Shit happens
Crónica de la octava jornada de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.
En la jornada de reflexión, un caballero acaparó todos los aplausos y miradas. Ya lo anunciaban los presentadores del Grand Hall: «llega el momento más esperado de esta 50ª edición». El reguero de personas que ocupaban butacas, pasillos y huecos así lo atestiguaban. Los fotógrafos cuerpeaban y se movían al mismo son, como si de una bandada de pájaros que hubiera tomado la corriente de aire perfecta se tratara. Delante, tenían al Señor Lobo, tan elegante como cercano, junto a su orgulloso sobrino. La reacción del respetable fue de órdago, con una ovación cerrada de las que calan. «Karlovy Vary es una casa para mí», apostillaba Harvey Keitel con orgullo. El gran actor neoyorquino retornaba a la ciudad checa tras su Life Achievement Award en 2006 que le convirtió en la imagen de renovación del certamen. Uno de los spots –en la parte inferior de este artículo— más aplaudidos de cada entrega es el que protagoniza este camaleón que nada tiene ya que demostrar. «Shit happens», entona. Y es así, el Festival de Karlovy Vary llega a su fin. Lo hace con la melancolía del filme que Keitel prologa, una maravilla que dividió en Cannes y que entusiasmó a Carlsbad. Una de las grandes sensaciones que extrapola La giovinezza en su último tercio de metraje es la de anhelar que no haya epílogo; que siga el carrusel, que la fiesta no tenga punto, ni final, ni seguido. Es, quizá, el mayor halago que se le puede hacer a una película. También la mejor alabanza a una celebración como este capítulo número cincuenta de un cada vez más joven KVIFF. Tristemente, el cierre llegará hoy, con el anuncio del palmarés. El domingo, desplazamiento a Praga, y, después, vuelta a casa. Con la maleta rebosante de recuerdos. Y sin aterrizar aún, deseando volver.