Decadencia y verdad en Roma
La gran belleza y Sacro GRA. Roma, dos miradas
Si se pudiera realizar un paralelo entre el periplo de una ciudad –nacimiento, auge y caída– y un hombre, la ciudad sería Roma y el hombre sería Brando. Sería necio hacer un parangón cualitativo entre las dos entidades. Brando es un hombre, Roma una historia. El símil se encuentra en lo que se podría llamar la curva de la vida; una ruta, un sendero, un destino. La figura de Brando, más cerca del mito que de la realidad, se mantiene como el astro que ilumina poco más de un siglo de actuación cinematográfica. Su decadencia fue tan ruidosa como su ascenso; el hombre que fundó una escuela y que influyó sobre las generaciones sucesivas se desmoronó y de él quedaron los vestigios de un gran actor. Sus últimos años vivió de la gloria del pasado (tres o cuatro interpretaciones que permanecen aún hoy como algunas de las más grandes expresiones artísticas de su campo). Lo mismo se podría decir de Roma, cuna de una civilización que determinó el camino de Occidente; su fundación, un mito, su presente, la manifestación de un profundo decaimiento. Como dos astros luminosos que pierden su brillo en el crepúsculo de su vida, Roma y Brando se agazaparon al último fulgor de su llama, itinerario análogo; fundación, gloria y memoria, triángulo de la inmortalidad.
La dolce vita –una de las obras más influyentes de uno de los artistas más importantes del siglo veinte italiano– es la crítica emblemática de una sociedad, moralmente, corrupta. Esta tradición de denuncia ha persistido, por todo el mundo, con resultados desiguales. Desde La Règle du jeu hasta Post Tenebras Lux, el cine ha expresado desde diferentes puntos de vista y con mentalidades diversas el malestar producido por el mundo burgués; revolución burguesa: red de apariencias, espejos abismales. La reflexión sobre este ambiente dominado por la banalidad y las pasiones más morbosas del ser humano no ha escapado a ojos atentos como los de Buñuel o Antonioni. Ahora le ha tocado el turno a Sorrentino, realizador de una de las obras más celebradas de este año: La grande bellezza. La crítica se ha empeñado en ensalzar un filme más bien mediano. Por una parte, es inevitable reconocer las cualidades de la película de Sorrentino –la más importante: examinar una realidad que más que nunca, hoy, debe ser advertida–. Pero el filme del realizador napolitano presenta muchas debilidades de orden argumental y estético. Sorrentino no es un cineasta creativo ni original. Si Il Divo presagió un inicio incierto, This must be the place lo continúa y La grande bellezza lo confirma. El director napolitano se mueve en una zona pantanosa porque, sospecho, no sabe bien lo que quiere decir ni como decirlo; su cine es un cine de denuncia y nada más; su estética es de un experimentalismo académico. La grande bellezza es un homenaje a Fellini, sí; pero el filme no trasciende su condición de tributo, es la sombra de su maestro. Las coincidencias, de orden argumental y circunstancial, entre La Dolce vita y La grande bellezza, hacen de la cinta de Sorrentino, más que un homenaje, un pastiche. En sentido contrario al autor de moda se encuentra la última obra de Gianfranco Rossi: Sacro Gra. Testimonio de una realidad languidecida por su circunstancia histórica, Sacro Gra es, como La grande bellezza, una denuncia pero una con voz propia. Canto desesperado, grito de desamparo, colapso de una sociedad, en donde el poeta calla para deja hablar a la realidad; imagen de un pueblo en ruinas, reflejo de la miseria espiritual, hundimiento y ocaso de una civilización.