Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Luca Guadagnino. Mostrar todas las entradas
    Luca Guadagnino
    Luca Guadagnino
    || Críticas | ★★★★☆
    Queer
    Luca Guadagnino
    Filmar la corporalidad


    Nacho Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Italia, 2024. Título original: Queer. Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Justin Kuritzkes. Novela: William S. Burroughs. Compañías productoras: The Apartment, Frenesy Film Company, Fremantle Media North America, Cinecittà, Frame by Frame. Distribución en España: Elastica Films, Mubi. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Reparto: Daniel Craig, Drew Starkley, Jason Schwartzman, Henry Zaga, Omar Apollo, Leslie Manville. Duración: 135 min.

    Apenas unos meses después del estreno de Rivales (2024), Luca Guadagnino ha regresado a la gran pantalla con Queer (2024), una adaptación que aborda, no solo la historia de William S. Burroughs sino su propio estilo de escritura, y que continúa explorando la cuestión fundamental que ha vertebrado el cine del director italiano en los últimos años: el deseo y su papel en la construcción de la identidad individual. Por otro lado, el cuerpo y lo corporal han sido el escenario desde el que se han estructurado sus distintas aproximaciones al deseo, a través del consumo caníbal de cuerpos en Hasta los huesos: Bones and all (2022) o la configuración de la sexualidad y la identidad de género en la adolescencia en Call me by your name (2017) y We are who we are (2020). En este último trabajo Guadagnino vuelve a preguntarse cuál es el camino para filmar estos cuerpos que poblarán su relato y cómo este interrogante condicionará el estilo de la película, dando cuenta una vez más de la versatilidad e inconformismo que caracterizan su filmografía. Por tanto, si Rivales hablaba de tensionar los cuerpos y situarlos como campo de batalla de las pasiones humanas, Queer se erige en torno a la liviandad de estos, haciendo que su puesta en escena gravite en todo momento alrededor de esa frase que recorre la película y la novela: “No soy marica, soy incorpóreo”.

    Este estudio de la incorporeidad parte de la propia situación de William Lee (Daniel Craig) -trasunto autobiográfico de Burroughs en el libro- cuya identidad se haya, como su cuerpo, en un estado de suspensión entre países y encuentros sexuales. Esta condición inmaterial del protagonista se manifiesta literalmente en la pantalla, cuando Lee, observando una pequeña televisión, parece contagiarse voluntariamente de la textura holográfica-espectral de la emisión, aligerando así el peso de su cuerpo en el plano por unos instantes. Posteriormente, Lee fijará su mirada -poderoso refugio conceptual desde el que Guadagnino ha proyectado todas sus lecturas del deseo-, sobre Eugene (Drew Starkey), un joven de sexualidad difusa que parece disfrutar jugando con los sentimientos y la fascinación que este manifiesta por él. Un poco más adelante, en la escena que constituye el núcleo representativo e ideológico de la obra, Lee se empujará a sí mismo fuera de su cuerpo, extendiendo su presencia fantasmal más allá de ese espacio simbólico que separa a ambos -gobernado por el deseo-, para acariciar y besar suavemente el cuello de Eugene mientras los cuerpos de ambos asisten a la proyección de Orfeo (Jean Cocteau, 1950) en el cine.

    No obstante, la manera de encuadrar la corporalidad irá evolucionando a lo largo del metraje. Las escenas de sexo de los primeros dos actos se filman como si Lee y el espectador no pudieran estar del todo presentes y volaran fuera del espacio. Guadagnino evita mostrar por completo lo explícito del sexo, intercalando además planos de la habitación vacía que impiden el acceso pleno a la intimidad del encuentro. En uno de ellos, la cámara sale por la ventana dejando a Lee y Eugene, panea desde el balcón para mirar al cielo y al mar y vuelve mediante corte al interior de la habitación a filmar unos segundos de la escena de sexo, para volver a abandonarla inmediatamente y seguir oteando el horizonte: –‘On a thousand islands in the sea / I see a thousand people just like me’ es el comienzo de la letra de ‘Leave me alone’ de New Order, elegida por Trent Reznor y Atticus Ross para la banda sonora. Guadagnino también buscará fragmentar no solo los encuentros, sino los propios cuerpos, tanto en montaje a través de planos detalle de manos, cuellos y rostros, como en los recurrentes sueños surrealistas en los que los pies de Lee se separan de su cuerpo u observa a una mujer desnuda flotando sin piernas.

    Será pues en el último tercio de la película, en el viaje de ambos en busca de la yahé (ayahuasca), cuando los cuerpos conquisten materialmente el espacio de la pantalla. Las drogas, lejos de ser ya una evasión física para Lee, unas simples mitigadoras de la angustia existencial, abren ahora una ventana capaz de eliminar ese espacio simbólico entre los cuerpos. Esa promesa de acceso a una comunicación telepática que Lee busca en la yahé, se traduce en última instancia, cuando ambos ingieren la hierba, en una superación de la corporalidad. De esta manera, lo carnal se materializa en el plano, ahora sí, de forma tangible, y los cuerpos se unen en un abrazo que fusiona las pieles de ambos. Guadagnino se entrega a la filmación de la carne, traspasando el espejo de ‘lo real’ como el Orfeo de Cocteau, accediendo así a la explicitación última del deseo. Queer explora la identidad sexual como cuestión narrativa, subyugada por las dinámicas del amor y el rechazo de uno mismo y el prójimo, para traducir a imágenes el viaje angustioso del cuerpo de Lee, que busca liberarse, en última instancia, hasta de sí mismo. ♦


    por Nacho Álvarez
    enero 14, 2025

    Crítica | Queer

    por Nacho Álvarez | enero 14, 2025
    || Críticas | Estrenos| ★★☆☆☆
    Rivales
    Luca Guadagnino
    El síndrome Surf Dracula


    Borja Hernández Máñez
    Los Ángeles |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: Challengers. Duración: 131 min. Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Justin Kuritzkes. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Reparto: Zendaya, Josh O’Connor, Mike Faist, Heidi Garza, Faith Fay. Compañías: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Pascal Pictures. Música: Trent Reznor, Atticus Ross

    Imaginen una serie titulada Surf Dracula. Uno esperaría ver a Drácula surfeando desde el principio, ya que eso es lo que promete la premisa y lo que la audiencia espera ver. Sin embargo, la era del streaming nos ha acostumbrado a temporadas largas llenas de relleno, flashbacks arbitrarios y subtramas innecesarias, donde debemos esperar siete capítulos para finalmente ver a Drácula surfeando en los últimos minutos. En el ámbito del guion, esto se conoce como “El síndrome Surf Dracula”, y es precisamente lo que ofrece Luca Guadagnino en su última película. Rivales es un melodrama preciosista estructurado a través de una maraña laberíntica de flashbacks, sazonado con un innuendo homoerótico tan expositivo que incluso las sutilezas del maestro italiano no logran salvar un guion frustrante, largo y superficial. Promocionada como la película más sexy del año, casi como el The Idol del mundo del tenis, Rivales descansa en una premisa simple de triángulo amoroso, pero se enreda en un complicado andamiaje dramático con tres personajes contradictorios, que diluyen su singularidad en los ejes de un conflicto ambiguo y una pulsión sexual exagerada que no hace justicia a la delicadeza que Guadagnino nos tenía acostumbrados con su Trilogía del Deseo. Aun así, el director italiano se mantiene fiel a esa presentación hiperestilizada de sus melodramas, con una ambición de estilo hipnótica y abrumadora que sigue dejando su impronta de autor en todo lo que hace.

    La máxima “personajes complejos, trama simple” es una regla que no siempre se cumple, pero que ha demostrado ser efectiva. Al reflexionar sobre esto en el contexto de Rivales, puede que sea necesario considerarlo varias veces, ya que la primera impresión al salir del cine es similar a salir de un casino en Las Vegas: “¿Qué ha pasado?”. Con la metáfora del tenis de fondo, casi como un pretexto de comparación inevitable por la relación amorosa y competitiva de los protagonistas, Rivales narra la historia de Tashi Duncan (Zendaya), una joven promesa del tenis que se ve obligada a retirarse tras una lesión en la rodilla, y Art Donaldson (Mike Faist) y Patrick Zweig (Josh O'Connor), un dúo de tenistas que se conocen desde la infancia y que compiten por convertirse en leyendas del tenis y conquistar el corazón de Tashi. Con el paso del tiempo, casi proporcional al tiempo de pantalla, Art se erige como el tenista exitoso, y Patrick como el perdedor olvidado; algo así como una versión de El principe y el mendigo, pero con tenis y una rivalidad tóxica dentro y fuera de la cancha. Así, con una estructura no lineal que resulta difícil de plasmar en esta crítica, comienza la manipulación de este coro que encapsula tanto el protagonismo como el antagonismo de la trama. Por un lado, Tashi siembra la discordia entre los amigos, instigándolos a competir entre sí. Consciente del interés que ambos sienten por ella, no se le ocurre mejor idea que proponerles que el ganador del próximo partido se quedará con ella. Aquí es donde la trama se complica, ya que el choque de egos entre los dos “amigos” se intensifica en un crescendo de idas y venidas en el tiempo. Después de elegir a Patrick, Tashi, en una especie de acto pseudo-psicópata, decide quedarse con aquel que tenga más posibilidades de convertirse en una leyenda del tenis, para vivir su sueño de manera vicaria. Así, decide quedarse con Art, ser su entrenadora, casarse y tener hijos con él, mientras practica sexo ocasional con Patrick. Tras este mareo, Art se convierte en uno de los mejores tenistas del mundo, pero se siente frustrado por no haber ganado aún un U.S. Open. Patrick, por otro lado, es un perdedor con encanto, mientras que Tashi se convierte en un parásito emocional de su esposo, con quien seguramente romperá cuando él deje de cumplir sus expectativas (algo que, por cierto, le dice explícitamente). Ahora, con Art al borde del retiro, Tashi decide elevar un poco su ego inscribiéndolo en un torneo para tenistas en horas bajas, donde se verá obligado a enfrentarse a Patrick, una situación que traerá de vuelta todos los dramas del pasado.

    Con todo esto, es posible que piensen que les he destripado la película, pero esta breve sinopsis solo rasca la superficie: es solo el punto de partida que permanece prácticamente inalterado hasta el final. Tashi sigue siendo un parásito emocional, Patrick un perdedor con encanto y Art un talentoso tenista frustrado y algo ingenuo. En otras palabras, nos encontramos con un elenco de personajes complejos pero pasivos, que no experimentan ninguna evolución a lo largo de las dos horas de metraje. La ausencia de una resolución decisiva que comprometa a los protagonistas —es decir, una síntesis climática— tiñe todo este crescendo de frustración, ya que la premisa incumple su promesa: cuando Drácula finalmente agarra la tabla de surf, es demasiado tarde. Y cuando finalmente lo hace, utiliza la metáfora simplista de los valores deportivos presentes en tantas películas de Disney Channel o fábulas con moraleja: el compañerismo y la camaradería por encima de la victoria. Se trata de una síntesis, sí, pero torpe e ingenua, que desinfla todo lo que se ha establecido hasta ese momento, revelando que lo que parecía un misterio a punto de ser resuelto no es más que ambigüedad inconclusa. Precisamente por eso, resulta tan complicado advertir en la motivación de Tashi una razón que debería ser sólida y visible para espolear tanta manipulación maquiavélica. ¿Es ambición, frustración, deseo o todas las anteriores? La verdad es que no importa, pues sea lo que sea, no tiene consecuencias. Por tanto, independientemente de la aparente complejidad interna de los personajes, si no existe un reflejo visible en forma de redención, evolución, o motivación, la pretensión dramática termina en una metáfora deportiva fallida y un resultado telenovelesco con una estructura que lo reafirma. Diez años al pasado, después cinco, después trece y casi cuarenta minutos para ver al trío protagónico por primera vez en la misma habitación.

    Aunque el guion de Justin Kuritzkes —esposo de Celine Song e inspiración de la aclamada Vidas pasadas: numerosos análisis comparan ambas películas—, no es perfecto, la dirección del maestro Guadagnino logra superar sus debilidades narrativas con una magnífica dirección de actores, de la mano de la videoclipera dirección de fotografía de Sayombhu Mukdeeprom. Lo que comúnmente se denomina “química” entre actores es en realidad la simbiosis entre su talento y la acción del director. En este caso, destaca, como siempre, la versatilidad de Josh O'Connor y la renovada interpretación de Zendaya, quien, contra todo pronóstico, encarna perfectamente el papel de una madre treintañera, enriqueciendo así el duelo interpretativo coral con la sensibilidad de Guadagnino. Este último logra infundir un poso dramático incluso en las conversaciones más triviales. Un ejemplo memorable es una escena en el club de tenis, donde Art y Patrick, en los albores de sus carreras, muestran celos desatados por Tashi. Magistralmente, el director italiano posiciona a los dos actores compartiendo un churro, con planos muy cerrados e incómodamente próximos. Más allá de cualquier connotación homoerótica, la dinámica revela la clásica, vulgar y no por ello menos cierta sentencia “a ver quién la tiene más larga”. Art y Patrick devoran el churro rápidamente, se acercan uno al otro, Art limpia el azúcar de la cara de Patrick, este le ofrece un posavasos, y así sucesivamente, manifestando la omnipresente competitividad incluso en los detalles más insignificantes. Sin embargo, esta sutileza interpretativa contrasta con la abrumadora dirección de fotografía, que despliega todos los recursos imaginables para convertir el tedio de un partido de tenis en una experiencia sensorial: planos desde el punto de vista de la pelota, planos holandeses, nadir, cenitales... Es un despliegue de medios diseñado para deleitar y abrumar, especialmente cuando se combina con la saturada banda sonora techno de Trent Reznor y Atticus Ross. Quizá ahora se entienda por qué salir de esta película se asemeja a salir de un casino en Las Vegas.

    No obstante, como bien dice Tashi en la película: “El tenis es como una relación”. Este tema es el hilo conductor de toda la progresión dramática y ofrece el potencial punto climático. Sin embargo, si el tenis es comparado con una relación, es decir, un juego, es necesario que haya un ganador. En Rivales, sin embargo, no existe ningún ganador, pero tampoco ningún perdedor. Por eso, el punto climático es solamente potencial y no real, porque a pesar del espectáculo de fuegos artificiales, Drácula no se sube a la tabla de surf.


    por Borja Hernández Máñez
    mayo 20, 2024

    Crítica (II) | Rivales (Challengers)

    por Borja Hernández Máñez | mayo 20, 2024
    || Críticas | ★★★☆☆ ½
    Rivales
    Luca Guadagnino
    Juego, set y partido


    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Duración: 131 min. Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Justin Kuritzkes. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Reparto: Zendaya, Josh O’Connor, Mike Faist, Heidi Garza, Faith Fay. Compañías: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Pascal Pictures. Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

    El público de tenis es como una hamaca alocada. Su cráneo pivota de lado a otro, intermitentemente; su mirada es un zigzag tragicómico, monótono, burlesco. Un vaivén de gente escrupulosamente hechizada que, sin embargo, sigue religiosamente lo que pasa en ese terreno rectangular de gemidos y el chirrido de zapatillas derrapando. El espectador de lo último de Guadagnino también podría llegar a sentirse así, para qué no nos vamos a engañar. Hay algo estrictamente hipnótico en Rivales que tiene que ver con un encantamiento cinematográfico que lo apuesta todo, en una jugada arriesgada, prácticamente suicida, a un dispositivo fílmico (ahora que Glazer está en boca de todos) basado en la fisicidad, la retransmisión y la envoltura tecnológica de su desarrollo. Me explico y para eso me tengo que sincerar con todos ustedes: a mí me importan tres cominos el tenis y los tenistas, y mi vinculación con tal deporte siempre ha sido más bien nula. Y aún así, he sido incapaz de apartar la mirada de una pantalla que contiene, de principio a fin, un festín de sonido, escenas vibrantes, una realización casi televisiva y la corrupción de sus protagonistas.

    Art Donaldson (Mike Faist) y Patrick Zweig (Josh O’Connor) son dos amigos muy amigos. De esos que se simbiotizan y se abanderan de la amistad y hacen de ella una hermandad pactada en sangre y un modus vivendi que profesan a través del tenis (y nada más). Al otro lado de la red, Tashi Duncan (Zendaya), deportista de élite que entra en la ecuación entre Donaldson y Zweig para detonarla brutalmente, sin miramientos. En la brújula moral que dibuja Guadagnino, pues, en resumen, las cosas quedarían un poco así: Duncan representa la ambición despiadada, una empoderada y dominante ninfa de los bosques, con la capacidad de ensimismar al mundo entero y que mueve los hilos con sus cantos de sirena; mientras que Donaldson encarna la pusilanimidad y la vulnerabilidad propia de la infancia y Zweig, por su parte, manifiesta la caprichosidad destructiva y el narcisismo descarnado (también infantil). Se emprende así un vórtice enfermizo de traiciones, perversiones, artimañas, mezquindades y puñales por la espalda. Una guerra abierta donde los personajes masculinos idiotizados se destruyen entre sí para voluntad y antojo de una femme fatale típica del arquetipo de toxicidad guadagninana. De nuevo, como pasaba en anteriores cintas, el arco psicológico que propone el director es una trampa para los propios personajes, condenados desde un inicio a su propia condición.

    Guadagnino hace que todo el drama narrativo orbite alrededor del tenis. Es decir, el cineasta opta por subyugar la trama al deporte y la fuerza estética de sus protagonistas. Para hacerlo, conjuga forma y sonido gracias a la fotografía juguetona de Sayombhu Mukdeeprom (uno de los nombres de confianza de Apichatpong Weerasethakul); un montaje caótico, en el mejor y en el peor de los sentidos, estructurado en flashbacks y flashfowards constantes (de nuevo, la idea de partida tenística) y, finalmente, la electrónica dark de Trent Reznor y Atticus Ross. Queda claro: a Guadagnino le interesa más la revestidura que la historia. Por eso se esmera en acelerar los tiempos hiperbólicamente, o boicotear cualquier posibilidad de contemplación o respiro. Procura fragmentar temporalmente su película y abrir un cine-plató que se aproxima, sin disimulos, a una campaña comercial de Adidas (literalmente, lo puede llegar a ser en algún fragmento). La iluminación prodigiosa pero aséptica podría también fortalecer la idea de set, o sea, de filme concebido como un evento olímpico donde lo importante es el sudor que transpiran los deportistas, o los gritos de rabia y las muecas de cinismo y frustración y, sobre todo, donde es posible incorporar el product placement más ordinario, extravagante y ostentoso. Para que nos entendamos, Guadagnino parece mimar solo lo que se ve, dejando que lo invisible, lo intangible o cualquier esencia subterránea campe a sus anchas o muera en el intento.

    Esta fetichización del glamour y también de lo corporal, ojo, tiene un problema, que reside justamente en la propia fetichización. Como un boomerang envenenado, parece que la male gaze del italiano haya ido demasiado lejos, incluso para él. Podría verse hasta problemático: Guadagnino pone una atención enfermiza y puede que excesiva (esto a él seguramente le haría gracia) en el morbo alocado de la trieja, rozando lo pueril, lo grotesco y lo pornográfico. Atrás quedan los caníbales enamorados de Bones and All, o incluso la todavía aún controvertida Call Me by Your Name. En Rivales, el erotismo descarrila, y la obsesión del autor parece descontrolarse, no por subversivo o polémico, sino precisamente porque, a diferencia de sus anteriores títulos, aquí no hay una justificación que solidifique del todo tal exhibición. Y aunque sea obvio el intento de Guadagnino por demostrar que es posible escribir una tragedia shakespeariana (con una Lady Macbeth evidente) de la contemporaneidad, es también cierto que consigue plasmar su teatrillo a medias. Hay algo, pese a un despliegue visual locuaz y excitante, que se pierde en una verborrea que se acaba haciendo distante y banal, eclipsando todos los golpes de gracia hiperestilísticos. Mientras las pelotas pasan por al lado de la cámara, las gotas de sudor salpican la lente o se nos inmiscuye en el meollo mediante planos subjetivos que nos colocan en el medio del match, todo parece derivar en un espectáculo de fuegos artificiales esperpéntico y maravilloso, aunque no sepamos exactamente qué estamos festejando.

    Lo más reconfortante de esta ópera bufa, más allá de la química escandalosa entre el tándem Faist-O’Connor y de una Zendaya estelar, es pensar que Guadagnino está siendo más libre que nunca. De acuerdo, hay cosas del guion que no acaban de encajar, o una relación con el tiempo que tampoco cuajan y, sin embargo, no obstante, uno podría salir del cine sabiendo que ha asistido a una gran celebración libérrima y gamberra. Al final de la película, en cierto momento de lucidez existencial, pareciera que Art Donaldson decida romper con las reglas del juego que han regido durante toda la película. Sin embargo, el muchacho sigue compitiendo incombustiblemente, de alguna manera aceptando y asumiendo la derrota sentimental. Pero ahora compite con autoconciencia y con el conocimiento de la verdad, y, por lo tanto, con una dignidad y una autonomía que no había mostrado hasta entonces. Puede que Guadagnino haya hecho un poco lo mismo con su filmografía: que haya decidido romper las reglas de su propio juego cinematográfico proponiendo algo que no necesite ser procesado; algo sin pretensión alguna de radicalismo, sino que, sencillamente, sirva como mero divertimento mórbido, compulsivo y creativamente soberano. Rivales podría también, pues, leerse como una fábula humanista que habla de algo más que de tenis (los chicos se preguntan si saben hacer algo más aparte de jugar). Una instantánea sobre el cuidar y ser cuidado, sobre las necesidades y las carencias humanas y sobre la fragilidad inherente del individuo frente a una sociedad turboconsumista y básica, condenada al ritmo demencial de la hipocresía, el postureo y la simplificación. De ser ese el caso, juego, set y partido para Guadagnino. Mientras tanto, nosotros perseguimos la trayectoria de esa dichosa esfera verde desde nuestra butaca, absortos y pasmados por el frenesí de sus implacables imágenes. ♦


    por Agus Izquierdo
    abril 28, 2024

    Crítica (I) | Rivales (Challengers)

    por Agus Izquierdo | abril 28, 2024
    || Críticas | Venezia 79 | ★★★☆☆
    Bones and All
    Luca Guadagnino
    Bajo el signo de Chalamet


    Mariona Borrull Zapata
    Venecia (Italia)|

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: «Bones and All». Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Dave Kajganich, sobre una novela de Camille DeAngelis. Compañías productoras: Frenesy Film Company, Per Capita Productions, Vision Distribution, The Apartment, MeMo Films, 3 Marys Entertainment, Tenderstories, Ela Film, Serfis, Wise, Immobiliare Manila. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Fotografía: Arseni Khachaturan. Montaje: Marco Costa. Reparto: Taylor Russell, Timothée Chalamet, Mark Rylance, Chloë Sevigny, Michael Stuhlbarg, André Holland, Jessica Harper, David Gordon Green, Francesca Scorsese, Jake Horowitz, Anna Cobb. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de Venecia. Duración: 129 minutos.

    Bones and All podría leerse como una gran broma. Cruzar una narrativa romántica protagonizada por el adolescente triste más popular del mundo, con una trama de caníbales en plena crisis existencial parecería un movimiento digno de aquellas parodias que en la década pasada refrieron el imaginario popular hasta convertirlo en una maravillosa masa informe y más o menos risible (¿recuerdan Orgullo y prejuicio y zombis (Burr Steers, 2016)?). La absurdidad de la apuesta se disipa un tanto, claro, si atendemos a la larga relación que mantiene Luca Guadagnino con la cuestión de la juventud y la identidad: Call Me By Your Name (2017) y We Are Who We Are (2021) nacen atravesadas por ambas líneas y, si apuramos, también hay algo de juguete roto en las chicas de Suspiria (2018) y Cegados por el sol (2015).

    La receta de Bones and All es sencilla: sumen el viaje enloquecido de las Malas tierras (1973) de Terrence Malick con el canibalismo (como metáfora de para identidad en formación) del Crudo (2016) de Julia Ducournau, con la emoción exaltada del romance con el monstruo en Crepúsculo (2008), de Catherine Hardwicke. Guadagnino, camaleónico culo inquieto, pone en ruta a Maren (Taylor Russell), una adolescente que es abandonada por su padre debido a su problemática incapacidad de contenerse el gusanillo por la carne humana. Sola, emprende un viaje a través de Estados Unidos para encontrar a su madre desaparecida. Durante este retorcido Bildungsroman sobre ruedas, encontrará a más individuos como ella, tipos que ilustrarán los distintos derroteros a tomar para con su «condición». Junto con Lee (Timothée Chalamet), lectura actualizada del protagonista de Memorias de un zombie adolescente (Jonathan Levine, 2013) y también caníbal, abrirá puertas a una vida armónica consigo misma y explorará la posibilidad de encontrar el amor entre tanta víscera.

    Guadagnino recorre un camino bien demarcado, pero de efectos imprevisibles. Habitualmente, los romances teen parten de lo puramente sentimental y vaporoso (el chispazo de amor primerizo, la mirada a lo lejos del «chico conoce a chica») para dirigirse luego, paso a paso, al dominio de lo físico (el beso, la «primera vez»). Tenemos el territorio de lo emocional como hogar para la belleza y la imaginación, y lo terrenal como antesala inmediata al placer, pero también a la náusea, al asco. Estar enamorades y tener una arcada –lo decía Kant– son estados incompatibles… Sin embargo la película separa dichos estados solo de forma aparente, superficial: en un primer tramo de full-terror indie, sacará a relucir las hermosas entrañas que nos conforman para luego, a partir del segundo acto de la película, ya romántico, poner el foco sobre las emociones que genera nuestro cerebro palpitante o la sensación de aquel rayito que se posa tenue sobre nuestra piel. Pero, ¿cómo olvidar que bajo de tanta emoción enarbolada sigue habiendo un cuerpo rojizo y palpitante?

    El detalle con que se habla de los olores que capta el olfato privilegiado de un caníbal («picante», «metálico», «poderoso»), así como un elaborado diseño de sonido, repleto de chirridos, frotes y chapoteos, elevan la condición caníbal a la pura delicia y a los infiernos de la carne viva. La película, de hecho, admitiría su potencial como cinta de superhéroes (o súper-antihéroes) al estilo de los colmillos moralmente atormentados de Hardwicke, si no fuera por la marginalidad absoluta en la que viven sus personajes. Lee mata sin apenas preocuparse por encubrir sus acciones (cuando Maren le recuerda que aún lleva rastros de sangre por la cara, él le responderá, con un gesto divertido y resignado, que «total, nadie nos ve»); el poder de la invisibilidad corre sin esfuerzos por una juventud cuyo hogar parece siempre fuera de alcance.

    Con el canibalismo cual particular «salida del armario», nace la posibilidad de formar nuevas familias. He aquí que uno de los puntos más interesantes pero menos explotado de la cinta de Guadagnino sean sus secundarios. Por un lado, el anciano caníbal al que da vida Mark Rylance, quien parecería no haber matado nunca a una mosca aunque lleva toda la vida alimentándose con gusto. Él es el primer mentor de la joven, y su aparición representa una puerta a fundar una nueva relación afectiva. Quizás algo inquietante (los ojos oscuros del tipo lo son, y mucho), pero no menos valiosa… Moral aparte, sería igual de válida que el bromance entre el caníbal Michael Stuhlbarg, de puro escalofrío y su compañero. Sin embargo, el guion de Dave Kajganich, sobre una novela de Camille DeAngelis, tiene claro que a Maren le corresponde un igual (de atractivo y de joven) para formar una pareja, y no indaga más en qué tipo de familias hubieran podido nacer de los afectos compartidos entre personajes que, a primera vista, resultan tan diferentes. Puede que incluso el mundo de la sangre y las tripas se ordene bajo el signo de Chalamet. ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    noviembre 23, 2022

    Crítica | Hasta los huesos: Bones and All

    por Mariona Borrull Zapata | noviembre 23, 2022

    Oscuridad, lágrimas, suspiros

    Crítica ★★★★★ de «Suspiria», de Luca Guadagnino.

    Estados Unidos, Italia, 2018. Título original: Suspiria. Director: Luca Guadagnino. Guion: David Kajganich. Productora: K Period Media, Frensey Film Company, Videa, Mythology Entertainment, First Sun, Memo Films, Vega Baby. Productores; Marco Morabito, Brad Fischer, Luca Guadagnino, David Kajganich, Silvia Venturini Fendi, Francesco Melzi d'Eril, William Sherak, Gabriele Moratti. Música: Thom Yorke. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Montaje Walter Fasano. Diseño de producción: Inbal Weinberg. Dirección artística: Merlin Ortner, Monica Sallustio. Vestuario: Giulia Piersanti. Reparto: Dakota Johnson, Tilda Swinton, Mia Goth, Angela Winkler, Ingrid Caven, Elena Fokina, Sylvie Testud, Renée Soutendijk, Christine LeBoutte, Fabrizia Sacchi, Małgosia Bela, Jessica Harper y Chloë Grace Moretz. Duración: 155 minutos.

    El equipo de Suspiria no estaba completo cuando se sentó en la rueda de prensa de la Mostra de Venecia. La sala estaba presidida por Luca Guadagnino acompañado de Tilda Swinton, Dakota Johnson, Mia Goth, Chloë Grace Moretz y Jessica Harper, pero faltaba el Profesor Lutz Ebersdorf (que interpreta al Dr. Josef Kemplerer), algo que Tilda Swinton abordó con total tranquilidad. «Desafortunadamente nuestro colega Lutz Ebersdorf no está presente, pero nos ha dejado un mensaje para leeros», comentó la actriz. Se escucharon carcajadas entre el público, pero Swinton, imperturbable, continuó ajena a ellas: «Espero poder entender su letra». Y durante un minuto entero y frente a la seriedad de sus compañeras, Swinton leyó dos páginas de carta donde Ebersdorf se disculpaba por su ausencia, escudándose en su privacidad. «La ilusión creada por mis compañeros es obra suya, no mía», apuntaba el profesor alemán. Y una vez concluido el mensaje, la sala rio, aplaudió y se dio paso a la ronda de preguntas. Fue entonces cuando, pasados veinte minutos de intervenciones rutinarias, un periodista del Boston Herald expresó su interés en que las actrices explicaran cómo fue trabajar con el autor transalpino. Y, tras una pausa, añadió: «Y a Tilda, si podría comentar sobre los dos papeles que interpreta en la película». Se hizo el silencio en la sala. Swinton se mantuvo inexpresiva y callada, pero tras unos segundos y con un cortante pero amable tono de confusión en sus palabras, simplemente dijo: «¿Qué dos papeles?» Lo que puede parecer una simple conversación entre un periodista que necesita hacer su trabajo y una actriz que se niega a renunciar a la magia del suyo, captura al mismo tiempo y de forma bastante casual la unicidad de Suspiria y el peligro que esa característica conlleva frente a los espectadores. En esa rueda de prensa todo el mundo sabía que, efectivamente, el Profesor Lutz Ebersdorf no existía y que el Doctor Kemplerer era en realidad uno de los tres personajes que Tilda Swinton interpretaba en la película. Nadie (que hubiera hecho bien su trabajo) había caído en la trampa. Partiendo de ahí, los periodistas tenían dos opciones: entrar en la narrativa, guardar silencio y mantener un secreto a voces; o quebrar la ilusión y prestar atención al hombre (o la mujer, mejor dicho) detrás de la cortina. O una u otra, pero no las dos. Y tampoco ninguna entremedio. Porque Suspiria es, para lo bueno y para lo malo, una película de extremos.

    El italiano Luca Guadagnino, justo después de terminar el rodaje de Call Me By Your Name, se embarcó en el proyecto de llevar a cabo lo que él ha definido como una respuesta (no tanto un remake, lo cual es tan cierto como apropiado) a la Suspiria de Dario Argento, el clásico de giallo italiano estrenado en 1977. Un proyecto que tiene una disonancia casi cómica frente a sus anteriores películas, pero que no debe hacernos dudar, porque Suspiria es una película de Luca Guadagnino de principio a fin. Con solo tres cintas anteriores a Suspiria, el italiano había cultivado un estilo marcado y reconocible por su cohesión temática (el hedonismo, la riqueza, el verano), pero también por su particular capacidad de crear una genuina sensación de intimidad con la que impregna sus historias, cuya presencia (Cegados por el sol) o ausencia (Io Sono l’Amore) marca el carácter de éstas. Dotando de un significado especial a lo banal, lo casual, a esos pequeños gestos y detalles cotidianos que en cualquier otra película pasarían desapercibidos, el director nos deja entrar en las vidas de sus personajes de una forma que nadie en su entorno comprende. Pasamos a ser parte de ella. Compartimos el secreto. Sentimos que formamos parte de algo especial. Comer un plato de pasta se convierte en una infidelidad, tomar el sol en una provocación y hacer cosquillas en una declaración. El director había tratado esta intimidad con delicadeza, asociándola a una forma de explorar la libertad sexual de sus personajes despojándose de prejuicios, pero lo que hasta ahora había sido una invitación, en Suspiria se convierte en intrusismo que transforma esa liberación en opresión. Si la sensualidad de Call Me By Your Name nacía de buscar esa intimidad, aquí la oscuridad se genera a través de la incapacidad de escapar de ella. Esto crea una invasiva sensación de peligro y constante observación que, sin embargo, se presenta etérea, y que se traduce en una electrizante atmósfera que se aprovecha de la vulnerabilidad de sus personajes de una forma que Guadagnino ya había hecho en otras ocasiones, solo que (a priori) por primera vez no es a favor del espectador, sino que es en contra.

    por Aitor Salinas
    abril 25, 2019

    Cine online: Suspiria de Luca Guadagnino

    por Aitor Salinas | abril 25, 2019

    El fulgor del melocotón

    Crítica ★★★★★ de Call me By Your Name ( Luca Guadagnino, Italia, 2017).

    Sobre la proyección de una escultura de Praxíteles, el padre del adolescente protagonista de Call Me by Your Name comenta admirado: «Su perfección tiene algo de provocadora. Como si te incitara a desearla». Pocos resúmenes mejores de la nueva obra de Luca Guadagnino, una de las cintas más luminosas, encantadoras y llenas de jovialidad sincera que van a poblar nuestras pantallas en mucho tiempo. La película se deja bañar por las luces y colores de una Italia veraniega en los años ochenta para contagiar a su espectador el arrobamiento ante el estío puro. Esta estación confluye en su esplendor con el despertar sexual de Elio (Timothée Chalamet), un adolescente que veranea junto a sus padres en una villa del norte italiano y que experimenta una creciente atracción hacia Oliver (Armie Hammer), estudiante siete años mayor que él invitado por su padre a la casa vacacional. En consonancia con el tiempo y el espacio, el romance naciente entre los dos muchachos se rodea de elementos dispuestos para recalcar el encanto del verano: las bicicletas, las vespas, los chapuzones, los bañadores perennes, las luces de anaranjado brillante, los colores vivos, las comidas bajo la sombra de los árboles, la fruta (como los protagonistas) en su máximo apogeo de jugosidad…

    Acerca de este último elemento, si seguimos con los símiles artísticos, Call Me by Your Name tiene mucho de los cuadros de la primera etapa de Caravaggio, aquellos en los que tomó como modelo a su amigo (y posible amante) adolescente Mario Minniti. La mirada del muchacho en «Niño con un cesto de frutas», el más conocido de la serie, interpela al observador con ese espíritu provocador del deseo, de esa sensualidad de lo juvenil que, más que descaro, denota un apetito genuino de los placeres. Una traducción de esa mirada la encontramos en el magnetismo del personaje de Oliver (especie de versión no trágica del Ralph Fiennes de Cegados por el sol), una atracción irresistible que ejerce no solo sobre Elio, sino sobre sus padres, las muchachas del pueblo y nos aventuramos a decir que la platea. Hammer termina por construir un personaje que es a la vez presencia e incógnita, de permanente frescura e irresoluble en su enigma. El hecho de que sea su ausencia la que marque el desarrollo final de Elio, su primer choque con la inevitable melancolía de la madurez (contenido con elocuencia en el acto de contemplar las llamas de una chimenea), nos permite postular a Oliver como una suerte de personaje-tiempo, una forma de que la idea de presente puro tome forma humana e interpele directamente con el resto de caracteres. Es, por tanto, la misma sensación que Caravaggio quiso inmortalizar en el joven Mario.

    por Miguel Muñoz Garnica
    agosto 27, 2017

    Crítica | Call me by your name

    por Miguel Muñoz Garnica | agosto 27, 2017

    Curva praxiteliana

    Crónica de la quinta jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    Cinco son ya las jornadas en la edición número 67 del Festival Internacional de Cine de Berlín. Desde el pasado jueves, la Sección Oficial y las distintas secciones paralelas están demostrando un carácter variado, ecléctico en cuanto a sus propuestas, temas y procedencia de los filmes exhibidos. Al contrario que en otros certámenes, en Berlín es complicado intuir una línea definida en su programación; nombrar cuatro o cinco autores habituales que lo doten de una identidad concreta. Inmersos en este punto de la agenda, tal impredecibilidad puede ser interpretada como un rasgo no muy halagüeño. Vistas ya algunas películas dignas de mención, como la notable Una mujer fantástica, del chileno Sebastián Lelio, El mar la mar, de Joshua Bonnetta (joya de la sección Forum) o la interesante On body and soul, de Ildikó Enyedi —mención aparte para Trainspotting 2—, lo cierto es que esta edición de la Berlinale está ofreciendo pocos y más bien discretos resultados . El nivel de calidad general, en términos estadísticos, está preocupantemente por debajo de las expectativas. Podemos ilustrar esta situación poniendo como ejemplo el filme de la mañana de ayer. Abría la cuota de sección competitiva Bright nights, del turco-alemán Thomas Arslan; una mirada sobria y lacónica sobre el duelo de un hombre recién caído en la orfandad y su esfuerzo por evitar repetir con su hijo los errores de su fallecido padre. Con un planteamiento narrativo no especialmente original ni elementos destacables, no podríamos afirmar que se trata una mala película. Tiene algunos aciertos, como el buen uso de la contención y la sentimentalidad anticatártica, así unas actuaciones simplemente correctas. Sin embargo, como experiencia artística no cumple el objetivo de mantenerse en la memoria del espectador, no trasciende. Esto mismo parece observarse en el conjunto del festival: pocos destellos. Por lo tanto, el encuentro con gratas sorpresas provoca gran entusiasmo. Encuentros inesperados como el retorno a la dirección de Sally Potter. Cinco años después de Ginger & Rosa, la estadounidense ha reivindicado su permanencia en el panorama cinematográfico con The party, una cautivadora y cínica comedia negra con estructurada casi como pieza teatral, con una fotografía un montaje excelentes, en la que sus personajes —grandes actuaciones de Cillian Murphy, Patricia Clarkson o Kristen Scott Thomas, que podrían ser reconocidas en el palmarés— colisionan unos con otros, rayando el delirio, durante la celebración de una a priori tranquila reunión de antiguas amistades. El japonés Sabu también ofreció un ligero aumento en la calidad y el entusiasmo generales con su Mr. Long. Por otra parte, el neoyorquino James Gray ha presentado fuera de competición The lost city of Z, proyecto de tormentoso recorrido que finalmente hemos podido valorar. Las dudas generadas, las cuales no restaron ni un ápice de la elevada expectación en la crítica, se han despejado. La propuesta épica sobre el incansable explorador Fawcett en su búsqueda de una ciudad en el corazón de la Amazonía ha confirmado una vez más el talento de su director. Con un planteamiento clasicista y estilizado, cercano a Aguirre, la cólera de Dios o Apocalypse now, no desmerece ni ridiculiza sus fuentes de inspiración, aportando una lección de buena ejecución. Veremos qué nos deparan los próximos trabajos de Aki Kaurismäki y, sobre todo, Hong San-Soo.

    por EAM
    febrero 14, 2017

    Berlinale 2017 | Día 5. Críticas: Call me by your name, Bright nights, The party, Mr. Long, The Lost City of Z

    por EAM | febrero 14, 2017
    A bigger splash

    Smoke on the water

    crítica de Cegados por el sol (A bigger splash, Luca Guadagnino, Italia, 2015).

    «La poesía ha muerto, pero ha venido al mundo el genio de la sospecha».
    Stendhal

    Los parajes idílicos son a menudo los más peligrosos. No digamos ya si son destinos que mezclan la exuberancia paisajística con la suntuosidad arquitectónica. Conviene evitarlos a cualquier precio, aunque provoquen una bronca o incluso a lo tonto el divorcio. No se dejen llevar por los cantos de sirena. Eviten la tan soñada desconexión vacacional que prometen algunos folletos de viajes con el azul cristalino del agua tratado digitalmente. El paraíso invita a bajar la guardia, a sonreír medio burlón, un punto engreído, y a relajarse entre gintonics mientras todo se derrumba en silencio. Allí nunca se oye nada; si acaso el rumor de las olas a unos cuantos metros y el pajarito del WhatSapp anunciando mensaje. Nada imprevisto. El resto es paz, relajación, un ir descendiendo por La piscina (Jacques Deray, 1969) hasta soltar la primera brazada: liturgia automática que destella bajo el sol de agosto. Pero, te dices. Hay algo en esa tranquilidad rodeada de belleza que aturde los instintos y activa tu otro yo, no ya una cara B con malas pulgas sino una cara impredecible, insondable. Al fin y al cabo incluso el paraíso tiene sus contraindicaciones. No dirías que te aburres en él, pero casi, y es entonces cuando tus pensamientos empiezan a derrapar por calles oscuras. Una simple mirada de tu pareja, que también habita aquel paraíso estacional y parece mirarte desde el otro lado de sus Ray-Ban (en realidad sólo mira una nube asomando detrás de ti), es suficiente para hacerte recordar que aún os debéis algunas explicaciones. Lo que pasó sucedió hace mucho, muchísimo tiempo, pero todavía sientes la quemadura; te dejó marca. O casi. A lo mejor nada ha ocurrido y todo está por pasar, quién sabe. Lo único cierto es que estáis junto a la piscina de unos guaperas taimados de nombres sutiles como Alain Delon y Romy Schneider. Y Maurice Ronet y la joven Jane Birkin. Que ya sois vosotros: he ahí una elipsis más esotérica que la de Adriana Ugarte cuando se transforma en Emma Suárez.

    Incombustible polar francés que nos devuelve el grano crepitante del cine de los sesenta y la doblez moral de unos románticos en la picota. Todo perfecto hasta que de pronto alguien, seguramente el pasado con forma de hombre dispuesto a repetir una vieja conquista, irrumpe sin previo aviso. Así, como zapadores montados en un deportivo rojo, llegaron Harry (Ronet) y su hija Penélope (Birkin) al retiro en Saint-Tropez de los sofisticados y más bien sosos Marianne (Schenider) y Jean-Paul (Delon). Este último un Don Tancredo de Armani que por aquel entonces, en 1969, ya había pasado a la historia como el mítico «samurái» de El silencio de un hombre, coescrita y dirigida por Jean-Pierre Melville; obra capital del noir europeo que brindó a Delon la perversa (des)ventaja que jibariza a todos esos actores pétreos cuyas miradas, entre átonas e irresistibles, valen más que cualquier línea de diálogo. Quizá un silencio de noventa minutos y la sospecha de que su fotogenia jamás lo ayudaría a borrar las dudas que pesaban sobre él. Tampoco Delon pondría mucho de su parte para desterrar ese encasillamiento o identificación involuntaria con el arquetipo de donjuán insociable, casi en mute, que ya en la película de su paisano Jacques Deray se atrevió a experimentar con las apasionadas y apasionantes técnicas del roce: suyo es el beso-aguadilla a Romy Schneider, quien lo instaba a darle no sólo carantoñas sino también indoloros zarpazos al sol que acabarían haciendo escuela durante los decenios siguientes; época de grandes dúos unidos por las bajas pasiones. Eso, y un exnovio muy pesado. Que habla sin freno. Que no concede respiro. Que se las sabe todas, macho alfa tan sibarita como buen nadador; con una hija que no sabríamos decir si es su hija o su último ligue en condición de productor asaltacunas.

    por Anónimo
    abril 22, 2016

    Crítica | Cegados por el sol

    por Anónimo | abril 22, 2016

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción