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    Crítica | Watcher

    Un monstruo viene a mirarme

    Crítica ★★★☆☆ de «Watcher», de Chloe Okuno.

    Estados Unidos, Emirato Árabes Unidos, 2022. Título original: «Watcher». Dirección: Chloe Okuno. Guion: Zack Ford. Compañías productoras: Imagenation Abu Dhabi FZ, Lost City. Dirección de fotografía: Benjamin Kirk Nielsen. Música: Nathan Halpern. Montaje: Michael Block. Producción: Derek Dauchy, John Finemore, Aaron Kaplan, Roy Lee, Mason Novick, Sean Perrone, Steven Schneider. Intérpretes: Maika Monroe, Burn Gorman, Karl Glusman, Daniel Nuta, Ciubuciu Bogdan Alexandru. Duración: 91 minutos.

    Seguramente aún sea muy pronto para ponerse a profetizar, pero ahora mismo, resulta muy difícil pensar en que la carrera de Maika Monroe vaya a encontrar un personaje más icónico que aquel que le tocó encarnar en It Follows, de David Robert Mitchell. En dicho título de culto moderno, recordemos, la por aquel entonces actriz de apenas 20 años sufría el constante (o más bien eterno) acoso de una entidad que, como anunciaba el propio título, la seguiría allá donde ella fuera. Ante esta amenaza, era imposible esconderse, y cualquier intento de huida no sería más que un ridículo aplazamiento de ese momento fatídico en el que el depredador daría por fin caza a su presa. Ocho años después de aquel hito, la presencia de Maika Monroe parece que siga despertando la misma fijación. Efectos secundarios de la memoria cinéfila: las circunstancias que marcan una película pueden muy fácilmente transmitirse a otras. En el caso que ahora nos ocupa, es como si aquella terrible presencia de It Follows, muy en comunión con el espíritu posmoderno de su creador, hubiera conseguido efectuar el último gran salto: perseguir a su víctima predilecta no solo en distintos escenarios, sino también en diferentes filmes. En esta línea, la elección del verbo en la descripción de aquella amenaza, es clave para entender la naturaleza del horror propuesto por Chloe Okuno en este su primer largometraje en solitario.

    Seguir era la acción elegida. It Follows, y no It Kills (Te mata), por ejemplo, que también hubiera hecho justicia a esas perversas reglas del juego. Porque se podría decir que seguir a alguien, de por sí no entraña ningún ataque, ¿pero priva esto al acto de su carácter amenazador? Por supuesto que no. Aquí está el —retorcido— punto de interés de Watcher, otro título que acierta de lleno, no solo en la descripción de la naturaleza del horror, sino también en la elección del arma con la que atacará el aparato fílmico. La situación es la siguiente: el novio de una joven americana acaba de ser premiado con un ascenso en la empresa donde trabaja. Una carga de mayor de responsabilidades acompañada, claro está, por un mayor sueldo. En definitiva, una de esas ofertas que no se pueden rechazar, por mucho que venga con una cláusula a pie de página: dicho trabajo deberá ejercerse desde las oficinas que la matriz empresarial tiene en Rumanía, país natal del chico. Primera situación de conflicto potencial en el seno de la pareja: ambos miembros deben hacer el mismo movimiento… aunque es claramente una parte la que está arrastrando a la otra. Por si la situación de desigualdad no fuera lo suficientemente clara, resulta que ella le sigue a él a un país en el que no conoce a nadie, y del que no habla ni una sola palabra de su idioma oficial. Y por supuesto, hay más: el meollo del asunto. Chloe Okuno maneja a su actriz principal con la consideración que le otorga el recuerdo todavía fresco de It Follows. Esto es, un icono al que, como tal, es imposible no observar. De hecho, parece que ni ella sea ajena al magnetismo que despierta su propia imagen. Una vez más, la cámara se queda prendada de la chica; de la fragilidad y misterio de su mirada, cargada de melancolía narcotizada. No en vano, en Watcher abundan las secuencias en las que Maika Monroe se prepara y arregla (de forma más o menos casual; más o menos deslumbrante) para enfrentarse a la hostilidad del mundo. Pura fragilidad, pero también pura irradiación de esa luz propia que inevitablemente, atrae.

    Watcher, Noah Okuno
    U.S. Dramatic Competition Sundance Film Festival.

    «Watcher nos ataca a través de los sentidos: tanto a partir de la obviedad del estruendo, como a partir de la ambigüedad de lo imperceptible. A no ser, claro, que hagamos caso a ese instinto de supervivencia que, por desgracia, rara vez se equivoca. Y como sucedía en la versión que Leigh Whannell dirigió de El hombre invisible, la función explora el miedo más desasosegante: el de que el mundo crea que estás loca»


    De hecho, ni ella misma puede evitar quedarse mirando su reflejo en el espejo. Pequeños arrebatos narcisistas que refuerzan la evidencia: la chica tiene estrella, y claro, esta puede atraer también miradas indeseadas. Aquí se materializa la amenaza de Watcher, en algo inmaterial. Unos ojos que se posan sobre esta extranjera que en todo momento se siente violentamente rechazada por el país de acogida. Las hostilidades con las que juega Chloe Okuno no solo operan en el plano visual, sino que también atacan el oído. Primero porque este, como le pasa a la protagonista, sufre la exclusión en unos diálogos que se intuyen importantes; después porque aunque la película no se apoye en la muleta sonora del jump-scare, no deja de ser cierto que los estallidos de decibelios marcan algo similar a la banda sonora de fondo (porque por lo visto, y por ejemplo, en Rumanía, la única opción a la hora de llamar a la puerta, es aporrearla). Watcher nos ataca a través de los sentidos: tanto a partir de la obviedad del estruendo, como a partir de la ambigüedad de lo imperceptible. A no ser, claro, que hagamos caso a ese instinto de supervivencia que, por desgracia, rara vez se equivoca. Y como sucedía en la versión que Leigh Whannell dirigió de El hombre invisible, la función explora el miedo más desasosegante: el de que el mundo crea que estás loca. Porque aquello que amarga la existencia de Maika Monroe (más allá de ese idioma indescifrable y de esos portazos) no puede demostrarse con ninguna prueba palpable. Resulta que un hombre la mira. En la calle, en un supermercado, en una sala de cine (volvemos a aquel repentino punto de inflexión de It Follows), incluso en su piso. Imposible esconderse; imposible esquivar esas balas silenciosas con las que el enemigo va marcando a su próximo trofeo. Ahora lo conocemos como «male gaze». Si Brian De Palma nos recordaba, mediante el uso de pantallas partidas, que el acto de mirar no tiene nada de pasivo, Chloe Okuno hace lo mismo, pero en este caso dando cuerpo a un texto que tiene muy clara esa duda que, en realidad, no debería abordarse, más que nada porque es una pregunta trampa. A saber, ¿en qué momento la amenaza pasa a ser un peligro real? Watcher está suspendida en el espacio (y el tiempo) que supuestamente separa un punto del otro, solo que, como entendemos después de haber estado ignorando las señales, no hay separación posible. Básicamente, porque cuando se lanza esa mirada impunemente invasiva, el mal ya está hecho.


    Víctor Esquirol Molinas |
    © Revista EAM / Barcelona


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