All About Colette
Crítica ✷✷✷✷ de Colette, de Wash Westmoreland.
Reino Unido, 2018. Título original: Colette. Dirección: Wash Westmoreland. Guion: Wash Westmoreland, Richard Glatzer, Rebecca Lenkiewicz. Fotografía: Giles Nuttgens. Montaje: Lucia Zucchetti. Música: Thomas Adès. Producción: Bold Films, Killer Films, Number 9 Films, BFI Film Fund. Reparto: Keira Knightley, Dominic West, Denise Gough, Fiona Shaw, Robert Pugh, Rebecca Root, Eleanor Tomlinson, Aiysha Hart, Shannon Tarbet, Caroline Boulton, Arabella Weir, Janine Harouni, Dickie Beau, Attila C. Arpa, Masayoshi Haneda, Karl Farrer, Máté Haumann, Jake Graf. Duración: 112 minutos. Presentación Oficial: Festival Internacional de Cine de Toronto 2018 (Special Presentations).
Pese a que su nombre siempre estará ligado al drama de época (o quizá justo por eso), la londinense Keira Knightley llevaba años sin enfundarse en los fastuosos vestidos que, gracias en gran medida a su grácil modo de llevarlos, han reportado sendos Oscars a
La duquesa (Saul Dibb, 2008) y
Anna Karenina (Joe Wright, 2012). Su esperado retorno al subgénero no se ha debido a que echara de menos los corsés que la lanzaron al estrellato en la popular saga de
Piratas del Caribe, sino a la posibilidad de encarnar a una de las figuras más interesantes de la historia literaria: Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954), autora de las polémicas novelas
Claudine (1900-1903) y
Gigi (1944, pronto adaptada con gran éxito tanto al teatro como al cine), las cuales causaron un gran revuelo en el París de los años 20. Hasta allí, aunque en inglés (lengua que rechina cada vez que la muy presente palabra escrita aparece en pantalla en francés, lo que habremos de aceptar como mera licencia literaria), nos traslada con sumo lujo de detalles
Colette, si bien en esta ocasión los bien confeccionados decorados y vestidos son lo de menos (de hecho, en un año tan competitivo, es probable que los premios los dejen de lado pese al llamativo colorido que despliegan), concentrándose la cámara en todo momento en los complejos personajes, a quienes se colma de primeros planos que restan protagonismo a todo lo demás. Entre estos sobresale, como no podría ser de otra manera, la mentada Colette, una mujer a todas luces adelantada a su tiempo a la que Knightley da vida con una luminosidad de la que no hacía gala desde la excelente
Orgullo y prejuicio (Joe Wright, 2005). Curiosamente, aun perteneciendo a un siglo previo, tanto Jane Austen (escritora) como Elizabeth Bennet (personaje) tienen bastante en común con la escritora/personaje que nos ocupa, tanto por su fuerza a la hora de abrirse paso en un mundo de hombres como por su irónica percepción de las convenciones sociales (y, claro está, matrimoniales), salvando las distancias de carácter y, sobre todo, contexto.
Junto a Colette (bueno, o delante/detrás de ella, según el momento) encontramos a su primer marido y mentor, el escritor y crítico musical Henry Gautheir-Villars (1859-1931), alias “Willy” (Dominic West), quien contribuyó a la inmersión de la novelista en la alta sociedad parisina pero también, como ha sido tristemente habitual a lo largo de las eras del mundo, a su invisibilidad: no sólo la forzó (siempre desde el “consejo”: él era consciente tanto de la inferioridad de su propio talento como de la superioridad de su género) a sustituir su nombre por el suyo en los libros (algo que también hizo con hombres de prestigio como Curnonsky y Marcel Boulestin), llevándose así toda la gloria, sino que abusó del poder así adquirido hasta el punto de vender derechos que jamás fueron suyos. Patriarcado opresivo puro y duro. De todo ello habla
Colette mostrando poca o nula empatía hacia dicho sujeto; de hecho, la falta de matices se antoja fallida en lo que a narración cinematográfica respecta, pero, seamos sinceros, ¿cuántos hombres ha habido y sigue habiendo que, desde una absoluta falta de escrúpulos, se adueñan de méritos ajenos? A propósito de esto, en cualquier caso, resulta bastante más interesante la irregular
La buena esposa (Björn Runge, 2017), donde Glenn Close y Jonathan Pryce encarnan a una pareja en un contexto parecido, aunque en este caso actual (y supuestamente ficticio). Lo cierto es que, en lo que a la obra que nos ocupa respecta, esta es una preocupación menor: por suerte (y como sabemos desde el principio, habiendo poco margen para la intriga), Colette no se conformó con ser “la gran mujer” detrás de nadie e hizo historia por sí misma, tornándose, no ya en uno de los nombres más destacables de la literatura gala, sino en todo un icono temprano de la comunidad LGTBQ: su desprecio por las convenciones de género y sexo al mantener relaciones con hombres, mujeres y personas trans la convierte en un perfecto símbolo de algo que sólo ha encontrado definición recientemente: pansexualidad.