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    Mostra de Valencia 2024
    Mostra de Valencia 2024
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★☆☆☆☆
    La vita accanto
    Marco Tullio Giordana
    La mancha y la inocencia


    Luis Enrique Forero Varela
    Valencia |

    ficha técnica:
    Italia, 2024. Título original: «La vita accanto». Dirección y guion: Marco Tullio Giordana, Gloria Malatesta y Marco Bellocchio. Compañías: Kavac, IBC Movie, Rai Cinema. Festival de presentación: 77.º Festival Internacional de Cine de Locarno. Distribución en España: [Información no disponible]. Fotografía: Roberto Forza. Montaje: Francesca Calvelli y Claudio Misantoni. Música: Dario Marianelli. Reparto: Sonia Bergamasco, Valentina Bellè, Paolo Pierobon, Beatrice Barison, Sara Ciocca, Viola Basso, Michela Cescon, Angela Fontana, Edoardo Coen. Duración: 113 minutos. Idioma original: Italiano.


    El veterano Marco Tullio Giordana se encarga de adaptar al cine la novela de Mariapia Veladiano La vita accanto; una obra que aborda la transformación del pecado en estigma, así como la transmisión generacional de una culpa no comprendida. The life apart, título en inglés, narra por un lado la debacle emocional de Maria (Valentina Bellè), tras dar a luz a una hija con una inusual mancha carmesí en el rostro; por otro, cuenta la vida de esta niña, condenada no solamente a un desprecio materno basado en supersticiones y malas interpretaciones del catolicismo, sino a la propia sospecha de que su condición física, de algún modo, es producto de una culpa transmitida, de la cual es casi imposible huir. En el hogar familiar, una villa burguesa en una pequeña ciudad de la región de Véneto, conviven atípicamente la madre enferma y la hija repudiada, junto al padre, Osvaldo (Paolo Pierobon), un médico amable y complaciente con su esposa sufriente, y la hermana de este, Erminia (Sonia Bergamasco), una prestigiosa pianista de éxito internacional. Y es en este entorno enrarecido en el que la pequeña Rebecca ha de formarse una identidad propia, a pesar del estigma que la acompaña a todas horas, y conseguir abandonar este refugio y salir al mundo.

    Esta mancha que cubre el lateral del rostro de la joven Rebecca —de apellido “Macola”, por si acaso el tema no fuese suficientemente evidente— modela su interacción con un mundo cotidiano cuyas costuras desconoce. La dureza de Maria, quien parece querer aislarla del exterior no tanto por deseo protector sino vergüenza o, más bien, miedo, es absorbida por la hija desde la inocencia. Esta actitud desnaturalizada parece buscar una especie de rima, en la simetría de lo opuesto, con la virgen, referencia homónima de la fe católica y acaso paroxismo de la maternidad y los valores asociados a ella —cuidado, sacrificio, amor sin esquinas—; y se presenta como el principal conflicto de la película: la marca de Caín en un cuerpo puro, un pecado heredado como castigo irremediable.

    Debido a esta lejanía de la madre, Rebecca acaba hallando algún tipo de sosiego en la música, alentada sobre todo por la contemplación del piano frente al que su tía Erminia ensaya regularmente, y guareciéndose en la música como un entorno seguro. Otra cosa, claro está, es el mundo de afuera, con un elevado potencial para rechazarla por su ligera diferencia física. Tres actrices diferentes, cuyas interpretaciones son sin lugar a dudas lo mejor de la película (Viola Basso, Sara Ciocca y la concertista Beatrice Barison), encarnan a Rebecca en sus edades representativas del cambio físico. La joven va integrándose tímidamente en las cotidianidades que desconoce, además de por su estigma, debido a la jaula de oro que representa el palazzo en el que pasa sus días, ajena a la vida sencilla de la gente de la ciudad. Su dedicación al estudio del piano le supone un vínculo con la tía Erminia, quien progresivamente ganará cierta relevancia no solo en la narrativa misma, sino en los afectos de Rebecca, alzándose como una figura materna alternativa que le ofrece algo así como una promesa de futuro.

    El desarrollo de la historia de la formación sentimental de Rebecca se enriquece al vincularse con el del personaje de Lucilla (interpretada a edades diferentes por Sveva Bassan y Susanna Acchiardi), una compañera de clase con la que traba amistad, y quien procede de un contexto socioeconómico y familiar muy distinto al de la protagonista. El color rojo del cabello Lucilla sugiere en cierta medida un paralelismo con la mancha protagonista, y su valor como personaje se hace patente al presentarse no solo como punto de comparación, sino, a su vez, mutando y enriqueciéndose de manera análoga a Rebecca. La relación afectiva entre ambas, tan relevante para el conjunto de la trama como para el aparato discursivo, lamentablemente está tratada con menos atención de la que merece, y esta falta de equilibrio opaca o pone en cuestión la mera existencia del personaje.

    Las actuaciones afectadas de algunos miembros del elenco, especialmente de Valentina Bellè, no solidifican un conjunto ya frágil, y casi causan la impresión de ser nada más que una excusa para distraer a los espectadores del sorpresivo elemento revelador hacia el final de la trama, un giro que no tiene más valor que el intento por generar algún pálido shock. El film no se sonroja en absoluto al exhibir algunas de estas secuencias dramáticas con un planteamiento totalmente vacío de inspiración, dando lugar a momentos frívolos de manera accidental, con sus personajes secundarios estereotipados y unos conflictos tan predecibles que rayan prácticamente un ridículo del que nadie parece darse cuenta. Y es que, a pesar de que esta cuestión de la culpa transmitida, del pecado que la madre intuye y cuyas consecuencias la hija únicamente sufre desde la incomprensión, vertebra la narrativa del film, su desarrollo dramático carece de gravitas y, además, de honestidad, si se quiere; por lo tanto, cada línea de diálogo acaba resultando tan artificial que cae en una mediocridad francamente muy difícil de ignorar.

    La prometedora secuencia prólogo del film y antecedente disparador del conflicto —esto es, el descubrimiento del embarazo de Maria— pareciera haber absorbido toda la creatividad que no se vislumbra en el resto de The life apart, pues está construida con una sencillez y una efectividad visual merecedoras de mención, un plano secuencia que funciona como instrumento perfecto de presentación de cada uno de los personajes. Tal virtud se diluye a lo largo del metraje, que incurrirá en todo tipo de tropos comunes, evidenciando esta falta de ideas en los aspectos más relacionados con la arquitectura de la obra —la cámara de Roberto Forza, con caprichos innecesarios, como planos holandeses para acentuar aspectos ya redundantes, o la previsible música de Dario Marianelli—, dando como resultado un trabajo de dirección, aunque correcto, muy pobre o, en cualquier caso, sin inspiración alguna. Esta actitud difícilmente imaginable en las manos de un cineasta profesional como Giordana —y, menos aún, de Marco Bellocchio, cuya mano firma parcialmente el guion, junto al propio director y Gloria Malatesta— refleja puro cansancio o desinterés.

    por Luis Enrique Forero Varela
    junio 16, 2025

    Crítica | La vita accanto

    por Luis Enrique Forero Varela | junio 16, 2025
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★★☆☆
    Algiers
    Chakib Taleb‑Bendiab
    La indignación en clave de noir


    Luis Enrique Forero Varela
    Valencia |

    ficha técnica:
    Argelia, Túnez, Francia, Canadá, 2024. Título original: «196 Mètres» (internacional: Algiers). Dirección y guion: Chakib Taleb‑Bendiab. Compañías: Temple Production, Clandestino Production, Dinosaures, Centre Algérien de Développement du Cinéma, Flirt Films, Institut Français d’Algérie, Praxis Films. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Rhode Island 2024. Distribución internacional: MAD Solutions; en Canadá: K‑Films Amérique. Fotografía: Ikbal Arafa. Montaje: Fouad Benhammou, Chakib Taleb‑Bendiab. Música: Chakib Taleb‑Bendiab. Reparto: Meriem Medjkane, Nabil Asli, Hichem Mesbah, Ali Namous, Chahrazad Kracheni, Slimane Benouari, entre otros. Duración: 93 minutos.


    El cineasta argelino Chakib Taleb-Bendiab ejecuta con Algiers no solo un modesto aunque solvente ejercicio de thriller, sino, siguiendo el modelo con el que el propio género opera —véanse ejemplos firmados por Roman Polanski, David Fincher o Johnathan Demme—, retrata además una serie de temas metacinematográficos en distintas capas de profundidad. Porque, recordemos: en la literatura y el cine noir es tan importante el texto como el subtexto.

    El título ya parece dejar claras las intenciones de prestar atención al subtexto. La capital del país norafricano se retrata aquí con prácticamente cero indulgencia, negándose la tentación de caer en lo condescendiente. El comisario de policía Sami Sadoudi (Nabil Asli) sufre un desgaste tremendo, a pesar de su aparente juventud. Tanto los (escasos) medios del cuerpo del orden como la casi total desmotivación profesional de sus miembros denotan una actitud pasiva y resignada frente al crimen, como si la presencia de este fuese más bien un ente abstracto de una fuerza inapelable. La secuencia de apertura, el rapto de una niña en la calle, a pleno aire libre y sin aparente dificultad, no hace más que incidir en esta especie de orfandad frente a unas instituciones de las que sus propios representantes son incapaces de desviar la mirada.

    La aparición del delito —y su ejecutor, que, como en todo thriller, merece tanta atención como el acto en sí— atrae a la comisaría la presencia de una psiquiatra especializada en el comportamiento de los asesinos en serie. La doctora Dounia Assam (Meriem Medjkane) acude en un principio a ofrecer sus conocimientos en psicología criminal para aportar apoyo extra al caso, y se topa con el rechazo frontal de la decadente fuerza policial. Assam sufre la discriminación previsible en un rudo mundo machista y tóxico, por el hecho de ser mujer y, para más inri, de no estar casada ni tener a un hombre a su lado, un hermano, un padre que cuide de ella y mitigue su incansable impertinencia. Claro está, la mediocridad y cansancio de la policía se evidencian más aún en contraste con una profesional que, además, esconde una motivación personal muy fuerte.

    Y es que, como decíamos un poco más arriba, el apartado narrativo es tan predecible como cualquier otro referente del género, y están muy presentes en el desarrollo de una trama modesta pero muy digna, que se toma a sí misma con la seriedad que debe y que no oculta su adhesión a los lugares comunes del género (ni lo pretende). Nos encontramos con las dos figuras protagonistas: por un lado el jefe de policía, cansado y decepcionado no solo de su trabajo sino del sistema en el que se ve obligado a vivir, pasando por alto las injusticias cotidianas y, sin embargo o precisamente por esto mismo, autoflagelándose día tras día; y, por otro, la psiquiatra atormentada bajo el yugo de un pasado traumático que ha modelado su existencia entera, abocándola únicamente a perseguir una vía de expiación, de redención, a través del esfuerzo infatigable, del empecinamiento como leitmotiv. Resulta natural esperar la colisión inicial entre estas dos fuerzas. Orbitando a su alrededor se encuentran además otras figuras arquetípicas como el policía corrupto y vago, asqueado y desinteresado en cualquier asunto que le implique tener que mover el culo del asiento y ponerse a trabajar, y cuyo único deseo es obtener un ascenso laboral; o el miembro más reciente del cuerpo, testarudo y desobediente pero de buen corazón y moral sólida. Asimismo, y quizás esto sí resulta decepcionante, nos encontramos con personajes menos interesantes, como el falso culpable o el falso inocente que resulta siendo un segundo falso culpable. Progresivamente, estas dos vías de investigación, estos dos modus operandi de los protagonistas encuentran un espacio común en la urgencia de la resolución del caso, comenzando una cooperación en la que uno aprende los trucos del otro hasta conseguir actuar de manera sincrónica.

    El contenido social, o, más bien, sociopolítico, se prodiga de manera constante y deliberada, otorgándole a Algiers una profundidad discursiva muy enriquecedora que, sin lugar a dudas, dignifica en mayor medida el conjunto global. A pesar de hallarse estos elementos presentes sin demasiada obviedad —el intento de linchamiento al sospechoso por parte de una masa enfurecida, los racionamientos imprevisibles e inexplicables de agua—, quien desconozca, por ejemplo, las manifestaciones periódicas de la población civil contra la corrupción de las instituciones y la violencia represiva del gobierno contra cualquier proceso democrático —fenómeno conocido como Hirak, deudor de la reciente “primavera árabe”—, intuirá esta injusticia sistemática y el clima de protesta y tensión de los ciudadanos, cercanos casi al estallido de indignación. Si bien no sobresale un posicionamiento frontal en el fondo discursivo del guion del propio director, ya el simple hecho de mencionar esta problemática supone una forma de reivindicación destacable.

    Quizás la película adolece de una cierta impaciencia en cerrar la resolución argumental, comprimiendo el acto final dentro de la ya ajustada duración. Aun así, los misterios sembrados se recogen y pliegan con suficiente corrección como para brindar un resultado satisfactorio, sin brillar particularmente. Y el esperado encuentro entre los protagonistas y su némesis goza del curioso efecto de convertir la carencia de medios o esta falta de paciencia en una virtud: el espacio cerrado, el entorno familiar en el que se da lugar esta confrontación, aporta una intensidad muy conveniente.

    Algiers es un ejemplo que ilustra cómo es posible adherirse a una fórmula preestablecida para construir un producto competente; una obra previsible, sencilla y, como ocurre cuando los referentes son sólidos, correcta. Más convincente es la integración del componente discursivo, que retrata, en clave de ficción, una realidad actual con la suficiente buena mano como para alcanzar un equilibrio entre la denuncia y la contención. Taleb-Bendiab disecciona así un conjunto de cuestiones que abarca el estado de la política actual en Argelia y su atentado contra la democracia, así como la discriminación de género y el rol de la mujer como miembro de una sociedad dominada por el patriarcado.

    por Luis Enrique Forero Varela
    junio 16, 2025

    Crítica | Algiers

    por Luis Enrique Forero Varela | junio 16, 2025
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★★★☆
    Fotogenico
    Marcia Romano y Benoît Sabatier
    Una voz espectral


    Nacho Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia. 2024. Título original: Fotogenico. Dirección: Marcia Romano y Benoît Sabatier. Guion: Marcia Romano y Benoît Sabatier. Compañías productoras: Envie de Tempête Productions, Micro Climat, JHR Films. Música: Stéphane Bodin, François Marché. Fotografía: Nicolas Eveilleau. Reparto: Christophe Paou, Roxane Mesquida, Angèle Metzger, Bella Baguena, John Arnold. Duración: 94 min.

    Dentro de la Sección Oficial de la Mostra de València aparece Fotogenico (2024), la película realizada en conjunto por la guionista y directora Marcia Romano y el crítico musical y director Benoît Sabatier, que podría completar la que se ha calificado como su “trilogía de Marsella”, junto a Le moral des troupes (2015) y Amore Synthétique (2016). En esta tercera entrega el relato vuelve a emerger a raíz de la música, cuando Raoul, un padre en duelo por la muerte de su hija Agnès decide ir a la ciudad del sur de Francia para recorrer los lugares donde ella habitaba, acercarse a sus conocidos y tratar de comprender qué le ocurrió. Al remover el pasado va descubriendo poco a poco su vinculación con el mundo de las drogas, su compleja situación emocional y, como hilo conductor de todo, el álbum que grabó con su banda, llamada Fotogenico.

    En un errático deambular por la carretera, el metro y las calles de Marsella con una botella de vino bajo el brazo, Raoul será un trasunto de Travis -París, Texas (Wim Wenders, 1984)- que hallará en la imagen sonora del vinilo (al igual que el personaje de Harry Dean Stanton hace en la pantalla de cine), las fuerzas para aproximarse al dolor del pasado. La premisa de los directores de Fotogenico abraza este poso referencial para encontrar su propia identidad, tratando de edificar una tragicomedia de tintes oníricos que no escapa de la herencia de obras como Good Time (Ben Safdie, Joshua Safdie, 2017). Fotogenico, que se encomienda en todo momento a la vitalidad incansable de su protagonista (interpretado por Christophe Paou), también cuenta con un catálogo de personajes singulares que Raoul, como si se tratase de ‘El Nota’ -El gran Lebowski (Joel Coen, 1998)-, se va encontrando por el camino, como un narcotraficante obsesionado con reescribir su autobiografía, su secuaz vestida de Kill Bill, un hombre que vigila un agujero o las tres amigas y compañeras de Agnès en la banda: Lala (Roxane Mesquida), Tina (Angèle Metzger) y Brune (Bella Baguena).

    Por otro lado, el lugar físico de la película es una suerte de evocación de una Marsella atemporal y despersonalizada, donde la historia musical de los años 80 (tiendas de discos y locales nocturnos) se fusiona con las consecuencias más devastadoras del ultracapitalismo contemporáneo, con el turismo fagocitador y el revival nostálgico como armas de destrucción cultural. Raoul busca el rastro del fantasma de su hija en esta especie de purgatorio plagado de excentricidades, cuya esencia -que no su diseño visual y su puesta en escena- se asemeja a lo que planteó Christian Petzold en su construcción de la Marsella de En tránsito (2018), donde el anacronismo y la deslocalización ya funcionaban como anclaje estético y político. Marcia Romano y Benoît Sabatier filman una ciudad irreconocible, un cementerio social aletargado en el que, no obstante, siempre hay lugar para la comedia irónica, que guía en todo momento la narración. La exageración y la sátira sirven así a los realizadores para dirigir la película hacia una reconciliación final de carácter espectral, marcada por el ritmo constante del disco de Fotogenico que, como si del latir del corazón de Agnès se tratase, alienta a su padre en cada escena. Sin embargo, el recuerdo de su hija nunca se manifiesta desde flashbacks o recuerdos concretos, sino que es su voz la que surge desde las canciones de la película, a cargo del dúo francés de postpunk Froid Dub, compuesto por los músicos François Marché y Stéphane Bodin. Este grito interno de auxilio y libertad llega a los oídos de Raoul, que recorre la ciudad tratando de reproducir el vinilo una y otra vez, de tomar las mismas sustancias y decisiones que su hija para, finalmente, reunir a la banda y dar un último concierto, donde logra casi transfigurarse en el espíritu de Agnès. Este peculiar viaje del padre constantemente recurre a la música como espacio de cercanía y comunidad. La propuesta formal evoluciona pasando de encuadres más cerrados en el inicio del film, a una mayor presencia de planos de conjunto que nacen en el contexto musical. Finalmente, un primer plano de Raoul en pleno clímax performático cierra una película que, gracias a su marcada apuesta referencial, abre su propio camino para encontrarse como obra autónoma. ♦


    por Nacho Álvarez
    junio 16, 2025

    Crítica | Fotogenico

    por Nacho Álvarez | junio 16, 2025
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★★★☆ |
    It All Ends Here
    Rajko Grlić
    Hijos de la ira


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia |

    ficha técnica:
    Croacia-Bulgaria-Serbia-Montenegro, 2024. Título original: «Svemu Dodje Kraj». Dirección: Rajko Grlić. Guion: Rajko Grlić, Ante Tomić, basado en la novela de Miroslav Krleža. Fotografía: Branko Linta. Montaje: Tomislav Pavlic. Reparto: Živko Anočić, Boris Isaković, Jelena Đokić, Janko Popović Volarić, Emir Hadžihafizbegović, Ksenija Marinković, Marina Redžepović.

    El thriller, cuando está bien temperado, suele tener una relación privilegiada tanto con el dispositivo cinematográfico como con los grandes públicos. Hay algo del género que se esbozó al final de la época silente, quedó fijado en el clasicismo y ha mantenido un encanto y un sabor indudable con el paso de las décadas. En Europa hemos sido siempre más de un thriller sucio y seco, quizá porque siempre hemos vivido más cerca de los suburbios que de los estilizados interiores de Los Ángeles. Nuestro thriller tiene siempre una capa de mugre que le sienta bien, que lo hace nuestro y cercano, casi diría que extrañamente castizo. De hecho, esa sequedad que maneja aquí Rajko Grlić le sienta como un guante. Dispone todos los elementos que necesita para hacer una buena película: una pareja con un pasado, una pelirroja inteligente que esconde un arma, una prueba incriminatoria, matones que acechan detrás de las esquinas nocturnas para robarte el reloj y darte una paliza. Por tener, tiene nada menos que a Boris Isakovic, uno de los mejores actores del cine balcánico contemporáneo —ha trabajado con Jasmila Zbanic y con Vladimir Perisic, pero ante todo fue el terrorífico Milosevic de Los últimos tres días (Porodica, 2021), la estupenda miniserie de Bojan Vuletic. De hecho, si tuviéramos que ponerle una pega a la película sería, quizá, que no juegue todavía más a ese villano salvaje y sardónico, un villano como de títere-político-europeo, que es algo que nos gusta mucho y que Isakovic, como se pueden imaginar, despliega con una personalidad absoluta.

    La cinta no necesita hacer alardes formales ni subrayar nada: parte de un héroe trágico que carga con su culpa y se proyecta hacia un pasado que no necesita de la tramoya de la guerra para resultar creíble. Hay dos víctimas inocentes que claman justicia, y un autodescubrimiento de la miseria, que eso es algo que siempre da mucho juego en el policiaco. Eso, por supuesto, y una policía que no funciona y que invita un poco de refilón a la ciudadanía a tomarse la justicia por su mano. La cuestión es que aquí la ciudadanía anda un poco enfrascada a otras cosas: a los móviles, a las redes sociales, a servir como telón de fondo en el que, no nos engañemos, la acción salvífica que esperamos de los protagonistas no parece que vaya a cambiar mucho las cosas. La cinta habla de Croacia, pero podría ser cualquier otro país de los que suspiran por los fondos de ayuda europeos y encumbran a figuras del mundo de la construcción con más cadáveres en el armario que cuentas paralelas en paraísos fiscales. «¡Esto es el capitalismo! ¡Alguien tendrá que trabajar!», señala en algún momento un personaje con un muy socarrón sentido del humor. El trabajo, por supuesto, suele ser un intercambio de selfies e influencias muy del siglo XXI, con la diferencia de que en lugar de un hospital infantil hoy el villano estaría probablemente abriendo pisos turísticos. La novela original de Miroslav Krleža —traducida y editada en nuestro país por Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek hace apenas cuatro años— es de 1938, y quizá por eso la adaptación contemporánea de sus tramas básicas se experimenta como radicalmente nuestra. No chirría en ningún momento esa colección de políticos corruptos, de tómbola funeraria y salchichera con aroma a provincialismo cutre, no chirría esa colección de lugares y frases que conocemos bien, que ya forman parte del ADN de nuestras sociedades, de nuestra querida y siempre poco valorada democracia. Allí citan a ciertos partidos, utilizan la metáfora de la constitución como un chistecillo brutal para no enseñar los dientes y aquí, la verdad, lo mismo.

    De ahí que la película esté llamada a contar con un público generalista, agradecido, un público que puede ver en la cinta de Grlić lo mismo un espejo que un estupendo thriller con el que pasar la tarde. Al contrario de lo que se suele decir, el director no ha venido del documental —su último trabajo, Vsaka dobra zgodbja je ljubezenska zgodba (2017), iba en esa dirección— para hibridar ficción y realidad. Antes bien, se ha marcado una película de género con todas las letras: seria, rápida, efectiva, bien trazada, contundente. Paradójicamente, al mirar hacia el pasado para recuperar un relato de hace ya casi ochenta años y darle una pátina que hubiera funcionado bien en una producción cualquiera de la Warner de los cuarenta, se ha encontrado de bruces con el presente mismo de Europa. Esa es una de las muchas y felices contradicciones del cine: a veces, cuando se escribe con sencillez y se mira hacia el pasado se pueden rodar películas que sobrevivirán sin ningún problema en el futuro. ♦

    por Aarón Rodríguez
    junio 16, 2025

    Crítica | It All Ends Here

    por Aarón Rodríguez | junio 16, 2025
    NADIA EL FANI | FOTO: EDUARDO GUILLOT

    Nadia El Fani: «Todas las películas que he hecho se centran en mi relación con la verdad».




    En torno a la trayectoria de Nadia El Fani se pueden articular muchos de los debates que definen las dinámicas críticas, artísticas e industriales del cine actual. Pese a llevar más de treinta años rodando, es una desconocida en España, donde sus huellas apenas pueden rastrearse en algunas ediciones del FCAT (Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger) o en el imprescindible volumen de Olivier Barlet Cine africano contemporáneo (Los Libros de la Catarata, 2021). Trabajar al margen de las tendencias de moda, de manera independiente y desde un país como Túnez, que no está en el foco de interés ni siquiera cuando los medios giran la mirada hacia los conflictos del sur global, se traduce, incluso en tiempos de reivindicación de mujeres cineastas ignoradas, en una invisibilidad que se agrava, además, por el empeño de El Fani en hacer las películas que quiere y como quiere, aunque eso implique dificultades a la hora de encontrar financiación, no encajar en el canon estético que los festivales internacionales exigen al cine africano o ser amenazada de muerte por el islamismo radical, como le sucedió a raíz de Laïcite Inch'Allah! (2011). El suyo es un cine de guerrilla, que tiene su máxima expresión en Capitale parenthèse (2022), su último largometraje documental, rodado durante el confinamiento. Recientemente visitó València para presentar el film, en el marco de un ciclo que le dedica la Filmoteca.

    En un momento de Capitale parenthèse dices que estás filmando sin saber cuál será el destino final de las imágenes. ¿Cuándo te das cuenta de que tienes una película?

    No estaba previsto que la película existiera, es producto de las circunstancias. Después del confinamiento, hablé con mi productor, con quien estaba trabajando en ese momento en otro proyecto, y le dije que quizá podía construir algo a partir de las imágenes que había rodado. Encontré una libertad extraordinaria durante el confinamiento. A veces, cuanto más nos encierran, más libres nos sentimos, y creo que esa frase podría definir todo mi cine. Empecé a recopilar el material que tenía y a darle estructura hasta convertirlo en un film que contiene muchos de los rasgos que caracterizan mi trabajo anterior, aunque en este caso me permití desarrollar un poco más una vertiente poética que, no obstante, no deja de lado el humor.

    Uno de esos rasgos es tu presencia como hilo conductor del relato, ya sea mediante la voz en off o tu aparición en pantalla, al modo del documental performativo. También usaste ese recurso en Même pas mal (2013), donde hablas del cáncer que padeciste y de la persecución que sufriste a raíz del estreno de Laïcite Inch'Allah! Además, en Ouled Lénine (2008) era una opción lógica, ya que se trataba, fundamentalmente, de un diálogo con tu padre, pero empezaste haciendo ficción, en la que te mantenías detrás de la cámara. ¿Cómo se ha ido produciendo ese proceso que te ha llevado a colocarte en el centro de tus películas?

    Es cierto que empecé haciendo ficción, pero desde mis primeros cortos la gente me comentaba que, en realidad, estaba contando mi vida a través de ellos, porque abordaba temas que me afectaban personalmente, que en cierto sentido es lo que se le dice a todos los cineastas, aunque lo negamos. Por eso, cuando empecé a hacer documental, adopté claramente esa postura y quise decir lo que pensaba. La mayoría de ellos están rodados en Túnez, y era muy consciente de que no pretendía hacer reportajes periodísticos, sino tomar posiciones políticas, porque en la situación que ha vivido Túnez es imposible para mí no hablar desde esa posición. Me di cuenta entonces de que, en mi caso, la política y la intimidad estaban muy unidas. En Même pas mal, debido a mi estado físico, conté con la ayuda de Alina Isabel Pérez, que firma la película conmigo, pero creo que en todos los casos la cuestión se centra en plantear mi relación con la verdad.

    Aunque has contado con colaboradoras como Fatma Cherif, también llevas la cámara tú misma en muchas ocasiones. ¿Te genera más confianza en el resultado final?

    Sí, filmar yo misma es algo que ya decidí en documentales previos, como Nos seins, nos armes! (2013). Y tenía previsto hacerlo en la película que iba a rodar en Túnez cuando llegó el confinamiento. Me siento bastante segura de mí misma en ese sentido. Lo importante a la hora de rodar es tener sentido del encuadre, porque no voy buscando la perfección, eso no me preocupa. Tengo conocimientos técnicos, sé como tomar la luz, pero lo importante es el encuadre, el ojo. En la película que estoy preparando ahora también tengo intención de hacer algunos planos, pero ya veremos si me dejan. Es un film que quizá, finalmente, pueda resultar comercial. Bedwin Hacker (2003), mi primera ficción, ya contiene algunos elementos de comedia, es muy lúdica, pero ahora preparo una auténtica película de género, que transcurre y se rodará en Túnez. Cuando se trata de ficción, se maneja un presupuesto industrial y entran en juego cámaras más sofisticadas, los productores prefieren dejar el trabajo en manos de los directores de fotografía profesionales. Es un situación diferente a cuando hago documentales, donde trabajo con mi GoPro o incluso mi iPhone. Lo importante no es el tipo de cámara, sino lo que se cuenta.

    Capitale parenthèse (2022)
    ¿Crees que Capitale parenthèse marca un antes y un después en tu carrera?

    Probablemente. He experimentado un cambio, no sabría decir si debido a la película o al propio confinamiento, que nos traumatizó a todos. A partir de Capitale parenthèse me he atrevido a creerme que soy cineasta, que tengo un cine propio, me siento más legitimada para hablar como directora, cuando antes he sufrido a menudo el síndrome del impostor.

    En tus datos biográficos se suele citar que trabajaste en el equipo de películas internacionales rodadas en Túnez como Protocolo (Protocol, Herbert Ross, 1984), Elliot, mi mejor amigo (Misunderstood, Jerry Schatzberg, 1984), La clave está en Rebeca (The Key to Rebecca, David Hemmings, 1985), Piratas (Pirates, Roman Polanski, 1986) o El joven Toscanini (Il giovane Toscanini, Franco Zeffirelli, 1988). Son títulos muy alejados de lo que harías después como cineasta. ¿Qué aprendiste en aquellos rodajes?

    El cine es mi pasión desde que era pequeña. Vivíamos en un edificio que tenía una sala de cine en los bajos, y siempre encontrábamos la manera de colarnos para ver las películas que proyectaban. Desde niña quise hacer cine. Mis padres, a pesar de pertenecer a la clase intelectual, querían que terminara mis estudios, pero se dieron cuenta de que para mí era una obsesión, así que empecé a trabajar, porque en aquella época, a mediados de los ochenta, en Túnez se filmaban muchas producciones extranjeras. Así aprendí cómo hacer las películas, porque al principio no entendía bien lo que hacían. Veía cámaras que se movían, gente que ensayaba antes de las tomas, cómo se repetían determinados planos, dónde se colocaba la cámara, pero no tenía ni idea de montaje, por ejemplo. Así que aprendí haciéndolo. Cuando encontré el valor para filmar mi primer cortometraje, fue una manera de continuar con ese aprendizaje, que creo que sigue hasta hoy, cuando a mi edad actual ya puedo afirmar que sé hacer cine.

    En Capitale parenthèse recuperas una imagen perteneciente a tu corto Tant qu'il y aura de la pelloche (1998) en la que apareces con una pancarta que dice "Je voudrais filmer" ("Me gustaría filmar"). Es una frase que, de algún modo, define tu carrera, marcada a menudo por las dificultades para conseguir financiación. ¿Tiene que ver con el marcado carácter político de los temas que escoges?

    Todos mis amigos, mi familia, la gente de mi entorno, me preguntan constantemente por qué no ruedo películas más comerciales, que funcionen económicamente. Y podría, sé lo que hay que hacer, pero realmente no me interesa. Quizá soy de ese tipo de personas que necesitan enfrentarse a la adversidad para conseguir algo. Además, está el problema con la verdad, del que hablaba antes. Siempre he luchado por hacer lo que quería, aunque pueda sonar pretencioso, y quizá tenga que ver con mi idea de libertad. Me lo hacen pagar caro, sobre todo en Túnez, pero también en Francia, no te creas. En Túnez nunca han admitido que una mujer hable de homosexualidad o identidad, algo que llevo haciendo desde mi primer corto. Entonces ya decidí que cada película mía de ficción tendría algún personaje homosexual o bisexual, no veía por qué no podía hacerlo, pero es algo que molesta mucho, hasta entre mis compañeros cineastas, y pese a que no son películas sobre la homosexualidad, sino que con toda normalidad aparece un personaje que lo es.

    Naciste en Túnez y te consideras tunecina, pero resides en Francia. Esa doble nacionalidad aparece también reflejada en las películas, como si fuera una condición que marca necesariamente tu cine. ¿Es así?

    Capitale parenthèse es mi primera película francesa. E incluso en ella hablo de Túnez. Igual que en Nos seins, nos armes!, el documental que hice con Caroline Fourest sobre el movimiento Femen. Para mí es imposible ignorar esta referencia. No puedo dejar de pensar que soy de Túnez cada vez que trabajo. Me siento profundamente tunecina, aunque viva en Francia. No se me ocurre ninguna idea que no esté relacionada con mi país, que además me encanta filmar.

    Me gustaría que hablaras de la mirada política sobre el cuerpo que hay en tus películas. Desde el tuyo propio, asediado por la enfermedad en Même pas mal, hasta el de las militantes de Femen, que lo utilizan para vehicular su protesta en Nos seins, nos armes! Es un tema recurrente en tu cine.

    Es curioso, porque no era consciente de ello, pero hay algunos analistas que me han hecho ver que en Pour le plaisir (1990), mi primer cortometraje, que solo dura 6 minutos, ya estaban los temas que desarrollaría en mi filmografía posteriormente, lo cual me parece muy interesante. Y ahí estaba ya el tema del cuerpo. Quizá el origen esté en mi infancia. Cuando era pequeña, todos me decían que era un chicote, porque jugaba al fútbol y a las canicas con los chicos, siempre estaba llena de heridas por escalar, me caía constantemente de los árboles... Nunca me he visto como un chico, y tampoco quería ser un chico, pero siempre me ha molestado que se definiera lo que es o debe ser la feminidad. Uno de los grandes problemas de la sociedad es que constantemente se le dice a las mujeres cómo tiene que hablar o vestirse. Yo soy una persona grande, tengo la voz grave, me visto habitualmente con pantalones, pocas veces uso vestidos, pero no deseo que haya diferencias entre hombres y mujeres, porque tenemos los mismos derechos y capacidades. Cuando conocí a Femen, una de las críticas que recibían con más frecuencia era que las acusaban de dedicarse a mostrar sus pechos. Y realmente no era así, lo que hacían era utilizar sus cuerpos como herramienta para transmitir mensajes políticos. Pero los periodistas y el resto de la gente solo veían los pechos, si eran grandes o pequeños o si tenían esta forma o aquella, y eso me molestaba mucho. Por otra parte, la relación con la desnudez siempre ha sido un tema muy complicado en Túnez, he tratado de abordarla en alguna de mis películas, pero he sido objeto de ataques. Es muy interesante hablar con profesionales, porque 30 años después todavía he aprendido algo sobre mi trabajo de lo que no me había dado cuenta.


    por Eduardo Guillot
    marzo 07, 2025

    Nadia El Fani: «Todas las películas que he hecho se centran en mi relación con la verdad»

    por Eduardo Guillot | marzo 07, 2025
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★★☆☆ |
    Un baño propio
    Lucía Casañ Rodríguez
    Artesanía local


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia |

    ficha técnica:
    España, 2024. Título original: Un bany propi. Dirección y guion: Lucía Casañ Rodríguez. Fotografía: Borja V. Salom. Música: Vicente Barrière. Reparto: Núria González, Carles Sanjaime, Amparo Báguena, Antonio Martínez, Manu Valls.

    Conviene comenzar señalando que Un bany propi es una película dislocada en la cartelera de 2024. No lo digo como un demérito, sino más bien para dejar constancia de mi sorpresa. Es complicado trazar herencias que la conecten con el «Otro Nuevo Cine Español Femenino», o con el cine comercial que busca amasar espectadores con tramas familiares y niños salaos hasta la saciedad. Antes bien, la película de Casañ parece haberse quedado congelada desde principios de milenio, haberse macerado en un esquinazo de la Historia del Cine y haber aparecido de pronto, como un Objeto Fílmico No Identificado, entre nosotros. En cierta medida, y por concretar, es una película de cuando la etiqueta «posmodernidad» todavía tenía algo de sentido y la hibridación, la cita, la autoconciencia irónica y la metarreferencialidad amable eran moneda de cambio.

    En esta dirección, Casañ parece estar mirando de manera directa y no siempre disimulada a la Amelié (Le Fabuleux destin d´Amélie Poulain, 2001) de Jean-Pierre Jeunet. Una película que, como ustedes saben, ha envejecido de manera irregular y que aquí se actualiza para rescatar quizá lo mejor que tenía la fórmula del director francés: una cierta levedad cómica a partir de las buenas intenciones, una colorimetría apoyada en rojos y verdes, un tratamiento entre elegante y cañí de los interiores y una estructura entre episódica y lineal —volveré sobre esta idea— que hace que el personaje crezca incluso más que la propia película que lo contiene.

    Veinte años después, esta Amelié valenciana —una soberbia Núria González que sostiene con enorme fuerza incluso las escenas más problemáticas— es una mujer ya entrada en años que se empeña en practicar la actividad literaria. Pese a estar atrapada en un destino aparentemente monótono y condenada a una ritualidad doméstica y absurda, genera un mundo necesariamente esperpéntico alrededor de los baños de propios y extraños, a los que convierte en un microcosmos de su(s) propia(s) existencia(s). El punto de partida es original y arriesgado, pero pronto se agota en una serie de metáforas ligeramente forzadas: un pez «encerrado» en su pecera, unos familiares grotescos a los que, no sabemos muy bien por qué, la protagonista se empeña en aferrarse a pesar de recibir una cuantiosísima herencia, una persecución que parece remitir al Vértigo de Hitchcock (1958) pero que no llega más allá de la cita cinéfila. Del mismo modo, tampoco sabemos muy bien cuál es el talento literario de la protagonista, ya que el uso de la «voz en off» —un recurso que se agota dramáticamente en el último tercio de película, cuando se utiliza para hacer empujar una narración que ha perdido todos los nexos causales— hila hasta el final una serie de reflexiones desabridas, entre lo edulcorado y lo esperpéntico.

    Sin embargo, Un bany propi tiene un muy solvente aparataje visual que consigue opacar gran parte de los problemas narrativos. La dirección de arte, por ejemplo, es un prodigio de inventiva, control y gusto. Los objetos están perfectamente dispuestos en el encuadre, generando una atmósfera riquísima —muy beneficiada, además, por una exquisita dirección de fotografía que comprende perfectamente cada uno de los espacios y sabe cómo retratarlos—, produciendo un deleite de texturas, movimientos y colores. El uso de los grandes angulares, o de la captación de espacios estrechos (pasillos, los propios retretes) va componiendo progresivamente una reflexión muy medida sobre el espacio. Hay, además, un cierto tratamiento de la temporalidad en el filme que contribuye a esa sensación de desencaje visual de la que hablaba antes y que dota a la propuesta de una personalidad, cuanto menos, curiosa. Por un lado, los objetos y el vestuario de gran parte de los protagonistas remite a los años cincuenta y a las fórmulas de reconstrucción histórica con las que hoy parte de la televisión remite al clasicismo. Por otro lado, otros segmentos de la cinta apuntan más bien al camp de los ochenta y juegan a un tipo de humor escatológico más propio del cine español de la transición que al de nuestros tiempos. La cinta va fluyendo así entre un recurso y otro, oscilando entre diferentes lugares y haciéndose grande, justo es reconocerlo, precisamente cuando deja atrás su obligación de «contar una historia» y juega con los recursos oníricos. Los sueños y alucinaciones de la protagonista son realmente potentes y hay una secuencia de escenas en plano fijo que utiliza como único recurso una puerta que se abre para el espectador realmente bien trazada.

    Casañ ha rodado una ópera prima con mucha dedicación y apoyándose en un equipo técnico que ha sabido dotar de sentido a sus intuiciones como narradora. Los problemas emergen cuando, paradójicamente, una película que defiende la literatura no termina de construir con coherencia interna su propio relato. Esa oscilación entre lo episódico y lo lineal que señalaba antes acaba pasando factura porque en ocasiones parece que contemplamos simplemente una colección de estampas, de fragmentos deslavazados en los que los actos no tienen consecuencias. Los personajes se traicionan, se desprecian, se encuentran o se reconcilian por fuerzas ajenas a la narración que muchas veces resultan casi imposibles de comprender. Otro tanto pasa con el diseño interno de las secuencias, que a menudo confía simplemente en la buena naturaleza de los personajes o se apoya en gags con resolución desigual. Sin embargo, este tipo de trastabilleos no impiden concluir que la película tiene el encanto de la artesanía local, o que sus imágenes han sido construidas con una seriedad y una profesionalidad fuera de toda duda. ♦

    por Aarón Rodríguez
    marzo 07, 2025

    Crítica | Un baño propio

    por Aarón Rodríguez | marzo 07, 2025
    || Festivales
    Mostra de Valencia 2024
    Palmarés de la 39ª edición


    redacción
    Madrid |

    fechas
    | Del 24 de octubre al 3 de noviembre de 2024. |

    La trágica situación en el litoral valenciano obligó a la organización de la Mostra de València – Cinema del Mediterrani a suspender su 39ª edición. Una decisión tan valiente como pertinente; ya que por encima de cualquier otra cosa está la vida. Tras semanas de luto y trabajo, el festival publicó los ganadores de esta entrega. Lo hizo agradeciendo la labor tanto de autores como de jurados. Un gesto de respeto de un festival que cada año es más grande; también en el aspecto humano. Así, la producción franco-turca Faruk, una comedia dirigida por la cineasta Asli Özge, ha sido la gran ganadora de esta edición. Los miembros del jurado, Bassam Alasad, Avelina Prat, João Antunes y Marie Balducchi, decidieron por unanimidad, otorgar la Palmera de Oro, dotada con 30.000 euros a la producción y 15.000 más a la distribución española, al largometraje de Özge. Unas cantidades que aseguran su estreno en salas en nuestro país.

    • Palmera de Oro: Faruk, de Asli Özge, Francia.
    • Palmera de Plata-Premio Especial del Jurado: Mondove, de Karim Kassem, Líbano.
    • Mejor director: Lotfi Achour por Les Enfants Rouges, Túnez.
    • Mejor guion: Asli Özge por Faruk, Francia.
    • Mejor interpretación femenina: Sonia Bergamasco por The Life Apart, Italia.
    • Mejor interpretación masculina: Filip Đurić por That’s It For Today, Serbia.
    • Mejor fotografía: Karim Kassem por Moondove, Líbano.
    • Banda sonora original: Iva Radivojević por When The Phone Rang, Serbia.


    por EAM
    noviembre 27, 2024

    Mostra de Valencia 2024 | Palmarés

    por EAM | noviembre 27, 2024
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★★☆☆ |
    That´s it for today
    Marko Djordjevic
    Podemos hablar/Tenemos que hablar


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia |

    ficha técnica:
    Serbia, 2024. Título original: Za danas toliko. Dirección y guion: Marko Djordjevic. Fotografía: Stefan Milosavljevic. Música: Sofija Milutinovic. Reparto: Goran Bogdan, Dejan Celar, Dimitrije Dinic, Djordje Djokovic, Filip Djuric, Suzana Grujic. Producción: Altertise, Filmski centar Srbije

    Me permitirán que comience con esa horterada absoluta que se populariza en las redes sociales y que les avise, antes de proceder, que la siguiente crítica parte de un spoiler. Del único spoiler, en realidad, que puede tener la película de Marko Djordjevic.

    Que la gran película serbia del año pasado —al menos, en lo que toca a sus cifras de taquilla— trate sobre un cadáver del que nadie habla, del que nadie parece querer pronunciarse, y que dicho silencio parece la clave para una reconciliación absoluta es algo, cuando menos, inquietante. Si leemos la cinta en su literalidad absoluta, el mensaje está claro: para seguir adelante, para poder disfrutar y bañarse y conducir y bailar y cocinar, lo mejor es no hablar mucho de los muertos. De hecho, que sea un protagonista masculino el que nada quiere escuchar sobre la muerte de su esposa choca horizontalmente con el funcionamiento básico del duelo en su dimensión sanadora: hay que hablar, hay que vestir a los cadáveres con palabras, hay que abrir las fosas comunes y sacar los esqueletos y hay que ser riguroso con la sangre reseca de las violaciones y los fusilamientos para que no devengan fantasmas nacionales, traumas absolutos, heridas supurantes.

    No, no se han equivocado: That´s it for today es una comedia, incluso una comedia bastante amable, cálida, voluntariamente acogedora. Tiene escenas de conducción que remiten al slapstick, chistes sobre comida y canciones infantiles.

    Ahora bien, para entender la complejidad de la película podemos hacer un poco de análisis sin salir de la programación de la Mostra de València – Cinema del Mediterrani. Hace unos años, por ejemplo, programó una película absolutamente espectacular que sigue provocándome pesadillas: Zana (Antoneta Kastrati, 2019), que tomaba como punto de partida las batidas genocidas de los Balcanes para levantar una historia terrorífica de exorcismos, retornos y violencias varias que quemaban los ojos al espectador. El año pasado se repitió un ejercicio parecido, quizá algo más amable, en la muy solvente A house in Jerusalem (Muayad Alayan, 2023), tomando como referencia la ocupación de Palestina. En este contexto, cuando llevamos años reflexionando juntos sobre los fantasmas que recorren Europa, Gaza, Siria, Líbano, resulta complejo realizar una lectura de That´s it for today que no se eleve a metáfora política, que no responda de una manera u otra a las películas anteriores. Y de ahí que sea complicado diferenciar dónde termina la fábula (es mejor no recordar a los muertos para continuar existiendo como una comunidad más o menos sana) y dónde empieza el maquillaje territorial en lo que sigue siendo un territorio dominado por la barbarie.

    Sin salir demasiado del texto, la película está construida como una suerte de colección de estampas tiernas, episódicas y fugaces, muy bienintencionadas. Los personajes son luminosos y defienden aquí y allá una suerte de bondad irreductible. La película está decida a defender al ser humano aunque eso implique desplomarse en ocasiones en una resbaladiza vergüenza enunciativa: esos impecables interiores domésticos, las camisetas horteras y las sandías, esos adultos que no paran de estudiar y de reír, de apoyarse, de cuidarse como sea. Son niños gigantes, cuerpos infantilizados que sorprende incluso que tuvieran adolescencia.

    Ciertamente no sabremos hasta el final nada del duelo de uno de los tres hermanos protagonistas: muy al contrario, casi todo el metraje su personaje funciona como una especie de cartoon, un alegre e inevitablemente ridículo buen hombre que se hace querer. En una secuencia resolutiva situada casi a final de metraje se explica la tragedia con un par de diálogos evanescentes y a otra cosa. La vida sigue.

    Pero la vida, al contrario de lo que plantea Marko Djordjevic, tiene una complejidad intrínseca que no es compatible en absoluto con el mensaje textual de su película. Lo plantea mucho mejor, y con más fuerza, un diálogo situado en otra de las películas de la sección oficial —Backstage (Afef Ben Mahmoud, Khalil Benkirane, 2023), un auténtico bombazo, no se la pierdan—, cuando afirma que todo buen relato debe saber combinar lo amargo y lo dulce de la vida para resultar justo y complejo. Aquí la amargura fluye por debajo, pero tan por debajo que no puede ni devenir conflicto narrativo. Quizá hubiera sido más justo con el espectador levantar la carta de la tragedia mucho antes, pero como se debe decir en estos casos, esa es la película que yo hubiera querido ver y no la que Marko Djordjevic ha rodado. Mi incapacidad para leerla correctamente, creo, tiene más que ver con mi sensibilidad depresiva que con una película situada en las antípodas de lo que espero del mundo. Lo que, probablemente, sea bueno para el film.

    La decisión de su programación en un certamen como la Mostra de València, cuyo recorrido en los últimos cinco años por el cine de los Balcanes ha sido absolutamente impecable es, sin duda, de una inteligencia desarmante: al poner en contexto, al hacer chocar con todas las películas que hemos visto en los últimos años, al situarla en paralaje con otras obras sobre otras familias en otras tragedias bélicas tan potentes como Who Do I Belong To, se plantea una verdadera reflexión sobre el estado del cine. ¿Es así como puede sanar una cinematografía? ¿Es esto lo que necesitan las audiencias para acallar los aullidos de pánico que despertaron, pongamos por caso, los dos últimos largos de Jasmila Žbanić? ¿Es posible que se ruede una cinta así al mismo tiempo que se estrena Silence of Reason (Kumjana Novakova, 2023)? Un festival está obligado a formular preguntas a su audiencia, y no todas tienen por qué funcionar en línea recta. Otras únicamente emergen cuando se sigue durante su programación durante varios años seguidos y consiguen convertir a su público en, quizá, un poquito más sabio.

    Después de todo, eso es lo que se está repitiendo una y otra vez desde el monográfico Visiones de Gaza, desde la retrospectiva de Nadia El Fani. No podemos dejar los cadáveres en silencio y fingir que nada ha pasado, que nada está pasando. Tenemos que hablar. Eso es lo que, a mi juicio, falta en la película de Marko Djordjevic. Hombres que hablen. ♦


    por Aarón Rodríguez
    octubre 30, 2024

    Crítica | That´s it for today

    por Aarón Rodríguez | octubre 30, 2024
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★★★☆ |
    Faruk
    Asli Özge
    Una ciudad como las otras


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia |

    ficha técnica:
    Turquía, 2024. Dirección y guion: Asli Özge. Fotografía: Emre Erkmen. Música: Karim Sebastian Elias. Reparto: Faruk Özge, Derya Erkenci, Gönül Gezer, Nurdan Çakmak, Semih Arslanoğlu, Fikret Özge.

    Y así se diría que Estambul es cualquier ciudad de Europa, al menos por la parte de atrás, la trastienda y la guardarropía, aquello de que los edificios viejos se demuelen y los ancianos se desplazan y todo lo que no sea brillante y metalizado y capitalista y sea susceptible de atraer la novedad e inversiones y movimiento de capital, en fin, pues ustedes ya saben. Que molesta que envejezcamos y molesta que las casas envejezcan y molesta el tiempo mismo, y así Estambul -decía- es cualquier ciudad de Europa en la que el que más o el que menos tiene un piso y especula, o sueña con tener un piso y especular, o piensa que la inversión que cuenta es el ladrillo y los demás, qué vamos a hacerle, o se mueren o se empobrecen.

    Con lo que Asli Özge ha rodado una película profundamente europea, que no quiere decir aquí que se haya empapado de las huellas de estilo de la modernidad francesa o cosa similar, sino que es una película que deberíamos estar rodando en todas las ciudades europeas al mismo tiempo, porque entre desahucio y derribo, derribo y desahucio, y entre que si la Manifestación sale o no sale y entre que si la vivienda pública llega o no llega, los ancianos se nos mueren y el tiempo va pasando y la película no la rueda ni Dios. Salvo Asli Özge, claro.

    La cuestión es que aquí la cosa no va de panfleto, ni hay mártires o heroínas de la causa de los deshaucios, ni encontrarán una lectura edificante para almas nobles que van a la cosa del cine social como quien va a misa de doce, a ver el milagro. La cuestión es que lo difícil es rodar una comedia que pueda abrazar al mismo tiempo la vida, el humor negrísimo, la ironía bien temperada, la autocrítica y una suerte de metarreflexión cinematográfica divertidísima y que funciona como un tiro. Porque Faruk es, antes que otra cosa, una magnífica comedia. Habla de lo que hablan todas las películas inteligentes: del tiempo que se escapa, de los deseos y los cuerpos, de la dignidad de los seres humanos, de la pillería y el trapicheo, de que las cosas no funcionan del todo. Habla de la familia y de la confianza, del qué vamos a hacerle y del venga usted mañana. Es una película como un castillo reformado de grande, y así a veces basta con seguir a un anciano en su vagabundeo por una senectud compleja pero luminosa, y no aplanar las esquirlas de lo que hay. Y lo que hay, al final, es una colección de fotos, un metraje conservado de la boda de una prima lejana o similar, un par de zapatos del segundo matrimonio. No es poca cosa, pero arrastrarlo de una casa a otra es una cuestión de complejidad, y la directora sabe que no puede montar un docudrama o una caseta de feria lacrimógena: la película es la película, y de ahí que los planos estén profundamente, inteligentísimamente medidos.

    Se puede entrar a Faruk por la cuestión del humor, o se puede también experimentar el placer intelectual del artefacto, esto es, de deleitarse con las capas narrativas de profundidad que van integrando la película. Aunque al principio pueda parecer que la enunciación tiene una extraña manía en demostrarse a sí misma —el truco es setentero, y se agota pronto—, a partir de un cierto punto comienzan a aflorar ideas tremendas en el guion. Qué pasa cuando se pierde un teléfono móvil, por ejemplo. Qué pasa cuando se sueña con un cuerpo desnudo que obliga a pensar la propia desnudez, por ejemplo. Qué pasa cuando el ánimo de lucro del prójimo apesta hasta llenarlo todo de una pestilencia económica insoportable. La ciudad está viva y llena de colores, fuentes, rincones, esquinazos, parques. Faruk no se despide del mundo: lo atraviesa. Faruk no piensa en la muerte: la desafía. Faruk no quiere una casa para morir en paz: quiere una casa para vivir bien, y a partir de ahí la película es un éxito absoluto.

    Luego, en la conclusión, uno no sabe si emitir una tremenda carcajada o cerrar los ojos de puro pánico. La última bofetada de Asli Özge es contra sí misma o contra su cine, o quizá contra los mecanismos que regulan el inevitable oficio de contar historias, o quizá como rúbrica gigante y barroca en un relato bien temperado. Y es que, aquí lo de «barroco» debe ser leído casi al pie de la letra porque al final resulta que Faruk no es sino una cinta emocionantemente cervantina, de tal modo que se diría que Estambul no es cualquier ciudad de Europa, sino una revisión de nuestro Siglo de Oro. La picaresca invierte algunos de sus lugares pero la conclusión es la misma: se impone una realidad a la que hay que sobrevivir y no puede detenerse uno ni en la lágrima conmovida ni en la inutilidad del espejismo. Faruk trata de hombres que, hasta en el último aliento, clavan sus uñas en el tejido del mundo y mantienen la dignidad incluso en los más horteras chiringuitos mediterráneos. No es fácil, como no es fácil comprender por qué, repito, no estamos rodando esta misma película en todas las ciudades europeas, en todas las ciudades españolas ahora mismo, mientras termino esta página. ♦

    por Aarón Rodríguez
    octubre 29, 2024

    Crítica | Faruk

    por Aarón Rodríguez | octubre 29, 2024
    || Críticas | Mostra de Valencia 2024 | ★★☆☆☆ |
    When the Phone Rang​
    Iva Radivojević
    La identidad dislocada


    Yago Paris
    Valencia |

    ficha técnica:
    Serbia. 2024. Título original: Kada je zazvonio telefon. Director: Iva Radivojević. Guion: Iva Radivojević. Productores: Madeleine Molyneaux, Genovéva Petrovits, Iva Radivojević, Marija Stojnic, Andrijana Sofranic Sucur. Productoras: Set Sail Films, Ivaasks Films, Picture Palace Pictures. Fotografía: Martin DiCicco. Música: Iva Radivojević. Montaje: Iva Radivojević. Reparto: Natalija Ilincic, Anton Augustinov, Slavica Bajceta, Danica Maksimovic, Dunja Vladisavljevic, Mila Drobnjak, Vasilije Zecevic, Srna Vasic.

    A grandes rasgos, la vivencia del trauma se puede dividir entre la ausencia de recuerdos y la invasión recurrente de los mismos. Un suceso traumático suele dejar en el individuo una especie de vacío en la mente, la cual ha sido incapaz de dar sentido a una experiencia demasiado impactante como para ser explicada. Cuando la mente parece algo más preparada para comenzar a procesar ese vacío de significado, los recuerdos aparecen en la mente de manera invasiva, imparable. En otros casos, el individuo opta, subconscientemente, por terminar de borrar los recuerdos, para construir una historia de vida que los obvie. En ambos casos, la impresión del pasado se convierte una conjunción de piezas desgajadas, inconexas, dislocadas, en las que resulta complicado construir una narración clara.

    En When the Phone Rang (Kada je zazvonio telefon, 2024), Iva Radivojević parece tratar de dar sentido a las piezas desgajadas que componen el recuerdo de su infancia, atravesada de manera determinante por un suceso sociopolítico traumático: las guerras yugoslavas. La cineasta serbia nació en lo que por aquel entonces era Yugoslavia, y en 1992 se vio forzada a emigrar, junto con su familia, dejando atrás su vida hasta entonces, y, probablemente, su identidad. La narración la lidera una voz en off omnipresente, que expone las vivencias de la protagonista, Lana –alter ego de la directora–, así como el contexto en el que estas se desenvuelven. La película se podría entender más como un videodiario que como la narración de una historia. Esta aproximación a la narrativa encajaría con lo expuesto anteriormente en lo referente a la memoria: el filme se convierte en una recolección de instantes, a los que se les da forma y organicidad a través de un elemento externo –la narradora no es la propia protagonista–, es decir, quizás más basado en la interpretación –o la imaginación– que en la verdad factual.

    Otro elemento ayuda a defender esta hipótesis: la narración cuenta con una marcada estructura circular basada en la lógica del patrón y la variación, que a su vez se fundamenta en la lógica del recuerdo traumático. Un viernes, a las 10:36 de la mañana, el teléfono del hogar de Lana suena, y es ella quien descuelga. Su tía le informa de que su abuelo ha muerto de un ataque al corazón. Corre el año 1992 y poco después su familia emigra. Sin embargo, unas escenas después, vuelve a ser un viernes a las 10:36, y el teléfono vuelve a sonar –de hecho, el plano que contextualiza la acción vuelve a ser el mismo–. En esta ocasión, lo que se muestra a continuación es otra vivencia del pasado cotidiano de Lana. Esta estructura se repite hasta un total de diez veces, dando lugar a una especie de bucle –el bucle del trauma– que podría recordar a los de películas que siguen el patrón de Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, Harold Ramis, 1993). El tiempo parece resetearse y volver a la casilla de salida, pero, en este caso, lo que se cuenta a continuación no es necesariamente una repetición, sino más bien un episodio nuevo de la recolección que compone el recuerdo de la infancia.

    La llamada telefónica se convierte, así, en el eje rector del relato. Se trata de un instante decisivo, que marca un punto de inflexión crucial en la vida de Lana, hasta el punto de que la joven protagonista interpreta que la llamada, así como la muerte de su abuelo, es lo que desencadena el inicio de la guerra –es habitual que los recuerdos de las personas traumatizadas no sean los del horror, sino los de momentos cotidianos que tuvieron lugar en los alrededores del evento traumático–. Por un lado, el hecho de que la joven considere que la guerra comienza en 1992, y no en 1991 –la fecha real del inicio–, podría estar reflejando la inocencia infantil y la manera en que a esas edades se experimenta la realidad, desligada de los grandes sucesos sociopolíticos. Por otro, el hecho de que haya muerto su abuelo, un militar serbio, se podría leer como el fin del antiguo régimen yugoslavo y el inicio de una nueva realidad, por lo que la muerte del abuelo, simbólicamente, sí podría interpretarse como el inicio de la guerra, el evento que transformó la antigua realidad de los Balcanes en una completamente diferente.

    Estas ideas refuerzan la dinámica de un filme enraizado de manera radical en lo individual y lo subjetivo. When The Phone Rang encaja con las tendencias del cine actual, especialmente en lo que se refiere al cine de festivales, donde se priorizan las pequeñas historias, la mirada subjetiva, la exploración del recuerdo –y, en caso de que sea posible, la autoficción–, frente a modelos anteriores de cine, donde lo primordial era el relato de una sociedad, de un sistema, de un evento en su dimensión colectiva. Tomando este punto de partida, sería tentador pensar en la Nueva ola rumana, cuyo punto de partida era el relato subjetivo como nueva forma de construir la Historia, ante la imposibilidad de confiar en los relatos oficiales creados desde las instituciones públicas. Sin embargo, esta visión marcadamente política está ausente en el filme de Radivojević, quien se limita a retratar la manera en que la Historia irrumpe en la cotidianidad de seres anónimos, forzándolos a sufrir las consecuencias de eventos en los que no han tenido ni voz ni voto, lo que nos llevaría con mayor facilidad a pensar en el cine de István Szabó, quien ha consagrado toda una carrera a esta idea.

    Sin embargo, al centrarse en la infancia y el recuerdo, Radivojević se muestra interesada principalmente en los procesos de conformación de la identidad –curiosamente, como también sucedía en los primeros filmes del propio Szabó–, y la manera en que semejante cortocircuito sociopolítico puede afectar a la misma. Así, la propia cineasta habla de una identidad dislocada, puesta del revés, lo que podría haber dado pie a una potente reflexión sobre la manera en que, queramos o no, la nación en la que crecemos y los espacios que habitamos en el día a día dan forma a nuestra identidad. Las aspiraciones de Radivojević parecen ser menores, pues, descartada la visión política, la revisión del trauma y la de la relación de la identidad con la nación, lo que queda en When The Phone Rang es una amable recolección del pasado traumático a través de planos fijos filmados en un cálido 16mm. ♦

    por Yago Paris
    octubre 28, 2024

    Crítica | When the Phone Rang

    por Yago Paris | octubre 28, 2024

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