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    Crítica | Sycorax

    La película que será

    Crítica ★★★★☆ de «Sycorax» de Lois Patiño & Matías Piñeiro.

    España, Portugal. 2021. Título original: Sycorax. Dirección: Lois Patiño y Matías Piñeiro. Guion: Lois Patiño y Matías Piñeiro. Fotografía: Mauro Herce. Montaje: Jorge Jácome. Sonido: Pedro Marinho. Diseño de producción: Diana Diegues. Dirección artística: Susana Abreu. Productores: Beli Martínez y Rodrigo Areias. Textos: William Shakespeare - THE TEMPEST. Música: Henry Purcell - THE TEMPEST. Compañías productoras: Filmika/Gailaka, Bando à parte. Reparto: Agustina Muñoz, Diana Diegues, Susana Abreu. Duración: 20 minutos.

    Efectos del pasado que vuelven a nuestra memoria; si antaño el «tráiler» anticipaba el próximo estreno e instigaba las ansias del espectador por ver los nuevos productos, ahora, no es el primero, ni será el último, el uso del boceto a modo de película que anuncia otra posterior empieza a convertirse en género autónomo que provoca el mismo resultado, excitar la necesidad de ver algo que aún no existe, y que por no existir ni tan siquiera ha sido todavía filmado. El anuncio de una obra conjunta entre Piñeiro y Patiño (sin olvidar a otros tres nombres que hacen muy grande la propuesta, como Herce, Jacome y Marinho, a los que se suma la presencia estimulante siempre de una actriz fantástica como Agustina Muñoz) puede producir recelos previos al tener que coexistir dos estilos muy personales, y muy diferentes, de hacer cine, aunque con Isabella, su anterior película, Piñeiro ya se lanzó a la experimentación de texturas y volúmenes sin olvidar el uso de la palabra, acercándose, así, a esta experimentación sensorial tan cercana al cine de Patiño. Vista la pieza, el recelo se desvanece, como el hechizo de Sycorax sobre Ariel, y el resultado no solo entusiasma por lo que ha de llegar, sino por la calidad del propio boceto entregado.

    Convencer desde el riesgo es algo innato en el cine de ambos autores. Asistimos a un preámbulo, a un prólogo no escrito por Shakespeare para La tempestad con su propio «dramatis personae», su espacio físico en una isla desierta, sus árboles amenazantes (cuántas veces recuerdo a Mariano Llinás mientras veo Sycorax a través de la historia y busca de ese árbol en que es encerrado/a Ariel, un director unido desde sus orígenes a Matías Piñeiro, algo que se mantiene viendo la complicidad con la que ambos dialogan en sus cartas filmadas a lo largo de 2020 para La casa Encendida bajo el título Correspondencias). Este prólogo concluiría antes de que empiece propiamente La tempestad, dando protagonismo a un personaje que no aparece, ni tiene voz, en la obra original y alrededor del cual se ha tejido toda la urdimbre mágica sobre la que la trama de la obra se despliega, pero sobre el que Agustina Muñoz pronuncia una declaración de intenciones que le separaría de la imagen creada por el dramaturgo. No permiten los directores que Próspero, Calibán, Fernando, Miranda, Antonio, Alonso… cobren protagonismo alguno, y lo que parece una representación de un casting ideal va derivando, justo escogida la actriz que hará de Sycorax, al territorio de lo fantasmático, de la naturaleza exacerbada y del relato espectral hasta el punto de que, como ese árbol que se transforma en cascada, la directora ficcional que parece ser Agustina Muñoz termina transformándose en la propia Ariel.

    Sycorax, Lois Patiño, Matías Piñeiro.
    Quincena de Realizadores de Cannes.

    «Podríamos sentir la desazón de esa ausencia de lo anunciado pero no podríamos negar la entidad propia de Sycorax como evidente pieza autónoma en la que dos cineastas cooperan sin que ninguno de ellos suprima la identidad del otro».


    En qué se convertirá en el futuro este prólogo lo desconocemos; si los directores optarán por dar protagonismo a quien Shakespeare se lo negó, como si el efecto de los hechizos de Próspero se extendieran más allá de lo que el inglés escribió tampoco lo sabemos. Esa imagen de Sycorax arrodillada ante el árbol encantado conecta directamente con la iconografía del cine de Patiño, sin ir más lejos con su excelsa Lúa Vermella, pero nada nos indica que esta semilla vaya a continuar por esa senda cuando llegue el largometraje de título inicialmente previsto como Ariel. Si fuéramos capaces de presumir lo que un artista piensa hacer en el futuro o ellos, o nosotros, sobraríamos como autores o como espectadores, pero lo que resulta innegable es la capacidad de atraer la atención que el cortometraje genera hasta el punto de quedarnos huérfanos al final de la proyección, como si este anticipo no fuera suficiente y lo único que provoca es la frustración por la obra inacabada que se transforma en exigencia para que los autores continúen y concluyan lo que se nos avanza. ¿Y si finalmente ese proyecto no culminara? Podríamos sentir la desazón de esa ausencia de lo anunciado pero no podríamos negar la entidad propia de Sycorax como evidente pieza autónoma en la que dos cineastas cooperan sin que ninguno de ellos suprima la identidad del otro. Me atrevería, y no deja de ser osado, a señalar dónde uno predomina sobre el otro, dónde Piñeiro es Piñeiro y dónde Patiño es Patiño, cómo hay un momento en que el relato se divide y uno deja paso al otro. Quizás sea porque conozco la totalidad de la obra de ambos y poseo esa información por los trabajos precedentes, porque me apasiona el trabajo fotográfico de Herce que capta la atención visual a partir de un momento más preciso. Pero esto son elucubraciones condicionadas por ese recelo inicial al que ya me refería previamente y que lleva a buscar la mano de uno o del otro en vez de la colaboración, porque analizada en su conjunto, la pieza es sólida y consistente, como el interior de ese árbol hueco que no deja escapar a los espíritus encerrados en su interior, y transmite la energía suficiente para valorarla por sí misma y no por la expectativa que genera.

    El cine de Piñeiro y Patiño busca la belleza como Sycorax y Ariel pueden buscar el árbol más bello de una isla deshabitada, situada, realmente, en el archipiélago de las Azores (volvemos a Isabella). Si ahora las personas ceden su importancia a la naturaleza es porque el extracto funciona mejor sobre lo concreto que hacia lo general. El texto de La tempestad se sobreimpresiona para resaltar palabras; pantano, noche, viento, abejas, agua, árbol. La directora que busca localizaciones y personas va diluyéndose, como hipnotizada por el influjo de Próspero, hacia la espiritualidad de Ariel y la naturaleza desbordante, iniciando un camino boscoso que recuerda al de Longa noite de Eloy Enciso, no en vano fotografiada por el propio Herce. Seamos pacientes, como el demiurgo shakesperiano, y llegará el momento de disfrutar de lo que venga; el germen no puede resultar más atractivo, ni la semilla más fructífera en esta colaboración entre la conexión galaico-portuguesa-argentina. Ahora queda rematar, y si no, abrir una nueva página de El salón de los rechazados como ya hizo El Pampero y sumar una nueva víctima no buscada. Esperemos que no sea así.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Cannes


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