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    Sundance 2013
    Sundance 2013
    Very Good Girls

    El verano en que me hice mayor

    crítica de Very Good Girls | dirigida por Naomi Foner, 2014

    La estación estival ha sido desde siempre, probablemente debido a una combinación casual de sol, cervezas, tiempo libre, nuevas amistades y hormonas en eclosión, una época de descubrimiento, cambio y evolución para cualquier adolescente. En esa especie de universo propio que cada cual engendra a su gusto durante los años, poblado de símbolos, canciones, bromas y guiños que nunca son idénticos a los del resto, un imaginario vital se va construyendo poco a poco, para ser recordado con nitidez solamente muchos años después. Dice Carles Sanchís, uno de mis poetas favoritos, que todos los años empiezan en septiembre, y es que aunque esos veranos de emociones frenéticas, cuerpos dominados por la química y amistades que alcanzan el estatus de sacramento, jamás regresen, son muchas veces los responsables de mudarnos de piel, lanzarnos al vacío de bruces o inyectarnos un chute de felicidad, según coincida. En definitiva, esta fracción del año resulta ser, en la realidad, ergo, en la pantalla también, una época crucial repleta de historias que merecen ser contadas, bien sea en tono épico, cómico o dramático. En Very good girls, su creadora Naomi Foner plasma el propósito de retratar la complicidad, los problemas y el proceso de iniciación sexual de dos chicas adolescentes durante un verano importante para el transcurso de sus vidas. Y lo hace partiendo de la base de un cliché tan manido en los dramas comerciales norteamericanos sobre esta temática, como es la preocupación acerca de la pérdida de virginidad, desde un punto de vista femenino que mezcla competitividad, miedo, timidez y autoexploración. A priori, con la intención de mostrar las diferencias de educación y actitud, la directora escoge el antagonismo (de carácter pero también físico) entre las dos protagonistas; mientras que la rubia y dulce Lilly (Dakota Fanning) parece más tímida, apocada, introvertida y llena de inquietudes, Gerry (Elisabeth Olsen), castaña y de vestimenta más exótica, tiene personalidad mucho más impulsiva, risueña y atrevida. Mientras que Lilly tiene una relación compleja con su familia, puesto que sus padres están separados y en constante disputa, y en su hogar se estila una mentalidad un tanto anticuada, la casa de Gerry está inmersa en un ambiente más festivo, libertino y particular, entre comida vegetariana, instrumentos musicales y flexibilidad de horarios.

    Cuando ambas chicas se hallan en un momento de ávido interés por ampliar los lindes de su escasa experiencia sexual, conocen a David (Boyd Holbrook), un atractivo joven surfero algo mayor que ellas, que vive sólo en un estudio donde trabaja como guardia de seguridad, y de paso aprovecha para dedicarse al arte (y he aquí otra combinación prototípica de clichés adolescentes), surge el conflicto. La categoría fundamental de cualquier argumento, en este caso en particular, une esos primeros contactos sexuales, reflejando la inseguridad, las ganas y la represión o liberación de los deseos más primarios, con las mentiras, los secretos y los problemas que todo ello acarreará en la relación entre Lilly y Gerry. Sin embargo, lo que podría ser el trazo de las inquietudes más íntimas de una adolescente actual y su vínculo con temas universales como la muerte, la confianza en uno mismo y en los demás, las disidencias familiares, y sobre todo, el sexo como búsqueda de la identidad, como pérdida de la inocencia, o como fuente de placer, se ve totalmente anulado por un guión vacío y unas interpretaciones insustanciales. Very good girls es una cinta entretenida y ligera, pero que sin duda adolece de falta ritmo y personajes creíbles con fuerza y vida propias, le sobran tópicos en los diálogos, rigidez en las escenas de sexo, y mayores cotas de humor. La prolífica y joven Dakota Fanning (que había tenido ocasión de ver anteriormente en metrajes recientes como Night Moves, u otros de la pasada década que reflejan su innegable talento infantil, véase la emotiva Yo soy Sam, o la bella secuencia final junto a Glenn Close en la que participa en Nueve vidas, de Rodrigo García) atraviesa este film deslucida, sin brillo, sin expresividad y sin la capacidad de transmitir al público esa torbellino imparable de sentimientos contrapuestos que atraviesa la cabeza de cualquier adolescente en el verano que se hace mayor.

    por Anónimo
    agosto 04, 2014

    Crítica | Very Good Girls

    por Anónimo | agosto 04, 2014
    Oculus

    Reflejos del más allá

    crítica de Oculus | Mike Flanagan, 2013

    Mike Flanagan logró ganarse cierto crédito entre la crítica con su ópera prima, Absentia (2011), una pequeña cinta de terror en su vertiente de leyendas urbanas y extrañas desapariciones que acumuló un buen puñado de premios en su periplo por diferentes festivales de temática fantástica. La prueba de fuego le llega ahora con su segundo largometraje, Oculus (2013), con el que se juega su incipiente prestigio como nombre a tener en cuenta dentro del género del terror en años venideros. Para ello, Flanagan desentierra el punto de partida que le sirvió de base para su exitoso mediometraje Oculus: Chapter 3 - The Man with the Plan (2006): un misterioso espejo medieval provisto de poderes maléficos con los que destroza las vidas de sus sucesivos dueños. No es una mala idea, desde luego, aunque también es verdad que el tema de las presencias fantasmales que acechan a los vivos desde detrás de los espejos ha sido una constante ya explotada con anterioridad en obras tan interesantes como Reflejos (2008, Alexander Aja) –remake norteamericano de la surcoreana El otro lado del espejo (2003, Kim Seong-ho)–, la nunca suficientemente reivindicada Poltergeist III (1988, Gary Sherman) o, sin ir más lejos, el reciente estreno español Purgatorio (2014, Pau Teixidor). Sin embargo, siempre se agradece la llegada de un producto nuevo (pese a que beba de múltiples fuentes clásicas) en unos tiempos en que nos hemos malacostumbrado a la saturación de remakes de viejos éxitos (historias convenientemente pasadas por chapa y pintura para ser adaptadas a nuestros tiempos que, por lo general, acaban siendo más descafeinadas que las obras originales) o interminables entregas de franquicias incombustibles como Paranormal Activity (2007, Oren Peli) o Insidious (2010, James Wan).

    La historia de Oculus se desarrolla en dos líneas temporales diferentes, separadas por un espacio de once años, teniendo como escenario la misma casa y presentándose paralelamente los acontecimientos del presente con flashbacks que muestran lo que sucedió en el pasado. Tim es un muchacho que, al cumplir los 21 años, abandona el psiquiátrico donde fue recluido con solo 10, acusado del asesinato de sus padres. Su hermana Kaylie, con la que vivió aquella terrorífica experiencia siendo niños, le espera a su salida para ajustar cuentas con el verdadero culpable de tragedia: un antiguo espejo que se ha cobrado casi medio centenar de víctimas mortales a lo largo de los siglos y que la joven ha logrado recuperar por un corto espacio de tiempo en una subasta. Durante una interminable noche, los protagonistas se enfrentarán, en la misma casa donde quedaron huérfanos, a los horripilantes juegos psicológicos del espejo, en los que presente y pasado se mezclan con la intención de hacerles perder la razón. Con este sugestivo y muy interesante planteamiento, la segunda incursión en el largometraje de Flanagan se erige como una de las películas de terror más destacables de la cosecha de 2013. Estrenada con éxito en el Festival de Toronto, Oculus acierta de lleno a la hora de crear una atmósfera de pesadilla, con una buena dosificación de las apariciones fantasmales y un hábil montaje que consigue que el público menos atento no se pierda entre tanto salto temporal en la historia. Podría haber sido un filme más de tantos con casa encantada que ejerce su demoníaco influjo sobre las personas que la habitan –de hecho, es inevitable no recordar en algunos de sus momentos a clásicos como Terror en Amityville (1979, Stuart Rosenberg) o El resplandor (1980, Stanley Kubrick)–, pero la pericia del Flanagan guionista (en colaboración con Jeff Hoeard) transforma a esta obra en un retorcido y alucinógeno pasaje del terror en donde, agradablemente, hay más lugar para el escalofrío que para el gore (pese a alguna escena de fuerte impacto como la que tiene como protagonista a una bombilla).

    por José Martín León
    junio 01, 2014

    Crítica | Oculus

    por José Martín León | junio 01, 2014
    Crystal Fairy

    Aluminosis hemisférica

    crítica de Crystal Fairy and the Magical Cactus, de Sebastián Silva, 2013

    El tema del viaje como metáfora de búsqueda y descubrimento —de uno mismo, del mundo o del otro— es tan antigüo como las primeras civilizaciones. Es uno de los grandes temas de la literatura universal —religiosa, mística, alegórica, etc.— y ha sido inspiración de algunas de las cimas creativas del genio humano. Desde el periplo homérico hasta el itinerario interior que es Rayuela, sin olvidar, el viaje de viajes, la Divina Commedia, el testimonio de nuestro deambular por este mundo ha sido una de las mayores inquietudes del intelecto humano. El cine también se ha hecho presente; desde la epopeya pesimista de Kubrick (2001: Odisea en el espacio) hasta las revelaciones sexuales de Cuarón (Y tu mamá también), los cineastas han reconocido un manantial en el andar vagabundo del hombre. A despecho de esto, el cine no ha explorado la complejidad de esta alegoría; es una lástima, la existencia del viajero, es, tal vez, aquella que expresa mejor nuestro peregrinaje por el mundo; no por nada Bolaño decía que entre la literatura, la vida y el viaje la experiencia fundamental no es diversa. Somos transeúntes sempiternos. El cine, en mi opinión, se ha mantenido cauto a la hora de afrontar el reto de dibujar o redibujar la odisea humana, fuente de infinitas posibilidades. El viaje es una experiencia arquetípica común a todas las culturas, no solo es un tema literario, es una práctica espiritual. La peregrinación cristiana o la introspección budista son tentativas por conocernos, por reconocernos. El tema del viaje no envejece, es atemporal, o, por decirlo de otra manera, es siempre moderno. Mientras haya sociedades que evolucionen, habrá interpretaciones, o, mejor dicho, re-interpretaciones del periplo humano. En este contexto se inscribe la obra de Sebastián Silva, Crystal Fairy retoma el tema que más que una antigualla se muestra, una vez más, como una tierra fértil y fresca. El filme de Silva comienza muy bien y, sin exagerar, podría decirse que tiene un inicio excelente; mas mantener un paso así puede comprometer la pericia del director para el resto de la película. Este fue el caso de Crystal Fairy, filme que en primera instancia parece denunciar a la sociedad occidental —poniendo como ejemplo antonomástico a un chico americano— y que, posteriormente, pierde su fuerza crítica para entrar en un discurso pantanoso para terminar con un fin, simplemente, huero.

    por Anónimo
    abril 18, 2014

    Crítica | Crystal Fairy and the Magical Cactus

    por Anónimo | abril 18, 2014
    Soldate Jeannette

    Omniscencia artística. Obsolescencia fílmica

    crítica de Soldate Jeannette | de Daniel Hoesl, 2013

    Daniel Hoesl tiene alma de artista autoconsciente. De esos que aportan más escupiendo una boutade que haciendo una película. Su discurso, de gran contenido político, deja entrever las costuras de lo que se me antoja como una pose. De sus entrevistas, concedidas en los distintos festivales internacionales, se pueden sacar muchas lecturas, alguna de ellas peligrosa. Es capaz de aportar cosas interesantes pero se le ve enamorado de sí mismo. Por defecto también está embelesado de su ética, de su filosofía, de su conciencia social. El yo como emblemático baluarte de lo correcto. Yo, yo, yo… La sociedad como culpable y el mundo como fortín intrusivo. Un sujeto que no deja indiferente a casi nadie fuera del cosmos del arte. Se mira en el espejo y se ve genuino pero en el mundillo hay cientos como él. Cree luchar contra el producto y se vende como tal. Las contradicciones abundan, son muy humanas. Lo que es irreprochable, de este falso humilde, son sus intentos por bailar con la coherencia. Sus pretenciosas disertaciones pretenden ser consecuentes con sus actos. Para él el dinero y el arte conforman un binomio de mal gusto. Los billetes y las monedas tienen que ver con lo frívolo. El arte es algo serio –discutible–. Para ello rueda y dirige sin el respaldo de una productora, sin guion aparente y a la espera de que el casting marque el rumbo de la cinta. Su distribución es lo de menos –pero le gusta ir a Sundance, a Sarajevo, a Sevilla o Róterdam–. Es una cuestión política que se enmarca dentro la European Film Conspiracy –una suerte de colectivo que ampara a todos aquellos directores que deciden rodar al margen de las convenciones–. Bajo esas premisas, amparadas en su conciencia política, el director austríaco rodó Soldate Jeannette (2013).

    por Anónimo
    abril 08, 2014

    Crítica | Soldate Jeannette

    por Anónimo | abril 08, 2014
    In Fear

    Nunca juegues con extraños

    crítica de In Fear, de Jeremy Lovering, 2013

    En 1986, Robert Harmon sorprendió muy gratamente con Carretera al infierno, un thriller psicológico de alto voltaje en donde Rutger Hauer logró una de las interpretaciones más celebradas de su carrera, metiéndose en la piel del psicópata John Ryder. Su éxito inauguró todo un subgénero de cintas de suspense que transcurren en viajes por carretera –especialmente por zonas inhóspitas de la siniestra América profunda– dejando claro al espectador el mensaje de que lo mejor es no recoger a ningún autoestopista si quiere llegar sano y salvo a su destino. También que bajo el aspecto apacible de la gente del campo, puede esconderse la violencia más básica, por lo que es mejor no buscarle las cosquillas. El gusto de gran parte de la audiencia por pasarlo mal, unido al bajo coste de este tipo de productos, hace que estemos ante un subgénero altamente rentable. Títulos como Nunca juegues con extraños (2001, John Dahl), Habitación sin salida (2007, Nimród Antal) o Hush (2009, Mark Tonderai) han sido algunas de estas propuestas que continuaron perpetuando el miedo a adentrase en desvíos desconocidos en los últimos tiempos. Incluso la clásica Carretera al infierno fue objeto de una tardía (y tremendamente innecesaria) secuela, Carretera al infierno 2 (2003, Louis Morneau) y, cómo no, el inevitable remake del que no se salva cualquier clásico del terror que se precie, perpetrado en 2007 por Dave Meyers. La última aportación al grupo nos llega desde Reino Unido, al igual que Hush, con la que guarda muchos paralelismos estéticos y argumentales. In Fear (2013) no ofrece nada realmente novedoso ni especialmente remarcable. Ni tan siquiera depara su guión excesivas sorpresas argumentales para lo que viene siendo habitual en este tipo de cine. Pero aun así, hay que reconocerle algunos aciertos que acaban redimiéndola de la mediocridad habitual.

    El punto de partida viene ser el de siempre: Tom y Lucy son una pareja de jóvenes que se conocen desde hace apenas dos meses. Aún no pueden considerarse novios pero la intención de llegar a algo más que una amistad está en ambos. Por ello se embarcan en un viaje en coche a través de carreteras secundarias en medio de un amenazante bosque, con destino a un hotel rural en el que inaugurar su incipiente amor. La preocupación comienza a hacer mella en los chicos cuando descubren que el camino es un auténtico laberinto, por lo que siempre terminan llegando al mismo lugar. Al caer la noche sobre ellos, comenzará la verdadera pesadilla cuando alguien no identificado comienza a atormentarles con distintos “juegos” cada vez más peligrosos, algo que relacionarán con un altercado que tuvieron horas antes en un bar de carretera con unos lugareños. Conviene no desvelar más detalles de la trama, aunque no es difícil adivinar que no se aparta ni un milímetro de las coordenadas impuestas por los títulos antes citados. Jeremy Lovering, uno de los responsables de la exitosa serie Sherlock, debuta en la dirección de largometrajes con este trabajo del que también es responsable del guión, saliendo mucho mejor parado en la faceta de director que en la de escritor. Lovering demuestra una buena mano a la hora de sacar el máximo partido a la economía de medios, muy especialmente logrando que la tensión no decaiga un instante a pesar de que la acción se desarrolla casi completamente en el interior de un automóvil. Un acierto de guión sería la elección de que Tom y Lucy se conozcan de tan poco tiempo, en lugar de ser la típica relación consolidada que ya vimos en aquella joyita del género que fue Eden Lake (2008, James Watkins), donde también los personajes se veían sometidos al macabro acoso de unos extraños en similares terrenos boscosos. Esto se traduce en una menor confianza entre los miembros de la pareja, cuyos lazos afectivos no son lo suficientemente fuertes como para que uno se juegue la vida por el otro.

    por José Martín León
    marzo 25, 2014

    Crítica | In Fear, de Jeremy Lovering

    por José Martín León | marzo 25, 2014

    Cariño, hay una stripper en casa

    crítica de Afternoon Delight | de Jill Solloway, 2013

    No todo el monte es orégano se suele decir y no todo el cine independiente norteamericano tiene que ser sinónimo de interés y calidad infalibles, ni tan siquiera cuando viene precedido de algún premio más o menos prestigioso. Afternoon Delight (2013) es, tristemente, la prueba palpable de ello. Avalada, nada más y nada menos, por el premio a la mejor dirección en el Festival de Sundance –ese que nos descubre cada año tantas perlas de bajo presupuesto, pero que de vez en cuando nos cuela alguna decepción de proporciones gigantescas–, la cinta supone el debut en la realización de largometrajes de Jill Solloway, una mujer todoterreno que hasta entonces había sido productora, guionista (nada menos que en series del calibre de A dos metros bajo tierra o United States of Tara) y novelista, a la par que abiertamente feminista, algo que se trasluce demasiado en la historia que nos presenta en su ópera prima. El guión, a cargo también de la polifacética Solloway, compitió en los Independent Spirit Awards, algo todavía más preocupante si tenemos en cuenta que viene a ser el enésimo retrato de las diferentes formas que tienen de vivir la relación en pareja los hombres y las mujeres. También tuvo presencia en los Premios Gotham con una nominación al mejor nuevo intérprete para su actriz protagonista, una Kathryn Hahn ciertamente notable, capaz por sí sola de levantar la función del desastre más estrepitoso.

    Afternoon Delight nos presenta al matrimonio formado por Rachel y Jeff, cercanos a los 40 y con un niño de corta edad. Mientras él trabaja inventando aplicaciones informáticas, la esposa es un ama de casa algo aburrida que busca algo de evasión acudiendo a reuniones con otras mujeres que se dedican a organizar obras de caridad. El sexo en la pareja es ya casi inexistente, ya que están en ese punto de la relación en que el morbo ha sido sustituido por la rutina. Para colmo, las visitas de Rachel a su psiquiatra no la llevan a ningún lado, ya que es la terapeuta quien siempre acaba hablando de su vida. Esta gris existencia dará un giro de 180º cuando una noche el matrimonio decide acudir (por curiosidad) a un local de striptease en donde Jeff contrata los servicios de la joven McKenna para que le haga un baile privado a su esposa. Este primer contacto entre las dos mujeres dará pie a una bonita (y ambigua) relación de amistad en la que la más madura Rachel intentará sacar de la “mala vida” a McKenna, llegando a instalarla en su hogar con la intención de que ejerza las funciones de niñera. La película, que comienza con un buen tono de comedia, llega a un punto en que se toma a sí misma demasiado en serio, metiéndose en unos terrenos que van desde lo dramático a lo picante, que no la benefician en absoluto. El resultado final, evidentemente, se nos antoja irregular, sobre todo porque el espectador termina desconcertado en su extraño mejunje de géneros, sin llegar a saber con exactitud qué es lo que Solloway quiere contarnos.

    por José Martín León
    marzo 11, 2014

    Crítica | Afternoon Delight

    por José Martín León | marzo 11, 2014
    A 20 pasos de la fama

    Voces intemporales

    crítica de A 20 pasos de la fama | Twenty Feet From Stardom, de Morgan Neville, 2013

    Tras escucharla por quincuagésima vez, alguien convino en decir que la canción no era redonda, sino más bien huérfana de soul. Nadie, por supuesto, se atrevió a refutar dicho punto. El tema en cuestión había sido grabado seis meses antes en los Olympic Studios de Londres, bajo una atmósfera lógicamente tortuosa: uno de esos melenudos, Brian Jones, moriría tan sólo un mes después de abandonar la banda que él mismo había fundado junto a —entre otros— Mick Jagger y Keith Richard(s) en 1962. Y disculpen este interruptor paréntesis: la historia que tenemos entre oídos no versa sobre pompas fúnebres; no hay réquiem alguno pero sí mucha frustración tamizada. Es una gran mini-historia del Rock al margen de ese otro rock actual, menos idealizado y aún más volátil que entonces, próximos a los años 70. A un mes vista, un mes para quemar, para gestar a contrarreloj y en última instancia uno de los grandes himnos del rock 'n' roll, sí, camuflado en la frondosa selva de Vietnam, con el revólver (porque el revólver es más poético que la pistola) dirigiendo su cañón hacia un límite negro como boca de lobo. Dicho y ¡Pam! Adiós y a Dios gracias. El rock apenas es un electrizante sexagenario con electricidad en sus por ahora artríticas articulaciones. Un género con no poco apetito experimental, aunque todavía hoy surjan voces advirtiendo con nocturnidad de su desaparición-desde-finales-de-los-setenta, sugiriendo también virus donde sólo hay formas insospechadamente híbridas que pudieran desembocar en, uh, los impostados márgenes de una música pop antes pretérita y ahora preterida cual whopper doble; a rebufo de esa industria que circula por el carril más grande y más céntrico y no sé si con más o menos futuro, aunque sí muy futurible. Como las, ahora ya, pequeñas medianas empresas que circundan y se mecen al son de un mercado sin fin; para esquizofrénico deleite del oyente con trompetilla. ¿Beyon-qué? Pues eso, Justin. Ojo a Bono en estos tiempos de Vértigo, de Helter Skelter músico-político, where the streets have no name.

    por Anónimo
    marzo 09, 2014

    Crítica | A 20 pasos de la fama

    por Anónimo | marzo 09, 2014

    Ojo por ojo, diente por diente

    crítica de Big Bad Wolves | de Aharon Keshales y Navot Papushado, 2013

    Que el actual enfant terrible de Hollywood Quentin Tarantino es una personalidad que mueve legiones de admiradores es algo público y notorio. Que sus declaraciones y criterios son tenidos muy en cuenta, también. Por esta razón, lo mejor que le puede suceder a una producción humilde y alejada de la industria del calibre de la israelí Big Bad Wolves (2013) es que sea citada por el director de éxitos como Pulp Fiction o Django desencadenado, nada más y nada menos, como el título que más le ha gustado de todo 2013. ¿Consecuencias? Millones de ojos se volvieron hacia este pequeño filme que, en otras circunstancias, habría pasado inadvertido para el gran público. La pregunta que debemos hacernos entonces es, ¿verdaderamente es merecedora la película de unos elogios tan entusiastas de boca de uno de los genios del cine moderno? La respuesta es, en este caso, un rotundo sí. El propio Tarantino demostró con su ópera prima Reservoir Dogs allá por el ya lejanísimo 1992 que no es necesario un gran presupuesto para lograr una magnífica película, supliendo la economía de medios por un desbordante talento para el guión y una creatividad a prueba de bombas. Esta consigna es la que parece haberse aplicado los directores Aharon Keshales y Navot Papushado en su segundo trabajo para el cine tras su debut en 2010 con la comedia de terror Rabies, donde ya apostaron por un cine de género que se salía totalmente de los cánones del tipo de películas que nos suele llegar de Israel.

    Big Bad Wolves agarra fuertemente al espectador desde su fabulosa escena de apertura, en la que vemos a cámara lenta a unos niños jugando al escondite en los alrededores de un edificio abandonado, para revelarnos a continuación la desaparición de una pequeña del grupo, la cual aparece asesinada posteriormente en un descampado, con claros síntomas de haber sido víctima de abusos por parte de un psicópata pedófilo. Micki es el detective de policía encargado del caso, empleando métodos un tanto alejados de la legalidad para conseguir desenmascarar al asesino. Las primeras pesquisas llevarán a la policía hasta Dror, un introvertido profesor de instituto los agentes torturan con la intención de sacar (sin éxito) una confesión de culpabilidad, teniendo que soltarle finalmente ante la falta de pruebas. Por su parte, Gidi, el padre de la niña muerta, no está dispuesto a quedarse sentado, por lo que planea su propia venganza contra el hombre al que cree culpable de su tragedia. Estas tres personas acabarán convergiendo en el interior del sótano de una casa alejada del mundanal ruido, en el cuál no tendrán cabida ni las leyes ni la piedad y donde las figuras de víctima y verdugo se confundirán con cada nuevo acontecimiento. Sorprende el filme de Keshales y Papushado por la turbiedad de su argumento y la ambigüedad moral de su mensaje, algo que comparte con otra película de muy similares características con la que ha coincidido en el tiempo, la también magnífica Prisioneros (2013, Denis Villeneuve). Ambas plantean el dilema que se les presenta a unos padres a los que se les ha arrebatado a sus hijas en circunstancias violentas y deciden tomarse la justicia por su mano. La diferencia radica en que la cinta israelí está salpicada de unas inesperadas dosis de humor negrísimo que contrasta enormemente con la gran carga de violencia explícita de algunas de sus imágenes.

    por José Martín León
    febrero 19, 2014

    Crítica | Big Bad Wolves

    por José Martín León | febrero 19, 2014
    Computer Chess

    El corazón contra la máquina

    crítica de Computer Chess | de Andrew Bujalski, 2013

    Cuesta lo suyo en una época como la nuestra, gobernada por el imperio tecnológico y rendida ante los dictados de Google, Apple o Mark Zuckerberg, una era sin parangón regida por el lenguaje de gigantescos teléfonos móviles, el aletear de los teclados en los buscadores, los entornos virtuales de la industria del videojuego, y la eclosión de las redes sociales, borrar todo este universo de nuestras mentes y teletransportarnos a un pasado no tan lejano, donde todavía estábamos por encima de las máquinas, donde sabíamos existir sin su amparo, donde un programa de software no era capaz de derrotar a las estrategias de un cerebro brillante durante una partida de ajedrez. Una pureza inalcanzable en los tiempos que corren si hablamos del deporte mental por excelencia, donde el campo de batalla es un intrincado tablero de 64 casillas y donde cada pieza posee una singularidad irrepetible, entregada al frenético baile de blancas contra negras, al sacrificio sangriento de peones, a la eterna rivalidad táctica de enroques, jaques y cálculos matemáticos. En el intervalo entre 1982 y 1983 transcurre Computer Chess, esta pequeña joya de culto a caballo entre la acidez existencialista y la tragicomedia underground, elaborada por el estadounidense Andrew Bujalski y estrenada el pasado año 2013. Los años en los que se ambienta esta obra de bajo presupuesto y apariencia retro plasmada en su espectro poco contrastado de grises, negros y blancos similares a una vieja retransmisión televisiva, proyectan una inevitable reminiscencia sobre la antiutopía de George Orwell, pues el año 84 es una fecha nombrada y temida a lo largo del filme. La historia en la que Bujalski nos introduce, bajo los preceptos de una estética vanguardista, poética y en ciertos pasajes absurdamente divertida, es la de un excéntrico torneo de ajedrez, celebrado a lo largo de un fin de semana en un hotel. En esta peculiar competición un grupo de programadores de software, campo que por aquel entonces se hallaba todavía en las antípodas de su desarrollo, enfrentan los conocimientos depositados en sus máquinas a las capacidades humanas; una metáfora que opone la inteligencia artificial contra el transcurso de la cotidianidad y la brillantez de los grandes estrategas de ajedrez. En los ochenta a la pregunta de ¿Hay algún programa capaz de competir a la altura de un ajedrecista humano? se sucedían respuestas muy diferentes y dudas dispares y revolucionarias.

    Ante este fin de semana sumergido en una reunión de extraños especímenes en la atmósfera vintage de un hotel ochentero, de rara avis entregadas a la búsqueda de nuevos caminos científicos, metafísicos y numéricos, podemos sentirnos escépticos, confusos o aturdidos, pues no es Computer Chess un plato a gusto de todos, ni su melancólica y desvencijada apariencia o su espiritual trasfondo, factores de sencilla digestión para todos los devoradores de películas. Empezando por su formato, esta realidad alternativa a la nuestra se fundamenta en la dualidad entre el blanco y el negro, un juego que refleja el contraste del propio ajedrez, y su original propuesta narrativa ahonda en la diversión formal desde el objetivo de una Sony AVC-3260, una anticuada cámara de tipo analógico creada en el 69), huyendo de los clichés y otorgando a la obra un bello aire documental. Bujalski decidió adoptar esta cámara por su devoción hacia Stranded in Canton, una vieja película acuñada por el famoso fotógrafo William Eggleston que lo dejó emocionado y con ganas de teñir de experimentación sus proyectos cinematográficos. Se corona así el director norteamericano en la cúspide de la corriente del mumblecore; una tendencia indie que hace de la falta de medios de sus filmes un signo de distinción ético y estético, y emplea para su distribución canales alternativos.

    por Anónimo
    febrero 11, 2014

    Crítica | Computer Chess

    por Anónimo | febrero 11, 2014
    Blue Caprice

    Asesino por capricho

    crítica de Blue Caprice | de Alexandre Moors, 2013

    La casualidad de una desgracia imprevista. El pánico a lo desconocido. Jugártela en la ruleta rusa de la vida, sin saberlo. Ir al súper y no volver. Allá por 2002, en plena islamofobia yanqui, la política del miedo se prescribía desde Washington, pero no provenía de la Casa Blanca. La población de la capital de Estados Unidos y regiones colindantes –Virginia y Maryland– estaba aterrorizada por el azote –aleatorio– de un asesino invisible. Desde el anonimato que le confería el maletero de un Chevrolet Caprice, con la frialdad del que juzga desde la locura a todas esas personas que “creen que todo esto es permanente y que no se dan cuenta de que viven en un castillo de naipes,” John Allen Muhammad –El francotirador de Beltway– y su “hijo adoptivo” dictaban sentencia. Una matanza a cuenta gotas. Forjada por un tándem que tiene su origen en la sugestión mesiánica y el odio consolidado por la disciplina del maestro. Blue Caprice (2013), ópera prima de Alexandre Moors, es una aproximación distinta a la naturaleza del psicópata. No importa el cómo –limitado a 5 minutos de película–, sí otro interrogante ¿Qué clase de persona haría algo así? Los detalles son lo de menos y no se buscan. Se hace hincapié en el resentimiento y la inquina que el protagonista le tiene al mundo –culpable de todos sus males y fracasos–; y en su faceta creadora, forjando “un monstruo”, en una versión mucho más retórica y menos científica de Víctor Frankenstein.

    La cinta echa a andar en Jamaica donde John, un simple turista, decide acoger y adoctrinar a Lee Boyd Malvo. Sin referentes y abocado a la soledad Lee se entrega a su amor y exigencias. La erudición persuasiva, embaucadora y manipuladora del padre circunstancial evoca al personaje de John Hawkes en Martha Marcy May Marlene (2011). Cual líder de una secta, no cesa hasta conseguir la devoción irracional de su pupilo y la consiguiente anulación de su personalidad. Blue Caprice funciona como una introspección en el abismo de las liturgias de formación terrorista, pero con fulgor místico. El director francés está más interesado en establecer las coordenadas de un thriller psicológico, que en darle otra vuelta de tuerca a la Segunda Enmienda de la Constitución. Moors no teoriza sobre el fácil acceso a las armas en Estados Unidos y su estrecha relación con las matanzas que se producen con relativa frecuencia. Por ello la cinta tiene mucho de atmosférica. En ese interés por desarrollar la psicología del criminal juega un papel muy importante la fotografía de Brian O'Carroll, brillante en esa construcción climática grisácea, expansiva, densa, oscura, que logra transmitir a base de cromatismo la turbia personalidad de John. Una elegancia visual en estrecha consonancia con lo que se quiere contar. Con ritmo pausado –cargante en algunos compases de la película–, sutileza, buen gusto y dando la espalda al sensacionalismo –las escasas escenas de los asesinatos eluden el exhibicionismo pirotécnico– seguimos la enajenación del padre y del hijo en funciones. Un arrobamiento sanguinario cuya cadencia la marcan dos grandes interpretaciones. Isaiah Washington y Tequan Richmond materializan en pantalla su tortuosa dependencia y su terrorífica determinación, en armonioso equilibrio con unos secundarios también brillantes – Tim Blake Nelson y Joey Lauren Adams–. Sin duda, lo mejor de la película amén del citado trabajo de fotografía.

    por Anónimo
    enero 24, 2014

    Crítica | Blue Caprice

    por Anónimo | enero 24, 2014

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