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    México
    México

    El ocaso de la distancia

    Crítica ★★ de Las hijas de Abril (Michel Franco, México, 2017).

    Pocos directores han interiorizado tan bien las formas del cine latinoamericano imperante en festivales como Michel Franco. El mexicano es uno de los maestros de esa sequedad que impregna gran parte de los relatos que nos llegan del otro lado del charco. En este tipo de cine, entramos constantemente a las escenas cuando ya ha empezado la acción o justo cuando está a punto de terminar para luego estirar sus consecuencias psicológicas. Esta forma de estructurar la narración fragmenta un relato en el que una gran parte de su intrahistoria sucede siempre en fuera de campo. Es su baza para generar tensión, esconder gran parte de las motivaciones y sentimientos de los personajes, su pasado y sus pensamientos reales, para construir una atmósfera en la que todo está a punto de saltar por los aires. Es la representación en imágenes de esa aparente calma anterior a una tormenta que no esperas. En Las hijas de Abril, las relaciones familiares entre las protagonistas parecen sostenerse sobre un fino hilo formado desde la desconfianza. Tras un largo tiempo de ausencia, Abril (Emma Suárez, como siempre, impecable en la construcción interna y externa del personaje) vuelve a México para descubrir que Valeria, su hija menor, está embarazada y que ella y su novio han decidido continuar adelante. Cuando nace el bebé, la incapacidad de ambos para criarlo hará que Abril tome una serie de decisiones que nos descubrirán a una persona mucho más oscuro de lo que parecía.

    En sus películas anteriores, el director mexicano se ha caracterizado por mostrar a través de un estilo naturalista y desprovisto de tabúes ni límites de represantción a personajes en una situación dramática en muchos casos extrema. Sirva de ejemplo Chronic, con sus largos planos que nos obligan a mirar de manera fría la dureza de las vidas que se apagan, de cómo el personaje de Tim Roth se rodea de manera consciente de muerte. Pero quizás la película clave en su filmografía y la mejor para entender su estilo sea Después de Lucía. Aquí ya identificábamos el continuo movimiento hacia un nuevo giro dramático que machacase un poco más las vidas de Lucía y su padre, una estrategia que sigue patente en su última obra. Y es que el cine de Franco se podría definir justo en este sentido, en una búsqueda por retorcer el sino trágico de unos personajes ya de por sí marcados mientras la imagen se muestra distante, con una expresividad planificada desde la geometría del plano y el dolor que se mueve entre el dentro y el fuera de campo.

    «La buscada sencillez y la total evasión moralista chocan con la forma en la que Franco decide armar su relato. Su voluntad de mostrar la historia tal como es, sin posibles dobleces y de manera decididamente superficial, para colocar la responsabilidad analítica en el espectador, es difícil de compensar con una puesta en escena en la que la elipsis es clave para transformar en tensión todo lo que acontece».


    Si bien en estas anteriores películas había un trasfondo social hacia el que dirigir la culpa o el dardo de la crítica, no hay que buscar metáforas ni dobles lecturas sociales en el relato que presenta Franco. La historia es la que es. Su ambición no va más allá de querer perfilar en Abril a una madre que, apoyándose en una serie de excusas, decide manipular la realidad que le rodea para crearse un mundo donde pueda ser más feliz. La propuesta pasa simplemente por tejer una vez más el filtro formal del que hablábamos anteriormente y aplicarlo punto por punto con una frialdad pasmosa. Y aquí es donde la buscada sencillez y la total evasión moralista chocan con la forma en la que Franco decide armar su relato. Su voluntad de mostrar la historia tal como es, sin posibles dobleces y de manera decididamente superficial, para colocar la responsabilidad analítica en el espectador, es difícil de compensar con una puesta en escena en la que la elipsis es clave para transformar en tensión todo lo que acontece. De este modo, mientras por un lado se presenta como una película que no quiere emitir ningún juicio de valor, por el otro construye su relato dosificando la información para marcar el camino. No es cuestión, claro está, de ofrecer respuestas machacadas y totalmente dirigidas hacia el respetable, sino más bien de otorgar cierta profundidad al discurso (tanto en el aspecto formal como en el narrativo) para que esa exploración un tanto oscura de la maternidad no se quede en un acto de vacuo. | ★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    México. 2017. Título original: Las hijas de Abril. Director: Michel Franco. Guion: Michel Franco. Productoras: Lucía Films. Fotografía: Yves Caspe. Música: Javier Nuño, Joe Rodríguez. Montaje: Michel Franco, Jorge Weisz. Reparto: Emma Suárez, Ana Valeria Becerril, Enrique Arrizón, Joanna Larequi, Hernán Mendoza, Ivan Cortés.

    por EAM
    octubre 27, 2017

    Crítica | Las hijas de Abril

    por EAM | octubre 27, 2017
    Tempestad

    Tras el éxito del foco realizado en 2009 en torno al cine dirigido por mujeres en Rusia, la 51ª edición del más importante certamen de cine en Centroeuropa, el Festival Internacional de Karlovy Vary, que tendrá lugar del 1 al 9 de julio, dedicará una mirada a las voces femeninas del cine mexicano surgidas durante el nuevo siglo, y que han tenido una especial relevancia en el último lustro. A través de nueve películas se podrán apreciar unos puntos de vista muy personales, en ocasiones incluso autobiográficos, lo cual dará como resultado un ciclo heterogéneo a pesar de ciertos factores formales comunes, y temas recurrentes. Entre los problemas que asolan el país norteamericano, uno de lo que más se ha afrontado desde su cinematografía (especialmente en el género documental), es el de las guerras internas creadas por el Crimen Organizado, en las que las víctimas siempre son los más inocentes. Dos de estos damnificados son las protagonistas de Tempestad (2016) de Tatiana Huezo, estimulante ejercicio presentado en la sección Forum de la última Berlinale, y exhibida en nuestro país en DocumentaMadrid, donde recibió una mención especial por parte del jurado. Unas mujeres marcadas por las ausencias (no por casualidad, el anterior trabajo de Huezo llevaba ese título), cuyas historias son demasiado duras para mostrarse (y menos aún recrearse); es por ello que la realizadora opta por dejar en off los testimonios, dando una libertad y capacidad al espectador de configurar el relato pocas veces vista.

    Huezo incide además en la herencia en ruinas que le quedará a la infancia, provocada por la destrucción de pueblos autóctonos, la pobreza, la orfandad, la falta de educación o la maternidad en solitario. También aborda estas cuestiones el cine de Victoria Franco, de quien se proyectarán dos trabajos de 2013, su cortometraje Borde, y A los ojos, el largometraje codirigido con su hermano, el reconocido Michel Franco (Después de Lucía -2012-, Chronic -2015-, ambas premiadas en Cannes). El mundo rural, en progresiva desaparición, ocupa otro papel importante en el premiado documental Los reyes del pueblo que no existe (2015), de la joven Betzabé García, abordando la vida de tres familias de un pueblo parcialmente sumergido del noroeste del país, el cual se niegan a abandonar. Lo mismo les ocurría a los protagonistas de Fogo (2012), ficción contemplativa de Yulene Olaizola, conocida por su muy galardonada ópera prima, Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo (2008). La directora sale de sus fronteras para situarse en una isla canadiense, dominada por sus vastos paisajes y una climatología que hace muy complicada la vida humana, a pesar de que hay quienes han establecido allí su hogar.

    Otra tendencia dentro de los trabajos de estas directoras es la de abordar cuestiones en torno a las relaciones humanas más universales, actuales y disfuncionales, tanto de pareja como familiares, en una época dominada por la soledad y la cobardía. Destaca la presencia de Los insólitos peces-gato (2013), contenida y emocional ópera prima de Claudia Sainte-Luce, estrenada en España el pasado año, de esencia positiva y esperanzadora a pesar de hacer referencias a cuestiones como la enfermedad, tanto física como social. Lo mismo ocurre en Sabrás qué hacer conmigo (2015), de Katina Medina Mora, que ha llegado hace solo unas semanas a los cines de su país. En El placer es mío (2015), Elisa Miller continúa el camino marcado por su cortometraje ganador de la Palma de Oro en Cannes Ver llover (2006), que analiza el inicio, la evolución y la conclusión de un noviazgo. Alejandra Márquez Abella, tras un laureado cortometraje, 5 recuerdos (2009) y el documental Mal de tierra (2011), completa con Semana Santa (2015) esta selección que esperamos que abra los ojos de los espectadores a esta generación de interesantes cineastas.

    por Sofía Pérez Delgado
    junio 17, 2016

    La 51ª edición del Festival de Karlovy Vary dedicará una mirada a la nueva generación de directoras mexicanas

    por Sofía Pérez Delgado | junio 17, 2016

    Adorable disfuncionalidad

    crítica a Los insólitos peces gato (Claudia Sainte-Luce, 2013).

    Hay una frase de Caetano Veloso que acierta al afirmar aquello de que “de cerca, nadie es normal”. Si lo pensamos detenidamente, podríamos escribir mil libros y mil canciones, mil cómics y mil películas sobre mil familias distintas y todas adquirirían un colorido abanico de matices. Ninguna podría reflejarse en otra, pues cada familia vive su propia realidad, difícil de analizar y comprender desde fuera lejos de la amalgama de frustraciones, secretos, lazos y desdichas de andar por casa que germinan a lo largo de los años en el seno de cada hogar. Cada persona supone un diminuto engranaje de la maquinaria interna de su familia, sobre la que giran sus costumbres, sus cicatrices, sus fracasos y sus victorias. Y cuánto más de cerca pones la lupa —o en este caso, la cámara—, mejor puedes apreciar todas aquellas diminutas e interesantes particularidades de cada ecosistema familiar. Con mucha más vocación intimista y emocional que sociológica o antropológica, estrena su ópera prima la directora mejicana Claudia Sainte-Luce, un drama con huella de cine de autor protagonizado mayoritariamente por personajes femeninos profundos y característicos que hacen frente a un buen puñado de conflictos vitales. El realismo logrado de las actuaciones —de gran mérito tras tres meses de ensayo con el elenco para perfilar la atmósfera de la familia y sus problemas— es el responsable del potencial de esta producción latinoamericana.

    Cámara al hombro, Sainte-Luce despierta nuestra curiosidad desde el extravagante título que bautiza su obra: Los insólitos peces gato —un nombre que suena a documental del National Geographic pero que, además de guardar una bella connotación simbólica con la esencia de la película, anticipa ese aire artesanal de docudrama que se respira a lo largo de la historia—. Al comienzo, durante unos minutos carentes de palabras, nos chocamos con la mirada de una joven callada y solitaria, con la mente ausente y los ojos vivaces. Observamos que trabaja como promotora de salchichas en un supermercado, la vemos durmiendo sola o cogiendo el transporte urbano, y nos chocamos de frente con una soledad pastosa, densa y agobiante que lo impregna todo. ¿Quién será esa muchacha?, nos preguntamos, pues hay algo de magnético y de evocador en la actuación de su actriz, Ximena Ayala, cuyo personaje —de confirmada inspiración autobiográfica— se llama Claudia, al igual que la directora. Aquejada de un severo caso de apendicitis aguda, la protagonista se topa con otra mujer hospitalizada en la cama de al lado y comienza a charlar con ella. Viuda, enferma y visiblemente desgastada, Martha —-un gran papel de Lisa Owen— entabla un vínculo de amistad con Claudia, que a través de ella conoce a sus cuatro hijos. Tres jovencitas y un niño con mucha vida por delante y una gran conexión emocional frente a las adversidades. Poco a poco, Claudia comienza a integrarse en la rutina cotidiana de esta familia estrafalaria, una rara avis singular que pelea contra las ausencias, la falta de estabilidad y el espejismo de la muerte asomado en cada rincón de su hogar. Sin giros efectistas y sorteando con elegancia el morbo y la sensiblería cursi, el guion dibuja despacio las luces y las sombras de este sexteto tan lejos de lo común.

    por Anónimo
    junio 13, 2015

    Crítica | Los insólitos peces gato

    por Anónimo | junio 13, 2015

    El silencio del discurso

    crítica a La tirisia (2014), dirigida por Jorge Pérez Solano. | ★★ |

    Como si fuera una suerte de Pulp Fiction, Jorge Pérez Solano, el realizador de esta película, abre el metraje ampliando nuestro conocimiento con la definición del vocablo que lleva por título su largometraje, Tirisia, definido éste como enfermedad del alma. La acción tiene lugar en una pequeña comunidad que vive en un desierto en el interior de México, aislados por obligación del resto de la humanidad y por costumbre los unos de los otros, sus habitantes sufren las condiciones climáticas más extremas mientras dedican sus días a la explotación de la sal. El silencio reina en el ambiente matizando un universo sonoro prácticamente limpio. No hacen falta las palabras cuando no existe la empatía ni la necesidad de comunicación. Las protagonistas, dos mujeres que han tenido un hijo con el mismo hombre, se plantean en soledad los problemas que esta descendencia puede tener en su vida: una con el retorno de su marido y la otra con el conflicto con su madre, la cual considera un error no deshacerse del niño. Este argumento tan simple que con tanta concreción se puede explicar en un pequeño párrafo toma una tediosa exposición que puede llegar a enervar por el halo de silencio casi absoluto en el que está envuelta la primera hora del filme. Y lo peor, es que no es más que el punto de partida de una historia fundamentalmente vacía que lucha contra su propia contingencia con el retrato de la ardua vida en el desierto para una madre soltera. Es este camino el único que parece sostener el interés narrativo de una obra que divaga intentando encontrar un relato en base a las emociones de sus protagonistas, pero por mucho intento simplemente este no acaba de llegar debido a la homogeneización en los caracteres de ambas mujeres, indistinguibles la una de la otra, e indiferenciables en unas pasiones que en ningún momento las llevan a un límite que haga interesante el conflicto. Tampoco se exponen con claridad los personajes masculinos, oscuros, contradictorios y sexualizados como animales, los cuales quedan reducidos a simples circunstancias del relato, como el viento o el Sol. Y claro, así es fácil que pase, que la cinta mate su presunto interés y se vuelva aburrida y monótona. La inmovilidad de la fauna unida al lento proceso de cristalización de la sal parecen formar la mejor metáfora posible para definir el trabajo del cineasta mexicano.

    Y a pesar de todo ello la cinta muestra una preocupación por su voluntad de transmitir, indaga la búsqueda de su mensaje creando cierta reflexión acerca del acto de olvidar, presente este en varias formas durante todo el metraje, motivador de acciones, reacciones y sentimientos de abstracción personal cuya intimidad el espectador debe verse obligado a forzar si quiere implicarse en una historia que en ningún caso va a ir hacia él. El problema es que toda la búsqueda deviene de nuevo en la nada, se diluye poco a poco antes de que podamos llegar a una conclusión satisfactoria para dar paso a una ligera esperanza respecto al futuro. Este cambio temporal quizás responda a la matización que va marcando el relato, dividido este en los tres meses de verano, y a la evolución inevitable (pero ligera) que tiene lugar en las dos mujeres de ese pueblo perdido en el que nunca pasa nada. Es el desequilibrio de ese tedio la principal causa que rompe la armonía que hubiera otorgado al menos cierta cohesión estilística al relato, sin embargo el aroma a telenovela barata lucha continuamente contra la poética documental del desierto y sus cactus, desmoronando todo el sentido estético en una inconcreción de la que solo se salvan la belleza de ciertos planos que por su separación achacan una falta de unidad cuya lentitud de exposición también acaba frustrando. Por todo ello, quizás no sea necesario volverse loco a base de reinterpretaciones, por suerte o por desgracia no debajo de todas las rocas se encuentra petróleo. Porque a pesar de cometer un pleonasmo de campeonato es necesario decirlo, el desierto de La tirisia [1] está completamente vacío. | ★★ |

    Álvaro Martín
    Enviado especial a la 59ª edición de la Seminci

    [1] Lectura complementaria: crítica a La tirisia desde el Festival de Karlovy Vary, por Emilio Luna. Entrevista a Jorge Pérez Solano desde el certamen checo.


    México, 2014, La tirisia. Dirección: Jorge Pérez Solano. Guion: Jorge Pérez Solano. Productora: Tirisia Cine, Imcine, Conaculta, Foprocine. Intérpretes: Gustavo Sánchez Parra, Adriana Paz, Noé Hernández, Gabriela Cartol, Alfredo Herrera, Mercedes Hernández, Yael Corazón, Magda Ortiz. Fotografía: César Gutiérrez Miranda, en color. Montaje: Francisco X. Rivera. Música: Ruben Luengas ‘Pasatono’. Duración: 109’. Sección Oficial.
    por Unknown
    octubre 23, 2014

    [Seminci] Crítica | La tirisia

    por Unknown | octubre 23, 2014
    Güeros

    La ilusión del bajo coste

    crítica de Güeros | dirigida por Alonso Ruizpalacios, 2014

    Vaya por delante la afirmación de que, sin duda, estamos ante una de las grandes sorpresas que nos ha dejado el recientemente concluido Festival de San Sebastián. La película llegaba precedida por sus éxitos en Berlín (Mejor ópera prima) y Tribeca (mejor fotografía y mejor nuevo director), quizás demasiado palmarés dadas sus competidoras, y, como era esperabl,e se alzó con merecimiento con los principales premios en los que competía, el de Horizontes Latinos y de la Juventud. Triunfos envidiables que, en otras circunstancias socioeconómicas, quizás garantizarán un estreno digno en nuestro país, pero que lamentablemente tan solo dejan abierta la puerta a circuitos alternativos dentro de las principales ciudades. Y puede que hasta eso sea mucho pedir.

    A pesar de su declaración inicial de intenciones, rodada en blanco y negro y en formato 4:3, es la aparente relajación e intrascendentalidad de la obra lo primero que sabe llegar al espectador medio. Porque Güeros ante todo es divertida, muy divertida. La historia de Sombra y Santos, dos amigos que viven en la más absoluta inactividad. Encerrados en un pequeño apartamento al que le han cortado la luz y que se autodeclaran en "huelga de la huelga de estudiantes" que sacude la ciudad es cuestionada a base del dinamismo que otorga la visita del hermano menor de Sombra, Tomás, quién insiste en buscar a la idolatrada y enigmática figura de su infancia, el hombre que pudo haber salvado al rock mexicano. La cinta, que comienza con una secuencia y un pulso de cámara al hombro digno del compatriota Robert Rodríguez, no tarda en mostrar sus cartas con un atrevido movimiento de rotación de cámara en plena carrera, volteando el universo con decisión para que podamos ver lo que normalmente nos pasa desapercibido. Es este desvelamiento el anticipador de toda la ruptura que está por llegar, el primer aviso de que estamos ante un filme distinto. Filme que deriva el siguiente cuarto de hora a base de carcajadas en la estaticidad de la comedia que se vale por sí misma. Ya saben, esa que formalmente luce simple, descuidada, y que fía todos sus recursos cinematográficos a un potente guión bien interpretado. Esa misma que llevó a Kevin Smith a la fama con esa joyita que es Clerks.

    por Unknown
    septiembre 30, 2014

    Crítica | Güeros

    por Unknown | septiembre 30, 2014

    Un soltero y un biberón

    crítica de No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez, 2013

    Del mismo modo que en España estamos viviendo la efervescencia del éxito sorpresa de 8 apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro) –siete semanas seguidas encumbrada por el público en el nº1 de las películas más vistas y aún sin síntomas de agotamiento–, en México también han conocido su particular fenómeno sociológico con la comedia No se aceptan devoluciones (2013). Ópera prima como director de Eugenio Derbez, actor todoterreno en su país que, pese a haber logrado sus mayores triunfos en la televisión o en el género del humor, también ha demostrado su valía interpretativa como eficaz dramático en títulos como La misma luna (2007, Patricia Riggen). Con este debut tras las cámaras, Derbez ha hecho historia, convirtiéndose en la película en lengua española más taquillera de todos los tiempos, desbancando al segundo puesto a El laberinto del fauno (2006, Guillermo del Toro). 39 millones de dólares recaudados en Estados Unidos certifican la simpatía que despierta el director, guionista y actor al que muchos se han apresurado a comparar con el italiano Roberto Benigni, por su facilidad para contar historias con un trasfondo duro, enmascarándolas con un humor blanco y familiar que las hace fácilmente accesibles a todo tipo de público. Una vez más, las comparaciones son odiosas y No se aceptan devoluciones no es, ni de lejos, La vida es bella (1998), algo que no ha impedido que, a pesar de todo, el filme mexicano haya calado hondo entre la audiencia gracias a su encantadora sencillez.

    por José Martín León
    abril 30, 2014

    Crítica | No se aceptan devoluciones

    por José Martín León | abril 30, 2014
    Halley

    Llagas y moscas

    crítica de Halley | de Sebastián Hofmann, 2012

    Alberto, apodado Beto, es un hombre de mediana edad que trabaja en un gimnasio como vigilante nocturno con aparente normalidad. Sin embargo, comienza a ser consciente de que se haya en un insólito estado de putrefacción progresiva, muerto en vida y con el cuerpo plagado de heridas, llagas y desperfectos propios de un cadáver y no de un varón normal. Así pues, decide ocultar a duras penas estos abandonar su puesto laboral en una semana, fracción de tiempo de la que se ocupa este filme mexicano denominado Halley, estrenado en su territorio nacional el pasado año y presentado en el actual 2013 en las filas de largometrajes del Festival de Rotterdam.

    Halley da comienzo de una manera pausada, con pretensión de encomendarse a una estética claustrofóbica y agobiante, (dado que meterla de lleno en el saco del género de terror es quizás, exagerar su atmósfera y presuponer que habrá sustos, cosa que no acontece durante la hora y media de metraje), de trasfondo supuestamente existencialista, y tensión más centrada en el silencio que en diálogo, pues la conversación abunda menos que la ausencia de ella. La temática un tanto pesada, basada fundamentalmente en la descomposición del cuerpo, la mortalidad humana o la trascendencia del alma es un reflejo de las obsesiones que asolan a su director, Sebastian Hofmann, que con voluntad de facturar una obra de cine de autor original entre el drama, el terror psicológico y la angustia existencialista, erra en la trama, el diálogo y la duración. Nos hallamos ante un filme del que poco o nada podemos extraer de positivo o novedoso, cuya extensión es excesiva si tenemos en cuenta su escaso ritmo y su falta de nudos de acción, por no mentar la nula evolución de sus dos personajes. Beto entabla amistad con Luly, la gerente de su gimnasio antes de abandonar su trabajo, y ella, aunque sospecha que tiene alguna clase de enfermedad atípica, desconoce su verdadera situación e intenta mejorar su ánimo y entablar diálogo con él. Ambos resultan personajes completamente planos cuya personalidad no llegamos a ser capaces de conocer por la ausencia de datos: él permanece impasible desde el comienzo al final de la película, con una actitud pasiva, mecánica e indolente que colma la paciencia, y la mojigatería y sobreactuación de ella acaban por resultar exasperantes.

    A lo largo del largometraje abundan escenas cuyo fin es mostrar la paulatina descomposición corporal de Beto, con planos cercanos e inquietantes que pegan al objetivo de la cámara pústulas, costras, llagas, y demás secuelas de la muerte en vida del protagonista: las labores de maquillaje si merecen ovación puesto que, aunque no se trate de una película gore, llega a resultar realmente asqueroso (a mi parecer, excesivamente) presenciar una galería de detalles tan escatológicos. El día a día de Beto, que se maquilla, perfuma e higieniza para esconder su estado de putrefacción, es aburrido por extensión al no incluir novedades interesantes, y al margen de la atmósfera opresiva no existen elementos de sorpresa o de clímax que enganchen al espectador al eje de la trama. A mi juicio, la idea inicial de Sebastian Hofmann hubiese sido mejor plasmada en un formato más breve y menos agotador para el espectador, y tanto un corto como un mediometraje hubiesen representado mejores moldes para transmitir los presuntos terrores y angustias de su director sin bostezos ni pausas. La interpretación de Alberto Trujillo y Lourdes Trueba no tiene un amplio espectro de matices, y las conversaciones carecen de subtexto, trasfondo, pecando de lineales e insustanciales. En definitiva, lo más enigmático de Halley termina por ser su título, que si obtiene explicación, y las promesas o esperanzas de hallar en ella intriga, pánico, existencialismo o repulsión se quedan en humo, dando como resultado una cinta aséptica, intrascendente y completamente prescindible. ★★★★

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Galicia | enviada especial al Festival Cineuropa de Santiago de Compostela.

    Mexico, 2012, Halley. Director: Sebastian Hofmann. Guión. Sebastian Hofmann, Julio Chavezmontes. Productora: Mantarraya ProduccionesMúsica: Akira Rabelais. Fotografía: Matias Penachino. Reparto: Alberto Trujillo, Lourdes Trueba, Hugo Albores. Presentación oficial: 2013: Festival de Rotterdam: Sección oficial largometrajes a concurso. 

    por Emilio M. Luna
    diciembre 08, 2013

    Crítica | Halley

    por Emilio M. Luna | diciembre 08, 2013
    Heli, de Amat Escalante

    UNAS POCAS LLAMAS Y MUCHAS CENIZAS

    crítica de Heli | Amat Escalante, 2013

    48º Festival de Karlovy Vary

    En el palmarés del último festival de Cannes, la mayor sorpresa tuvo lugar en el apartado al mejor director, premio que fue a parar al mexicano Amat Escalante por su trabajo en Heli. Efectivamente, los demás premios se correspondían bastante bien con el parecer de prensa y público a lo largo de los once días que duró el certamen: en cambio Heli, proyectada en la primera jornada competitiva, había sido acogida con dureza y frialdad, aunque ciertamente varios medios destacaban su valiente labor de dirección. Pero más curioso es mencionar la analogía que algunos realizaron con la obra de Carlos Reygadas, que ahora coproducía el esfuerzo de su compatriota tras alzarse con el mismo premio en la edición anterior del festival por una cinta igualmente cuestionada. Coincidencia o no, este dato revela un gran aprecio por el reciente cine mexicano, al menos en el jurado de la Croisette, así como cierta tendencia de aquel a producir películas controvertidas y llamativas, reflejo hasta cierto punto del convulso estado de su sociedad. Sin embargo, Escalante resaltó en la conferencia de prensa que siguió al primer pase de su película que él no pretendía analizar la situación de su país, sino elaborar un drama ficticio a partir de unos hechos que, eso sí, él se sentía en la responsabilidad de narrar. Además, viendo la película no aparecen tantas similitudes con el estilo de su padrino Reygadas, restándole trascendencia a un relato más intimista que con todo también deja cierto poso.

    En concreto, su protagonismo recae progresivamente en el joven padre de familia que da título al filme, quién vive, además de con su mujer y su hijo recién nacido, con su hermana pequeña y su padre. Los cinco conviven en un pequeño chalet asentado en medio del polvo y la grava, con unas pocas casas en su cercanía y un montañoso desierto en el firmamento: un paraje tan inmaculado como intimidante. El mismo lo recorren diariamente Heli con su bicicleta para ir a trabajar o su hermana andando para ir al colegio, así como para encontrarse con un cadete varios años mayor que ella con el que mantiene una tierna pero reprimida relación afectiva. Aquel comprueba entonces que ella no está aun dispuesta a intimar demasiado con él, y quizás para impresionarla o para financiar cierto proyecto juntos, toma la fatal decisión de sustraer unos paquetes de cocaína escondidos en una caseta. Aunque luego Heli los encuentra guardados cerca de su casa y se deshace cuanto antes de ellos, el mal ya está hecho y enseguida irrumpen en sus hasta ahora tranquilas vidas unos traficantes de droga muy enojados por el destino que ha sufrido su mercancía.

    por Ignacio Navarro
    julio 26, 2013

    Crítica | Heli

    por Ignacio Navarro | julio 26, 2013
    Después de Lucía
    EL VÍA CRUCIS DE ALEJANDRA
    crítica de Después de Lucía | Michel Franco, 2012

    sección oficial | Atlántida Film Fest

         En los últimos tiempos, ante la avalancha de noticias que han bombardeado los telediarios sobre casos extremos de acoso escolar, el cine ha hecho su función de reflejo de la actualidad social con un puñado de películas sobre el controvertido tema del bullying. Desde el verismo de Elephant (2003) de Gus Van Sant, basada en la matanza real perpetrada por dos alumnos inadaptados en el instituto Columbine hasta la terrorífica Déjame entrar (2008) de Tomas Alfredson, pasando por Klass (2007) de Ilmar Raag, muchas cintas han incidido en esta problemática con mayor o menor fortuna. Incluso en nuestro país, José Corbacho y Juan Cruz realizaron su particular aportación en 2008 con la muy fallida Cobardes. Precedida de una buena cantidad de premios, entre los que destaca el de Mejor película en la sección Una cierta mirada de Cannes 2012, Después de Lucía merece, desde ya, un puesto privilegiado entre las mejores aproximaciones que se han podido hacer del bullying en el cine.

    por José Martín León
    marzo 25, 2013

    CRÍTICA | DESPUÉS DE LUCÍA

    por José Martín León | marzo 25, 2013
    Post Tenebras Lux

    ERRÁTICA POR NATURALEZA

    crítica de Post Tenebras Lux, Carlos Reygadas, 2012

    Inauguración de la Sección Oficial | Atlántida Film Fest 2013

          La progresión del mexicano Carlos Reygadas en el comúnmente llamado cine de arte y ensayo ha venido siendo muy clara. Su arriesgada ópera prima Japón (2002) recogió unos cuantos premios a lo largo y ancho del mundo, retratando con original sensibilidad, aunque no sin altibajos, la soledad de un hombre refugiado en un pueblo montañoso. A ella le siguió Batalla en el cielo (2005), en la que quiso rizar el rizo, ahondando en sus componentes obscenos y cambiando la estética pastoril por la urbana, perdiendo en el camino gran parte de su poderío. Pues efectivamente enseguida se ha comprobado que el cine de este director extrae casi toda su fuerza de la naturaleza más primitiva vista como reflejo de las tensiones y pulsiones humanas. Esta retroalimentación se veía así sustituida en esa segunda película por una provocación y un simbolismo que, más que ansiedad y autorreflexión, transmitían desapego y confusión. Quizás consciente de este fracaso, su tercera obra, Luz silenciosa (2007), volvió a situarse en un enclave aparentemente idílico, incluso anacrónico, para contarnos el día a día de una pacífica familia, con especial interés por las tribulaciones del patriarca. Lo cierto es que, mediante una puesta en escena tan refinada como volátil, una fotografía ya plenamente naturalizada, y una trama más identificable (reminiscencias de Dreyer incluidas), Reygadas lograba su primera obra maestra.

    por Ignacio Navarro
    marzo 23, 2013

    Crítica | Post Tenebras Lux

    por Ignacio Navarro | marzo 23, 2013

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