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    San Sebastián 2014
    San Sebastián 2014
    Una segunda oportunidad

    La teoría del caos

    crítica de Una segunda oportunidad (En chance til, Susanne Bier, 2014).

    En los últimos tiempos, la realizadora danesa Susanne Bier, una de las máximas exponentes del controvertido movimiento Dogma 95, ha ido dejando atrás, cada vez más, aquellas estrictas directrices que buscaban un mayor naturalismo en el cine hasta el punto de hacer gala de una mayor comercialidad en los más recientes proyectos que ha abordado. Sus historias, profundamente emocionales y cargadas de conflictos morales, parecieron dulcificarse y perder gran parte de su característica intensidad después de ese merecido Óscar a la mejor película de habla no inglesa obtenido gracias a En un mundo mejor (2010). Amor es todo lo que necesitas (2012), una agradable comedia agridulce —con tema de enfermedades de fondo, eso sí— con Pierce Brosnan de cabeza de cartel, y el drama ambientado durante la Gran Depresión Serena (2014), intento de explotar la química demostrada por Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en otras películas, dejaron en sus seguidores un regusto más bien amargo. Películas bien hechas, correctas en todos sus apartados artísticos, sí, pero, a la hora de la verdad, fallidas y carentes de emoción o profundidad. Por ello, es normal que la llegada de Una segunda oportunidad (2014) despierte serias suspicacias sobre con qué Bier nos vamos a encontrar: si con la autora personal de antaño o, en cambio, con la eficiente artesana en que se estaba convirtiendo. La respuesta está en un bien equilibrado término medio.

    Con un punto de partida que se posiciona claramente dentro de las coordenadas del cine policíaco, Una segunda oportunidad realiza en su impactante inicio una rápida presentación de sus personajes. Éstos, como si de una partida de ajedrez se tratara, son colocados sobre el tablero, cada uno con una personalidad, a priori, bien definida. Por un lado, la valerosa pareja de policías —el más joven, felizmente casado y reciente padre de un niño, dotado de un desarrollado sentido de la justicia; desastrado, con problemas con la bebida y más de vuelta de todo, el veterano—. En el lado opuesto, la pareja marginal —él violento y enganchado a las drogas; ella sumisa, maltratada y, supuestamente, ejerciendo la prostitución para costear las dosis diarias— en cuya casa deben intervenir los agentes para detener una palea que sus vecinos han denunciado telefónicamente, encontrándose ante el desolador panorama de un bebé recién nacido sucio y desatendido en el interior de un armario. Dos realidades bien diferentes y contrapuestas, que representan el orden y el caos, respectivamente. Y es aquí donde el guionista se agarra para realizar una inteligente reflexión sobre hasta qué punto los buenos son tan buenos y los malos tan odiosos. “En la vida, no solo existen el blanco y el negro, sino que la mayoría de las veces existe una amplia gama de tonalidades grises” es lo que Bier parece querer plantearnos en esta película y lo hace a raíz de una decisión desesperada y ejercida con la mejor de las intenciones por uno de sus personajes, la cual supone el detonante de una serie de acontecimientos y situaciones concatenadas que hacen que el espectador se plantee numerosos dilemas morales y se de cuenta de que prejuzgar a las personas sin conocer sus circunstancias es, como mínimo, un acto de temeridad.

    por José Martín León
    agosto 31, 2015

    Crítica | Una segunda oportunidad

    por José Martín León | agosto 31, 2015
    Félix et Meira

    Amor políglota

    crítica a Félix et Meira (Maxime Giroux, Canadá, 2015).

    Maxime Giroux compitió por la Concha de Oro en la 62 edición del Festival de Cine de San Sebastián. Lo hizo con su tercer largometraje, Félix et Meira (2014), galardonada como mejor película canadiense en el Festival de Toronto. El realizador —premiado en Locarno por Jo pour Jonathan (2010)—, hilvana un sufrido relato amoroso. Una historia acuciada por el antagonismo cultural. Félix es un nini de cuarenta años en plena crisis existencial por la muerte de su opulento progenitor. Y Meira es una judía hasídica atrapada en la celda del matrimonio, el misticismo y la ortodoxia. La relación entre ambos se antoja difícil, más bien imposible. Pero el muro (de las lamentaciones) es derribado con un par de miradas y un dibujo. Viven en el mismo barrio, son almas perdidas, pertenecen a mundos distintos y se atraen. Sin pena ni gloria se deslizan durante hora y tres cuartos. Un trabajo correcto se podría decir. Indolente e insulso conviene señalar. Pasó por Donosti sin mucho ruido, sin molestar a nadie. Se deja ver, se disfruta en algún momento, pero prevalece la sensación de desgana, de apatía, de estar hecha sin el entusiasmo que late en las ficciones.

    La película abre con un plano detalle de una vaso de vino. Lo está llenando el marido de Meira. Nos encontramos en medio de una liturgia hasídica/ reunión de amigos. Este es el punto de partida. Un par de planos más y percibimos que algo pasa con Meira. Un par de miradas y ya sabemos que Meira avergüenza a su marido. Con sutileza se ponen las cartas sobre el tapete. La inteligencia de esta primera secuencia no es una constante, aparecerá a cuentagotas. Pero está ahí. Sobre todo en Meira, el personaje mejor construido de todos. Está lleno de matices y la actriz Hadas Yaron lo interpreta como si le fuese la vida en ello, muy auténtica en su expresividad dramática. Es, de lejos, lo mejor de la cinta. Meira se asemeja a Bernard Marx de Un mundo feliz (Aldous Huxley), está cansada del soma (religión), es una inadaptada social en su comunidad, no quiere tener más hijos, manifiesta cierto inconformismo y se da al "hedonismo" de la música y el dibujo. Un comportamiento inaceptable que la sociedad (judía) penaliza. Está anulada pero lucha por deshacerse de los arneses. Un personaje hegeliano o marxista en sus dudas religiosas, apremiada como está por superar las contradicciones vitales. Por lo demás el resto de personajes son más planos. El marido está subyugado por la fe y se mantiene en esa invariable hasta que sufre un golpe de realidad y decide hacer de tripas corazón. Félix (interpretado por Martin Dubreuil) es un iluso entrañable. Si la inconsciencia fuese una unidad de medida él rozaría lo inconmensurable. Se complementan relativamente bien. Ella quiere dejar de reprimir sus emociones y él quiere estimularlas.

    por Anónimo
    agosto 30, 2015

    Crítica | Félix et Meira

    por Anónimo | agosto 30, 2015
    Une nouvelle amie

    Identidades sexuales indefinidas

    crítica de Una nueva amiga (Une nouvelle amie, François Ozon, 2014)

    El cine de François Ozon, como el del maestro alemás Rainer Warner Fassbinder, siempre se ha caracterizado por la libertad de sus historias y la ambigüedad moral y sexual de sus personajes, así como las complicadas relaciones que entre ellos se establecen. Pese a que estas constantes se repiten película tras película, lo cierto es que el realizador francés parece continuamente esforzado en sorprender con cada nuevo proyecto. Sus últimos trabajos, la magistral En la casa (2012) —la enfermiza fascinación de un maduro profesor de literatura por (¿solo?) el talento para escribir de un retorcido alumno adolescente— y Joven y bonita —suerte de Belle de jour en clave adolescente sobre el descubrimiento sexual de una chica de 17 años— tuvieron una gran acogida, dejando el listón bastante alto para su siguiente cinta. Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014) adapta libremente un relato de diez páginas de Ruth Rendell, dejando un poco de lado sus tintes de thriller hitchcockiano para adoptar la forma de una tragicomedia de tono mucho más desenfadado y accesible de lo que Ozon nos tiene acostumbrados pero que, bajo su frívola fachada, vuelve a explorar los temas recurrentes que siempre le han preocupado.

    Una nueva amiga procura no caer en los tópicos y lugares comunes de comedias anteriores que han tocado el tema del travestismo —podría haberse convertido con facilidad en una nueva variante de la divertidísima Vicios pequeños (Edouard Molinaro, 1978), pero la intención es otra bien distinta—, optando por darle más margen a la parte emocional y psicológica de las circunstancias y eludiendo la figura del hombre que se viste de mujer como manera de exteriorizar una homosexualidad latente. En su lugar, el viudo al que da vida el genial Romain Duris —nominado al César al mejor actor por la milimétrica precisión con la que rebosa feminidad en cada mirada, tic o movimiento en una actuación muy auténtica, nada impostada—, comienza utilizando la ropa de su esposa fallecida como una manera de mantener vivo su recuerdo y así suplir la figura maternal ante el bebé del que ha quedado a cargo en soledad. El descubrimiento de este secreto por parte de la mejor amiga de la difunta —maravillosa Anaïs Demoustier, auténtica protagonista de la historia—, la cual termina convirtiéndose en su cómplice y mayor apoyo ante este autodescubrimiento de su lado femenino, es la base sobre la que Ozon construye un guión en el que algunas de las cuestiones más trascendentales que plantea, a la hora de la verdad, subyacen, casi imperceptibles, bajo su previsible batiburrillo de confusiones sexuales y amorosas. En el filme, tanto en la trama real como en ciertos momentos de ensoñación o fantasía, hay cabida para todo tipo de maneras de amarse, desde heterosexuales a homosexuales, con generosas dosis de erotismo y desnudez de sus actores, sirviendo el personaje travestido como detonante para que su amiga comience a dar rienda suelta a fantasías ocultas y a una creciente curiosidad por romper con la rutina de su matrimonio y probar nuevas sensaciones.

    por José Martín León
    mayo 14, 2015

    Crítica | Una nueva amiga

    por José Martín León | mayo 14, 2015
    Negociador

    Autopsia del humor desesperado

    crítica a Negociador (Borja Cobeaga, 2014)

    Todavía hay quien piensa en eso tan inquisitivo de "los límites del humor". Como si la broma, o más bien la risa descoyuntada, realmente fuese un acto poco menos que subversivo, reprobable, y no una involuntaria explosión de goce, de salud, y quizá también origen de un cierto caos ordenado de las tripas en conexión con neuronas recién despiertas. El humor, al parecer, debería ir siempre tras la zanahoria del propio orden humorístico, si se me permite el oxímoron. Como si reírse mientras lloras la tragedia cotidiana en que nos hemos transformado luego de atravesar con éxito la infancia y buena parte de la adolescencia, donde la burla sobreviene casi por espontaneidad festiva, igual que un amigo de juegos, sin buscarla ni comprarla para hacerte reír, sólo estuviera permitido con según qué episodios o personajes. "Esto sí, esto no (¡aviso!)", vienen a decir los centinelas de la decencia moral. Y el "buen gusto", que diría Ignatius Reilly. Límites plenamente subjetivos, todos ellos, enraizados en el carácter individual y la educación colectiva, en la ventolera cultural del país a examen, tanto da si es España, al sur del istmo o Francia, al norte del precariado, aunque pendiente (a distinto nivel) de los muy injustos ajustes centralistas; naciones diametralmente opuestas, sí, pero también unidas por la historia del gatillo. Hace tan solo un mes, más o menos a la hora del vermú, mientras la redacción de Charlie Hebdo discutía acaloradamente los temas —y la portada— del próximo número de la revista, dos emisarios de Al Qaeda irrumpieron en sus instalaciones en París y se cobraron venganza por una caricatura de Mahoma. Quizá dos o tres. La perseverancia aquí se cobra un precio demencial. Asimismo la blasfemia, dilatada en el tiempo, se convierte en algo intolerable. Y lo intolerable, en prescindible. De pronto, Francia descubrió lo que sucede cuando la tranquilidad se derrumba a golpe de Kaláshnikov; de pronto, tú y yo y hasta Mariano Rajoy junto a Angela Merkel y el sursum corda nos convertimos —aunque sólo fuera por dos tuits, lo que dura un luto de red social y manifestación "multitudinaria"— en Charlie. Nunca antes una fotografía había desnudado tanta hipocresía reconcentrada. Los asesinos, los hermanos Kouachi, respondían a las órdenes de un grupo terrorista organizado con incontables células diseminadas por toda Europa, pero algunos medios insistieron en su categoría de lobos solitarios, pues, efectivamente, eran sólo dos e iban en coche sin hacer ruido entre la multitud, hasta que... Como hiciera ETA o el IRA en su momento, se bajaron con el cañón enfilando su propósito.

    Y, cabe preguntarse, ¿quién marca la frontera que separa el humor socialmente aceptado del radicalmente ofensivo? ¿Qué temas continúan siendo hoy tabúes a pesar de la clarísima necesidad de abordarlos con intención satírica, o tratarlos sin más? ¿Acaso debe ser el dolor y la irritación ajenos una coartada para la censura? No seré yo quien responda mis propios interrogantes. Además de estúpido, sería inútil. Borja Cobeaga, vasco, y por consiguiente testigo próximo del terror y la incertidumbre sociopolítica que barrió Euskadi durante cinco decenios, se fogueó en el sketch con denominación de origen en suma gracias a su labor como guionista en Vaya Semanita, programa de televisión que abordaba el tópico geográfico al tiempo que, desde un ángulo esquivo, devenía altar para un sortilegio improbable, según el cual existe un reconocimiento a la singularidad vasca, con Biblia y chapela, que hace menos daño. No produce picores, ni sarpullidos, ni siquiera muertes. Tal vez agujetas en la barriga, o simple encogimiento de hombros si la aventura llegara a desembocar en Ocho apellidos vascos. Lo contrario a historias que acuñan neologismos ya reconocibles, como la disfrutable Pagafantas; o a impertinentes perdedores de estética ochentera, como el Juan Carlitros de No controles.

    por Anónimo
    marzo 11, 2015

    Crítica | Negociador

    por Anónimo | marzo 11, 2015

    Eterna ternura

    crítica a No todo es vigilia (2014), dirigida por Hermes Paralluelo. | ★★★ |

    En torno a mediados de los años cuarenta, Felisa Lou y Antonio Paralluelo se enamoraban y se casaban en Teruel. Saltando la enorme distancia temporal que ha pasado desde entonces, nada más y nada menos que más de sesenta años, su nieto, Hermes Paralluelo, decide realizar un documental sobre su vida cotidiana en la vejez. Una propuesta de regusto underground profunda y sincera, quizás de excesiva duración para las características de su contenido, pero desplegando una exquisita factura técnica y lo más importante, mostrándonos una historia real capaz de tocar nuestra fibra sensible y provocar nuestra reflexión. No todo es vigilia, bonito nombre para enmarcar esa sensación de hastío por la vejez, de amor por la pareja de toda una vida y de fragilidad en el entorno cotidiano, nos presenta a dos únicos personajes principales que bien podrían ser nuestros abuelos. Los tuyos, los míos, los de cualquiera. Unos ancianos españoles con sus tormentos y achaques de salud, de desgastadas manos fruto de toda una vida en el campo sin descanso, su soledad escalofriante, sus recuerdos entrañables de juventud, su desorientación ante el progreso, y, sobre todo, su profundo amor, fruto de décadas y décadas de convivencia compartida. Es ese retrato al desnudo de la pareja, acertado y milimétrico, la principal virtud de esta obra documental, estableciendo un vínculo afectivo entre el espectador y los protagonistas muy complicado de romper. Algo que corroboró la platea donostiarra tras su paso por la 62ª edición del Festival de San Sebastián en el apartado de Nuevos directores.

    Hermes Paralluelo no tiene ninguna prisa. Filma, desde los primeros instantes, pasillos que se antojan eternos, las esquinas lúgubres de los hospitales, la duermevela en un hogar opresivo y poco iluminado, las camas deshechas, y las tazas de café caliente en la cocina para sobrellevar el frío invierno del interior peninsular. No le importa que entre diálogo y diálogo, los interiores que acogen la vida de sus retratados también se llenen de silencio. De angustia universal por la muerte, de miedo a la separación, de la negativa de Felisa a ponerse en manos de una residencia de ancianos. Seis décadas después de casarse, esta posibilidad en el horizonte es una amenaza para la tranquilidad de esta señora, una mujer de armas tomar que conserva un gran sentido del humor a pesar de los obstáculos que la vida le ha puesto en el camino.

    por Anónimo
    noviembre 05, 2014

    Crítica | No todo es vigilia

    por Anónimo | noviembre 05, 2014
    The Lesson (Urok)

    Encrucijada moral

    crítica a La lección (Urok, 2014), dirigida por Kristina Grozeva y Petar Valchanov.

    En la pasada edición del Festival de San Sebastián se alzaba con el premio Kutxa (Nuevos Realizadores) la búlgara Urok (The Lesson, 2014), de Kristina Grozeva y Petar Valchanov. Los cortometrajes del dueto realizador han tenido un recorrido, por los circuitos de festivales internacionales, plagado de éxitos, siendo incluso nominados a los Premios del Cine Europeo de 2013 con Jump (2012). Esta sólida carrera en el mundo del pequeño formato les ha permitido lanzarse al largo, con la primera entrega de lo que pretende ser una trilogía. La historia se desarrolla en un pequeño pueblo de Bulgaria, pero podría localizarse en cualquier otro lugar de Europa. Nadezhda, una profesora de inglés madre de una hija, intenta instruir a sus alumnos en el bien ante la “oleada de robos” que se están produciendo en el aula. Quiere descubrir al pequeño ladrón y darle una lección. Procura sentar las bases morales de unos críos cuando, sin pretenderlo, las suyas se empiezan a derrumbar por imperativo vital. Una cinta filmada con sobriedad y que se nutre de la realidad para incurrir críticamente en ella. Puro cine social de templada calidad, pese a su ajustado presupuesto –no contaron con financiación estatal–, que augura un futuro prometedor a Grozeva y Valchanov. Ambos examinan con rigor y contundencia un sistema pernicioso. Su compromiso con la protagonista, su innegable búsqueda de la reflexión y su rebeldía ante las adversidades amén de un guion sencillo pero muy bien hilvanado hacen de esta ópera prima un trabajo singular. Por algo no pasó desapercibida en Donosti.

    La protagonista de Urok lleva una vida estable y aparentemente normal hasta que recibe un aviso de embargo por una deuda ocultada por su marido. A partir de ahí, su vida se ve condicionada por un dilema infernal alimentado por una retahíla de irrevocables fatalidades: la avería de una caravana que iba a vender, impago de salario y huida del jefe de la empresa, se le rompe el motor del coche, sufre un hurto por parte de uno de sus estudiantes… En menos de veinticuatro horas pasa de mediadora de conflictos en una escuela a encontrarse en una encrucijada moral de difícil solución. Su desesperación le lleva a situaciones bochornosas. Poco a poco uno se va involucrando con ese personaje soberbiamente interpretado por Margita Gosheva y se hace acopio de su asfixia. Su gesto serio, su determinación y su fortaleza para echarse a la espalda el futuro de su familia hacen de ella una heroína emblemática. Una madre coraje de las que a veces salen en las grandes pantallas, pero sin azúcares añadidos. La diferencia, respecto a otras de su condición, es que por su rostro no cae una sola lágrima. Solo hay rabia y temeridad. A lo largo del metraje veremos una Nadezhda que tiene más arrestos para la beligerancia que para convertirse en mártir. Muchas secuencias hacen prever una claudicación que la haga humana (la de las disculpas a su madrastra o la del día del vencimiento del plazo para pagar el préstamo), pero su persistencia no tendrá límites. Recuerda, salvando las distancias, a Anamaria Marinca en 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) o a Émilie Dequenne en Rosetta (1999).

    por Anónimo
    noviembre 04, 2014

    Crítica | La lección (Urok)

    por Anónimo | noviembre 04, 2014
    Chrieg

    Rabia azulada

    crítica a Chrieg (2014), dirigida por Simon Jaquemet. | ★★★★ |

    Hasta hoy, la literatura exaltó la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso ligero, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo. Estas palabras, pertenecientes al manifiesto de los futuristas italianos firmado ya hace la friolera de un siglo, parecen representar a la perfección la indignación adolescente y la furia visceral que experimentan los protagonistas de este virulento drama suizo. Chrieg, proyectada en la sección Nuevos Directores del reciente Festival de San Sebastián es el primer largometraje de Simon Jaquemet tras una trayectoria ascendente en el mundo de los cortos y los clips musicales. En ella, nos meteremos en las entrañas de Matteo, un joven problemático que tras protagonizar varios episodios que disgustan a su familia, se ve obligado por ellos a pasar una estancia de tres meses en una granja remota de las montañas a modo de correctivo. Dar un paseo por el bosque con su hermano de escasos meses y que éste retornase a casa con una brecha en la cabeza, llevar a su habitación a una prostituta o las habituales broncas y disidencias con su padre son los detonantes para este particular ostracismo rural al que es condenado.

    Sin embargo, el granjero del lugar al que ha sido enviado pasa el día ebrio o durmiendo, y son otros tres adolescentes los dueños del control del lugar. En una especie de retiro que acentuará los demonios que lleva dentro pero no por ello privado de una especie de grotesca catarsis, Matteo comienza este viaje por una atmósfera de salvajismo y desamparo desde la tortura y la sumisión, pues nada más llegar es sometido por los tres integrantes (dos chicos y una chica totalmente privada por consenso de sus atributos femeninos), a una serie de pruebas requeridas para pasar a formar parte del grupo. Así, se enfrenta a una serie de denigrantes vejaciones, desde estar metido en una jaula, llevar una cadena por collar y ladrar como un perro a raparse la cabeza o buscar una llave entre las vertiginosas alturas para formar parte de este clan, de aspecto y conducta neonazi, pero que no se ampara bajo estos supuestos ideológicos ni parece bucear en ninguna pretensión política. Y mientras la idea de sus padres era reconducir a Matteo al buen comportamiento mediante la mano dura y la rígida disciplina, la conversión es completamente a la inversa, y asistimos a lo largo de toda la narración a una deshumanización progresiva y feroz del muchacho, pareja a la de sus nuevos amigos. Chicos perdidos en el mundo y presos de una furia irracional de la que no pueden deshacerse.

    por Anónimo
    noviembre 02, 2014

    Crítica | Chrieg

    por Anónimo | noviembre 02, 2014
    Magical Girl

    ‘Sí pudieras elegir un poder mágico ¿Cuál elegirías?’

    crítica a Magical Girl (2014), dirigida por Carlos Vermut.

    No ha sido hasta hace relativamente poco que el cine español ha experimentado un cambio de atmósfera provocado por la aparición de una serie de nuevos directores que han optado por vías poco ortodoxas para sacar adelante sus ficciones. Una corriente que ya posee etiqueta, la del denominado cine low cost, y ante la que caben opiniones de todo tipo; desde un escepticismo algo impostado en su esnobismo, a una defensa a ultranza carente de matices y autocrítica. Ninguno de los extremos es sano, pero no estamos aquí para cuestionar el método, sino para hablar de sus consecuencias. Inquietudes narrativas de identidad algo excéntricas pero indudablemente genuinas, como la del Juan Cavestany de Dispongo de barcos (2010) o propuestas alternativas de creación como la del conocido littlesecretfilm, plataforma de cineastas en alza como Pablo Maqueda, fundador de la misma, o promesas como David Sainz, que el año pasado llamó la atención con Obra 67 (2013). La aparición de Carlos Vermut se contextualiza en esta repentina inquietud, por parte de la nueva juventud de cineastas españoles, de poder salir adelante sin necesidad del apoyo de grandes productoras, buscando su hueco en las periferias de la dominancia de los grandes nombres.

    Diamond Flash (2011) ya sentó unas bases muy solidas en cuanto a estilo y discurso en la reinvención de conceptos tales como ‘superhéroe’, del que se hace un uso asociado a cierto ambiente costumbrista, de relaciones materno-filiales y maltrato físico, que luego desemboca en una extrañeza perturbadora que afecta a todos los personajes, a la vez que a ciertas localizaciones. Efecto resaltado por esa afinidad hacia el plano fijo, de composición exquisita y con gusto por los colores pastel, que ya estaba presente en la apertura de su debut, y que vuelve a marcar la paleta visual de su sucesora: Magical Girl (2014). La entrada en un submundo que Vermut define de manera casi mitológica, a través de una simbología muy sutil que hace suya la filosofía de contar más con menos, de relatar mediante elipsis muy bien situadas, dejando fuera de campo las lagunas más tenebrosas del viaje de sus protagonistas: Bárbara y Luis, en la búsqueda y el pago de un carísimo vestido de la heroína de un manga japonés. El descenso de ella, obligada a enfrentarse a sus propios demonios, (plasmados casi con una literalidad maléfica estremecedora en la figura de una puerta coronada por el dibujo de un lagarto negro) y la inconsciencia de él para darle a su hija, enferma de cáncer, su segundo mayor deseo (pues el primero es un sueño poco menos que imposible).

    por Unknown
    octubre 23, 2014

    Crítica | Magical Girl

    por Unknown | octubre 23, 2014
    Lasa y Zabala

    Juicio morales

    crítica de Lasa y Zabala (Lasa eta Zabala, España, 2014), dirigida por Pablo Malo. | ★ |

    En octubre de 1983 dos jóvenes etarras fueron secuestrados y asesinados por orden del Grupo Antiterroristas de Liberación, una organización policial, activa sobre todo en la década de los 80, que dio lugar a lo que se conocería como “guerra sucia”, actos de dudosa legalidad aprobados por el estado como forma de luchar contra la banda de ETA. El caso de Lasa y Zabala supone un ejemplo escalofriante de la impunidad del gobierno, y ya forma parte de los anaqueles de nuestra historia reciente. Es un grupo sobre el que nuestro cine ya ha hablado con anterioridad, con discutidas incursiones como la de Miguel Courtois con GAL (2006), testigo que ahora coge Pablo Malo en Lasa y Zabala (2014), un retrato bastante parcial de los hechos que, no obstante, deja bastante clara su naturaleza en los créditos de apertura. Un montaje de títulos efectista que da entrada a la declaración en la radio de los familiares de los dos asesinados. Un comienzo que ya sitúa su punto de vista, cerrando cualquier vía alternativa para que el espectador pueda juzgar a los personajes por sí mismos, pues la película ya encargará de decirte la opinión que debes tener.

    Es un filme de trazo grueso y que se sale de los márgenes en su torpeza, pero que se beneficia de un ritmo muy ágil que, a pesar de todo, consigue mantener la atención sin que uno se desespere demasiado, alternando el relato en primera persona de los jóvenes etarras, con la posterior investigación llevada a cabo. Punto en el que se comenten algunos fallos de montaje que llevan al socorrido recurso de etiquetar la fecha en pantalla, fruto de una confusión de saltos temporales que, por momentos, parecen responder a una incapacidad de síntesis narrativa más que a una lógica interna. No le ayuda tampoco el retrato de personajes, de un maniqueísmo incuestionable, amén de tener una carencia grave de carisma, por lo menos en su protagonista, el ancla a la que se agarra el público. La frialdad de análisis se complica cuando estas ante una obra que carece de objetividad en su tratamiento, a pesar de que Malo se refugia en las declaraciones oficiales para intentar mantenerse neutral. La propia crónica del crimen ya resulta tramposa en su frialdad, apoyando el antagonismo en las autoridades que permitieron el hecho, a las que no se les otorga concesión alguna. Lasa y Zabala utiliza su ideología como arma, y es fácil empatizar con ella si juegas de su parte. De lo contrario, estas fuera, pues no se admiten matices de ningún tipo. Tampoco es que el reflejo que contiene sea dañino en exceso, más allá de dejar en evidencia la corrupción de un sistema que ya conocemos, y las dobleces morales de una justicia poco clara.

    por Unknown
    octubre 18, 2014

    Crítica | Lasa y Zabala

    por Unknown | octubre 18, 2014
    Los tontos y los estúpidos

    El teatro del cine

    crítica a Los tontos y los estúpidos (2014), dirigida por Roberto Castón. | ★★★ |

    Roberto Castón aterrizó en los Nuevos Directores de San Sebastián con un experimento narrativo consistente en contar una historia mediante el ensayo de los intérpretes en plató con la lectura de guión a voz en off. El equipo llega a primera hora de la mañana, en la misma apertura: una imagen en blanco y negro, sin sonido y en plano fijo abierto, que muestra el comienzo de jornada. La siguiente escena, ya en color, deja entrar el ruido de ambiente y las idas y venidas de los técnicos, mientras la cámara en mano juega al documentalismo metacinematográfico y a la veracidad de ambiente. El director y sus actores se sientan a la primera lectura del libreto, y así, anunciamos el Acto I. Relato coral, alrededor de varios personajes: Lourdes, dependienta en un supermercado y a cargo de una madre enferma de cáncer; Mario, médico con un matrimonio a la deriva; Paula, su mujer, encaprichada con el compañero de clase de francés de su hija y, por último, Miguel, un chico gay reservado y hacia el que Lourdes se siente atraída. El enredo está bien dispuesto. Dividido en un total de 3 actos, a lo largo de una serie de momentos escogidos, Castón cuenta su guión ficticio, titulado precisamente “los tontos y los estúpidos”, a través de estas prácticas, mostrando a cada interprete meterse en situación, a través de unos recursos marcadamente teatrales.

    La idea se acerca a lo que Von Trier llevó a cabo en Dogville (2003), pues, como el danés, el director español ha creído que desnudando a la historia de decorado, y de drama, ésta seguiría siendo efectiva en su esencia última. La preferencia de Castón para esta narrativa no parecen tener una motivación clara más allá de dar un sello autoral a un guión algo débil, que se cae por sí solo, más allá de las excentricidades de dirección. La evolución de las líneas argumentales se desploma y en algunos casos se perciben poco acertadas, sobre todo la referente al matrimonio de Paula y Mario, que acaba convirtiéndose en un folletín de romances de pretensiones cómicas fallidas. De hecho, la comicidad es una de las cuestiones pendientes, pues el despojo del entramado dramático hace que ciertos gags no tengan fuerza y provoquen indiferencia. Los jóvenes, en cambio, transmiten frescura y su trama es más agradecida. La lástima es que la amabilidad del tratamiento no salva el proyecto, que se ve con desgana y al que cuesta aferrarse. Todo se vuelve reiterativo y la carencia de elementos no modifica en nada lo que nos están contando, y ese pensamiento se mantiene hasta el último minuto. Podría haberse optado por un enfoque tradicional y el resultado habría sido el mismo en cuanto a contenido, pues el punto teatral no añade nada indispensable. En todo caso enaltece y ayuda a tapar las flaquezas de ciertas historias. Y ahí es donde uno se pregunta hasta qué punto esto es un experimento genuino, o la forma de tapar los agujeros de unos relatos algo indiferentes.

    por Unknown
    octubre 17, 2014

    Crítica | Los tontos y los estúpidos

    por Unknown | octubre 17, 2014

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