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    Crítica | El lobo de Wall Street

    El lobo de Wall Street

    La hoguera de las vanidades

    crítica de El lobo de Wall Street | The Wolf of Wall Street, de Martin Scorsese, 2013

    Son efigies de la perversión capitalista. Monstruos ensimismados por su buen hacer con las improvisadas dunas de polvo blanquecino que tienen ante sí; trenes a farlopa (¡chu-chu!, imita sardónicamente Jordan Belfort mientras se acerca con su nariz-quitanieves a un escote-estación con la piel nívea y nevada en una, sí, estación que no es ni invierno ni verano, ni sus grises intermedios. Tan solo una limusina que atraviesa la noche de Nueva York) sin destino o sin una ruta más o menos convencional. En los 90, cuando suceden gran parte de los hechos aquí descritos, las nuevas tecnologías aún no han abierto fisuras, como sí harán en el prometedor —y mentiroso— siglo XXI. El hoy, por abreviar —o economizar—. Equis índice bursátil, visto por la pantalla del ¿ordenador que lo trajo al mundo?, puede hundir relativamente la civilización moderna, que es tanto excluyente de su show cuanto esclava del nuevo-rejuvenecido Tío Sam (nótese que el rejuvenecimiento es también resurrección y, asimismo, necrofilia involuntaria con olor a, a... eso que segrega cierto... por parte de los que toman parte en este asunto nada marginal).

    Así pues, sólo hay polvos, polvos; hasta alcanzar la última y más pequeña cavidad porosa, y hasta el subconsciente y lo que sigue. Fiesta con enanos embutidos en velcro que serán disparados contra una diana cuyo rojo victoria es el símbolo del $; un chimpancé con patines en la oficina llena de yuppies sádicos; y putas de lujo, o no, en tanga y ligueros pero jamás a prueba de sífilis, desgastando moqueta y abriéndose de par en par sobre montañas verde dólar que siempre están ahí (ups, Marty) aun tratándose del lugar del crimen. Un eficaz contrasentido. El colocón, en resumidas, es una resaca en bucle. Ellos viven por y para el dinero. Son brókeres montando a Pegaso camino del Olimpo que rigen Bill Gates y, por cercanía, Emilio Botín. Pero tanto da, pues si Howlin' Wolf aúlla Smokestack Lig y Spoonful, contagiando a cámara lenta lo que a todas luces es un conocimiento imprescindible para el día a día, se perdona todo. Incluido el resplandor del rayo en la chimenea, la mentira del hombre por esa cucharada.

    El lobo de Wall Street

    A whoo hoo. ¿Dónde está mi dinero? Whoo hoo, whoo. ¡Dineeeerooo! Porque con el fraude, no se culpe, se nace. Y uno lo toma, o lo deja junto a ese libro gordo que nunca leerá. Si acaso, se casa con él, es decir lo ignora. O, tampoco se sienta culpable, se lo esnifa. Para arrebatárselo a los que anhelan su brillo, su textura, su fragancia que en realidad no es más que olor a tinta y acetato industriales; su frágil inestabilidad a través de algoritmos que desconocemos porque no existen, o sí, aunque tal vez sólo haya un ladrón y un primo que se deja hacer por aquello de la codicia, la necesidad en tiempos de vacas flacas y demás cuestiones que animan al populacho a mantener el statu quo. Y el Lobo (¡Wolfie, Wolfie!, le aclaman sus discípulos. Allá usted con la polisemia) despliega su fraude por teléfono, en un boiler room que aparenta ser únicamente lo más obvio y sin embargo atroz: la cara menguante del mundo. Un reflejo que, como distorsión ya partida del muy distorsionado Wall Street (una irrealidad que se confunde con la realidad misma, menos aleatoria, y que deviene ataúd para la turba que —no— nos lee, pues sólo visiona la televisión, desde casa. Qué pobres los pobres. Moraleja y grito mudo que no eclipsa los mejores instantes del nuevo trabajo de Martin Scorsese), deja mucho que reflejar. Aposta. Con un motivo: "The Show Must Go On", que cantara Freddie Mercury; cuyo talento, imagino, trascendía las matemáticas pero no los royalties.

    Así, el espectáculo debe continuar y aquellas calles antaño efervescentes e infestadas de furcias, chulos, maleantes, maricas, lesbianas, drogadictos, "camellos" (You talkin' to me?); son ahora —en este preciso instante, por necesidades narrativas, o sea de producción— un refugio para solitarios con Ferrari y gomina —e incluso peluquín—, y almas en penumbra que no se ven/no importan aun a pleno sol, respirando la hidrocefalia financiera; pues El lobo de Wall Street transcurre primero en lo que será el marco incomparable del cineasta (presentación enérgica y a ritmo de una siempre vehicular voz en off, a ratos fatigosa y a veces muestra del potencial que aúna el guion de Terence Soprano Winter, quien desgaja hagiográficamente las memorias de Jordan Belfort), para a continuación moverse hasta el oropel equinoccial de la fiesta, no solo eje motriz del orgiástico y depravado discurso que tiñe una historia vibrante, cuyas tres horas apenas resultan dos muy agitadas —que no mezcladas, o quizá también—, sino motor de los tics más usuales en Martin Scorsese (ralentí, entropía ordenada, algún travelling revelador; sexo, drogas y blues rock) concluyendo ya en las alturas y en un yate de lujo y en una mansión multimillonaria y en el vértice mismo de la feminidad.

    El lobo de Wall Street

    Héroe o demonio, o las dos cosas. Belfort interpretó el latido que, lenta e irremediablemente, nos ha parapetado tras la mugre. Y pese a todo nos sabemos cómplices: nos gusta, nos apetece, nos apetece ser DiCaprio sobre Margot Robbie o Margot Robbie imantándose a ese magnífico actor. Nos gusta, en fin, contemplar el artificio de lo increíble. Aquí, un producto hecho a rayas, y a pesar de sus clientes. Un joven y (casi) esquizoide Gordon Gekko sin más oscuridad que el materialismo en ebullición. "Es la historia de una locura", según el director. Y esa locura vislumbro cuando aparece Jonah Hill, un secundario que inflama el aire con su percha equívocamente nerd. Más por naturaleza que por cálculo, aunque sujeto al rigor disfuncional del comediante (de) post-teen. A 2,82 fuck (joder) por minuto, nuevo récord Guinness cinematográfico (sin contrastar), la película se abandona al desorden para emerger luego como la más impúdica y asquerosamente divertida exhibición mainstream. Falta mesura, eso sí, y sobra autoindulgencia, culos pelaos mediante. A caballo entre el Henry Hill de Uno de los nuestros (esa manera de reventar la cuarta pared y esnifar compulsivamente y mostrar chulería, así como apetito sexual) y el Sam Rothstein —filtrado con mucha gestualidad y menos claroscuros— de Casino, este recién mafioso corredor de Bolsa se descubre vendiendo inalcanzables: "Quiero que superéis vuestros problemas haciéndoos ricos". Y ya. Porque si algo acusa este filme, es el haber desaprovechado a un personaje y un actor pletóricos. Una canción sobre la avaricia interpretada por, quién se ríe ahora, Matthew McConaughey. | ★★★

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    Estados Unidos, 2013. Director: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter (libro: Jordan Belfort). Productora: Paramount Pictures / Red Granite Pictures / Appian Way. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Howard Shore; VA. Reparto: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Matthew McConaughey, Jean Dujardin, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jon Bernthal, Jon Favreau, Ethan Suplee, Margot Robbie,Cristin Milioti, Katarina Cas, Joanna Lumley.

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