé, Danny Zuko, del séquito de rockers que rezuman testosterona al paso de las apetecibles alumnas del instituto, animadoras e ingenuas en medio de una jauría de coches descapotables que rugen sin freno. Y siempre emociona escuchar el mítico: “Oh, Sandy”. John Travolta acabó patentando un movimiento de caderas genuino, en una época radiante para él, lejos del actual intérprete hinchado que se deja caer en proyectos de segunda fila.

    por Anónimo
    agosto 09, 2012

    ROCK OF AGES (LA ERA DEL ROCK, 2012)

    por Anónimo | agosto 09, 2012
    Nominada a ocho Óscars, incluyendo el de mejor película, Moulin Rouge fue una de las grandes sensaciones de 2001. Se cumplen diez años del estreno de esta creación de Baz Luhrmann que revolucionó la taquilla y un género, el musical, que vivía horas bajas. Moulin Rouge tuvo un recorrido comercial impecable, impulsado por el ritmo de los galardones obtenidos (National Board of Review, Globos de Oro y dos Óscars). Sin embargo, el sector más tradicional de la crítica americana y la prensa europea fue muy exigente con el filme de Luhrmann al que se le achacaba un guión vacío, decorado con una estética de videoclip. Sea como fuere, Moulin Rouge es un bello envoltorio de una bonita historia de amor contada de manera original y atractiva. Con todos los defectos achacables, Moulin Rouge es un ejercicio que dio un vuelco a la industria cinematográfica y que elevó a sus dos protagonistas a la categoría de estrellas. Unos impresionantes Nicole Kidman e Ewan McGregor que hacen creíble este barroco relato romántico.

    En este moderno dibujo del Molino Rojo (el primero data de 1928 a cargo de Ewal André Dupont), Kidman se llevó todos los elogios, incluida una nominación al Óscar. Pero el gran mérito del éxito de Moulin Rouge lo tiene su partener Ewan McGregor. Sólido en los momentos de drama y comedia, aporta un plus sensacional en las composiciones musicales opacando al resto de compañeros. Un reparto también excelente con Jim Broadbent y John Leguizamo. Entre los numerosos momentos llenos de magia y música, nos quedamos con la escena entre Satine (Kidman) y Christian (McGregor) con la interpretación del tema Your Song (compuesta por Elton John) a cargo del excelente actor escocés. A continuación en Escenas de Cine, Moulin Rouge.

    por Emilio M. Luna
    abril 17, 2011

    ESCENAS DE CINE: MOULIN ROUGE (2001)

    por Emilio M. Luna | abril 17, 2011
    John Travolta in Hairspray, PosterLos musicales son, sin duda, el género más complicado, no sólo deben tener un gran guión, si no aunar comedia y drama, tengan buenos números musicales, grandes canciones y sobre todo, convincentes interpretaciones. La conjunción de estos factores es cada vez más difícil por eso no abundan en la cartelera y los que nos llegan suelen de ser calidad y vienen con éxito desde las Américas. Desde los bailes de Fred Astaire en Sombrero de Copa hasta el de Gene Kelly en Cantando Bajo la Lluvia, las interpretaciones de Cabaret, las coreografías de West Side Story, las canciones de Grease, el colorido y suntuosidad de Moulin Rouge, el aire clásico de Chicago o la mezcla de lo fantástico de Sweeney Todd, el musical nos ha dejado un gran número de obras que pasarán a la historia del cine y que representan el arte en movimiento en todas las facetas posibles. Cada vez tienen menos adeptos, y muchos se alejan del género, pero aún así, grandes historias se esconden tras la música. El musical del 2007, aparte de la obra de Tim Burton, es Hairspray, más cercano al Grease de John Travolta y Olivia Newton John que revolucionaron el cine y nos ofrecieron los primeros momentos del videoclip. Hairspray es una comedia juvenil, con grandes canciones y mucha energía, que probablemente pasará desapercibida pero que es un film simpático y entretenido.

    La historia es simple, una joven de Baltimore, que tiene como sueño el programa musical de moda, con el presentador y los cantantes guapos y carismáticos, y que logra hacerlo realidad, en ese sueño se encontrará con la envidia de algunos como adversidad, y con el apoyo de otros, todo como ejemplo de unión racial, familiar, amistad y camaradería. Todo con canciones de todo tipo, movidas, medios ritmos y baladas para hacer las delicias del personal y disfrute de la música pop.

    Con un reparto increíble, destaca la protagonista Nikki Blonsky, aunque algo ñoña, tiene una gran voz que da fuerza a su actuación, James Marsden como un alocado presentador, Michelle Pfeiffer como díscola productora, Queen Latifah como presentadora del programa en versión "Black", y Christopher Walken como padre de la joven. Destacar dos cosas, una la aparición de un actor que dará mucho que hablar, y que le da, sorprendentemente, empaque a su personaje, muy a lo Travolta en Grease, Zac Efron, conocido por otro musical de la Disney, High School Musical. Y la caracterización de la madre de la niña, John Travolta...se supone que es una especie de guiño a Grease y al propio actor, pero la pobre madre es una especie de cruce entre Paco Clavel y Crispin Klander nada creíble, pese a la buena voz de Travolta. Es otro toque más de humor que quizás se podía haber evitado para darle algo de credibilidad.

    Es un film con buenas intenciones, nos habla de la tolerancia, de aceptarse a uno mismo, del respeto, del valor de la familia, de la amistad, todo en clave cómica, muy sencillo y algo disparatado, el guionista tuvo que redactar el libreto entre pausa y pausa de One Tree Hill, y ponía lo que se le ocurría en cada momento. Tuvo que ser un rodaje divertido, y los actores se le tuvieron que pasar genial, algunos se veen que disfrutan mucho de su personaje como James Marsden, y nos involucran en el film y hacen que movamos los pies al ritmo de Hairspray.

    Musical de buen fondo, aunque las formas no serán entendidas por muchos, entretenido y dinámico, hará pasar un buen rato de los más pequeños y también de algunos grandes. Si se es entendido como un divertimento no decepcionará a nadie.

    por Emilio M. Luna
    marzo 24, 2008

    HAIRSPRAY (ADAM SHANKMAN, 2007)

    por Emilio M. Luna | marzo 24, 2008
    Sweeney Todd

    Tim Burton es un genio, todo lo que hace y como lo hace son grandes obras maestras, con su peculiar estética, magnífica producción, y con unos actores que sacan lo mejor de sí para este gran director. Con su actor fetiche, absolutamente genial, Johnny Depp, soberbio, es uno de los grandes del cine actual, y tarde o temprano recibirá su recompensa que lo separa de los grandes de la historia del celuloide...aún es pronto y no hay prisa. Estamos ante una vuelta al Tim Burton de sus orígenes, muy oscuro, sangriento y violento, estamos ante un MUSICAL, que narra el cuento de Benjamin Barker.

    Benjamin Barker, un barbero, despojado de su familia, y desterrado, que vuelve con el sobrenombre de Sweeney Todd, dispuesto a vengarse de todos. Barker es Johnny Depp, que le da ese matiz oscuro, desequilibrado y a la vez humano, en sus gestos, sus poses, Depp está más expresivo que nunca, tiene una gran voz, por cierto muy parecida a la de Ewan McGregor en Moulin Rouge. El resto del reparto está muy conseguido y es de gran nivel, con Alan Rickman y Helena Bonham Carter entre otros, no creo que exista casting mas acertado.

    La dirección artística es estupenda, y los momentos musícales muy bien conseguidos, eso sí, a quien no le gusten los musicales que se abstengan, porque la ración es triple, y muy pocas veces no se canta. El peso de la película es puramente musical, los diálogos casi todos cantados o recitados. También abtenerse a los que no les gusta la sangre,porque es la otra protagonista de esta película, que puede herir alguna sensibilidad.

    Un Burton, macabro, violento, oscuro ante un cuento bonito y cruel que no dejará indiferente a nadie, aunque no lo creas y no lo quieras te introduce en la película y acabas siendo un personaje de ésta, durante su proyección y posterior a ella.

    Mi Puntuación: 7.5
    por Emilio M. Luna
    febrero 08, 2008

    Crítica | Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet

    por Emilio M. Luna | febrero 08, 2008

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