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    Gianfranco Rosi
    Gianfranco Rosi

    El buitre y la niña

    Crítica ★★☆☆☆ de «Notturno», de Gianfranco Rosi.

    Italia, Francia y Alemania, 2020. Dirección: Gianfranco Rosi. Producción: Stemal Entertainment, 21Uno Film. Montaje: Jacopo Quadri, Fabrizio Federico. Fotografía: Gianfranco Rosi. Sonido: Gianfranco Rosi. Duración: 100 minutos.

    Últimamente he estado pensando mucho en Cafarnaúm. Será porque cada vez que paso por delante de la Sala Grande del Lido veo a su directora, Nadine Labaki, mirarme con intensidad mientras reivindica, desde el plano de un anuncio de Mastercard, «el poder del cine para cambiar el mundo». Cafarnaúm fue «la película que hizo llorar a Cate Blanchett», que le otorgó el Premio del Jurado en Cannes, en 2018. Dos años antes, Meryl Streep, que en aquel entonces presidía el Jurado en Berlín, tuvo una reacción similar con Fuego en el mar, documental de Gianfranco Rosi sobre tantas tragedias humanas que otean diariamente las costas del Mediterráneo. «Urgente, imaginativa y necesaria» o «poesía» fueron algunas de las palabras que Streep usó para describirla. «Poesía» y «urgencia» o «necesidad» no me parecen sustantivos que puedan emplearse para un mismo objeto. No, por lo menos, sin despertar problemáticas. Y así llegamos a Notturno, última película de Rosi, que encabezaron la lista de favoritas de la crítica internacional de la pasada Mostra, solo superada por la Nomadland de Zhao, León de Oro.

    No tengo ninguna seguridad respecto a qué se refería Streep cuando calificó de poética la propuesta anterior del italiano, aunque puedo deducir que se refiere al virtuosismo estético y patético (pathos) que esgrimía el realizador a la hora de encarar a los objetos de su mirada: preciosismo formal unido a un cultivo intenso de los motivos universales del dolor humano. No sabemos de qué hablaba la actriz, pero sí podemos comprobar que la nueva cinta de Gianfranco Rosi ha seguido en la línea de su propuesta anterior. Lo vemos claramente desde la primera secuencia tras los títulos iniciales, en la que nos situamos en las ruinas de lo que fuera un espacio comunitario, quizás de culto. Una serie de planos generales nos van guiando por los corredores y salas, poblados de mujeres que deambulan, vestidas con ropajes largos y velos shayla, todos negros. Son figuras sin una identidad particular, que se mueven erráticas y luego se agrupan ordenadamente en una sala, donde se ponen a lamentarse y sollozar. Una de ellas dice sentir la presencia de su hijo muerto en la habitación y, a medida que las otras abandonan la estancia, esta empieza a rozar con sus brazos y su espalda la pared tras de sí. Más tarde, la misma mujer revisará (nos enseñará) las fotos de la ejecución de su hijo en la horca. Podemos extraer dos ideas de esta secuencia inicial. La primera es que, efectivamente, comunica con inmediatez una noción universal de dolor ligado a la maternidad –un dolor envasado, muy de catálogo de arte– y relaciona esta vivencia, por cuenta de la fotografía y del grupo de lloronas, a un imaginario relacionado a la memoria y a la historia. Los conceptos están claros, sobre la mesa; se da espacio para una lectura teórica, de manual. Además, podemos acercarnos fascinados a la capa visual, amplificada por el silencio, la simplicidad y la desnudez de los elementos en escena: un conjunto de cuerpos negros, fácilmente procesados en abstracto, en un espacio entre lo intrigante y lo placentero por su look ruinoso y mítico. Como una performance de Cunningham o un dripping de Pollock, pero en documental.

    Ahí viene la segunda idea: estas son personas corrientes, no gotas de pintura, ni intérpretes. Une podría suponer que es gente que ha accedido a actuar delante de la cámara de Rosi para denunciar las pésimas condiciones en las que viven. No obstante, no podemos, ni debemos, intentar presuponer que esto es necesariamente así, y ni siquiera debería importarnos si lo fuera. En el terreno del análisis formal, que como crítiques sí dominamos, nos encontramos ante un objeto de consumo de naturaleza puramente estética: una concatenación de bellas formas en movimiento en un plano de color. Un nivel de lectura por encima, una suma de signos cargados simbólicamente: duelo, comunidad, memoria… Superponiendo ambos campos, algo bonito e intelectual. Nos sentimos muy inteligentes y a la vez conmovides por la potencia visual de la mano de Rosi. Sin embargo, no hemos accedido en ningún momento a la realidad humana que corre por detrás de todo este artificio. Aceptamos que encuadrar ya es falsear, escoger, cortar; convertir en objeto y devolver como representación. Pero el grado de regodeo estético de la película dialoga, no con las personas que habitan el cuadro, sino con las ideas que Rosi tiene sobre ellas. Filmarlas, pues, será un ejercicio de coreografía casi hitchockiana: ordenar la realidad profílmica para que obedezca al fantasma que se ha proyectado sobre ella antes siquiera de plantar la cámara. Que tu vida no sea más que un ejemplo.

    por Mariona Borrull Zapata
    octubre 27, 2020

    Crítica | Notturno

    por Mariona Borrull Zapata | octubre 27, 2020
    Fuocoammare

    El pescador en el acantilado

    crítica ★★★★ de Fuego en el mar (Fuocoammare, Gianfranco Rosi, Italia, 2016).

    ¿Es posible hablar de un concepto semejante a la exhibición de la realidad dentro de la narrativa cinematográfica? Si un árbol cae en medio de un bosque deshabitado, ¿produce algún sonido? Este breve experimento filosófico bien puede servir para acercarse con dosis iguales de curiosidad y criterio al cine documental actual. Si bien en algunos de los más exitosos ejemplos de los últimos diez años —véanse Man on wire (James Marsh, 2008), Searching for sugar man (Malik Bendjellou, 2012) o Amy (Asif Kapadia, 2015)— la intención de sus respectivos autores ha sido la de construir un aparato narrativo con un pie en el periodismo de investigación y otro en el thriller, existen ciertos trabajos cinematográficos que han optado por un camino diametralmente opuesto: la proyección de los hechos. En el primer caso, el espectador se deja arrastrar por la curiosidad detectivesca y, todo hay que decirlo, cierto morbo inconfesable ante las fotos de archivo y las anécdotas inconfesables, las derrotas vitales obra de la mala suerte o el deseo autodestructivo. En la butaca, el espectador se torna cómplice de las indiscreciones a las que asiste. Sin embargo, en el segundo caso, la posición de este se acerca más bien a la del testigo. Y esta observación se ejecuta, o al menos esta es la premisa diferenciadora, sin una intencionalidad explícita por parte de la mano detrás de la cámara. Ambos resultados son producto de un mismo proceso: la investigación metódica.

    El director Gianfranco Rosi (Asmara, 1964), respetado por la crítica europea gracias especialmente a su muy interesante Sacro Gra (2013), se adentra en la actualidad más rabiosa, en aquellos acontecimientos que han generado en la opinión pública una tolerancia pasmosa ante el constante encuentro con el horror y la desesperación diseminados a diario. ¿Qué función tiene entonces un enfoque documental en este caso? Nuestro compañero de redacción Víctor Blanes y un servidor atestiguaban, durante la proyección de Fuocoammare en la pasada Berlinale, la encendida reacción de un periodista anónimo, gritando a vivo pulmón “¡pornografía!”. ¿Qué es lo que causó semejante exabrupto? Este filme, cuyo título procede de la canción popular homónima y, sobre todo, de una diminuta anécdota con un poderío digno de la épica clásica —de la que hablaremos más adelante—, es fruto de más de un año de rigurosa observación. Lampedusa, más allá de la remembranza al autor de una de las novelas más brillantes del siglo XX italiano, ostenta en la actualidad un infausto reconocimiento en los medios de comunicación alrededor del globo: esta diminuta isla se ha convertido en embarcadero de una tragedia humana sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Cada día, en un flujo constante, llegan a sus costas en navíos miserables cientos de mujeres y hombres de todas las edades, huyendo de la violencia; situación de semejante magnitud que ha modificado la geopolítica de la zona. Este enclave, el cual Rosi se ha propuesto documentar, funciona como muestra de un conflicto enormemente complejo. Estamos ante la confrontación con una guerra actual; por lo tanto, cualquier artificio estilístico resulta innecesario. El primer plano, precedido por una breve exposición de datos estadísticos, presenta a un niño a las puertas de la adolescencia jugando frente a la costa escarpada. No hay espacio aquí para la música ni, mucho menos, la voz en off. La estampa costumbrista se resquebraja a consecuencia de lo que parece a priori un macabro juego de sarcasmo: la toma nocturna de un barco de salvamento de la Armada Italiana, acompañada de la angustiosa conversación telefónica entre el oficial de mando y el capitán de un bote de refugiados al borde del naufragio. ¿Pornografía? Nada más lejos de la realidad.

    por Luis Enrique Forero Varela
    noviembre 01, 2016

    Crítica | Fuego en el mar

    por Luis Enrique Forero Varela | noviembre 01, 2016
    Kolinka, Hansen y Huppert

    Madame Huppert

    Crónica de la tercera jornada de la 66ª edición de la Berlinale.

    Tercer día en la Berlinale y el festival empieza a coger carrerilla. Los primeros autores de peso ya han enseñado sus cartas y las expectativas generadas por los hermanos Coen y Jeff Nichols han quedado saldadas con variadas opiniones. Hoy nos aguardaba Mia Hansen-Løve, todavía con el éxito de Edén resonando en la distancia (hace apenas 4 meses que nos llegó a las carteleras españolas), dirigiendo a Madame Huppert en una interpretación que esperemos de que hablar estos días. Eso sí, la prensa no se corta en manifestar su opinión a voz en grito al final de las sesiones. Maravillosa espontaneidad como la que ha ocurrido en Fuocoammare (Fire at Sea) donde un periodista, nada más aparecer los títulos de crédito ha gritado ‘pornografía’, imaginamos que aludiendo a las maneras en las que el documental aborda la temática de la inmigración. También se ha dejado ver lo último del ‘ilustre’ Lee Tamahori. Conocido director neozelandés de Muere otro día, Next o xXx 2 de vuelta a ‘sus raíces’, como así lo describía la ficha oficial de la Berlinale. Un regreso algo moroso, un tanto farsante pero que tiene sus defensores. Un retrato patriarcal que choca con el intenso aroma teatral y trágicamente femenino que ha dominado A Quiet Passion, lo último de Terence Davies (de la que aún no podemos hablar en extensión por embargo), alguien del que nunca se puede esperar algo que no posea un carácter solemne y algo melodramático, tan hermético en su estilo que es inevitable que despierte tantas pasiones como rechazos ante la visión tan encorsetada y medida con la que filma sus historias. En este contexto, hay quien ha querido ver una línea temática en el festival estos primeros días que por ahora parece estar siendo dominado por el concepto de familia o la ausencia de ella, desde la mismísima soledad a la que se autoimpone Emily Dickinson en el retrato que Davies hace de ella, hasta el tenso reflejo del miedo paterno que dibuja Jeff Nichols en Midnight Special pasando por familias no buscadas como la de Hedi o, justamente, sociedades patriarcales que empiezan a quedar obsoletas en la sociedad de hoy. Sí, sin necesidad de esforzarse mucho, es cierto que bastantes títulos están hablando, directa o indirectamente de la familia como unidad o de la manera en la que alguno de sus individuos lidia con el resto cuando entra en conflicto. Temas muy en la línea de la Berlinale y que seguro deparará nuevas sorpresas en los próximos días.

    por EAM
    febrero 14, 2016

    Berlinale 2016 | Día 3. Críticas: L'avenir, Fuocoammare, Aquí no ha pasado nada, The patriarch & Eldorado XXI

    por EAM | febrero 14, 2016
    La grande bellezza, de Paolo Sorrentino

    Decadencia y verdad en Roma

    La gran belleza y Sacro GRA. Roma, dos miradas

    Si se pudiera realizar un paralelo entre el periplo de una ciudad –nacimiento, auge y caída– y un hombre, la ciudad sería Roma y el hombre sería Brando. Sería necio hacer un parangón cualitativo entre las dos entidades. Brando es un hombre, Roma una historia. El símil se encuentra en lo que se podría llamar la curva de la vida; una ruta, un sendero, un destino. La figura de Brando, más cerca del mito que de la realidad, se mantiene como el astro que ilumina poco más de un siglo de actuación cinematográfica. Su decadencia fue tan ruidosa como su ascenso; el hombre que fundó una escuela y que influyó sobre las generaciones sucesivas se desmoronó y de él quedaron los vestigios de un gran actor. Sus últimos años vivió de la gloria del pasado (tres o cuatro interpretaciones que permanecen aún hoy como algunas de las más grandes expresiones artísticas de su campo). Lo mismo se podría decir de Roma, cuna de una civilización que determinó el camino de Occidente; su fundación, un mito, su presente, la manifestación de un profundo decaimiento. Como dos astros luminosos que pierden su brillo en el crepúsculo de su vida, Roma y Brando se agazaparon al último fulgor de su llama, itinerario análogo; fundación, gloria y memoria, triángulo de la inmortalidad.

    La dolce vita –una de las obras más influyentes de uno de los artistas más importantes del siglo veinte italiano– es la crítica emblemática de una sociedad, moralmente, corrupta. Esta tradición de denuncia ha persistido, por todo el mundo, con resultados desiguales. Desde La Règle du jeu hasta Post Tenebras Lux, el cine ha expresado desde diferentes puntos de vista y con mentalidades diversas el malestar producido por el mundo burgués; revolución burguesa: red de apariencias, espejos abismales. La reflexión sobre este ambiente dominado por la banalidad y las pasiones más morbosas del ser humano no ha escapado a ojos atentos como los de Buñuel o Antonioni. Ahora le ha tocado el turno a Sorrentino, realizador de una de las obras más celebradas de este año: La grande bellezza. La crítica se ha empeñado en ensalzar un filme más bien mediano. Por una parte, es inevitable reconocer las cualidades de la película de Sorrentino –la más importante: examinar una realidad que más que nunca, hoy, debe ser advertida–. Pero el filme del realizador napolitano presenta muchas debilidades de orden argumental y estético. Sorrentino no es un cineasta creativo ni original. Si Il Divo presagió un inicio incierto, This must be the place lo continúa y La grande bellezza lo confirma. El director napolitano se mueve en una zona pantanosa porque, sospecho, no sabe bien lo que quiere decir ni como decirlo; su cine es un cine de denuncia y nada más; su estética es de un experimentalismo académico. La grande bellezza es un homenaje a Fellini, sí; pero el filme no trasciende su condición de tributo, es la sombra de su maestro. Las coincidencias, de orden argumental y circunstancial, entre La Dolce vita y La grande bellezza, hacen de la cinta de Sorrentino, más que un homenaje, un pastiche. En sentido contrario al autor de moda se encuentra la última obra de Gianfranco Rossi: Sacro Gra. Testimonio de una realidad languidecida por su circunstancia histórica, Sacro Gra es, como La grande bellezza, una denuncia pero una con voz propia. Canto desesperado, grito de desamparo, colapso de una sociedad, en donde el poeta calla para deja hablar a la realidad; imagen de un pueblo en ruinas, reflejo de la miseria espiritual, hundimiento y ocaso de una civilización.

    por Anónimo
    abril 19, 2014

    Panóptico | Roma, entre LA GRAN BELLEZA y el anillo de la autopista sin esperanza

    por Anónimo | abril 19, 2014
    Sacro GRA, de Gianfranco Rosi

    Fresco sobre una ciudad en decadencia

    crítica de Sacro GRA | de Gianfranco Rosi, 2013

    La Sacro GRA es la gigantesca autopista de casi 70 kilómetros que transita y da la vuelta a toda Roma, a la manera de “un anillo de Saturno”. El urbanista Nicolo Bassetti sugirió al director Gianfranco Rossi que la recorriera con su cámara y su contrastado afán documental –su corta filmografía está dedicada al género–. ¿El resultado? Rossi se ha pasado 2 años rodando a lo largo y ancho de la autopista, componiendo un impresionante mosaico de historias que funcionan como cristalina metáfora de una ciudad en problemas. La prueba inicial de la calidad de este documental, primer ganador en su género del León de Oro en la Mostra de Venecia, es que Rossi y su montador Jacopo Quadri han podido condensar ese periodo en unos precisos 93 minutos de transparente buen cine. Un proceso de 7 meses que da como resultado un metraje en el que nada sobra ni nada falta. Sin que el interés quede desregulado respecto a ninguno de los retratos. Fabricando la emoción sin trampas, sólo con una cámara invisible ante la cual todos se muestran cómodos y que captura una cotidianidad hecha de instantes de vida pura y dura. Ni un atisbo de manipulación.

    Es fácil usar como arma contra Sacro GRA el hecho de que hemos visto algunos de sus retratos (el médico de ambulancias bondadoso, las prostitutas lumpen) en programas de televisión de corte sensacionalista, pero en esta película el poder está en el conjunto. Todas las partes suman y el trenzado está realizado a la perfección. El montaje salta de una historia a otra de forma limpia, componiendo poco a poco una imagen tridimensional sobre la desaparición de la clase media en Italia y el ánimo de sobrevivir de un puñado de luchadores. No se enfatiza ni subraya nada. No hay intervención por parte de Rossi en el que es su cuarto largometraje. Ni siquiera las zonas están emplazadas. El trabajo de sacar las conclusiones es nuestro, como espectadores. En cierta forma, el realizador está moviéndose casi en el terreno de la abstracción, arraigada en seres de carne y hueso. Así de grandiosa es su hazaña. Un mérito que muchos espectadores parecen haber captado, a tenor de la espectacular taquilla que la película ha hecho en Italia. Otra cima inédita para un largometraje documental.

    por Anónimo
    diciembre 10, 2013

    Crítica | Sacro GRA

    por Anónimo | diciembre 10, 2013

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