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    Martin Scorsese
    Martin Scorsese
    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★☆
    Los asesinos de la luna
    Martin Scorsese
    La condena de todo un condado


    Ignacio Navarro Mejía
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: «Killers of the Flower Moon». Dirección: Martin Scorsese. Guion: Eric Roth, Martin Scorsese, basado en el libro homónimo de David Grann. Compañías productoras: Appian Way, Apple TV+, Imperative Entertainment, Sikelia Productions, Apple Studios. Música: Robbie Robertson. Diseño de producción: Jack Fisk. Fotografía: Rodrigo Prieto. Montaje: Thelma Schoonmaker. Reparto: Leonardo DiCaprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Brendan Fraser, John Lithgow, Tantoo Cardinal. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 206 minutos.

    El celebrado libro de David Grann, Killers of the Flower Moon, narra los crímenes de Osage y el nacimiento del FBI, como reza su propio subtítulo. Se centra pues en el hecho y su consecuencia, las violentas muertes y su investigación oficial, dándole importancia a ambas. Sin embargo, a poca gente, al menos fuera de los Estados Unidos, les sonará el condado de Osage, y en cambio todos estamos familiarizados con las siglas del Federal Bureau of Investigation. Osage era un condado, pero también una nación, de americanos nativos, por seguir estrictamente la traducción del inglés, cuya residencia se autorizó en este territorio hecho reserva. Esta información es más fácil de encontrar en un documento o reportaje especializado que en una película, serie o simple artículo comercial. Frente a ello, las alusiones al FBI son constantes en varios géneros, sus casos sirven de referencia para muchos productos de entretenimiento, hasta se podría decir que las recreaciones de su trabajo son parte de la cultura popular. Por tanto, una adaptación del libro de David Grann con visos de éxito lo tendría fácil para dedicar más tiempo, poner más énfasis o dar mayor visibilidad a la parte de la investigación del entonces precedente del FBI (pues en esa época se llamaba, de forma más escueta, Bureau of Investigation), y no tanto al pueblo afectado por los mentados crímenes. Pues bien, aquí no ocurre esto. Y es que la apuesta de la película que ha dirigido Martin Scorsese a partir de este bestseller de Grann es justo la contraria, siendo llamativo el detalle de que ha coescrito (junto con Eric Roth) su guion, algo poco habitual en su carrera.

    Estamos por consiguiente, de entrada, ante una cinta muy personal del maestro neoyorquino (llegando hasta una revelación final que, valga la redundancia, no revelaremos para evitar el spoiler), pero, también, muy comercial. Que la prolija y profunda historia que nos narra, a lo largo de más de tres horas de metraje, demuestre una especial sensibilidad por la voz de un pueblo históricamente silenciado y marginado, por no decir masacrado, no está reñido con su alcance general. Podría interpretarse que Scorsese y su equipo saldan una deuda con el pasado de su país, gracias a una película cuyo mensaje es claro, partiendo de un arranque prácticamente ceñido a las costumbres de los Osage, y con unos interludios que pronto reconocen el número de víctimas indias cuyos asesinos nunca serían juzgados. Empero, no estamos ante una obra que lleve su mensaje por delante, que, como se suele decir, sea socialmente comprometida, si por ello se entiende que la historia está estructurada en torno a un problema o injusticia social que se quiere denunciar. No es el caso de Killers of the Flower Moon, porque el núcleo de su estructura, o su fondo dramático, es más común. La idiosincrasia de los Osage es esencial al relato, pero este gira en torno a dos tramas paralelas que podrían ser narradas en cualquier otro contexto. Y no son tanto la de unos crímenes y su investigación, sino la evolución en las dos familias de un mismo hombre, una por afinidad y otra por consanguinidad.

    Este hombre es Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), recién llegado a Osage tras combatir en la Primera Guerra Mundial. Ahí conoce a la que será su mujer, la india Mollie (Lily Gladstone), y se reencuentra con su tío, el influyente granjero William Hale (Robert De Niro). Este le acoge y ofrece trabajo como conductor, que es como Ernest entabla relación con Mollie, y también es William (o Bill, o incluso apodado King) quien le anima a cortejarla. Pronto se ve que Ernest apenas tiene voluntad propia y se deja guiar por su tío en casi todo, aunque esta sumisión cada vez irá más lejos, bajo amenazas cada vez menos veladas, para que Ernest se vea involucrado en todo el montaje delictivo de su familia natural. Su pretensión es sencilla: ir asesinando indios de la comunidad, ricos herederos de una tierra fértil en petróleo, para adquirir sus derechos sobre el valor que la misma produce. La generosidad de este viejo cacique no es entonces más que una fachada, y descubrirlo no será ningún secreto para cualquier espectador desde la primera escena que comparte con Ernest y su hijo (hermano de este último). Ahora bien, en esa temprana escena hay otro elemento que llama la atención, como es la comicidad de varios diálogos. Muchas escenas posteriores, sin salirse del género de thriller o drama criminal, sorprendentemente integran palabras u otros elementos de humor, sobre todo en las interacciones entre Ernest y Bill. Sin embargo, aquellos no desentonan con el conjunto, sino que, por el contrario, contribuyen al tono casi desenfadado de toda la cinta.

    Por ello adelantábamos que esta es una película comercial, si bien quizá no como cabría esperar… si el director no fuera Martin Scorsese. Con cualquier otro director, en circunstancias normales, Killers of the Flower Moon sería más fiel al libro, o incluso acentuaría su componente policiaco. La versión que nos ofrece Scorsese respeta todos los datos históricos, por lo que la fidelidad en este sentido es escrupulosa, pero desde un punto de vista narrativo el enfoque es otro. Sin perder ningún tipo de propósito del relato, cuya evolución es meridiana y satisfactoria, se desarrolla por un cauce más liviano, pese a su extensión, podría decirse que más superficial si no fuera por todo el detalle y sentido con que está construido. En ello recuerda un poco a su anterior El irlandés, no solo formalmente, sino también como punto culminante de su carrera. Aquí Scorsese reúne a sus dos actores fetiche, DiCaprio y De Niro, ambos con tremendas interpretaciones, al igual que la nueva incorporación Lily Gladstone. Es lo que se espera de ellos y cumplen, como igualmente están a la altura la fotografía de Rodrigo Prieto o el montaje de Thelma Schoonmaker. Por todo ello, la película es un prodigio de síntesis visual y ritmo, de puro entretenimiento, de nuevo, a pesar de su duración... O puede que sea gracias a ella, ya que, al fin y al cabo, es la que permite contar esta historia única con una visión tan omnicomprensiva, que se vuelve, valga la paradoja, familiar.



    por Ignacio Navarro
    octubre 18, 2023

    Crítica | Los asesinos de la luna

    por Ignacio Navarro | octubre 18, 2023

    Reconstrucción gloriosa y crepuscular |

    Crítica ★★★★★ de «El irlandés», de Martin Scorsese.

    Estados Unidos, 2019. Título original: The Irishman. Presentación: Festival de Nueva York 2019. Dirección: Martin Scorsese. Guion: Steven Zaillian (basado en el libro de Charles Brandt). Productoras: Fábrica de Cine / STX Entertainment / Sikelia Productions / Tribeca Productions. Fotografía: Rodrigo Prieto. Montaje: Thelma Schoonmaker. Música: Robbie Robertson. Diseño de producción: Bob Shaw. Dirección artística: Laura Ballinger. Decorados: Regina Graves. Vestuario: Christopher Peterson y Sandy Powell. Reparto: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Bobby Cannavale, Ray Romano, Anna Paquin, Jesse Plemmons, Stephen Graham, Harvey Keitel. Duración: 209 minutos.

    Martin Scorsese. Robert De Niro. Joe Pesci. Al Pacino. Cuatro nombres que por sí solos han marcado en buena parte la historia del cine, y en especial lo han hecho en ese subgénero conocido como “cine de mafiosos”. Los tres primeros colaboraron en dos de sus hitos de los años 90: Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (1995), sin olvidar que ya lo habían hecho en Toro salvaje (Raging Bull, 1980). Desde entonces De Niro y Pesci también trabaron buena amistad y así el primero contó con el segundo para sus dos únicas incursiones como realizador, tras haber participado juntos igualmente en otra obra maestra: Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, Sergio Leone, 1984). Por su parte, Al Pacino coincidió con De Niro en El padrino: Parte II (The Godfather: Part II, Francis Ford Coppola, 1974), antes y después de completar esta trilogía tan definitoria. Lo curioso es que, con todo este recorrido, hasta la fecha Pacino no había sido dirigido por Scorsese. Así cuando éste inició contactos con De Niro para adaptar el libro de Charles Brandt, I Heard You Paint Houses, pronto los dos vieron una oportunidad única para incorporar a Pacino al proyecto, que accedió encantado. Más costó convencer a Pesci, prácticamente retirado ya de la industria, aunque finalmente De Niro lo logró. Afortunadamente se mantuvo este contacto durante los largos años que precedieron a la producción, difícil de afrontar por la naturaleza histórica de la novela adaptada y por la edad ya avanzada de todos los implicados. Si quería mantenerse su protagonismo, era necesario rejuvenecerlos durante buena parte del metraje, para lo cual Scorsese decidió recurrir a una nueva tecnología de digitalización que ya había mostrado sus efectos más o menos convincentes en algunas secuencias cortas. El problema era que ahora debía extenderse durante muchos minutos, trabajo que alargó no solo la producción sino también la posproducción. Por ello hubo rumores de estreno ya en 2017, y más consistentes en 2018, pero por fin ha sido este año cuando la película ha llegado a nuestras salas… eso sí de forma muy limitada, pues debido a todo lo anterior ha sido Netflix quien ha acabado asumiendo su duración y coste, y como sabemos la política de esta plataforma impide una exhibición general en la cartelera.

    Puede sorprender que ninguno de los estudios tradicionales estuviera dispuesto a respaldar esta propuesta, dado todo su pedigrí. De hecho, como ha reconocido el propio Scorsese, habría sido imposible verla fructificada si no hubiera sido por el apoyo de Netflix. Hay una nota un tanto paradójica en que la obra cumbre de estos artistas que han dejado tan claramente su huella en el séptimo arte se aleje de las grandes pantallas, o al menos de quienes tradicionalmente las han impulsado. También es verdad que esto acentúa lo extraordinario del filme, siendo una oportunidad si cabe más única verlo a estas alturas en el cine. Y es el que mismo nos devuelve maravillosamente a un relato que creíamos ya propio del pasado. La novela de Brandt y el consiguiente guion de Steven Zaillian siguen las peripecias del irlandés del título (aunque el metraje conserva al principio y al final el título original del libro), un tal Frank Sheeran (De Niro), veterano de la Segunda Guerra Mundial que a su regreso a Estados Unidos se dedica a conducir camiones de reparto. Un día una avería del vehículo le obliga a parar en una gasolinera, donde conoce a Russell Bufalino (Pesci), capo de la mafia italoamericana, que a su vez le introduce luego a otros mandamases relacionados con el hampa, en particular los personajes interpretados por Bobby Cannavale y Harvey Keitel. De esta manera Sheeran acaba siguiendo sus órdenes, pasando rápidamente del mero transporte a la ejecución directa, esto es, matando a sangre fría a todo aquel que se interpone en los planes de sus nuevos jefes. En esta jerga criminal, “pintar casas” se refiere a llevar a cabo estos encargos, mientras que cuando uno añade que “realiza su propia carpintería”, es que es autor directo del asesinato. Así se lo hace saber Sheeran cuando por mediación de Buffalino conoce por teléfono a Jimmy Hoffa (Pacino), líder sindicalista que ante las constantes amenazas que sufre necesita protección cercana, que pronto cubre Sheeran. Y en esta unión se va forjando asimismo una amistad entre ambos, hasta el punto de que este último queda empleado en el propio sindicato como responsable de una de sus delegaciones. Estos son los principales puntos del grueso del relato, que abarca un par de décadas de mediados del siglo XX, incorporando con ello algunos de sus sucesos más conocidos, como la elección y muerte de Kennedy o la intervención en Cuba. Y es como adelantábamos en toda esta parte donde vemos a De Niro, Pesci y Pacino como si fueran algo más jóvenes.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 17, 2019

    Crítica | El irlandés

    por Ignacio Navarro | noviembre 17, 2019
    Silence

    Mater et magistra

    crítica ★★★★ de Silencio (Silence, Martin Scorsese, Estados Unidos, 2016).

    Newton reveló al mundo la forma en la que los planetas giraban alrededor del sol, y el mundo, muy impresionado por esta revelación y altamente preocupado por entender la causa, decidió atribuir a Dios el dictamen acerca del orden de dirección, sentido y oblicuidad de cada una de las órbitas. Posteriormente llegaría Einstein para complicar las cosas y hacerlas inaccesibles para el ciudadano corriente y, sobre todo, para el católico —no por cortedad en el razonamiento, sino por atentar contra el propio creacionismo—. La Iglesia católica y sus principales portavoces recurrieron entonces a una de las estrategias de marketing más eficaces de todos los tiempos: el silencio. Puedes creer, decían, en todas esas fórmulas y terminología herética, o puedes creer en Dios; es tu decisión. Así, el silencio ha estado íntimamente ligado al concepto de fe desde los orígenes de la propia religión, como prueba definitiva de la transigencia y el amor incondicional de todo devoto. Martin Scorsese fundamenta su última película, Silencio, en esta premisa platónica y, para ello, establece desde el comienzo una serie de vínculos conceptuales entre la empresa religiosa y el mutismo, extrayendo de todos ellos el rol de observador discreto del Creador quien, en su prudente ubicuidad, plantea diferentes confluencias de honradez en el camino de sus fieles, mas no los condiciona ni aconseja sobre cuál de ellos es el adecuado. El Todopoderoso ofrece la posibilidad de elección, sin sugerir las consecuencias de cada opción ni juzgar el resultado, siempre que la intención primera haya salido del amor y la devoción. Para este trabajo, el director nos sitúa, valiéndose de la novela homónima de Shûsaku Endô, en uno de los episodios de la evangelización asiática más sangrientos y despiadados que han existido: las misiones de los jesuitas en el Japón feudal.

    Francisco Javier, hombre de confianza de Ignacio de Loyola, tras finalizar su empresa religiosa en India, comienza en Japón lo que en un principio parecía, dada la hábil oratoria del sacerdote, una fructífera misión evangelizadora con miles de conversos (150.000 se llegaron a contar). La estrategia de Francisco se fundamentó en lograr el beneplácito de la clase alta, los daimyos, para así obtener total libertad doctrinal. Pero no nos engañemos, esta estrecha relación no fue promovida por un gran entendimiento y un manifiesto ejemplo de transigencia secular por parte de ambos representantes, sino que todo este despliegue diplomático escondía unos fuertes intereses en ambos bandos. En primer lugar, los japoneses poseían una ambición lucrativa muy evidente, basada en la proliferación del comercio con Europa, mientras que los españoles y portugueses estaban guiados por el espíritu colonial que llevó al imperio español a convertirse en la gran potencia mundial que fue en el siglo XVI. La película no hace mención a estas codiciosas motivaciones, empero, sí propone un claro paralelismo entre éstas y la falta de especificación y precisión de los códigos religiosos. Los budistas aceptaban la conversión al cristianismo, utilizando la defectuosa comunicación a causa de las limitaciones idiomáticas como medio de evitar el reconocimiento de Dios, por lo que seguían creyendo en sus mismos ideales naturalistas, con la diferencia de que ahora los llamaban de manera diferente valiéndose de la audaz ambigüedad; mientras que los católicos no entraban en precisiones terminológicas puesto que el aumento de afiliados a su Iglesia era música celestial para los mandatarios. Se produce aquí un caso paradigmático sobre uno de los mayores acaecimientos de respeto inter-religioso; una situación favorecida, precisamente, por la relajación de los códigos clericales y la libre interpretación dogmática de las sagradas escrituras. En definitiva, un fundamentalismo tolerante que, pese a estar promovido por fines lucrativos, propició un momento de paz y entendimiento entre dos culturas diametralmente opuestas.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 11, 2017

    Crítica | Silencio

    por Alberto Sáez Villarino | enero 11, 2017

    Una película de Martin Scorsese

    crítica del episodio piloto de Vinyl (HBO).

    HBO | EE.UU, 2016. Director: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter & George Mastras, basados en una historia de Rich Cohen & Mick Jagger & Martin Scorsese & Terence Winter. Reparto: Bobby Cannavale, Paul Ben-Victor, P. J. Byrne, Max Casella, Ato Essandoh, James Jagger, J. C. MacKenzie, Jack Quaid, Ray Romano, Birgitte Hjort Sørensen, Juno Temple, Olivia Wilde, Emily Tremaine, Griffin Newman, Bo Dietl, Andrew Dice Clay, Adelynn O'Brien, Zebedee Row, Ian Hart. Fotografía: Rodrigo Prieto.

    Existe un tópico bastante irritante para los seriéfilos que normalmente cumplen los no-seriéfilos, y que consiste en llamar a los creadores de las series “directores” o asociar a los productores y/o directores de una serie con la autoría de la misma, algo que sabemos recae en los guionistas. De este modo nos llegan sentencias como “la serie de Fincher”, “la serie de Glenn Close” o “la serie de Spielberg”. Para muchos, la magnífica Boardwalk empire (2010-2014) nació, creció y murió como “la serie de Scorsese”. Vinyl, nueva colaboración entre el oscarizado cineasta y el mulipremiado y prestigioso Terence Winter –tras la serie ya mentada y la gran El lobo de Wall Street (The Wolf of Walt Street, 2013)–, por el contrario, sí se podría llamar (y de hecho, se llama) una serie de Scorsese. Y de Mick Jagger. Y del propio Winter, que empezó a trabajar en ella en 2011 con la intención de ceder el puesto de showrunner a alguien –George Mastra, recién salido de Breaking bad (2008-2013)–, pero que por la pura conjunción de tiempo y carambolas del destino ha acabado finalmente liderando sin problema, tras el fin de su serie anterior y la posibilidad del director de encargarse por fin de este episodio piloto. Y qué piloto, queridos lectores. El primer capítulo de Vinyl, con su duración de 113 minutos (el piloto más largo de la historia) y la libertad que HBO ha dado a sus responsables, es como una película de Martin Scorsese y a la vez un evidente y cariñoso compendio del cine de un realizado ya mítico. El lugar, la música, los diálogos, los temas, hasta las referencias explícitas –se oye hablar de unas “malas calles” en un momento de la acción–, todo remite a la variante más popular y personal de la filmografía del italoamericano.

    La historia nos lleva a 1973, cuando el productor musical Richie Finestra y su equipo directivo están a punto de vender su discográfica American Century a empresarios alemanes, ya que la situación económica de sus excesos y pobres decisiones profesionales les aprieta bastante. Pero el episodio no arranca ahí, sino en la crucial noche en que nuestro protagonista vive una muy traumática experiencia que le lleva a recaer en las drogas, experimentar la música como hacía tiempo que no lo hacía y sobrevivir al derrumbe de un edificio. Todo lo dicho suena extraño, y lo es hasta cierto punto, pero tiene cabida en el universo que han creado los responsables de Vinyl. Moviéndose hacia delante y hacia atrás en el tiempo y con una estructura coral y de flashbacks, la serie avanza sin perder un segundo, porque hay mucho que contar. Personajes que presentar a base de esbozos imprescindibles, un tono donde gana el humor pero está presente el drama y la violencia. Una época turbulenta. Y la música, porque aquí la hay y mucha. Diegética, extradiegética, visualmente representada y escuchada como una melodía omnipresente. De todo hay y siempre de lo mejor. De nuevo, es la época a la que toca dar vida y alma.

    La fotografía del nominado al Óscar Rodrigo Prieto (que también trabajó con Scorsese en El lobo de Wall Street) da luz y oscuridad a un mundo sinuoso, que parece envuelto en humo de cigarrillo y ambiente de fiesta todo el rato, como aguantar una monumental rescaca de alcohol y drogas cada segundo del día. En dicho ecosistema, los personajes se mueven motivados sólo por el interés propio, y unidos en la pasión por la música y el dinero. A pesar de durar casi dos horas, el episodio se las ingenia para guardarse muchas explicaciones y apuntar a múltiples sendas a continuar en las nueve entregas restantes –aunque lo haga de forma pedestre con el reencuentro de Devon e Ingrid– y en la ya confirmada segunda temporada, una de esas jugadas que la cadena hace para demostrar su confianza (la audiencia no fue tan buena como se esperaba) en uno de sus proyectos más caros y ambiciosos. Y es que pocos estrenos de este año tienen más potencial de calidad que éste, así que sólo cabe esperar que las interpretaciones estén a la altura de lo que prometen (ojo a Juno Temple), que el humor persista y que la historia no se diluye en sus muchas ramificaciones. La cosa promete. Y mucho. (95/100)

    por Anónimo
    febrero 27, 2016

    Reseña TV | Vinyl (HBO)

    por Anónimo | febrero 27, 2016
    El lobo de Wall Street

    La hoguera de las vanidades

    crítica de El lobo de Wall Street | The Wolf of Wall Street, de Martin Scorsese, 2013

    Son efigies de la perversión capitalista. Monstruos ensimismados por su buen hacer con las improvisadas dunas de polvo blanquecino que tienen ante sí; trenes a farlopa (¡chu-chu!, imita sardónicamente Jordan Belfort mientras se acerca con su nariz-quitanieves a un escote-estación con la piel nívea y nevada en una, sí, estación que no es ni invierno ni verano, ni sus grises intermedios. Tan solo una limusina que atraviesa la noche de Nueva York) sin destino o sin una ruta más o menos convencional. En los 90, cuando suceden gran parte de los hechos aquí descritos, las nuevas tecnologías aún no han abierto fisuras, como sí harán en el prometedor —y mentiroso— siglo XXI. El hoy, por abreviar —o economizar—. Equis índice bursátil, visto por la pantalla del ¿ordenador que lo trajo al mundo?, puede hundir relativamente la civilización moderna, que es tanto excluyente de su show cuanto esclava del nuevo-rejuvenecido Tío Sam (nótese que el rejuvenecimiento es también resurrección y, asimismo, necrofilia involuntaria con olor a, a... eso que segrega cierto... por parte de los que toman parte en este asunto nada marginal).

    Así pues, sólo hay polvos, polvos; hasta alcanzar la última y más pequeña cavidad porosa, y hasta el subconsciente y lo que sigue. Fiesta con enanos embutidos en velcro que serán disparados contra una diana cuyo rojo victoria es el símbolo del $; un chimpancé con patines en la oficina llena de yuppies sádicos; y putas de lujo, o no, en tanga y ligueros pero jamás a prueba de sífilis, desgastando moqueta y abriéndose de par en par sobre montañas verde dólar que siempre están ahí (ups, Marty) aun tratándose del lugar del crimen. Un eficaz contrasentido. El colocón, en resumidas, es una resaca en bucle. Ellos viven por y para el dinero. Son brókeres montando a Pegaso camino del Olimpo que rigen Bill Gates y, por cercanía, Emilio Botín. Pero tanto da, pues si Howlin' Wolf aúlla Smokestack Lig y Spoonful, contagiando a cámara lenta lo que a todas luces es un conocimiento imprescindible para el día a día, se perdona todo. Incluido el resplandor del rayo en la chimenea, la mentira del hombre por esa cucharada.

    por Anónimo
    enero 16, 2014

    Crítica | El lobo de Wall Street

    por Anónimo | enero 16, 2014
    Street of Dreams, de Martin Scorsese

    Con una exquisita fotografía en blanco y negro de Peter Lindbergh y una refinadísima y sugestiva dirección de Martin Scorsese, Street of Dreams es algo más que un anuncio para el perfume “The One” de Dolce & Gabanna. Es una bella pieza cinematográfica que trasciende los límites de spot publicitario para convertirse en una maravilla audiovisual en miniatura, en puro cine, en magia a 24 fotogramas por segundo. La elegancia clásica de Scarlett Johansson y Matthew McConaughey, más estrellas que nunca, nos lleva de paseo por el West Village de Nueva York mientras la canción “Il Cielo una Stanza” de Mina nos transporta a la Italia del Fellini más romántico. Es la Calle de los Sueños, ese lugar en el que se reencuentran los amantes, donde los recuerdos son capaces de trasladar edificios enteros de sitio y en el que uno desearía quedarse perdido para siempre, con la mejor compañía y sin la necesidad de un mañana. Evocador hasta el paroxismo, Street of Dreams es mucho más que una forma cara de hacernos comprar perfume; son dos minutos y medio de cinefilia concentrada, de clasicismo bien entendido y elegancia. Disfrutadlo.

    por Unknown
    enero 12, 2014

    Caleidos | Street of Dreams, de Martin Scorsese

    por Unknown | enero 12, 2014
    Raging Bull Still
    Toro salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, Estados Unidos, 1980)
    Decía Joyce Carol Oates en su inteligente ensayo deportivo que “el boxeo, como la imagen de un sueño o una pesadilla, opone un yo contra un yo, un gemelo contra un gemelo idéntico, como en el útero, donde la dominación, el más misterioso de los apetitos humanos, se expresa por primera vez”. Yo no entiendo mucho de boxeo, pero sé que Jake LaMotta pegaba con todo, con el alma, con su vida. Era lo que los especialistas denominan un fajador, sinónimo de un duelo descarnado, acaso un kamikaze que salía al ring sabiendo que durante el primer round recibiría un severo castigo por parte de su oponente. Su compleja personalidad le impidió convertirse en un estratega –al fin y al cabo lo que debe ser todo buen boxeador– sobre la lona, y su capacidad para encajar golpes era francamente demencial: convencía a sus rivales para que lo despertaran de ese cruel letargo que era su vida, y entonces, sólo entonces, implosionaba con todo. 83 victorias (30 de ellas por K.O.) y 10 derrotas avalan una carrera repleta de altibajos que hacen de Jake LaMotta no sólo una leyenda del boxeo sino una figura impagable cuya historia personal es una verdadera bicoca para los espectadores.

    El Toro del Bronx solía bajar la guardia durante los primeros compases. Invitaba a sus oponentes a curtir su rostro (marcado gracias a un terrible e inelegante estilo) y su plexo solar, para desentumecer los músculos. Y salvo que te llamaras Sugar Ray Robinson (aquella Némesis de raza negra que neutralizó al valiente Jack en cuatro de sus seis enfrentamientos, logrando que éste declarara con no poco sarcasmo: “He peleado tantas veces contra Sugar Ray, que no sé cómo no tengo diabetes”), podías darte por muerto. Replegaba su dura cabeza a la altura del pecho, el cogote señalando al contrario como si tuviera cuernos, y se cubría la zona hepática con los antebrazos. No conocía más defensa que el ataque. Tampoco esa agridulce máxima de “una retirada a tiempo es una victoria”. No era un fino estilista a lo Cassius Clay o Sugar Ray Leonard, más bien al contrario. Era un peso medio de reverso impredecible. Lento de piernas y descompasado en sus movimientos, su principal virtud radicaba en la fuerza explosiva, como un ser primitivo cuya única meta es sobrevivir; pero residía también en cierta habilidad para esquivar golpes (o preverlos) y mucho apetito de victoria.

    por Anónimo
    junio 04, 2012

    TORO SALVAJE (RAGING BULL, 1980)

    por Anónimo | junio 04, 2012

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