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    Sundance 2022
    Sundance 2022

    Un monstruo viene a mirarme

    Crítica ★★★☆☆ de «Watcher», de Chloe Okuno.

    Estados Unidos, Emirato Árabes Unidos, 2022. Título original: «Watcher». Dirección: Chloe Okuno. Guion: Zack Ford. Compañías productoras: Imagenation Abu Dhabi FZ, Lost City. Dirección de fotografía: Benjamin Kirk Nielsen. Música: Nathan Halpern. Montaje: Michael Block. Producción: Derek Dauchy, John Finemore, Aaron Kaplan, Roy Lee, Mason Novick, Sean Perrone, Steven Schneider. Intérpretes: Maika Monroe, Burn Gorman, Karl Glusman, Daniel Nuta, Ciubuciu Bogdan Alexandru. Duración: 91 minutos.

    Seguramente aún sea muy pronto para ponerse a profetizar, pero ahora mismo, resulta muy difícil pensar en que la carrera de Maika Monroe vaya a encontrar un personaje más icónico que aquel que le tocó encarnar en It Follows, de David Robert Mitchell. En dicho título de culto moderno, recordemos, la por aquel entonces actriz de apenas 20 años sufría el constante (o más bien eterno) acoso de una entidad que, como anunciaba el propio título, la seguiría allá donde ella fuera. Ante esta amenaza, era imposible esconderse, y cualquier intento de huida no sería más que un ridículo aplazamiento de ese momento fatídico en el que el depredador daría por fin caza a su presa. Ocho años después de aquel hito, la presencia de Maika Monroe parece que siga despertando la misma fijación. Efectos secundarios de la memoria cinéfila: las circunstancias que marcan una película pueden muy fácilmente transmitirse a otras. En el caso que ahora nos ocupa, es como si aquella terrible presencia de It Follows, muy en comunión con el espíritu posmoderno de su creador, hubiera conseguido efectuar el último gran salto: perseguir a su víctima predilecta no solo en distintos escenarios, sino también en diferentes filmes. En esta línea, la elección del verbo en la descripción de aquella amenaza, es clave para entender la naturaleza del horror propuesto por Chloe Okuno en este su primer largometraje en solitario.

    Seguir era la acción elegida. It Follows, y no It Kills (Te mata), por ejemplo, que también hubiera hecho justicia a esas perversas reglas del juego. Porque se podría decir que seguir a alguien, de por sí no entraña ningún ataque, ¿pero priva esto al acto de su carácter amenazador? Por supuesto que no. Aquí está el —retorcido— punto de interés de Watcher, otro título que acierta de lleno, no solo en la descripción de la naturaleza del horror, sino también en la elección del arma con la que atacará el aparato fílmico. La situación es la siguiente: el novio de una joven americana acaba de ser premiado con un ascenso en la empresa donde trabaja. Una carga de mayor de responsabilidades acompañada, claro está, por un mayor sueldo. En definitiva, una de esas ofertas que no se pueden rechazar, por mucho que venga con una cláusula a pie de página: dicho trabajo deberá ejercerse desde las oficinas que la matriz empresarial tiene en Rumanía, país natal del chico. Primera situación de conflicto potencial en el seno de la pareja: ambos miembros deben hacer el mismo movimiento… aunque es claramente una parte la que está arrastrando a la otra. Por si la situación de desigualdad no fuera lo suficientemente clara, resulta que ella le sigue a él a un país en el que no conoce a nadie, y del que no habla ni una sola palabra de su idioma oficial. Y por supuesto, hay más: el meollo del asunto. Chloe Okuno maneja a su actriz principal con la consideración que le otorga el recuerdo todavía fresco de It Follows. Esto es, un icono al que, como tal, es imposible no observar. De hecho, parece que ni ella sea ajena al magnetismo que despierta su propia imagen. Una vez más, la cámara se queda prendada de la chica; de la fragilidad y misterio de su mirada, cargada de melancolía narcotizada. No en vano, en Watcher abundan las secuencias en las que Maika Monroe se prepara y arregla (de forma más o menos casual; más o menos deslumbrante) para enfrentarse a la hostilidad del mundo. Pura fragilidad, pero también pura irradiación de esa luz propia que inevitablemente, atrae.

    por Víctor Esquirol Molinas
    marzo 17, 2023

    Crítica | El extraño (Watcher)

    por Víctor Esquirol Molinas | marzo 17, 2023

    El último descenso del cóndor

    Crítica ★★★★☆ de «Utama», de Alejandro Loayza Grisi.

    Bolivia, 2022. Título original: «Utama». Dirección: Alejandro Loayza Grisi. Guion: Alejandro Loayza Grisi. Compañía productora: Alma Films. Dirección de fotografía: Bárbara Álvarez. Montaje: Fernando Epstein. Producción: Santiago Loayza Grisi, Marcos Loayza, Jean-Baptiste Bailly-Maitre. Intérpretes: Luisa Quispe, José Calcina, Santos Choque. Duración: 87 minutos.

    «Todo era tan lento. Creía firmemente que yo estaba allí para observarlos». La travesía a lo largo de la cordillera andina supuso un punto de inflexión para la concepción del tiempo del fotógrafo Sebastião Salgado. Cuando entró en contacto con los saraguros (una de las familias del pueblo quechua), quedó impresionado no tanto por la elevación del paisaje, que rozaba la morada de los dioses, sino por el ritmo pausado que presidía las vidas de su gente. Poco después viajaría hasta el Cuerno de África, donde las hambrunas se habían propuesto diezmar a la población por completo. Lo desconcertante es que, a pesar de la avasalladora sequía, los coptos etíopes mantuvieron intactos sus ritos funerarios, consistentes en un lavado minucioso del cadáver para su purificación. Luego entendió que la única esperanza que alberga una existencia miserable pasa por una confianza ciega en las promesas escatológicas. Utama (2022), la redonda ópera prima de Alejandro Loayza Grisi presentada en el Festival de Sundance, traduce el fotoperiodismo estático del brasileño al dinamismo cinematográfico. El pasar de los días de Virginio y Sisa, un anciano matrimonio de pastores quechua, parece afectado por el mismo sopor que sacudía a los saraguros ecuatorianos. En otra escena, la sangre de una llama sacrificada se mezcla con agua –escasísima tras más de un año de sequía– para, paradójicamente, propiciar la lluvia. De igual modo que las series fotográficas de Sebastião Salgado, aquí tan influyentes, Utama plasma la relación procústica entre un entorno ingobernable y sus pobladores al tiempo que eleva un interrogante: ¿qué es la tierra que pisamos, sino polvo?

    El filme se sitúa en el altiplano boliviano, una meseta ahora baldía y prácticamente deshabitada. Las costras salpicadas por su suelo dibujan una suerte de puzle árido hasta perderse en el horizonte, donde la Fata Morgana nos hace creer que en la distante falda de montañas y volcanes se esconde, ojalá, un oasis de fertilidad. Cuando ni siquiera la ilusión de espejismos alegra la vista en semejante yermo, el calor que desprende el sedimento basta para deformar la parte inferior de la imagen. A medida que la noche reclama su puesto, torbellinos de arena danzan en el páramo como los genios de Las mil y una noches lo hacían en los desiertos de Arabia. Todo ello queda capturado por los grandes planos generales de Bárbara Álvarez (La mujer sin cabeza, 2008). Aunque Utama es un debut más que meritorio, la mitad de su valía se debe al ojo de la cinefotógrafa uruguaya. Es por medio de ingeniosos juegos elípticos que Álvarez establece los puentes necesarios entre el altiplano y el dúo protagonista. En uno de ellos, Sisa (Luisa Quispe) otea el firmamento bajo el sol flameante de un día despejado. Leemos en su mirada que sigue rezando por una gota de lluvia. El primer plano se ve sustituido por uno panorámico del cielo –hoy tampoco lloverá– antes de pasar a otro plano general de Virginio (José Calcina), que conduce su cabaña de llamas a través de la planicie.

    Virginio y Sisa se enfrentan a un dilema difícil de resolver: renunciar a su hogar y al de sus ancestros, o sucumbir a las asperezas del malpaís. La choza donde radican recuerda a las fantasías de Tim Burton: completamente aislada, allá donde Cristo dio las tres voces, y cobijada a la sombra de una roca. Nada tienen salvo dos construcciones precarias, un árbol seco y un corral de ganado. El pueblo más cercano está a media jornada a pie, si bien la mayoría de los lugareños se replegaron a la ciudad, y la bomba de agua, agostada, apenas hace ya honor a su nombre. Por si fuera poco, la salud de Virginio se deteriora en paralelo a la del territorio. Sabe que le queda poco de vida, pero sus ojos aún brillan como dos pozos sin fondo llenos de sueños y esperanzas. A veces, en sus salidas matinales, se topa con alguna piedra extrañamente redonda, o particularmente bonita; entonces la guarda en su saquito para, al regresar a casa, regalársela a su esposa. Son esquejes de los que se desprende la tierra cuando ya han satisfecho su propósito geológico. Sisa, por su parte, se encarga de acudir al río cada mañana con el resto de las mujeres de la zona. La llegada de su nieto, Clever (Santos Choque), disrumpe una rutina que se ha mantenido inalterable durante décadas. No solo eso, sino que viene para convencerlos de que le acompañen a la ciudad. Para él –y volviendo al interrogante original– la tierra es polvo desprovisto de significado, ni qué decir uno sacro. Su urbanismo, moderno y profano, no conoce de raíces ni dioses.

    por Carlos Cruz
    octubre 30, 2022

    Crítica | Utama

    por Carlos Cruz | octubre 30, 2022
    || Críticas | Sundance 2022 | ★★★★☆
    After Yang
    kogonada
    Memories of Green


    Raúl Álvarez
    Madrid | Sundance 2022 (Online) |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2021. Título original: «After Yang». Director: Kogonada. Guion: Kogonada, basado en un relato de Alexander Weinstein. Productores: Phillip Engelhorn, Becky Glupczynski, Andrew Goldman, Caroline Kaplan, Paul Mezey, Theresa Park. Productoras: A24, Cinereach, Per Capita Productions. Presentación oficial: Festival de Cannes 2021 (Un Certain Regard). Distribución en España: Diamond Films. Fotografía: Benjamin Loeb. Música: ASKA. Montaje: Kogonada. Reparto: Colin Farrell, Jodie Turner-Smith, Haley Lu Richardson, Brett Dier, Clifton Collins Jr., Sarita Choudhury, Nana Mensah, Justin H. Min, Eve Lindley, Taylor Ortega, Ken Holmes, Malea Emma Tjandrawidjaja, Jae Kim, Ava DeMary, Lee Wong, Ansley Kerns, Adeline Kerns. Duración: 101 minutos.

    La memoria se hace imagen en el cine de Kogonada. Y ligada a ella, la evocación atraviesa de vuelta las lentes hasta que la luz, ese instante huérfano, produce un nuevo recuerdo. No es fácil enhebrar esa aguja, en la que un personaje introduce el hilo de sus remembranzas en la mirada del espectador y lo cose, indeleble, en la nostalgia de ambos. Basada en un relato corto de Alexander Weinstein incluido en el volumen Children of the New World, After Yang trata precisamente sobre la memoria como camino de ida y vuelta luminoso, el último refugio de quien amó mucho y perdió demasiado, o, tal vez, de quien busca y busca sin cesar eso que no tiene… pero sabe que existe en algún lugar. La premisa es leve y común en la ciencia-ficción literaria. Yang (Justin H. Min), una inteligencia artificial indistinguible de un ser humano se apaga inesperadamente, hecho que altera las vidas de sus dueños, el matrimonio formado por Jake (Colin Farrell) y Kyra (Jodie Turner-Smith) y su hija, la pequeña Mika (Malea Emma Tjandrawidjaja). El silencio de Yang revela entonces la soledad inconfesada de estos tres personajes, actuando como un eco sordo que les devuelve la voz de sus traumas: dolor, pérdida, desconexión. Tristeza.

    Son los mismos temas que levantaron Columbus (2017), la ópera prima de Kogonada, y también, por descontado, el corpus previo de videoensayos dedicados a analizar las formas y el contenido de las películas de sus cineastas favoritos, de Ozu, Bresson, Hitchcock, Fellini y Godard a Bergman, Kubrick, Malick, Aronofsky y Wes Anderson. La particularidad de After Yang frente a estas experiencias previas radica en la audacia de su director y guionista para proponer un estatuto de la imagen-memoria que funciona como oración subordinada a las categorías de la imagen-movimiento y la imagen-tiempo formuladas primero por Bergson y luego por Deleuze. Partiendo de la idea bergsoniana de que estamos constituidos de memoria –«somos a la vez la infancia, la adolescencia, la vejez y la madurez»–, Kogonada articula su película como una inmersión necesariamente subjetiva en los mecanismos de la percepción; origen y final de la imagen y, por lo tanto, los afectos, la conciencia y la materia. Cuando Jake recupera los recuerdos de Yang, grabados en un chip holístico de cristal, lo que ven sus ojos no es tanto una selección escindida de momentos como una versión desdoblada de los mismos, que contrasta con la memoria que Jake guarda de esos instantes. Un espejo frente a un cristal.

    Deleuze, es cierto, teorizó ya sobre la naturaleza especular de la imagen-recuerdo y, más importante, su precipitación en la imagen-cristal, que vendría a ser la suma de una imagen actual y su representación virtual. Kogonada recoge, comprime y plasma esos conceptos en un título cuya etiqueta genérica, la parábola de ciencia-ficción, no es sino una excusa para desplegar mediante un poderoso imaginario visual el modo en que registramos y vivimos la luz, primer acto de la tragedia de la imagen, la memoria, el tiempo y el movimiento. Se entiende la fascinación de Kogonada por los directores antes mencionados, en concreto Ozu y Godard, en tanto en cuanto After Yang, como las mejores obras de estos autores, trata de explicar que la luz existe por y para sí misma y que el tiempo, otra vez Bergson, no está en nosotros, sino que nosotros pertenecemos al tiempo. Tampoco la memoria es un don de nuestra subjetividad. Al contrario, nadamos a contracorriente en sus aguas, allí donde una imagen genera otra imagen y esta otra imagen y esta otra imagen y así sucesivamente. Kogonada moldea este cosmos esencial y libre a partir no solo de la vinculación de Jake con Yang, también de la relación de Jake con Kyra, de la de ambos progenitores con Mika y de la de esta con Yang. Por ese arrecife se descuelgan los lazos sentimentales de un film que se desarrolla consecuentemente como una sucesión de reflejos, brillos y fulgores.

    por Raúl Álvarez
    octubre 09, 2022

    Crítica | Despidiendo a Yang

    por Raúl Álvarez | octubre 09, 2022
    || Críticas | ★★★★☆
    Fire of Love
    Sara Dosa
    Viajes desde el centro de la Tierra


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Canadá y Estados Unidos, 2022. Presentación: Festival de Sundance 2022. Dirección: Sara Dosa. Guion: Sara Dosa, Shane Boris, Erin Casper y Jocelyne Chaput. Producción: Sandbox Films (II) / Cottage M / Intuitive Pictures / National Geographic Documentary Films. Fotografía: Pablo Álvarez-Mesa. Montaje: Erin Casper y Jocelyne Chaput. Música: Nicolas Godin. Reparto: Miranda July (voz), Katia Krafft (archivo), Maurice Krafft (archivo). Duración: 98 minutos.

    Katia y Maurice Krafft fueron una pareja de vulcanólogos que se conocieron cuando eran estudiantes en Estrasburgo, en los años 60, y desde entonces no se separaron hasta la fecha de su muerte, unidos por una vocación y una pasión en común. Sentían verdadera fascinación por la actividad de los volcanes, tanto sus llamativas erupciones como su misteriosa composición y todo el proceso que podía activarlos y hacer correr su lava o propagar sus gases. Por tanto, fueron viajando por el mundo para estudiar estos fenómenos de la naturaleza, de los que hay un gran número, por lo que cada año podían asistir a una o varias erupciones o explosiones. Se quedaban entonces durante días, semanas o meses en las inmediaciones del volcán, grabando y documentando su actividad, para luego montar o editar su trabajo y compartirlo con otros científicos y con el público en general. Así se ganaban la vida, a través de la difusión de sus videos, las conferencias que impartían, las entrevistas que concedían o los libros que publicaban, los cuales arrojaban luz sobre toda esta rama de la geología, desde el desarrollo de montes concretos hasta una visión comparada de su relación con los movimientos tectónicos u otras mutaciones ambientales. Su labor investigadora llegó entonces a ser bastante exhaustiva, aunque se viera truncada demasiado pronto por la muerte del matrimonio, junto con otras cuarenta personas, a causa de la erupción del monte Unzen en Japón, en junio de 1991.

    Los Krafft siempre habían reconocido que su trabajo era peligroso y que, en cualquier momento, podía resultar fatal, pero estaban dispuestos a asumir ese riesgo. No concebían otra forma de vivir. Y en esto insiste el documental ahora dedicado a ellos que se ha estrenado en nuestra cartelera, tras su paso por el festival de Sundance, apropiadamente titulado Fire of Love. Su directora y coguionista, Sara Dosa, ya tenía cierta experiencia en este departamento, y de hecho sus dos anteriores documentales versaban asimismo sobre la relación de ciertos estudiosos con la naturaleza. Ahora ha unido fuerzas con Miranda July (que aporta la voz de la narradora), y en particular con Erin Casper y Jocelyne Chaput, encargados también del guion pero sobre todo del montaje, para resumirnos la vida de los Krafft. De la gran cantidad de imágenes y videos que grabaron y de todo el material de archivo sobre ellos, han debido seleccionar lo imprescindible para estructurar una narración coherente e ilustrativa, en un metraje de hora y media. Su coherencia trae causa del pretendido equilibrio entre su trabajo y su vida personal, entremezclados pues, como adelantábamos, el estudio de los volcanes se convirtió en su razón de ser. Y la ilustración exige incidir en la grabación de todos esos paisajes, dando la suficiente relevancia a cada aspecto de dicho estudio vulcanológico.

    Su amplitud, tanto por todos los elementos a dilucidar que rodean una explosión de estas características como por la propia variedad y multitud de volcanes existentes, queda bien reflejada en este documental, que alterna entre algunos viajes de un monte a otro, de un lugar a otro del planeta, identificados con su correspondiente rótulo; hasta momentos más pausados, en una u otra localización, de sucesión de imágenes muy detalladas del magma o de todas sus alteraciones rocosas o líquidas. Las mismas cobran una gran belleza, vistas desde la seguridad de nuestra butaca, pero su belleza se ha podido adquirir gracias a la cercanía casi suicida con que han sido captadas, y en esa conciencia también reside nuestra admiración. Es un material muy valioso, digno tanto de estudio como de contemplación, pues incluso para quien no entienda casi nada de esta ciencia ni sienta especial interés por ella, la combinación única de texturas y colores logra hipnotizarnos. Aunque no podamos asimilar del todo lo que estamos viendo, su sola fuerza e impacto nos obliga a prestarle toda nuestra atención. En suma, es en estos instantes en que Fire of Love se eleva por encima de la mera recopilación de datos y gana una dimensión más abstracta y memorable.

    En todo caso, no estamos ante un documental expositivo al uso, porque se centra en esa pareja protagonista ya fallecida, sin que por tanto ellos mismos puedan contribuir con sus propias reflexiones, ni resulten oportunas las de otras personas que pudieron conocerles. Únicamente la narración de July busca una cierta interpretación del material, pero en un plano más poético que informativo. Dosa acierta al ceñir así el foco, pues de lo contrario su metraje quedaría descompensado, o habría sido necesario uno más largo, aunque quizá se echan en falta algunos minutos más dedicados a cada faceta de esta vida tan rica en experiencias como breve en duración que tuvieron los Krafft. De hecho, hay algunos interludios animados y alguna secuencia algo fuera de tono (en especial la que incluye un fragmento de El éxtasis del oro, de Morricone) que parecen apuntar hacia un intención más juguetona que nostálgica, en los que se podría haber incidido algo más para articularse plenamente en el conjunto. En cualquier caso, la película es muy meritoria y atractiva, tanto por su mero contenido como por el enfoque que adopta, ajustado a la mezcla de diversión y solemnidad propios de la labor de los Krafft, y por ello es un visionado recomendable para toda clase de espectador. ⁜

    por Ignacio Navarro
    septiembre 01, 2022

    Crítica | Fire of Love

    por Ignacio Navarro | septiembre 01, 2022

    La cámara de gas

    Crítica ★★★★☆ de «Resurrection», de Andrew Semans.

    Estados Unidos, 2022. Título original: «Resurrection». Dirección: Andrew Semans. Guion: Andrew Semans. Compañía productora: Secret Engine, Square Peg, Tango Entertainment. Dirección de fotografía: Wyatt Garfield. Música: Jim Williams. Montaje: Ron Dulin. Producción: Lia Buman, Tim Headington, Drew Houpt, Lars Knudsen, Tory Lenosky, Alex Scharfman. Intérpretes: Rebecca Hall, Angela Wong Carbone, Josh Drennen, Rosemary Howard, Winsome Brown, Jaime Zevallos, Michael Esper, Tim Roth, Grace Kaufman, Patrick Klein, Colin Bradley Lewis. Duración: 103 minutos.

    Hay obras fílmicas que se allanan a seguir una narrativa lineal, simple y efectiva. Luego las hay algo más intrincadas, con estructuras circulares a lo monomito campbelliano. Otras se antojan tan firmes y en apariencia simples como una banda de Moebius, solo para al final de su recorrido demostrarnos –giro argumental mediante– lo equivocados que estábamos. También las hay absolutamente incomprensibles, donde cualquier lectura resulta válida puesto que la pieza no provee ninguna. El perturbador segundo largometraje de Andrew Semans no responde a ninguna de estas definiciones. Resurrection (2022) funciona como un laberinto de espejos en el que el espectador, confundido y cauteloso, avanza a tientas hasta la salida; un haz de luz de gas, si se prefiere, proyectado directamente sobre nuestras retinas por el personaje principal –narradora falible donde las haya. Los estratos que la componen se desvelan paulatinamente, y sin cancelarse los unos a los otros, nos interrogan sobre la naturaleza de la verdad y su cognoscibilidad sin llegar a arrojar conclusiones. Algo así como un Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) con cuatro testimonios distintos y un único compareciente, un El último duelo (Ridley Scott, 2021) desprovisto de certezas.

    Resurrection, presentada en el Festival de Sundance, sigue los pasos de Margaret (Rebecca Hall), una mujer de mediana edad en la cúspide del éxito: posee un alto cargo en una gran compañía, es felizmente soltera –la plenitud de su vida sexual queda patente desde el inicio–, tiene una hija responsable e incluso hace las veces de psicóloga de sus compañeras de trabajo. Una de ellas sufre el maltrato psicológico de su marido en casa y acude a Margaret desesperada, quien por algún motivo parece hablar desde la experiencia al indicarle qué hacer. Sí que sabemos que lleva veintidós años sin pintar, aunque no el motivo (ni de la renuncia a su pasión ni de la exactitud con que recuerda la fecha). Semans exprime a la perfección todos los recursos en su haber a la hora de transmitir este orden frágil y precario. Las oficinas donde trabaja Margaret están ubicadas en la parte más elevada de un edificio modernista, donde la luz penetra cada costado hasta impactar contra el blanco puro de sus muros. Su casa es igualmente pulcra, con dos espacios bien demarcados: el de la madre, extrañamente impersonal y sin rastro alguno de recuerdos; y el de la hija, inundado de posters y un enorme ordenador gamer de sobremesa. Durante este primer acto, la cámara se mantiene alejada de Margaret. Abundan los planos generales y el espacio se respira. Todo cambia el día que Margaret asiste a una conferencia y sus ojos se posan sobre un tipo sentado unas filas más adelante (Tim Roth). Semans se limita a mostrarnos el dorso de su nuca acompañado de una música ominosa y reverberante, que va in crescendo a medida que, tras abandonar la sala, Margaret huye despavorida por las calles de la ciudad. La armonía deja paso a la entropía, y con su irrupción –siempre ruidosa– Resurrection inicia su desdoblamiento y el mundo de Margaret su caída.

    Los planos abiertos se tornan en medios, su duración se acorta y los sonidos, hasta entonces ambientales, adquieren una pesadez lóbrega. En una escena típicamente bergmaniana, las tornas se cambian y nuestra protagonista, a lo largo de siete minutos que se dirían años, le confiesa a su compañera de trabajo la historia de su vida. La de Hall es una de las interpretaciones más apabullantes en tiempo, con la coraza que la protegía desmoronándose conforme los detalles sobre David –aquella figura amenazante de la conferencia– afloran: cuando se enamoró de él en unas islas canadienses, a sabiendas de la diferencia de edad; cuando comenzaron los abusos, que incluyeron el adiós a la pintura (David lo llamó «acto de amabilidad»); cuando devoró a su propio hijo siendo apenas un bebé, cual Cronos, y dejó dos dedos amputados a modo de recordatorio. Como podemos imaginar, el thriller a fuego lento se convierte a partir de este punto en una pesadilla del universo Lynch donde la frontera entre realidad y psicosis está completamente desdibujada. Varias ideas respaldan la locura de Margaret, empezando por sus facciones, cada día más desfiguradas, y la complexión enclenque que adopta. Mientras que algunos han comparado su actuación –salvando las distancias– con la de Isabelle Adjani en La posesión (Andrzej Zulawski, 1981), Rebecca Hall parece presa de demonios de distinta índole: los de su pasado, quizá. También su hija y su amante piensan, de hecho, que ha perdido totalmente el juicio. Pero ¿acaso no sucede siempre que las mujeres empujadas a la insania son tachadas de histéricas, que no de víctimas? Aunque cueste creer que siquiera un psicópata de la peor calaña podría engullir a su vástago después de cocinarlo, la posibilidad debe considerarse antes de desacreditar a Margaret. Al fin y al cabo, las cicatrices en su espalda –causadas por quemaduras de cigarrillo– están ahí. El ingenio de Semans –y ahí es donde El último duelo falló– consiste en aportar datos tremendamente turbadores en ambos sentidos, abriendo un abanico de opciones igualmente valederas.

    «Resurrection funciona como un laberinto de espejos en que el espectador, confundido y cauteloso, avanza a tientas hasta la salida; un haz de luz de gas, si se prefiere, proyectado directamente sobre nuestras retinas por el personaje principal –narradora falible donde las haya–».


    Independientemente de la lectura que hagamos, esta cámara de gas llamada Resurrection no se detiene ahí. Las tribulaciones de Margaret no distan en mucho de la de cualquier madre. «Cuando te conviertes en madre, tu propia vida deja de importar demasiado», dice. Quién sabe si todo filme no es sino una auscultación del trauma de un aborto que no tuvo que haberse producido. O incluso de lo complejo que resulta el criar a una hija. En una de las escenas, Margaret justifica la sobreprotección que ejerce sobre ella en que «ya no es seguro ahí fuera» mientras el noticiario se escucha de fondo, para minutos más tarde asumir el rol de madre guay y servirle una copa de whiskey. Si tensamos un poco más el análisis –empleando, de nuevo, las herramientas que el mismo director proporciona–, Resurrection podría escrutarse como una mirada incisiva hacia las presiones que soporta la mujer en una sociedad tan patriarcal como la nuestra. Los «actos de amabilidad» impuestos por David (la interpretación de Roth es, a mi entender, la mejor de su carrera) aluden a situaciones de maltrato tristemente familiares, como cuando obliga a Margaret a ir descalza al trabajo o a pasar las horas más frías de la madrugada en un parque. El filme de Semans no deja de jugar con nuestra imaginación, y cuando llegado el epílogo oteamos la salida de su laberinto de espejos es solo para darnos cuenta de que, en realidad, acabamos de tropezar en otro.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / Madrid


    por Carlos Cruz
    enero 30, 2022

    Crítica | Resurrection

    por Carlos Cruz | enero 30, 2022

    El domingo que sigue al Sabbat

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Cha Cha Real Smooth», de Cooper Raiff.

    Estados Unidos, 2022. Título original: «Cha Cha Real Smooth». Dirección: Cooper Raiff. Guion: Cooper Raiff. Compañía productora: TeaTime Pictures, Picturestart, Endeavor Content. Dirección de fotografía: Cristina Dunlap. Montaje: Henry Hayes. Producción: Cooper Raiff, Dakota Johnson, Ro Donnelly, Erik Feig, Jessica Switch. Intérpretes: Cooper Raiff, Dakota Johnson, Leslie Mann, Odeya Rush, Brad Garrett, Raúl Castillo, Phil Nardozzi, Colton Osorio, Corrie Danieley, Kelly O'Sullivan, Brenna Sherman, Vanessa Burghardt, Tiffany Sander McKenzie, Amara Pedroso. Duración: 107 minutos.

    A priori, solo a priori, abordar una comedia dramática de las características de Cha Cha Real Smooth (2022) se figura insufrible. Tomemos sin ir más lejos su prólogo, el cual marca la tónica de lo que resta de metraje: Andrew, un chico en plena pubertad con una inclinación alarmante por mujeres mucho mayores que él, irrumpe en una fiesta con sus padres. La cámara avanza en slow motion, intercalando primeros planos del joven con escenas de adultos bailando y charlando bajo globos de helio y luces de neón; la apoteósica The Show Goes On de Lupe Fiasco suena a todo volumen. En este contexto de ensoñación mundana, Andrew clava la mirada en una de las invitadas –quien, cómo no, le dobla la edad. La cámara recupera su velocidad original, e inserción no diegética mediante, descubrimos que la música estaba realmente escuchándose en la sala y no únicamente en la fantasía hormonal del chaval, que en voz baja le confiesa a su madre (Leslie Mann) que se ha enamorado. Ni corto ni perezoso, Andrew también se lo hace saber a la amada, pidiéndole una cita aunque no sin antes reconocer lo singular del asunto. En efecto, Cooper Raiff (que hace las veces de protagonista, director, productor y guionista) se ha asegurado de que su segundo largometraje cumpla con varios de los requisitos que convertirían a cualquier otra película en un bodrio olvidable y trivial. Y sin embargo, para cuando llega el intertítulo que nos transporta a la adultez temprana de Andrew, diez años en el futuro, Cha Cha Real Smooth ya se había ganado nuestrocariño y hasta una genuina admiración todavía por confesar. ¿Qué tiene entonces el cine de Raiff que hace que no dejemos de hablar de él?

    Detengámonos primero en la piedra angular de la cinta: Andrew, que ahora tiene 22 años y acaba de graduarse. Su aspiración es clara: ahorrar algo de dinero para mudarse a Barcelona con su novia, una estudiante brillante becada por el Programa Fulbright. Él, en cambio, alterna su trabajo precario en una franquicia de comida rápida con otro nada convencional e igual de mal pagado: party starter (algo así como animador) de Bar Mitzvah, el rito judaico por el que un niño se declara, a partir de ese momento, responsable de sus actos. Se trata de un oficio exigente a su manera (¿cómo conjugar la rigurosidad de las Doce Tribus con una fiesta yanqui?), pero Andrew se desenvuelve como pez en el agua. Es un charlatán agradable, tan diestro en ser inoportuno como en solventar sus meteduras de pata. El típico tipo de sonrisa boba que todos querrían como amigo y la mayoría como yerno. A diferencia de Alex, el chaval retraído de primer año de carrera con demasiado apego materno al que interpretaba en la prometedora Shithouse (2020), Andrew apenas deja entrever un defecto. Se diría que Cha Cha Real Smooth es, de hecho, la continuación lógica de aquella, cuyo epílogo ya sugería un salto delante para el alter ego al aceptar el sinsentido de la vida universitaria y la incertidumbre de lo que estaba por llegar. Ha sido asimismo un salto adelante para Raiff a nivel tanto actoral como de dirección, limando el toque de autenticidad impostada, típicamente indie, y la comicidad cringe que desbordaba la anterior. Por todo ello sospechamos que, ahora sí, Raiff se quiere bastante a sí mismo. Tiene motivos de sobra: es más joven que casi cualquiera de nosotros y ya ha cosechado importantes éxitos de crítica y público en South by Southwest y Sundance. Por eso resulta tan creíble que Domino (Dakota Johnson), una atractiva madre treintañera con una hija autista, parezca encapricharse con Andrew en el primer Bar Mitzvah al que el filme nos asoma. Parezca, decimos, porque la narrativa no se aparta en ningún momento de la perspectiva pueril de Andrew. Aunque el espectador siquiera se lo ha planteado a estas alturas, el desengaño solo puede ser estratosférico. Al fin y al cabo, los eventos hebraicos en los que participa festejan una madurez que él aún no ha alcanzado. Ahí reside una de las virtudes de Cha Cha Real Smooth: armada con un tono desenfadado y varios sobres de sacarina –el dulzor no empalaga hasta llegada la recta final–, Cooper Raiff nos adentra en su cuento de hadas semiautobiográfico donde la vida no es más que una gran celebración y nada ata porque nada es para siempre. Así es la juventud, de color de rosa.

    «Armada con un tono desenfadado y varios sobres de sacarina –el dulzor no empalaga hasta llegada la recta final–, Cooper Raiff nos adentra en su cuento de hadas semiautobiográfico donde la vida no es más que una gran celebración y nada ata porque nada es para siempre. Así es la juventud, de color de rosa».


    Pero las virtudes de la propuesta, deudora de veteranos del cine independiente estadounidense como Noah Baumbach, Richard Linklater o Sofia Coppola, van más allá. La selección musical bien merece pausar los créditos para incluirla en tu playlist favorita, oscilando entre clásicos inmortales de Ray Charles, el himno disco Funkytown, éxitos recientes del hip hop y el Cha Cha Slide que da a la película su título (no menos peculiar, por cierto, que Shithouse). La transición entre un estilo y otro acompaña el devenir de Andrew, yendo de fiesta en fiesta sin considerar que quizá esté descuidando la suya propia. No obstante, el plato fuerte es el interpretativo. La química que destila la relación entre Raiff y Johnson, determinada por una insalvable diferencia de edad, es arrolladora. El humor grimoso de él se pone de manifiesto ya en su primerísimo contacto. Después de que Domino le relate someramente las dificultades de criar a una hija autista –apartado, este, excelentemente tratado gracias al trabajo de Vanessa Burghardt en el papel de Lola–, al muchacho solo se le ocurre responder que él también cree serlo a veces. Minutos antes, su padrastro comentaba de soslayo y con toda la tranquilidad del mundo que la madre de Andrew había sufrido un episodio maniaco fruto de un trastorno bipolar, a lo que este le espetó un «Greg, ¿es tu trabajo en la Tierra hacer las situaciones incómodas?». Estas y otras ocurrencias están lejos de ser ingeniosas, pero la actuación distraída y entrañable de Raiff consigue que hasta una broma sobre el gancho de Jake Paul nos lo resulte. Y aun así, el tejano se ve eclipsado cada vez que la cámara se posa sobre Dakota Johnson –no cualquiera puede lucir un nombre como Domino y evitar sonar ridículo–. La actriz-productora no solo se apunta otro tanto como madre poliédrica y ambivalente tras la fantástica The Lost Daughter (Maggie Gyllenhaal, 2021), sino que se corona prematuramente como reina del certamen de Utah, donde también produce y protagoniza el romance Am I OK? (Stephanie Allynne y Tig Notaro, 2022). Su Domino está cargada de matices y sutilezas: fuerte y dolorosamente vulnerable, elusiva al tiempo que comprometida. Y cuesta descifrar por qué el magnetismo de Johnson imposibilita que apartemos la retina de la pantalla incluso si es para contemplarla en la barra de la cocina comiendo helado de madrugada. Es en los minutos finales cuando el hechizo comienza a romperse –probablemente porque ni la suspensión de la incredulidad mejor adiestrada puede ya convencernos de que tíos tan intachables como este existan–. Por suerte, Raiff sabe reconducir la deriva melodramática hacia un magnífico plano de cierre que sitúa a cada cual en el lugar donde, creemos, debe estar. A pesar de emplear un tono ligero, Cha Cha Real Smooth se enfrenta a temas inabarcables como el amor no correspondido, la desilusión por las expectativas incumplidas que la vida nos prometió y, sobre todo, la idea de que existir es una experiencia complicada, ya estés en tus veinte como Andrew o en los treinta como Domino. El tiempo pasa y va deprisa, pero como ella misma advierte, «mis recuerdos no se van a ninguna parte». El nuestro de esta película tampoco.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / Madrid


    por Carlos Cruz
    enero 30, 2022

    Crítica | Cha Cha Real Smooth

    por Carlos Cruz | enero 30, 2022

    Tócala otra vez, Sam

    Crítica ★★★☆☆ de «A Love Song», de Max Walker-Silverman.

    Estados Unidos, 2022. Título original: «A Love Song». Dirección: Max Walker-Silverman. Guion: Max Walker-Silverman. Compañía productora: Cow Hip Films, Fit Via Vi Film Productions, MacPac Entertainment. Dirección de fotografía: Alfonso Herrera Salcedo. Montaje: Alfonso Gonçalves, Max Walker-Silverman. Producción: Jesse Hope, Dan Janvey, Max Walker-Silverman. Intérpretes: Dale Dickey, Wes Studi, Michelle Wilson, John Way, Benja K. Thomas, Marty Grace Dennis, Felipe Jorge. Duración: 81 minutos.

    En ocasiones, el ánimo debe ser advertido de que la vida viene tan determinada por las decisiones que se toman como por las que se dejan pasar. A orillas de una balsa en Anarene, Texas, Sam «el León» reflexionaba en voz alta sobre este y otros asuntos en el que es hoy uno de los monólogos más célebres de la historia del cine (La última película, 1971). «Una vez traje aquí a una chica a nadar, hace más de 20 años», decía. «Estar loco por una mujer como ella siempre es lo correcto». También Faye (Dale Dickey) y Lito (Wes Studi) se enamoraron a orillas de un lago cuando eran jóvenes. Por aquel entonces, el rostro de Faye no estaba aún resquebrajado por el terremoto del tiempo; ahora, cincuenta años más tarde, las lágrimas han erosionado los surcos mientras contempla un punto fijo sin apartar la mirada. Se trata de la curva que traza la carretera de acceso a su casa antes de alcanzar un cambio de rasante y desaparecer. La casa en cuestión no es más que una caravana, y está bordeada por la misma charca donde ella y Lito se besaron por primera vez. El pico más alto de las Rocosas la custodia desde su atalaya privilegiada, regalando una estampa exquisita. Aunque Faye, a diferencia de Sam, sí aguarda a que algo suceda. El primer largometraje de Max Walker-Silverman, A Love Song (2022), ahonda en el amor inalterable por lo que ya no existe para encontrar, quizá, algo de belleza en la espera.

    Los contados libros que decoran la estantería de Faye definen su rutina: un compendio de los peces y crustáceos que captura cada mañana; un estudio ornitológico sobre aves americanas, cuyos nombres recita en la vigilia antes de que el atrapasueños que cuelga de su lamparita pueda apresarlos; y un libro de astronomía para divisar constelaciones a la luz de la hoguera. Su destino se lo encomienda al azar, cerrando los ojos frente al calendario hasta que el bolígrafo que sostiene cual péndulo de zahorí se posa sobre una fecha. Todo ello en compañía de una radio que, según ella, «siempre toca la canción perfecta» –una canción de amor, por supuesto–. La música country que suena en su caravana remite a un Johnny Cash de baja categoría o una Dolly Parton con la mitad de éxito. Cowboys de clase B que, como Faye, recorren los despoblados del oeste americano sin pena ni gloria. Las únicas disrupciones a esta repetición de gestos son las visitas esporádicas que recibe. Los primeros en tocar a la puerta son una comitiva de cinco vaqueros que vienen a desenterrar a su padre. La exhumación responde a los trabajos de extracción que se están llevando a cabo en el lago, los cuales alteran, advierten, el plácido descanso de su progenitor. La tropa, recién sacada de un guion de los Coen, viene encabezada por una niña pizpireta que saluda con un «howdy» tejano y actúa como portavoz de los cuatro machos. El contacto más frecuente de Faye es el encargado del correo postal, que se aproxima cada semana a lomos de un pony para anunciar que hoy tampoco trae cartas a su nombre.

    por Carlos Cruz
    enero 30, 2022

    Crítica | A Love Song

    por Carlos Cruz | enero 30, 2022

    Sundance 2022 (II): Palmarés

    Cuadro de honor de la 39ª edición del Festival de Sundance.

    La confrontación entre la memoria del inmigrante (y esclavo) africano y el sueño americano componen el eje narrativo de Nanny, la película vencedora de la última edición del Festival de Sundance que concluye mañana domingo. La ópera prima de Nikyatu Jusu narra la historia de «Aisha, una inmigrante senegalesa indocumentada que consigue un trabajo como niñera de una pareja adinerada de Manhattan. Si bien se gana fácilmente el afecto de su pequeña hija Rose, se convierte en un simple objeto en la fachada del matrimonio. Atormentada por la ausencia del hijo pequeño que dejó en Senegal, Aisha espera que su nuevo trabajo le brinde la oportunidad de traerlo a los Estados Unidos y compartir la vida que está reconstruyendo. Pero a medida que se acerca su llegada, una presencia sobrenatural comienza a invadir tanto sus sueños como su realidad». Un filme con elementos de terror –ya en su cortometraje Suicide by Sunlight, presentado en Sundance 2019, se adentraba en el género— que devuelve a un perfil modesto y de corto alcance a la ganadora en Park City.

    Un recorrido que debe ser mayor y más exitoso a priori para la película ganadora del premio del público: Cha Cha Real Smooth. El segundo largometraje de Cooper Raiff ha sido, como se esperaba, una de las propuestas más destacadas de esta entrega. Una comedia romántica protagonizada por Dakota Johnson y el propio Raiff que nos ubica en la vida de «Andrew, un joven de 22 años, recién salido de la universidad, al que sus estudios no le han procurado un camino claro pensando en el futuro, por lo que está atrapado en su casa con su familia en Nueva Jersey. Pero si la universidad le enseñó algo, eso es beber y divertirse, habilidades que lo convierten en el candidato perfecto para una trabajar como organizador de fiestas. Comenzando en el bar mitzvahs de los compañeros de clase de su hermano menor. En ella, Andrew se hace amigo de una joven madre, Domino, y de su hija, Lola, y justamente en ese instante descubre el futuro que quiere, aunque no sea el suyo». Raiff repite el patrón de su debut, Shithouse, para a través de una relación breve y efímera dialogar sobre las derivas de la juventud estadounidense.

    A continuación, el listado completo de ganadores:

    U.S. DRAMATIC COMPETITION


    • Gran premio del jurado: «Nanny», Nikyatu Jusu.
    • Premio a la mejor dirección: Jamie Dack, «Palm Trees and Power Lines».
    • Premio Waldo Salt al mejor guion: «Emergency», escrita por K.D. Dávila.
    • Premio especial del jurado al mejor reparto: «892».
    • Premio especial del jurado por su visión artística: «blood», Bradley Rust Gray.

    U.S DOCUMENTARY COMPETITION


    • Gran premio del jurado: «The Exiles», Ben Klein y Violet Columbus.
    • Premio a la mejor dirección: Reid Davenport, «I Didn’t See You There».
    • Premio Jonathan Oppenheim al mejor montaje: «Fire of Love», editada por Erin Casper y Jocelyne Chaput.
    • Premio especial del jurado por su visión artística: «Descendant», Margaret Brown.
    • Premio especial del jurado por su impacto de cambio: «Aftershock», Paula Eiselt y Tonya Lewis Lee.

    PREMIOS DEL PÚBLICO


    • Premio del festival: «Navalny», Daniel Roher.
    • U.S. Dramatic Competition: «Cha Cha Real Smooth», Cooper Raiff.
    • U.S. Documentary Competition: «Navalny», Daniel Roher.
    • World Cinema Dramatic Competition: «Girl Picture», Alli Haapasalo, Finlandia.
    • World Cinema Documentary Competition: «The Territory», Alex Pritz, Brasil.

    WORLD CINEMA DRAMATIC COMPETITION


    • Gran premio del jurado: «Utama», Alejandro Loayza Grisi, Bolivia.
    • Premio a la mejor dirección: Maryna Gorbach, «Klondike», Ucrania.
    • Premio especial del jurado a la mejor interpretación: Teresa Sánchez, «Dos estaciones».
    • Premio especial del jurado al espíritu innovador: «Leonor Will Never Die», Martika Ramirez Escobar, Filipinas.

    WORLD CINEMA DOCUMENTARY COMPETITION


    • Gran premio del jurado: «All That Breathes», Shaunak Sen, Reino Unido.
    • Premio a la mejor dirección: Simon Lereng Wilmont, «A House Made of Splinters», Dinamarca.
    • Premio especial del jurado por la verdad en su cine: «Midwives», Snow Hnin Ei Hlaing, Canadá.
    • Premio especial del jurado por su esencia documental: «The Territory», Alex Pritz, Brasil.

    NEXT


    • Premio del público NEXT: «Framing Agnes», Chase Joint.
    • Premio NEXT a la innovación: «Framing Agnes», Chase Joint.

    CORTOMETRAJES


    • Gran premio el jurado: «The Headhunter’s Daughter», Don Josephus Raphael Eblahan.
    • Premio del jurado U.S. Fiction: «If I Go Will They Miss Me», Walter Thompson-Hernández.
    • Premio del jurado: International Fiction: «Warsha», Dania Bdeir, Líbano.

    PREMIOS PARALELOS


    • Premio Alfred P. Sloan: «After Yang», Kogonada.
    • Producers Award Nonfiction: Su Kim, «Free Chol Soo Lee» (U.S. Documentary Competition).
    • Producers Award Fiction: Amanda Marshall, «God’s Country» (Premieres).

    por Emilio M. Luna
    enero 29, 2022

    Palmarés de la 39ª edición del Festival de Sundance

    por Emilio M. Luna | enero 29, 2022

    Malos vecinos

    Crítica ★★★★☆ de «Speak No Evil» de Christian Tafdrup.

    Dinamarca, Países Bajos, 2022. Título original: «Gæsterne». Dirección: Christian Tafdrup. Guion: Christian Tafdrup, Mads Tafdrup. Compañías productoras: Profile Pictures, OAK Motion Pictures. Dirección de fotografía: Erik Molberg Hansen. Música: Sune Kølster. Montaje: Nicolaj Monberg. Producción: Jacob Jarek. Intérpretes: Morten Burian, Sidsel Siem Koch, Fedja van Huêt, Karina Smulders, Liva Forsberg, Marius Damslev, Hichem Yacoubi, Lea Baastrup Rønne, Jesper Dupont, Sieger Sloot. Duración: 97 minutos.

    El punto de partida de esta historia nos sitúa en un escenario y unas circunstancias prácticamente idílicas. A saber, en un pequeño pueblo de la Toscana, se reúne una serie de familias provenientes de esos «estados miembro» que marcan el camino a seguir en el seno de la Unión Europea, ese baluarte del mundo civilizado. Y en efecto, todo lo que vemos es el summum de la civilización: un resort turístico que no lo parece; un patio de recreo para toda la familia, perfectamente integrado en las calles pavimentadas y las construcciones renacentistas de un núcleo urbano en perfecta sintonía con el entorno rural que lo rodea. Y la luz anaranjada del Sol baña unos viñedos que se pierden hasta el horizonte, y la comida es abundante y de primera calidad, y el agua de la piscina está siempre a la temperatura deseada por el bañista: refresca cuando el calor aprieta y calienta cuando intenta sorprender el fresco vespertino. Todo está perfecto. «Qué bien estamos», parecen decir todos, «qué bien estamos...» Porque así se siente, y porque si lo repetimos ad eternum, a lo mejor podremos silenciar las voces de alarma que, muy a lo lejos, intentan advertirnos de que, a lo mejor, no todo está tan bien. Más adelante, cuando ya sea demasiado tarde para volver atrás, descubriremos que lo que en un principio creíamos que era la casilla de salida, en realidad era un episodio muy avanzado en el avance implacable e imparable de un mal que, a esas no-tan-tempranas alturas, resulta estar ya en fase de metástasis.

    La nueva película dirigida y coescrita por Christian Tafdrup arranca con unas imágenes que parecen sacadas de un publirreportaje; de uno de esos anzuelos que la industria turística tiende para que nos acerquemos a un determinado territorio. La belleza sin contexto, o con el justo (el mínimo, vaya) para que su encanto superficial cale en la retina, y no tanto en el cerebro. De lo que se trata aquí es de bloquear las preguntas incómodas, o sea, de desactivar el instinto de supervivencia. Mientras, la vista está en el paraíso, pero el oído en el infierno. Una música exageradamente ominosa (en los tonos y el volumen empleados) acompaña escenas de relajamiento estival; de abundancia y concordia entre los pueblos más prósperos de Occidente. Pero esto es la banda sonora, un aviso que se mueve en el plano extradiegético, y que por lo tanto no puede ser detectado por unos personajes que, por otra parte, tampoco parece que quieran ver (o escuchar) lo que realmente está pasando ahí. La historia de Speak No Evil nace en una burbuja ilusoria donde la integración de los elementos extranjeros se consigue con un «grazie», un «prego» y una propina de rigor al servicio. Es todo una alegre farsa. Una mentira en la que, no obstante, pueden nacer bonitas relaciones de amistad.

    En este edén italiano, una familia holandesa conecta intensamente con otra danesa. Hasta el punto en que, ya terminadas las vacaciones, los primeros hacen llegar a los segundos una postal: una invitación a pasar un fin de semana en los Países Bajos. Y en efecto, todo suena un poco precipitado, pero al final se acaban imponiendo las ganas de probar nuevas experiencias. Esto, y el miedo a no corresponder con las sacras normas de vida en sociedad. Sobre todo pesa esto último: el no querer romper una cordialidad igualmente sagrada; una convivencia amparada en las leyes de la hospitalidad. Sigue sonando de fondo esa maldita música, y a los protagonistas de esta función, les sigue entrando por una oreja y saliendo por la otra, pero al menos a nosotros ya nos ha calado. A estas alturas, no hay dudas con respecto a la naturaleza de la película que estamos viendo: un cuento de terror, se mire como se mire. Una fábula que, como tal, basa buena parte de su impacto en la carga alegórica que llega consigo. De nuevo, Tafdrup nos invita a rascar la superficie… y a horrorizarnos ante lo que vamos a encontrar debajo de ella.

    por Víctor Esquirol Molinas
    enero 24, 2022

    Crítica | Speak No Evil

    por Víctor Esquirol Molinas | enero 24, 2022

    Sundance 2022: Programación

    Primeros apuntes sobre el programa de la 39ª edición.

    Primer paso para la 39ª edición del Festival de Sundance con el anuncio del grueso de su programa. Una parrilla carente de grandes nombres, no, sin embargo de interés, pese a continuar con un marcado perfil bajo –sobre todo en su sección Premieres. «Estoy muy impresionado y orgulloso del trabajo que los equipos de curaduría y producción han realizado para planificar esta edición. Creo que el público estará extremadamente emocionado de reunirse e involucrarse con las increíbles historias que podremos ver», asegura Joana Vicente, director del Sundance Institute. El concepto de reunión es la pieza central de esta entrega pese a que el certamen de Park City repite formato híbrido (online y presencial). Sundance retorna al evento físico pese a que los fantasmas con nombre griego sobrevuelan en el panorama fílmico de inicios de 2022. Con todo, lo importante era asegurar esta edición, que se desarrollará del 20 al 30 de enero: «Estos artistas nos regalan luz en los tiempos más oscuros, y esperamos poderles dar la bienvenida a sus perspectivas únicas y experimentarlas juntos», sentención con orgullo Robert Redford, alma máter del festival de cine independiente más importante del mundo.

    En cuanto al programa en sí, el gran atractivo, una vez más, reside en la capacidad de sorpresa de su concurso nacional, la US. Narrative Competition. Entre las diez integrantes del apartado asoma la segunda película de Cooper Raiff, Cha Cha Real Smooth, una comedia encabezada por Dakota Johnson y un propio Raiff quien, con su ópera prima, Shithouse, ganó en South by Southwest. Competirán en esta sección trabajos de Riley Stearns, Bradley Rust Gray, Kristin Ver Linden, Abi Damaris Corbin, Carey Williams, Mariama Diallo, Nikyatu Jusu, Jamie Duck y Zack Ford; la mayoría directores y directoras debutantes o «sophomores». Sin abandonar la ficción, en la World Cinema Dramatic Competition encontramos hasta tres filmes hispanoparlantes: la chilena La vaca que cantó una canción sobre el futuro, la mexicana Dos estaciones y la boliviana Utama. Tres propuestas que se unen a la única representante española en la parrilla: la traslación del corto (ganador del Goya) al largo de Cerdita, de Carlota Martínez Pereda, encuadrada en Midnight.

    Del resto de la line-up destacan las cintas de Philly Nagy –guionista de Carol de Todd Haynes—, John Patton Ford, Sophie Hyde, Michel Hazanavicius y Ramin Bahrani, que lideran una Premieres, como adelantábamos, bastante descafeinada. Siguiendo con las citas ineludibles, dentro de Spotlight se exhibirá la premiere norteamericana de After Yang, segunda película de Kogonada que se proyectó en Un Certain Regard de Cannes en verano y que, tras pulir en postproducción algunos aspectos, como hiciera David Lowery con The Green Knight, también de A24,, vuelve a las pantallas de cara a su estreno estadounidense en primavera. Kogonada presentó en Park City, concretamente en NEXT, su primera obra, la magnífica Columbus. Y, pese a que las miradas estarán puestas en el máximo apartado, estaremos atentos a lo que acontezca justamente en NEXT, vivero de talento y sorpresas. Este año con el último filme (Something In The Dirt) de Justin Benson y Aaron Moorhead, dos de los nuevos estandartes del fantástico dentro de la factoría indie. Se lo contaremos en EAM –primero con un especial sobre su programación y durante el festival con críticas— y también en SundanceTV España.

    U.S. DRAMATIC COMPETITION


    • 892, Abi Damaris Corbin, EE.UU.
    • Alice, Krystin Ver Linden, EE.UU.
    • Blood, Bradley Rust Gray, EE.UU.
    • Cha Cha Real Smooth, Cooper Raiff, EE.UU.
    • Dual, Riley Stearns, EE.UU.
    • Emergency, Carey Williams, EE.UU.
    • Master, Mariama Diallo, EE.UU.
    • Nanny, Nikyatu Jusu, EE.UU.
    • Palm Trees and Power Lines, Jamie Dack, EE.UU.
    • Watcher, Chloe Okuno, EE.UU.

    U.S. DOCUMENTARY COMPETITION


    • Aftershock, Paula Eiselt, Tonya Lewis Lee, EE.UU.
    • Descendant, Margaret Brown, EE.UU.
    • The Exiles, Ben Klein, Violet Columbus, EE.UU.
    • Fire Of Love, Sara Dosa, EE.UU.
    • Free Chol Soo Lee, Julie Ha, Eugene Yi.
    • I Didn’t See You There, Reid Davenport, EE.UU.
    • The Janes, Tia Lessin, Emma Pildes, EE.UU.
    • Jihad Rehab, Meg Smaker.
    • TikTok, Boom, Shalini Kantayya, EE.UU.

    WORLD CINEMA DRAMATIC COMPETITION


    • Brian And Charles, Jim Archer, Reino Unido.
    • La vaca que cantó una canción sobre el futuro, Francisca Alegría, Chile.
    • Dos estaciones, Juan Pablo González, México.
    • Gentle, Anna Eszter Nemes, László Csuja, Hungría.
    • Girl Picture, Alli Haapasalo, Finlandia.
    • Klondike, Maryna Er Gorbach, Ucrania.
    • Leonor Will Never Die, Martika Ramirez Escobar, Filipinas.
    • Marte Um (Mars One), Gabriel Martins, Brasil.
    • Utama, Alejandro Loayza Grisi, Bolivia.
    • You Won’t Be Alone, Goran Stolevski, Australia.

    WORLD CINEMA DOCUMENTARY COMPETITION


    • All That Breathes, Shaunak Sen, India.
    • Calendar Girls, Maria Loohufvud, Love Martinsen, Suecia.
    • A House Made of Splinters, Simon Lereng Wilmont, Dinamarca.
    • Midwives, Snow Hnin Ei Hlaing, Myanmar.
    • The Mission, Tania Anderson, Finlandia.
    • Nothing Compares, Kathryn Ferguson, Irlanda.
    • Sirens, Rita Baghdadi, Líbano.
    • Tantura, Alon Schwarz, Israel.
    • The Territory, Alex Pritz, Brasil.
    • We Met in Virtual Reality, Joe Hunting, Reino Unido.

    NEXT


    • The Cathedral, Ricky D’Ambrose, Italia.
    • Every Day In Kaimukī, Alika Tengan, EE.UU.
    • Framing Agnes, Chase Joynt, Canadá.
    • A Love Song, Max Walker-Silverman, EE.UU.
    • Mija, Isabel Castro, EE.UU.
    • Riotsville, USA, Sierra Pettengill, EE.UU.
    • Something In The Dirt, Justin Benson, Aaron Moorhead, EE.UU.

    PREMIERES


    • 2nd Chance, Ramin Bahrani, EE.UU.
    • Am I Ok?, Stephanie Allynne, Tig Notaro, EE.UU.
    • Brainwashed: Sex-Camera-Power, Nina Menkes, EE.UU.
    • Call Jane, Phyllis Nagy, EE.UU.
    • Downfall: The Case Against Boeing, Rory Kennedy, EE.UU.
    • Emily the Criminal, John Patton Ford, EE.UU.
    • Final Cut, Michel Hazanavicius, Francia.
    • God’s Country, Julian Higgins, EE.UU.
    • Good Luck to You, Leo Grande, Sophie Hyde, Reino Unido.
    • Honk for Jesus, Save Your Soul, Adamma Ebo, EE.UU.
    • Jeen-yuhs: A Kanye Trilogy, Clarence “Coodie” Simmons, Chike Ozah, EE.UU.
    • La guerra civil, Eva Longoria Bastón, Reino Unido.
    • Living, Oliver Hermanus, Reino Unido.
    • Lucy and Desi, Amy Poehler, EE.UU.

    SALT LAKE CITY OPENING NIGHT


    • My Old School, Jono McLeod, Reino Unido.
    • The Princess, Ed Perkins, EE.UU.
    • Resurrection, Andrew Semans, EE.UU.
    • Sharp Stick, Lena Dunham, EE.UU.
    • To The End, Rachel Lears, EE.UU.
    • We Need to Talk About Cosby, W. Kamau Bell, EE.UU.
    • When You Finish Saving the World, Jesse Eisenberg, EE.UU.

    MIDNIGHT


    • Babysitter, Monia Chokri, Canadá.
    • Fresh, Mimi Cave, EE.UU.
    • Hatching, Hanna Bergholm, Finlandia.
    • Meet Me In The Bathroom, Ylan Southern, Will Lovelace, Reino Unido.
    • Cerdita, Carlota Pereda, España.
    • Speak No Evil, Christian Tafdrup, Dinamarca.

    SPOTLIGHT


    • After Yang, Kogonada, EE.UU.
    • El acontecimiento, Audrey Diwan, Francia.
    • Neptune Frost, Anisia Uzeyman, Saul Williams, EE.UU., Ruanda.
    • Three Minutes – A Lengthening, Bianca Stigter, Países Bajos.
    • La peor persona del mundo, Joachim Trier, Noruega.

    por Emilio M. Luna
    diciembre 09, 2021

    Sundance 2022: Programación

    por Emilio M. Luna | diciembre 09, 2021
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