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    Chile
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    Avanzar a contraviento

    Crítica ★★★★ de Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, Chile, 2017).

    Tras su presentación oficial en el Festival Internacional de Cine de Berlín el pasado mes de febrero, Sebastián Lelio apuntaba que Marina, protagonista de Una mujer fantástica, «está totalmente preparada para el mundo, pero el mundo no está preparado para ella». Bien podría servir esta afirmación para condensar la paradoja a la que se enfrenta esta mujer, que es también la encrucijada en la que se encontraba la Gloria interpretada por Paulina García en su anterior película. Se trata de dos mujeres que tanto en alma como en cuerpo se han reafirmado en su libertad como individuos, pero que la sociedad rechaza desde una posición conservadora inamovible. Es justo la metáfora visual que utiliza Lelio en un momento del filme, en el que una ventolera huracanada impide a Marina continuar avanzando por la calle, que lucha por continuar erguida paso a paso. Si en la excelente Gloria el director chileno se recreaba más en la intimidad de esa mujer madura y sus andanzas en busca de la felicidad tal y como ella la entendía, en Una mujer fantástica hace más patente la vertiente social y onírica de esta lucha en la piel de una joven transexual. Y lo hace, ante todo, sin perder de vista esos elementos más íntimos que definen la titánica lucha de Marina. En la búsqueda de su rostro en los espejos se ejemplifican las distintas capas discursivas que explora. En cada reflejo de sí misma que escruta, en cada mirada que se lanza, Marina intenta descifrarse, entenderse, quererse, hacerse fuerte. Ya sea al final del día tras darse un baño y colocar un pequeño espejo circular en el pubis o al cruzarse en plena calle con un enorme espejo. Desde el espacio más íntimo y seguro hasta el más abierto y desprotegido, en cualquier lugar surge esa necesidad de mirarse, de fortalecer el convencimiento de que una es la que es le pese a quien le pese. Pero es difícil esquivar el insulto y mantener la frente alta; es difícil correr a contraviento.

    Como decíamos, Lelio vuelve a escoger a un personaje femenino puesto contra las cuerdas. Así, nos presenta a Marina, una mujer a quien la vida le cambia la noche en que su pareja, 20 años mayor que ella, fallece en sus brazos tras una noche de fiesta. A partir de ese momento, Marina se enzarza en una lucha constante contra los prejuicios y la legalidad de una sociedad que le cierra todas las puertas negando cualquier atisbo de empatía, dispuesta a noquearla. Más aún cuando lo que pretende Marina (interpretada de manera magistral por Daniela Vega, un descubrimiento que rebosa al mismo tiempo fuerza y fragilidad) es despedirse de la persona a la que ha amado durante el último año. La familia de Orlando la margina e insulta. La burocracia alimenta su maquinaria para señalar al individuo más débil y anularlo. Los miedos de toda una sociedad, fruto del desconocimiento, alimentan el odio hacia lo que se nos aparece como diferente, extraño, nuevo. La intransigencia campa a sus anchas. Pero Marina siempre busca la forma de que los problemas no le afecten, de saltar por la ventana y salir volando, de mirar hacia adelante, al fin y al cabo.

    por Anónimo
    octubre 16, 2017

    Crítica | Una mujer fantástica

    por Anónimo | octubre 16, 2017
    Rara

    Retrato de una familia con excesiva familiaridad

    crítica ★★★ de Rara (Pepa San Martín, 2016).

    Hace unas semanas la revista Film Comment publicaba una entrevista a James Gray sobre su visión de las películas que suelen triunfar en el festival de Cannes, fácilmente extrapolable a otros certámenes. La opinión del cineasta de Queens es que tras la deconstrucción narrativa abanderada por la Nouvelle Vague, el cine que más aplauden los jurados y el público asistente a estos encuentros es el que prosigue ese movimiento, consciente de que el relato clásico es una fantasía, y caracterizado por ciertos elementos técnicos como la cámara al hombro o la austeridad estética. Frente a ello Gray defiende una vuelta a la tradición para sacar el máximo partido a su emotividad, pues una vez descubierta su artificiosidad, no tiene sentido quedarse en su negación sino aprovechar su comprobado efecto anímico. Algo de razón tiene si las señas de identidad este cine “social”, “independiente”, “marginal”, “de autor”, etc. se convierten en sí mismas en un patrón que por coherencia reclamaría su propia superación o reformulación, sobre todo si estas historias, a diferencia de las últimas que ha rodado el mentado director norteamericano, tratan temas espinosos de la actualidad que el discurso de la mayoría suele ignorar. Este sería el caso de la homosexualidad, condición tan natural como otras que nos definen y sin embargo objeto aún de prejuicios, trabas y castigos, llegando hasta penas de cárcel o muerte en algunos países. Empero aún en los Estados desarrollados quedan avances pendientes: sin salirnos de la óptica cinematográfica, valga el dato de que ha habido que esperar a este año para que una cinta de esta temática haya sido galardonada con el Óscar a mejor película, si bien este mismo hecho harto publicitado constituye un descuido discutible, ya que en 1968 triunfó Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy, John Schlesinger). Por exigencias comerciales de entonces ésta debía difuminar la orientación de su protagonista, pero al mismo tiempo era bastante más transgresora que la recién estrenada Moonlight (Barry Jenkins, 2016).

    Presentada el año pasado en la Berlinale, con un foco menos mediático y aún más liviano se inscribe Rara, la ópera prima de Pepa San Martín, cineasta chilena curtida como ayudante de dirección que tras varios cortometrajes ha dado ahora el paso al largo. Para ello se inspira en la historia real de una juez de su país a quien le retiraron la custodia de su descendencia por su lesbianismo, que por cierto comparte la propia directora y coguionista, aprovechando así todos estos elementos biográficos para contarnos un drama sentido y verosímil. En concreto sus personajes principales son la madre y su pareja, las dos hijas de la primera y su ex marido, quien reclama a las niñas cuando una de ellas le confiesa que no se siente muy cómoda en su hogar. Congruente con este estado de cosas, la rareza del título no se refiere a la sexualidad de la madre, sino a los sentimientos de su primogénita, que ve cómo sus amigos y conocidos no se encuentran forzados como ella a salirse de la norma y lidiar con lo que pueda perjudicar la reputación ajena. Con todo, la trama evita el enfrentamiento directo, pues ninguno de estos otros individuos margina o incluso interpela a la joven protagonista por estas circunstancias. En otras palabras, el conflicto es decididamente interno, casi nunca externo. Si surgen discusiones o peleas, lo hacen entre los propios miembros de esta familia cuya pacífica existencia se ha visto alterada por lo que al fin y al cabo es un mero malentendido. O más precisamente lo ha sido por una comunicación errática que San Martín se cuida de contrastar con su presentación inicial, desplegando en ella su experiencia teatral, mediante un largo y armónico plano secuencia de la casa donde preparan la comida y luego la comparten las dos mujeres y sus hijas. Tras ello la narración se vuelve más fragmentada, sucediéndose los episodios en apariencia anodinos mientras las susodichas relaciones se van deteriorando.

    por Ignacio Navarro
    abril 02, 2017

    Crítica | Rara

    por Ignacio Navarro | abril 02, 2017

    Otra vez, los versos más tristes

    crítica ★★★★ de Neruda (Pablo Larraín, Chile, 2016).

    «Los cuatro grandes poetas de Chile
    son tres
    Alonso de Ercilla y Rubén Darío».

    El inigualable Nicanor Parra resumió en este “artefacto” de tres versos toda la controversia respecto a la literatura chilena y la zanjó con un duro golpe de cinismo. El sarcasmo al usar a Ercilla y Darío —español y nicaragüense respectivamente— como máximos exponentes poéticos de Chile, viene de la importancia que las obras de estos dos hombres ejercieron en su pueblo y, además, de la ridícula disputa originada al intentar crear un listado de cuatro nombres cuando son cinco los grandes poetas que han nacido en Chile: Mistral, Huidobro, Pablo de Rokha, Parra y Neruda. Obviamente todo dependía de lo conservador que fuera el clasificador a la hora de dejar fuera a uno u otro. Lo único claro es que Neruda, y puede que Mistral, fueran los dos únicos nombres que se mantuvieran constantes en todas las versiones. Neruda es irrefutable, ya lo dijo, una vez más, su “frenemy” Nicanor en su discurso de bienvenida a la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile: «Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado». Pablo Larraín, como Parra, puede que incluso más que él, conforma un narrador poco fiable, inexorablemente condicionado, en tanto que su discurso depende por completo de otras voces subjetivas debido a que nunca coincidieron en el mismo tiempo y, por lo tanto, el director es incapaz de tener una opinión propia de primera mano. En la complejidad de su discurso, el realizador no busca analizar la obra del poeta. Neruda se erige como un relato fragmentado e inconcluso de la asombrosa vida de un hombre luchador e idealista bajo el estigma del comunismo.

    La película presenta las acciones desencadenantes de que, unos años más tarde, el poeta entablara amistad con Mario, el cartero —El cartero y Pablo Neruda (Il postino, 1994)—. Su gran lucha política como ciudadano chileno culminó meritoriamente en su elección como senador de la república, aunque la flaca recompensa a sus marcadas convicciones llegaría al verse obligado al exilio por las férreas desavenencias con el presidente González Videla, unas rencillas que llegaron a su punto álgido de tensión y elocuencia con la composición y lectura pública de una de sus grandes obras: su particular “Yo acuso”, tras la instauración de la ley maldita. Inspirado por la icónica carta abierta homónima de Émile Zola, dejó contra las cuerdas a un Videla, por entonces presidente de Chile, que no pudo soportar las insinuaciones de nazismo y quien, incapaz de defenderse con la oratoria de una de las grandes plumas por excelencia del siglo XX, puso poco menos que precio a su cabeza. Larraín recrea a un Neruda cansado y aburguesado; cansado por la extenuación intelectual que suponía, tras toda una vida componiendo y luchando por sus dos pasiones: el amor y la libertad, tener que repetir continuamente, y durante 20 años, alguno de sus 20 poemas de amor —en concreto, el número 20—; aburguesado por inercia reconfortante, una situación que le llevó a despertar ciertas hostilidades en miembros de su partido que no veían con buenos ojos su acomodada postura y los lujos de los que gustaba rodearse.

    por Alberto Sáez Villarino
    octubre 22, 2016

    Crítica | Neruda

    por Alberto Sáez Villarino | octubre 22, 2016

    El idioma del agua

    crítica de El botón de nácar (Patricio Guzmán, Chile, 2015).

    El agua es un órgano mediador entre las estrellas y nosotros, nos dice una profunda voz en off mientras divisamos la Tierra vista desde el espacio exterior. Con unas panorámicas vertiginosas, tan bellas que duelen, da comienzo de El botón de nácar, documental firmado por el chileno Patricio Guzmán. Desde el principio es fácil percatarse de que nos hallamos ante una verdadera joya visual, un paseo por las entrañas, los recuerdos y la historia reciente de Chile, enterrada bajo el mar por la dictadura, sepultada por la xenofobia y el imperialismo. Un océano que guarda estrecha relación con la ya desaparecida población indígena, una civilización tranquila y sabia, en eterna comunión y vínculo con el agua. El mismo océano en el que las víctimas yacen con el peso de la injusticia, mientras, quizás, sus almas brillan en alguna constelación lejana. Este proyecto cinematográfico rescata del olvido la historia y el genocidio de los antiguos habitantes de la Patagonia chilena y de los prisioneros políticos asesinados por el gobierno de Pinochet. Únicamente quedan a día de hoy alrededor de veinte descendientes directos, guardianes de su lengua y su memoria.

    Patricio Guzmán deposita en la melancólica voz en off narrativa grabada por el mismo y en una fotografía abrumadora la responsabilidad de contarnos esta historia, tratada con mimo y valentía, con nostalgia y con lirismo. Viajamos por los desiertos, los glaciares y las tierras donde vivían las cinco clases distintas de indígenas —apodados “patagones” por sus grandes piernas—, imágenes completadas por los testimonios personales de los familiares directos, cuyas palabras se abren en nuestros oídos como auténticos tesoros. Los entrevistados nos cuentan el profundo respeto que su extinto pueblo tenía por la naturaleza, la devoción que profesaban al agua como concepto inseparable de la vida. Buceaban para conseguir marisco con siete años, llegaban a la vida adulta remando. El título procede de una anécdota histórica significativa: la debacle para indígenas comenzó cuando Jimmy Button, a principios del siglo XIX, dibujó los mapas que propiciarían la llegada de los colonos. Uno de los indígenas partió hacia Inglaterra en barco a cambio de un botón de nácar, navegando metafóricamente desde la Edad de Piedra a la Revolución Industrial. Al volver a su tierra natal, hablaba la mitad en idioma nativo y en inglés y ya nunca volvió a ser el mismo. Aunque la Revolución de Salvador Allende devolvió a los habitantes de la Patagonia las tierras usurpadas, la desaparición de los Pueblos del Sur había dado comienzo, un final triste que se cebó con su cultura y su identidad durante la dictadura de Pinochet. Dosificando los tiempos con esmero, haciendo gala de una plástica viva y elegante, Patricio Guzmán es capaz de descubrirnos a la vez el horror del exterminio y la espiritualidad ancestral de una cultura en paz con la naturaleza. Un pueblo que no tenía miedo al mar, pues el mar era su familia. Un pueblo capaz de predecir las inclemencias meteorológicas y que soñaba con que su alma, tras la muerte, se quedase en la luz de las estrellas.

    por Anónimo
    noviembre 26, 2015

    Crítica | El botón de nácar

    por Anónimo | noviembre 26, 2015
    El club

    Impenitencia

    crítica de El club (Pablo Larraín, 2015).

    El buen rendimiento de un perro de carreras requiere un entrenamiento de disciplina inquebrantable. Palo y zanahoria. Así lo testimonian las escenas de El club en las que el padre Vidal ejercita a su galgo a base de hacerle perseguir sin descanso un reclamo atado al extremo de una vara. El cánido se emplea a fondo dando interminables vueltas en círculo alrededor del religioso, obcecado en atrapar de una dentellada el premio que nunca dejará de escapársele. Al servicio de un amo ambiguo entre lo amoroso en su relación con el animal y lo abusador en su forma de utilizarlo para su propio beneficio en el canódromo. Ahora bien, imaginen por un momento que ese perro deja de comportarse como un perro y se rebela contra el amo. Renuncia a su adiestramiento ciego y, quemado por años de abuso, se convierte en una mala bestia. Un ser de planta salvaje que parece dispuesto a soltar el mordisco rabioso en cualquier instante. El perro difícilmente terminará en eso, porque, como ya contó Bresson en El azar de Baltasar, se puede buscar en los animales domesticables una especie de santidad que los dispone a aguantar estoicamente los golpes. A asumir sin rechistar su condición de criaturas a merced de la mezquindad y la violencia humana y cerrar su existencia cuando es más útil acabar con ellos que aprovecharse de sus servicios. Pero si ahora hacen el esfuerzo de imaginar a un colega de profesión del padre Vidal que aplicó la estrategia del palo y la zanahoria con un monaguillo en lugar de con un galgo (y con intenciones más sórdidas), entenderán cuál es el cogollo de la nueva película de Pablo Larraín. La bestia humana (de la que cuesta imaginar que un día fue un niño inmaculado) que vuelve para pedir cuentas al causante de su condición degenerada. Al cura que le obligaba a dar vueltas en círculo en pos de una santidad quimérica atada a lo alto de un palo, siempre al son de la misma melodía: «Métetela en la boca. Trágate sus fluidos. No es pecado si son fluidos santificados por Dios».

    La cita es desagradable, lo sabemos. Pero hablamos de una película que, sin ser plásticamente explícita, no tiene reparo en hurgar en el feísmo de la realidad que retrata. La cara más degenerada de la Iglesia católica, que esconde a sus ovejas negras tras excomuniones y reclusiones en casas rurales donde les sufragan una vida de supuesta penitencia y arrepentimiento. En el club que da nombre a la película conviven un cura abusador de niños, uno cómplice en robos de bebés, otro compinchado con la dictadura de Pinochet y un cuarto al que los estragos de la edad han convertido en un penitente sin memoria (si es que tal figura es posible). La llegada de un quinto, también pederasta, provoca que una de sus antiguas víctimas, el mencionado monaguillo convertido en mala bestia (o ángel negro, según lo define el cura sin memoria), se presente ante la puerta del club que habitan y recite en voz alta los rituales de violación a los que le sometía el párroco. Las consecuencias de este hecho desencadenan la visita de un burócrata del Vaticano, renovador idealista de la Iglesia, que junto al espectador va desempolvando los antiguos pecados de los habitantes del club. Desde este punto, la cinta va desvelando su jugada maestra. Su huida de toda truculencia para, por el contrario, moverse al ritmo de las rutinas de los clérigos exiliados y la monja que ejerce de dudosa carcelera (porque, a efectos prácticos, es más bien una protectora interesada). Comer, dormir, rezar, cantar, algo de trabajo en la huerta, entretenerse llevando a su perro a las carreras de galgos... Larraín colorea el cuadro con un estilo aséptico, descuidado. Una fotografía de azules gélidos que se deja corromper por los reflejos de la luz solar, de grandes angulares para rodar las escenas de interior que deforman perceptiblemente las líneas. Una puesta en escena que deja ver la apatía de las playas lúgubres, las casitas monótonas del pueblo, la ingratitud del trabajo de sus pescadores.

    por Miguel Muñoz Garnica
    octubre 16, 2015

    Crítica | El club

    por Miguel Muñoz Garnica | octubre 16, 2015
    Naomi Campbel

    Buscando a Yermén

    crítica a Naomi Campbel (Camila José Donoso y Nicolás Videla, Chile, 2013).

    Digámoslo de entrada para despejar todas las dudas cuanto antes: Naomi Campbel no trata sobre Naomi Campbell. No se ve ni una sola estampa de la modelo londinense. En cambio, la primera película de los directores chilenos Camila José Donoso y Nicolás Videla trata por todos lo medios encontrar a su protagonista en la imagen, verla frente a frente, mientras ella también intenta encontrarse a sí misma. Yermén Paula Dinamarca es una mujer transexual que desea terminar su proceso de transformación y formación de la persona que quiere ser mediante la culminación de la operación genital. La incomprensión, la exclusión social y los interrogantes sobre su identidad son los monstruos contra los que tendrá que luchar.

    El metraje empieza con las imágenes de una calle vacía que graba Yermén con su videocámara. Tardaremos todavía unos minutos en acercarnos al personaje. Yermén se nos muestra a medias: de lejos en la consulta del médico, oímos su voz mientras le pregunta al doctor, tumbada de lado en su cama o la mitad de su reflejo en el espejo de una caja de música. Donoso y Videla plantean la película como un conocimiento paulatino de Yermén a través de una realización naturista, cuasi pedestre. Mientras que ella, al mismo tiempo, se va conociendo con su cámara y nos presenta su manera de ver el mundo. De este modo, los directores proponen un viaje hacia el conocimiento y la comprensión de un personaje que vive en los márgenes de la sociedad, incomprendida incluso por los incomprendidos. Es como si los directores cogieran la mano del espectador y lo llevaran hacia la empatía de un personaje que transpira verdad. Existe, pues, una clara planificación en el acercamiento a Yermén a través del encuadre y una voluntad de marcar un tempo in crescendo en cada escena. Solo podremos verla de frente, mirándonos a los ojos y andando decidida por las calles de una comuna de La Victoria, cuando se haya encontrado a ella misma, cuando la aceptación parta del personaje y no necesariamente del patio de butacas.

    Resulta más que interesante que esta búsqueda de la identidad se produzca en una obra que transita entre la ficción y la realidad, evitando situarse en uno de estos dos ámbitos y, por tanto, desprovista intencionadamente de una clara identidad narrativa clásica. Así, el diálogo entre ambas fuerzas se produce más allá de la dualidad entre las imágenes de la videocámara y las rodadas y montadas por los directores. ¿Qué hay de verdad y qué de guión en Naomi Campbel? Esta realidad ficcionada, o ficción con toques de realidad, constituye el verdadero corazón del proyecto fílmico. En Naomi Campbel todos los personajes van en busca de su yo. La amiga de Yermén, que se hace llamar Naomi Campbell porque quiere parecerse a ella (de ahí el título del film), ha encontrado su identidad en la consecución de la mimetización física con la modelo, aunque esta forme parte de su imaginario; las vecinas y amigas de Yermén, víctimas de la dictadura, encuentran en la verbalización de su horror el camino para reivindicarse a sí mismas, aunque sea en el terreno privado: su voz se convierte en la vertebración de su identidad. Y en tercer lugar está Yermén Paula Dinamarca. Todo en ella respira veracidad: ni un gesto es impostado, ni una mirada forzada, ni una palabra parece guionizada. El gran acierto de la cinta, a parte de una huida de los tópicos de la transexualidad, reside en la autenticidad de la puesta en escena y de la dirección de actores. Solo de este modo logramos descubrir cómo unos personajes en los extremos de la sociedad libran sus pequeñas grandes luchas para lograr aceptarse y que les acepten. Y mientras, de fondo, la música suena; mientras, de fondo, la vida pasa. | ★★★★★ | 

    Víctor Blanes Picó
    Enviado especial a la XXI edición de L'Alternativa


    Ficha técnica
    Chile, 2013, Naomi Campbel. Dirección: Camila José Donoso, Nicolás Videla. Guión: Camila José Donoso, Nicolás Videla. Productora: Cusicanqui Films. Fotografía: Matías Illanes. Montaje: Daniela Camino y Nicolás Videla. Reparto: Yermén Paula Dinamarca, Ingrid Mancilla, Josefina Ramírez, Camilo Carmona.

    por EAM
    noviembre 24, 2014

    (Alternativa 14) Crítica | Naomi Campbel

    por EAM | noviembre 24, 2014
    Matar a un hombre

    Lobos de bosque… y de ciudad

    crítica a Matar a un hombre (2014), dirigida por Alejandro Fernández Almendras.

    La inseguridad probablemente siga siendo uno de los mayores problemas que sufre gran parte del continente americano. Aún cuando muchos de sus Estados luchan por desvincularse definitivamente de su pasado autoritario y militarista, hay rencillas aún abiertas, procesos pendientes, sucesos que vuelven a la luz y sobre todo ese sentir general de que las nuevas fuerzas del orden difícilmente pueden lidiar con una violencia omnipresente. Violencia que muestra muchas caras: la de los tiroteos en la calle, la de los ajustes de cuentas entre narcotráficos o la de los secuestros y las rebeliones, pero también la de la corrupción, la amenaza y el maltrato. Y con el convencimiento de que la respuesta de las autoridades permanecerá ausente o será ineficaz. El problema es que cuando dicha reacción sí llega, suele ser desmedida, intentando contrarrestar con ejemplo y visibilidad su aislamiento, lo cual sin embargo también genera desconfianza hacia el poder. Ya sea por una cosa o por otra, se delinea un círculo vicioso por el que incluso los ciudadanos a priori respetables deciden tomar el camino de la ilegalidad para resolver sus problemas. Que a veces no van más allá de proteger su casa, su familia o su trabajo. Pues bien, la cinematografía latinoamericana se ha hecho eco de este turbio panorama, destacando quizás en los últimos años un título por encima de todos: Sonidos de barrio (O Som ao Redor, Kleber Mendonça Filho, 2012). Esta película procedente de Brasil, rodada en las calles y apartamentos de Recife, transmite con gran desasosiego la atmósfera de recelo y temor que inhibe a sus habitantes. Es una historia coral que encuentra un brillante equilibrio entre el comentario social y la motivación individual de cada personaje.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 14, 2014

    Crítica | Matar a un hombre

    por Ignacio Navarro | noviembre 14, 2014
    El árbol magnético

    El principio del final abierto

    crítica de El árbol magnético | dirigida por Isabel de Ayguavives, 2013

    Así es: con el ir y venir a prisa y corriendo, con el paso de los años, uno se vuelve remiso a recuperar determinadas gestas ocurridas en lugares felizmente reconocibles tiempo atrás; situaciones que, vistas desde la presunta quietud que aporta la madurez, avergonzarían al mismísimo Errol Flynn. Al fin y al cabo por muchas generaciones que nazcan y pasen y más o menos vivan sus vidas, nadie conseguirá librarnos nunca del pudor más atávico. Esa autoindulgencia que institucionaliza el olvido o, en su (peor) defecto, el miedo a recomponer tormentas no tan pasadas. De ahí que la memoria, a petición del usuario que aún conserva un poco, escanee de vez en cuando sus miles y miles de episodios y seleccione antiguos traumas como quien edita —auriculares en oídos y tijeras en software— un medley biográfico, un remix con sus mejores demonios adolescentes y un buen puñado de alegrías hipertrofiadas, que permanecerán escondidos en los más profundo del armario. A buen recaudo, se supone. Y en tributo a la familia, o lo que quede de ella: aquí, ya en Chile, un grupo de viejos conocidos desconocidos que se reúne por última vez en la casa de campo que recién ahora deciden poner a la venta porque maquillar la distancia, física y emocional, ya no es óbice para reconocer sus miserias personales. La abuela se hizo mayor; su lucidez, intermitente. Ya casi dejó de hablar, ya dijo tanto que hoy le basta con una caricia. Los nietos también pegaron el estirón y aun pudiendo hablar a gusto, a veces piensan que no, que mejor callar o tirarse al río, a ver si pescan un pez o un resfriado. A uno, del segmento medio, o sea ni joven ni viejo, su mujer le dice que está muy gordo. Y él le echa la culpa a la genética. Y qué va, no no, le responde su cariñosa mujer con el beneplácito de su hija, la muy protagonista Marianela (Manuela Martelli), no es genética si te comes los bollos a pares, estilo Antonio Cassano, que cuando jugaba en el Real Madrid se comía hasta los banderines. A saber: croissants y donuts y galletas bañadas en tazones de Nesquik. Tiene un cuñado que es un Sherlock Holmes de la vida en general, un sabelotodo inofensivo que podría argumentar incluso sobre la "enigmática" procedencia de los tomates cherry de las ensaladas de McDonald's.

    Con todo, los niños se aburren y han de pasar un día al aire libre (sin videoconsolas ni pataletas narcisistas), entre moscas y paredes desconchadas, retratos en sepia y pies de cama que amanecen fuera del redondel dibujado con tiza en el suelo: aquel lugar recóndito, en Chile, es una zona magnética donde todo es movido por algo, quizá una fuerza insondable y telúrica, que trasciende las leyes de la gravedad, o al menos las reformula con toques de realismo mágico. Cada uno sufre lo suyo, a mi manera. No está la vida para bromas. Pero aquí lo verdaderamente importante es el primo que aterriza por vacaciones, cuya experiencia en mudanzas —estuvo viviendo en Alemania, desde donde emigró a Madrid, su actual residencia, y ya planea irse a Irlanda a beber pintas de Guinness y a leer el Ulises de Joyce mientras toma notas y lo subraya obsesiva y compulsivamente, a lo David Foster Wallace, poseído por el espíritu del Trinity College— no admite discusión. (Esto último es mentira: Bruno [Andrés Gertrudix] es técnico de placas solares y en ningún momento dice nada que invite a pensar en fanatismo bibliófilo. Cabe mencionar, si acaso, su pintoresca visión de la meteorología. ¿Qué lugar sino Dublín, principal destino turístico de los que buscan sol, donde por cada rayo que incide en la superficie se cuentan seis chaparrones, elegiría un ingeniero en Energía Solar para vivir unos meses y quién sabe si toda una media vida larga?)

    por Anónimo
    julio 31, 2014

    Crítica | El árbol magnético

    por Anónimo | julio 31, 2014
    Crystal Fairy

    Aluminosis hemisférica

    crítica de Crystal Fairy and the Magical Cactus, de Sebastián Silva, 2013

    El tema del viaje como metáfora de búsqueda y descubrimento —de uno mismo, del mundo o del otro— es tan antigüo como las primeras civilizaciones. Es uno de los grandes temas de la literatura universal —religiosa, mística, alegórica, etc.— y ha sido inspiración de algunas de las cimas creativas del genio humano. Desde el periplo homérico hasta el itinerario interior que es Rayuela, sin olvidar, el viaje de viajes, la Divina Commedia, el testimonio de nuestro deambular por este mundo ha sido una de las mayores inquietudes del intelecto humano. El cine también se ha hecho presente; desde la epopeya pesimista de Kubrick (2001: Odisea en el espacio) hasta las revelaciones sexuales de Cuarón (Y tu mamá también), los cineastas han reconocido un manantial en el andar vagabundo del hombre. A despecho de esto, el cine no ha explorado la complejidad de esta alegoría; es una lástima, la existencia del viajero, es, tal vez, aquella que expresa mejor nuestro peregrinaje por el mundo; no por nada Bolaño decía que entre la literatura, la vida y el viaje la experiencia fundamental no es diversa. Somos transeúntes sempiternos. El cine, en mi opinión, se ha mantenido cauto a la hora de afrontar el reto de dibujar o redibujar la odisea humana, fuente de infinitas posibilidades. El viaje es una experiencia arquetípica común a todas las culturas, no solo es un tema literario, es una práctica espiritual. La peregrinación cristiana o la introspección budista son tentativas por conocernos, por reconocernos. El tema del viaje no envejece, es atemporal, o, por decirlo de otra manera, es siempre moderno. Mientras haya sociedades que evolucionen, habrá interpretaciones, o, mejor dicho, re-interpretaciones del periplo humano. En este contexto se inscribe la obra de Sebastián Silva, Crystal Fairy retoma el tema que más que una antigualla se muestra, una vez más, como una tierra fértil y fresca. El filme de Silva comienza muy bien y, sin exagerar, podría decirse que tiene un inicio excelente; mas mantener un paso así puede comprometer la pericia del director para el resto de la película. Este fue el caso de Crystal Fairy, filme que en primera instancia parece denunciar a la sociedad occidental —poniendo como ejemplo antonomástico a un chico americano— y que, posteriormente, pierde su fuerza crítica para entrar en un discurso pantanoso para terminar con un fin, simplemente, huero.

    por Anónimo
    abril 18, 2014

    Crítica | Crystal Fairy and the Magical Cactus

    por Anónimo | abril 18, 2014

    Jodorowsky se desnuda con un realismo mágico

    crítica de La danza de la realidad | de Alejandro Jodorowsky, 2013

    «Prefiero dar al espectador una pizca de LSD que 50 litros de Coca-Cola; prefiero lanzarme y adentrarme en las profundidades del océano hasta tocar el fondo, que caminar sobre la superficie del océano; y finalmente me pregunté: hago una película para ganar dólares o hago una obra artística. Sacrifiqué los dólares.» Con estas breves palabras el director, quien ya había mostrado su cara más divertida y alocada vertiente en su odisea sobre Dune hacía dos horas, se ganó una vez más al público del festival de Sitges. Después de 23 años sin dirigir ningún largometraje, Jodorowsky presentaba La danza de la realidad, una película parcialmente autobiográfica sobre su niñez y sobre la influencia de la figura de su padre en su vida. Sin duda, estamos, posiblemente, ante su filme más personal. Impregnado con las marcas de autor y estilo clásicas del realizador chileno. Una obra donde se desnuda emocionalmente y nos muestra todas las inquietudes que le han perseguido durante su vida.

    por Unknown
    enero 10, 2014

    Crítica | La danza de la realidad

    por Unknown | enero 10, 2014
    Blue Heron
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