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    Matías Piñeiro
    Matías Piñeiro
    || Críticas | FICX 2024 | ★★★★☆ |
    Tú me abrasas
    Matías Piñeiro
    El juego inacabable


    Yago Paris
    Gijón |

    ficha técnica:
    Argentina. 2024. Título original: Tú me abrasas. Director: Matías Piñeiro. Guion: Matías Piñeiro. Productores: Garbiñe Ortega, Matías Piñeiro, Melanie Schapiro. Productora: Trapecio Cine. Fotografía: Tomás Paula Marques, Matías Piñeiro. Música: -. Montaje: Gerard Borràs. Reparto: Ana Cristina Barragán, Maria Inês Gonçalves, Agustina Muñoz, Gabriela Saidon, María Villar.

    En un determinado momento de Tú me abrasas (Matías Piñeiro, 2024) se muestran diferentes traducciones de un mismo verso escrito por Safo, una poetisa de la antigua Grecia, todas ellas publicadas en diferentes ediciones de libros. Matías Piñeiro muestra, mediante distintos planos, cada versión de este verso, siendo algunas en español, otras en italiano, otras en inglés y otras en griego. Llegado un momento, el cineasta rompe la ya de por sí autoconsciente narración para meter una especie de nota al pie de fotograma, que sin embargo aparece escrita en un libro: las manos de una persona cuyo rostro no se llega a ver señalan que una determinada versión es la mejor traducción de todas las mostradas. Este es uno de los múltiples gestos, quizás el más claro de todos, con los que el director argentino expone el punto de partida de su nuevo filme, que no es otro que reflexionar en torno a la imposibilidad de una adaptación exacta y perfectamente equivalente entre distintos medios. Si la carrera de Piñeiro ha estado marcada por su peculiar reformulación de las comedias de William Shakespeare, Tú me abrasas, presente en la Sección Oficial Albar de la edición de 2024 del Festival Internacional de Cine de Gijón, es una muestra más de su visión lúdica y juguetona de la adaptación, donde parece darse por sentado que aspirar a la replicación perfecta en el trabajo de la intermedialidad es una tarea abocada al fracaso, y, ante esta asunción –probablemente la más acertada–, opta por la mezcla constante –de lenguajes, de medios narrativos–, la intervención y reformulación del material de partida, y la expansión del mismo.

    La única adaptación que vale la pena es aquella que se aleja del referente para aportar algo nuevo, distinto, parece decirnos Matías Piñeiro, y en Tú me abrasas la idea se lleva a uno de los formatos cinematográficos más libres como es el videoensayo. La historia, si es que se puede hablar de historia en filmes como estos, narra la relación entre la poetisa Safo y la ninfa Britomartis. Este punto de partida no es original de Piñeiro, sino una adaptación: el cineasta toma como referencia el capítulo «Espuma de mar», que se incluye dentro de Diálogos con Leucò, un libro de Cesare Pavese publicado en 1947. La imaginación y la reformulación, así como la mezcla de realidad y mito, ya están presentes en la propuesta del propio Pavese, quien imagina el diálogo entre dos personajes que pertenecen a dimensiones distintas, uno perteneciente a la realidad de la antigua Grecia y otro insertado en las ficciones y mitos que los artistas de aquella época utilizaban en sus obras y que servían para darle explicación y significado a la realidad. Piñeiro parece inspirado por la audacia de Pavese y decide darle varios giros de tuerca con su filme. Así, el cineasta representa la relación de Safo y Britomartis, que traslada a una suerte de presente que es a la vez atemporal, pues los diálogos reflexionan sobre aspectos inherentes a la existencia humana, presentes en cualquier época, tales como el miedo, el deseo, el amor y el sentido de la vida. A su vez, el autor sigue tirando de este hilo, lo que lo lleva a explorar la propia vida de Pavese, las circunstancias de su muerte y las conexiones que se puedan establecer con las versiones ficticias que creó de estos personajes. Algo similar se lleva a cabo con la propia Safo, de quien se explora su figura, apenas visibilizada dentro del estudio del arte griego. El arte y el mito se contraponen a la ciencia y la razón, más como diálogo de visiones que como lucha de certezas.

    El crítico Diego Lerer señala en su crítica que se podría leer Tú me abrasas como el documental de su propia construcción. Se trata de un lúcido resumen del filme, y ahonda en la idea de adaptación como acto creativo. Piñeiro no solo representa la adaptación, sino que también muestra el propio proceso de dicha adaptación, así como los alrededores reflexivos que han servido de terreno fértil para la creatividad. El videoensayo recoge los pasos dados, hacia delante, hacia detrás y hacia los lados, hasta alcanzar lo que se pretendía decir, en buena medida porque mostrar el proceso era lo que se pretendía transmitir. Así, el juego con las formas, formatos y medios es una parte fundamental del relato, no solo medio sino fin en sí mismo. La literatura se funde con el cine y evoluciona de uno a otro extremo, manteniéndose cada uno siempre perfectamente reconocible, pero al mismo tiempo invitando a los observadores de esta pieza a plantearse los límites de cada arte cuando se aproximan desde la creatividad desprejuiciada. El filme, orgullosamente artesanal, parece querer hacer partícipe al público de su propio proceso creativo, estableciendo diálogos a través de la palabra y la imagen con la propia mente de quien observa, percibe y anticipa. Repeticiones juegan con el tempo narrativo y mandan mensajes, que deben ser descifrados y reconfigurados por la audiencia, en un juguetón ejercicio donde constantemente aparecen nuevas ideas, muchas de ellas combinaciones de elementos previamente expuestos. El orden de los factores altera el resultado final, y de ahí aparecen nuevos significados, hasta entonces ocultos. Observar desde diferentes ángulos y tomarse el tiempo que cada elemento necesita son requisitos imprescindibles para la lucidez, parece querer transmitir Matías Piñeiro, quien traslada a la forma cinematográfica sus propios ejercicios de análisis y reformulación de los fragmentos de los poemas de Safo, en muchas ocasiones palabras sueltas que parecen estar a la espera de que alguien las descifre y reordene, aportándoles nuevos significados. Porque el significado está en la mente creativa y despierta, más que en el mensaje en sí mismo. O en ambos, pues, como transmite el propio filme, todo es un diálogo infinito entre sujeto y objeto, y las posibilidades que se puedan obtener residen, en buena medida, en lo abiertos que estemos a jugar y a olvidarnos de las prisas por obtener mensajes claros, certeros e inconfundibles. ♦


    por Yago Paris
    diciembre 02, 2024

    Crítica | Tú me abrasas

    por Yago Paris | diciembre 02, 2024

    La película que será

    Crítica ★★★★☆ de «Sycorax» de Lois Patiño & Matías Piñeiro.

    España, Portugal. 2021. Título original: Sycorax. Dirección: Lois Patiño y Matías Piñeiro. Guion: Lois Patiño y Matías Piñeiro. Fotografía: Mauro Herce. Montaje: Jorge Jácome. Sonido: Pedro Marinho. Diseño de producción: Diana Diegues. Dirección artística: Susana Abreu. Productores: Beli Martínez y Rodrigo Areias. Textos: William Shakespeare - THE TEMPEST. Música: Henry Purcell - THE TEMPEST. Compañías productoras: Filmika/Gailaka, Bando à parte. Reparto: Agustina Muñoz, Diana Diegues, Susana Abreu. Duración: 20 minutos.

    Efectos del pasado que vuelven a nuestra memoria; si antaño el «tráiler» anticipaba el próximo estreno e instigaba las ansias del espectador por ver los nuevos productos, ahora, no es el primero, ni será el último, el uso del boceto a modo de película que anuncia otra posterior empieza a convertirse en género autónomo que provoca el mismo resultado, excitar la necesidad de ver algo que aún no existe, y que por no existir ni tan siquiera ha sido todavía filmado. El anuncio de una obra conjunta entre Piñeiro y Patiño (sin olvidar a otros tres nombres que hacen muy grande la propuesta, como Herce, Jacome y Marinho, a los que se suma la presencia estimulante siempre de una actriz fantástica como Agustina Muñoz) puede producir recelos previos al tener que coexistir dos estilos muy personales, y muy diferentes, de hacer cine, aunque con Isabella, su anterior película, Piñeiro ya se lanzó a la experimentación de texturas y volúmenes sin olvidar el uso de la palabra, acercándose, así, a esta experimentación sensorial tan cercana al cine de Patiño. Vista la pieza, el recelo se desvanece, como el hechizo de Sycorax sobre Ariel, y el resultado no solo entusiasma por lo que ha de llegar, sino por la calidad del propio boceto entregado.

    Convencer desde el riesgo es algo innato en el cine de ambos autores. Asistimos a un preámbulo, a un prólogo no escrito por Shakespeare para La tempestad con su propio «dramatis personae», su espacio físico en una isla desierta, sus árboles amenazantes (cuántas veces recuerdo a Mariano Llinás mientras veo Sycorax a través de la historia y busca de ese árbol en que es encerrado/a Ariel, un director unido desde sus orígenes a Matías Piñeiro, algo que se mantiene viendo la complicidad con la que ambos dialogan en sus cartas filmadas a lo largo de 2020 para La casa Encendida bajo el título Correspondencias). Este prólogo concluiría antes de que empiece propiamente La tempestad, dando protagonismo a un personaje que no aparece, ni tiene voz, en la obra original y alrededor del cual se ha tejido toda la urdimbre mágica sobre la que la trama de la obra se despliega, pero sobre el que Agustina Muñoz pronuncia una declaración de intenciones que le separaría de la imagen creada por el dramaturgo. No permiten los directores que Próspero, Calibán, Fernando, Miranda, Antonio, Alonso… cobren protagonismo alguno, y lo que parece una representación de un casting ideal va derivando, justo escogida la actriz que hará de Sycorax, al territorio de lo fantasmático, de la naturaleza exacerbada y del relato espectral hasta el punto de que, como ese árbol que se transforma en cascada, la directora ficcional que parece ser Agustina Muñoz termina transformándose en la propia Ariel.

    por Miguel Martín Maestro
    julio 28, 2021

    Crítica | Sycorax

    por Miguel Martín Maestro | julio 28, 2021

    Mis palabras son mi meta

    Crítica ★★★★★ de «Isabella», de Matías Piñeiro.

    Argentina, 2020. Director: Matías Piñeiro. Guion: Matías Piñeiro. Compañía productora: Trapecio Cine. Productora: Melanie Schapiro. Fotografía: Fernando Lockett. Música: Santi Grandone, Gabriela Saidon. Montaje: Sebastián Schjaer. Reparto: María Villar, Agustina Muñoz, Pablo Sigal, Gabi Saidón, Ana Cambre, Guillermo Solovey, Tom Cambre Solovey, Alberto Suárez. Presentación Oficial: Berlinale 2020. 81 minutos.

    Pueden tomárselo como un homenaje al espíritu de work-in-progress de la nueva película de Matías Piñeiro, o incluso como una invitación a aceptar las limitaciones de la crítica en tiempos de festival; en todo caso, en lugar de un acercamiento exhaustivo, metódico, les propongo dejarnos llevar por la intuición a través de tres imágenes que nos permitan atisbar algunas dimensiones de la cinta argentina más poliédrica y estimulante de esta última temporada.

    Imagen uno. Dos mujeres jóvenes caminan por un sendero rocoso al pie de una montaña. Van hablando, enfrascadas en una discusión amable sobre de si una de ellas, Mariela (María Villar) debería presentarse a un casting para el rol de Isabella en la comedia de Shakespeare Medida por medida. A pesar de su formación y talento como actriz, Mariela se muestra reticente: dice que su constante mala suerte puede volver su candidatura una enorme pérdida de tiempo y que, en caso de conseguir el trabajo, sería únicamente con el fin de devolver la importante suma de dinero que pretende pedir ese mismo día a su hermano, con quien ya no se habla. Como en los monólogos iniciales de Isabella en la obra de Shakespeare, y a pesar de la fatigada insistencia con que expresa su rechazo, las verdaderas intenciones de Mariela permanecen ocultas. ¿Será por el vacío que se oculta detrás de sus palabras? Este blanco interpretativo no admite en su seno inflexión alguna y ordena una falta de pasión casi bressoniana en la declamación de los diálogos. En el culmen de la secuencia, Luciana (Agustina Muñoz), la interlocutora de Mariela y amante de su hermano, tiene una revelación: «Quedate en casa, no creo que venga hoy». El hombre al que esperan ambas no va a presentarse, Luciana simplemente lo sabe. Sin embargo, esta chispa queda suspendida en el aire, enlatada en monotonía, como dispuesta a ser olvidada en un instante.

    Será porque nada de lo que se dice en Isabella tiene una única salida o interpretación posible. Todos los caminos son posibles y, quizá por eso, los personajes se contradicen a menudo o sus acciones los desmienten. Por si en la secuencia anterior quedaba aún algún rastro de pathos, las repeticiones mecánicas movimientos clave (el ir y venir de Mariela a la pileta, las constantes subidas y bajadas de las escaleras del estudio) acaban por reducir a los caracteres humanos a solo eso: caracteres, signos con los que jugar desde la ingravidez dramática que se desprende del distanciamiento. En el fondo, nada importa. Nada, excepto los cuerpos de ellas dos, que copan el plano y convocan la cámara con el barrido de sus pasos. ¿Qué sería de la imagen si no fuera por sus figuras en movimiento, por sus rostros impávidos? Ante una realidad en fuga, Piñeiro encuentra un punto de agarre en la verdad actoral más básica.

    por Mariona Borrull Zapata
    mayo 02, 2021

    Crítica | Isabella, de Matías Piñeiro

    por Mariona Borrull Zapata | mayo 02, 2021

    El triunfo de la sencillez

    Crónica número I del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    Primer fin de semana de D’A y primeras joyas inesperadas. Tras dar el pistoletazo de salida con Lady Macbeth, una película que nos sorprendió en San Sebastián y que por fin ha llegado a las salas españolas, el festival de la capital catalana nos ofrecía, especialmente en su sección Direccions, un buen puñado de títulos a los que acudir sobre seguro, ya que venían con el sello de distintos festivales internacionales. Hablamos de Personal shopper, de Olivier Assayas, Rester vertical, de Alain Guiraude, La larga noche de Francisco Sanctis, de Andrea Testa y Francisco Márquez, o O ornitólogo, de Joao Pedro Rodrigues. Películas que hacían que las colas a las puertas de los Aribau Club en plena Gran Vía barcelonesa tuvieran que girar la esquina hacia la calle Muntaner. A primera vista, parece que la asistencia a esta edición del festival está repuntando, y no solo por películas con premios en festivales, sino por otras que, inexplicablemente, aún no se han prodigado demasiado. Es el caso de Free fire, de Ben Wheatley, un crowd pleaser con muy mala lecha y buenas dosis de tiros que ayer llenó la Sala 1. Todo ello nos viene a demostrar que hay un público ávido de estas propuestas, que se agolpa a los pases por la incertidumbre de saber si llegarán a tener un estreno comercial. Y ahí es donde el D’A se mueve como pez en el agua.

    Goran | ★
    Nevio Marasovic, Croacia 2016 | Sección Talents.

    El tercer largometraje del director croata Nevio Marasovic gira alrededor de un hombre tranquilo, puede que demasiado. Goran, que da nombre a la película, lleva una vida sin sobresaltos en un frío pueblo de montaña: conduce un desvalijado taxi, se ha construido una pequeña cabaña donde pasa los fines de semana con su mejor amigo, es atento y cariñoso con su novia, que es ciega... La cinta arranca con un tono de comedia que explota la idiosincrasia de los personajes y de un entorno rural con sus tradiciones y estructuras familiares. Apoyándose en una música naif, envolviéndolo todo con una pátina de levedad y comicidad exagerada, en ocasiones parece que estemos ante el piloto de una sitcom. Marasovic arranca de este modo para que el viaje hacia el thriller sea todavía más impactante. Porque lo que retrata Goran es ese momento en el que hasta al más santo se le termina la paciencia cuando una serie de acontecimientos se unen para arruinarle a uno la existencia. Sin necesidad de enumerarlos, lo cierto es que los recursos narrativos utilizados para provocar el caos son de una casposidad sonrojante. Pero puede que ahí no esté el principal problema de la propuesta: bien llevado, esta histriónica representación podría funcionar como una cara B de la realidad que acaba por acechar a Goran. Es un juego de contrastes. Sin embargo, hay varios elementos que arrastran esta idea al desastre. El primero de ellos, y el más palmario, es que la mezcla de géneros no funciona. El toque rancio de comedia se arrastra durante toda la película y nunca deja que la naturaleza absurda que intenta plasmar aflore conforme se va volviendo más oscura. El resultado narrativo es un tanto irregular, siempre a trompicones, buscando un tono que nunca acaba de funcionar. En segundo lugar, Goran carece de un planteamiento visual atractivo que se ajuste al tránsito que intenta retratar. Por último, y puede que sea el más molesto y el culpable de que ni siquiera cuadre para un espectador centrado en el entretenimiento, Marasovic juega todas sus cartas expresivas a la mezcla de sonido. En su intento por dotar de profundidad psicológica a los sucesos y al personaje, el tratamiento sonoro acaba resultando irritante y desajustado, por no saber, de nuevo, conjugar distintos estilos y técnicas. Por todo ello, no resulta extraño afirmar que estamos ante una película fallida, clara en sus intenciones y en lo que quiere sugerir, pero que hace aguas a la hora de llevarlo a cabo.

    Hermia & Helena | ★★★
    Matías Piñeiro, Argentina, EE.UU. 2016 | Sección Direccions.

    Matías Piñeiro es un asiduo al festival. Hace dos años presentó en la sección Talents La princesa de Francia y el año pasado fue parte del jurado, realizando también el spot oficial del D’A (que se esconde, por cierto, en una escena de la cinta que nos ocupa). En Hermia & Helena, el director argentino vuelve a echar mano de referentes shakesperianos para construir una película juguetona, ligera y refrescante. Centrada en el personaje de Camila, quien se muda a Nueva York para cursar una beca justo después de que su amiga Carmen regrese a Buenos Aires tras realizar la misma, vuelva a reincidir sobre muchas de las premisas narrativas y visuales de Piñeiro: casualmente, la película se abre con un largo plano muy parecido al de su anterior película, observando un partido de fútbol desde un edificio. Pero más allá de estos pequeños detalles, lo que encontramos es un paso más en la complejidad de su narrativa y el refinamiento de sus formas. Y puede que esto último haga que, pese a contener un engranaje mucho más enrevesado (la cinta está construida a base de saltos temporales entre las dos ciudades), no pierda ni un ápice de sencillez y se disfrute de un modo tan orgánico como toda su anterior filmografía. Piñeiro hace fácil lo que se antoja difícil y utiliza esta estructura para imprimir un ritmo acompasado y siempre en movimiento a su historia.

    El cine de Piñeiro es un juego constante. Al director le gusta entretenerse con una situación, divagar con un personaje, detenerse en un instante… su mirada curiosa nos presenta un espacio donde cualquier dirección es posible, donde la vida puede cambiar de manera liviana con una pequeña decisión. En este caso, nos presenta al personaje de Camila (brillante y fresca Agustina Muñoz) para acompañarla en su tránsito por cosas que en otros ojos podrían parecer importantes, pero que en su piel se convierten en ligeros pasatiempos, en parte de la experiencia de vivir con una libertad y felicidad contagiosa. Es la misma libertad que se toma Piñeiro como director para decorar su estilo de pequeños divertimentos (extractos de Sueño de una noche de verano, una película que se cuela a medio metraje, una manera de dirigir los diálogos teatral y casi recitada…) que redondean una puesta en escena donde lo importante es disfrutar, relajarse y convertir cualquier brizna de drama en una excusa para librarse de toda atadura y seguir volando, seguir jugando.

    Días color naranja | ★★★★★
    Pablo Llorca, España 2016 | Sección Direccions.

    14 de abril de 2010. El volcán islandés Eyjafjallajökull entra en erupción. Una enorme nube de ceniza cubre el cielo europeo, lo que provoca el cierre del espacio aéreo y la cancelación de miles de vuelos durante los días siguientes. Europa se paraliza. Durante toda la semana las noticias no hablan de otra cosa: pérdidas millonarias para las aerolíneas, pasajeros sin poder llegar a sus destinos, cancelación de vacaciones… Pero, ¿realmente todo se detiene? ¿Realmente la vida no se abre paso entre toda esta falsa tragedia? Con ecos de Linklater y cierta semejanza temática y estilística al cine de Jonás Trueba, Pablo Llorca, un cineasta que lleva años proponiendo nuevas miradas desde los márgenes de nuestra cinematografía, construye una road movie sencilla de redescubrimiento a través de los paisajes del viejo continente.

    Con Europa paralizada, el joven artista Álvaro debe buscar rutas alternativas para volver a Madrid desde Atenas. Sin poder recurrir al avión, sus opciones pasan por medios de transporte mucho más «humanos». Es decir, formas de desplazamiento donde somos más conscientes del movimiento y del desplazamiento espacial. Trayectos que permiten el encuentro fortuito con otras personas donde afloran diálogos y emociones, donde se puede volver a sentir. Así, Álvaro conoce a un grupo de estudiantes en pleno Interrail. Con una de ellas, una joven sueca que habla perfectamente español, establece una relación especial: ambos comparten lectura, Los papeles póstumos del Club Pickwick, y poco a poco van descubriéndose a sí mismos mientras recorren los lugares de una Europa en descomposición; una Europa de fábricas abandonadas, de teatros cerrados y en el olvido; una Europa que parece haber querido volar tan alto y tan rápido que se ha olvidado de lo verdaderamente importante. La sombra de la crisis y de la vorágine de nuestros tiempos se hace evidente en todo lo que les rodea, mientras ellos están dispuestos a exprimir cada segundo del viaje que emprenden juntos. Días color naranja es un viaje hacia la sencillez a diversos niveles. En primer lugar, hacia la conciencia humana del espacio y del tiempo, evidenciado, como apuntábamos, en el uso de cierto tipo de medios transporte (primero viajan en tren, luego en bus y, finalmente, Álvaro deberá aprender a montar en bicicleta para realizar una parte del camino). Pero también encontramos un viaje de crecimiento, del paso a la madurez a través del encuentro de un amor alejado de sentimentalismos y clichés románticos, donde los roles impuestos por la sociedad se desvanecen para encontrar a dos personas que aprenden la una de la otra. En último lugar, Llorca se desprende de cualquier prerrequisito técnico para rodar en libertad, porque al fin y al cabo lo que importa es que la imagen sirva como testigo del encuentro, no como un artefacto de representación más preocupado por su propia existencia. Y es ese compromiso con la simplicidad el que explica la manera de concluir el viaje. Al final, la nube se diluye, el camino llega a su fin, y hay que regresar a la realidad. Así, tomando como referente las palabras de Dickens, los jóvenes amantes se despiden con la certeza de que lo vivido es ya un recuerdo: «Despidámonos de nuestro viejo amigo en uno de esos momentos de pura felicidad, que, buscándolos bien, siempre habremos de hallar para que vengan a alegrar nuestro vivir transitorio.» Una película preciosa, llena de matices, de miradas, de vida. Una película a la que regresar una y otra vez y que, en su humildad, nos debería hacer reflexionar sobre el estado actual de cierto cine obsesionado por las formas.

    Europa | ★★
    Miguel Ángel Pérez Blanco, España 2017 | Sección Talents.

    Una fiesta que termina y otra que empieza. El fin de la celebración de la entrada en el año 2018 y la búsqueda de una rave para celebrar el inminente estreno del milenio, a pocos minutos de que empiece el año 2000. Dos parejas que se buscan y se tocan. Dos espacios, dos momentos… ¿o uno solo? Miguel Ángel Pérez Blanco nos propone en su primer largometraje un trance alucinado e hipnótico a través de dos realidades temporales separadas por 18 años pero que en imágenes se convierten en un continuum. Esta especie de fiesta distópica que parece haberse alargado durante todo ese tiempo sin que apenas haya cambiado o variado nada se establece como una potente metáfora de nuestro continente. No hay otra referencia a Europa más allá del título. Blanco construye una experiencia fílmica donde el presente se entiende a través de la extensión sin límites de un pasado y un futuro no demasiado lejano. Y en esa construcción, la pareja protagonista vive asediada por un continuo fuera de campo donde parece habitar una realidad paralela. La atmósfera, creada a partir de un sonido incesante (como la lejana reverberación de la música electrónica de una fiesta), las luces de neón en medio del bosque y la inevitable oscuridad de la noche subrayan esa concepción de un espacio hostil que parece haber entrado en bucle.

    Europa pertenece a ese tipo de cine que apela al espectador de manera directa. Blanco necesita de la predisposición del público a abrirse y adentrarse en el viaje que propone. Se trata de una película que debe sugerir en el momento del visionado y que su reflexión posterior debe apuntar siempre al estado de ánimo en ese instante, al choque emocional y sensorial que nos provocan sus imágenes. Blanco pone a dialogar atmósferas, diálogos, ideas y conceptos que deben traspasar la pantalla y llegar hasta cada butaca. Pero el ejercicio como espectadores debe ser activo. Y ahí surge la paradoja en la que se encuentra el que escribe estas líneas. Desde un análisis frío y distante, Europa es una propuesta interesante y calculada, muy trabajada para lograr poner en imágenes una potente metáfora. Sin embargo, pensada in situ, puede que por ese exceso de cálculo tan evidente, resulte una película críptica, hermética hasta el punto de rechazarte como espectador.
    por Anónimo
    mayo 01, 2017

    D'A 2017 (I) | Críticas: Días color naranja, Hermia & Helena, Europa y Goran

    por Anónimo | mayo 01, 2017

    Vida

    Quinta jornada del D'A 2015

    Llegamos al ecuador del D’A 2015 con muy buenas sensaciones. Ya son varias las películas que han sorprendido por su calidad en el festival, y sospechamos que todavía nos quedan muchas por descubrir. Ayer el protagonista indiscutible fue Hermes Pallaruelo con No todo es vigilia, que ya podríamos bautizar como la película más honesta y sensible de esta edición. Además, también vimos dos películas que nos llegan desde el Cono Sur: Obra, de Gregrio Graziosi, y La princesa de Francia, de Matías Piñeiro.

    Obra

    Gregorio Graziosi, Brasil, 2014

    Casi 12 de millones de personas habitan la ciudad de São Paulo. Una jungla urbana donde la naturaleza se ha sustituido por la verticalidad interminable de los edificios de hormigón. Obra, la nueva película del director brasileño Gregorio Graziosi, se abre con una imagen de la ciudad cubierta por la niebla en la que apenas se atisba su silueta. 80 minutos más tarde, el metraje se cierra de nuevo con la misma perspectiva de la ciudad pero esta vez la niebla se ha disipado y los edificios se pueden ver con claridad. Entre una y otra, el filme se adentra en un análisis de las consecuencias de la arquitectura moderna en el tejido interno de una ciudad inabarcable, con sus tentáculos removiendo el interior de sus habitantes.

    El descubrimiento de doce cadáveres por un joven arquitecto en el solar de su familia donde está construyendo un nuevo inmueble desata una profunda crisis interior que hace tambalear los cimientos de todo lo que le rodea, la relación con sus antepasados y su futura paternidad. «No puedes forzar el presente en el pasado». Esta frase golpea como un martillo en el subconsciente de la cinta. La ciudad se ha encargado de aplastar cualquier resto del pasado bajo el peso de cada edificio, pero cuando el pasado nos sorprende, no es tan sencillo enterrar sus ecos.

    Rodada en blanco y negro y con un cuidado tratamiento del sonido, la película lo tiene todo para construir la atmósfera pertinente y poner en imágenes el conflicto que atormenta al personaje. Sin embargo, Graziosi no termina de conjugar los elementos estéticos, ni tampoco concreta lo deseado algunos giros de guión, para aportar profundidad a la cinta. Obra, ganadora del premio FIPRESCI y el premio a la Mejor Fotografía en el Festival de Río de Janeiro, termina siendo una obra interesante pero que deja un profundo sentimiento de desaprovechamiento en su puesta en escena. [60|100]

    por EAM
    abril 29, 2015

    D'A 2015 | Día 5: Obra / No todo es vigilia / La princesa de Francia

    por EAM | abril 29, 2015

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