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    Karlovy Vary 2015
    Karlovy Vary 2015
    Sutak

    No es posible descender dos veces el mismo río

    crítica de Sutak, nómadas del viento (Sutak, Mirlan Abdykalykov, Kirguistán, 2015).

    Debut tras las cámaras del actor Mirlan Abdykalykov, hijo de Aktan Arym Kubat –uno de los pocos autores con cierta proyección internacional de una cinematografía tan ignota como la de Kirguistán, y coguionista de la obra–, Sutak, nómadas del viento (2015) es un delicado poema panteísta que, merced a su sencillez argumental y a su exuberancia visual, ofrece una mirada llena de ternura y melancolía sobre un estilo de vida, el de los nómadas de Asia Central, irremisiblemente condenado a la extinción. Sin duda, solo por el hecho de ser una de las pocas películas con distribución en España de un país tan desconocido en nuestros lares, el cinéfilo más engagé debería verla “obligatoriamente”. Pero es que, además, se trata de un filme que, sin lograr –ni pretender–, pasar a la historia del séptimo arte, consigue llevar a cabo con elegancia e inteligencia la difícil pirueta de mezclar un drama intimista y familiar con un documental antropológico y con una reflexión sobre el sentido de la vida que conmueve hondamente al espectador sin alardes melodramáticos ni giros sorpresivos. De hecho, Abdykalykov hace buena la máxima de “menos es más”, pues gran parte del acierto de la cinta radica en el empleo de una anécdota mínima para extraer, a partir de ella, toda la carga sociológica y existencial que atesora.

    Varios son los recursos discursivos que el realizador emplea con este propósito. De un lado, está su condensación espacial, puesto que la pieza transcurre íntegramente en el majestuoso valle que cobija la yurta de una familia kirguís compuesta por el patriarca del clan, Tabyldy (Tabyldy Aktanov), su esposa Umsunai (Jibek Baktybekova), su nuera Shaiyr (Taalaikan Abazova), y sus dos nietos: el veinteañero Ulan (Myrza Subanbekov), que está estudiando en la gran ciudad, y la pequeña Karachach (Anar Nazarkulova), verdadera cómplice de su abuelo, y cuya mirada inocente y pura es la que adopta el director para transmitirnos la visión del mundo emanantista, o incluso animista, que posee la etnia a la que se adscriben. También, y siguiendo con dicha idea de mínimos, solo hay un único personaje adicional a lo largo del metraje, Ermek (Jenish Kangeldiev), sintomáticamente encargado de la estación meteorológica que se asienta en el valle, y del todo ajeno a las costumbres de la familia protagonista; lo que no impide su enamoramiento de la viuda Shaiyr. En este sentido, la trama no es especialmente sorprendente ni original, lo que puede resultar un lastre para algunos espectadores, pero demuestra, no obstante, el deseo de su creador de ser honesto y llano. Así, la contraposición de dos estilos de vida, en el que uno está absorbiendo al otro, se produce no solo con la latente atracción entre Shaiyr y Ermek –explicitada en una secuencia nocturna de sensual fotografía, lo que le confiere un aire prácticamente pecaminoso–, sino con la visita por las vacaciones de Ulan, que casi ha olvidado las habilidades con las que creció (montar a caballo, cazar…). De esta manera, y mientras se nos narra el verano de este pequeño núcleo familiar y del “intruso” que parece destinado a perturbar su idílica existencia –pues también es portador de la decisión gubernamental de hacer obras en el valle–, inadvertidamente se nos van mostrando los distintos rituales kirguís: su forma de preparar comida, de ofrecer hospitalidad, de cazar, de proveerse de energía, de dar sepultura a los muertos, etc.

    por Elisenda N. Frisach
    agosto 01, 2016

    Crítica | Sutak, nómadas del viento

    por Elisenda N. Frisach | agosto 01, 2016
    Babai

    Ruta y vida sin destinos

    crítica de Babai (Visar Morina, Kosovo, 2015).

    Este año, para la que ya es su sexta edición, el Atlántida Film Fest de Filmin ha diseñado una programación muy actual centrada en la temática europea, dividida en cuatro secciones: política, memoria histórica, generación y fronteras. Su equipo ha argumentado que la situación actual de la Unión merece un enfoque propio y a la vez diversificado, tratando de mostrar a través del cine sus implicaciones en la ciudadanía y sus perspectivas de mejora. Es un planteamiento meritorio y oportuno, tanto más si se considera que fue presentado antes de que el Brexit triunfara en el Reino Unido y se acentuaran los descontentos y las inquietudes. En verdad se antoja imprescindible pararse a reflexionar un poco y valorar en su justa medida lo que la Comunidad nos ha aportado, social, cultural y políticamente, antes de dar vía libre a los euroescépticos. Y para ello deben recuperarse una serie de valores clave que en parte se han perdido, situándose en la cabeza el de la solidaridad. Una solidaridad que debe desarrollarse no sólo entre los Estados miembros, sino entre las organizaciones, los partidos o las propias personas en un plano individual. En este sentido, la degeneración capitalista y desigual en nuestras fronteras comunes ha quebrado esta virtud incluso entre las familias, condenadas a separarse en busca de empleo y futuro. Y se llega todavía más lejos en esta decadencia cuando dos hermanos, un padre y un hijo o un tío y un sobrino ni siquiera confían el uno en el otro. De esta manera descendemos del nivel más macro, el de la solidaridad europea como valor global, al nivel más micro, donde a menor escala se comprueban los mismos problemas de egoísmo y desamparo.

    Es este discurso el que estructura la narrativa de Babai (2015), presentada en el festival de Múnich el año pasado, donde consiguió varios premios, antes de pasar también con éxito por otros certámenes, hasta el de plataforma online donde hemos podido visionarla ahora. Un recorrido festivalero que es la razón de ser de este tipo de cintas, con pocas pretensiones comerciales pero con cierta visión internacional, partiendo de una coproducción en la que dominan aquí Kosovo y Alemania. Por consiguiente la historia transcurre en estos dos países, y en concreto se divide entre los dos para su primera y segunda partes respectivamente. En la primera asistimos a las penurias de un par de familias que conviven en un mismo hogar y sobreviven vendiendo tabaco en la calle, entre otros trabajos precarios. Los ingresos son pues insuficientes para alimentar y alojar a todos sus miembros, de manera que progresivamente éstos van emigrando. Primero fue el marido (Bedri) de la hermana (Valentina) del protagonista (Gezim), al que éste sigue en su exilio, antes de hacerlo su cuñada y su hijo (Nori), mientras el patriarca (Adem) resiste en su tierra natal. Son las vicisitudes del niño Nori las que centran la mayor atención del director y guionista Visar Morina, que demuestra una atrevida madurez en su ópera prima, ya que la dirección de actores infantiles suele conllevar más dificultades y requiere una mano más experta. Ahora bien, el talento natural de su intérprete Val Maloku consiste en desenvolverse con envidiable apatía ante los conflictos que le rodean, desde el reiterado abandono de su padre hasta los quebraderos de cabeza de su tío, de quien se aprovecha para sacar el dinero necesario para marcharse a su vez a Alemania, aunque para ello deba soportar la propia ingratitud de su tía, incluidos el hurto, el engaño y la indiferencia general. En suma, es de admirar que un crío afronte con tanto pragmatismo estas circunstancias, aunque su expresión monocorde no exige mucha guía externa. En otras palabras, Morina insiste en los componentes externos del drama para simplemente situar en su meollo a estos desgraciados personajes y dejarles desplegar su estoicismo, muy a lo Bresson.

    por Ignacio Navarro
    julio 23, 2016

    Crítica: Babai

    por Ignacio Navarro | julio 23, 2016
    The witch

    Tis the eye of childhood that fears a painted devil

    crítica de La bruja (The witch, Robert Eggers, EE.UU., 2015).

    La creencia en la magia negra y su poder para atentar contra la integridad de la ciudadanía respetable, bondadosa, compasiva y, generalmente, católica, fue algo tan extendido y frecuente a partir del siglo XVI que no hubo más remedio que incluirla como una parte regulada de la sociedad, no sólo en los ámbitos jurídico y popular, que por aquel entonces se encontraban estrechamente unidos en sus decisiones, sino también en el académico y cultural. Respecto al discurso intelectual y eclesiástico, la cultura elaboró la cualificación herética de las expresiones concretas de la magia: brujería y hechicería. Ambos conceptos hermanados dentro de un culto supersticioso pero que, no obstante, serían diferenciados por la presencia o ausencia de un pacto como recurso de mediación. Este pacto no sólo suministró la base de la definición legal del delito de brujería, sino que además establecía una compleja relación entre las prácticas paganas con un supuesto culto al diablo para, en primera instancia, obtener de él un estipendio prefijado —salud, dinero, amor…— a cambio de la servidumbre eterna en el averno después de la muerte. En cualquier caso la presencia de ese ser demoníaco, representado con la figura masculina y poderosa, era condición sine qua non para la existencia de la bruja, cuyo vínculo con el sexo femenino impedía que se le otorgaran unos valores potestativos absolutos. Y aquí es donde entra en juego la cabra, Black Phillip, en la ópera prima de Robert Eggers: La bruja (The Witch), un animal que se apodera de toda la tensión en este thriller psicológico y establece una correlación absoluta entre lo místico y lo terrenal.

    La trama se contextualiza en 1630, el término caza de brujas había sufrido un cambio conceptual bastante significativo, dejando de ser una persecución masiva contra todo un colectivo —algo que volvería a tomar fuerza posteriormente en el ignominioso juicio contra las brujas de Salem— para ocuparse de casos individualizados, aunque con mucha mayor recurrencia. Aquí se evidencia el claro oportunismo despótico de incurrir en la villanía de arruinar la vida de tu vecina, llamándola bruja públicamente por cualquier malentendido o disputa. Los fallos en los sistemas políticos de gobierno y los extremismos religiosos son puestos en evidencia desde la secuencia de apertura, en la que se aprecia a una familia siendo expulsada de una colonia de ingleses a causa de unos choques irreconciliables en la interpretación de los evangelios. Desde ese momento, el matrimonio formado por William y Katherine se traslada a vivir a una cabaña en el bosque junto a sus cinco hijos. A partir de entonces, una serie de penosas situaciones perseguirá a la familia, que verá como sus tierras son incapaces de proveerles alimentos debido a una falta de fertilización. Como era costumbre, todas estas vicisitudes serán asumidas por la familia como un castigo divino o, acaso, por una intervención de fuerzas oscuras conjurándose para actuar en su contra. Entonces llega el suceso desencadenante del estallido psicótico y la histeria colectiva tan definitoria de este tipo de situaciones. Mientras la mayor de los hermanos juega con el bebé recién nacido, éste desaparece de manera inexplicable y, pese a que los padres se ven obligados a aceptar por amor fraternal la teoría de un lobo secuestrador, la inocencia espiritual de Thomasin será puesta en tela de juicio y se la someterá a un concienzudo escrutinio constante en cada una de sus acciones. Finalmente, el ser humano termina creyendo lo que sus ojos se esfuerzan en mirar, aunque sea en un débil espejismo que se moldea con la misma forma de nuestras obsesiones.

    por Alberto Sáez Villarino
    abril 27, 2016

    Crítica | La bruja

    por Alberto Sáez Villarino | abril 27, 2016
    Mississippi Grind

    Carretera y Woodford. Destino: Nueva Orleáns

    crítica de Mississippi Grind (Anna Boden & Ryan Fleck, EE.UU. 2015).

    David Simon, el mejor narrador del siglo XXI, nos enseñó el camino… y la meta: Nueva Orleáns. Una de las ciudades con más mística de Norteamérica, cuyo aliciente reside en lo que fue y en su rica herencia musical. El exreportero de The Baltimore Sun nos hace recorrer las entrañas de una ciudad marcada por su decadencia, el escaso celo de las instituciones por su legado cultural y un huracán que mostró las vergüenzas del país más potente del mundo. Con Laddona, David, la abogada Tony o Antoine Batiste vivimos en The Crescent City durante cuatro magníficas temporadas. Nueva Orleáns es el destino, por el romanticismo que evoca la literaria construcción que, los que nunca estuvimos allí, nos hacemos de su geografía y sus gentes. Cinematográficamente hablando es la ciudad de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo (1951) y de la poética de la derrota de The Cincinnati Kid (1965). ¿Quién no querría pasear por sus calles? A esta urbe del Delta del Mississippi, precisamente, querían llegar los directores Anna Boden y Ryan Fleck. Se puede afirmar que en cierto modo lo consiguen, al menos de forma geográfica. Pero se quedan lejos de una evocación tan trascendente como la de Simon (lógico). Mississippi Grind tiene los ingredientes perfectos para los amantes del atlas de la esencia Americana: dos gamblers, uno guapo y atractivo y el otro feo y endeudado, se conocen en una partida de póquer y hacen migas. Ryan Reynolds hace las veces de vividor capaz de encantar a una serpiente y Ben Mendelsohn no deja de ser un ludópata capaz de vender a su propia madre con tal de jugar otra mano. Una pareja que no duda en coger carretera para jugar la partida de sus vidas. Un dueto de bohemios de tragaperras y escaleras de color.

    El tándem de realizadores formado por Fleck y Boden resuena como un eco en nuestra memoria. Casi desaparecidos desde hace nueve años, cuando estrenaron la meritoria Half Nelson (2008). Una rosa con espinas que le valió a Gosling su primera y única nominación a los premios de la Academia. Aquel retrato de un profesor de instituto enganchado a las drogas los situó en el punto de mira de la industria. Quisieron aislarse del foco mediático y muchos les perdimos de vista. En esta ocasión, sin embargo, el perfil bajo que venían guardando desde hace algo más de un lustro se vio alterado por la presencia de los citados Ryan Reynolds y Ben Mendelsohn. Ambos dan vida a unos personajes muy bien construidos, angulosos, especialmente Gerry (Mendelsohn). Como si de cerrar un círculo creativo estuviesen tratando, la adicción vuelve a tener un papel destacado en este trabajo. Con menos acierto y peor juicio que en Half Nelson, abusando del tópico. Vicio que, paradójicamente, solo afecta a la historia pero no a los personajes. Sin duda la caracterización y el desarrollo de los protagonistas constituyen una de las principales virtudes de la película, amén de su envolvente ambientación. En eso juega un factor clave la banda sonora; enriquecida con los mejores temas de la tradición popular norteamericana. Una vez que Reynolds se deshace del odioso casete que enumera las 100 claves para ganar una partida de póquer, los directores nos hacen cruzar el horizonte al ritmo de Paul Jones, James Hand, Big Bill Bronzy, Furry Lewis… Componentes que nos trasportan a una atmósfera a la que muchos ya estamos predispuestos. Desafortunadamente con todo preparado y orquestado para que el espectador sucumba a la explosión de la América de carretera el detonador se para; para cuando se vuelve a poner en marcha la pólvora está mojada. Un final inesperado y un una retahíla de temazos consiguen, al menos, reconciliarnos con una película de ambiciones humildes. 

    por Anónimo
    enero 25, 2016

    Crítica | La última apuesta

    por Anónimo | enero 25, 2016
    Sleeping with other people

    La accidentada búsqueda de la madurez

    crítica de Sleeping with Other People (Leslye Headland, EE.UU., 2015).

    Muchos recordarán Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989) como aquella película en la que la casi siempre modosita Meg Ryan simulaba un escandaloso orgasmo frente a un atónito Billy Crystal en medio de un restaurante repleto de gente. Aquel momento antológico dentro del cine de los ochenta tan solo fue, sin embargo, uno de los muchos placeres de un guion que llevó a Nora Ephron a la nominación al Óscar, al alejarse de los tópicos de las comedias románticas más almibaradas para contar, con un tono más bien agridulce, la historia de amistad que nace entre Harry y Sally, dos universitarios que se conocen en un viaje en coche y tratan de demostrar, con el paso de los años, que un hombre y una mujer pueden llegar a ser amigos sin que se entrometa entre ellos el tema sexual. Sin duda Cuando Harry encontró a Sally se salía de las normas del género, pese a que su desenlace sucumbía (cómo no) al típico final feliz. Pocos títulos posteriores han seguido ese camino ácido —si acaso más cercano al cine de Woody Allen que a las comedias románticas convencionales— a la hora de retratar la frágil línea que separa la amistad del amor entre un chico y una chica, de modo humorístico —Sin compromiso (Ivan Reitman, 2011) o la más indie Colegas de copas (Joe Swanberg, 2013) serían dos irregulares intentos recientes—. Sleeping with Other People (2015), segunda película de la directora y guionista Leslye Headland, captura con cierta gracia bastante del espíritu del clásico de Rob Reiner en una propuesta mucho menos alocada que aquella Despedida de soltera (2012) que, siguiendo la estela de La boda de mi mejor amiga (Paul Feig, 2011), le sirvió de carta de presentación.

    De nuevo, la historia de Sleeping with Other People comienza con los jóvenes Jake y Lainey conociéndose de manera fortuita en la facultad y teniendo una noche de pasión en la que ambos pierden su virginidad. Más de una década después, y tras haber perdido el contacto aquella misma noche, los protagonistas vuelven a cruzar sus caminos en un momento emocionalmente delicado de sus vidas, ya que mientras Jake es un mujeriego empedernido, incapaz de serle fiel a una mujer durante demasiado tiempo, Lainey también es una chica infiel por naturaleza que sigue enganchada a su amor de juventud, ahora ginecólogo felizmente casado. Desde que ambos coinciden en una terapia para superar su tendencia a la infidelidad, sus lazos de amistad comienzan a estrecharse hasta el punto de convertirse en dos auténticos colegas, cómplices y consejeros, que no permitirán que algo tan banal como la atracción sexual se interponga en su nueva relación. El guion de Headland, sin destacar por su originalidad (el filme incurre en lugares comunes muchas veces transitados por otros títulos), sí destaca, sin embargo, por unos diálogos ingeniosos, con algunas divertidas referencias cinéfilas, y bastante audaces a la hora de hablar del sexo. Es una película que no basa su comicidad en el gag visual (pese a tener uno muy acertado respecto a la masturbación femenina), sino que confía su efectividad a situaciones cotidianas, sentimientos perfectamente reconocibles con los que el espectador se puede llegar a identificar y, sobre todo, a las encantadoramente imperfectas personalidades de sus dos personajes centrales.

    por José Martín León
    enero 23, 2016

    Crítica | Sleeping with other people

    por José Martín León | enero 23, 2016

    Los fantasmas del pasado

    crítica de 45 años (45 Years, Andrew Haigh, 2015).

    Una película es por definición un trabajo de síntesis. En ella se conjugan una larga serie de elementos, desde las elipsis, transiciones y otras técnicas de montaje, hasta el decorado y la puesta en escena, pasando por el sonido y la música, que tratan de transmitir la mayor cantidad de información en el menor tiempo y espacio posibles. Con todo, el efecto no debe ser cargante ni abrumador, sino lograr que todos estos factores le lleguen al espectador de forma imperceptible y orgánica. En otras palabras, son raros los filmes cuyas coordenadas espacio-temporales coinciden con las reales, pero son muchos más las que tienen esa intención, pues al fin y al cabo se trata de captar un fragmento de la realidad para inmediatamente trascenderla. Y más difícil y meritorio todavía es introducir elementos añadidos que expresamente ciñen la narración para a través de ello contarnos algo más profundo, que va más allá de los límites que se ha trazado el propio cineasta. Para mayor concreción, estamos hablando de un tipo de cine que ya casi constituye un subgénero, cuya tradición puede remontarse a las obras de Bergman o Fassbinder: piezas de cámara que en torno a las relaciones de pareja pueden abarcar toda una vida, con un discurso que enseguida se vuelve universal. En efecto, las escenas de un matrimonio nos muestran unas vivencias muy personales, con las que a la vez nos podemos sentir también muy identificados, al tratarse de un marco tan familiar como repleto de conflictos latentes y experiencias compartidas.

    Pues bien, este escenario es el que reconstruye Andrew Haigh en 45 años (45 Years), presentada con gran éxito este año en la Berlinale. En su trabajo anterior, Weekend (2011), Haigh ya había demostrado una visión propia y sensible, que también tuvo un gran reconocimiento en los certámenes que recorrió, para retratar la intimidad de seres a menudo marginales, aprovechando su aislamiento para sacar a relucir sus deseos y traumas más internos. Sin embargo, tanto en esa película anterior como en su ópera prima, Greek Pete (2009), las historias y los personajes eran más cercanos a su propia biografía. Y es que estamos hablando de un cineasta gay y aún joven (tiene 42 años), que ahora sin embargo se atreve con la adaptación de un relato sobre una pareja heterosexual a punto de celebrar su 45º aniversario. La sensación de retraimiento es en cualquier caso parecida, pues estos protagonistas también viven apartados de gran parte de la sociedad, tanto por su edad y sus hábitos como por su propia y elegante morada, situada en la campiña inglesa de Norfolk. Y como adelantábamos, el enfoque cerrado se acentúa con ciertas pautas exógenas, en este caso por ejemplo mediante rótulos que nos indican cada día que pasa en la semana en la que transcurre toda la película, aquella que culmina en el sábado al que corresponde la apuntada celebración. Al mismo tiempo, desde un comienzo una noticia trastoca este apacible entorno, de manera que en él se desarrollan dos líneas paralelas: la que sigue las coordenadas físicas que se han marcado, y la que se retrotrae a más atrás y nos dibuja el periplo de todo un matrimonio.

    por Ignacio Navarro
    diciembre 24, 2015

    Crítica | 45 años

    por Ignacio Navarro | diciembre 24, 2015
    Time out of mind

    La jungla de asfalto

    crítica de Invisibles (Time out of mind, Oren Moverman, EE.UU, 2015).

    Guionista de obras como I’m Not There (2007) de Todd Haynes o Love & Mercy (2014) de Bill Pohlad –por citar dos de las cintas más célebres en las que ha intervenido–, la breve carrera como director de Oren Moverman se ha caracterizado por mostrar el lado más oscuro de la sociedad estadounidense. No es de extrañar, por tanto, que en sus filmes, que orbitan en torno a la psicología de unos personajes complejos, abocados a situaciones delicadas e inmersos en ambientes que los definen tanto como los limitan, aparezcan actores del talento de Woody Harrelson, Robin Wright, Sigourney Weaver, Steve Buscemi, Samantha Morton o Ben Foster, y que incluso haya contado en una de sus películas con la participación como coguionista del mismísimo James Ellroy. Invisibles –título español del original Time Out of Mind– no es ninguna excepción al respecto. Pieza iniciada in media res y con un final abierto, narra varios días de la vida de George (Richard Gere), un vagabundo que deambula por las calles de Nueva York en busca de su identidad perdida, tanto explícita como metafóricamente hablando. Y es que al principio del relato se nos indica que ha traspapelado –o le han robado– cualquier tipo de documento de identificación, motivo por el que resulta “invisible” ante las autoridades y se ve obligado a iniciar unas intrincadas pesquisas burocráticas para lograr recuperar su propio nombre. No es casualidad que se difiera al espectador el conocimiento del nombre del protagonista, y que ello coincida con su primer contacto con el Estado: la acogida en un refugio para hombres sin techo. Pero es que también acompañaremos a George en su particular proceso de epifanía, que pasará por encontrarse a sí mismo a nivel personal; por reconocerse en el hombre con esposa, hija y trabajo que una vez fue; por salir del aturdimiento que le ha impedido admitir el paulatino declive que le ha llevado a donde ahora se encuentra: sin trabajo, sin casa, sin ambiciones, sin lucidez mental y sin poder resistirse al alcohol.

    Ante este delicado material de partida, obra del propio realizador junto a Jeffrey Caine, el gran acierto de Moverman ha sido optar por una narración desapasionada, casi clínica, que sabe eludir tanto la prédica de crítica social explícita como el melodramatismo hollywoodiense. De ahí que, sabiamente, el suceso más trágico de la historia sea narrado en elipsis; o que George permanezca durante gran parte del metraje en silencio y sean otros personajes quienes pongan voz a su propio calvario. No en vano, es en la plática aparentemente errática de su colega de refugio Dixon (Ben Vereen) donde se recoge el desamparo y la insolidaridad que marcan las vidas de los más débiles dentro del sistema capitalista. Por otro lado, el filme también pivota en torno a la ciudad de Nueva York, marco donde transcurre la acción y el otro gran protagonista del discurso desde el mismo primer plano de la cinta, en el que las esbeltas figuras de los rascacielos, con el frenético rumor de la vida en la metrópolis de fondo, se avistan a través de una ventana desde el interior de una destartalada vivienda, como una vaga amenaza. Si a ello le sumamos esa cualidad de la figura del homeless de resultar “invisible” –o, al menos, de parecer que lo es– para las personas que siguen viviendo dentro de la normalidad social, deviene una auténtica lección de realización que la película abunde, tanto en planos generales tomados desde lo alto, en los que las personas parecen seres sin auténtica realidad, como en encuadres laterales o impedidos por objetos –la reja de un metro, una columna, las luces de un escaparate, las puertas de un edificio…–, recurso que evidencia el involuntario papel de antagonista que asume la ciudad, verdadera “jungla de asfalto” en la que se ven atrapados, en pequeñas cárceles individuales, las víctimas del naufragio del sueño americano.

    «Invisibles es una inteligente propuesta, cargada de sutileza y honestidad, que aspira a retratar una realidad sin estridencias y sin moralismos».


    Pero hay más: de forma recurrente a lo largo de la pieza asistimos a diálogos fragmentarios de personajes completamente anónimos, de los que a menudo ni siquiera conocemos el aspecto, solo su voz. En contraposición al reconcentrado silencio de George, esas palabras sin rostro y sin ilación carecen de sustancia, nos recuerdan la vacuidad de las costumbres socialmente sancionadas y cuestionan la cordura, y también la locura, de los que se atienen a ellas y de los que viven al margen. En definitiva, Invisibles es una inteligente propuesta, cargada de sutileza y honestidad, que aspira a retratar una realidad –y, a partir de ahí, a transmitir una idea– sin estridencias y sin moralismos, empleando algunas técnicas del cinéma verité (como la ausencia de música extradiegética), de forma que se encuentra más próxima, por poner dos ejemplos significativos, a Sin techo ni ley (1985) de Agnès Varda que a El solista (2009) de Joe Wright, por mucho que insinúe una imprecisa vía de escape de ese infierno cerrada desde el principio a la protagonista del clásico de la directora belga. | ★★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2014. Título original: Time Out of Mind. Director: Oren Moverman. Guión: Oren Moverman, Jeffrey Caine. Producción: IFC Films / Cold Iron Pictures / Lightstream Pictures. Fotografía: Bobby Bukowski. Edición: Alex Hall. Diseño de vestuario: Catherine George. Intérpretes: Richard Gere, Ben Vereen, Jena Malone, Kyra Sedgwick, Jeremy Strong, Michael Kenneth Williams, Yul Vazquez, Coleman Domingo, Geraldine Hughes, Steve Buscemi. 117 min.

    por Elisenda N. Frisach
    diciembre 18, 2015

    Crítica | Invisibles

    por Elisenda N. Frisach | diciembre 18, 2015

    «Esto sí es entrenamiento real».

    crítica de Koza (Ivan Ostrochovský, 2015) / Festival de Mar del Plata.

    En la conferencia de prensa posterior a la proyección de la conmovedora Koza, su director, Ivan Ostrochovský, contó que el actor que protagoniza su última película no es profesional: Peter "Koza" Baláž, es un ex boxeador olímpico eslovaco, amigo de Ostrochovský. La historia es real: la novia de Peter queda embarazada y Baláž desea mantener al niño. Real es también la pobreza de “Koza” (cabra, en esloveno), apodo que el protagonista se gana por la costumbre de su abuela de darle leche de cabra. Koza es el primer largometraje de Ostrochovský, que hasta este momento se ha dedicado exclusivamente a la realización de documentales. Sin embargo, el diálogo que esta cinta mantiene constantemente con este género problematiza su clasificación en una categoría genérica única. No es ficcional Peter Baláž, ni su novia, Misa. Tampoco lo es la humillación y la explotación inhumana a la que el protagonista se somete para mantener a su familia. Aún así, se trata finalmente de una obra de ficción, cuya estructura narrativa y estilística la disfrazan de documental, y perturban su carácter “irreal”, haciéndola ingresar en una zona de ambigüedad.

    La cámara del director eslovaco se adentra en la belleza del clima polar de su país con recursos humildes: un equipo de siete personas, cámaras de modesta calidad y actores semiprofesionales. Tras cinco años de filmación, logró completar su largometraje, que fue, inicialmente, un documental fallido. La filmación es dura: en las rutas que transitan los protagonistas siempre hay niebla. Una bruma densa que lo cubre todo, un fondo desolado y un aire gélido caracterizan todas las tomas en el exterior. En el mundo que filma Ostrochovský, no hay lujos, no hay escenografía, glamour, ni brillo. Es la niebla, lo marginal, lo real. Su cinematógrafo, Martín Kollár, un fotógrafo de amplia trayectoria, cuya visión del paisaje eslovaco influenció en gran medida el guion del director. Los paisajes de Koza hablan; la alternancia de imágenes, colores y texturas funciona cargando expresivamente las escenas: la nieve es desolación, aspereza, dificultad, y al caer puede resultar sedante o iracunda, según la posición de la cámara. Empero, aunque la atmósfera manifiesta el tono trágico y elegíaco que predomina en su película, el director no puede contener el impulso de hacer ver el humor y la belleza contenidas en el desamparo. Se encuentran, a lo largo del filme, pequeñas escenas de un ingenio a veces inocente, a veces picaresco. Este último es el caso del personaje de Zvonko Lakcevic, que se dedica a entrenar a Peter para terminar con su racha de derrotas. Zvonko es también un sujeto verídico, ex-boxeador que ganó en 1980 la medalla de bronce en las Olimpiadas de Moscú, y que es ahora un alcohólico sin hogar. Koza resulta, desde esta perspectiva, una interesantísima actualización respecto del destino de las personas que tuvieron fama y fortuna durante la existencia de la Unión Soviética, tras su colapso.

    por EAM
    noviembre 02, 2015

    Crítica | Koza

    por EAM | noviembre 02, 2015
    La giovinezza

    Nessun dorma

    crítica a La juventud (La giovinezza / Youth, Paolo Sorrentino, 2015).

    Trepa, calculador, aprovechado, arribista, advenedizo, oportunista, pelota, lameculos… el hombre moderno dispone de un sinfín de sinónimos con los que etiquetar a una persona que, bajo su punto de vista, disfruta de un éxito inmerecido. No hay duda de que efectivamente existen cierto tipo de individuos cuya personalidad se adapta cual guante a la definición de todos esos adjetivos, sin embargo, hemos llegado a tal punto en la competitiva sociedad actual, que tendemos a una generalización y presunción de hipocresía hacia todo aquel que ha alcanzado unos determinados logros en la vida. Los métodos para llegar al éxito serán objeto de nuestra recelosa suspicacia dada la propia naturaleza envidiosa inherente que nos caracteriza, llevándonos a menospreciar el fin y los medios del prójimo con el único objetivo de justificar nuestra propia mediocridad y el duro hecho de que, probablemente, él es simplemente más apto que nosotros para una determinada tarea. Al final, todo se reduce al miedo y a la inseguridad. Los mayores complejos del hombre vienen de su enorme ego y se traducen en una sensación de inferioridad que lo lleva a cometer las acciones más irracionales. Si existe un término que defina perfectamente todo ese temor, es precisamente el que da título a la película que hoy nos ocupa: La juventud. La palabra juventud no comienza a tener sentido hasta que se ha finalizado la etapa a la que hace referencia. Los jóvenes no tienen consciencia de su lozanía al no conocer empíricamente otro estado de madurez con el que compararla. Es por ello por lo que son los adultos los que buscan aferrarse a un objeto, ideología o moda que les devuelva esa sensación —adulterada—, mientras tratan de evitar ser desplazados por otros que cuentan con más tiempo y energía. Paolo Sorrentino muestra esta disyuntiva de forma metafórica, desde la misma perspectiva que adoptara en su anterior trabajo, La gran belleza (La grande bellezza, 2013): la de todos aquellos que hace tiempo perdieron pero ansían recuperar, aunque sea por última vez, aquel arrogante sentimiento de superioridad que ni tan siquiera los sueños les vuelven a traer a la memoria.

    Una de las más preponderantes preguntas que surgen viendo La juventud es, ¿son belleza y juventud, para Sorrentino, dos términos interdependientes? La respuesta parece un claro sí, pero con ciertos matices, como por ejemplo que esa dependencia no parece seguir una lógica directamente proporcional. Lo importante para el director italiano es encontrar lo atractivo en aquello que escapa de los cánones estéticos convencionales, y lo juvenil en lo maduro; su objetivo radica en hallar la poesía oculta en las formas y los sonidos para la creación de un cine, ora indulgente, ora indolente, basado en la armonía de las relaciones entre los sujetos y el entorno. Para lograr dicho propósito, la película nos traslada paradójicamente a un balneario de los Alpes suizos. Y decimos paradójicamente porque éste parece uno de los últimos lugares donde alguien esperaría encontrar “juventud” propiamente dicha. Como podremos comprobar, la juventud tiene muchas caras, y todas ellas se manifestarán en aquellos que viven de —o por— sus logros pasados. Fred Ballinger, un antiguo director de orquesta, sería el vivo ejemplo de los que viven de las rentas de una fructífera juventud, sin embargo, no busca prolongar su legado al ser consciente de lo limitado de sus beneficios en comparación con el inmenso hastío que le produciría reconducir una sinfonía que dejó de tener sentido cuando entendió la vaguedad de su mensaje. Fred se dará cuenta, sólo al separarse de su obra, de la magnitud de su amor. Un terrible e inútil amor tardío sin valor y sin mayor utilidad que la de entregarse al autocompadecimiento. ¿De qué te sirve ahora, Fred? Mick Boyle, por el contrario, sigue inmerso en un talento que parece haberlo abandonado tiempo atrás. Boyle, un director de cine venido a menos, antepone su obra a cualquier otra faceta de su vida, por lo que trata de demostrarse que aún no ha dicho la última palabra, buscando la construcción de un nuevo trabajo que vuelva a aportarle, por fin, confianza y sentido a su vida. Juntos se dedican a espiar el juego de dos longevos amantes que se odian en público a diario para desearse en secreto en lugares inapropiados. La juventud de Mick y Fred no se aprecia en sus traviesas aventuras y pasatiempos voyerísticos con los que se entretienen añadiendo un poco de adrenalina a sus monótonas vidas, sino en su propia amistad, un sentimiento genuino y desinteresado consistente en una espontánea demostración de afecto y preocupación sin cuestionar en ningún momento las acciones del otro.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 02, 2015

    Crítica | La juventud (Youth)

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 02, 2015

    En el camino

    crítica a Slow West (John Maclean, 2015).

    La fiebre del oro se había enfriado y las riquezas fueron a parar a los bolsillos de los de siempre, o a las bocas de unos pocos infelices dispuestos a pasar al otro mundo con la dentadura más resplandeciente de El Dorado. Los estados confederados caían derrotados en la guerra más sangrienta ocurrida en Norteamérica, originando un reguero de muertos en ambos bandos, y un claro vencedor: Abraham Lincoln. Un hombre santificado por el pueblo y por la historia gracias a su incansable e incondicional lucha por la abolición de la esclavitud y la defensa de los derechos de los afroamericanos —o, al menos, así nos lo contó Spielberg en esa disculpa al frío oportunismo político y la curiosa apología del pucherazo que llevó a cabo en su película, Lincoln (2013)—. En este periodo de transición sólo quedaban nómadas pro-unionistas que viajaban a los estados organizados, o erráticos trotamundos que preferían seguir solucionando los problemas a su manera, y escapaban del progreso hacia los territorios salvajes (como cantaba el bueno de Ben Rumson —Lee Marvin— en La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969). Esta situación migratoria se convertiría en el escenario perfecto de los forajidos que, aprovechando su conocimiento del terreno y su incuestionable pericia en el desempeño de su trabajo, convirtieron las marchas hacia el oeste en una verdadera pesadilla para jóvenes ingenuos como Jay Cavendish, el protagonista de Slow West.

    John Maclean presenta su ópera prima como un western bastante atípico que sorprende tanto por su hibridación genérica como por la sinceridad y eficacia de su guion. Un libreto cuya potencia se ve acentuada por la contradicción de su mensaje —visual y narrativo—, que acierta a trazar una línea en cuyos extremos se encuentran la decepción y el amor; dos términos tan antagónicos que, en ese espacio que los separa y por donde discurre el filme, sólo puede tener cabida la verdad misma. El western ha estado sujeto, desde sus inicios cinematográficos, a inevitables comparaciones con las grandes historias épicas y las epopeyas, sustentadas en la gravedad de la figura del protagonista, quien tenía que enfrentarse a innumerables peligros por su inexorable condición de héroe y su predestinación para proteger al débil. Sin embargo, el director parece acercar este género mucho más a la tragedia clásica, algo que podemos distinguir tanto al comienzo del metraje, con la aparición del narrador protagonista y la gran importancia que éste otorga desde los primeros segundos a la pareja de enamorados “él se llamaba Jay, y ella Rose”, como en el desenlace del filme. Aquí se aprecia de qué manera la recurrente presentación de los personajes no se deja en manos del descubrimiento anecdótico del espectador, como es habitual en los westerns clásicos, sino que se hace una deliberada mención explícita a los nombres de los protagonistas, concediendo así a la historia una importancia atemporal, en el presente, con el desarrollo argumental de la película, en el pasado, con la continua aparición de flashbacks en los que se explica la desventura de un amor imposible, y en el futuro, con ese desenlace que representará una magnífica alegoría de lo doloroso que puede resultar el amor inalcanzable. Tan doloroso como un puñado de sal en una herida abierta —véase la excelente metáfora del dolor sentimental que se hace mediante el dolor físico—. Asistimos por lo tanto en esta película a una canción tan desesperada como la de Neruda «en la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!». Una desesperación que viene de la decepción de un muchacho obstinado que se negó a dejar pasar el que creía el amor de su vida, ese idealizado amor adolescente, puro y verdadero, al que se conoce comúnmente como, el primer amor.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 21, 2015

    Crítica | Slow West

    por Alberto Sáez Villarino | julio 21, 2015
    Karlovy Vary 2015 por Emilio Luna

    Simple song

    Top 10 de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    La sala de prensa está desierta. Tan solo quedan los responsables del departamento y un par de rezagados afinando la penúltima crónica. Al alzar la vista del teclado, se aprecian un sinfín de papeles abandonados a su suerte, pressbooks huérfanos y diarios del certamen acompañando a regletas sin brillo. Fuera, se escuchan las últimas proyecciones en salas huecas o personas levitando, comentando el palmarés del festival. «¿Cuál es Bob and the trees?», pregunta una joven. «No la hemos visto», responde su partener de camino. ¿Y cuándo podrán volverla a ver? Seguro que pronto, si lo desean, de forma individual o por separado. Y, ¿el resto de europeos? Tendrán que esperar. La inmediatez no es el fuerte de certámenes como Karlovy Vary. Es parte de su encanto. El apelativo inédito cobra en la ciudad de la Bohemia una fuerza inusitada. Es por ello que cada año la prensa acreditada aumenta un cincuenta por ciento. Ésta, ahora, debe estar copando todas las cenas, parties y afterparties del Thermal al Grand Hotel Pupp. Y un servidor aquí, con ustedes, despiéndose desde el torreón más solitario de esta preciosa ciudad. Con el tema Simple Song de la banda sonora de La giovinezza sonando en los auriculares. ¿Qué mejor final, no? Han sido diez grandes días. Ahora toca volver a casa, y se hará con una enorme sonrisa. Esta 50ª edición del Festival de Karlovy ha sido un encuadre perfecto. Antes de dejarles con la tradicional lista con las 10 mejores películas del KVIFF, agradecer tanto a la organización como al Centro Checo de Madrid su ayuda. Con ellos todo ha sido mucho más fácil. Brzy, Vary.

    por Emilio M. Luna
    julio 11, 2015

    Karlovy Vary 2015 | Las 10 mejores películas

    por Emilio M. Luna | julio 11, 2015
    Bob and the Trees, Mejor Película del Festival de Karlovy Vary

    El triunfo de lo mundano

    Palmarés de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Ha sido inesperado pero no por ello injusto. Bob and the trees [crítica], del debutante Diego Ongaro, ha dado la gran sorpresa y se ha llevado el Globo de Cristal a la Mejor Película. No estaba en las quinielas un filme destinado a pasar de puntillas. De hecho, se estrenó el último día de competición. Ongaro, que sigue la estela de un autor como Alexander Payne, es el ganador de la Competición más joven de la historia del certamen. Un triunfo, avalado por la prensa, como trampolín a una carrera prometedora. Bob and the Trees sucede en el cuadro de honor a la excelente Corn Island. Ojalá tenga el mismo éxito que la cinta georgiana durante el curso. Otro debutante, el austríaco Peter Brunner, ha obtenido el Premio Especial del Jurado por la simbólica Those who fall have wings, una obra que, como citábamos en nuestra crítica, merece un segundo visionado. Un galardón que apuesta por lo experimental, como hiciera hace un año con el Free Fall de György Pálfi. En los apartados interpretativos, victorias checas. Tanto Alena Mihulová como Kryštof Hádek están estupendos en sus respectivos roles, pero no deja a sonar a compensatorio que en el aniversario del festival aparezcan un par de apellidos reconocibles para el público de la nación centroeuropea. La italiana Antonia y la francesa The Magic Mountain completan el palmarés con una mención por parte del jurado. Box, de Florin Şerban, se ha tenido que conformar con el premio FIPRESCI y la danesa Gold Coast, se ha ido de vacío. No creemos que sufra Daniel Dencik por ello. Es de las pocas películas que tienen asegurada una distribución internacional. Con el listado de ganadores se cierra una notable entrega, que ha brillado en las secciones paralelas y ha presentado 13 películas bastantes dignas en su competición. El KVIFF cierra con 12.857 visitantes y una organización ejemplar. Ahora toca pensar en la número 51.

    GRAND PRIX – CRYSTAL GLOBE

    Bob and the trees
    Dirigida por: Diego Ongaro.
    Estados Unidos, 2015.

    PREMIO ESPECIAL DEL JURADO

    Those who fall have wings
    Dirigida por: Peter Brunner
    Austria, 2015

    MEJOR DIRECCIÓN

    Visar Morina
    Por el filme Babai.
    Kosovo, Alemania, 2015.

    MEJOR ACTRIZ

    Alena Mihulová
    Por su papel en el filme Home Care.
    Dirigida por: Slávek Horák.
    República Checa, 2015.

    MEJOR ACTOR

    Kryštof Hádek
    Por su papel en The Snake Brothers.
    Dirigida por: Jan Prušinovský.
    República Checa, 2015.

    MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO

    Antonia (Ferdinando Cito Filomarino, Italia) y The Magic Mountain (Anca Damian, Francia)

    EAST OF THE WEST – COMPETICIÓN


    por Emilio M. Luna
    julio 11, 2015

    Karlovy Vary 2015 | Palmarés. Bob and the trees, Globo de Cristal

    por Emilio M. Luna | julio 11, 2015
    Box, de Florin Şerban (Rumanía)

    ¿A Ucrania o Rumanía?


    Esta tarde, sobre las 19:30 horas, conoceremos el palmarés de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary. Acertar las decisiones de Angelina Nikonova, Tim League, Ólafur Darri Ólafsson, Hengameh Panahi y Ondřej Zach se antoja complicado vista la homogeneidad de esta entrega. Esta es nuestra aventurada predicción:

    Globo de Cristal a la Mejor película: Box, de Florin Şerban (Rumanía).
    Premio especial del jurado: Song of the Songs, de Eva Neymann (Ucrania).
    Premio al Mejor director: Anca Damian por The Magic Mountain (Francia).
    Premio a la Mejor actriz: Linda Caridi por Antonia (Italia).
    Premio al Mejor actor: Jakob Oftebro por Gold Coast (Dinamarca).
    Premio East of the West: Sutak (Heavenly Nomadic), de Mirlan Abdykalykov (Kirguistán).

    por Emilio M. Luna
    julio 11, 2015

    Karlovy Vary 2015 | ¿Quién ganará el Globo de Cristal?

    por Emilio M. Luna | julio 11, 2015
    Harvey Keitel en Karlovy Vary

    Shit happens

    Crónica de la octava jornada de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    En la jornada de reflexión, un caballero acaparó todos los aplausos y miradas. Ya lo anunciaban los presentadores del Grand Hall: «llega el momento más esperado de esta 50ª edición». El reguero de personas que ocupaban butacas, pasillos y huecos así lo atestiguaban. Los fotógrafos cuerpeaban y se movían al mismo son, como si de una bandada de pájaros que hubiera tomado la corriente de aire perfecta se tratara. Delante, tenían al Señor Lobo, tan elegante como cercano, junto a su orgulloso sobrino. La reacción del respetable fue de órdago, con una ovación cerrada de las que calan. «Karlovy Vary es una casa para mí», apostillaba Harvey Keitel con orgullo. El gran actor neoyorquino retornaba a la ciudad checa tras su Life Achievement Award en 2006 que le convirtió en la imagen de renovación del certamen. Uno de los spots –en la parte inferior de este artículo— más aplaudidos de cada entrega es el que protagoniza este camaleón que nada tiene ya que demostrar. «Shit happens», entona. Y es así, el Festival de Karlovy Vary llega a su fin. Lo hace con la melancolía del filme que Keitel prologa, una maravilla que dividió en Cannes y que entusiasmó a Carlsbad. Una de las grandes sensaciones que extrapola La giovinezza en su último tercio de metraje es la de anhelar que no haya epílogo; que siga el carrusel, que la fiesta no tenga punto, ni final, ni seguido. Es, quizá, el mayor halago que se le puede hacer a una película. También la mejor alabanza a una celebración como este capítulo número cincuenta de un cada vez más joven KVIFF. Tristemente, el cierre llegará hoy, con el anuncio del palmarés. El domingo, desplazamiento a Praga, y, después, vuelta a casa. Con la maleta rebosante de recuerdos. Y sin aterrizar aún, deseando volver.

    por Emilio M. Luna
    julio 11, 2015

    Karlovy Vary 2015 | Día 8. Críticas: La giovinezza (Youth) / 45 years / Last summer

    por Emilio M. Luna | julio 11, 2015

    Gold is cold

    Crónica de la séptima jornada de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    A la par que llegaba el gélido viento –han descendido las temperaturas a 10 grados—, terminaron los pases de prensa de la Competición de esta 50ª edición del Festival de Karlovy Vary. Una vez presentadas oficialmente hoy viernes las dos últimas propuestas, comenzarán las cábalas y la cuenta atrás que finalizará mañana por la tarde con el anuncio del palmarés. Muy cara se presenta la lucha por el Globo de Cristal. Ninguna película ha destacado en exceso dentro de una selección interesante pero demasiado homogénea que, salvo pinceladas, han dejado frío al respetable. Los primeros rumores, provenientes de jurados secundarios, apuntan al ucraniana Song of the Songs como posible favorita. La obra de Eva Neymann es, artística y narrativamente, una ganadora estándar de un certamen como éste. Otros títulos que suenan con fuerza son Box, de Florin Şerban, y esta Montaña mágica de Anca Damian que llevará la polémica consigo allá por donde vaya. Lo tendrá complicado el jurado ante este muro de hormigón que es la sección oficial; un muro pulido pero no abrillantado, sin ningún tipo de ornamentación o lujo. Éste será uno de los aspectos a mejorar por la organización del KVIFF: idiosincrasia compatible con heterogeneidad. Un festival se define por su máximo apartado, Karlovy Vary necesita aristas, implora nervio. Este oro embrutecido que vende necesita muchas horas de orfebrería.

    Y así, escuchando los resoplidos de la prensa, terminaba el antepenúltimo día. Muertos de miedo con la enfermiza The Witch, un aparente drama psicológico destacado en Sundance que ha encogido al público de la cámara inquisitoria del KVIFF, el Kinosal A. Mucho antes, dos obras muy interesantes en la competición: Bob and the trees y Gold Coast. La primera, precisamente, otro producto con la marca de Park City, apreciable pero tan insignificante que habría que analizarla con un microscopio; la segunda, una superproducción danesa con el actor escandinavo de moda. El resultado es tan desigual como digno. El capricho del día llegó, en un Kinosal C abarrotado, de la mano de Matteo Garrone y su The Tale of Tales. Un divertimento encabezado por un impropio logotipo de Cannes. Ya de vuelta al hotel, se aprecia que el cierre está muy cerca. Ya no hay colas, ni una marabunta en los aledaños; el silencio solo se toma un descanso con la llegada de ese efebo llamado Jamie Dornan. Los alaridos expiraban vapor. El invierno ha vuelto a Karlovy Vary.

    por Emilio M. Luna
    julio 10, 2015

    Karlovy Vary 2015 | Día 7. Críticas: Gold Coast / Bob and the trees / The Witch / Il racconto dei racconti

    por Emilio M. Luna | julio 10, 2015

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