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El acusado Plumas
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    Crítica | Speak No Evil

    Malos vecinos

    Crítica ★★★★☆ de «Speak No Evil» de Christian Tafdrup.

    Dinamarca, Países Bajos, 2022. Título original: «Gæsterne». Dirección: Christian Tafdrup. Guion: Christian Tafdrup, Mads Tafdrup. Compañías productoras: Profile Pictures, OAK Motion Pictures. Dirección de fotografía: Erik Molberg Hansen. Música: Sune Kølster. Montaje: Nicolaj Monberg. Producción: Jacob Jarek. Intérpretes: Morten Burian, Sidsel Siem Koch, Fedja van Huêt, Karina Smulders, Liva Forsberg, Marius Damslev, Hichem Yacoubi, Lea Baastrup Rønne, Jesper Dupont, Sieger Sloot. Duración: 97 minutos.

    El punto de partida de esta historia nos sitúa en un escenario y unas circunstancias prácticamente idílicas. A saber, en un pequeño pueblo de la Toscana, se reúne una serie de familias provenientes de esos «estados miembro» que marcan el camino a seguir en el seno de la Unión Europea, ese baluarte del mundo civilizado. Y en efecto, todo lo que vemos es el summum de la civilización: un resort turístico que no lo parece; un patio de recreo para toda la familia, perfectamente integrado en las calles pavimentadas y las construcciones renacentistas de un núcleo urbano en perfecta sintonía con el entorno rural que lo rodea. Y la luz anaranjada del Sol baña unos viñedos que se pierden hasta el horizonte, y la comida es abundante y de primera calidad, y el agua de la piscina está siempre a la temperatura deseada por el bañista: refresca cuando el calor aprieta y calienta cuando intenta sorprender el fresco vespertino. Todo está perfecto. «Qué bien estamos», parecen decir todos, «qué bien estamos...» Porque así se siente, y porque si lo repetimos ad eternum, a lo mejor podremos silenciar las voces de alarma que, muy a lo lejos, intentan advertirnos de que, a lo mejor, no todo está tan bien. Más adelante, cuando ya sea demasiado tarde para volver atrás, descubriremos que lo que en un principio creíamos que era la casilla de salida, en realidad era un episodio muy avanzado en el avance implacable e imparable de un mal que, a esas no-tan-tempranas alturas, resulta estar ya en fase de metástasis.

    La nueva película dirigida y coescrita por Christian Tafdrup arranca con unas imágenes que parecen sacadas de un publirreportaje; de uno de esos anzuelos que la industria turística tiende para que nos acerquemos a un determinado territorio. La belleza sin contexto, o con el justo (el mínimo, vaya) para que su encanto superficial cale en la retina, y no tanto en el cerebro. De lo que se trata aquí es de bloquear las preguntas incómodas, o sea, de desactivar el instinto de supervivencia. Mientras, la vista está en el paraíso, pero el oído en el infierno. Una música exageradamente ominosa (en los tonos y el volumen empleados) acompaña escenas de relajamiento estival; de abundancia y concordia entre los pueblos más prósperos de Occidente. Pero esto es la banda sonora, un aviso que se mueve en el plano extradiegético, y que por lo tanto no puede ser detectado por unos personajes que, por otra parte, tampoco parece que quieran ver (o escuchar) lo que realmente está pasando ahí. La historia de Speak No Evil nace en una burbuja ilusoria donde la integración de los elementos extranjeros se consigue con un «grazie», un «prego» y una propina de rigor al servicio. Es todo una alegre farsa. Una mentira en la que, no obstante, pueden nacer bonitas relaciones de amistad.

    En este edén italiano, una familia holandesa conecta intensamente con otra danesa. Hasta el punto en que, ya terminadas las vacaciones, los primeros hacen llegar a los segundos una postal: una invitación a pasar un fin de semana en los Países Bajos. Y en efecto, todo suena un poco precipitado, pero al final se acaban imponiendo las ganas de probar nuevas experiencias. Esto, y el miedo a no corresponder con las sacras normas de vida en sociedad. Sobre todo pesa esto último: el no querer romper una cordialidad igualmente sagrada; una convivencia amparada en las leyes de la hospitalidad. Sigue sonando de fondo esa maldita música, y a los protagonistas de esta función, les sigue entrando por una oreja y saliendo por la otra, pero al menos a nosotros ya nos ha calado. A estas alturas, no hay dudas con respecto a la naturaleza de la película que estamos viendo: un cuento de terror, se mire como se mire. Una fábula que, como tal, basa buena parte de su impacto en la carga alegórica que llega consigo. De nuevo, Tafdrup nos invita a rascar la superficie… y a horrorizarnos ante lo que vamos a encontrar debajo de ella.

    Gæsterne, Christian Tafdrup
    Midnight | Sundance Film Festival.

    «En tiempos de tensiones internas entre los socios de la Unión Europea, Christian Tafdrup nos habla de vecinos malavenidos. Lo hace esquivando la tentación de tomarla con los frentes ahora mismo más sangrantes, y enfrentando a dos familias que representan a dos de los llamados países «frugales», es decir, esos faros del sentido común, la disciplina y la buena gestión de recursos que todos deberíamos seguir».


    Llegan los daneses a casa de los holandeses, y como cabía esperar, todo son sonrisas y bromas inofensivas. Pero a los pocos minutos, el ambiente de camaradería se empieza a disolver. Un insignificante malentendido lleva a un pequeño accidente… que lleva a un silencio glacial. A veces, cuando no damos crédito, preferimos callar, porque esto que está pasando es tan fuerte, es tan increíble, que a la fuerza se nos debe estar escapando algo. Seguro que no estamos sabiendo leer las reglas del juego. Importante: antes estábamos en territorio neutral; ahora nos encontramos en campo contrario. El inglés, esa lengua común con la que nos entendemos, deja cada vez más hueco a conversaciones (siempre en petit comité) en danés y holandés. Los subtítulos, por cierto, desaparecen cuando se oye este último idioma. Los huéspedes hacen sentir a sus invitados como lo que siempre han sido y siempre serán: extranjeros. Lo provocador de la propuesta consiste en poner el foco (y parte de la culpa) en estos mismos, es decir, en los sujetos que están en posición de desventaja… a lo mejor porque ellos mismos lo han permitido. Picos de incomodidad que bien podrían haber salido de la mente de Ruben Östlund degeneran rápidamente en el desasosiego de quien descubre haberse metido en la boca del lobo, justo en el momento en que sus fauces se han cerrado. En tiempos de tensiones internas entre los socios de la Unión Europea, Christian Tafdrup nos habla de vecinos malavenidos. Lo hace esquivando la tentación de tomarla con los frentes ahora mismo más sangrantes, y enfrentando a dos familias que representan a dos de los llamados países «frugales», es decir, esos faros del sentido común, la disciplina y la buena gestión de recursos que todos deberíamos seguir. Porque a lo mejor no hace falta tomarla con, por ejemplo, Viktor Orbán cuando en casa tienes a Mark Rutte, por poner otro ejemplo.

    El mundo, al fin y al cabo, lo modelan los privilegiados. A nosotros, el director nos priva del privilegio de la información: jugando constantemente con el fuera de campo, nos sitúa en la incómoda situación de preguntarnos si aquello que sabemos es aquello que vemos y/o oímos. O si se prefiere, ¿podemos poner en el saco de evidencias aquello que ni nuestros ojos ni nuestras orejas han captado? Aunque el director tiene más clara la pregunta del millón: ¿qué es lo que necesitas ver para darte cuenta de lo que realmente está sucediendo? Y así, Speak No Evil nos lleva a una escalada de tensión que inevitablemente nos conduce a ese infierno que ya anunciaba aquella banda sonora. Hasta que estalla una violencia insoportable; intolerable. La película nos bombardea, ahora sí, con esas imágenes y sonidos que al principio negábamos, pero que siempre estuvieron allí. Con ello, pone sobre la mesa aquellas preguntas que incomodan porque en teoría ponen en peligro la convivencia pacífica… solo que esta ya fue dinamitada hará ya mucho tiempo. Antes incluso de que empezara la proyección. En cualquier caso, para cuando se han cruzado todas las líneas rojas, ya no se puede volver atrás. Ya no vale preguntar «¿por qué?». De modo que, sin miedo: ¿Hasta qué punto podemos justificar el no-intervencionismo ante códigos que nos son ajenos? Y por supuesto: ¿El dolor ajeno nos puede ser ajeno?


    Víctor Esquirol Molinas |
    © Revista EAM / Barcelona


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